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Carta Pastoral para el Curso 2026-2027

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Índice de la Carta Pastoral para el Curso 2026-2027

I. Cristo sigue caminando delante de su Iglesia…………… 8
Un camino ya iniciado
Una nueva etapa del mismo camino
No dos caminos, sino uno solo
El objetivo pastoral del curso
El Equipo Sinodal Diocesano

II. Caminar juntos: el significado de la sinodalidad……… 11
Un camino que interpela a toda la Iglesia
Lo que la sinodalidad no es
La Iglesia nace para caminar unida
Cristo, el Camino que recorremos
Un solo Pueblo, muchos dones
El sensus fidei: un don para todo el Pueblo de Dios
Todos, algunos y uno
Discernimiento y decisión pastoral
Una Iglesia que escucha para evangelizar
Caminamos hacia la Jerusalén celestial

III. La implementación del Sínodo en nuestra diócesis……. 18
De la reflexión a la vida
La Asamblea Diocesana: un acontecimiento de gracia
Mirar la realidad con ojos de discípulos misioneros
Abrirnos al futuro

IV. Preparar la Asamblea……………………………………. 20
Un itinerario espiritual
1 Escuchar
Habla Señor, que tu siervo escucha
Escuchar al Pueblo de Dios
Escuchar la realidad
2 Evaluar
Hacer memoria agradecida
Las dificultades encontradas

3 Discernir
Buscar juntos la voluntad de Dios
Un discernimiento eclesial
Lo que puede cambiar y lo que no está a nuestra disposición
4 Proponer
Mirar el futuro con esperanza
Un horizonte compartido
Una única prioridad: evangelizar
Una Iglesia diocesana más misionera

V. Todos llamados a participar………………………………. 28
Nadie debe quedar al margen
La parroquia: hogar donde la Iglesia aprende a caminar unida
Los Consejos Parroquiales: expresión de sinodalidad
Los arciprestazgos: aprender a caminar entre parroquias Delegaciones y organismos diocesanos: al servicio de una única misión
La vida consagrada: memoria viva del primado de Dios Movimientos, asociaciones y hermandades: la riqueza de los carismas y de la piedad popular
Una palabra a los jóvenes
Escuchar la voz de quienes más sufren
Preparar juntos la próxima Asamblea Diocesana

VI. La santidad, alma de toda renovación……………………. 33
Permaneced en mí
La primera reforma es la conversión
Los verdaderos caminos por los que el Espíritu Santo edifica la
Iglesia
María, Madre de la Iglesia

COMO DISCÍPULOS DEL SEÑOR,
CAMINAMOS JUNTOS PARA RENOVAR LA MISIÓN
La implementación del Sínodo
y la renovación de las Orientaciones Pastorales Diocesanas

A los presbíteros y diáconos; a los miembros de la vida consagrada;
a los seminaristas; y a todos los fieles laicos de la Iglesia que peregrina en Huelva

Hermanos y hermanas, amados por el Señor:
Al comenzar un nuevo curso pastoral deseo hacerme presente entre vosotros mediante esta carta, que nace del afecto del pastor por la Iglesia que el Señor le ha confiado y del deseo de seguir caminando juntos en la misión que Él nos encomienda.
Ante todo, doy gracias a Dios por la vida de nuestra Iglesia diocesana. Durante estos años he podido contemplar, en las visitas pastorales, en los encuentros con las comunidades parroquiales, en las conversaciones con sacerdotes, consagrados y laicos, y en tantos momentos de la vida ordinaria de la diócesis, una realidad que me llena de esperanza. He visto comunidades sencillas que perseveran con fidelidad; personas que sirven silenciosamente a los más pobres; catequistas que transmiten la fe con generosidad; familias que procuran vivir el Evangelio en medio de las dificultades; jóvenes que buscan sinceramente el sentido de su vida; sacerdotes que gastan su existencia con alegría al servicio del Pueblo de Dios.
Nada de cuanto vive nuestra diócesis sería posible sin la acción constante del Espíritu Santo. Él continúa suscitando vocaciones, fortaleciendo la fe de nuestras comunidades y alentando el compromiso evangelizador de tantos hombres y mujeres que, con generosidad, ofrecen su vida al servicio del Evangelio.

I.- Cristo sigue caminando delante de su Iglesia

Un camino ya iniciado

Nuestra Iglesia diocesana no comienza hoy un camino nuevo. Durante estos últimos años hemos recorrido un itinerario iluminado por las Orientaciones Pastorales Diocesanas 2022-2027, inspiradas en aquella palabra del Señor resucitado dirigida a las mujeres junto al sepulcro: «Él va por delante de vosotros» (Mc 16,7).
Esta promesa ha sostenido nuestro empeño por fortalecer la responsabilidad misionera de toda la comunidad diocesana, favorecer auténticos espacios de comunión eclesial, hacer presente el Evangelio en la vida pública y responder, con fidelidad y esperanza, a la llamada universal a la santidad que todos hemos recibido.
Hoy podemos contemplar ese camino con gratitud. El Señor ha precedido nuestros pasos y ha bendecido abundantemente el esfuerzo de tantas comunidades, parroquias, movimientos y personas que han vivido estos años con generosidad y esperanza.

Una nueva etapa del mismo camino

Al comenzar este nuevo curso pastoral, la Iglesia universal nos invita a dar un paso más mediante la implementación del Sínodo.
El papa León XIV ha confiado a la Secretaría General del Sínodo la tarea de acompañar a las Iglesias particulares en la recepción y aplicación del Documento Final del Sínodo Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión.
Con este fin, dicha Secretaría ha elaborado unas Pistas para la fase de implementación del Sínodo (2025), aprobadas por el Papa, para invitar a todas las diócesis a recorrer un mismo camino, respetando la riqueza y las circunstancias propias de cada Iglesia particular. Se trata de hacer que el estilo sinodal impregne progresivamente la vida ordinaria de nuestras comunidades, favoreciendo una cultura de la escucha, del discernimiento, de la corresponsabilidad y de la participación al servicio de la misión evangelizadora.
Este proceso posee un horizonte bien definido. Durante el primer semestre de 2027 todas las diócesis celebrarán una Asamblea de evaluación. Posteriormente, sus aportaciones serán acogidas en las Conferencias Episcopales y en las Asambleas continentales, hasta culminar en la Asamblea eclesial prevista para octubre de 2028 en el Vaticano.

No dos caminos, sino uno solo

Conviene subrayar desde el principio una convicción fundamental. La implementación del Sínodo no introduce un programa pastoral paralelo ni añade una nueva tarea a nuestra agenda diocesana. Muy al contrario, constituye una oportunidad providencial para profundizar en el camino que ya venimos recorriendo a través de nuestras Orientaciones Pastorales Diocesanas.
Queremos que ambos procesos confluyan en un único itinerario. La sinodalidad no es una actividad más entre otras muchas; es el modo propio de vivir la comunión y de desarrollar la misión de la Iglesia. Cada iglesia particular, parroquia, comunidad, movimiento, asociación y realidad eclesial está llamada a asumir este estilo como expresión ordinaria de su vida y de su servicio evangelizador.

El objetivo pastoral del curso: la Asamblea Diocesana y la renovación de las Orientaciones Pastorales Diocesanas (2022-2027)

Por esta razón, el objetivo pastoral del curso 2026-2027 será preparar la Asamblea Diocesana que celebraremos los días 5 y 6 de junio de 2027, revisando nuestras Orientaciones Pastorales Diocesanas (2022-2027).
Deseamos que esa Asamblea sea mucho más que un encuentro de trabajo. Queremos que constituya un verdadero acontecimiento eclesial, un tiempo de gracia en el que podamos reconocer con gratitud los frutos que el Señor nos ha concedido, afrontar con sinceridad las dificultades encontradas y discernir, entre todos, las prioridades pastorales que la realidad actual de nuestra diócesis nos reclama.
Solo así creceremos como una Iglesia cada vez más unida, más corresponsable y más decididamente misionera, en comunión con todas las Iglesias particulares y al servicio del único Evangelio de Jesucristo.

El Equipo Sinodal Diocesano

Las Pistas para la fase de implementación del Sínodo invitan a las Iglesias particulares a reactivar o constituir un Equipo Sinodal Diocesano. Este equipo está llamado a colaborar con el Obispo y con otros consejos diocesanos, para mantener vivo el dinamismo de la sinodalidad, promoviendo la escucha, la formación, el discernimiento comunitario y la coordinación de las distintas iniciativas pastorales.
En nuestra diócesis, el Equipo Sinodal Diocesano está constituido por la Comisión Permanente del Consejo Diocesano de Pastoral, junto con otros miembros designados por el Obispo. Así, lo integran sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos, expresión de la diversidad de vocaciones, carismas, ministerios y sensibilidades presentes en nuestra Iglesia particular.
Por todo ello, encomiendo al Vicario General con el Equipo Sinodal Diocesano la preparación y animación del camino hacia nuestra próxima Asamblea Diocesana, buscando la renovación de las Orientaciones Pastorales, en estrecha colaboración con los organismos diocesanos de participación y bajo la guía del Obispo.
Corresponderá al Equipo Sinodal Diocesano elaborar el itinerario preparatorio de la Asamblea; promover la participación activa de parroquias, arciprestazgos, delegaciones, movimientos, asociaciones, hermandades y demás realidades eclesiales; preparar los materiales de trabajo; proponer una metodología inspirada en la conversación en el Espíritu; coordinar, cuando sea necesario, los procesos de consulta y discernimiento; y velar para que todo el camino se desarrolle conforme a los principios de comunión, participación y misión que el Sínodo ha propuesto a toda la Iglesia.
De este modo, la Asamblea Diocesana será expresión madura de un auténtico camino sinodal, recorrido por toda la diócesis, y el punto de partida para un renovado compromiso pastoral, asumido corresponsablemente por todo el Pueblo de Dios.

