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Cofradía y Hermandad de Tambores Enlutados del Santísimo Cristo de la Salud y Misericordia. Lucena

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La presencia en Lucena durante los años 1969 y 1970 de una cofradía de tambores de Baena acompañando el paso procesional del Santísimo Cristo del Silencio, impactó profundamente tanto en el seno de la propia Cofradía como en el pueblo

La Cofradía del Santísimo Cristo de la Salud y Misericordia fue fundada el 8 de marzo de 1955 en el instituto “Marqués de Comares” de Lucena, por iniciativa de su director D. José Garzón Durán. Su carácter estudiantil y su primera procesión, en la madrugada del Jueves Santo de ese año, marcaron su identidad. Inicialmente se intentó usar un Cristo del convento de las RR.MM Clarisas, pero ante su negativa, se recurrió al Cristo de los Desamparados, talla anónima encargada por la congregación de la Escuela de Cristo en la última década del siglo XVI y que por aquel entonces estaba expuesto al culto en la parroquia de San Mateo Apóstol.

El director del instituto, natural de Salamanca, influyó en el estilo sobrio de la procesión: silencio absoluto, calles oscuras y recogimiento, lo que llevó a que el pueblo la conociera como la del “Silencio”, aunque oficialmente se denominaba “de los Estudiantes”. Desde su primera salida procesional, la Cofradía realizó su estación de penitencia durante los siguientes años casi de manera ininterrumpida.

La presencia en Lucena durante los años 1969 y 1970 de una cofradía de tambores de Baena acompañando el paso procesional del Santísimo Cristo del Silencio, impactó profundamente tanto en el seno de la propia Cofradía como en el pueblo de Lucena. Su ausencia posterior llevó a la creación, el 21 de marzo de 1971, de la Hermandad de Tambores Enlutados del Cristo del Silencio. Ambas instituciones coexistieron hasta su fusión en 1980, dado lugar a la actual Cofradía y Hermandad de Tambores Enlutados del Santísimo Cristo de la Salud y Misericordia “Cristo del Silencio y de los Estudiantes”.

En 1973 se instauró una segunda salida procesional el Viernes de Dolores para celebrar el Vía Crucis. El ejercicio de esta Estación de Penitencia, de gran severidad, y con  diferentes itinerarios en cada ocasión, es abierto por los tambores enlutados con su clásico y solemne toque. Les sigue la cruz de guía precediendo a los hermanos de vela. A continuación, la imagen del Cristo en la cruz, llevado a hombros por cuatro hermanos, iluminado por la luz de cuatro antorchas. Para el rezo de cada estación del Vía Crucis, el crucificado se coloca verticalmente.

A pesar de las lógicas dificultades iniciales, cabe destacar que el paso del tiempo junto con la gran devoción que el Cristo del Silencio tiene en el pueblo de Lucena -en general- y entre sus hermanos y devotos -en particular-, ha permitido que la Cofradía y Hermandad haya crecido de una manera importante desde sus inicios hasta el día hoy. Actualmente, la Cofradía está formada por un total de 925 hermanos de los que aproximadamente 300 de ellos realizan las Estaciones de Penitencia de manera habitual.

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Martes, 7 de abril de 2026

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Dossier de prensa diario elaborado por la Delegación diocesana de Medios de Comunicación Social de la diócesis de Córdoba.

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Baza acoge este sábado el II Encuentro Diocesano de Catequistas

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Baza acoge este sábado el II Encuentro Diocesano de Catequistas

Será el sábado 11 de abril, en la Casa de la Iglesia de Baza y contará con la presencia del obispo

El secretariado de Catequesis invita a todos los sacerdotes y catequistas a participar en el Segundo Encuentro Diocesano, que se celebrará el próximo sábado, 11 de abril, en la Casa de la Iglesia de Baza.

Este evento marca un paso importante en el itinerario formativo de nuestra diócesis. Después de varios meses de trabajo y formación online, el objetivo de esta jornada presencial es discernir juntos los retos que plantea el Nuevo Directorio para la Catequesis (2020) y cómo aplicarlos en nuestra realidad local.

 

Una jornada de comunión y trabajo

El encuentro contará con la presencia y el saludo del obispo, D. Francisco Jesús Orozco, quien acompañará a los catequistas en una mañana dedicada a la reflexión y a la puesta en común. La agenda del día incluye:

  • 10:30 h: Acogida y oración inicial.
  • 11:20 h: Charla formativa sobre el Nuevo Directorio en la Diócesis de Guadix.
  • 12:20 h: Grupos de trabajo para analizar los retos actuales de la catequesis.
  • 13:15 h: Puesta en común de las conclusiones.

 

Comida compartida

Para cerrar la jornada en un ambiente de fraternidad, a las 14:00 h disfrutaremos de una comida compartida con los alimentos que cada asistente aporte, reforzando así los lazos de comunidad entre las distintas parroquias.

¡Te esperamos en Baza para seguir creciendo juntos en nuestra misión de anunciar el Evangelio!

