Seis historias que acompañaron la vocación

Nadie duda de que la vocación sacerdotal es un don o una gracia de Dios; no se puede imponer, inculcar o disfrazar. Es el Señor el que elige a los obreros de sus mies.

Aun asumiendo esta realidad, no es menos cierto que es necesario ofrecer este camino de vida como una opción igual de válida que la vocación matrimonial. ¿Pero cómo hacerlo? ¿A quién corresponde esta responsabilidad? La respuesta es sencilla: a todos los cristianos. Todos estamos llamados a mostrar el sacerdocio como una forma atractiva y natural de alcanzar la santidad, desde la alegría y el servicio a los demás.

Para ilustrar esta tarea, con motivo del Día del Seminario que se celebra hoy, 8 de diciembre, seis personas que han acompañado a sendos seminaristas del Metropolitano de Sevilla señalan algunas claves para un buen discernimiento vocacional.

Estar presentes

“Lo suyo es estar. El joven valora la presencia, que cuando acuda un sacerdote por una duda o una inquietud, estemos disponibles para ellos”, es el consejo de Pablo Colón, párroco del Divino Salvador de Castilblanco de los Arroyos que acompañó a Joaquín Martín, seminarista de primero, en su proceso vocacional. “La adolescencia y la juventud son momentos clave en la vida de cualquier persona, por eso tenemos que hacernos presentes, estar a su lado, compartiendo sus temores, acompañándolos en sus proyectos y aliviando sus inquietudes”, añade.

En esta línea opina José Antonio García, párroco de Ntra. Sra. Del Mayor Dolor (Sevilla), acompañante del seminarista Antonio Jesús Serrano en su vocación tardía, que subraya que “hay que estar con la persona, estar disponible, caminar día a día acompañando su fe…todo eso es un proceso en el que vemos las actitudes de un candidato para el tema sacerdotal, o la vida consagrada, o para cualquier otro servicio laical a la parroquia”.

Por su parte, Guillermo Martín (seminarista diácono) acompañó los inicios vocacionales de José Pablo Hoyos, actual seminarista de cuarto. Apunta que “José Pablo tenía mucha sed de Dios, pero también le ataban dificultades familiares y las típicas dudas por su juventud. Por eso, le transmití mi experiencia, para que superase sus miedos y no se sintiera solo”.


Ser testigo

Por otra parte, es fundamental que el mensaje no se quede en las palabras, sino que el sacerdote sea testigo de una vida santa y feliz.

Al respecto, es destacable el ejemplo del seminarista Joaquín Martín, al que el testimonio de un seminarista diácono que estuvo de pastoral en su parroquia le ayudó a superar prejuicios. “La presencia de otro joven, de un seminarista de último curso, fue un referente para él. Quedábamos para orar juntos, compartimos muchas cosas, fue muy beneficioso para la maduración en los planteamientos de Joaquín”, recuerda Colón.

De la misma forma, Guillermo Martín explica que halló una semilla vocacional en José Pablo, y que Dios se valió de él, de la Palabra y la evangelización para ayudarla a germinar. “Él tenía su director espiritual, pero yo estaba ahí como hermano mayor, resolviendo sus dudas sobre el seminario y la vocación”.


Siempre libertad

Quizás ésta sea una de las máximas más importantes en el acompañamiento vocacional. Laura Rodríguez, feligresa de Gines, confiesa que vio en Pablo Bernal (seminarista de primero al que siente como su sobrino) una clara inquietud por la vida sacerdotal. “Yo le escuchaba y aconsejaba, pero jamás le dije que lo que él buscaba era la vocación al sacerdocio. Yo solo le facilité cauces para que por él mismo fuera capaz de encontrar su camino”.

Por su parte, Rafael Portillo, jubilado y profesor de apoyo de los seminaristas menores, argumenta que “no se puede dirigir a los chavales, sino que hay que hacerles reflexionar, invitarlos a pensar sobre su vida en presencia del Señor”. Esto no es fácil, sobre todo en edades tan tempranas como las de los seminaristas del Menor. Sin embargo, insiste, “esta casa ha dado frutos en los diez años que lleva funcionando y espero que poco a poco haya más niños y adolescentes que se acerquen, porque de aquí salen buenos sacerdotes”.


Una cuestión de tiempo

Otro aspecto común que estos acompañantes han señalado es el tiempo, porque el discernimiento vocacional debe ser meditado y pausado.

Es el caso del seminarista Alberto Jesús Campos, al que el sacerdote Manuel Chaparro aconsejó que terminase la carrera antes de ingresar en el Seminario. “Las cosas del Señor hay que tomárselas con tranquilidad. Comprendió que su vida daría un giro, entonces fuimos poco a poco, durante dos años, trabajando quincenalmente la vocación. Es el Señor el que marca los ritmos y las pautas”.

Igualmente, Rafael Portillo es consciente que el camino de los seminaristas menores es largo, pero también sabe que cuando entran “todos dicen que desean llegar a ser cura, y lo hacen con gran convencimiento y sin dudas”.


Mucho más que la oración

Finalmente, se da por supuesto que un imprescindible para arrojar luz sobre una posible vocación sacerdotal es la oración. Si bien, ésta no debe ser nunca aislada, sino vivida en la comunión con la comunidad parroquial, la familia u otras realidades eclesiales.

Al respecto, José Antonio García mantiene que, gracias a los encuentros con la parroquia, el seminarista Antonio Jesús fue descubriendo “ese ser sacerdote” que tenía dentro. Asimismo, fueron muy útiles los retiros y ejercicios espirituales. Por otro lado, para Pablo fue “determinante su peregrinación a Santiago de Compostela con la Pastoral Juvenil”, recalca Laura Rodríguez; mientras que para Alberto Jesús “el momento auge fueron las Jornadas Mundiales de la Juventud en Polonia. En el retiro que tuvieron los jóvenes con el Santo Padre lo tuvo claro”, afirma Chaparro.

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