 

II.- Caminar juntos: el significado de la sinodalidad

Un camino que interpela a toda la Iglesia

La preparación de nuestra Asamblea Diocesana nos invita a detenernos en una realidad que, durante los últimos años, ha adquirido una presencia creciente en la vida de la Iglesia: la sinodalidad.
En muchos ha despertado esperanza; en otros, interrogantes, reservas e incluso temores. No faltan quienes la consideran una novedad pasajera, un modo distinto de organizar la vida eclesial o un modelo inspirado en criterios propios de la democracia parlamentaria. Otros temen que, en nombre de la sinodalidad, puedan ponerse en cuestión el depósito de la fe o la constitución jerárquica de la Iglesia.
Estas preguntas merecen una respuesta serena. Solo comprendiendo qué es realmente la sinodalidad podremos recorrer con fruto el camino que el Señor abre hoy ante nosotros, porque la sinodalidad ha venido para quedarse.
Lo que la sinodalidad no es
Toda comprensión auténtica comienza disipando los equívocos.
La sinodalidad no es una estrategia organizativa ni una técnica de participación. Tampoco constituye una adaptación de la Iglesia a los modelos políticos o sociales de nuestro tiempo. La Iglesia no vive de la opinión de las mayorías, sino de la fidelidad a la Revelación divina, transmitida en la Sagrada Escritura y en la Tradición, e interpretada auténticamente por el Magisterio bajo la asistencia del Espíritu Santo. Por ello, ninguna experiencia sinodal puede reducirse a un debate de ideas ni a la búsqueda de consensos humanos.
De igual modo, la sinodalidad no altera la constitución sacramental y jerárquica de la Iglesia. Cristo quiso que los Apóstoles y sus sucesores ejercieran el ministerio de confirmar a los hermanos en la fe, custodiar la comunión y servir a la unidad del Pueblo de Dios. Este ministerio pertenece a la esencia misma de la Iglesia y permanece indispensable en toda auténtica experiencia sinodal.
Pero sería igualmente erróneo pensar que la misión de la Iglesia corresponde únicamente a los ministros ordenados, mientras los demás fieles permanecen como simples destinatarios de sus decisiones. Ningún bautizado es un espectador en la vida eclesial. Todos somos discípulos misioneros y todos hemos recibido dones del Espíritu Santo para contribuir a la misión que el Señor confía a su Iglesia.

La Iglesia nace para caminar unida

La sinodalidad no es una novedad introducida en nuestros días. Brota del designio eterno del Padre, que quiso reunir a la humanidad dispersa en un único pueblo convocado por Jesucristo y vivificado por el Espíritu Santo.
El Concilio Vaticano II lo expresa con admirable claridad:
«Quiso Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa» (Lumen gentium, 9).
La Iglesia nace, por tanto, como comunión. Antes que una organización, es un misterio; antes que una institución, es una familia; antes que una estructura, es el Pueblo de Dios convocado por la Trinidad para participar de la vida divina y anunciar el Evangelio al mundo.
Desde esta perspectiva comprendemos que caminar juntos no es una opción entre otras posibles. Es la forma concreta en que la Iglesia vive su propia identidad.

Cristo, el Camino que recorremos

La palabra sínodo significa literalmente «caminar juntos». Sin embargo, ese camino no es un proyecto elaborado por nosotros. Tiene un nombre y un rostro: Jesucristo.
Él mismo proclama en el Evangelio: «Yo soy el camino y la verdad y la vida» (Jn 14,6).
No caminamos simplemente unos junto a otros. Caminamos siguiendo a Jesucristo. Él nos precede, sostiene nuestros pasos y conduce a su Iglesia hacia la plenitud del Reino. Por eso los primeros cristianos fueron conocidos como los que «pertenecían al Camino» (cf. Hch 9,2). Su identidad no procedía de una organización común, sino del seguimiento del Señor resucitado.
Desde el comienzo de su ministerio petrino, el papa León XIV ha insistido en que la Iglesia solo comprende su identidad cuando deja transparentar a Jesucristo y evita convertirse en el centro de sí misma. Toda su fecundidad nace de conducir a los hombres hacia el Señor y de hacer visible su presencia en medio del mundo. Esta convicción ilumina también el camino que deseamos recorrer como Iglesia diocesana.
Toda experiencia sinodal encuentra aquí su fundamento. Solo desde Él podremos comprender el significado del camino sinodal, preparar con fruto nuestra Asamblea Diocesana y renovar las Orientaciones Pastorales que habrán de orientar la vida de nuestra diócesis en los próximos años.

Un solo pueblo, muchos dones

El Bautismo nos incorpora a Cristo y nos hace hijos del Padre y hermanos entre nosotros. La Confirmación fortalece en nosotros el don del Espíritu para el testimonio y la misión. La Eucaristía alimenta constantemente la comunión que nos convierte en un solo Cuerpo.
De esta común dignidad bautismal nace la corresponsabilidad de todos los fieles.
San Pablo recurre a la imagen del cuerpo para expresar esta realidad. Ningún miembro puede considerarse autosuficiente ni prescindir de los demás (cf. 1 Co 12, 12-30). Cada uno recibe del Espíritu dones distintos, no para su propio beneficio, sino para la edificación de toda la Iglesia.
La unidad, por tanto, no exige uniformidad. La Iglesia crece precisamente porque el Espíritu suscita una admirable diversidad de vocaciones, ministerios y carismas. La comunión no elimina las diferencias; las armoniza y las orienta hacia una única misión.
El Documento Final del Sínodo resume el camino recorrido mediante tres palabras que se iluminan mutuamente: comunión, participación y misión. La comunión expresa el don recibido de Dios. La participación manifiesta la corresponsabilidad de todos los bautizados. La misión recuerda la razón última de la existencia de la Iglesia.
Estas tres dimensiones no pueden separarse. Cuando falta la comunión, la participación se convierte fácilmente en confrontación. Cuando falta la participación, la comunión corre el riesgo de empobrecerse. Y cuando ambas olvidan la misión, la Iglesia termina ocupándose de sí misma. Toda auténtica sinodalidad conduce siempre al anuncio del Evangelio.

El sensus fidei: un don para todo el Pueblo de Dios

El Espíritu Santo concede a todo el Pueblo de Dios el sensus fidei, el sentido sobrenatural de la fe, por el cual los bautizados poseen una singular connaturalidad con la verdad del Evangelio.
Este don no equivale a una opinión mayoritaria ni a un criterio sociológico. Solo puede ejercerse plenamente en la comunión de la Iglesia, alimentado por la oración, la escucha de la Palabra de Dios y la vida sacramental.
Los pastores están llamados a escuchar con atención la voz del Pueblo de Dios, en el que el Espíritu Santo suscita dones, intuiciones y experiencias que enriquecen el discernimiento eclesial. Esta escucha no puede reducirse a una consulta meramente formal; es una auténtica actitud evangélica que permite reconocer la acción de Dios en la vida de los fieles y acoger cuanto el Espíritu dice hoy a la Iglesia.
Al mismo tiempo, la autoridad de los pastores no nace de una delegación de la comunidad ni responde a un criterio de representación. Es un don recibido de Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia, mediante el sacramento del Orden, para custodiar íntegro el depósito de la fe, servir a la unidad del Pueblo de Dios y promover la comunión entre todas las Iglesias.
Así, la dinámica propia de la sinodalidad armoniza la participación de todos los bautizados, cada uno según su vocación, ministerio y carismas, con la autoridad que Cristo confió al Colegio de los Obispos, presidido por el Sucesor de Pedro. Participación y autoridad no son realidades contrapuestas; se reclaman mutuamente y convergen en un mismo fin: custodiar la comunión e impulsar la misión evangelizadora de la Iglesia.

Todos, algunos y uno

Esta armonía puede expresarse mediante una formulación sencilla y profundamente significativa: todos, algunos y uno.
Todos, porque el Espíritu Santo actúa en el conjunto del Pueblo de Dios y llama a todos los bautizados a participar en la vida y en la misión de la Iglesia.
Algunos, porque los Obispos, junto con los presbíteros y los diáconos, han recibido el ministerio de enseñar, santificar y regir al Pueblo de Dios en nombre de Cristo.
Uno, porque el Obispo de Roma, sucesor del apóstol Pedro, es el principio visible de la comunión de toda la Iglesia y preside en la caridad la unidad de todas las Iglesias particulares.
Estas tres dimensiones no compiten entre sí ni limitan el ámbito propio de cada una. Antes bien, se reclaman mutuamente y se enriquecen recíprocamente. La participación de todos encuentra su garantía en el ministerio de los pastores; el ministerio de los pastores se ejerce escuchando al Pueblo de Dios; y todo ello permanece unido en la comunión de la Iglesia universal, presidida por el Sucesor de Pedro. Así resplandece la belleza de una Iglesia en la que todos caminan juntos, cada uno desde la misión que el Señor le ha confiado, al servicio de la unidad y de la evangelización.

Discernimiento y decisión pastoral

En este dinamismo conviene distinguir dos momentos estrechamente relacionados, aunque no idénticos. El primero es el discernimiento comunitario, en el que participa todo el Pueblo de Dios mediante la oración, la escucha, el diálogo y la cooperación responsable. El segundo es la decisión pastoral, que corresponde al Obispo como sucesor de los Apóstoles y principio visible de unidad en la Iglesia particular.
Lejos de empobrecer la riqueza de la sinodalidad, esta distinción garantiza su autenticidad. El discernimiento pertenece a toda la comunidad eclesial; la decisión corresponde al ministerio episcopal, que el Obispo ejerce en comunión con el Sucesor de Pedro y con el Colegio Episcopal, consciente de que habrá de responder ante Cristo por el cuidado de la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiada.