José Antonio Robles

Delegado diocesano de Catequesis

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Ver Iglesia 26 reúne la actividad diocesana y los VIII Premios ‘Entidades con Corazón’ de Cáritas

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El 15 de abril, a las 20:30 horas, en el Obispado de Córdoba, tendrá lugar esta expresión de trasparencia de la Iglesia de Córdoba en la que se darán a conocer los datos económicos de la Diócesis y Cáritas Diocesana de Córdoba reconocerá  a las empresas colaboradoras por el apoyo a sus proyectos sociales

El Obispado de Córdoba presenta la edición de Ver Iglesia 2026 con la presentación de la actividad diocesana y la dimensión social, cultural y celebrativa de la iglesia de Córdoba. Este acto está concebido como un ejercicio de sensibilización hacia los agentes económicos y sociales de nuestro entorno, una apuesta por la trasparencia de la Iglesia y una llamada al compromiso que garantice su sostenimiento, gracias a la responsabilidad social corporativa de las empresas.

En este contexto, la Iglesia, a través de Cáritas Diocesana, acoge la VIII edición de los premios “Entidades con Corazón” que cada año reconoce a los empresarios colaboradores, un galardón de valor social y humano para el fortalecimiento de la acción caritativa y social ejercida por Cáritas y nexo de unión respecto al fin de la corresponsabilidad.

Ver Iglesia se ha celebrado en tres ediciones anteriores y tiene vocación de continuidad, con el objetivo de mostrar la actividad diocesana de cada año, a través de vídeos y recursos escénicos, que revelan la presencia social de la Iglesia y los cristianos cordobeses y su capacidad transformadora hoy en la sociedad. Una presentación que atrae naturalmente a la VIII Edición de los Premios Entidades con Corazón, celebrado en años anteriores con el objetivo de reconocer la labor de empresas colaboradoras. En próximas fechas Cáritas Diocesana de Córdoba dará a conocer el nombre de las empresas premiadas este año.

Entre los objetivos que se ha marcado la Diócesis para la celebración de este evento conjunto, destaca mostrar la misión y el impacto social de la Iglesia en Córdoba, fomentar la acción caritativa y social de la Iglesia a través de Cáritas y promover la corresponsabilidad para paliar las situaciones de pobreza y exclusión social que existe en nuestra Diócesis.

Asimismo, este encuentro se presenta como una excelente oportunidad para que las empresas y agentes sociales convocados conecten con la comunidad y puedan mostrar su compromiso con la sociedad de la que forman parte a través de los valores del Evangelio.

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12 ABRIL: La Virgen del Mar celebra el LXXV aniversario de su Coronación Canónica en Almería

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Almería conmemorará el LXXV aniversario de la Coronación Canónica de la Santísima Virgen del Mar, Patrona de la ciudad, con un programa de actos litúrgicos y celebrativos que se desarrollarán del 8 al 12 de abril en el Santuario Diocesano de Nuestra Señora del Mar y en distintos espacios del centro de la capital.

La efeméride recuerda un acontecimiento histórico para la ciudad, celebrado en 1951, que selló la profunda vinculación entre Almería y su Patrona. Setenta y cinco años después, la diócesis y la Hermandad de la Virgen del Mar convocan a fieles y devotos a participar en estos cultos extraordinarios.

Programa de actos

Los actos comenzarán el miércoles 8 de abril con una jornada de veneración a la sagrada imagen en el Santuario. A lo largo del día se celebrarán distintas eucaristías, el rezo del Ángelus y un acto de ofrecimiento y bendición del nuevo rostrillo de la Virgen.

Del 9 al 11 de abril tendrá lugar un solemne triduo, con rezo del santo rosario y celebración de la Santa Misa cada tarde. En estas jornadas participarán parroquias, hermandades, cofradías, así como representantes de las Fuerzas Armadas y cuerpos de seguridad.

Actos centrales

El domingo 12 de abril se celebrarán los actos principales del aniversario. A las 8:00 horas tendrá lugar el traslado devoto de la imagen de la Virgen del Mar desde su santuario hasta la Plaza de la Constitución.

Posteriormente, a las 10:00 horas, se celebrará la Santa Misa estacional, presidida por el obispo de Almería, D. Antonio Gómez Cantero, en la misma plaza. La celebración contará con acompañamiento musical y reunirá a autoridades, fieles y representantes de distintos ámbitos de la sociedad almeriense.

A las 11:45 horas dará comienzo la solemne procesión de la Virgen del Mar por las calles del centro de la ciudad, recorriendo un itinerario tradicional que concluirá con el regreso al santuario.

Una celebración abierta a toda la ciudad

Desde la organización se invita a todos los almerienses a participar en estos actos conmemorativos, que buscan no solo recordar un acontecimiento histórico, sino también renovar la devoción a la Patrona.

La retransmisión de los actos centrales a través de Canal Sur permitirá, además, que esta celebración llegue a toda Andalucía, facilitando su seguimiento a quienes no puedan asistir presencialmente.

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Judíos y cristianos de Almería, unidos por la Pascua y sus símbolos

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La coincidencia en el calendario de la Pascua judía y la cristiana vuelve a propiciar en Almería un gesto de cercanía y fraternidad. Desde el Secretariado de Diálogo Interreligioso de la diócesis destacan que se trata de “una oportunidad para reconocer lo que nos une y fortalecer el respeto mutuo entre creyentes”.

La Pascua es, para judíos y cristianos, una de las celebraciones más significativas de sus respectivas tradiciones. Aunque cada comunidad la vive de manera distinta, ambas comparten un lenguaje simbólico común, especialmente en torno al pan y al vino, “signos que hablan de libertad, alianza, vida y esperanza”.

Este año, además, ambas celebraciones tienen lugar en la misma semana, lo que ha favorecido el intercambio de felicitaciones entre la Comunidad judía de Almería y la Delegación diocesana para el diálogo interreligioso. Un gesto que, como subrayan desde el Secretariado, “no es solo una muestra de cortesía, sino un verdadero reconocimiento de las raíces compartidas y del valor de la convivencia”.

