Eucaristía de acción de gracias en mis bodas de oro sacerdotales

Homilía de Mons. Juan José Asenjo, arzobispo de Sevilla

1. «El Señor sostiene mi vida». Con estas palabras hemos respondido a la Palabra
de Dios de la primera lectura. Con ellas, el autor del salmo 53, perseguido por los impíos
porque su rectitud de vida pone en evidencia sus malas acciones, da gracias a Dios, auxilio de
los débiles, padre bondadoso, providente y fiel, que lo ha librado de las manos de sus
enemigos. Por ello, ofrece a Dios un sacrificio voluntario, dando gracias a su nombre que es
bueno.

2. Con estas palabras del salmo 53 doy yo también gracias a Dios, en el
quincuagésimo aniversario de mi ordenación sacerdotal, que tuvo lugar el día 21 de
septiembre de 1969, fiesta de san Mateo, en la parroquia de san Vicente de Sigüenza, de
manos de mi obispo don Laureano Castán Lacoma. Sin rubor alguno proclamo con el salmista
que «el Señor sostiene mi vida». A su providencia amorosa debo todo lo que soy, el don de la
vida, la vocación cristiana, el don del bautismo y la merced siempre inmerecida del
sacerdocio. A su providencia amorosa debo también el privilegio de haber nacido en el seno
de una familia cristiana sencilla, que supo crear el ambiente propicio para que pudiera
germinar mi vocación, que me inició en la fe y la piedad, y que está aquí representada por mis
hermanos, sobrinas y primos. Recuerdo con especial afecto en esta mañana a mis buenos
padres, a los que tanto debo, a los formadores y profesores del Seminario de Sigüenza, al
obispo que me ordenó, al papa san Juan Pablo II que me llamó al ministerio episcopal, y al
papa Benedicto XVI, que me trajo a esta iglesia de Sevilla. Ha sido el Señor, autor de todo
bien, quien me ha alentado con su gracia, me ha custodiado en su amor, ha mantenido mi
fidelidad y me ha acompañado y sostenido en el servicio pastoral a las queridas iglesias de
Sigüenza-Guadalajara, Toledo, Córdoba y Sevilla y también en mi servicio durante casi nueve
años a la Conferencia Episcopal Española.

3. Por ello, es justo que en esta mañana, con los señores cardenales Amigo
Vallejo y Rouco, los señores arzobispos y obispos, los monseñores encargado de negocios ad
interim y consejero de la Nunciatura Apostólica en España, con los hermanos sacerdotes y
consagrados, con las monjas contemplativas, presentes en espíritu, con las autoridades y con
todos vosotros, hermanos y hermanas en la fe, levante la copa de la salvación y, como el
salmista, ofrezca al Señor un sacrificio de alabanza; y no cualquier sacrificio, sino el sacrificio
de la sangre de Cristo, uniendo mi gratitud inmensa al Señor a la eterna alabanza y
glorificación que Jesucristo tributa al Padre en el sacrificio de la Cruz, que dentro de unos
momentos vamos a renovar sobre el altar.

4. Como hace cincuenta años, también hoy celebramos la fiesta de san Mateo,
apóstol y evangelista, publicano, recaudador de impuestos para los romanos, llamado por
Jesús a primera hora, y seguidor del Maestro sin vacilación desde el primer momento hasta
dar la vida por él. Nada hacía prever que Jesús se fijara en él, un pecador, despreciado por la
opinión pública y, sobre todo, por los escribas y fariseos. Este es también nuestro caso,
queridos hermanos obispos, sacerdotes y seminaristas. Esta es también mi historia personal:
el Señor se fijó en mí por puro amor, y me llamó al ministerio sacerdotal por pura
misericordia, sin mérito alguno de mi parte, pues como nos dijera el papa Benedicto XVI,
nadie tiene derecho al sacerdocio, que no puede ser incluido en el catálogo de los derechos
humanos fundamentales.

5. San Mateo escribió el primer Evangelio, que tiene por objeto mostrar a
Jesucristo como el verdadero Mesías anunciado desde antiguo. Lo presenta también como el
Hijo de Dios salvador y redentor, el corazón de su existencia, desde aquella llamada que abrió
su vida a una sorprendente plenitud. En este día de mis bodas de oro sacerdotales, al mismo
tiempo que pido perdón a Dios por mis deficiencias y debilidades, confieso que Jesús ha sido
también el corazón de mi vida, y así lo será con su ayuda hasta el final de mis días. Como
tantas veces os he dicho, queridos hermanos sacerdotes y diáconos, Jesucristo es el centro de
nuestra vida, Jesucristo apasionadamente buscado, Jesucristo estudiado, Jesucristo
contemplado y predicado, Jesucristo seguido, Jesucristo tratado en la mañana, al atardecer
y en la noche. Jesucristo siempre. Él es el corazón y la fuente de sentido y de esperanza para
nuestra vida.

