Toda la Archidiócesis está invitada a participar, este año dedicado al “Anuncio”.
Hasta el 1 de junio está abierto el plazo para enviar las propuestas que las delegaciones, grupos, parroquias, movimientos y distintas realidades de la Archidiócesis han trabajado en el marco del Plan Pastoral Diocesano, dedicado este año al “Anuncio”, tras el recorrido anterior de la “Escucha” y la “Comunión”.
Ahora pueden enviarse las propuestas que ya se han trabajado y aquellas que se ofrecen para impulsar juntos en la Iglesia de Granada.
II ASAMBLEA DIOCESANA Mientras, continúan los preparativos para la celebración el 20 de junio de la II Asamblea Diocesana, con el lema “Somos testigos”, en referencia a la cita bíblica de Marcos 16,15 “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio”.
La II Asamblea Diocesana se celebrará en la Feria de Muestras de Armilla (FERMASA), de 10 a 15 horas, cuando concluya con una paella que ofrecen los organizadores. Las inscripciones para participar en la Asamblea Diocesana, que pueden realizarse de forma individual o en grupo, se formalizan EN ESTE ENLACE
En vísperas de Pentecostés y por ello Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, el sábado día 23 HOAC Granada celebra su Jornada, con el lema “Participar para transformar. Una reflexión para organizar la esperanza en comunidad”, abierta a la participación de todo el mundo que desee asistir.
Este día de la HOAC comenzará a las 10 horas con la acogida y encuentro en el Paseo de los Basilios, 2, en el salón de Inlayapas, junto a la iglesia de los Escolapios, informó HOAC Granada.
En esta convocatoria se presentará el Cuaderno HOAC, titulado “Participar para transformar”, sobre el que versará después un diálogo y un paseo-cultura-convivencia.
La jornada concluirá con la Eucaristía en la ermita de San Sebastián y posterior comida compartida.
Con la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de la Merced, el 24 de mayo.
Con el objetivo de dar a conocer los lugares de Úbeda vinculados a San Juan de la Cruz, con motivo de la celebración de sus centenarios, la Hermandad granadina de Nuestro Padre Jesús Nazareno y María Santísima de la Merced, peregrina a Úbeda, “tras las huellas de San Juan de la Cruz”. Este año se está celebrando el tercer centenario de su canonización y el primer centenario de su proclamación como Doctor de la Iglesia.
El viaje tiene contenido cultural y quiere promover la convivencia entre sus participantes en tierra de San Juan de la Cruz, en en ella a los lugares vinculados a la vida del santo. Se celebrará el 24 de mayo, desde las 8 hasta las 20 horas, cuando se regrese de nuevo a Granada. Las plazas, con un coste de 40 euros por persona, son limitadas.
Para inscripciones, las personas interesadas pueden contactar en el correo electrónico Nazarenoymerced@gmail.com.
La pasada semana se celebró el segundo Cursillo de Cristiandad dentro del Centro Penitenciario Botafuegos, en Algeciras, correspondiente al número 521 de la diócesis de Diócesis de Cádiz y Ceuta. La iniciativa contó con la colaboración del sacerdote Lázaro Albar y se enmarca en la labor evangelizadora que el Movimiento de Cursillos de Cristiandad desarrolla en distintos ámbitos de la diócesis.
Desde la organización de Movimiento de Cursillos de Cristiandad han destacado la importancia de poder acercar el mensaje cristiano a las personas privadas de libertad. “Es para nosotros una alegría poder llevar la palabra de Dios y su mensaje a estos hermanos que tanto lo necesitan”, señalaron tras la finalización del encuentro.
Asimismo, los organizadores han agradecido la colaboración prestada por la dirección del centro penitenciario, la pastoral penitenciaria y las oraciones de los miembros del movimiento y de la comunidad cristiana. “El Señor nos ha permitido seguir siendo testigos de la Esperanza”, añadieron.
El Movimiento de Cursillos de Cristiandad es una iniciativa seglar de evangelización centrada en el primer anuncio y dirigida especialmente a personas alejadas de la fe. En nuestra diócesis se celebran anualmente nueve cursillos: tres en Ceuta, tres en la zona de la Bahía de Cádiz y otros tres en el Campo de Gibraltar.
