Hoy la Iglesia celebra el II Domingo del Tiempo Ordinario y la Jornada de la Infancia Misionera. Esta Jornada tiene un lema tan sencillo como exigente: “Tu vida, una misión”. No es un eslogan piadoso; es una verdad cristiana: por el Bautismo, cada uno de nosotros ha sido llamado por Dios, conocido por su nombre, enviado al mundo y hecho responsable del Evangelio. En la liturgia de este domingo, la Palabra de Dios nos sitúa ante la iniciativa amorosa del Señor. El profeta Isaías nos recuerda que Dios “nos ha llamado” y “nos envía” para ser luz, y el Evangelio nos presenta a Juan el Bautista señalando a Cristo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.
La misión comienza por el hecho de que Cristo está presente en medio de nosotros, y la Iglesia vive para señalarlo, como hizo el Bautista. Esto vale para todos, también para los niños. La Infancia Misionera nos lo recuerda cada año con una intuición preciosa: los niños no son solo destinatarios de la evangelización, son protagonistas. Los niños pueden rezar, compartir, ayudar, consolar, invitar, acompañar, y hacerlo con una espontaneidad que muchas veces a los adultos nos cuesta. Por eso el lema de este año está formulado en primera persona: tu vida. La vida concreta —tu familia, tu escuela, tu parroquia, tus amigos, tus límites y tus dones— es el lugar donde Dios te llama y te envía. Cada persona es portadora de una misión “única, personal e irrepetible”.
La Infancia Misionera nació con una convicción que nunca envejece: “Los niños ayudan a los niños, los niños rezan por los niños, los niños evangelizan a los niños”. Esta frase, recordada en los materiales de la Jornada, sigue siendo un programa pastoral de primer orden. Ayudan, en primer lugar, con la oración. La Iglesia siempre ha sabido que la oración abre caminos que nuestras fuerzas no alcanzan. Un niño que reza por otros niños —por los que no tienen escuela, por los que sufren guerra, por los que viven sin hogar, por los que pasan hambre, por los que no conocen a Jesús— está ya viviendo una verdadera comunión católica: una fraternidad sin fronteras.
Ayudan también con el compartir. La Jornada incluye la colecta destinada a la Obra Pontificia de la Infancia Misionera. Se nos recuerda algo muy concreto: esa colecta no es “solo dinero”; es cariño, oración y apoyo para que tantos niños vivan con dignidad y conozcan a Jesús. Y ayudan, finalmente, con el testimonio: el testimonio de la alegría cristiana, de la amistad limpia, de la obediencia agradecida, del perdón sencillo, de la verdad sin doblez, de la generosidad en casa. Aquí la Infancia Misionera toca el corazón de nuestras familias: educar a los niños en la fe no es añadirles una carga; es enseñarles el camino de la libertad verdadera.
Esta Jornada no puede quedarse en un “día señalado” sin continuidad. Por eso deseo proponer a toda la Archidiócesis —familias, parroquias, colegios, catequesis, movimientos y hermandades— algunos objetivos concretos, sencillos y posibles: Poner a Cristo en el centro, con una vida de oración adaptada a los niños; hacer visible la universalidad de la Iglesia; enseñar a compartir con alegría; despertar la conciencia vocacional desde la infancia. La campaña subraya que cada niño puede descubrir sus talentos para ponerlos al servicio de la misión, y que es bueno presentar la posibilidad de una entrega mayor: el sacerdocio, la vida consagrada, el matrimonio cristiano, la misión ad gentes.
Que la Virgen María, Madre de la Iglesia y Estrella de la Evangelización, cuide a nuestros niños y los haga misioneros de Cristo; que santa Teresa del Niño Jesús, tan unida a la infancia espiritual y al ardor misionero, nos enseñe el “caminito” de la confianza y del amor; y que el Señor nos conceda vivir —cada uno— esta verdad sencilla: tu vida, una misión.
+ José Ángel Saiz Meneses
Arzobispo de Sevilla




















