La Santa Iglesia Catedral de Huelva acogió en la noche del pasado sábado, 4 de abril, la celebración de la Vigilia Pascual, culmen del Triduo Santo y centro de la vida cristiana. Numerosos fieles participaron en esta liturgia, que se desarrolló en un clima de recogimiento, gozo y profunda esperanza.
La celebración comenzó en el exterior del templo con la bendición del fuego nuevo y la preparación del cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado que vence las tinieblas. Desde este signo luminoso se fue transmitiendo la luz a toda la asamblea, que, con sus velas encendidas, entró en el templo proclamando la fe en la victoria de la vida sobre la muerte.
A lo largo de la Liturgia de la Palabra, se recorrieron los principales momentos de la historia de la salvación, recordando la fidelidad de Dios con su pueblo. Posteriormente, tuvo lugar la Liturgia Bautismal, en la que se renovaron las promesas del Bautismo, reafirmando el compromiso de vivir como hijos de la luz.
La celebración culminó con la Liturgia Eucarística, en la que la comunidad diocesana participó del banquete pascual, signo de comunión con Cristo vivo. El Obispo de Huelva presidió la celebración y, durante su intervención, comentó el sentido profundo de esta noche santa como paso de la oscuridad a la luz, invitando a los presentes a ser testigos de la esperanza en medio del mundo.
La Vigilia Pascual volvió a poner de manifiesto la riqueza de los signos litúrgicos y la centralidad de la Resurrección en la vida cristiana, convocando a la Iglesia diocesana a renovar su fe y su compromiso evangelizador.
La Diócesis de Huelva invita a todos los fieles a vivir con intensidad el tiempo pascual, prolongando en la vida cotidiana la alegría del encuentro con Cristo resucitado.
El Obispo ha hecho balance de su recorrido esta Semana Santa por las corporación y de cómo ha vivido su primera Semana Santa en Córdoba
El canal de YouTube del Cabildo Catedral de Córdoba ha puesto el broche de oro a más de cincuenta horas en directo esta Semana Santa contando el paso de las hermandades por el templo principal de la Diócesis con una entrevista hoy, Domingo de Resurrección, al obispo de Córdoba, monseñor Jesús Fernández, quien ha hecho balance de esta intensa semana en la que la Iglesia ha puesto a disposición de los fieles todos los medios para poder vivir de cerca la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
El prelado, quien ha vivido su primera Semana Santa en la ciudad, ha hecho balance de estos días resaltando la gran impresión que le ha causado la cantidad de personas que acuden a las celebraciones litúrgicas y la profundidad con que se han vivido. “Además de ser devotos de la piedad popular, los fieles saben conjugar muy bien y valorar la importancia de la liturgia”, ha manifestado el pastor de la Diócesis subrayando también la brillantez con la que se han desarrollado las distintas estaciones de penitencia.
Si tuviera que destacar una imagen, el Obispo ha descrito que la primera y principal es la de muchas madres con niños en sus brazos. “Para mí era una expresión plástica muy concreta de la transmisión de la fe, que empieza desde muy pequeños. Esto me pareció precioso y significativo”, ha indicado monseñor Jesús Fernández.
De su visita a las hermandades y cofradías durante estos días, el Obispo ha explicado que su intención ha sido tratar de estar cerca de las hermandades y cofradías, y eso “me ha permitido sentir también la alegría de ese pueblo de Dios”. “He querido estar muy cerca de esta Iglesia, valorar su trabajo, rezar con ellas y también vivir una experiencia cristiana, así como sentir el gozo de ser un pueblo de Dios, y eso creo que se ha logrado y realmente me ha emocionado”, ha afirmado.
Al hilo de esto, monseñor Jesús Fernández también ha puesto de manifiesto la precisión del trabajo de las hermandades, asegurando que “no había un detalle que se escapara” y destacando el sentido catequético de todos los pasos. “Todo estaba perfecto colocado para que no fuera solo un culto externo o vacío, sino que significara también una vida espiritual”, ha descrito el Obispo, quien ha querido también expresar que las hermandades no sólo es lo que vemos, sino que todas ellas tienen una gran obra social. En este sentido, ha querido destacar que en la Semana Santa cordobesa y andaluza, en general, “no basta con el culto ni con la formación, que es muy importante para reencontrar el sentido a todo lo que hacemos, sino que es necesario mostrar que la fe es auténtica y eso se hace a través de la acción social y la penitencia”.