Una Iglesia que escucha para evangelizar

La sinodalidad encuentra su expresión más luminosa cuando la Iglesia escucha la voz del Espíritu Santo para responder con mayor fidelidad a la misión recibida de Cristo.
Por eso, caminar juntos nunca constituye un fin en sí mismo. La Iglesia no existe para contemplarse a sí misma, sino para anunciar el Evangelio. Toda experiencia sinodal que no conduzca a una renovada pasión evangelizadora perdería su razón de ser.
Solo una Iglesia que aprende a escucharse, porque antes ha aprendido a escuchar a Dios, podrá anunciar con credibilidad la alegría del Evangelio al mundo.

Caminamos hacia la Jerusalén celestial

El horizonte de eternidad nunca puede olvidarse cuando pensamos en la Iglesia. Hablar de sinodalidad significa, en definitiva, tomar conciencia de que somos un pueblo peregrino. Caminamos juntos más allá de esta historia, hacia la comunión plena con Dios, cuando todos los pueblos sean congregados en el Reino definitivo.
Mientras recorremos la historia, el Señor resucitado camina con nosotros, como caminó junto a los discípulos de Emaús: nos explica las Escrituras, parte para nosotros el Pan y renueva nuestra esperanza. Como familia de Dios, guiados por el Espíritu Santo y sostenidos por la gracia, seguimos unidos tras las huellas de Jesucristo hasta alcanzar la casa del Padre.
Por eso, la sinodalidad no es simplemente una forma de organizar la Iglesia; es una manera concreta de vivir nuestra peregrinación hacia la Jerusalén celestial.

III Una Iglesia que hace vida el camino sinodal

De la reflexión a la vida

Todo cuanto hemos considerado hasta ahora podría quedarse en una hermosa reflexión si no se tradujera en la vida concreta de nuestras comunidades. La sinodalidad no es una teoría sobre la Iglesia, sino una manera de vivirla. Solo alcanza su pleno significado cuando inspira nuestras relaciones, orienta nuestras decisiones y fortalece nuestro compromiso evangelizador.
La etapa que ahora comienza responde precisamente a esta finalidad. La Iglesia universal nos invita a pasar del discernimiento a la recepción, de la reflexión a la práctica, para que el camino sinodal se convierta progresivamente en un estilo ordinario de vivir la comunión y realizar la misión.
No se trata de añadir nuevas actividades a nuestras programaciones pastorales. Se trata, más bien, de aprender una forma nueva —y, al mismo tiempo, profundamente antigua— de ser Iglesia: una Iglesia que escucha antes de hablar, que discierne antes de decidir y que camina unida porque sabe que Cristo la precede.

La Asamblea Diocesana: un acontecimiento de gracia

En este contexto adquiere todo su sentido la Asamblea Diocesana que celebraremos los días 5 y 6 de junio de 2027.
No queremos vivirla como un simple encuentro organizativo ni como una reunión destinada únicamente a elaborar nuevos documentos. Aspiramos a que sea un verdadero acontecimiento espiritual, una experiencia de Iglesia en la que toda la diócesis pueda ponerse a la escucha del Señor para reconocer los caminos que Él abre ante nosotros.
Por ello, la Asamblea no comenzará el día de su celebración. Comienza ahora, en cada parroquia, en cada consejo pastoral, en cada comunidad religiosa, en cada movimiento, y en cada uno de los lugares donde el Pueblo de Dios se reúne para orar, escuchar la Palabra, discernir y compartir la misión.
Cuando llegue el momento de reunirnos, llevaremos con nosotros el fruto de un largo proceso de oración, reflexión y escucha. Solo así la Asamblea podrá expresar verdaderamente la voz de una Iglesia que ha buscado sinceramente la voluntad de Dios.

Mirar la realidad con ojos de discípulos misioneros

Toda renovación comienza aprendiendo a mirar. No basta con analizar la realidad mediante criterios sociológicos o pastorales. El cristiano está llamado a contemplar la historia con la mirada del discípulo misionero. Allí donde otros solo descubren dificultades, el creyente reconoce también la acción silenciosa del Espíritu Santo.
Nuestra diócesis conoce bien los desafíos de este tiempo: la secularización y la indiferencia religiosa crecientes, el debilitamiento de la práctica sacramental, las dificultades para transmitir la fe a las nuevas generaciones, la escasez de vocaciones y las múltiples pobrezas materiales y espirituales que afectan a tantas personas.
Pero junto a estas sombras también brillan numerosos signos de esperanza: parroquias y comunidades vivas, familias profundamente cristianas, jóvenes generosos, sacerdotes entregados, personas consagradas fieles a su vocación, voluntarios de la caridad, catequistas, educadores y tantos fieles que sostienen con humildad la vida cotidiana de nuestra diócesis.
El discernimiento cristiano nunca nace del pesimismo ni de la ingenuidad. Brota de una esperanza fundada en la certeza de que el Señor continúa actuando en medio de su pueblo.

Abrirnos al futuro

Todo este proceso quiere ayudarnos a formular una pregunta sencilla y decisiva: ¿Qué espera hoy el Señor de la Iglesia que peregrina en Huelva?
No buscamos simplemente mejorar nuestras estructuras o perfeccionar nuestros métodos pastorales. Deseamos, sobre todo, descubrir cómo anunciar con mayor fidelidad el Evangelio en las circunstancias concretas de nuestro tiempo.
Por eso necesitamos crear espacios donde todos puedan sentirse escuchados, donde la oración preceda siempre al diálogo y donde el discernimiento nazca de una auténtica docilidad al Espíritu Santo. Solo una Iglesia que permanece constantemente a la escucha del Señor puede responder con creatividad a los desafíos de cada época sin perder nunca la frescura del Evangelio.

IV Preparar juntos la Asamblea Diocesana

Un itinerario espiritual

La Asamblea Diocesana no será un acontecimiento aislado. Será la culminación visible de un camino que toda la diócesis recorrerá durante este curso pastoral.
No pretendemos simplemente organizar una consulta amplia ni recoger aportaciones para redactar unas nuevas orientaciones pastorales. El objetivo no consiste únicamente en elaborar un documento, sino en dejarnos conducir por el Espíritu Santo para que renueve nuestra manera de vivir, de caminar juntos y de anunciar el Evangelio.
Con este horizonte propongo a toda la diócesis un itinerario articulado en cuatro verbos que expresan el dinamismo propio de todo discernimiento cristiano: escuchar, evaluar, discernir y proponer.
Estos cuatro momentos no constituyen etapas independientes. Se iluminan mutuamente y forman un único proceso espiritual. Escuchamos para comprender mejor; evaluamos para reconocer la acción de Dios en nuestra historia con nuestra colaboración o resistencia; discernimos para buscar su voluntad; y proponemos para servir con renovado impulso a la misión evangelizadora.
Toda la diócesis está llamada a recorrer este camino con un mismo espíritu de fe, conscientes de que no somos nosotros quienes conducimos la Iglesia. Es Cristo resucitado quien continúa guiando a su pueblo mediante la fuerza del Espíritu Santo.

1. Escuchar
«Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3,9)
Toda experiencia sinodal nace de una convicción fundamental: Dios sigue hablando a su pueblo. Antes de escucharnos unos a otros, hemos de volver a escuchar su Palabra. Antes de intercambiar opiniones, necesitamos permanecer en silencio ante el Señor. Solo quien aprende a escuchar a Dios puede escuchar de verdad a sus hermanos.
Existe siempre el riesgo de convertir el diálogo eclesial en un intercambio de pareceres o en un ejercicio de confrontación de sensibilidades. Cuando esto sucede, la escucha deja de ser un acto de fe para convertirse únicamente en una técnica de participación.
La Iglesia escucha de otra manera. Escucha porque cree que el Espíritu Santo continúa guiándola y porque sabe que la voluntad de Dios no nace del consenso humano, sino que se acoge humildemente como un don.
Por eso deseo invitar a todas nuestras comunidades a intensificar durante este curso la escucha orante de la Sagrada Escritura. Toda reunión pastoral, todo consejo, todo encuentro de formación y toda sesión de trabajo deberían comenzar poniéndose a la escucha de la Palabra. Solo ella puede purificar nuestras intenciones, ensanchar nuestro corazón y conducirnos hacia la verdad más completa.

Escuchar al Pueblo de Dios

La escucha de la Palabra nos dispone para escuchar también al Pueblo de Dios.
El Espíritu Santo distribuye abundantemente sus dones entre todos los bautizados. Por ello, cada fiel puede ofrecer una experiencia, una intuición o un testimonio que ayude al discernimiento de toda la comunidad. Escuchar al Pueblo de Dios no significa buscar mayorías ni realizar encuestas sobre la fe. Significa reconocer que el Señor actúa en la vida concreta de sus hijos y que, a través de ellos, continúa enriqueciendo a toda la Iglesia.
Esta escucha exige humildad. Humildad para hablar con libertad y sencillez; pero también humildad para acoger lo que otros puedan enseñarnos. Nadie posee por sí solo toda la riqueza que el Espíritu reparte entre su pueblo.
Solo una comunidad que aprende a escucharse con respeto puede crecer en la comunión.
Escuchar la realidad
El Señor también nos habla a través de la historia. La Iglesia no vive al margen del mundo, sino enviada a él. Comparte las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Por eso debemos aprender a mirar con atención la realidad que nos rodea para descubrir en ella los desafíos y las llamadas que Dios dirige hoy a su Iglesia. Nuestra diócesis conoce bien esas llamadas. Conocemos el sufrimiento de tantas familias, la soledad de muchas personas mayores, la incertidumbre de los jóvenes, las dificultades económicas de tantos hogares, el drama de quienes viven sin esperanza y el alejamiento de la fe que afecta a buena parte de nuestra sociedad.
Pero también descubrimos innumerables signos de gracia: personas que sirven generosamente a los pobres; matrimonios que testimonian la belleza del amor cristiano y trasmiten la fe a sus hijos; jóvenes que buscan sinceramente a Dios; sacerdotes y personas consagradas que entregan su vida con fidelidad; catequistas, educadores, voluntarios y agentes de pastoral que anuncian y dan testimonio diariamente el Evangelio con sencillez y perseverancia.
Escuchar la realidad significa contemplarla con los ojos de Cristo, sin ingenuidad, pero también sin desaliento.

