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12 ABRIL: La Virgen del Mar celebra el LXXV aniversario de su Coronación Canónica en Almería

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Almería conmemorará el LXXV aniversario de la Coronación Canónica de la Santísima Virgen del Mar, Patrona de la ciudad, con un programa de actos litúrgicos y celebrativos que se desarrollarán del 8 al 12 de abril en el Santuario Diocesano de Nuestra Señora del Mar y en distintos espacios del centro de la capital.

La efeméride recuerda un acontecimiento histórico para la ciudad, celebrado en 1951, que selló la profunda vinculación entre Almería y su Patrona. Setenta y cinco años después, la diócesis y la Hermandad de la Virgen del Mar convocan a fieles y devotos a participar en estos cultos extraordinarios.

Programa de actos

Los actos comenzarán el miércoles 8 de abril con una jornada de veneración a la sagrada imagen en el Santuario. A lo largo del día se celebrarán distintas eucaristías, el rezo del Ángelus y un acto de ofrecimiento y bendición del nuevo rostrillo de la Virgen.

Del 9 al 11 de abril tendrá lugar un solemne triduo, con rezo del santo rosario y celebración de la Santa Misa cada tarde. En estas jornadas participarán parroquias, hermandades, cofradías, así como representantes de las Fuerzas Armadas y cuerpos de seguridad.

Actos centrales

El domingo 12 de abril se celebrarán los actos principales del aniversario. A las 8:00 horas tendrá lugar el traslado devoto de la imagen de la Virgen del Mar desde su santuario hasta la Plaza de la Constitución.

Posteriormente, a las 10:00 horas, se celebrará la Santa Misa estacional, presidida por el obispo de Almería, D. Antonio Gómez Cantero, en la misma plaza. La celebración contará con acompañamiento musical y reunirá a autoridades, fieles y representantes de distintos ámbitos de la sociedad almeriense.

A las 11:45 horas dará comienzo la solemne procesión de la Virgen del Mar por las calles del centro de la ciudad, recorriendo un itinerario tradicional que concluirá con el regreso al santuario.

Una celebración abierta a toda la ciudad

Desde la organización se invita a todos los almerienses a participar en estos actos conmemorativos, que buscan no solo recordar un acontecimiento histórico, sino también renovar la devoción a la Patrona.

La retransmisión de los actos centrales a través de Canal Sur permitirá, además, que esta celebración llegue a toda Andalucía, facilitando su seguimiento a quienes no puedan asistir presencialmente.

Ver este artículo en la web de la diócesis

Judíos y cristianos de Almería, unidos por la Pascua y sus símbolos

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La coincidencia en el calendario de la Pascua judía y la cristiana vuelve a propiciar en Almería un gesto de cercanía y fraternidad. Desde el Secretariado de Diálogo Interreligioso de la diócesis destacan que se trata de “una oportunidad para reconocer lo que nos une y fortalecer el respeto mutuo entre creyentes”.

La Pascua es, para judíos y cristianos, una de las celebraciones más significativas de sus respectivas tradiciones. Aunque cada comunidad la vive de manera distinta, ambas comparten un lenguaje simbólico común, especialmente en torno al pan y al vino, “signos que hablan de libertad, alianza, vida y esperanza”.

Este año, además, ambas celebraciones tienen lugar en la misma semana, lo que ha favorecido el intercambio de felicitaciones entre la Comunidad judía de Almería y la Delegación diocesana para el diálogo interreligioso. Un gesto que, como subrayan desde el Secretariado, “no es solo una muestra de cortesía, sino un verdadero reconocimiento de las raíces compartidas y del valor de la convivencia”.

Dos Pascuas que dialogan

“El pan y el vino, tan presentes en ambas tradiciones, nos recuerdan que existen vínculos profundos que atraviesan la historia”, señalan fuentes diocesanas. A través de estos símbolos, judíos y cristianos expresan elementos esenciales de su fe, como la memoria, la liberación, la comunidad y la fidelidad a Dios.

Cada año, cuando las fechas se aproximan, se renueva este intercambio de buenos deseos. “Deseamos una Pascua vivida con autenticidad, en paz y en fidelidad a cada tradición”, afirman.

Un mensaje para nuestro tiempo

En un contexto social marcado en ocasiones por la división, desde la diócesis se subraya el valor de estos gestos como signo de esperanza. “Mirar lo que nos une es siempre el primer paso para construir una sociedad más fraterna”, indican.

Así, la cercanía entre Pésaj y la Pascua cristiana se convierte en una invitación a tender puentes, a celebrar la vida y a compartir un mismo deseo: “que esta Pascua sea tiempo de renovación, de libertad y de paz para todos”.

Ver este artículo en la web de la diócesis

Homilía en el Domingo de Pascua de Resurrección (2026)

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 Catedral de Sevilla. Domingo de Pascua de Resurrección. 5 de abril de 2026

“Este es el día en que actuó el Señor”. Hoy proclamamos con toda la fuerza de la fe de la Iglesia, que Jesucristo ha resucitado verdaderamente. Cristo vive, ha vencido al pecado y a la muerte, ha abierto para siempre las puertas de la vida eterna. Por eso la liturgia de este día tiene un tono gozoso, desbordante. Todo en ella canta victoria, luz, vida nueva, esperanza cierta. La Iglesia no habla hoy con voz apagada ni con acentos dubitativos. La Iglesia canta. La Iglesia anuncia. La Iglesia exulta. La Iglesia proclama: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117,24).

Un saludo cordial al Sr. Deán y al Cabildo catedral, a los presbíteros y diáconos, a los miembros de la vida consagrada y del laicado; a las distinguidas autoridades presentes; queridos todos en el Señor. No hay acontecimiento más grande en la historia del mundo que la Resurrección del Señor. San Pablo lo afirma con claridad rotunda: “Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido” (1Cor 15,17). Pero Cristo ha resucitado. Y porque ha resucitado, nuestra fe no es una ideología, ni una tradición cultural, ni un sentimiento religioso entre otros. Nuestra fe es encuentro con una Persona viva, con Jesucristo resucitado, Señor de la historia y Salvador del mundo.

El Evangelio de este domingo nos conduce al sepulcro vacío. María Magdalena va de madrugada, cuando aún está oscuro. Es un dato significativo. Muchas veces también nosotros caminamos entre penumbras, con preguntas, con lágrimas, con incertidumbres, con el corazón herido. Y, sin embargo, precisamente allí comienza a abrirse paso la luz de Pascua. María Magdalena ve la losa quitada del sepulcro. Pedro y el otro discípulo corren. En aquel correr hay inquietud, amor, búsqueda, deseo de comprender. Y el evangelista nos dice del discípulo amado: “vio y creyó” (Jn 20,8). Antes de comprenderlo todo, cree. Antes de tener todas las respuestas, se abre al misterio. Antes de ver al Resucitado, se deja alcanzar por los signos de Dios.

También a nosotros nos sucede algo parecido. La Pascua no se acoge sólo con la lógica humana, sino con un corazón purificado, humilde, disponible a la acción de Dios. El Señor resucitado no se impone con estrépito. Se manifiesta a quien ama, a quien espera, a quien persevera, a quien se deja conducir por la Palabra. Por eso esta solemnidad nos pide una fe viva. No una fe cansada. No una fe rutinaria. No una fe reducida a formas externas. La Pascua nos llama a reavivar la certeza de que Cristo está vivo y actúa en su Iglesia, en los sacramentos, en su Palabra, en la caridad de los santos, en el testimonio humilde de tantos fieles, en medio del mundo.

No podemos separar el Domingo de Pascua del camino que lo precede. La Resurrección sólo se entiende plenamente desde el Triduo Pascual. El Jueves Santo nos mostró el amor llevado hasta el extremo en la Eucaristía, en el sacerdocio y en el mandamiento nuevo de la caridad. El Viernes Santo nos puso ante la Cruz del Redentor, donde el amor de Dios se manifestó en toda su radicalidad. El Sábado Santo nos hizo guardar silencio junto al sepulcro, esperando contra toda esperanza. Y hoy, al tercer día, contemplamos la gloria del Crucificado. La Pascua, por tanto, no suprime la Cruz, sino que la ilumina. No elimina el sufrimiento, sino que lo transfigura. La Pascua proclama que el mal, el pecado, la injusticia, la muerte, no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Dios, y esa palabra es vida.