Dos Pascuas que dialogan

“El pan y el vino, tan presentes en ambas tradiciones, nos recuerdan que existen vínculos profundos que atraviesan la historia”, señalan fuentes diocesanas. A través de estos símbolos, judíos y cristianos expresan elementos esenciales de su fe, como la memoria, la liberación, la comunidad y la fidelidad a Dios.

Cada año, cuando las fechas se aproximan, se renueva este intercambio de buenos deseos. “Deseamos una Pascua vivida con autenticidad, en paz y en fidelidad a cada tradición”, afirman.

Un mensaje para nuestro tiempo

En un contexto social marcado en ocasiones por la división, desde la diócesis se subraya el valor de estos gestos como signo de esperanza. “Mirar lo que nos une es siempre el primer paso para construir una sociedad más fraterna”, indican.

Así, la cercanía entre Pésaj y la Pascua cristiana se convierte en una invitación a tender puentes, a celebrar la vida y a compartir un mismo deseo: “que esta Pascua sea tiempo de renovación, de libertad y de paz para todos”.

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Homilía en el Domingo de Pascua de Resurrección (2026)

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 Catedral de Sevilla. Domingo de Pascua de Resurrección. 5 de abril de 2026

“Este es el día en que actuó el Señor”. Hoy proclamamos con toda la fuerza de la fe de la Iglesia, que Jesucristo ha resucitado verdaderamente. Cristo vive, ha vencido al pecado y a la muerte, ha abierto para siempre las puertas de la vida eterna. Por eso la liturgia de este día tiene un tono gozoso, desbordante. Todo en ella canta victoria, luz, vida nueva, esperanza cierta. La Iglesia no habla hoy con voz apagada ni con acentos dubitativos. La Iglesia canta. La Iglesia anuncia. La Iglesia exulta. La Iglesia proclama: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117,24).

Un saludo cordial al Sr. Deán y al Cabildo catedral, a los presbíteros y diáconos, a los miembros de la vida consagrada y del laicado; a las distinguidas autoridades presentes; queridos todos en el Señor. No hay acontecimiento más grande en la historia del mundo que la Resurrección del Señor. San Pablo lo afirma con claridad rotunda: “Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido” (1Cor 15,17). Pero Cristo ha resucitado. Y porque ha resucitado, nuestra fe no es una ideología, ni una tradición cultural, ni un sentimiento religioso entre otros. Nuestra fe es encuentro con una Persona viva, con Jesucristo resucitado, Señor de la historia y Salvador del mundo.

El Evangelio de este domingo nos conduce al sepulcro vacío. María Magdalena va de madrugada, cuando aún está oscuro. Es un dato significativo. Muchas veces también nosotros caminamos entre penumbras, con preguntas, con lágrimas, con incertidumbres, con el corazón herido. Y, sin embargo, precisamente allí comienza a abrirse paso la luz de Pascua. María Magdalena ve la losa quitada del sepulcro. Pedro y el otro discípulo corren. En aquel correr hay inquietud, amor, búsqueda, deseo de comprender. Y el evangelista nos dice del discípulo amado: “vio y creyó” (Jn 20,8). Antes de comprenderlo todo, cree. Antes de tener todas las respuestas, se abre al misterio. Antes de ver al Resucitado, se deja alcanzar por los signos de Dios.

También a nosotros nos sucede algo parecido. La Pascua no se acoge sólo con la lógica humana, sino con un corazón purificado, humilde, disponible a la acción de Dios. El Señor resucitado no se impone con estrépito. Se manifiesta a quien ama, a quien espera, a quien persevera, a quien se deja conducir por la Palabra. Por eso esta solemnidad nos pide una fe viva. No una fe cansada. No una fe rutinaria. No una fe reducida a formas externas. La Pascua nos llama a reavivar la certeza de que Cristo está vivo y actúa en su Iglesia, en los sacramentos, en su Palabra, en la caridad de los santos, en el testimonio humilde de tantos fieles, en medio del mundo.

No podemos separar el Domingo de Pascua del camino que lo precede. La Resurrección sólo se entiende plenamente desde el Triduo Pascual. El Jueves Santo nos mostró el amor llevado hasta el extremo en la Eucaristía, en el sacerdocio y en el mandamiento nuevo de la caridad. El Viernes Santo nos puso ante la Cruz del Redentor, donde el amor de Dios se manifestó en toda su radicalidad. El Sábado Santo nos hizo guardar silencio junto al sepulcro, esperando contra toda esperanza. Y hoy, al tercer día, contemplamos la gloria del Crucificado. La Pascua, por tanto, no suprime la Cruz, sino que la ilumina. No elimina el sufrimiento, sino que lo transfigura. La Pascua proclama que el mal, el pecado, la injusticia, la muerte, no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Dios, y esa palabra es vida.