La experiencia de llevar esta actividad al centro penitenciario surgió el pasado año, cuando desde la pastoral penitenciaria se detectó la necesidad de organizar un cursillo en el interior de Botafuegos. Tras los contactos mantenidos con la dirección del centro, en enero de 2025 pudo celebrarse el primer cursillo, dando continuidad ahora a esta segunda edición.
La Diócesis de Jaén ha organizado una peregrinación diocesana a la tumba de San Eufrasio, patrón de la diócesis, que se celebrará del 22 al 26 de junio de 2026. El viaje permitirá a los participantes recorrer algunos de los lugares más emblemáticos del norte de España, combinando espiritualidad, patrimonio, convivencia y cultura.
La peregrinación, promovida a través del Secretariado Episcopal de Peregrinaciones de Jaén, incluirá visitas a Astorga, Covadonga, Oviedo, Cudillero, la Playa de las Catedrales, Padrón, Santiago de Compostela y Allariz, teniendo como momento central la celebración en la tumba de San Eufrasio, situada en la iglesia de Santa María de Mao.
Durante los cinco días de viaje, los peregrinos podrán participar en diversas celebraciones religiosas y conocer importantes enclaves históricos y artísticos. Entre las actividades previstas destacan la celebración de la Eucaristía en la Santa Cueva de Covadonga, la visita guiada a la Catedral de Oviedo, el recorrido por Santiago de Compostela y la oración ante la tumba del discípulo apostólico San Eufrasio.
El itinerario comenzará el 22 de junio con salida hacia Astorga, donde los participantes visitarán el Palacio Episcopal diseñado por Gaudí. Posteriormente, el grupo se trasladará a Asturias.
El segundo día estará dedicado a Covadonga y Oviedo. Los peregrinos visitarán el santuario de la Santina y subirán a los Lagos de Covadonga antes de recorrer la capital asturiana y su catedral.
La jornada del 24 de junio llevará al grupo hasta Avilés, Cudillero y la Playa de las Catedrales, uno de los parajes naturales más conocidos del litoral gallego.
El día 25 tendrá un marcado carácter espiritual con la visita a la tumba de San Eufrasio y la celebración de la Eucaristía. Por la tarde, la peregrinación continuará hacia Santiago de Compostela, donde se realizará una visita guiada por la ciudad del Apóstol.
Finalmente, el viaje concluirá el 26 de junio con una parada en la villa histórica de Allariz antes del regreso a Jaén.
La organización técnica corre a cargo de Bonigroups Agencia de Viajes. El precio de la peregrinación es de 735 euros por persona e incluye autobús de lujo, alojamiento en hoteles de cuatro y tres estrellas, pensión completa, entradas y visitas guiadas contempladas en el programa, además del seguro obligatorio de viaje.
Las inscripciones y reservas pueden realizarse a través de D. Miguel Ángel Solas León, director del Secretariado Episcopal de Peregrinaciones de Jaén. (676 22 79 09)
Hablar de Pentecostés es evocar, al mismo tiempo, el origen y el futuro de la Iglesia. Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado, sino una realidad siempre actual: el Espíritu Santo que irrumpe, renueva, sorprende y pone en camino al pueblo de Dios. El mismo Espíritu que hoy se manifiesta especialmente en la experiencia de caminar juntos, de escuchar y discernir comunitariamente la voluntad de Dios.
Estamos en un momento clave de la Iglesia, inmersos en el proceso que nos invita a hacer realidad lo discernido juntos. Este camino nos impulsa a vivir una Iglesia más participativa, corresponsable y cercana, donde todos —laicos, pastores y consagrados— caminamos unidos. En sintonía con el lema del Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, “Pueblo de Dios que sale al encuentro”, se nos llama a no quedarnos encerrados, sino a salir con actitud misionera al encuentro de las personas, de sus realidades y necesidades, llevando el Evangelio con gestos concretos de escucha, servicio y compromiso en medio del mundo.
En el primer Pentecostés, el Espíritu rompe el miedo, abre puertas cerradas y convierte a un grupo disperso en una comunidad misionera. En el Pentecostés de hoy sucede algo semejante: el Espíritu nos saca de la autorreferencialidad y nos impulsa a reconocernos como Iglesia-pueblo, donde todos —obispos, presbíteros, consagrados y laicos— tienen voz, dignidad y responsabilidad. La comunión eclesial es la forma de ser Iglesia animada por el Espíritu que se fundamenta en la comunión, la participación y la misión.