El Obispo ha presidido cada día el palco de autoridades, tras recorrer todas y cada una de las hermandades y cofradías que conforman la Semana Santa cordobesa. Asimismo, ha presidido las celebraciones y el Triduo Pascual en la Santa Iglesia Catedral, culminando con la celebración del Domingo de Resurrección (disponible en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=7YGaI1jgoTc).
El paso fue ejecutado por Antonio Martín entre 1997 y 2000, concluyéndose su dorado unos años después. Su programa iconográfico se articula en torno a tres ejes: el carácter sacramental de la cofradía, la Realeza de Cristo y la vinculación con la Orden de la Merced
La Hermandad Sacramental de la Merced, cuyo título completo es Venerable, Ilustre y Mercedaria Hermandad del Santísimo Sacramento y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús Humilde en la Coronación de Espinas, Nuestra Madre y Señora Santa María de la Merced y San Antonio de Padua, fue fundada en 1955 en Córdoba, en la parroquia del Buen Pastor y San Antonio de Padua, donde mantiene su sede. Nació por iniciativa de D. Manuel Márquez, entonces párroco de San Antonio de Padua, bajo el impulso pastoral del obispo Fray Albino. La cercanía de la antigua Prisión Provincial y la presencia de fundadores catalanes vinculados a la fábrica Cepansa influyeron en la advocación mercedaria de la titular mariana.
La cofradía realiza Estación de Penitencia desde 1958, habitualmente el Lunes Santo, aunque entre 1992 y 1997 lo hizo en la Madrugada del Viernes Santo. Sus actuales imágenes titulares son obra del imaginero carmonense Francisco Buiza: Nuestro Padre Jesús Humilde en la Coronación de Espinas (1978) y Nuestra Madre y Señora Santa María de la Merced (1976).
El paso de misterio representa la Coronación de Espinas de Nuestro Señor Jesucristo. Las figuras secundarias —dos romanos y un sayón— fueron realizadas por el imaginero jerezano Francisco Pinto entre 1984 y 1985. El paso fue ejecutado por Antonio Martín entre 1997 y 2000, concluyéndose su dorado unos años después. Su programa iconográfico se articula en torno a tres ejes: el carácter sacramental de la cofradía, la Realeza de Cristo y la vinculación con la Orden de la Merced, con la que la corporación mantiene Carta de Hermandad desde 2021.
Nuestra Madre y Señora Santa María de la Merced, dolorosa de gran devoción popular, preside durante todo el año el altar mayor parroquial. Procesiona bajo palio diseñado por fray Ricardo de Córdoba, figura clave en la llegada de las actuales imágenes titulares y guía espiritual y artístico de la corporación hasta su fallecimiento en 2019. Fue bordado por Piedad Muñoz y Antonio Villar entre 1985 y 2007. El conjunto, de gran belleza, está experimentando una profunda renovación, iniciada hace pocos años con los nuevos respiraderos, diseño de Javier Sánchez de los Reyes y ejecución de Ramón León, en los cuales puede leerse el Himno de la Virgen de la Libertad, dedicado a Santa María de la Merced y compuesto por internos del Centro Penitenciario de Córdoba. En los últimos meses se ha llevado a cabo el traslado de los bordados de las bambalinas y del techo a un nuevo soporte blanco, recuperando así el color original del primitivo paso de palio, por lo que esta intervención será uno de los grandes estrenos de esta Semana Santa.
El hábito nazareno consiste en túnica ceñida con cinturón de cuero, escapulario, capa y antifaz color marfil, diseñado por Miguel Ángel de Abajo e inspirado en el hábito de la Orden de la Merced.
La Hermandad desarrolla una intensa labor social y pastoral, especialmente en el Centro Penitenciario de Córdoba, en colaboración con la Pastoral Penitenciaria, organizando actividades y celebraciones a lo largo del año. Con motivo del cincuentenario de Santa María de la Merced, está prevista su visita al centro penitenciario en el mes de junio.
En la actualidad supera el millar de hermanos, siendo una de las cofradías más pujantes de la Semana Santa cordobesa.
