
Queridos diocesanos, amigas y amigos de Málaga y Melilla:
Del 18 al 25 de enero, la celebración de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos ha convertido a la Diócesis de Málaga en un gran templo, donde fieles, pastores, sacerdotes y religiosos de diversas confesiones cristianas han hecho latir sus corazones al mismo ritmo, acogiendo la súplica del Señor en la Última Cena: «Padre, que todos sean uno, como tú en mí y yo en ti, para que el mundo crea» (Jn 17, 21).
La división entre los cristianos sigue siendo un escándalo que resta credibilidad y fuerza a la Buena Noticia del Evangelio, tal como denunciaba el decreto Unitatis redintegratio del Concilio Vaticano II. No podemos resignarnos ni acostumbrarnos a una Iglesia dividida, porque no es el estado natural en el que los cristianos estamos llamados a vivir la fe. Trabajemos, por tanto, sin descanso para alcanzar una comunión cada vez más plena, que haga posible la unidad en lo esencial y el respeto escrupuloso a la legítima diversidad.
El papa Francisco habló de tres tipos de ecumenismo: el de las manos, el de la cabeza y el del corazón. Son dimensiones complementarias de una misma llamada a la unidad. El ecumenismo del corazón ha sido especialmente intenso durante este Octavario por la Unidad: católicos, ortodoxos y protestantes hemos unido nuestros corazones al de Cristo para celebrar la comunión que existe entre quienes compartimos un mismo bautismo, como se ha expresado en las numerosas oraciones ecuménicas celebradas en los templos de las distintas confesiones. El ecumenismo de la cabeza nos impulsa a profundizar en los principios y fundamentos de la unidad a la que el Señor nos convoca; en este ámbito, la teología y la formación ecuménica, accesibles en nuestros centros teológicos, desempeñan un papel fundamental. Por su parte, el ecumenismo de las manos nos invita a trabajar y colaborar en todo aquello que resulte posible. Todo cristiano que se acerque con autenticidad al Evangelio escuchará la llamada a servir a los más pobres, en cuyos rostros reconocemos al mismo Cristo sufriente.
Recién llegado a Málaga, mantuve un encuentro fraterno con representantes de todas las Iglesias cristianas. Allí pude agradecer su cálida acogida y propuse poner en marcha un proyecto social común, que nos permitiera servir juntos a nuestros hermanos y hermanas que sufren. Estoy convencido de que el servicio compartido abrirá caminos hacia la fraternidad y la comunión, porque nos acercará cada vez más a Cristo presente en los pobres. Un proyecto social común podrá hacer realidad el lema del Octavario para este año: “Un solo Espíritu, una sola Esperanza” (Ef 4, 4), en un mundo herido por la polarización, las injusticias y las guerras, que necesita signos concretos de fraternidad y solidaridad con las personas más vulnerables.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.




















