Hoy la Iglesia está alegre, pero no de una alegría superficial, ruidosa o vacía. No es la alegría fácil de quien se evade de la realidad. La alegría cristiana nace de una certeza mucho más profunda: Cristo ha vencido, Cristo está vivo, Cristo nos ama, Cristo camina con nosotros, Cristo nos precede en Galilea, Cristo nos espera en cada Eucaristía, Cristo volverá glorioso. Por eso la alegría pascual puede convivir incluso con las lágrimas, con las pruebas, con la enfermedad, con la pobreza, con las noches del alma. Porque no depende sólo de las circunstancias externas. Brota de una presencia: la presencia del Señor resucitado. La Pascua no nos saca de la historia, pero sí nos da una luz nueva para atravesarla. La tristeza, la desesperanza, el desaliento, el pesimismo, la resignación, no pueden ser las notas dominantes del corazón cristiano. El Resucitado no quiere discípulos apagados, encerrados, derrotados interiormente. Quiere testigos alegres, serenos, humildes, firmes en la fe y generosos en la caridad.

Este es un punto fundamental en este Domingo de Pascua: la alegría que celebramos en la liturgia ha de convertirse en una alegría irradiada, comunicada, testimoniada. Un cristiano pascual no puede vivir permanentemente instalado en la queja, la amargura o la desesperanza. Sería una contradicción. La liturgia de hoy no termina en el templo. Sale con nosotros a la calle, a la familia, al trabajo, a la parroquia, a las hermandades, a la vida ordinaria. El mundo necesita ver cristianos que, sin ingenuidad, sin frivolidad y sin perder el sentido de la cruz, viven sostenidos por una esperanza invencible.

¿Cómo irradiamos la alegría de la Pascua? Cuando perdonamos de verdad, cuando servimos sin buscar reconocimiento, cuando perseveramos en la oración, cuando acompañamos al que sufre, cuando defendemos la verdad sin agresividad, cuando amamos a la Iglesia, cuando participamos con fidelidad en la Eucaristía dominical, cuando no nos avergonzamos de nuestra fe, cuando damos razón de nuestra esperanza. En una sociedad con frecuencia cansada, herida y triste, la alegría cristiana se convierte en una verdadera forma de evangelización. El Santo Padre León XIV ha enseñado que la tristeza es una de las enfermedades de nuestro tiempo, y que la resurrección de Cristo puede curarla (cf. LEÓN XIV, Audiencia general, 22 de octubre de 2025). No se trata de repetir eslóganes piadosos, sino de vivir de tal modo unidos al Resucitado que nuestra misma vida sea un anuncio.

En esta santa Iglesia Catedral, madre y cabeza de la Archidiócesis, pedimos hoy al Señor que conceda a Sevilla una Pascua verdadera. No sólo una Pascua celebrada externamente, sino una Pascua vivida interiormente. Pascua en las familias, en las parroquias, en la vida consagrada, en los seminarios, en los jóvenes, en los enfermos, en quienes están cansados o alejados. Pascua también en nuestras hermandades y cofradías, llamadas a ser, con renovada autenticidad, escuelas de fe, de oración, de caridad y de vida cristiana. Necesitamos volver a lo esencial, dejarnos encontrar por Cristo vivo, que nuestra condición de bautizados resplandezca de nuevo con fuerza. Cristo ha resucitado y su Resurrección da respuesta a las crisis y necesidades personales y comunitarias. Esa convicción debe sostener también hoy nuestro camino diocesano.

Queridos hermanos, no tengamos miedo a la alegría, no tengamos miedo a creer de verdad en la Resurrección, no tengamos miedo a vivir como hombres y mujeres nuevos. Hoy la Iglesia nos invita a dejar atrás el sepulcro de la incredulidad, de la tibieza, del pecado consentido, de la mediocridad espiritual. Hoy Cristo nos llama a caminar en una vida nueva. Que María Santísima, la Virgen fiel, que permaneció firme en la noche de la Cruz y acogió con fe perfecta la victoria de su Hijo, nos enseñe a vivir una Pascua plena. Que ella nos alcance la gracia de ser discípulos alegres, firmes en la esperanza, fieles en la caridad y valientes en el testimonio. Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Y ésta, hermanos, es la fuente de nuestra alegría. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

Homilía en la Vigilia Pascual de 2026

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Homilía de Monseñor José Ángel Saiz Meneses en la Vigilia Pascual. Catedral de Sevilla. Sábado Santo, 4 de abril de 2026

  1. Queridos hermanos y hermanas: ¡Santa y feliz Pascua de resurrección! Esta es la noche santa, la noche en que todo adquiere una luz nueva porque Cristo, el Crucificado, ha resucitado. Cristo ha resucitado, y por eso esta noche la Iglesia entera se llena de gozo, de alabanza y esperanza. Saludo con afecto a todos los hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: Sr. Deán y Cabildo Catedral, presbíteros y diáconos, miembros de la vida consagrada y del laicado. Saludo también a cuantos participáis desde vuestros hogares a través de TRECE TV. A todos deseo hacer llegar en esta noche santísima, el anuncio central de nuestra fe: Cristo ha resucitado.
  2. La liturgia de esta Vigilia lo proclama con una fuerza incomparable. Hemos comenzado fuera, en la oscuridad, junto al fuego nuevo. La noche representa las tinieblas, el sufrimiento, la muerte, la confusión del mundo y también nuestras propias heridas. En medio de esa oscuridad brilla el Cirio Pascual, signo de Cristo resucitado, luz del mundo. La Iglesia avanza tras esa luz. No caminamos detrás de una idea, ni de una moral, ni de un proyecto meramente humano. Caminamos detrás de Jesucristo vivo. Y al entrar en la Catedral con el cirio encendido, comprendemos que la Pascua no consiste sólo en afirmar que Cristo vive, sino en dejar que su luz penetre en nuestra vida, en nuestra casa, en nuestra diócesis, en nuestra ciudad. El Pregón Pascual canta con razón la gloria de esta noche verdaderamente dichosa.
  3. Esta celebración está unida íntimamente al Triduo Pascual. En la tarde del Jueves Santo contemplábamos a Cristo que ama hasta el extremo, que se ciñe la toalla del siervo, que instituye la Eucaristía y el sacerdocio, que nos deja el mandamiento nuevo del amor. Ayer, Viernes Santo, adorábamos la cruz y nos postrábamos en silencio ante el Cordero inmolado por nuestra salvación. Y esta noche, finalmente, la Iglesia canta la victoria del mismo Cristo que se entregó en la Cena y se ofreció en la Cruz. La Pascua no borra la Cruz, la transfigura. La Resurrección manifiesta que el amor de Cristo es más fuerte que el pecado y que la muerte.
  4. Hemos contemplado a través de las lecturas los momentos esenciales de la historia de la salvación: la creación, la fe de Abrahán, el paso del mar Rojo, las promesas de los profetas. Esta serie de textos nos enseña que la Resurrección de Cristo es la clave de toda la historia. Todo se orienta hacia esta noche. La primera creación apuntaba a la nueva creación; la liberación de Egipto prefiguraba la verdadera liberación del pecado y de la muerte; las profecías anunciaban que Dios no abandona a su pueblo. Todo converge en Cristo muerto y resucitado. La Vigilia Pascual, por tanto, no es sólo la celebración más solemne: es la síntesis de toda la economía de la salvación.
  5. Después de escuchar la Palabra de Dios, la Iglesia canta el Gloria con una alegría incontenible. Es la alegría profunda del que sabe que el mal no tiene la última palabra, que la muerte no es el final, que el pecado puede ser perdonado, que la gracia es más poderosa que nuestra miseria y pecado. Por eso el anuncio pascual es hoy tan necesario. Vivimos en un mundo herido por guerras, violencias, soledades, cansancios espirituales, pérdida del sentido de Dios y de la dignidad humana. También nosotros llevamos dentro muchas heridas. Pues bien, precisamente ahí resuena esta noche la noticia decisiva: Cristo ha resucitado y nos ofrece una nueva vida.
  6. Esta nueva vida se expresa de modo particular en la liturgia bautismal. La Pascua está íntimamente unida al Bautismo. Morimos con Cristo para vivir con Él. Somos sumergidos en su muerte para resucitar con su Resurrección. Por eso la noche pascual es también la noche de nuestro renacimiento. Al bendecir el agua y renovar las promesas bautismales, la Iglesia nos llama a recordar quiénes somos: hijos de Dios, incorporados a Cristo, templos del Espíritu Santo. Esta noche hemos de renovar de verdad nuestra renuncia al pecado, a Satanás y a todas sus seducciones, y nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. No basta con asistir a la celebración de la Pascua, hay que vivir pascualmente.
  7. Me dirijo con afecto a los miembros de las Comunidades Neocatecumenales aquí presentes. En esta noche santa renováis solemnemente, delante del pastor diocesano, las promesas bautismales como culminación de vuestro itinerario catecumenal. Es un momento de gran hondura espiritual y eclesial. Doy gracias a Dios por vuestra presencia, por vuestro camino de fe, por vuestro amor a la Iglesia y por vuestro deseo de vivir con radicalidad las exigencias del Evangelio. La renovación de las promesas bautismales no puede ser nunca un simple gesto exterior o emotivo; es una confesión pública de fe, una renuncia renovada al pecado, una adhesión más consciente a Jesucristo y una disponibilidad más plena para la misión. Permaneced siempre en comunión con la Iglesia diocesana, con vuestras parroquias y con sus pastores. Y vivid con humildad, con fidelidad y con verdadero ardor apostólico la gracia que esta noche el Señor vuelve a derramar sobre vosotros.
  8. Queridos hermanos: Sevilla, España, el mundo entero, necesitan testigos de la Resurrección. La Catedral de Sevilla, en esta noche santa, no es sólo un lugar de celebración, es un signo visible de la Iglesia que vela y espera, que cree y canta, que recibe la luz y la transmite. De aquí hemos de salir con alma pascual. En nuestras parroquias, comunidades, hermandades, familias y ambientes de trabajo, hemos de llevar la certeza de que Cristo vive. No podemos seguir viviendo como si el sepulcro estuviera cerrado. El sepulcro está vacío. Cristo vive. Y cuando Cristo vive, renace la esperanza, se fortalece la caridad, se purifica la fe y se aviva la misión. Cristo resucitado es la respuesta a los grandes interrogantes del corazón humano y la fuente de la esperanza cristiana.
  9. No olvidemos tampoco que la alegría pascual tiene siempre una consecuencia moral y espiritual. El Resucitado no nos autoriza a instalarnos cómodamente, sino que nos envía. Quien ha encontrado al Señor vivo no puede encerrarse en sí mismo. La Pascua nos pone en camino, nos hace más fieles a la oración, más generosos en la caridad, más firmes en la verdad, más valientes en el testimonio cristiano. La Resurrección es el centro vivo desde el que se renueva toda la existencia cristiana. En esta noche santa pidamos al Señor que nos conceda una verdadera conversión pascual. Que la Resurrección del Señor sea para nosotros principio de vida nueva. Que quienes lloran encuentren consuelo; quienes dudan, reciban la luz; quienes están heridos, hallen esperanza; quienes han caído, encuentren misericordia; quienes se han alejado, descubran el camino de retorno. La Pascua de Cristo es para todos; nadie queda excluido de la llamada del Resucitado.
  10. Contemplemos también a María Santísima. La Madre del Señor permaneció firme en la noche de la pasión y esperó contra toda esperanza. Ella, la Virgen fiel, acompaña también el gozo de la Iglesia pascual. A Ella le pedimos que nos enseñe a vivir con fe el paso de la cruz a la gloria, del dolor a la esperanza, de la noche a la luz. Queridos hermanos: ésta es la noche de Cristo resucitado, ésta es la noche de la Iglesia, ésta es nuestra noche. Alegrémonos de verdad. Que resuene con fuerza en esta Santa Iglesia Catedral y en todo el mundo el anuncio que no envejece y que sostiene la esperanza: Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado. ¡Aleluya! ¡Santa y feliz Pascua de resurrección!