Comentario bíblico al Evangelio del Domingo de Pascua de Resurrección, el 5 de abril de 2026, realizado por el Secretariado diocesano de Pastoral Bíblica.
La luz de la mañana de Pascua se abre ante nosotros. La búsqueda del Resucitado nos hace ponernos en camino, como María Magdalena, o hacen Pedro y el discípulo amado. La Resurrección de Jesús no nos deja quietos. Toda nuestra vida ya será una búsqueda de su presencia viva. La muerte ya no tiene poder sobre él.
PASÓ HACIENDO EL BIEN (Hch 10, 34 a, 37-43) El texto nos relata cómo la actividad misionera de Pedro, hasta ahora centrada en el mundo judío, se abre al mundo de los gentiles, a través del encuentro con Cornelio, centurión romano. En casa del centurión, Pedro toma la palabra y hace un discurso con tres secciones:
En la primera, se presenta la vida y la misión de Jesús de Nazaret. (37-39ª). Nada define tan bien y a la vez de manera tan sencilla la misión de Jesús como “pasar haciendo el bien”.
En la segunda, se narra su muerte en cruz y cómo Dios lo resucitó y le dio la gracia de manifestarse a los testigos designados por Él (39b-41).
En la tercera, se relata el envío a la misión, el encargo a los que han sido testigos de lo anterior para que lo transmitan a todo el pueblo (42-43).
En realidad, Pedro realiza aquí en casa de Cornelio, la proclamación del Kerigma, el primer anuncio de la Buena Noticia de Jesús. Para ello comienza con el relato del bautismo, en el que Jesús es Ungido, continua con la misión del profeta de Nazaret y culmina con su muerte y resurrección. Pedro se sabe portador de una misión, de una tarea. A él se le ha manifestado Jesús resucitado y le ha encargado dar testimonio de los acontecimientos que ha visto y oído. Él no ha sido mero espectador, sino que es testigo, junto a otros, de lo que ha experimentado.
VIO Y CREYÓ (Jn 20,1-9) Estos días de Pascua nos iremos encontrando dos tipos de relatos en torno a la Resurrección: unos en relación al sepulcro vacío, otros en torno a las apariciones del Resucitado. El de este domingo, como vemos, está entre los del primer grupo. Son tres los personajes que encontramos en este relato de Juan: una mujer, María Magdalena, y dos de los discípulos de Jesús: Pedro y el discípulo amado.
La primera que se acerca al sepulcro es la mujer. Aún no ha amanecido y está oscuro. Lo que ve, es que la piedra está quitada. Ese signo la pone en movimiento y va corriendo a donde están Pedro y el discípulo amado. Lo que ella visto no le lleva a pensar que Jesús ha resucitado, sino que alguien se ha llevado al Señor. Su desconcierto la conduce a acudir a la comunidad. Ante la noticia de la mujer, Pedro y el discípulo amado también se ponen en movimiento, pero esta vez en dirección al sepulcro. Llega primero el más joven y ve las vendas, pero no entra. Da prioridad a la autoridad. Pedro llega y sí entra. Ve las vendas en el suelo y el sudario que cubre la cabeza.
Ahora sí entra el discípulo amado. Dice el relato que “vio y creyó”. Ante el signo del sepulcro vacío, al único que se atribuye la fe es al discípulo amado. Aquel que había estado a los pies de la cruz (Jn 19,26-27) es el único que cree. El evangelista aclara que “hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos”. La Resurrección de Jesús, lleva a los discípulos a entender la Palabra de Dios. Tenemos ahora 50 días para ir escudriñando esa Palabra que el Señor de la vida va a dirigirnos.
LA PALABRA HOY María Magdalena es símbolo de los buscadores de Jesús, por ello se pone en camino hacia el sepulcro. Sin embargo, allí en el sepulcro vacío no descubre nada ni a nadie. El símbolo de que todavía estaba oscuro así lo refleja. Ante la noticia de la mujer, Pedro y el discípulo amado también se ponen en movimiento. Ante el signo del sepulcro vacío, al único que se atribuye la fe es al discípulo amado. El amor genera la fe. El cree porque ama.
Para abrirnos a la fe en la resurrección hemos de hacer nuestros propios recorridos, no podemos refugiarnos en los caminos que transitan otros. Pero hemos de hacerlos desde el amor. Solo el que ama es capaz de confiar, es capaz de fiarse.
