
La Santa Iglesia Catedral de Jaén acogió la celebración de la solemnidad de la Epifanía del Señor, presidida por el Obispo, Don Sebastián Chico Martínez. Una fiesta que, más allá de la tradición y de la ilusión de los regalos, centra la mirada de la Iglesia en la manifestación de Jesucristo como luz para todos los pueblos.
Asimismo, concelebraron la Eucaristía el Rector del Seminario y canónigo, D. Juan Francisco Ortiz, junto a los canónigos D. Juan Herrera y el canónigo emérito, D. Juan Viedma; y como maestro de ceremonias el litúrgico D. Antonio Lara. El Obispo estuvo acompañado, además, por varios seminaristas que, junto a los voluntarios de la Catedral, ejercieron el servicio del altar durante la celebración. El diácono permanente D. Manuel Rico fue el encargado de proclamar el Evangelio y el acompañamiento musical corrió a cargo del coro que dirige el canónigo organista, D. Alfonso Medina.

Homilía
El Obispo comenzó su homilía haciendo una pregunta esencial que plantea la liturgia en este tiempo: “Después de la Navidad, la Iglesia nos pregunta: ¿para quién nace Jesús? Y la Epifanía responde con claridad: ha venido para todos. Para los cercanos y para los lejanos, para los de dentro y para los de fuera. Hoy celebramos que Cristo se manifiesta como Salvador universal. La manifestación de Jesús es para todos los pueblos de la tierra, representados en esos Magos que llegan ‘de Oriente’ con una estrella en el corazón. Ellos no lo entienden todo, pero hacen lo más importante: se ponen en camino”.
El Pastor diocesano se detuvo, especialmente, en el relato evangélico de los Magos de Oriente, proponiendo sus actitudes como espejo para la Iglesia actual. Así explicó queaparecen tres actitudes que siguen vivas hoy: la de los Magos, la de Herodes y la de Jerusalén. La de los Magos: “búsqueda, alegría y adoración. Buscan, preguntan, se dejan orientar… y cuando llegan a Belén, sucede lo más hermoso: “se llenaron de inmensa alegría” (Mt 2,10). Y hacen lo esencial: se postran y lo adoran. Los dones no son un detalle decorativo; son confesión de fe: oro, porque reconocen su realeza; incienso, porque reconocen su divinidad; mirra, porque intuyen el misterio de su entrega. Y luego vuelven “por otro camino”: el encuentro con Cristo, cuando es de verdad, siempre nos cambia la ruta”.
La de Herodes: “miedo y cerrazón. Herodes se turba. Le asusta un rey que no controla. Cuando el corazón se aferra al poder, a la imagen, a la seguridad, Jesús incomoda. El miedo vuelve dura a la persona. Herodes no busca para adorar, sino para eliminar”.

Y, por último, la actitud de Jerusalén: “conocimiento, pero sin camino. En Jerusalén saben “dónde” nacerá el Mesías… pero no se mueven. Y esto es una advertencia delicada: se puede tener datos, costumbre religiosa, incluso “respuestas correctas” … y, sin embargo, no ponerse en marcha hacia Belén. Epifanía nos sacude: no basta con saber, hay que caminar, ir a la búsqueda y encuentro”.
Del mismo modo, el Obispo exhortó a la comunidad cristiana a dejarse interpelar por la Epifanía, invitando a abrir el corazón y a ponerse en camino con una mirada más amplia. “Tened un corazón universal, sin miedos. Cristo ha venido para todos. Nadie tiene la exclusiva del Evangelio”. Asimismo, animó a los fieles a caminar como Iglesia en salida, llamada a ser signo de esperanza en lo cotidiano. “Salir al encuentro: ser ‘estrella’ en lo cotidiano. La Iglesia no espera: sale”, recordando que esa luz se alimenta de los signos que conducen a Cristo, especialmente “la Palabra de Dios, la oración sencilla y la Eucaristía dominical vivida como centro”.

Tras la bendición final, y por última vez en este tiempo litúrgico de Navidad, el Obispo ofreció al Niño Jesús para ser venerado por el pueblo fiel, invitando a todos a reconocer en Él la luz que nos guía.
Galería fotográfica: «Epifanía del Señor»
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