Un Pentecostés vivido en comunión implica, ante todo, una escucha profunda. El Espíritu habla en la Palabra de Dios, pero también en el clamor de los pobres, en las preguntas de los jóvenes, en las heridas de quienes se sienten excluidos, y en la fe sencilla del pueblo. Esta escucha requiere conversión interior: aprender a callar para que el otro exista, dejar de imponer respuestas y abrirnos a discernir juntos.
Un Pentecostés vivido como participación es experiencia de una diversidad reconciliada. En Pentecostés, cada uno oye el mensaje “en su propia lengua” sin que se pierda la unidad. Así también, la Iglesia sinodal no busca uniformar, sino acoger carismas, culturas y sensibilidades diversas, confiando en que el Espíritu es quien armoniza. Esto exige paciencia, humildad y valentía para afrontar tensiones sin romper la comunión.
Finalmente, Pentecostés conduce necesariamente a la misión. El Espíritu no es dado para encerrarnos en debates internos, sino para enviarnos al mundo. Una Iglesia sinodal es una Iglesia en salida, capaz de anunciar el Evangelio con palabras y obras, desde el testimonio creíble de comunidades fraternas y corresponsables. La sinodalidad auténtica desemboca en una misión más encarnada, más cercana y más misericordiosa.
En síntesis, un Pentecostés sinodal significa dejarnos renovar por el Espíritu para ser una Iglesia que camina unida, escucha con atención, discierne en comunión y sale con audacia. Es aceptar que el Espíritu sigue hablando hoy y que solo desde la docilidad a su acción la Iglesia puede responder con fidelidad a los desafíos de nuestro tiempo.
Delegación Diocesana para el Apostolado de los Laicos
Hablar de Pentecostés es evocar, al mismo tiempo, el origen y el futuro de la Iglesia. Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado, sino una realidad siempre actual: el Espíritu Santo que irrumpe, renueva, sorprende y pone en camino al pueblo de Dios. El mismo Espíritu que hoy se manifiesta especialmente en la experiencia de caminar juntos, de escuchar y discernir comunitariamente la voluntad de Dios.
Estamos en un momento clave de la Iglesia, inmersos en el proceso que nos invita a hacer realidad lo discernido juntos. Este camino nos impulsa a vivir una Iglesia más participativa, corresponsable y cercana, donde todos —laicos, pastores y consagrados— caminamos unidos. En sintonía con el lema del Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, “Pueblo de Dios que sale al encuentro”, se nos llama a no quedarnos encerrados, sino a salir con actitud misionera al encuentro de las personas, de sus realidades y necesidades, llevando el Evangelio con gestos concretos de escucha, servicio y compromiso en medio del mundo.
En el primer Pentecostés, el Espíritu rompe el miedo, abre puertas cerradas y convierte a un grupo disperso en una comunidad misionera. En el Pentecostés de hoy sucede algo semejante: el Espíritu nos saca de la autorreferencialidad y nos impulsa a reconocernos como Iglesia-pueblo, donde todos —obispos, presbíteros, consagrados y laicos— tienen voz, dignidad y responsabilidad. La comunión eclesial es la forma de ser Iglesia animada por el Espíritu que se fundamenta en la comunión, la participación y la misión.
Un Pentecostés vivido en comunión implica, ante todo, una escucha profunda. El Espíritu habla en la Palabra de Dios, pero también en el clamor de los pobres, en las preguntas de los jóvenes, en las heridas de quienes se sienten excluidos, y en la fe sencilla del pueblo. Esta escucha requiere conversión interior: aprender a callar para que el otro exista, dejar de imponer respuestas y abrirnos a discernir juntos.
Un Pentecostés vivido como participación es experiencia de una diversidad reconciliada. En Pentecostés, cada uno oye el mensaje “en su propia lengua” sin que se pierda la unidad. Así también, la Iglesia sinodal no busca uniformar, sino acoger carismas, culturas y sensibilidades diversas, confiando en que el Espíritu es quien armoniza. Esto exige paciencia, humildad y valentía para afrontar tensiones sin romper la comunión.
