Homilía de Mons. Juan José Asenjo, Arzobispo de Sevilla, en la Vigilia de la Inmaculada

VIGILIA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

Sevilla, Catedral

 7, XII, 2011

 

                  1.     Nos preparamos con esta Vigilia para celebrar la solemnidad de la Inmaculada Concepción, una de las fiestas marianas que más hondamente han calado en la fe y la piedad del pueblo cristiano, que desde hace siglos honra a María con el título de "la Purísima", "la sin pecado". Inicio mi homilía alabando a Dios, "Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales". Doy gracias a Dios con vosotros porque a la hora de diseñar el retrato de la madre de su Hijo, la hizo  hermosa, limpia, pura y "llena de gracia".

 

                2.     Bendecimos a Dios en esta noche por ser cristianos, porque en nuestro bautismo hemos recibido la misma gracia que hizo inmaculada a nuestra madre desde el primer instante de su concepción.  Como María, también nosotros hemos sido favorecidos por el misterio de la predilección de Dios, que nos ha mirado con amor,  regalándonos la filiación divina y la gracia santificante en los primeros días de nuestra vida, algo que probablemente no valoramos en toda su trascendencia. Nacidos en una tierra evangelizada en los primeros siglos de nuestra era, ser cristianos nos parece lo más natural. Sin embargo, dos mil años después de la encarnación del Señor, muchos hermanos nuestros, tres cuartas partes de la humanidad, todavía no lo conocen.

 

                3.     Perdonadme que os refiera una pequeña historia que me ocurrió el primer domingo de diciembre de 1999. Quiso el Señor que me encontrara en una iglesia de Toledo con un joven japonés, doctor en ciencias jurídicas, miembro de una familia muy ligada al mundo de la cultura en su país, que a través del Camino Neocatecumenal tuvo la dicha de conocer a Jesucristo y a su Iglesia,  siendo bautizado en la noche de Pascua de 1998 en la catedral de la Almudena de Madrid. Con lágrimas en los ojos me decía que su infancia había transcurrido sin ninguna referencia religiosa y, al mismo tiempo que me manifestaba su alegría inmensa por ser cristiano, me pedía que encomendara al Señor su perseverancia y que le ayudara con la oración para acercar al Evangelio a su familia. La historia de este joven japonés recién convertido nos invita a alabar a Dios, que nos destinó desde toda la eternidad a ser sus hijos y  que ya en los primeros días de nuestra vida nos bendijo con tantos y tan grandes bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo para que seamos santos e irreprochables, la respuesta natural a su amor de predilección.

 

                4.     Elegidos para ser santos. Todos, adultos y jóvenes. También los jóvenes. Si, santos y jóvenes. No hay incompatibilidad alguna entre estos dos términos. La juventud es el periodo de la vida en el que se forjan los grandes ideales. Este fue el caso de Francisco de Asís, de Francisco Javier, de Santo Domingo Savio, de San Estanilao de Kotska, y de tantos cientos de cristianos de todos los tiempos que han vivido la santidad ya en la juventud. El miedo es el primer obstáculo para ser santos. “Tuve miedo… y por eso me escondí”. Esta es la respuesta de Adán cuando Dios se acerca a él para reemprender el diálogo de amor interrumpido por el pecado. El miedo a que se nos tache de antiguos o raros, la cobardía, la comodidad, el respeto humano y la falta de generosidad son los principales obstáculos que atenazan la voluntad de tantos jóvenes y adultos, que se esconden de Dios que sale a nuestro encuentro cada día con la pasión del buen pastor que busca a la oveja perdida. 

 

                5.     El segundo obstáculo para ser santos son las seducciones del mundo. “La serpiente me sedujo y comí”, es la respuesta de Eva cuando Dios le pregunta el por qué de su pecado. Hoy como entonces, son muchos los que abandonan la fe, no por razones  de orden intelectual, sino por razones de conveniencia. Se dejan llevar por los impulsos y apetencias de cada momento, por lo más cómodo, lo más placentero, por las modas, por el ambiente, por aquello que se nos presenta como lo más moderno o comúnmente aceptado, independientemente de su bondad o malicia, verdad o falsedad. En ello creen encontrar la felicidad, una felicidad artificial y pasajera, fruto de las drogas, del sexo sin barreras y del consumo abusivo de alcohol en las noches locas del fin de semana. Las seducciones del mundo y las añagazas del diablo ahogan la semilla buena sembrada en tantos niños y jóvenes en sus familias, en la catequesis, parroquias y colegios.  

 

        6.     Muchos jóvenes como vosotros buscan en los sucedáneos la felicidad que no encuentran en sus hogares o en una sociedad en la que se sienten extraños, golpeada por la injusticia, las desigualdades y el egoísmo, un mundo herido por el pecado, que no responde a la voluntad originaria de Dios. La solución, sin embargo, no es refugiarse en una realidad virtual ni resignarse. La esperanza es posible. La victoria del mal no es definitiva, gracias a la mujer que aplasta la cabeza de la serpiente y de cuya descendencia nos viene la salvación. Esta esperanza se cifra en María, a la que con cariño inmenso invocamos en esta noche como la Purísima, la Inmaculada, la limpia y pura. Ella nos da y nos ofrece a Jesucristo, autor de la salvación.