La comunidad diocesana vivió la pasada noche, a las 22:00h, con gran intensidad la Vigilia Pascual, la noche santa por excelencia, considerada la madre de todas las vigilias en la Iglesia. En esta celebración tan especial, varios jóvenes y adultos, tras un tiempo de preparación, recibieron el sacramento del Bautismo, incorporándose plenamente a la Iglesia católica.
La celebración fue presidida por nuestro obispo, Antonio Gómez Cantero, quien acompañó a los neófitos en este momento decisivo de su vida cristiana. La liturgia, marcada por el profundo simbolismo del paso de la oscuridad a la luz, tuvo como centro el cirio pascual, signo de Cristo resucitado que ilumina a todos los creyentes.
Los bautizados estuvieron arropados por sus familiares y amigos, en un ambiente de alegría y recogimiento. En su homilía, el obispo les animó a ser sal y luz en el mundo, llevando a la vida cotidiana la luz de Cristo que han recibido en esta noche.
Fue, sin duda, una celebración hermosa y llena de significado, en la que toda la comunidad pudo renovar su fe y compartir la alegría de la Resurrección. Además, todos los asistentes renovaron también sus promesas bautismales, participando activamente en este momento central de la celebración.
El niño no lograba entender cómo el elefante, capaz de arrancar de cuajo un árbol, era tan dócil en la arena del circo, sujeto apenas por una delgada y corta cadena en su pata, unida a una pequeña estaca clavada en el suelo.
«¿Por qué no huye?», se preguntaba. Algunos le decían que era porque estaba amaestrado. Pero, si estaba amaestrado, ¿por qué lo encadenaban? Y nadie le daba una respuesta convincente.
Unos años después descubrió a alguien que había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: el elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño. El elefantito empujaba, tiraba y sudaba tratando de soltarse, y, a pesar de todo su esfuerzo, no podía. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. El elefante bebé se dormía agotado y, al día siguiente, volvía a intentarlo; y también al otro y al siguiente.
Hasta que, un día, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque cree que no puede. Tiene el recuerdo de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás intentó poner a prueba su fuerza otra vez.
Recorremos la vida atados a innumerables estacas que nos roban libertad: libertad para conocer, libertad para decidir, libertad para ser diferentes. Nacemos en una familia que guarda un silencio ensordecedor en lo que a la transmisión de la fe se refiere. Ahí comienzan a clavarnos la primera estaca en la tierra del olvido de Dios.
Esta ausencia de Dios no cambia mucho en el colegio, el grupo de amigos, la universidad o el trabajo, desde donde nos lanzan una mirada sospechosa si osamos posicionarnos a favor de lo que para algunos no es más que superchería o superstición para débiles.
Como hasta ese momento Dios no ha significado mucho en nuestra vida, elegimos a nuestra pareja en base a la atracción o al simple enamoramiento, y no como el complemento perfecto para construir una escuela de amor donde Jesús sea el centro. Y comienza de nuevo la historia con los hijos.
La estaca que nos retiene en una vida sin Dios es tan fuerte y nos condiciona tanto que, cuando somos adultos, ya no intentamos arrancarla ni rebelarnos contra ese estado de postración. Nos hemos acostumbrado a una vida donde Dios no pinta nada; nos conformamos con alimentarnos de sucedáneos, de migajas, de antinutrientes, confundiendo vivir con lo que en realidad es sobrevivir, abandonándonos a la consigna que otros muchos levantaron siglos atrás y que ha tenido autoridad para anestesiar conciencias al pretender recortar las alas al hambre de trascendencia: pan y circo. Consumo y entretenimiento. No hay más.
No es fácil revertir este drama que desertiza el espíritu humano. La Verdad no se abraza por imposición ni por obligación, sino por atracción. Y pocas cosas tienen tanto poder atrayente como el testimonio de una vida sencilla, coherente, anclada en la experiencia frondosa que ha recorrido las arterias de la historia de la salvación: que somos amados por Dios no porque seamos buenos, sino a pesar de que no lo somos.
El testimonio arraigado en la escucha de la Palabra de Dios, en la práctica sacramental, en la vida de oración y comprometido con el sufrimiento del otro es revolucionario. Ante una vida sin Dios, una vida en Dios nunca cae en saco roto: siempre cuestiona y abre grietas, tímidas o no, por las que la vida de Dios se cuela y destrona nuestros moldes preestablecidos, a su tiempo.