Finalmente, Pentecostés conduce necesariamente a la misión. El Espíritu no es dado para encerrarnos en debates internos, sino para enviarnos al mundo. Una Iglesia sinodal es una Iglesia en salida, capaz de anunciar el Evangelio con palabras y obras, desde el testimonio creíble de comunidades fraternas y corresponsables. La sinodalidad auténtica desemboca en una misión más encarnada, más cercana y más misericordiosa.
En síntesis, un Pentecostés sinodal significa dejarnos renovar por el Espíritu para ser una Iglesia que camina unida, escucha con atención, discierne en comunión y sale con audacia. Es aceptar que el Espíritu sigue hablando hoy y que solo desde la docilidad a su acción la Iglesia puede responder con fidelidad a los desafíos de nuestro tiempo.
Delegación Diocesana para el Apostolado de los Laicos
El 22 de mayo de 2026 celebramos el Día Internacional de la Diversidad Biológica bajo un lema tan sencillo como exigente: “Actuar localmente para lograr un impacto global”. No es una consigna más. Es una llamada a reconocer que el futuro de la vida sobre la Tierra se decide también en lo pequeño: en una semilla conservada por una comunidad campesina, en una selva protegida por un pueblo indígena, en una dieta que respeta las estaciones, en una política pública que defiende la salubridad del agua, la fertilidad del suelo y la dignidad de quienes producen nuestros alimentos. El Convenio sobre la Diversidad Biológica ha confirmado este lema para 2026, subrayando precisamente esa conexión entre la acción cercana y la responsabilidad planetaria.
La biodiversidad no es un lujo ornamental de la creación. Es la trama misma de la vida. Es reflejo de la riqueza del Creador y, por tanto, merece un respeto sagrado. Cuando desaparecen especies, variedades agrícolas, polinizadores, bosques, terrenos feraces o ecosistemas acuáticos, no perdemos solo belleza: perdemos alimento, salud, cultura, resiliencia y futuro. Por eso el Papa Francisco advirtió en Laudato si’ que no basta considerar las especies como simples “recursos” disponibles para nuestro provecho, olvidando que poseen un valor en sí mismas; y recordó que muchas desaparecen para siempre por causas vinculadas a la acción humana (cfr. nn. 32-33).
La Doctrina Social de la Iglesia nos anima a mirar la depauperación de la biodiversidad no solo como un percance técnico, sino como una cuestión moral. El deterioro ambiental es a menudo consecuencia de la falta de benéficos proyectos políticos, pero, sobre todo, tiene su hontanar en la ausencia de Dios y en la debilidad ética. Cuando flaquea la fe en Dios, las almas pierden la rectitud y el egoísmo triunfa sobre el esfuerzo por el bien común. Llevaba razón Su Santidad Benedicto XVI al afirmar: “Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción” (Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino, 24 de abril de 2005). Por consiguiente, la pérdida de biodiversidad está unida al cambio climático, a la pobreza, a los conflictos, a la inequidad, a la concentración de poder, a la exclusión de los pueblos indígenas y a la fragilidad de tantos sistemas alimentarios, pero especialmente al vacío interior, a la carencia de una auténtica espiritualidad y a la omisión de la solidaridad. Nos percatamos entonces de que allí donde se menoscaba y daña la naturaleza, los primeros que suelen sufrir son los indigentes. Cuando se destruyen los suelos, se contamina el agua o desaparece alguna variedad de semillas se hiere también el derecho de las personas y los pueblos a alimentarse con dignidad.
La FAO lo expresa con claridad: la biodiversidad es fundamento de los sistemas agroalimentarios, de la producción sostenible, de la seguridad alimentaria y de la nutrición para todos. El trabajo de esta Organización internacional ayuda a los países a usar, no lesionar y restaurar la biodiversidad en los sistemas agroalimentarios, como parte esencial de una visión de un mundo sostenible y libre del hambre.
Esta afirmación tiene consecuencias concretas. No habrá derecho a la alimentación sana sin biodiversidad. Una alimentación verdaderamente adecuada no se reduce a calorías. Requiere diversificación alimenticia, calidad nutricional, viandas culturalmente apropiadas, sostenibles y accesibles. La uniformidad de los cultivos y de las dietas empobrece no solo los campos, sino también los cuerpos y las culturas. En cambio, salvaguardar la agrobiodiversidad conlleva proteger cereales tradicionales, legumbres, frutas, hortalizas, peces, razas locales, conocimientos campesinos, sistemas pastoriles, bosques alimentarios y formas de vida que han sostenido durante siglos a comunidades enteras.