 

        7.     María, la primera redimida, obra maestra de la gracia, limpia y sin mancha, es el icono en el que contemplamos la hermosura del plan originario de Dios sobre nosotros y también la grandeza de la redención de Cristo. Como hemos escuchado en el Evangelio, María, la nueva Eva, acoge el plan de Dios, permitiendo que se realice en ella su designio salvador. Siempre dócil a la voluntad de Dios, es para nosotros modelo perfecto en el seguimiento de su Hijo. Ella nos enseña a acoger al Señor en nuestras vidas, renunciando a ser como dioses, la vieja y única tentación del hombre. Ella es la primicia de la nueva humanidad, en la que todos estamos llamados a ser santos.  

 

                8.     La santidad no es imposible, ni es una quimera inalcanzable. El Señor que nos ha llamado a ella, nos capacita para responder. Él quien nos santifica. Él es el que quiere que todos, jóvenes y adultos, seamos santos con su gracia. Os recuerdo, queridos jóvenes las palabras del Papa Benedicto XVI el pasado 24 de septiembre en Friburgo: “Tened la osadía de ser santos… en cuyos ojos y corazones brille el amor de Cristo, llevando así luz al mundo”.Frente a la felicidad fugaz que os brinda el mundo, el Papa os ofrece el camino de la felicidad auténtica, de la libertad sin recortes, de la verdadera alegría,  un camino exigente, de esfuerzo, de renuncias, de tensión moral, en el que se nos pide una decisión por el Señor irrevocable, sin componendas ni medias tintas,  pero que nos permite vivir la única vida que merece la pena, la vida de la gracia, la vida divina en nosotros, que es la vida en plenitud.

 

        9.     Queridos jóvenes: estáis poniendo los cimientos de vuestra felicidad futura. Construid sobre la roca firme y segura que es Cristo. Él es la plantilla que nos permite escribir sin borrones las páginas más bellas de nuestra historia personal. La contemplación de su vida, la escucha de su Palabra, el trato con Él en la oración y en la recepción de los sacramentos de la penitencia y la eucaristía, os permitirán vivir la vida nueva que Él nos ofrece, la santidad a la que Él nos invita, la fidelidad que Él espera de nosotros, y cuyo arquetipo y modelo es la Virgen Inmaculada. A todos, también a vosotros, os invito a poner en el horizonte de vuestra vida la santidad, sin excusas banales, sin dudas ni temores, despreciando los mitos efímeros y los falsos maestros, que con toda seguridad encontraréis en vuestro camino. Contad con la ayuda del Señor, que en esta noche os dice como al profeta: “No temas, yo estoy contigo”.

 

        10.   Contad también con la ayuda de la Iglesia, nuestra más verdadera u auténtica familia. Ella es hogar cálido y mesa familiar, manantial límpido en el que bebemos el agua de la gracia. Ella es la madre y maestra que nos orienta y acompaña, la porción más selecta de la humanidad, la Iglesia de los mártires, de los confesores y de las vírgenes, la Iglesia de los héroes que han dado su vida por Jesús y que nos marcan el camino de nuestra fidelidad. Ante quienes os apunten con el dedo por ser hijos  de la Iglesia, sentíos orgullosos de pertenecer a ella, pues si es cierto que en ella hay manchas y arrugas por los pecados de sus miembros, tened por cierto que la luz es infinitamente más intensa que las sombras y que el heroísmo de tantos hermanos y hermanas nuestros es mucho más fuerte que nuestro pecado y nuestra mediocridad.

 

                11.   En nuestra decisión de ser santos, contamos sobre todo con el aliento maternal de la Virgen Inmaculada. Ella es madre y medianera de todas las gracias, abogada, socorro y auxilio de los cristianos. María es la mujer que hiere la cabeza de la serpiente en los umbrales de la historia y se nos muestra como garantía segura de victoria (Gén 3,15).Ella es el camino más enderezado y seguro para llegar a Jesús. La liturgia la llama "puerta dichosa del cielo". La llama también "estrella del mar", porque nos guía hacia Cristo, puerto de salvación. Queridos hermanos y hermanas: Llevad siempre a la Virgen en el corazón. Que ella sea siempre el centro de vuestros pensamientos, el norte de vuestros anhelos, el apoyo de vuestras luchas, el bálsamo de vuestros sufrimientos y la causa redoblada de vuestras alegrías.

 

                12.   Termino invitándoos con San Bernardo a acudir a ella cada día, cada hora, a cada instante: “Si se levantan los vientos y tropiezas con los escollos de la tentación, mira a la estrella, invoca a María. Si te agitan las olas de la soberbia, de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia o la impureza impelen violentamente la nave de tu alma, mira a María… En los peligros, en las angustias, en las dudas, mira a la estrella, piensa en María, invoca a María. Que María nunca se aparte de tu corazón”. Así sea.

  

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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