Homilía para el Viernes Santo (2026)

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En el Oficio de Viernes Santo de la Pasión del Señor.

Catedral de Sevilla. 3 de abril de 2026

En la tarde del Viernes Santo la Iglesia se recoge en un silencio sobrecogedor. No celebramos hoy la santa Misa; el altar está desnudo; la liturgia comienza en silencio; el sacerdote se postra. Todo tiene una significación particular, todo nos habla, todo nos introduce en el misterio. Hoy la Iglesia no multiplica las palabras; hoy contempla, adora y se deja herir por el amor de Cristo crucificado. Queridos hermanos y hermanas presentes en esta celebración: Señores Arzobispos; Señor Deán y Cabildo catedral; presbíteros y diáconos; dignísimas autoridades; miembros de la vida consagrada y del laicado; queridos todos en el Señor.

El profeta Isaías nos ha presentado al Siervo doliente: “Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes; nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron” (Is 53,5). Estas palabras, que la Iglesia proclama cada Viernes Santo, nos colocan ante la verdad más profunda de este día: Cristo no padece por azar, ni simplemente por la crueldad de los hombres, ni solo como víctima de una injusticia histórica. Cristo se entrega por amor; carga con nuestros pecados; toma sobre sí el peso del mal del mundo para reconciliarnos con el Padre.

La pasión según san Juan nos lo ha mostrado con una majestad impresionante. San Juan no presenta a un Cristo aplastado por los acontecimientos, sino al Señor que se entrega libremente. En medio de la humillación, Él sigue siendo Rey. En medio del dolor, Él sigue siendo Señor. En medio de la noche, resplandece su gloria. En la cruz de Cristo se revela el amor de Dios llevado “hasta el extremo”; en el Crucificado se manifiesta de manera suprema la misericordia divina.

Este día santo no puede entenderse aisladamente. El Viernes Santo está unido profundamente al Jueves Santo y a la Vigilia Pascual. No son tres misterios separados, sino un único gran misterio: el Triduo Pascual de Cristo crucificado, sepultado y resucitado. Lo que ayer comenzó en la Cena del Señor encuentra hoy su dramático cumplimiento. En el Cenáculo, Jesús anticipó sacramentalmente lo que hoy realiza históricamente en la cruz. La Eucaristía y el Calvario son inseparables. El Cuerpo entregado y la Sangre derramada, ofrecidos sacramentalmente el Jueves Santo, son hoy ofrecidos de modo cruento en el sacrificio de la cruz. El drama que contemplamos no es un fracaso. Es la victoria del amor. La cruz no es el triunfo del odio, sino la derrota definitiva del pecado mediante la obediencia filial del Hijo. San Agustín contemplaba este misterio afirmando que el madero de la cruz fue como la cátedra desde la que Cristo enseñó al mundo el amor verdadero (Sermón 160,1). Desde la cruz, el Señor nos enseña a amar hasta el extremo, a perdonar, a obedecer, a fiarnos del Padre incluso en la noche.

La liturgia de hoy es sobria, pero profundamente expresiva. Lo es en su silencio inicial; lo es en la proclamación de la Pasión; lo es en la gran oración universal, en la que la Iglesia abraza al mundo entero; lo es en la adoración de la santa Cruz; lo es en la austeridad de la comunión con el Pan consagrado ayer. Todo conduce a la cruz. Todo nos sitúa frente a Cristo. Todo nos obliga a tomar postura. No se puede permanecer indiferente ante el Crucificado. No adoramos la madera como objeto; adoramos a Cristo, que en ella nos redimió. La cruz, instrumento de suplicio, se ha convertido en signo de salvación. He aquí la paradoja cristiana: donde el mundo ve derrota, la fe reconoce victoria; donde el mundo ve escándalo, la Iglesia descubre sabiduría; donde el mundo ve muerte, Dios hace brotar vida.

La oración universal de esta celebración reviste una importancia especial. La Iglesia, en esta tarde, intercede por todos: por la Iglesia, por el Papa, por los ministros y los fieles, por los catecúmenos, por la unidad de los cristianos, por el pueblo judío, por los que no creen en Cristo, por los que no creen en Dios, por los gobernantes, por los que sufren. Es una oración de inmensa amplitud católica. Ante la cruz de Cristo, nadie queda fuera del horizonte del amor de Dios. Nos unimos especialmente a la llamada del papa León XIV a la paz mundial, especialmente en Oriente Medio; nos unimos a su llamada a los gobernantes a deponer las armas, a dialogar, a contemplar a Jesús, Rey de la paz, a vivir la bienaventuranza de la paz, a ser constructores de reconciliación y de paz. Por otra parte, el Viernes Santo la Iglesia Universal está llamada a recordar y colaborar con los cristianos de Tierra Santa. Este día se realiza en todas las diócesis y parroquias del mundo la colecta pontificia a favor de los Lugares Santos. Seamos generosos.