Las grandes transformaciones en la historia han sido obra de la gracia. Es justo y necesario suplicar al Dios viviente esta misma gracia que nos permite salir del sepulcro del que se considera inferior por la fe que profesa, recluido por miedo, como los discípulos, en el sótano de las puertas cerradas.
La maravilla que hoy celebramos es que Cristo ha resucitado; es decir, ha retirado de nuestras vidas la estaca que nos ataba irremediablemente a la muerte, a una vida de tristeza interior, de desesperanza, de vacío infinito, y nos ha abierto el camino para tener una relación de amor con Dios que nos hace libres. Libres para amar. Libres para no callarnos.
Feliz Pascua de Resurrección.
José Antonio Díaz Alonso, Párroco de la Puebla de Vícar
La muerte de Jesús nos deja en el sepulcro, en la tristeza, sin un futuro y en la total derrota. Algo inesperado acontece y lo cambia todo, y llena de sentido todo lo sucedido días atrás.
Cristo ya no está en el sepulcro. Para unos será montaje y para otros, movidos por la fe, es la primera prueba de su resurrección.
A nosotros nos llega ese testimonio a partir de personas concreta y que fueron relevantes en la vida terrena de Jesús. Ellos se hacen testigos de lo que han experimentado y lo comparten, porque la fe nos hace descubrir tras realidades inexplicables pero ciertas.
Una mujer da el anuncio y Pedro y Juan, de gran influencia en la comunidad primitiva cristiana es a los que se les revela este misterio.
El amor a la vida es la forma que Dios deja en cada una de sus actuaciones, y el amor del Padre al Hijo lo demuestra la resurrección, porque el amor hace vencer a la muerte y convierte en alegría nuestra existencia, cambia nuestras vidas y llena nuestros corazones de un amor nuevo, el del Resucitado, que recupera a aquellos que la muerte les hizo alejarse.
DESARROLLO
La resurrección de Jesús es un misterio, y por lo tanto entra en el ámbito de la fe. Pero tenemos desde muy antiguo testimonios orales de aquellos que se encontraron la tumba vacía y varios de los encuentros con el Resucitado, con los que se expresa la fe en la resurrección.
El evangelista Juan destaca el estado en el que se encontraban las vendas y el sudario que envolvió al cuerpo de Jesús, para de esta manera desmontar el rumor de quienes en aquel momento afirmaban que todo había sido un montaje y un robo del cadáver.
El discípulo ideal para este evangelista es aquel que cree al fiarse del testimonio de la tumba vacía, sin embargo, otros, entre ellos Simón Pedro, necesitarán de las apariciones del Señor como la prueba irrefutable de su resurrección.
Es llamativo que el primer testigo de la tumba vacía y de la resurrección sea una mujer, María Magdalena. Esta mujer va al amanecer cuando todavía estaba oscuro, símbolo del comienzo de un nuevo día, de una nueva etapa, aunque la oscuridad por la falta de fe también está presente. Esta mujer, llevada por la tristeza que le ha dejado la muerte de Jesús también vive en una confusión por no entender lo sucedido.
La tumba vacía es la expresión de la victoria de la que es la Vida nueva y verdadera, porque el Padre lo ha resucitado a la vida eterna. El amor a la vida es la firma de Dios en sus grandes actuaciones, mientras que los seres humanos ponemos muerte, y usamos la muerte para dominar la vida.
El que fue días atrás crucificado como un malhechor y murió de esa manera tan horrible, como si el Padre lo hubiera rechazado y dado la espalda, hoy aparece devuelto a la vida por ese mismo Padre que se nos revela en su amor por Hijo y por todos sus hijos, pues la resurrección del Señor es nuestra resurrección.
La muerte supone un absurdo y un drama. Sin embargo, la resurrección es la que da sentido a esta vida terrena, pues no hemos nacido para morir sino para resucitar en una vida que se prolonga en la eternidad. Así, pues, la resurrección es alegría, la alegría de la fe y del amor, la alegría que pone esperanza en el dolor y sufrimiento que a diario también padecemos. Y esta es la buena noticia que no ha caducado: Cristo ha resucitado y desde entonces todo es diferente para quienes tenemos fe en él.