2. Evaluar

Hacer memoria

Después de escuchar llega el momento de volver la mirada al camino recorrido.
La memoria ocupa un lugar esencial en la vida del creyente. Israel aprendió a reconocer la fidelidad de Dios recordando continuamente las maravillas que Él había realizado en favor de su pueblo. También la Iglesia vive de esa memoria agradecida, porque sabe que el Señor nunca abandona a quienes ha llamado.
Evaluar nuestro camino pastoral significa precisamente reconocer la fidelidad de Dios y descubrir cómo el Espíritu Santo ha ido guiando a nuestra Iglesia durante estos años y qué frutos ha suscitado entre nosotros. No se trata de elaborar un balance de resultados ni de medir el éxito de nuestras iniciativas.
Las Orientaciones Pastorales Diocesanas 2022-2027 no han sido únicamente un plan de trabajo. Han querido expresar una manera concreta de vivir la misión de la Iglesia en Huelva, fortaleciendo la comunión entre las diversas realidades eclesiales y situando la evangelización en el centro de toda la acción pastoral.
Estoy convencido de que el Señor ha bendecido abundantemente este camino. Han surgido iniciativas misioneras de primer anuncio, se han fortalecido los organismos de participación tanto en la diócesis como en muchas parroquias y ha crecido entre numerosos fieles una conciencia más viva de la corresponsabilidad bautismal. Por todo ello damos gracias a Dios.

Las dificultades encontradas

Al mismo tiempo, somos conscientes de las dificultades encontradas: el cansancio, la escasa participación en algunos ámbitos, determinadas resistencias, la indiferencia, las carencias formativas o la dificultad para traducir las orientaciones comunes a la vida concreta de nuestras comunidades.
Nada de ello debe desanimarnos. Lo importante es contemplar nuestra historia con la serenidad que nace de la fe, sin triunfalismos, pero también sin pesimismo. Por eso evaluamos con serenidad, damos gracias con humildad y miramos el futuro con esperanza.
3. Discernir
Buscar juntos la voluntad de Dios
Escuchar y evaluar serían ejercicios incompletos si no desembocaran en el discernimiento. La Iglesia no escucha únicamente para conocerse mejor ni revisa su historia para analizar el pasado. Escucha y recuerda para descubrir lo que el Señor le pide en el presente.
Éste es el verdadero sentido del discernimiento cristiano: buscar, con humildad y docilidad, la voluntad de Dios.
Con frecuencia identificamos el discernimiento con un proceso de intercambiar opiniones, confrontar sensibilidades o alcanzar consensos. Todo ello puede formar parte del camino, pero el discernimiento cristiano va mucho más allá. Discernir es, ante todo, un acto de docilidad al Espíritu Santo en medio de la complejidad de la historia y dejándose conducir por Él.
No buscamos simplemente las soluciones más eficaces. Buscamos aquello que más favorezca el cumplimiento de la misión que Cristo ha confiado a su Iglesia.

Un discernimiento eclesial

El discernimiento nunca es un acto puramente individual. Aunque cada creyente está llamado a buscar la voluntad de Dios en su propia vida, la Iglesia discierne siempre como comunidad reunida por el Espíritu. La imagen más luminosa de este proceso permanece siendo la Asamblea de Jerusalén narrada en los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 15). Ante una cuestión decisiva para la misión, los Apóstoles escucharon el testimonio de la comunidad, dialogaron, oraron y, finalmente, reconocieron juntos la acción de Dios. Éste continúa siendo el modelo permanente de toda auténtica sinodalidad.
El discernimiento se realiza siempre en el seno de la Iglesia. No construimos el futuro apoyándonos únicamente en nuestras experiencias presentes, ni comenzamos desde cero. Caminamos sostenidos por la fe transmitida por los Apóstoles, custodiada por la Iglesia, profundizada por los Padres, esclarecida por los Concilios, encarnada en la vida de los santos y conservada fielmente por el Magisterio.
El Espíritu Santo, que hoy sigue guiando a la Iglesia, es el mismo que descendió sobre los Apóstoles el día de Pentecostés. Por eso, su acción renueva incesantemente la vida eclesial sin romper jamás la continuidad de la fe recibida.
La Tradición no es el recuerdo inmóvil de un pasado lejano; es la memoria viva del Espíritu actuando en el Pueblo de Dios a lo largo de la historia. Lejos de limitar nuestro camino, constituye el fundamento que permite a la Iglesia afrontar los desafíos de cada época sin perder nunca su identidad.
Lo que puede cambiar y lo que no está a nuestra disposición Toda auténtica renovación nace de esta fidelidad creadora: una fidelidad que conserva íntegro el depósito de la fe y, al mismo tiempo, encuentra modos siempre nuevos de anunciarlo. Este principio resulta especialmente importante en el momento actual.
Hay aspectos de la vida eclesial que deben ser continuamente revisados: las prioridades pastorales, los métodos de anuncio, los procesos formativos, los modos de participación, la coordinación entre parroquias y comunidades, el ejercicio de la caridad o la presencia de la Iglesia en la vida pública. Sobre todas estas cuestiones debemos escucharnos ampliamente, porque es precisamente ahí donde la sinodalidad despliega toda su riqueza. Todo ello exige creatividad, valentía y apertura.
Pero existen también realidades que la Iglesia no se ha dado a sí misma y que, por tanto, no están a su disposición. La fe recibida de los Apóstoles, los sacramentos, su constitución apostólica, los principios fundamentales de la moral cristiana y la oración pertenecen al depósito de la fe confiado por Cristo a su Iglesia. No somos propietarios de estos dones; somos sus servidores. También la misión del Magisterio de la Iglesia no consiste en modificarlos, sino en custodiar fielmente el tesoro recibido y transmitirlo íntegramente a cada generación.
Lejos de limitar el camino sinodal, esta convicción le proporciona un fundamento firme y lo preserva de falsas expectativas. La renovación auténtica nunca consiste en sustituir este tesoro, sino en anunciarlo con renovado ardor, nuevos métodos y una expresión cada vez más capaz de llegar al corazón del hombre contemporáneo.

4. Proponer

Mirar el futuro con esperanza

El discernimiento alcanza su plenitud cuando se convierte en decisión y compromiso.
Después de escuchar la realidad, revisar el camino recorrido y buscar juntos la voluntad del Señor, llegará el momento de señalar las prioridades pastorales que orientarán la vida de nuestra diócesis durante los próximos años.
No pretendemos elaborar un programa exhaustivo ni responder a todas las cuestiones. Sabemos que ninguna planificación puede sustituir la acción del Espíritu Santo. Nuestro propósito es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más exigente: reconocer aquellos caminos por los que el Señor desea conducir hoy a la Iglesia que peregrina en Huelva.
Un horizonte compartido
Las futuras Orientaciones Pastorales Diocesanas deberán ser el fruto maduro de este proceso de escucha, discernimiento y comunión.
No nacerán únicamente del trabajo de unos pocos, sino de la experiencia compartida por toda la diócesis. En ellas se expresará el compromiso común de avanzar unidos, respetando la riqueza de las diversas vocaciones, ministerios y carismas que el Espíritu suscita entre nosotros.
Solo así podrán convertirse en un verdadero instrumento de comunión y de misión.
Una única prioridad: evangelizar
Hay, sin embargo, una pregunta que deberá acompañar cada una de nuestras reflexiones: ¿Para qué queremos ser una Iglesia más sinodal? La respuesta solo puede ser una: para anunciar mejor a Jesucristo, conocerlo, amarlo e imitarlo, vivir en Él la vida trinitaria y colaborar con Él en la transformación de la historia hasta su plenitud definitiva en la Jerusalén celestial (cf Novo Millennio Ineunte, 29).
La sinodalidad no constituye una meta en sí misma. Es el camino que fortalece la comunión para que la misión sea más fecunda. Toda reforma eclesial pierde su sentido cuando deja de conducir al anuncio del Evangelio. La Iglesia existe para evangelizar. Ésta fue la misión confiada por Cristo a los Apóstoles y continúa siendo la razón de ser de toda comunidad cristiana. Una Iglesia diocesana más misionera
Por ello, el horizonte permanente de nuestra Asamblea Diocesana ha de ser siempre la evangelización. Nuestras estructuras, los organismos de participación, los procesos de formación, las decisiones pastorales y las futuras orientaciones diocesanas solo tendrán pleno valor si ayudan a nuestras parroquias y comunidades a anunciar con mayor fidelidad, creatividad y ardor el Evangelio en las circunstancias concretas de nuestro tiempo.
Si al concluir la Asamblea no somos una Iglesia más misionera, nuestro esfuerzo habrá quedado incompleto. Pero si este proceso fortalece en nosotros el deseo de anunciar el Evangelio; si suscita comunidades más corresponsables, más acogedoras y más evangelizadoras; si nos impulsa a acompañar mejor a las familias, caminar junto a los jóvenes, sostener a los mayores, servir con mayor entrega a los pobres y hacer visible el amor de Cristo en medio del mundo, entonces podremos reconocer con gratitud que el Espíritu Santo ha guiado verdaderamente a nuestra Iglesia diocesana.
Con esta esperanza os invito a recorrer juntos este itinerario. Caminemos con la confianza de que el Señor resucitado precede siempre a su Iglesia y continúa abriendo delante de nosotros caminos nuevos para la evangelización.