Hoy la Iglesia está alegre, pero no de una alegría superficial, ruidosa o vacía. No es la alegría fácil de quien se evade de la realidad. La alegría cristiana nace de una certeza mucho más profunda: Cristo ha vencido, Cristo está vivo, Cristo nos ama, Cristo camina con nosotros, Cristo nos precede en Galilea, Cristo nos espera en cada Eucaristía, Cristo volverá glorioso. Por eso la alegría pascual puede convivir incluso con las lágrimas, con las pruebas, con la enfermedad, con la pobreza, con las noches del alma. Porque no depende sólo de las circunstancias externas. Brota de una presencia: la presencia del Señor resucitado. La Pascua no nos saca de la historia, pero sí nos da una luz nueva para atravesarla. La tristeza, la desesperanza, el desaliento, el pesimismo, la resignación, no pueden ser las notas dominantes del corazón cristiano. El Resucitado no quiere discípulos apagados, encerrados, derrotados interiormente. Quiere testigos alegres, serenos, humildes, firmes en la fe y generosos en la caridad.

Este es un punto fundamental en este Domingo de Pascua: la alegría que celebramos en la liturgia ha de convertirse en una alegría irradiada, comunicada, testimoniada. Un cristiano pascual no puede vivir permanentemente instalado en la queja, la amargura o la desesperanza. Sería una contradicción. La liturgia de hoy no termina en el templo. Sale con nosotros a la calle, a la familia, al trabajo, a la parroquia, a las hermandades, a la vida ordinaria. El mundo necesita ver cristianos que, sin ingenuidad, sin frivolidad y sin perder el sentido de la cruz, viven sostenidos por una esperanza invencible.

¿Cómo irradiamos la alegría de la Pascua? Cuando perdonamos de verdad, cuando servimos sin buscar reconocimiento, cuando perseveramos en la oración, cuando acompañamos al que sufre, cuando defendemos la verdad sin agresividad, cuando amamos a la Iglesia, cuando participamos con fidelidad en la Eucaristía dominical, cuando no nos avergonzamos de nuestra fe, cuando damos razón de nuestra esperanza. En una sociedad con frecuencia cansada, herida y triste, la alegría cristiana se convierte en una verdadera forma de evangelización. El Santo Padre León XIV ha enseñado que la tristeza es una de las enfermedades de nuestro tiempo, y que la resurrección de Cristo puede curarla (cf. LEÓN XIV, Audiencia general, 22 de octubre de 2025). No se trata de repetir eslóganes piadosos, sino de vivir de tal modo unidos al Resucitado que nuestra misma vida sea un anuncio.

En esta santa Iglesia Catedral, madre y cabeza de la Archidiócesis, pedimos hoy al Señor que conceda a Sevilla una Pascua verdadera. No sólo una Pascua celebrada externamente, sino una Pascua vivida interiormente. Pascua en las familias, en las parroquias, en la vida consagrada, en los seminarios, en los jóvenes, en los enfermos, en quienes están cansados o alejados. Pascua también en nuestras hermandades y cofradías, llamadas a ser, con renovada autenticidad, escuelas de fe, de oración, de caridad y de vida cristiana. Necesitamos volver a lo esencial, dejarnos encontrar por Cristo vivo, que nuestra condición de bautizados resplandezca de nuevo con fuerza. Cristo ha resucitado y su Resurrección da respuesta a las crisis y necesidades personales y comunitarias. Esa convicción debe sostener también hoy nuestro camino diocesano.

Queridos hermanos, no tengamos miedo a la alegría, no tengamos miedo a creer de verdad en la Resurrección, no tengamos miedo a vivir como hombres y mujeres nuevos. Hoy la Iglesia nos invita a dejar atrás el sepulcro de la incredulidad, de la tibieza, del pecado consentido, de la mediocridad espiritual. Hoy Cristo nos llama a caminar en una vida nueva. Que María Santísima, la Virgen fiel, que permaneció firme en la noche de la Cruz y acogió con fe perfecta la victoria de su Hijo, nos enseñe a vivir una Pascua plena. Que ella nos alcance la gracia de ser discípulos alegres, firmes en la esperanza, fieles en la caridad y valientes en el testimonio. Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Y ésta, hermanos, es la fuente de nuestra alegría. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

Homilía en la Vigilia Pascual de 2026

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Homilía de Monseñor José Ángel Saiz Meneses en la Vigilia Pascual. Catedral de Sevilla. Sábado Santo, 4 de abril de 2026