Esta celebración está atravesada por la certeza de la Pascua. La Iglesia permanece hoy junto al sepulcro, pero sabe que ese sepulcro no tendrá la última palabra. La cruz está ya orientada a la resurrección. El que hoy muere es el mismo que resucitará glorioso. Por eso el Viernes Santo tiene un tono de dolor santo, de compunción creyente, de espera confiada. Como enseñó el Concilio Vaticano II, del costado abierto de Cristo nació el sacramento admirable de toda la Iglesia (Sacrosanctum Concilium, 5). De la muerte de Cristo brota la vida del mundo. Del costado traspasado nace la esperanza.

Queridos hermanos, en esta tarde santa contemplemos al Crucificado con fe, con amor y con agradecimiento. Acerquémonos a la cruz con humildad. Pongamos en las llagas del Señor nuestros pecados, nuestras heridas, nuestros sufrimientos, las penas de nuestras familias, las angustias de la Iglesia, los dolores del mundo, las guerras, las persecuciones, la soledad de tantos hombres y mujeres, el cansancio de los pobres, la incertidumbre de los jóvenes, la debilidad de los ancianos, el llanto de los enfermos. Todo puede ser llevado hoy a la cruz de Cristo. Pidamos al Señor la gracia de no acostumbrarnos nunca a la cruz. Pidamos que no convirtamos este día en una simple costumbre religiosa o en una emoción pasajera. Pidamos entrar de verdad en el misterio. Que el Jueves Santo nos haga comprender el amor eucarístico de Cristo; que el Viernes Santo nos haga adorar su sacrificio redentor; y que la noche santa de la Resurrección nos colme de la alegría de la victoria pascual.

La cruz forma parte de nuestra vida terrena, que Dios transformará por la pasión, muerte y resurrección de Cristo; y hemos de cargar nuestra cruz, la propia de cada uno de nosotros, sabiendo que los sufrimientos que lleva consigo reciben el sentido redentor que la cruz de Jesús proyecta sobre ellos. Que la Santísima Virgen María, la Madre dolorosa, que estuvo de pie junto a la cruz de su Hijo que nos ayude a llevar cada día nuestra cruz, para poder vivir el sentido redentor de nuestro dolor unido al dolor de Cristo crucificado por nosotros; que nos enseñe a permanecer, a creer, a esperar y a amar. Y que esta celebración santa nos adentre de tal modo en el misterio de la Pasión del Señor, que podamos llegar con alma purificada y corazón renovado a la luz gloriosa de la Pascua. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

Homilía para el Jueves Santo (2026)

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Jueves Santo. 2 de abril de 2026.

Catedral de Sevilla

Con la Santa Misa vespertina de la Cena del Señor entramos en el Triduo Pascual de su Pasión, Muerte y Resurrección, centro del año litúrgico y corazón de la vida de la Iglesia. Queridos hermanos y hermanas presentes en esta celebración: Señores Arzobispos; Sr. Deán y Cabildo catedral; dignísimas autoridades; presbíteros y diáconos, seminaristas, miembros de la vida consagrada y del laicado, queridos todos. Esta celebración nos introduce en lo más hondo del misterio cristiano, en la contemplación del misterio central de nuestra fe: Cristo muerto y resucitado por nuestra salvación.

En el Evangelio que acabamos de escuchar san Juan nos presenta un gesto muy elocuente de Jesús: se levanta de la mesa, se ciñe la toalla y se pone a lavar los pies de sus discípulos (cf. Jn 13,4-5). Es un gesto desconcertante. El Maestro se hace servidor, se abaja, se arrodilla ante hombres frágiles, torpes y pecadores. Lava los pies incluso a Judas, que ya está ultimando la traición. Cristo no ama porque los suyos sean dignos, ama porque Él es Amor. Aquí encontramos una lección decisiva para todos: para los pastores, para los consagrados,para las familias, para las parroquias, para las hermandades, para los responsables de la vida pública, para cada bautizado. En la Iglesia, la autoridad verdadera se entiende únicamente desde el servicio. El que quiera ser grande ha de hacerse pequeño. El que quiera seguir a Cristo no puede instalarse en la autosuficiencia, en la vanidad o en la dureza de corazón.

Pedro, al principio, no comprende. Le cuesta aceptar que el Señor se humille de esa manera. También a nosotros nos cuesta aceptar un Mesías que sirve y una lógica evangélica que contradice la ambición mundana. Pero Jesús es claro: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo” (Jn 13,8). Es decir, no basta admirar a Cristo, hay que dejarse purificar por Él; no basta emocionarse ante su ejemplo, hay que permitir que su gracia nos cambie por dentro. Y después añade: “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,15). El lavatorio de los pies no es un simple gesto emotivo, es un programa de vida. Significa vivir con disponibilidad, con humildad, con paciencia, con espíritu de entrega; significa saber inclinarse ante la necesidad del hermano, comprender que la santidad consiste en amar sirviendo.

Contemplamos hoy también la institución de la Eucaristía. San Pablo nos ha transmitido el relato más antiguo que se conserva: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía… Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” (1 Co 11, 24-25). Estamos ante el don inmenso del Cuerpo y la Sangre del Señor. No se trata de un símbolo vacío ni de un mero recuerdo afectivo. La Iglesia cree, adora y confiesa que en la Eucaristía está real, verdadera y sustancialmente presente Jesucristo. Esta tarde contemplamos a Cristo que anticipa sacramentalmente el sacrificio de la Cruz. Lo que mañana sucederá de modo sangriento en el Calvario, hoy se nos da sacramentalmente en la Cena. La Eucaristía está inseparablemente unida a la Pasión. No hay Cena del Señor sin entrega de la Cruz, no hay comunión verdadera sin participación en el amor sacrificado de Cristo.

Por eso la Eucaristía es el tesoro más grande de la vida de Iglesia. Benedicto XVI enseñó que en ella “Jesús anticipa su muerte y resurrección, dándose a sí mismo en el pan y en el vino” (Sacramentum Caritatis, 10). Y el papa Francisco recordó que la Eucaristía “no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (Evangelii Gaudium, 47). Hermanos, cuidemos la Eucaristía, amemos la Santa Misa. Participemos en ella con fe, recogimiento y con pureza de corazón. Recuperemos el sentido de la adoración, visitemos al Señor en el sagrario, enseñemos a los niños y a los jóvenes que aquí está Cristo vivo. Nada hay más grande en la tierra que la Eucaristía; nada edifica tanto a la Iglesia, nada fortalece tanto la vida de fe y el apostolado.

Junto a la Eucaristía Jesús instituye el Orden Sacerdotal para garantizar la perpetuidad de la Eucaristía y la entrega de su amor hasta el extremo. Cuando dice a los Apóstoles: “Haced esto en memoria mía”, no les confía solamente una acción ritual, sino la participación sacramental en su misma misión. El Señor quiere que, hasta el final de los tiempos, haya en su Iglesia hombres configurados con Él para presidir la Eucaristía, anunciar la Palabra, perdonar los pecados y apacentar al pueblo santo de Dios. El sacerdocio ministerial nace, por tanto, del Corazón de Cristo en la noche de la Cena y queda inseparablemente unido a la Eucaristía y al servicio del Pueblo de Dios.

El último gran acento de esta celebración es la caridad fraterna. La Eucaristía no puede separarse del amor al prójimo. Lo que recibimos en el altar ha de traducirse en obras de misericordia, en perdón, en reconciliación, en servicio a los pobres, en atención a los enfermos, en cercanía a quienes sufren. San Pablo advierte severamente a los corintios sobre una celebración eucarística incoherente con la vida fraterna (cf. 1 Co 11, 20-29). No se puede participar en la mesa del Señor despreciando al hermano. No se puede adorar el Cuerpo de Cristo en el altar y desentenderse de él en el pobre. San Juan Crisóstomo lo expresó con contundencia: “¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies cuando lo veas desnudo” (Homiliae in Matthaeum, 50, 3).