 

V.- Una Iglesia donde todos tienen un lugar

Nadie debe quedarse al margen

Deseo dirigir una invitación amplia y cordial a todos los diocesanos, de modo que este proceso de preparación de la Asamblea Diocesana alcance al mayor número posible de fieles. Que nadie se considere un mero espectador ni piense que esta tarea corresponde únicamente a unos pocos. Todos hemos recibido del Señor una vocación y una responsabilidad en la misión de la Iglesia; todos estamos llamados a ofrecer nuestra experiencia y nuestros dones al discernimiento común.
Invito, por ello, a participar activamente en este camino a las parroquias, con sus Consejos Pastorales y Consejos para los Asuntos Económicos; a los sacerdotes, reunidos en los arciprestazgos; a las delegaciones y secretariados diocesanos; a las comunidades de vida consagrada y contemplativa; a los movimientos apostólicos, asociaciones y hermandades; a Cáritas; a los colegios católicos y a los profesores de Religión; y, en definitiva, a todas las realidades eclesiales que enriquecen la vida de nuestra diócesis. Cada una posee una aportación singular e insustituible, porque ninguna experiencia de fe resulta irrelevante cuando se busca sinceramente el bien de toda la Iglesia.

La parroquia: hogar donde la Iglesia aprender a caminar unida

La parroquia está llamada a ser una verdadera escuela de sinodalidad y ocupa un lugar privilegiado en el proceso de preparación de la Asamblea Diocesana.
En ella el misterio de la Iglesia adquiere un rostro cercano y visible en la vida cotidiana de las personas. Es la familia de Dios que peregrina en un territorio concreto; el lugar donde aprendemos a vivir como discípulos del Señor, alimentándonos de la Palabra y de la Eucaristía, creciendo en la fraternidad, ejerciendo la caridad y compartiendo la misión de anunciar el Evangelio.
En la parroquia la comunión se hace concreta. Allí conviven niños, jóvenes y mayores; familias, personas consagradas, ministros ordenados y fieles laicos; vocaciones, ministerios y carismas diversos que, lejos de competir entre sí, se complementan y enriquecen mutuamente para la edificación del único Cuerpo de Cristo.
La parroquia ha de educar en un estilo de comunión. Ha de ser un lugar donde todos aprendan a escucharse y a discernir juntos; donde cada bautizado descubra que tiene un lugar, una responsabilidad y una misión.

Los Consejos Parroquiales: expresión de sinodalidad

Entre los instrumentos más valiosos para cultivar este estilo de Iglesia ocupan un lugar destacado los Consejos Pastorales Parroquiales.
Lejos de constituir un mero órgano consultivo o administrativo, expresan visiblemente la corresponsabilidad de todo el Pueblo de Dios. En ellos confluyen la experiencia de los fieles, el discernimiento compartido y el ministerio ordenado de quienes han recibido la responsabilidad de presidir la comunidad.
Deseo vivamente que, durante este curso pastoral, los Consejos Pastorales asuman un papel protagonista en la preparación de la Asamblea Diocesana. Su misión no consistirá únicamente en organizar encuentros o recoger aportaciones, sino en animar a toda la comunidad a vivir este proceso como un verdadero acontecimiento espiritual.
También los Consejos para los Asuntos Económicos pueden contribuir eficazmente a este camino, recordándonos que la administración de los bienes de la Iglesia forma parte de una auténtica espiritualidad de la comunión y del servicio.

Los arciprestazgos: aprender a caminar entre parroquias

La comunión no termina en los límites de cada parroquia. La colaboración entre las parroquias no responde únicamente a razones de eficacia; manifiesta la comunión que brota del único presbiterio reunido en torno al Obispo. Cuando los sacerdotes practican la comunión como presbiterio, las comunidades aprenden a caminar juntas y toda la Iglesia diocesana crece en unidad.
Los arciprestazgos ofrecen un espacio privilegiado para fortalecer la comunión entre los sacerdotes y las parroquias; donde compartir experiencias, afrontar conjuntamente los desafíos pastorales propios de cada territorio y cultivar una mirada verdaderamente diocesana.
Deseo que durante este curso los encuentros de arciprestazgo sean auténticos lugares de fraternidad sacerdotal, de escucha mutua y de discernimiento común, desde los cuales los sacerdotes acompañen el proceso que emprendemos.

Delegaciones y organismos diocesanos: al servicio de una única misión

Cada Delegación, Secretariado y organismo diocesano posee una misión específica, nacida para servir a la evangelización desde un ámbito concreto. La preparación de la Asamblea constituye una oportunidad para fortalecer la coordinación entre todos ellos y favorecer una mirada verdaderamente diocesana. Ningún organismo trabaja para sí mismo. Todos participan de una única misión y todos están llamados a poner sus dones al servicio del conjunto de la Iglesia.
La experiencia y la reflexión de los equipos de las Delegaciones y Secretariados ayudarán a integrar la dimensión sinodal en todos los sectores de la acción evangelizadora y a enriquecer el objetivo pastoral que nos proponemos para este curso.

La vida consagrada: memoria viva del primado de Dios

Deseo dirigir una palabra especialmente agradecida a los miembros de la vida consagrada.
Con vuestra entrega recordáis continuamente a toda la Iglesia que solo Dios basta y que el Evangelio merece ser vivido con radicalidad. Vuestros diversos carismas enriquecen la vida de nuestra diócesis y manifiestan la inagotable creatividad del Espíritu Santo.
Os invito a acompañar este proceso aportando vuestra oración, vuestra experiencia espiritual y vuestra sabiduría evangélica. La Asamblea Diocesana será tanto más fecunda cuanto más se deje sostener por la vida contemplativa y por el testimonio profético de quienes habéis consagrado vuestra existencia al seguimiento de Cristo.
Vehicular las aportaciones que estiméis convenientes a través de la Vicaría para la Vida Consagrada.

Movimientos, asociaciones y hermandades: la riqueza de los carismas y de la piedad popular

También los movimientos eclesiales, las asociaciones de fieles y nuestras hermandades están llamados a participar activamente en este camino, a través de los Consejos Pastorales Parroquiales o de otros cauces que se establezcan.
Cada uno de ellos ha recibido un carisma particular para el bien de toda la Iglesia. Esa diversidad no constituye un motivo de separación, sino una riqueza que debe integrarse armónicamente en la comunión diocesana.
La Asamblea será una ocasión privilegiada para fortalecer los vínculos entre todas estas realidades y crecer en una conciencia cada vez más viva de pertenecer a una única Iglesia.

Una palabra a los jóvenes

Quiero dirigirme ahora especialmente a vosotros, queridos jóvenes. No sois únicamente la esperanza del mañana. Sois una parte viva del presente de la Iglesia. Cuando los jóvenes encuentran verdaderamente a Cristo, la Iglesia entera rejuvenece.
Necesitamos vuestra mirada, vuestra creatividad y vuestro deseo de autenticidad. La Iglesia de Huelva quiere caminar con vosotros y aprender también con vosotros.
Os invito a participar con generosidad en este proceso de la Asamblea por medio de vuestra Delegación Diocesana. Hacer llegar vuestras preguntas, vuestras inquietudes y vuestras propuestas.

Escuchar la voz de quienes más sufren

Hay una voz que no puede faltar en nuestro discernimiento: la de quienes viven la experiencia de la pobreza, la enfermedad, la soledad o cualquier forma de exclusión.
Ellos ocupan un lugar privilegiado en el corazón de Cristo y deben ocuparlo también en el corazón de la Iglesia.
Escucharlos no responde únicamente a un deber de solidaridad. Es una exigencia del Evangelio. Los pobres evangelizan a la Iglesia porque nos recuerdan continuamente lo esencial y nos ayudan a reconocer el rostro del Señor crucificado y resucitado.
Deseo que este proceso llegue también a ellos y que sus experiencias iluminen nuestro discernimiento pastoral. La Delegación Diocesana para la Pastoral Social y Promoción Humana podrá ofrecer un cauce adecuado para recoger y acompañar estas aportaciones.

Preparar juntos la próxima Asamblea Diocesana

Sacerdotes y diáconos; personas consagradas; seminaristas; matrimonios y familias; jóvenes y mayores; catequistas; educadores; voluntarios; movimientos; hermandades; parroquias y comunidades cristianas: Todos formamos un único Pueblo de Dios. Todos somos necesarios. Todos hemos recibido una misión.
Y todos estamos llamados a preparar juntos la Asamblea Diocesana, para que nuestra Iglesia sea cada día más fiel a Jesucristo y más ardiente en el anuncio del Evangelio.

VI.- La santidad, alma de toda renovación

«Permaneced en mí» (Jn 15,4)

Al concluir esta carta deseo invitar a toda la Iglesia diocesana a volver la mirada hacia lo verdaderamente esencial.
Podríamos organizar numerosas reuniones, elaborar excelentes proyectos pastorales y renovar nuestras estructuras. Todo ello sería útil y podría ser necesario. Pero, si no permanecemos unidos a Cristo, nada dará el fruto que esperamos.
Él mismo nos lo recuerda con palabras que conservan intacta su fuerza: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Estas palabras iluminan también nuestro camino sinodal. La renovación de la Iglesia no comienza con nuevas iniciativas. Comienza siempre por un corazón renovado en comunión con Jesucristo. Toda reforma auténtica nace de la santidad.