6. Durante su vida pública, Jesús delinea la arquitectura constitucional de la Iglesia.
De ello nos da testimonio singular san Mateo, presentándonos la Iglesia como la concreción
visible del Reino de Dios predicado e instaurado por Jesús. En esta Eucaristía de mis bodas de
oro, doy gracias a Dios por ser hijo de la Iglesia. Si no fuera por ella, estaría condenado a vivir
mi fe a la intemperie. Gracias a ella, puedo vivirla alentado y acompañado por una auténtica
comunidad de hermanos. Ella ha sido siempre el ámbito natural de mi encuentro con Jesús.
Ella es, como escribiera san Ireneo, la escalera de mi ascensión hacia Dios. Como sugiere san
Cipriano de Cartago, ella es la madre que me ha engendrado a la fe y que me permite tener a
Dios por padre. Al sentirla como madre, la siento también como mi propia familia, como el
hogar cálido que me acoge y acompaña, la mesa en la que restauro mis fuerzas desgastadas y
el manantial de agua purísima que me purifica y me renueva.

7. En esta mañana declaro una vez más mi amor a la santa Iglesia y en particular a
las Iglesias a las que he servido, especialmente a esta Iglesia de Sevilla que el Señor me ha
encomendado. Hoy más que nunca quisiera seguir sirviéndola con entrega generosa, de
manera que lo que la Iglesia es para mí, lo sea también a través de mí, es decir: puente,
escalera, hogar fraterno, mesa y manantial y, sobre todo, anuncio emocionado y convincente
de Jesucristo a mis hermanos, muy especialmente a aquellos que la propia Iglesia ha confiado
a mi cuidado.

8. El Evangelio de Mateo es además el Evangelio del primado. Sólo él nos narra la
promesa del primado en las fuentes del Jordán, en Cesárea de Filipos, mediada la vida
pública de Jesús, cuando Jesús promete a Simón erigirle en la roca fundamental y el
principio de unidad del edificio de la Iglesia, concediéndole el carisma de atar y desatar, es
decir, de interpretar autoritativamente la nueva ley evangélica, promesa que se consumará
después de su resurrección junto al lago de Galilea. Allí Pedro recibe la plenitud de la
autoridad en el orden magisterial, santificador y de gobierno del nuevo Pueblo de Dios que
es la Iglesia.

9. En esta mañana, renuevo mi comunión y mi adhesión cordial al obispo de
Roma, cabeza del colegio episcopal, el papa Francisco, en quien subsiste por voluntad del
Señor el oficio que Él entregó a Pedro. Él es el Vicario de Jesucristo, pastor de toda su grey,
maestro de la fe, principio de unidad y cabeza visible de la Iglesia. Este es el fundamento y
la razón del respeto, la veneración y el amor que debemos profesar al Papa. El amor al Papa
y el “sentir” con el Papa han sido siempre un signo distintivo de los buenos católicos, como
lo ha sido también la acogida, docilidad y obediencia a sus enseñanzas.

10. Queridos hermanos y hermanas: antes de concluir, séame permitido
manifestar mi gratitud a los señores cardenales, a los hermanos arzobispos y obispos.
Menciono con especial gratitud a don José Sánchez, obispo emérito de Sigüenza Guadalajara

y al actual obispo, don Atilano Rodriguez. Gracias a los sacerdotes, diáconos,
seminaristas y consagrados, a las autoridades y a todo el pueblo de Dios aquí representado.
Gracias por vuestra presencia. Gracias por vuestras oraciones en esta mañana y en este año
en que he tenido no pocas dificultades de salud. Seguid encomendándome a la protección
maternal de Santa María, nuestra buena madre. Ella, en sus títulos de la Mayor, de la Salud y
de los Reyes, me ha acompañado en mi vida de niño, de seminarista, de sacerdote y de
obispo. Ella cuidó a Jesús y cuida ahora a los hermanos de su Hijo. Que ella proteja ahora a
nuestros laicos, a nuestras autoridades, a nuestros consagrados y seminaristas; que ella
guarde a los sacerdotes y a los obispos. Que ella custodie siempre con su amor nuestra
fidelidad. Amén.

+Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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