La caridad no es un adorno del cristianisme, es su prueba. El Señor nos deja esta tarde el mandamiento nuevo: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado” (Jn 13, 34). No dice: amaos según vuestra medida o según vuestra conveniencia. Dice: como yo os he amado. Es decir, hasta el extremo, hasta el sacrificio, hasta el perdón, hasta la entrega total. En una sociedad marcada tantas veces por la indiferencia, la crispación, la dureza y el descarte, la Iglesia está llamada a ser casa y escuela de comunión. Nuestras parroquias, comunidades, hermandades y familias han de transparentar esta caridad de Cristo. Esta noche el Señor nos pregunta, sin rodeos, si nuestro amor es concreto, si nuestro servicio es real, si nuestra fe transforma la vida.

En esta Santa Iglesia Catedral, damos gracias por el don de la Eucaristía y pedimos al Señor que renueve en Sevilla el asombro ante este misterio. Que nunca nos acostumbremos, que nunca reduzcamos la liturgia a formalidad, que nunca perdamos el temblor santo ante el Sacramento del altar. Pidamos también por nuestros sacerdotes, llamados a celebrar estos santos misterios con fidelidad, piedad y entrega. Y pidamos al Señor vocaciones santas, numerosas y perseverantes. Donde se ama la Eucaristía, florece la vida de la Iglesia. Al finalizar la celebración acompañaremos al Santísimo Sacramento en la reserva solemne. Comenzará entonces un tiempo de adoración silenciosa, de vigilancia y de oración junto al Señor. No abandonemos a Cristo en esta noche. Velad y orad con Él, permaneced cerca del Corazón de Jesús, que comienza su agonía por amor a nosotros.

Queridos hermanos, en esta Misa de la Cena del Señor se nos entrega Cristo servidor, Cristo Eucaristía, Cristo caridad. Se nos invita a entrar en el Triduo Pascual con alma limpia, con fe viva y corazón agradecido. Dejémonos lavar por el Señor. Alimentémonos de su Cuerpo y de su Sangre. Amemos como Él nos ha amado. Que la Santísima Virgen María, Mujer eucarística, nos acompañe en estos días santos. Que ella nos enseñe a permanecer fieles junto a su Hijo, a adorarlo con amor y a servirlo en los hermanos. Al comenzar este Triduo Pascual digamos con verdad, con humildad y con gozo: Señor, queremos estar contigo, queremos aprender de ti, queremos vivir de tu Eucaristía y de tu caridad. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

Homilía en la Misa Crismal (2026)

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Martes santo, 31 de marzo de 2026. Catedral de Sevilla

Lecturas: Is 61,1-3a.8b-9; Sal 88,21-22.25.27; Ap 1,5-8; Lc 4,16-21

Nos reunimos un año más en la misa Crismal para renovar el «sí» que pronunciamos el día de nuestra ordenación sacerdotal como respuesta a la llamada de Dios. Queridos hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: obispos auxiliares, vicario judicial, vicarios episcopales, secretario general, arciprestes, delegados, presbíteros y diáconos, seminaristas, miembros de la vida consagrada, miembros del laicado. Un año más nos reunimos para la bendición de los santos óleos y la consagración del Crisma que utilizaremos como instrumentos de salvación en el bautismo, la confirmación, el orden sagrado y la unción de los enfermos.

La Misa Crismal es una expresión de comunión y sinodalidad, una celebración que nos introduce en el corazón mismo del misterio pascual que vamos a conmemorar en estos días santos. En esta mañana, la Catedral se convierte de modo especialmente visible en la iglesia madre de la Archidiócesis. Aquí se hace presente el presbiterio diocesano, y el pueblo santo de Dios ora por sus sacerdotes; aquí son bendecidos los santos óleos y consagrado el Santo Crisma; aquí los presbíteros renuevan las promesas de su ordenación. Todo habla de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote; todo habla de unción, de misión, de comunión, de fidelidad.

Hemos escuchado las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido”. Y en el evangelio, Jesucristo aplica a sí mismo ese pasaje: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”. Cristo es el Ungido del Padre. Él es el Mesías. Él es aquel sobre quien reposa en plenitud el Espíritu Santo. Él ha sido enviado para evangelizar a los pobres, curar los corazones desgarrados, proclamar la libertad a los cautivos y anunciar un año de gracia del Señor. La Misa Crismal sólo se entiende desde ahí: no celebramos nuestra obra, sino la obra de Cristo, la unción de Cristo; no celebramos una identidad sociológica, sino una configuración sacramental con Cristo Sacerdote, Profeta y Rey.

Por eso, nuestra atención se centra en los óleos y el Crisma que hoy serán bendecidos y consagrado. No se trata de un rito accesorio o meramente simbólico. En estos signos la Iglesia reconoce instrumentos escogidos por Dios para comunicar la gracia de Cristo. El óleo de los enfermos llevará el consuelo del Señor a quienes padecen la enfermedad, la debilidad o la ancianidad. El óleo de los catecúmenos fortalecerá a quienes se preparan para el combate espiritual y para nacer a la vida nueva. Y el Santo Crisma quedará vinculado de modo especial a los sacramentos que imprimen carácter y consagran para siempre: el Bautismo, la Confirmación, el Orden sagrado.

De aquí se desprende una lección fundamental para nosotros: La gracia de Dios no actúa al margen de lo visible, de lo concreto, de lo eclesial, de lo litúrgico. Dios no nos salva de manera desencarnada. Nos salva por la humanidad santísima de Jesucristo, y prolonga esa economía de la salvación mediante signos sacramentales confiados a la Iglesia. Por eso la liturgia es acción de Cristo y de la Iglesia, es el ámbito en que la obra de la redención se hace presente y operante. Este aceite llegará a los recién bautizados, a los confirmandos, a los ordenandos, a los enfermos; ungirá la frente, el pecho, las manos, como signo de una consagración interior que sólo el Espíritu Santo puede realizar.

En la oración consecratoria del Crisma pedimos al Padre que santifique este óleo perfumado, para que quienes sean ungidos con él participen de la misión de Cristo Redentor. El Crisma habla de plenitud del Espíritu Santo, de belleza espiritual, de pertenencia estable a Cristo, de misión recibida para el bien de la Iglesia y del mundo. Cuando se unge a un bautizado o a un confirmado, la Iglesia proclama que esa persona pertenece para siempre a Cristo. Cuando se unge las manos del presbítero o la cabeza del obispo, la Iglesia proclama que ese ministerio no nace de una delegación humana, sino de una consagración sacramental. La unción no es un ornamento: es signo de elección, de consagración y de envío.

En el prefacio de la Misa Crismal, la Iglesia da gracias al Padre porque Cristo no sólo ha conferido a todo el pueblo santo la dignidad del sacerdocio real, sino que también elige a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión. Ahí está la identidad del presbítero. No somos funcionarios de lo sagrado, ni gestores religiosos, ni animadores de una comunidad meramente humana. Somos, por pura gracia, ministros de Cristo para el servicio del pueblo santo de Dios.

Y aquí aparece con fuerza el segundo gran acento de esta celebración: la comunión entre el obispo y el presbiterio diocesano, manifestada hoy de modo eminente en la renovación de las promesas sacerdotales. Hoy volvemos a decirle al Señor: sí, quiero unirme más fuertemente a ti; quiero configurarme contigo; quiero ser fiel dispensador de los misterios de Dios; quiero enseñar, santificar y regir no según mi criterio, sino en comunión con la Iglesia; quiero vivir con entrega y caridad pastoral. En esta mañana, el clero de Sevilla se pone ante el Señor con el corazón abierto. Traemos nuestras fatigas y nuestras alegrías, nuestras pobrezas y nuestras esperanzas, los frutos apostólicos y también las heridas del camino. Pero lo decisivo es la fidelidad de Cristo, que no retira sus dones y que sostiene a sus ministros con la gracia del Espíritu Santo.

Al renovar nuestras promesas comprendemos que el sacerdocio sólo se mantiene firme cuando vive de la adoración, de la obediencia de la fe, de la caridad pastoral y de la comunión eclesial. Un sacerdote separado interiormente de la liturgia viva de la Iglesia termina vaciándose. Un sacerdote separado de la oración, de la Eucaristía celebrada con fe, de la Liturgia de las Horas rezada con amor, del sacramento de la Penitencia recibido con humildad, de la piedad sacerdotal seria y sobria, termina debilitando también su ministerio. La Misa Crismal nos llama a volver a las fuentes.