  1. Queridos hermanos y hermanas: ¡Santa y feliz Pascua de resurrección! Esta es la noche santa, la noche en que todo adquiere una luz nueva porque Cristo, el Crucificado, ha resucitado. Cristo ha resucitado, y por eso esta noche la Iglesia entera se llena de gozo, de alabanza y esperanza. Saludo con afecto a todos los hermanos y hermanas que participáis en esta celebración: Sr. Deán y Cabildo Catedral, presbíteros y diáconos, miembros de la vida consagrada y del laicado. Saludo también a cuantos participáis desde vuestros hogares a través de TRECE TV. A todos deseo hacer llegar en esta noche santísima, el anuncio central de nuestra fe: Cristo ha resucitado.
  2. La liturgia de esta Vigilia lo proclama con una fuerza incomparable. Hemos comenzado fuera, en la oscuridad, junto al fuego nuevo. La noche representa las tinieblas, el sufrimiento, la muerte, la confusión del mundo y también nuestras propias heridas. En medio de esa oscuridad brilla el Cirio Pascual, signo de Cristo resucitado, luz del mundo. La Iglesia avanza tras esa luz. No caminamos detrás de una idea, ni de una moral, ni de un proyecto meramente humano. Caminamos detrás de Jesucristo vivo. Y al entrar en la Catedral con el cirio encendido, comprendemos que la Pascua no consiste sólo en afirmar que Cristo vive, sino en dejar que su luz penetre en nuestra vida, en nuestra casa, en nuestra diócesis, en nuestra ciudad. El Pregón Pascual canta con razón la gloria de esta noche verdaderamente dichosa.
  3. Esta celebración está unida íntimamente al Triduo Pascual. En la tarde del Jueves Santo contemplábamos a Cristo que ama hasta el extremo, que se ciñe la toalla del siervo, que instituye la Eucaristía y el sacerdocio, que nos deja el mandamiento nuevo del amor. Ayer, Viernes Santo, adorábamos la cruz y nos postrábamos en silencio ante el Cordero inmolado por nuestra salvación. Y esta noche, finalmente, la Iglesia canta la victoria del mismo Cristo que se entregó en la Cena y se ofreció en la Cruz. La Pascua no borra la Cruz, la transfigura. La Resurrección manifiesta que el amor de Cristo es más fuerte que el pecado y que la muerte.
  4. Hemos contemplado a través de las lecturas los momentos esenciales de la historia de la salvación: la creación, la fe de Abrahán, el paso del mar Rojo, las promesas de los profetas. Esta serie de textos nos enseña que la Resurrección de Cristo es la clave de toda la historia. Todo se orienta hacia esta noche. La primera creación apuntaba a la nueva creación; la liberación de Egipto prefiguraba la verdadera liberación del pecado y de la muerte; las profecías anunciaban que Dios no abandona a su pueblo. Todo converge en Cristo muerto y resucitado. La Vigilia Pascual, por tanto, no es sólo la celebración más solemne: es la síntesis de toda la economía de la salvación.
  5. Después de escuchar la Palabra de Dios, la Iglesia canta el Gloria con una alegría incontenible. Es la alegría profunda del que sabe que el mal no tiene la última palabra, que la muerte no es el final, que el pecado puede ser perdonado, que la gracia es más poderosa que nuestra miseria y pecado. Por eso el anuncio pascual es hoy tan necesario. Vivimos en un mundo herido por guerras, violencias, soledades, cansancios espirituales, pérdida del sentido de Dios y de la dignidad humana. También nosotros llevamos dentro muchas heridas. Pues bien, precisamente ahí resuena esta noche la noticia decisiva: Cristo ha resucitado y nos ofrece una nueva vida.
  6. Esta nueva vida se expresa de modo particular en la liturgia bautismal. La Pascua está íntimamente unida al Bautismo. Morimos con Cristo para vivir con Él. Somos sumergidos en su muerte para resucitar con su Resurrección. Por eso la noche pascual es también la noche de nuestro renacimiento. Al bendecir el agua y renovar las promesas bautismales, la Iglesia nos llama a recordar quiénes somos: hijos de Dios, incorporados a Cristo, templos del Espíritu Santo. Esta noche hemos de renovar de verdad nuestra renuncia al pecado, a Satanás y a todas sus seducciones, y nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. No basta con asistir a la celebración de la Pascua, hay que vivir pascualmente.
  7. Me dirijo con afecto a los miembros de las Comunidades Neocatecumenales aquí presentes. En esta noche santa renováis solemnemente, delante del pastor diocesano, las promesas bautismales como culminación de vuestro itinerario catecumenal. Es un momento de gran hondura espiritual y eclesial. Doy gracias a Dios por vuestra presencia, por vuestro camino de fe, por vuestro amor a la Iglesia y por vuestro deseo de vivir con radicalidad las exigencias del Evangelio. La renovación de las promesas bautismales no puede ser nunca un simple gesto exterior o emotivo; es una confesión pública de fe, una renuncia renovada al pecado, una adhesión más consciente a Jesucristo y una disponibilidad más plena para la misión. Permaneced siempre en comunión con la Iglesia diocesana, con vuestras parroquias y con sus pastores. Y vivid con humildad, con fidelidad y con verdadero ardor apostólico la gracia que esta noche el Señor vuelve a derramar sobre vosotros.
  8. Queridos hermanos: Sevilla, España, el mundo entero, necesitan testigos de la Resurrección. La Catedral de Sevilla, en esta noche santa, no es sólo un lugar de celebración, es un signo visible de la Iglesia que vela y espera, que cree y canta, que recibe la luz y la transmite. De aquí hemos de salir con alma pascual. En nuestras parroquias, comunidades, hermandades, familias y ambientes de trabajo, hemos de llevar la certeza de que Cristo vive. No podemos seguir viviendo como si el sepulcro estuviera cerrado. El sepulcro está vacío. Cristo vive. Y cuando Cristo vive, renace la esperanza, se fortalece la caridad, se purifica la fe y se aviva la misión. Cristo resucitado es la respuesta a los grandes interrogantes del corazón humano y la fuente de la esperanza cristiana.
  9. No olvidemos tampoco que la alegría pascual tiene siempre una consecuencia moral y espiritual. El Resucitado no nos autoriza a instalarnos cómodamente, sino que nos envía. Quien ha encontrado al Señor vivo no puede encerrarse en sí mismo. La Pascua nos pone en camino, nos hace más fieles a la oración, más generosos en la caridad, más firmes en la verdad, más valientes en el testimonio cristiano. La Resurrección es el centro vivo desde el que se renueva toda la existencia cristiana. En esta noche santa pidamos al Señor que nos conceda una verdadera conversión pascual. Que la Resurrección del Señor sea para nosotros principio de vida nueva. Que quienes lloran encuentren consuelo; quienes dudan, reciban la luz; quienes están heridos, hallen esperanza; quienes han caído, encuentren misericordia; quienes se han alejado, descubran el camino de retorno. La Pascua de Cristo es para todos; nadie queda excluido de la llamada del Resucitado.
  10. Contemplemos también a María Santísima. La Madre del Señor permaneció firme en la noche de la pasión y esperó contra toda esperanza. Ella, la Virgen fiel, acompaña también el gozo de la Iglesia pascual. A Ella le pedimos que nos enseñe a vivir con fe el paso de la cruz a la gloria, del dolor a la esperanza, de la noche a la luz. Queridos hermanos: ésta es la noche de Cristo resucitado, ésta es la noche de la Iglesia, ésta es nuestra noche. Alegrémonos de verdad. Que resuene con fuerza en esta Santa Iglesia Catedral y en todo el mundo el anuncio que no envejece y que sostiene la esperanza: Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado. ¡Aleluya! ¡Santa y feliz Pascua de resurrección!