La Vigilia Pascual ha reunido en la noche santa a numerosos fieles en el primer templo diocesano, para celebrar, con gozo y esperanza, que la luz ha vencido a las tinieblas, que Cristo ha resucitado.
En el interior del templo de la Diócesis, junto a la Puerta del Perdón, se encontraba el brasero que contenía el fuego nuevo que bendecía el Obispo, Don Sebastián Chico Martínez. Posteriormente, tras la incisión de la cruz, del alfa y el omega y de los otros signos en el Cirio, ha incrustado los cinco granos de incienso, en recuerdo de las llagas del Señor. El rito ha terminado encendiendo el Cirio Pascual, símbolo de la vida y la resurrección.
Ya con el Cirio encendido, el diácono permanente Francisco Javier López ha comenzado la procesión hasta el presbiterio, con el templo totalmente a oscuras. Lo han seguido un seminarista con el báculo, el Obispo, algunos Canónigos de la Catedral, los seminaristas, los ministros y las dos niñas que iban a recibir las aguas del bautismo, junto con sus padres y padrinos. Ha cerrado la comitiva los fieles reunidos en esta solemne celebración.
De camino hacia el altar mayor se ha entonado tres veces «Luz de Cristo», mientras se ha levantado el Cirio. En el primer canto, el Obispo ha encendido su candela. Tras entonar el segundo, uno a uno, todos los congregados han encendido las suyas. Una vez en el presbiterio, se ha pronunciado el tercer «Luz de Cristo», mientras se han encendido algunas luces del templo y el Cirio Pascual se ha instalado junto al ambón.
El seminarista Daniel Cano ha sido el encargado de cantar el pregón Pascual. Le han seguido siete lecturas, con sus salmos. A continuación, con el canto del Gloria, entonado por el grupo litúrgico musical EscuchArte, que ha participado con sus cantos en la celebración, se han encendido todas las luces del templo y los seminaristas han vestido la mesa del altar. Después, las campanas han volteado anunciando que Cristo ha resucitado. Tras la lectura de la Epístola, se ha entonado el Aleluya. Y, finalmente, el diácono permanente ha proclamado el Evangelio de San Mateo.
Homilía
El Obispo ha comenzado su homilía subrayando el carácter central de esta celebración. “Hemos llegado a la noche más santa de todo el año. La Iglesia, reunida en torno al fuego nuevo, a la luz del cirio pascual, a la Palabra que recorre toda la historia de la salvación y a la fuente bautismal, nos introduce en el corazón mismo de nuestra fe, en la que van a ser incorporados estos niños por el bautismo: ¡Jesucristo ha resucitado!”.
Asimismo, el Prelado jiennense ha subrayado el sentido de la Vigilia Pascual como culmen de la historia de la salvación. “Por eso esta Vigilia no puede parecernos larga. Esta noche la Iglesia nos hace recorrer las grandes obras de Dios: la creación, la alianza, la liberación del pueblo, la voz de los profetas, la promesa de un corazón nuevo, hasta llegar a la plenitud de los tiempos, cuando Dios nos entregó a su Hijo. Todo desemboca en esta noche. Todo queda iluminado por esta verdad: ¡el Crucificado ya no está en el sepulcro; ha resucitado!”.
En este sentido, Don Sebastián ha profundizado en el significado de la Resurrección para la vida del hombre, recordando que “la resurrección de Cristo significa que el mal no tiene la última palabra. Que el pecado no tiene la última palabra. Que el sufrimiento, la oscuridad y la muerte no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Dios. Y la palabra definitiva de Dios sobre el hombre no es la muerte, sino la Vida”.
Además, ha querido poner el acento en la dimensión bautismal propia de esta noche: “San Pablo nos lo ha recordado con fuerza: por el bautismo fuimos sepultados con Cristo, para resucitar con Él a una vida nueva. Esta es nuestra identidad más profunda ¡Hemos sido incorporados a Cristo! Llevamos ya en nosotros la semilla de la vida eterna”. Y ha añadido: “Esta noche santa nos recuerda con fuerza que somos de verdad peregrinos de esperanza. No caminamos solos ni hacia una meta incierta ¡Caminamos con Cristo vivo!”