Permitidme añadir una palabra a los fieles laicos que participáis en esta celebración. Rezad por vuestros sacerdotes, queredlos con realismo y con fe. Son hombres tomados de entre los hombres y puestos en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios. Necesitan vuestra oración, vuestra cercanía y vuestro afecto eclesial. Es muy importante acompañar con vuestra oración a los sacerdotes en esta jornada en que renuevan los compromisos de su ordenación, y tenerlos presentes en la oración todo el año. Una diócesis florece cuando ora por sus sacerdotes, cuando cuida sus vocaciones y cuando valora el don inmenso del ministerio ordenado.

Y a vosotros, queridos hermanos presbíteros, os digo con afecto de padre y hermano: permanezcamos en la unidad, cuidemos los unos de los otros. Nada puede dañar tanto el alma del sacerdote como el aislamiento orgulloso, la autosuficiencia, la crítica amarga, la rutina sin vida interior o la pérdida del fervor litúrgico. La comunión presbiteral nace del sacramento del Orden, se expresa en la concelebración, se robustece en la caridad fraterna y se prueba en la obediencia eclesial. En este momento también quiero agradeceros vuestra labor pastoral, la ofrenda generosa de vuestra vida al servicio de Dios y de los hermanos, en estos tiempos plagados de nuevos desafíos, que requieren fidelidad creativa y una entrega sin límites.

Pidamos al Señor que el óleo de los catecúmenos fortalezca a quienes se preparan para el bautismo, que el Santo Crisma consagre abundantemente a quienes serán ungidos en los sacramentos; que nuestros sacerdotes renueven hoy sus promesas con humildad, verdad y alegría; que el obispo y su presbiterio caminen de verdad con un solo corazón y una sola alma al servicio del Evangelio. María Santísima, Madre de los sacerdotes, nos acompaña en esta Semana Santa, y nos enseña a permanecer junto a la cruz, a recibir con fe la misión que Dios nos confía y a guardar en el corazón el fuego de la unción recibida. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

Homilía del Domingo de Ramos (2026)

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Con la bendición y la procesión de los ramos entramos hoy, solemnemente, en la Semana Santa. La Iglesia nos ayuda a vivir en una sola celebración dos aspectos inseparables del misterio de Cristo: su entrada mesiánica en Jerusalén y el anuncio de su Pasión. Este domingo comprende por una parte el triunfo real de Cristo, y también el anuncio de la Pasión. La liturgia de este día nos introduce de lleno en el corazón del Evangelio. En la procesión hemos recordado la entrada del Señor en Jerusalén; y en la celebración de la Eucaristía, la Iglesia proclama la Pasión según san Mateo, junto con el canto del Siervo sufriente de Isaías y el himno cristológico de la carta a los Filipenses. No estamos ante un simple recuerdo, estamos ante el misterio central de nuestra redención, que la Iglesia actualiza sacramentalmente para que lo contemplemos, lo agradezcamos y lo vivamos.

Hemos salido con ramos en las manos y con cantos en los labios. Hemos acompañado a Cristo como aquella muchedumbre que gritaba: “¡Hosanna al Hijo de David!”. Pero la liturgia, con una pedagogía sabia y profundamente realista, no nos deja instalarnos en el entusiasmo superficial. Nos conduce enseguida al drama de la Pasión. La misma ciudad que aclama, unos días después rechazará; la misma multitud que acompaña, después abandonará; el mismo pueblo que extiende mantos, posteriormente gritará: “¡Crucifícalo!”. Y esto no sucede solo en Jerusalén hace dos mil años. Esto puede suceder también en nuestro corazón.

Por eso, el Domingo de Ramos es una llamada a la verdad, a la coherencia. No basta aclamar a Cristo un momento, hay que seguirlo hasta el Calvario; no basta llevar un ramo en la mano, hay que dejar que la cruz del Señor entre en la propia vida; no basta conmoverse ante la belleza de la liturgia, hay que convertirse de verdad. En la celebración se unen las aclamaciones de la entrada en Jerusalén y la humillación de Jesús en la cruz, y contemplamos el camino de la humildad y de la obediencia.

La primera lectura, tomada del tercer canto del Siervo del Señor, nos presenta a Cristo obediente, fiel, manso y fuerte a la vez. “No me rebelé, no me eché atrás”. El Siervo escucha, acoge, obedece y se entrega. Tiene espalda para los golpes y rostro firme ante la humillación. Aquí encontramos una primera lección para nuestra vida cristiana: la fidelidad a Dios no consiste en hacer nuestra voluntad con lenguaje religioso, sino en escuchar y obedecer, también cuando cuesta, también cuando duele, también cuando el camino pasa por la incomprensión.

Cuántas veces querríamos un cristianismo sin cruz, una fe sin combate, una caridad sin sacrificio, una Iglesia sin heridas. Pero el Señor no nos engaña. Entra en Jerusalén para dar la vida. No viene a conquistar por la fuerza, sino a vencer amando. No se impone, se entrega. No aplasta a sus enemigos, sino que los redime desde la cruz. San Pablo lo resume admirablemente en la segunda lectura: Cristo Jesús, “siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo” y “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 6-8).

Éste es el camino del Señor. Y éste es también el camino del discípulo. El seguimiento de Cristo exige escuchar la Palabra y vivirla con fe, esperanza y amor, como peregrinos que se dirigen hacia la Jerusalén definitiva. Qué importante es esto para nosotros hoy. No venimos a la catedral solo a asistir a una ceremonia hermosa; venimos a renovar nuestra condición de discípulos, venimos a decirle al Señor: quiero caminar contigo, no sólo cuando eres aclamado, sino también cuando eres rechazado; no sólo en la gloria, sino también en la cruz.

En el relato de la Pasión según san Mateo, hemos escuchado la traición de Judas, la debilidad de Pedro, el sueño de los discípulos, la injusticia del Sanedrín, el cálculo cobarde de Pilato, la crueldad de los soldados, los insultos al Crucificado, el silencio impresionante de Jesús. Cada personaje nos interpela. En Judas advertimos el peligro de la autosuficiencia, de no abrir el corazón al Señor. Pedro nos muestra que el amor sincero, si no vela y no ora, puede venirse abajo. Pilato representa la conciencia que sabe la verdad, pero no se atreve a defenderla. Y Jesús, en medio de todo, aparece como el inocente que ama hasta el extremo.

Hermanos, no escuchemos la Pasión como espectadores. Escuchémosla como pecadores amados. Porque la Pasión no es solo la historia de lo que otros hicieron a Jesús, es también la revelación de lo que el pecado puede hacer en el corazón del hombre, y de lo que el amor de Dios es capaz de hacer para salvarlo. En la cruz se desenmascara el pecado, pero sobre todo se manifiesta la misericordia. Allí vemos hasta dónde llega el rechazo del hombre; pero allí vemos, sobre todo, hasta dónde llega el amor de Dios.

Ésta es la gran esperanza de la Semana Santa: saber que nuestro pecado no tiene la última palabra, que la última palabra la tiene el amor crucificado de Cristo. Por eso, la Iglesia no se cansa de contemplar la Pasión. No lo hace para recrearse en el dolor, sino para entrar en la hondura del amor redentor. Como enseña el Concilio Vaticano II, en la liturgia “se ejerce la obra de nuestra Redención”; y la liturgia es “la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y la fuente de donde mana toda su fuerza” (Sacrosanctum Concilium, 2 y 10). Lo que celebramos hoy ha de transformar nuestra vida.

Por eso os exhorto a vivir con atención, con intensidad, con hondura, esta Semana Santa. Vividla con fe, con recogimiento, con espíritu de oración. Participad en las celebraciones litúrgicas del Triduo Pascual; acompañad al Señor, no os quedéis en lo exterior. Que las palmas bendecidas que lleváis a casa no acaben siendo un simple adorno, uh mero recuerdo; que sean un signo de vuestra fe en Cristo Rey y de vuestra voluntad de seguirlo en su victoria pascual. Vivid estos días también con caridad concreta. Junto a Cristo que padece, contemplad a tantos hermanos que sufren: enfermos, ancianos solos, familias heridas, pobres, parados, inmigrantes, personas sin esperanza. El Señor entra en Jerusalén para entregar su vida por todos; nosotros no podemos celebrar su Pasión sin abrir el corazón a los crucificados de nuestro tiempo.