Homilía para el Viernes Santo (2026)

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En el Oficio de Viernes Santo de la Pasión del Señor.

Catedral de Sevilla. 3 de abril de 2026

En la tarde del Viernes Santo la Iglesia se recoge en un silencio sobrecogedor. No celebramos hoy la santa Misa; el altar está desnudo; la liturgia comienza en silencio; el sacerdote se postra. Todo tiene una significación particular, todo nos habla, todo nos introduce en el misterio. Hoy la Iglesia no multiplica las palabras; hoy contempla, adora y se deja herir por el amor de Cristo crucificado. Queridos hermanos y hermanas presentes en esta celebración: Señores Arzobispos; Señor Deán y Cabildo catedral; presbíteros y diáconos; dignísimas autoridades; miembros de la vida consagrada y del laicado; queridos todos en el Señor.

El profeta Isaías nos ha presentado al Siervo doliente: “Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes; nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron” (Is 53,5). Estas palabras, que la Iglesia proclama cada Viernes Santo, nos colocan ante la verdad más profunda de este día: Cristo no padece por azar, ni simplemente por la crueldad de los hombres, ni solo como víctima de una injusticia histórica. Cristo se entrega por amor; carga con nuestros pecados; toma sobre sí el peso del mal del mundo para reconciliarnos con el Padre.

La pasión según san Juan nos lo ha mostrado con una majestad impresionante. San Juan no presenta a un Cristo aplastado por los acontecimientos, sino al Señor que se entrega libremente. En medio de la humillación, Él sigue siendo Rey. En medio del dolor, Él sigue siendo Señor. En medio de la noche, resplandece su gloria. En la cruz de Cristo se revela el amor de Dios llevado “hasta el extremo”; en el Crucificado se manifiesta de manera suprema la misericordia divina.

Este día santo no puede entenderse aisladamente. El Viernes Santo está unido profundamente al Jueves Santo y a la Vigilia Pascual. No son tres misterios separados, sino un único gran misterio: el Triduo Pascual de Cristo crucificado, sepultado y resucitado. Lo que ayer comenzó en la Cena del Señor encuentra hoy su dramático cumplimiento. En el Cenáculo, Jesús anticipó sacramentalmente lo que hoy realiza históricamente en la cruz. La Eucaristía y el Calvario son inseparables. El Cuerpo entregado y la Sangre derramada, ofrecidos sacramentalmente el Jueves Santo, son hoy ofrecidos de modo cruento en el sacrificio de la cruz. El drama que contemplamos no es un fracaso. Es la victoria del amor. La cruz no es el triunfo del odio, sino la derrota definitiva del pecado mediante la obediencia filial del Hijo. San Agustín contemplaba este misterio afirmando que el madero de la cruz fue como la cátedra desde la que Cristo enseñó al mundo el amor verdadero (Sermón 160,1). Desde la cruz, el Señor nos enseña a amar hasta el extremo, a perdonar, a obedecer, a fiarnos del Padre incluso en la noche.

La liturgia de hoy es sobria, pero profundamente expresiva. Lo es en su silencio inicial; lo es en la proclamación de la Pasión; lo es en la gran oración universal, en la que la Iglesia abraza al mundo entero; lo es en la adoración de la santa Cruz; lo es en la austeridad de la comunión con el Pan consagrado ayer. Todo conduce a la cruz. Todo nos sitúa frente a Cristo. Todo nos obliga a tomar postura. No se puede permanecer indiferente ante el Crucificado. No adoramos la madera como objeto; adoramos a Cristo, que en ella nos redimió. La cruz, instrumento de suplicio, se ha convertido en signo de salvación. He aquí la paradoja cristiana: donde el mundo ve derrota, la fe reconoce victoria; donde el mundo ve escándalo, la Iglesia descubre sabiduría; donde el mundo ve muerte, Dios hace brotar vida.

La oración universal de esta celebración reviste una importancia especial. La Iglesia, en esta tarde, intercede por todos: por la Iglesia, por el Papa, por los ministros y los fieles, por los catecúmenos, por la unidad de los cristianos, por el pueblo judío, por los que no creen en Cristo, por los que no creen en Dios, por los gobernantes, por los que sufren. Es una oración de inmensa amplitud católica. Ante la cruz de Cristo, nadie queda fuera del horizonte del amor de Dios. Nos unimos especialmente a la llamada del papa León XIV a la paz mundial, especialmente en Oriente Medio; nos unimos a su llamada a los gobernantes a deponer las armas, a dialogar, a contemplar a Jesús, Rey de la paz, a vivir la bienaventuranza de la paz, a ser constructores de reconciliación y de paz. Por otra parte, el Viernes Santo la Iglesia Universal está llamada a recordar y colaborar con los cristianos de Tierra Santa. Este día se realiza en todas las diócesis y parroquias del mundo la colecta pontificia a favor de los Lugares Santos. Seamos generosos.