También por eso debemos escuchar con humildad a las comunidades originarias. No son reliquias del pasado, sino acervos de saberes indispensables para el porvenir. La FAO ha reconocido su papel en la regeneración de ecosistemas degradados y en la tutela de la diversidad biológica, apoyando procesos liderados por ellas mismas y arraigados en sus sistemas alimentarios, espirituales y de conocimiento.
Actuar localmente significa, entonces, mucho más que realizar gestos aislados. Implica fortalecer comunidades rurales, respaldar a los pequeños productores, preservar semillas nativas, defender los derechos sobre la tierra y el agua, reducir el desperdicio alimentario, promover dietas saludables y sostenibles, educar en el cuidado de la creación y asegurar que las políticas agrícolas, pesqueras, forestales y comerciales no sacrifiquen la vida en nombre de beneficios inmediatos.
La crisis climática añade urgencia. Sequías, inundaciones, olas de calor, maremotos, desertificación, tifones, huracanes, tornados e incendios forestales golpean con especial dureza a quienes menos han contribuido al problema. Los conflictos armados agravan esta realidad: impiden siembras, destruyen cosechas, erosionan las tierras, desplazan comunidades, cierran mercados y debilitan los vínculos entre las personas y sus territorios. Cuando la guerra devasta la naturaleza, también roba el pan de los menesterosos.
La tradición cristiana nos recuerda que la creación no nos pertenece como una posesión absoluta. Nos ha sido confiada. Somos administradores, no dueños despóticos; cuidadores, no depredadores voraces. Laudato si’ y Laudate Deum insisten en esta conversión ecológica que une justicia social, paz, sobriedad y responsabilidad intergeneracional. No se trata de nostalgia rural ni de romanticismo ambiental. Se trata de justicia. Se trata de reconocer que el clamor de la tierra y el clamor de los pobres caminan de la mano.
Por eso, en este Día Internacional de la Diversidad Biológica la invitación es clara: actuar localmente, sí, pero con conciencia universal. Cada comunidad puede convertirse en un laboratorio de esperanza. Cada municipio, escuela, parroquia, cooperativa, universidad, mercado y familia puede ser parte de una respuesta global. Las grandes transformaciones no nacen solo en los foros internacionales; germinan también en los surcos, en la gestión responsable del agua, en las cocinas, en las decisiones de consumo, en la transmisión de un saber ancestral.
Cuidar la biodiversidad es cuidar la mesa común de la humanidad. Es velar por el derecho de cada persona a una alimentación adecuada. Es honrar a quienes cultivan la tierra con esmero. Es escuchar a los pueblos que han sabido vivir en reciprocidad con la naturaleza. Es rechazar una economía que descarta vidas, culturas y ecosistemas. Es, en definitiva, reconocer que todo está conectado y que ninguna criatura es indiferente a los ojos de Dios.
El lema de 2026 de esta jornada internacional nos coloca ante una encomiable tarea: empezar cerca para llegar lejos. Actuar donde estamos, con lo que tenemos, junto a quienes comparten nuestra casa común. Porque cuando una comunidad protege su biodiversidad, no defiende solo su paisaje: custodia una porción del futuro del mundo.
Mons. Fernando Chica Arellano Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA
La Hermandad pondrá bajo el manto de la Virgen a todos aquellos alumnos que hacen en junio las pruebas de acceso a la Universidad
La Hermandad de los Dolores de Córdoba ha puesto en marcha este año otra vez su iniciativa “Guárdalos bajo tu manto” destinada a aquellos estudiantes que en las próximas semanas tienen que hacer los exámenes de acceso a la universidad. Una manera simbólica de contar con la protección de la Virgen de los Dolores en estos días de nervios e incertidumbre.
Ya está disponible el formulario que tienen que rellenar, antes del 30 de mayo, para formar parte de ese listado que se colocará bajo el manto de la Señora de Córdoba. Desde 2021 cientos de alumnos de Córdoba y provincia se han inscrito para contar con la protección de la Virgen de los Dolores durante los exámenes.