Nos unimos al Papa León XIV en su urgente llamada a la paz, en su promoción de una paz “desarmada y desarmante» que nazca del corazón y se refleje en el fin de los conflictos, especialmente en Medio Oriente y Ucrania. Oremos por la paz y trabajemos en la construcción de un mundo en paz. Que la Santísima Virgen María, Reina de la Paz, que permaneció fiel junto a la cruz de su Hijo, nos enseñe a acompañar a Jesús con amor perseverante. Que ella nos alcance la gracia de no ser cristianos de un momento, sino discípulos fieles. Y que, comenzando hoy con gozo esta Semana Santa, podamos llegar con corazón limpio a la alegría de la Pascua. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

Resurrección de Cristo, la alegría de la Pascua

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Homilía del arzobispo de Granada, D. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía celebrada en el Domingo de Resurrección, en la Catedral, el 5 de abril de 2026, presidida por la Sagrada Imagen en su rama infantil del Dulce Nombre de Jesús (Los Facundillos).

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes;
diácono, seminaristas;
queridos miembros de la vida consagrada;
queridos hermanos y hermanas;
queridos niños y los padres que los acompañáis:

¡Feliz Pascua de Resurrección, de nuevo! ¡Cristo ha resucitado! Es la gran noticia cristiana que resuena desde hace dos mil años.

Es el anuncio de los discípulos de Jesús, que, generación tras generación, nos hacemos eco de los primeros apóstoles, de los primeros discípulos de Jesús. Nos hacemos eco y no decimos otra cosa que lo que Pedro anuncia como cabeza de la Iglesia, que como aquellos también nosotros hemos visto y hemos creído.

Queridos hermanos, los cristianos no seguimos a un muerto ilustre. No seguimos a un personaje que se nos pierde en la noche de los tiempos. No seguimos a nadie que está enterrado en algún lado. Seguimos a alguien y damos nuestra vida por él y, sobre todo, damos testimonio de que es el Hijo de Dios, que se ha encarnado, que nos ha mostrado el amor misericordioso de Dios, que nos ha traído palabras de vida eterna y nos ha mostrado el verdadero rostro de Dios.

Nos ha dejado su Palabra. Nos ha dejado su Evangelio, su Buena Noticia. Hemos visto los signos y hemos creído. Le hemos visto andar por nuestros caminos, sufrir con los hombres y mujeres. Le hemos visto ser uno de nosotros menos en el pecado. Cristo, el Hijo de María, el Carpintero de Nazaret, el Nazareno, el que ha sufrido la Pasión, el que ha sido crucificado entre los malhechores.

Cristo ha resucitado. Ha vencido al pecado y a la muerte y se ha convertido para el ser humano en su auténtica vocación, en la plenitud a la que está llamado el ser humano. Esa plenitud que rompe el techo de la muerte, que da razón al anhelo permanente de la humanidad, de la vida eterna, de la vida para siempre.

Cristo el Señor, es el Señor de nuestras vidas, es el Alfa y la Omega, como dice la propia Sagrada Escritura. Es el que ha sido crucificado, pero ha vencido. Es nuestro Señor, el Señor de la Historia, al que nos encaminamos, pero que también está presente en medio de nosotros. “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, nos ha dicho. Ese Jesús que se ha ido junto al Padre, que está sentado a la derecha del Padre, como confesamos. Ese Jesús, el Hijo de María, que tiene nuestra naturaleza humana, sumida y unida a su naturaleza divina en su Persona divina. Ese Cristo es el Señor. Es hombre verdadero, igual a nosotros, y por eso entiende de nuestros sufrimientos, de nuestras angustias, de nuestros dolores, de nuestras dificultades, de nuestros cansancios.

Por eso es solidario con el ser humano. Por eso nos entiende tan bien. Pero, al mismo tiempo, es la plenitud de lo que estamos llamados a ser, hijos en el Hijo, coherederos con Él de la Gloria, porque en Él hemos sido nosotros también hechos partícipes de la vida divina, de ese viejo sueño adamítico, de ese viejo sueño de nuestros primeros padres. Y es a esa plenitud a la que nos encaminamos y que ya se nos ha dado anticipadamente, aquí.

Luego, la Resurrección, queridos amigos, no es algo marginal en el cristianismo. No es un artículo más en el credo que confesamos. Es algo esencial. Nos dice San Pablo que, si los muertos no resucitan, Cristo tampoco ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, somos los más tontos de los hombres. Nuestra predicación sería vana, sería un engaño. Los cristianos no seguimos una ilusión. Los cristianos no practicamos un opio del pueblo para contentarnos de los sufrimientos y aguantar, sino que la Resurrección de Cristo nos ha dado el sentido pleno de la vida, que hace que la muerte no sea el final; que nuestros seres queridos no sólo pervivan en la memoria, sino también si han seguido al Señor y han vivido coherentemente, con aquel que ha dicho “Yo soy la Resurrección y la vida, el que cree en mí aunque haya muerto vivirá, y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”, nosotros por eso mantenemos la esperanza, por eso la vida merece la pena ser vivida, la entrega y el sacrificio esperamos su fruto. Por eso, nos desvivimos en nuestra vida para llegar a esa plenitud. Por eso sabemos que la muerte no es el final, sino que es el paso doloroso ciertamente hacia la Vida con mayúscula.

La Resurrección de Cristo es la garantía, es lo que sella nuestra esperanza, es lo que nos da ánimo en los momentos de dificultad, es lo que nos da fuerza en los momentos de debilidad, es lo que hace secar nuestras lágrimas cuando sentimos el golpazo de la muerte en los seres queridos, en los más cercanos aquellos a los que estamos unidos por la sangre, la amistad y la estima.

Queridos amigos, la Resurrección de Cristo es ya la nuestra. Por eso vivimos la alegría de la Pascua. Por eso el cristianismo pervive y pervivirá hasta el final de los tiempos. “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Con esta confianza, vamos a pedirle al Señor que nuestra fe no se debilite; que nuestra esperanza nos dé fuerza en la lucha de cada día, que estamos llamados a vivir de una manera nueva, a transformar el mundo, a no quedar nuestra fe en la Resurrección en nuestra cabeza sin que sea operativa en nuestra existencia de cada día, como nos ha invitado el apóstol diciéndonos que busquemos los bienes de ahí arriba, que levantemos el vuelo, que no nos quedemos solos en las cosas materiales, en el que “comamos y bebamos, que mañana moriremos”, “en el apaga y vámonos”. No bebamos, queridos amigos, solo de tejas para abajo. No busquemos solo esos medios de vida necesarios, claro que sí, para nosotros y para los demás, sin que nadie se quede atrás.

Pero, busquemos y no cerremos el techo a una plenitud a la que estamos llamados, a una esperanza que no es algo iluso, sino que Cristo ha resucitado, su sepulcro está vacío, los testigos lo han visto, dichosos los que creen sin haber visto, nosotros hemos creído por el testimonio de otros.

Queridos amigos, en este día de alegría, pidamos al Señor que da la paz a sus discípulos con su saludo, que dé la paz también a nuestro mundo. Esa paz que nace de su victoria, que es la victoria del bien, la victoria de la misericordia, la victoria del Dios de la vida y de la paz.

Pidamos esa paz para nuestro mundo. Demos a nuestros niños un mundo mejor, donde las armas, donde los odios, donde las divisiones queden superadas. Pidámosle al Señor de la vida y Señor de la paz a Cristo Resucitado que no haya locos que nos lleven a las guerras y al enfrentamiento; que no busquemos los intereses partidistas, sino el bien común de una humanidad que quiere progresar, de una humanidad que espera también ella la victoria que ha conseguido Cristo, cabeza de la nueva humanidad, Dios y Señor nuestro.

Que Santa María a la que felicitamos, que Ella nos ayude y, como le dice el pueblo cristiano, “nos haga dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo”.

Amén.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

Catedral de Granada
5 de abril de 2026

“Cristo ha resucitado. Cristo vive. Vive en su Iglesia”

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Homilía del arzobispo D. José María Gil Tamayo en la vigilia pascual, celebrada en la Catedral el 4 de abril de 2026, donde un grupo de siete personas adultas han sido bautizados, y con ello también han recibido los Sacramentos de la Confirmación y Comunión.

Queridos sacerdotes concelebrantes y diáconos;
queridos seminaristas;
queridos miembros de la vida consagrada;
queridos amigos, que nos seguís a través de La 2 de Televisión Española, a la que agradezco especialmente que en este triduo pascual que hemos celebrado en Granada haya retransmitido los Oficios Santo, Jueves, Viernes y esta Vigilia, desde la Catedral de Granada, aumentando nuestra familia eclesial;
un saludo especialmente a los enfermos, a los que estáis imposibilitados para salir de casa:

¡Cristo ha resucitado!