La primera reforma es la conversión

El Señor no nos llama simplemente a hacer cosas nuevas; nos llama, ante todo, a ser hombres y mujeres nuevos en Cristo.
La primera reforma que necesita nuestra diócesis es nuestra propia conversión. Antes de preguntarnos qué debemos cambiar en nuestras comunidades, hemos de dejarnos interpelar por una cuestión más profunda: ¿qué quiere transformar el Señor en mi propia vida?
Toda la historia de la Iglesia testimonia que las grandes renovaciones de la Iglesia nunca nacieron de estrategias humanas ni de proyectos cuidadosamente diseñados. Surgieron siempre de hombres y mujeres que se dejaron conquistar por Dios. Los santos no comenzaron transformando las estructuras; comenzaron dejándose transformar por la gracia. Escucharon la voz del Señor, acogieron con docilidad su llamada y, precisamente por ello, reformaron la Iglesia y dejaron una huella imborrable en la historia.
También la implementación del camino sinodal solo dará fruto si permanece constantemente arraigada en la oración y en la vida sacramental. Sin ellas, la Iglesia corre el riesgo de convertirse en una organización eficiente, pero incapaz de transparentar el rostro de Cristo. Cuando vive de la oración y de los sacramentos, en cambio, descubre continuamente que todo procede de la gracia, aprende a escuchar la voz del Espíritu y encuentra la luz necesaria para discernir la voluntad del Padre.

Los verdaderos caminos por los que el Espíritu Santo edifica la Iglesia

Por ello deseo invitaros a todos, queridos diocesanos, a cuidar con renovado empeño aquello que constituye el corazón de toda vida cristiana: la escucha cotidiana de la Palabra de Dios; la celebración fervorosa de la Eucaristía, sobre todo, el domingo; el sacramento de la Reconciliación; la oración personal y comunitaria; la adoración eucarística; y el ejercicio constante de la caridad.
Éstos son los verdaderos caminos por los que el Espíritu Santo edifica la Iglesia. Sin ellos, cualquier renovación terminaría agotándose. Con ellos, incluso los medios más modestos producen frutos inesperados.
El Evangelio nos muestra continuamente a Jesús caminando con sus discípulos, formando el corazón de quienes ha llamado. También nosotros estamos llamados a aprender de Él. Nuestro modo de relacionarnos, de ejercer la autoridad, de colaborar, de resolver los conflictos y de afrontar las dificultades debe reflejar siempre la mansedumbre y la humildad de Cristo. Participamos de una cultura que valora la rapidez, la eficacia y los resultados inmediatos. También nosotros podemos sentir la tentación de medir la fecundidad pastoral únicamente por aquello que resulta visible. Sin embargo, el Reino de Dios crece muchas veces de forma silenciosa, como la semilla que germina sin que el sembrador sepa cómo (cf. Mc 4, 26-29). El Espíritu Santo continúa actuando incluso cuando nuestros ojos apenas perciben su obra.
Vivamos, por tanto, este curso pastoral como un verdadero tiempo de gracia. Revisemos con sinceridad el camino recorrido; demos gracias por los frutos que el Señor ya nos ha concedido; reconozcamos con humildad nuestras limitaciones y dispongámonos a acoger con esperanza las llamadas que el Espíritu Santo quiera suscitar para el futuro de nuestra Iglesia diocesana.

María, Madre de la Iglesia

En este camino no avanzamos solos. La Virgen María acompaña siempre el peregrinar del Pueblo de Dios. Ella continúa sosteniendo también hoy nuestra esperanza.
María escuchó la Palabra con un corazón disponible, respondió con una obediencia plena, permaneció fiel hasta la cruz, y acompañó a los discípulos en la espera confiada de Pentecostés.
Por ello sigue siendo el modelo más perfecto de una Iglesia que escucha, discierne y camina dócilmente bajo la acción del Espíritu. Que nos enseñe a caminar siempre detrás de su Hijo.
A su intercesión de Madre encomendamos este curso pastoral y la preparación de nuestra Asamblea Diocesana.
Hagamos nuestra la convicción del apóstol san Pablo: «Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros esta buena obra, la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús» (Flp 1,6). Recibid mi abrazo fraterno y bendición.

Santiago Gómez Sierra
Obispo de Huelva

Huelva, 25 de julio de 2026
Solemnidad de Santiago, apóstol

Monseñor José Rico Pavés preside hoy la celebración de Santa Clara de Asís en la casa de las Clarisas en Jerez

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Monseñor José Rico Pavés preside hoy la celebración de Santa Clara de Asís en la casa de las Clarisas en Jerez

Monseñor José Rico Pavés preside hoy la celebración de Santa Clara de Asís en la casa de las Clarisas en Jerez

Fotografía: Imagen de archivo de la pasada celebración de la Jornada Pro Orantibus en el Convento de las Clarisas en Jerez

El Convento de San José de Jerez de la Frontera, casa de la Orden de Santa Clara, celebra hoy la festividad de Santa Clara de Asís, fundadora de las clarisas.

La comunidad religiosa vivirá esta jornada de manera especial con la celebración de la Santa Misa a las 20:00 horas, presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez.

La celebración permitirá dar gracias por el carisma de Santa Clara, marcado por la pobreza evangélica, la oración, la fraternidad y una vida plenamente entregada a Dios.

La presencia de las clarisas en Jerez forma parte de la riqueza de la vida consagrada en la Diócesis de Asidonia-Jerez, donde las comunidades contemplativas sostienen con su oración la misión evangelizadora de toda la Iglesia.

La Eucaristía de esta tarde será también una oportunidad para acompañar a la comunidad del Convento de San José en el día de su fundadora y renovar la gratitud por el testimonio de quienes viven su vocación desde el silencio, la contemplación y la entrega a Dios.

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Sanlúcar de Barrameda y Trebujena, protagonistas en la Diócesis de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

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Sanlúcar de Barrameda y Trebujena, protagonistas en la Diócesis de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Sanlúcar de Barrameda y Trebujena, protagonistas en la Diócesis de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

La Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, que la Iglesia celebra cada 15 de agosto, tendrá un especial protagonismo en distintos puntos de la Diócesis de Asidonia-Jerez, con celebraciones destacadas en Trebujena, Sanlúcar de Barrameda y Jerez de la Frontera.

La primera de las citas tendrá lugar el 14 de agosto en Trebujena, donde se vive de manera especial esta solemnidad bajo la advocación de Nuestra Señora de Palomares Coronada. A las 20:00 horas, Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez presidirá la Eucaristía.

Al día siguiente, 15 de agosto, la celebración se trasladará a Sanlúcar de Barrameda, donde la Virgen de la Caridad Coronada ocupa un lugar central en la devoción de la ciudad. La Basílica de Nuestra Señora de la Caridad Coronada acogerá a las 11:00 horas la Eucaristía presidida también por Monseñor José Rico Pavés.

La solemnidad tendrá igualmente presencia en Jerez de la Frontera, sede de la Diócesis. Junto a la Iglesia de San Dionisio Areopagita, templo dedicado al patrón de la ciudad, se encuentra la Plaza de la Asunción, presidida por un monumento dedicado precisamente a la solemnidad que la Iglesia celebra el 15 de agosto.

Por este motivo, la parroquia realizará el 14 de agosto, a las 19:30 horas, una ofrenda floral ante este monumento, sumándose así a las celebraciones diocesanas en honor de la Virgen María.

Tres citas que muestran la especial presencia de esta solemnidad mariana en la vida de la Diócesis y que invitan a los fieles a celebrar juntos la Asunción de María.

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La parroquia de San Miguel de Guadix celebró a Santo Domingo de Guzmán

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La parroquia de San Miguel ha vivido estos días con especial fervor y alegría la celebración solemne de Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores y una de las grandes figuras de la Iglesia española. Los cultos, organizados conjuntamente por la Hermandad Sacramental de San Miguel y Pontificia Archicofradía del Santísimo Rosario y la parroquia, han congregado a numerosos fieles, que han participado con devoción en cada uno de los días del triduo y en la fiesta litúrgica de santo Domingo.

La solemnidad fue precedida por un triduo, durante el cual el párroco, Antonio Fajardo, fue desgranando con profundidad y brillantez la figura humana, espiritual e histórica de Santo Domingo de Guzmán. A través de su predicación, los asistentes pudieron acercarse a la vida y obra de aquel gran santo burgalés que hizo de la predicación del Evangelio, la oración y la búsqueda de la verdad el centro de su existencia.

A lo largo de estos días, el párroco invitó a contemplar no solamente al Santo Domingo fundador y predicador, sino también al hombre de profunda vida interior, de caridad ardiente y de extraordinario amor a la Iglesia. Sus palabras nos ayudaron a descubrir la vigencia de su ejemplo y a comprender cómo su figura continúa siendo una llamada a vivir con mayor fidelidad nuestra condición de cristianos.

Especialmente conmovedora resultó la predicación en torno a las virtudes que adornaron la vida del santo, cuya entrega a Dios y a las almas le hizo merecedor de ser llamado, con toda justicia, «estrella refulgente de la fe y gloria de la Iglesia de España». Su celo apostólico, su amor a la verdad, su espíritu de oración y su devoción a la Santísima Virgen y al Santísimo Rosario constituyen un luminoso ejemplo para todos los que hoy formamos parte de la Iglesia.

La celebración solemne, que tuvo lugar el 8 de agosto, día de santo Domingo, puso el broche de oro a estos días de gracia. La capilla de la Virgen del Rosario, por encontrarse San Miguel en obras, ha sido testigo de una celebración muy concurrida y vivida con especial recogimiento, en la que la comunidad parroquial y los hermanos de la hermandad se unieron para honrar a Santo Domingo y pedir su intercesión.

Finalizada la celebración, y como expresión de fraternidad y convivencia, la Hermandad ofreció a todos los asistentes una riquísima sangría, que permitió prolongar en un ambiente distendido la alegría de la jornada. En torno a ella se compartieron conversación, amistad y buenos momentos, poniendo de manifiesto que la vida de una parroquia se construye también desde la convivencia fraterna.