Esta celebración está atravesada por la certeza de la Pascua. La Iglesia permanece hoy junto al sepulcro, pero sabe que ese sepulcro no tendrá la última palabra. La cruz está ya orientada a la resurrección. El que hoy muere es el mismo que resucitará glorioso. Por eso el Viernes Santo tiene un tono de dolor santo, de compunción creyente, de espera confiada. Como enseñó el Concilio Vaticano II, del costado abierto de Cristo nació el sacramento admirable de toda la Iglesia (Sacrosanctum Concilium, 5). De la muerte de Cristo brota la vida del mundo. Del costado traspasado nace la esperanza.

Queridos hermanos, en esta tarde santa contemplemos al Crucificado con fe, con amor y con agradecimiento. Acerquémonos a la cruz con humildad. Pongamos en las llagas del Señor nuestros pecados, nuestras heridas, nuestros sufrimientos, las penas de nuestras familias, las angustias de la Iglesia, los dolores del mundo, las guerras, las persecuciones, la soledad de tantos hombres y mujeres, el cansancio de los pobres, la incertidumbre de los jóvenes, la debilidad de los ancianos, el llanto de los enfermos. Todo puede ser llevado hoy a la cruz de Cristo. Pidamos al Señor la gracia de no acostumbrarnos nunca a la cruz. Pidamos que no convirtamos este día en una simple costumbre religiosa o en una emoción pasajera. Pidamos entrar de verdad en el misterio. Que el Jueves Santo nos haga comprender el amor eucarístico de Cristo; que el Viernes Santo nos haga adorar su sacrificio redentor; y que la noche santa de la Resurrección nos colme de la alegría de la victoria pascual.

La cruz forma parte de nuestra vida terrena, que Dios transformará por la pasión, muerte y resurrección de Cristo; y hemos de cargar nuestra cruz, la propia de cada uno de nosotros, sabiendo que los sufrimientos que lleva consigo reciben el sentido redentor que la cruz de Jesús proyecta sobre ellos. Que la Santísima Virgen María, la Madre dolorosa, que estuvo de pie junto a la cruz de su Hijo que nos ayude a llevar cada día nuestra cruz, para poder vivir el sentido redentor de nuestro dolor unido al dolor de Cristo crucificado por nosotros; que nos enseñe a permanecer, a creer, a esperar y a amar. Y que esta celebración santa nos adentre de tal modo en el misterio de la Pasión del Señor, que podamos llegar con alma purificada y corazón renovado a la luz gloriosa de la Pascua. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

Homilía para el Jueves Santo (2026)

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Jueves Santo. 2 de abril de 2026.

Catedral de Sevilla

Con la Santa Misa vespertina de la Cena del Señor entramos en el Triduo Pascual de su Pasión, Muerte y Resurrección, centro del año litúrgico y corazón de la vida de la Iglesia. Queridos hermanos y hermanas presentes en esta celebración: Señores Arzobispos; Sr. Deán y Cabildo catedral; dignísimas autoridades; presbíteros y diáconos, seminaristas, miembros de la vida consagrada y del laicado, queridos todos. Esta celebración nos introduce en lo más hondo del misterio cristiano, en la contemplación del misterio central de nuestra fe: Cristo muerto y resucitado por nuestra salvación.

En el Evangelio que acabamos de escuchar san Juan nos presenta un gesto muy elocuente de Jesús: se levanta de la mesa, se ciñe la toalla y se pone a lavar los pies de sus discípulos (cf. Jn 13,4-5). Es un gesto desconcertante. El Maestro se hace servidor, se abaja, se arrodilla ante hombres frágiles, torpes y pecadores. Lava los pies incluso a Judas, que ya está ultimando la traición. Cristo no ama porque los suyos sean dignos, ama porque Él es Amor. Aquí encontramos una lección decisiva para todos: para los pastores, para los consagrados,para las familias, para las parroquias, para las hermandades, para los responsables de la vida pública, para cada bautizado. En la Iglesia, la autoridad verdadera se entiende únicamente desde el servicio. El que quiera ser grande ha de hacerse pequeño. El que quiera seguir a Cristo no puede instalarse en la autosuficiencia, en la vanidad o en la dureza de corazón.

Pedro, al principio, no comprende. Le cuesta aceptar que el Señor se humille de esa manera. También a nosotros nos cuesta aceptar un Mesías que sirve y una lógica evangélica que contradice la ambición mundana. Pero Jesús es claro: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo” (Jn 13,8). Es decir, no basta admirar a Cristo, hay que dejarse purificar por Él; no basta emocionarse ante su ejemplo, hay que permitir que su gracia nos cambie por dentro. Y después añade: “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,15). El lavatorio de los pies no es un simple gesto emotivo, es un programa de vida. Significa vivir con disponibilidad, con humildad, con paciencia, con espíritu de entrega; significa saber inclinarse ante la necesidad del hermano, comprender que la santidad consiste en amar sirviendo.