Finalmente, el Obispo ha exhortado a los fieles a anunciar la alegría pascual y a ser testigos de la Resurrección. “Queridos sacerdotes, seminaristas, personas consagradas, catequistas, agentes de pastoral, familias, jóvenes, mayores, cofrades y fieles de nuestras parroquias: id a comunicar a los hermanos esta noticia. Nuestro mundo necesita escucharla. Necesita testigos más que discursos, creyentes con rostro iluminado por la Pascua, cristianos que vivan con paz, con alegría serena, con caridad concreta y con esperanza firme”. Para terminar: “que Cristo resucitado nos conceda vivir ya desde ahora como hombres y mujeres nuevos, testigos humildes y valientes de su victoria”.
Sacramento del Bautismo
Al término de las palabras del Prelado, el diácono permanente ha portado el Cirio Pascual, mientras se entonaban las letanías, hasta la pila bautismal, donde Don Sebastián ha bendecido el agua. Allí se ha bautizado a las dos pequeñas: Julieta y Nazaret Mary.
A continuación, los fieles que estaban participando en la Vigilia Pascual han renovado las promesas bautismales. Y, con las candelas encendidas, al igual que el día de su Bautismo, el Obispo ha asperjado a todos los presentes.
Posteriormente, en la oración de los fieles se ha pedido, de manera especial, por Julieta y Nazaret Mary que acababan de recibir el Bautismo, y por sus padres y padrinos. Las ofrendas han sido presentadas ante el Obispo por las familias de los neófitos.
Tras la bendición final, el Obispo ha querido desear una feliz Pascua de Resurrección a los fieles y felicitar a las familias de las dos niñas, por el sacramento recibido.
La celebración ha culminado cantando el Regina Coeli y unas fotos de familia. Finalmente, y ya en la Sacristía, todos los fieles han podido compartir un chocolate caliente.
Como en todas las parroquias, también en la Catedral se celebraron los Santos Oficios de la Muerte del Señor. Fueron en la tarde del viernes 3 de abril y estuvieron presididos por el obispo de la diócesis de Guadix, monseñor Francisco Jesús Orozco. La celebración comenzó con el obispo cuerpo en tierra, en señal de postración total.
En los Oficios se venera la cruz, se hace una oración de los fieles que es universal y extensa y se comulga de lo que se reservó en la Misa del Jueves Santo, porque el Viernes Santo no se celebra la Eucaristía. Así lo recalcó el obispo en la homilía, cuando destacó que, siendo tan grande para la Iglesia y para el mundo el Viernes Santo, este día no tañen las campanas ni se celebra el sacramento eucarístico.
Y, sobre todo, en los Oficios resuena con voz propia la lectura de la Pasión, que narra la muerte del Señor. Es el momento central de la celebración, que en la Catedral fue proclamada por tres lectores.
En la homilía, el obispo destacó cómo la Iglesia vive el Viernes Santo en clima de silencio, recogimiento y contemplación ante el misterio de la cruz, para celebrar la Pasión del Señor y recordar la muerte redentora de Jesucristo.
También habló de cómo las lecturas del día presentan a Cristo como el siervo sufriente anunciado por Isaías y como el sumo sacerdote que, por medio del dolor, abrió a la humanidad el camino de la salvación. Por eso, vino a decir el obispo, la cruz no es signo de derrota, sino expresión suprema del amor divino. Y afirmó que “la cruz no es nunca el no de Dios al mundo, la cruz es el sí definitivo del amor incondicional”.
Terminó el obispo su homilía invitando a mirar la cruz como respuesta cristiana ante el sufrimiento humano, las heridas del mundo y las falsas imágenes de un Dios lejano al dolor de los hombres. Así, el Viernes Santo aparece como una llamada a reconocer en Cristo crucificado el verdadero rostro de Dios, a abrazar con esperanza las cruces de cada día y a descubrir, incluso en el escándalo de la pasión, un camino de redención y de vida nueva.
Finalizó la celebración convocando a los fieles para la celebración de la Vigilia Pascual, el sábado 4 de abril, a las 10 de la noche, en la Catedral. En esa Vigilia se volverá a celebrar que la cruz no es signo de muerte sino de vida y se volverá a anunciar que Cristo resucitó y que vive entre nosotros. Y que nos da la vida.
Antonio Gómez Casas
Delegado diocesano de Medios de Comunicación Social. Guadix