La Hermandad Sacramental de San Miguel y Pontificia Archicofradía del Santísimo Rosario reconoce y agradece a José Manuel Martos Segura su especial dedicación por la recuperación de la fiesta de santo Domingo, a Rafael Teófilo Sánchez, que con la música y su magnífica voz solemnizó la sagrada Eucaristía, a Mari Carmen que día a día reza el santo rosario, y especialmente lo ha hecho en estos cultos, a Jesús y Antonio Manuel que han acolitado todos los días con especial cariño, a las religiosas hijas de la Sagrada Familia que siempre acompañan y a cuantos de un modo u otro han colaborado para hacer posible esta celebración. Y de manera especial, agradece al párroco, Antonio Fajardo, sus profundas y hermosas predicaciones, que nos han permitido conocer y amar un poco más la figura de Santo Domingo de Guzmán.

Encarni Sánchez Ruiz

Secretaria de la Hermandad Sacramental de san Miguel y Pontificia Archicofradía del Santísimo Rosario de Guadix

San Lorenzo Mártir, encuentro de fe y fraternidad en Cortes y Graena

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La comunidad cristiana de Cortes y Graena ha celebrado con alegría la fiesta de San Lorenzo Mártir, patrono de la localidad de Graena, en unos días marcados por la participación de vecinos, familiares y visitantes y por un profundo ambiente de fe, convivencia y fraternidad.

La celebración, promovida por el Ayuntamiento de Cortes y Graena, ha tenido como protagonistas a los cuatro núcleos que integran el municipio: Cortes, Graena, Los Baños de Graena y Lopera. Las distintas actividades han permitido vivir la fiesta no solamente como una sucesión de actos, sino como una verdadera ocasión de reencuentro familiar y de amistad, recuperando vínculos y fortaleciendo el sentido de comunidad.

Uno de los aspectos más significativos de estos días ha sido la acogida ofrecida por los vecinos. Las puertas de muchos hogares se han abierto para recibir a familiares, peregrinos y visitantes, mostrando la sencillez, cercanía y afabilidad que caracterizan a las gentes de estos pueblos. Una realidad que, como destacó el párroco, Gerardo José Rodríguez Pérez, constituye «un verdadero tesoro para nuestra Diócesis de Guadix».

La celebración religiosa tuvo como centro la Eucaristía solemne en honor de San Lorenzo. En ella, la comunidad dio gracias a Dios por la vida y el testimonio del santo diácono y mártir, modelo de fe, valentía y servicio a los más pobres.

Durante la homilía, el párroco recordó uno de los episodios más conocidos de la vida de San Lorenzo. Cuando le fueron reclamados los tesoros de la Iglesia, el santo presentó a los pobres y necesitados y afirmó: «Estos son los tesoros de la Iglesia».

A partir de esta expresión, el párroco invitó a descubrir que el verdadero tesoro de una comunidad no está solamente en sus bienes materiales, sino, sobre todo, en las personas: los mayores, los enfermos, las familias, los niños, los jóvenes, quienes viven solos y todos aquellos que necesitan acompañamiento y esperanza.

En este sentido, señaló que también Cortes, Graena, Los Baños de Graena y Lopera son un tesoro, porque detrás de sus calles, casas y tradiciones hay personas, familias, historias compartidas y una comunidad llamada a cuidarse y a caminar unida.

La celebración fue también una ocasión para agradecer el servicio de quienes trabajan por el bien de estos pueblos. El párroco saludó con especial afecto a la alcaldesa, Fabiola Romero, y a su equipo de colaboradores, agradeciendo su dedicación y expresando el deseo de que quienes tienen responsabilidades públicas puedan seguir trabajando por las necesidades de los cuatro núcleos, desde el diálogo, la colaboración y la búsqueda del bien común.

Gerardo José quiso tener también unas palabras de reconocimiento hacia la alcaldesa, que ha anunciado que no optará nuevamente a la alcaldía en los próximos comicios municipales, agradeciéndole el servicio realizado durante estos años y deseándole lo mejor en la nueva etapa que se abra en su vida.

La celebración de San Lorenzo ha puesto de manifiesto, una vez más, la estrecha relación existente entre fe, pueblo y comunidad. La fiesta patronal se ha convertido en una oportunidad para fortalecer la convivencia, renovar la esperanza y recordar que una comunidad crece cuando sus miembros saben acogerse, respetarse y ayudarse mutuamente.

Al finalizar la celebración, el párroco encomendó a San Lorenzo a las familias, a los mayores, a los enfermos, a los niños y jóvenes, así como a todas las personas que forman parte de estos cuatro pueblos.

Pidió también que el santo patrono interceda para que Cortes, Graena, Los Baños de Graena y Lopera sigan siendo comunidades vivas, acogedoras y fraternas, donde nadie se sienta solo ni excluido y donde cada persona pueda sentirse parte importante de la vida de sus pueblos.

Gerardo José Rodríguez Pérez.

Administrador Parroquial de Cortes y Graena

“Ningún acto de amor queda estéril”

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“Ningún acto de amor queda estéril”

“Ningún acto de amor queda estéril”

La novena a la Virgen de los Reyes encara ya la semana previa a la jornada central del 15 de agosto. En la tarde de hoy, el predicador, monseñor José Domingo Ulloa, arzobispo de Panamá, ha dado un paso más en su itinerario espiritual para estos nueve días, invitando a los fieles y devotos que se han dado cita en la Catedral a “comprender que la vida cristiana solo se hace fecunda cuando aprende a entregarse”.

Apoyado en la lectura del día (Jn 12,24), el arzobispo ha afirmado que Jesús anuncia su Pascua: “Su muerte no será un fracaso, sino la semilla de una humanidad nueva”. En la misma línea, ha señalado que “una vida que se ofrece por amor descubre una fecundidad que jamás habría imaginado”.

Monseñor Ulloa ha recordado que vivimos en una cultura que nos invita continuamente a conservar, acumular y asegurar –“se nos hace creer que la felicidad consiste en no perder nada, en protegernos de todo sacrificio y en pensar primero en nosotros mismos”, apunta-, y que el Evangelio, en cambio, nos propone un camino diferente. Así, “la vida crece cuando se entrega, el amor madura cuando se comparte y la alegría se multiplica cuando deja de girar alrededor de uno mismo”. Y esto, ha añadido, se comprende cuando miramos la vida cotidiana, los desvelos de los padres por los hijos, quienes cuidan de un enfermo, acompañan a un anciano, educan a un niño o escuchan a quienes están solos. Todo ello, “a los ojos del mundo quizá parezca una pérdida; a los ojos de Dios, es una siembra”.

“La Iglesia no era rica por lo que guardaba, sino por el amor con que servía”

A continuación, el predicador ha hecho referencia a la festividad de hoy, san Lorenzo, para quien “la Iglesia no era rica por lo que guardaba, sino por el amor con que servía”. Ha recordado que san Lorenzo terminó entregando su propia vida, y aunque humanamente parecía que todo acababa allí, “sin embargo, tantos siglos después, seguimos pronunciando su nombre y recibiendo el testimonio de su fidelidad”.

A continuación, se ha referido a María, que “vivió también esta lógica del Evangelio”: “Toda su existencia fue una entrega silenciosa, se entregó cuando respondió al anuncio del ángel sin conocer de antemano el camino que Dios le proponía, se entregó en la pobreza de Belén, en la incertidumbre de Egipto y en los años escondidos de Nazaret. Se entregó cuando permitió que Jesús comenzara su vida pública y aceptó que su Hijo pertenecía a la misión que el Padre le había confiado. Y se entregó plenamente al permanecer de pie junto a la cruz”.

Volviendo la mirada a la patrona, que preside el altar del Jubileo a la espera de su salida procesional, el arzobispo de Panamá subraya que “su realeza no nace del poder humano, sino de su entrega”. “María -ha añadido- es Reina porque primero fue servidora”.

Dirigiéndose a los sevillanos, monseñor Ulloa ha valorado la forma en que han conservado durante siglos “una fe viva”. Ello fue debido a que “hubo generaciones enteras que comprendieron el valor de la entrega”: Padres y madres que transmitieron la fe a sus hijos, sacerdotes que gastaron su vida anunciando el Evangelio, religiosas y religiosos que sirvieron a los más necesitados y tantos laicos que sostuvieron silenciosamente sus comunidades.

De Sevilla a Panamá

Por ello, ha destacado que la verdadera historia de la Iglesia no se escribe únicamente con grandes nombres: “Se escribe, sobre todo, con la fidelidad de innumerables personas sencillas que aceptaron servir sin buscar aplausos”. “Son el grano de trigo escondido en la tierra de Sevilla”, ha añadido. La misma conclusión ha sacado del relato de quienes evangelizaron América a lo largo de siglos. “Ellos sembraron sin conocer toda la cosecha. Quizá nunca imaginaron que, más de cinco siglos después, un arzobispo panameño llegaría hasta esta Catedral para dar gracias por la fe recibida. Así actúa Dios”, ha afirmado.

El arzobispo de Panamá ha concluido su homilía invitando a los asistentes a la novena a “mirar nuestra historia con los ojos de Dios”. O, dicho de otro modo: “Ningún acto de amor queda estéril. Ninguna oración ofrecida por otra persona es olvidada. Ninguna lágrima derramada por fidelidad deja de tener valor delante del Señor. Quizá nosotros no lleguemos a ver toda la cosecha, pero Dios sí la ve. Y eso debe bastarnos”.

Representaciones de Peñaflor y Aznalcázar

Esta tarde, la novena ha contado con la participación especial de representaciones de dos hermandades de la provincia: la Hermandad de Nuestra Señora de Villadiego, en Peñaflor, y la de Santiago, en Aznalcázar. La primera celebra este año dos acontecimientos: la coronación canónica de su titular (celebrada el pasado 9 de mayo) y el centenario de su romería durante el mes de agosto. Por su parte, la corporación aznalcazareña conmemora en 2026 el 450º aniversario fundacional. Como en jornadas anteriores, el canónigo Manuel Soria, ha sido el encargado de entregar a las dos delegaciones un recuerdo de su paso por la novena.