Contemplamos hoy también la institución de la Eucaristía. San Pablo nos ha transmitido el relato más antiguo que se conserva: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía… Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre” (1 Co 11, 24-25). Estamos ante el don inmenso del Cuerpo y la Sangre del Señor. No se trata de un símbolo vacío ni de un mero recuerdo afectivo. La Iglesia cree, adora y confiesa que en la Eucaristía está real, verdadera y sustancialmente presente Jesucristo. Esta tarde contemplamos a Cristo que anticipa sacramentalmente el sacrificio de la Cruz. Lo que mañana sucederá de modo sangriento en el Calvario, hoy se nos da sacramentalmente en la Cena. La Eucaristía está inseparablemente unida a la Pasión. No hay Cena del Señor sin entrega de la Cruz, no hay comunión verdadera sin participación en el amor sacrificado de Cristo.

Por eso la Eucaristía es el tesoro más grande de la vida de Iglesia. Benedicto XVI enseñó que en ella “Jesús anticipa su muerte y resurrección, dándose a sí mismo en el pan y en el vino” (Sacramentum Caritatis, 10). Y el papa Francisco recordó que la Eucaristía “no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles” (Evangelii Gaudium, 47). Hermanos, cuidemos la Eucaristía, amemos la Santa Misa. Participemos en ella con fe, recogimiento y con pureza de corazón. Recuperemos el sentido de la adoración, visitemos al Señor en el sagrario, enseñemos a los niños y a los jóvenes que aquí está Cristo vivo. Nada hay más grande en la tierra que la Eucaristía; nada edifica tanto a la Iglesia, nada fortalece tanto la vida de fe y el apostolado.

Junto a la Eucaristía Jesús instituye el Orden Sacerdotal para garantizar la perpetuidad de la Eucaristía y la entrega de su amor hasta el extremo. Cuando dice a los Apóstoles: “Haced esto en memoria mía”, no les confía solamente una acción ritual, sino la participación sacramental en su misma misión. El Señor quiere que, hasta el final de los tiempos, haya en su Iglesia hombres configurados con Él para presidir la Eucaristía, anunciar la Palabra, perdonar los pecados y apacentar al pueblo santo de Dios. El sacerdocio ministerial nace, por tanto, del Corazón de Cristo en la noche de la Cena y queda inseparablemente unido a la Eucaristía y al servicio del Pueblo de Dios.

El último gran acento de esta celebración es la caridad fraterna. La Eucaristía no puede separarse del amor al prójimo. Lo que recibimos en el altar ha de traducirse en obras de misericordia, en perdón, en reconciliación, en servicio a los pobres, en atención a los enfermos, en cercanía a quienes sufren. San Pablo advierte severamente a los corintios sobre una celebración eucarística incoherente con la vida fraterna (cf. 1 Co 11, 20-29). No se puede participar en la mesa del Señor despreciando al hermano. No se puede adorar el Cuerpo de Cristo en el altar y desentenderse de él en el pobre. San Juan Crisóstomo lo expresó con contundencia: “¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies cuando lo veas desnudo” (Homiliae in Matthaeum, 50, 3).

La caridad no es un adorno del cristianisme, es su prueba. El Señor nos deja esta tarde el mandamiento nuevo: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado” (Jn 13, 34). No dice: amaos según vuestra medida o según vuestra conveniencia. Dice: como yo os he amado. Es decir, hasta el extremo, hasta el sacrificio, hasta el perdón, hasta la entrega total. En una sociedad marcada tantas veces por la indiferencia, la crispación, la dureza y el descarte, la Iglesia está llamada a ser casa y escuela de comunión. Nuestras parroquias, comunidades, hermandades y familias han de transparentar esta caridad de Cristo. Esta noche el Señor nos pregunta, sin rodeos, si nuestro amor es concreto, si nuestro servicio es real, si nuestra fe transforma la vida.

En esta Santa Iglesia Catedral, damos gracias por el don de la Eucaristía y pedimos al Señor que renueve en Sevilla el asombro ante este misterio. Que nunca nos acostumbremos, que nunca reduzcamos la liturgia a formalidad, que nunca perdamos el temblor santo ante el Sacramento del altar. Pidamos también por nuestros sacerdotes, llamados a celebrar estos santos misterios con fidelidad, piedad y entrega. Y pidamos al Señor vocaciones santas, numerosas y perseverantes. Donde se ama la Eucaristía, florece la vida de la Iglesia. Al finalizar la celebración acompañaremos al Santísimo Sacramento en la reserva solemne. Comenzará entonces un tiempo de adoración silenciosa, de vigilancia y de oración junto al Señor. No abandonemos a Cristo en esta noche. Velad y orad con Él, permaneced cerca del Corazón de Jesús, que comienza su agonía por amor a nosotros.

Queridos hermanos, en esta Misa de la Cena del Señor se nos entrega Cristo servidor, Cristo Eucaristía, Cristo caridad. Se nos invita a entrar en el Triduo Pascual con alma limpia, con fe viva y corazón agradecido. Dejémonos lavar por el Señor. Alimentémonos de su Cuerpo y de su Sangre. Amemos como Él nos ha amado. Que la Santísima Virgen María, Mujer eucarística, nos acompañe en estos días santos. Que ella nos enseñe a permanecer fieles junto a su Hijo, a adorarlo con amor y a servirlo en los hermanos. Al comenzar este Triduo Pascual digamos con verdad, con humildad y con gozo: Señor, queremos estar contigo, queremos aprender de ti, queremos vivir de tu Eucaristía y de tu caridad. Así sea.

Monseñor José Ángel Saiz Meneses

Arzobispo de Sevilla 

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