Queridos catecúmenos, que vais a ser bautizados. Hoy sois protagonistas especiales de esta celebración de la vigilia pascual, que es la celebración más importante del año cristiano. Esta vigilia en que hemos recorrido la historia de la salvación desde el comienzo con el hecho maravilloso de la creación del mundo por parte de Dios.

Con ese lenguaje sencillo nos ha ido describiendo la obra de Dios esa obra maravillosa a través de la cual el ser humano, con el uso de su razón y admirándose, puede llegar al conocimiento de Dios. Pero, más maravilloso ha sido la intervención de Dios eligiéndose un pueblo y liberándolo de la esclavitud de Egipto. Ese pueblo, el pueblo escogido de Israel, recibe la Ley del Señor y hace alianza con él, comprometiéndose a observar sus mandatos.

Esos mandatos que esencialmente están contenidos en los Diez Mandamientos, como expresión de ese deber ser que hay en el ser humano, que busca no sólo los medios de vida, sino las razones por las que vivir: el sentido que sabe que está hecho para la eternidad, está hecho para Dios. Y que Dios es el fundamento de su vida y de todo el orden constituido. Desde esa manera de pensar, desde esa manera de creer, el pueblo de Dios no fue siempre fiel a él, sino que cae a veces en la idolatría y se aparta de Dios. Y Dios envía a sus profetas, pero, por encima de todo, está la voluntad salvífica de Dios en favor de los hombres. Y como nos dice la Carta a los hebreos, Dios habló de muchas maneras a nuestros padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por su Hijo Jesucristo.

Y Cristo con su Encarnación nos ha mostrado el Rostro de Dios, haciéndose cercano, haciéndose uno de nosotros, siendo uno de nosotros. Pero es, nada más y nada menos, el Hijo de Dios, que ha tomado nuestra condición humana menos en el pecado, pasando por el Misterio de la muerte, por el Misterio de la Pasión que hemos celebrado estos días, incluso de manera plástica en nuestras calles, con esos bellos pasos donde la religiosidad popular ha manifestado sus sentimientos, hechos oración y admiración ante la belleza, pero, sobre todo, del reconocimiento de que Dios en su Hijo Jesucristo nos ha salvado.

Pero, no somos la religión de un muerto. No somos la religión de un muerto ilustre, que se nos pierde en la noche de los tiempos, sino de Alguien que está vivo, que es Cristo resucitado, que ha vencido el pecado y la muerte, y que no sólo ha hecho realidad el viejo sueño de nuestros primeros padres de querer ser como Dios. Ellos, por el camino de la soberbia, arrastrando la humanidad al pecado, y Cristo, por el camino de la humildad, del anonadamiento, de su Encarnación, de su Pasión, muerte y Resurrección, nos ha salvado. Y esa salvación de Cristo tenida con su Misterio Pascual, con su Resurrección, que certifica, de manera real, Su presencia, en medio de nosotros, es la salvación que, queridos catecúmenos, vais a recibir ahora. Esa salvación se hará realidad por el ministerio de la Iglesia en vosotros y en vosotras.

Venís como hijos de la humanidad, pero vais a salir también como hijos e hijas de Dios, con esa dignidad que el resto os va a acompañar como cristianos que ya somos desde hace mucho tiempo. La Cuaresma nos ha salvado para renovar nuestra vida cristiana; a vosotros, para prepararos de manera próxima, para renovarnos y hacer realidad esa Victoria de Cristo que San Pablo en la proclamación de la Epístola nos ha dicho en la Carta a los romanos: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte”.

Pues, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la Gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Hemos sido revestidos de Cristo y eso es lo que tenemos que tomar conciencia los cristianos en la pascua. Somos criaturas nuevas.

Estamos llamados a una plenitud ya por ser seres humanos con una dignidad inalienable que Cristo ha plenificado. Pero nos llama a una plenitud de vida, que se completará en la vida eterna y que ya se nos anticipa como cristianos con la certeza de la Resurrección de Cristo. Cuando San Pablo recrimina a las primeras comunidades, especialmente a los de Tesalónica o a los Corintios. A los de Tesalónica, porque estaban expectantes por la vuelta del Señor; y a los corintios, porque había gente que dudaba de la Resurrección de los muertos y San Pablo les dice ‘si los muertos no resucitan, Cristo no ha resucitado y si Cristo no ha resucitado somos los más tontos de los hombres, nuestra predicación es estéril’.

Queridos amigos, Cristo ha resucitado. Cristo vive. Vive en su Iglesia. Vive en su Palabra, vive en la liturgia y la obra de Dios por antonomasia, en los Sacramentos. Vive en los hermanos, especialmente en los más débiles, en los más necesitados. Y nos invita a vivir ese amor fraterno que certifica nuestro amor a Dios. Estamos llamados a la santidad, estamos llamados a vivir como cristianos, a la coherencia de vida, a dejar a un lado esa modalidad de cristianismo de “creyente y no practicante”. No cabe. No cabe una fe sin obras. El apóstol Santiago nos dice en su Carta que es una fe muerta. Mostremos con nuestro amor a los demás nuestra fe en el Dios de la vida, en el Dios vivo. Hagamos realidad el Evangelio como criaturas nuevas. Vivamos la misma vida de Cristo.

Queridos catecúmenos, que vais a ser bautizados. Vais a ser revestidos de Cristo. Vais a ser injertados en Cristo. Fijaros qué palabras usa el Apóstol para decirnos que vamos a ser, que somos, otros cristos, el mismo Cristo, que la vida de Cristo, su Espíritu habita en nosotros. Luego, criaturas nuevas a las que se les exige un modo de vida, un estilo de vida nuevo del que debemos de tomar conciencia los cristianos.

El bautismo no es un puro protocolo. Es lo más importante que nos ha ocurrido en nuestra vida. San Agustín decía “yo con vosotros soy, estoy, soy cristiano, y este es mi timbre de gloria, yo para vosotros soy obispo, y esta es mi tarea, este es mi encargo”. Pero, lo más importante, queridos hermanos: que somos hijos e hijas de Dios, que somos bautizados. Esa es nuestra dignidad: que hemos sido revestidos de Cristo.

Por tanto, esto nos lleva a unas relaciones distintas con los demás, a ver en nosotros, no simplemente coetáneos o compañeros de camino en la vida, sino hermanos y hermanas, en los que también se refleja Cristo, sobre todo, los más necesitados, el que seremos una manera de vivir. Es un encuentro con Cristo Resucitado, en su Palabra -repito- en sus Sacramentos, como en vosotros ahora en el Bautismo salvador, la Confirmación, vais a recibir al Espíritu Santo, y vais también a participar de la Mesa eucarística, donde Cristo se nos da como pan de vida.

Luego, queridos hermanos y hermanas, en este día de la fiesta más grande del año cristiano, alegraos. Pero, al mismo tiempo, el Señor nos invita a salir, a no encerrarnos, a no quedarnos de puertas adentro, a no quedarnos en el interior de los templos, sino a transformar el mundo. Hemos recibido un mandato misional de Cristo, de salir, de evangelizar, de anunciar, de cambiar el mundo, y fijaros si lo necesita. Fijaros si necesita que pongamos en práctica de una vez, y desenvolvamos el mandamiento nuevo, para que deje de ser nuevo en su cumplimiento.

Fijaros nuestro mundo, con divisiones y con guerras, si necesita a los cristianos, si necesita la luz de Cristo. Vamos a intentarlo.

Queridos catecúmenos, que vais a ser baptizados. Darle gracias a Dios. Y le pido especialmente a la Virgen Santísima por vosotros. El apóstol Juan la recibió como algo propio, como alguien propio. Sin Ella no entenderíamos plenamente el Misterio cristiano. Forma parte del Misterio cristiano. Que Ella, como madre, os acompañe y os guíe.

Y vamos ahora a proseguir en esta bella liturgia, con la celebración bautismal. Para vosotros, el inicio de la salvación. Para los demás, el recordatorio y la renovación de nuestras promesas bautismales, para comprometernos, ya que somos hijos de la luz, hijos de Dios, hermanos y coherederos con Cristo, de una vida nueva que exige que la actualicemos, la renovemos y cambiemos el mundo. Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

4 de abril de 2026, vigilia pascual
S.A.I Catedral de Granada

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