GALERÍA fotográfica de esta jornada de la novena

 

 

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Jóvenes malagueños de Misión en Colombia: «estamos bien, continuamos con nuestra labor»

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Jóvenes malagueños de Misión en Colombia: «estamos bien, continuamos con nuestra labor»

El grupo de jóvenes malagueños que se encuentra en Colombia realizando una experiencia misionera desde el pasado 25 de julio continúa con normalidad su labor a pesar del fuerte terremoto que ha afectado a parte del país sudamericano y que, según las primera estimaciones, ha provocado más de un centenar de muertos.

Jóvenes malagueños de Misión en Colombia: «estamos bien, continuamos con nuestra labor»
Una joven participante en la experiencia «Espíritu Misionero Colombia 2026», en una de las clases del instituto de Barú en el que han colaborado

Los jóvenes misioneros María Becerra Ruiz, Inés Gómez Reyes, María de la Paz Guatura Ruiz, Manuel Benítez López, Alba Barranco Benítez y Lola Benavente Becerra, junto a las responsables Carmen Anaya Gutiérrez y María del Mar Carbonero Vallejo, y el delegado de Misiones José Luis Pereyra Quintián, misionero de la Consolata, se encuentran bien en Cartagena de Indias, una zona donde la población apenas ha notado el seísmo de magnitud 7,4. «Afortunadamente, ni siquiera hemos sentido el terremoto –afirma el delegado de Misiones–. Nos enteramos por los medios de comunicación de lo que sucedió en el Chocó, que está bastante lejos de la zona donde estamos nosotros. Así que estamos todos bien».

Jóvenes malagueños de misión en la localidad colombiana de Barú

De esta manera, los malagueños continúan su tarea y compromiso misionero con los habitantes de las poblaciones de Barú, Santa Ana y Ararca adonde fueron enviados el pasado 19 de julio por el Obispo de Málaga. «Está siendo un tiempo muy bonito, tanto para los jóvenes como para la gente con la que estamos conviviendo –afirma Pereyra–. Estamos teniendo la oportunidad de vivir un montón de riqueza de experiencia misionera, sobre todo en el encuentro, en el diálogo con las personas, con los niños, con los más ancianos… Todo ello gracias a la ayuda de las que aquí se llaman las “servidoras”, que son agentes pastorales muy comprometidas que trabajan en coordinación con el párroco y que nos ayudan a integrarnos en todas las zonas que estamos visitando, colegios y otros grupos sociales que tienen mucho interés en conocernos y escuchar nuestra experiencia y también nosotros de escucharlos a ellos».

Un día de la misión de la experiencia «Espíritu Misionero Colombia 26»

Los participantes en la experiencia diocesana “Espíritu Misionero Colombia 26” celebran también la Misa con los niños y, en algunas residencias de ancianos, comparten su tiempo con las personas acogidas brindándoles su alegría, escuchándolos y orando por ellos.  

En las próximas celebraciones previstas orarán especialmente por las víctimas del terremoto y sus familiares. Su regreso a Málaga está previsto para el próximo 21 de agosto.

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Monseñor José Rico Pavés celebra la festividad de Santo Domingo de Guzmán junto a las Dominicas de Sanlúcar de Barrameda

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Monseñor José Rico Pavés celebra la festividad de Santo Domingo de Guzmán junto a las Dominicas de Sanlúcar de Barrameda

Monseñor José Rico Pavés celebra la festividad de Santo Domingo de Guzmán junto a las Dominicas de Sanlúcar de Barrameda

El Convento de Madre de Dios de Sanlúcar de Barrameda acogió la celebración de la festividad de Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, en una jornada especialmente significativa para la comunidad de religiosas dominicas que reside en este histórico convento.

La Eucaristía estuvo presidida por Monseñor José Rico Pavés, Obispo de Asidonia-Jerez, quien quiso acompañar a las Dominicas en el día de su fundador, compartiendo con ellas una celebración marcada por la oración y la acción de gracias por el carisma recibido.

La fiesta de Santo Domingo de Guzmán tiene además una especial relevancia en la Diócesis de Asidonia-Jerez por la presencia de la familia dominicana en distintos puntos del territorio diocesano, donde su espiritualidad, su vida religiosa y su misión continúan formando parte de la riqueza de la Iglesia local.

Esta presencia se hace visible también en Jerez de la Frontera, sede de la Diócesis, donde el legado de los hijos de Santo Domingo sigue profundamente vinculado a la historia y a la vida eclesial de la ciudad.

La celebración vivida en Sanlúcar de Barrameda permitió poner en valor la aportación de la Orden de Predicadores a la Iglesia, desde la contemplación, la predicación y el anuncio del Evangelio, y renovar la gratitud por la presencia de las Dominicas en nuestra Diócesis.

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Carta del Administrador Apostólico a los sacerdotes, religiosos y religiosas, y fieles de la Diócesis

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Queridos hermanos en Cristo:

Ha pasado más de una semana desde el drama humano e institucional que ha vivido nuestra Diócesis en Ceuta. He necesitado reposar y comprender el alcance de lo que hemos sufrido y, al mismo tiempo, intentar comprender, con mis luces, la repercusión que excede lo que los medios de comunicación han ido mostrando. Ahora, quiero transmitiros lo que he vivido y, al mismo tiempo, lo que os propongo como medida para toda la Diócesis, en la medida en que cada uno pueda llevarla a cabo. Son días, además, de descanso de un año intenso, lleno de incertidumbres, que nos ha afectado a todos.

En primer lugar, miro el desastre humanitario que ha generado la ambición y la corrupción. Nada nuevo bajo el sol. A un lado de la frontera estaban jóvenes sin futuro que se lanzaron hacia lo desconocido, sólo por consignas políticas o por promesas malintencionadas; adultos que aprovecharon el desgobierno para huir de las responsabilidades penales de su país, quizá por algún indulto premeditado pergeñado para esta ocasión; niños y niñas que, abandonados por sus familias se convierten en carne de cañón para depredadores; y, por el otro, personas que se han sentido vulneradas en su espacio, familias temerosas a que, al llegar la noche o en plena luz del día, entraron en su casa y reclamaron comida o una recarga de batería de móvil; comercios cerrados, miedo en los ojos, incertidumbre ante la posibilidad de que vuelvan a aparecer, y sobre todo, la rabia que genera la desprotección que deben garantizar quienes gobiernan. Como comprenderéis, todo un cóctel de emociones que podrían haber estallado en un conflicto mayor y, que, gracias a la serenidad del pueblo de Ceuta, no se ha dado.

En segundo lugar, brota en mi corazón la gratitud de la fe. Desde el primer instante, Santa María de África ha sido el baluarte donde consolidar el refugio, la brisa suave de Elías, que, en medio de la persecución, da la respuesta que todos nos hacemos ¿Dónde está Dios? Ni en el huracán, ni en el terremoto… Está en la dulzura de una Madre, que llora ante la muerte de su Hijo, mientras lo acoge en su regazo. He podido percibir cómo la Madre y Patrona de Ceuta, una vez más en la historia, se ha convertido en el faro que guía nuestro surcar los mares embravecidos.

Pero mi agradecimiento se dirige también al Papa que, en su mensaje del pasado domingo puso de manifiesto que lleva a Ceuta en su corazón, a los sacerdotes, a las parroquias, a los religiosos y las religiosas de Ceuta, a los voluntarios de la Casa San Antonio y también a los de Cáritas, y especialmente, a la Hermandad de la Patrona. Juntos hemos intentado dar un ejemplo de unidad en medio de tanta crispación. Es justo que demos todos un mensaje de gratitud a esta pequeña comunidad cristiana, para que reciban un aliento fuerte del resto de la Diócesis, para que mantengan vivo el testimonio de la fe. Quiero creer que, tanto la Ofrenda floral como la Función y la Procesión con la Imagen de Santa María de África no ha sido un suspiro fugaz, sino un catalizador para romper la inercia que genera el miedo, la chispa para tomar conciencia de lo que aporta la fe en la re-construcción de la ciudad, el mayor desafío que tiene la sociedad y la iglesia en este tiempo que el Señor nos regala.

Como propuesta de acción eclesial a esta crisis humanitaria y de confianza, creo necesario poner nuestra mirada en Dios. Cuando las potencias vecinas amenazaban la fragilidad de Israel, los Patriarcas y Profetas alzaban sus manos y rogaban la misericordia divina. Así también, Jesucristo lloró ante la destrucción de Jerusalén. Por eso, os exhorto a que, en todas las parroquias de la Diócesis se realice una Vigilia de oración por la Paz, la estabilidad y la Justicia en Ceuta, como ha sugerido el Papa León XIV, en la noche de la víspera de la Asunción de María.

Así se realizará en el Santuario de Santa María de África, y así deseo que pueda hacerse, de la forma más adecuada posible, para que todos los católicos de nuestra Diócesis puedan rezar, a partir de las primeras vísperas, con la intención no sólo de solicitar la protección de la Ciudad de Ceuta, sino para que tomemos consciencia de la importancia de madurar la fe recibida, y solicitar la luz necesaria para que, unidos, vivamos estos momentos como un nuevo inicio cultural, y no simplemente como una crisis, que ojalá fuera pasajera. Estos acontecimientos me parecen que muestran la profundidad del cambio de cultura que se está generando, por eso, ahora más que nunca necesitamos alzar la mirada y rezar juntos el Padrenuestro diciendo: ¡Hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo!

Con mi bendición

+ Ramón Valdivia

Administrador Apostólico de Cádiz y Ceuta

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