“Suscitar vocaciones al sacerdocio ministerial”

 Homilía de Mons. Jesús Catalá, Obispo de Málaga en la Misa Crismal.

MISA CRISMAL

Catedral-Málaga, 4 abril 2012)

Lecturas: Is 61, 1-3.6-9; Sal 88; Ap 1, 5-8; Lc 4, 16-21.

1. El Señor nos congrega hoy en torno a su altar, queridos sacerdotes, para agradecerle la vocación a la que nos ha llamado. Hemos sido consagrados mediante la unción sacramental del orden sacerdotal: «El espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido» (Is 61, 1). Dios ha querido asociarnos a la misión de su Hijo Jesús, ungiéndonos con el sello de su Espíritu.

Como reza el texto de Hebreos, hemos sido tomados de entre los hombres y puestos en favor de ellos en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (cf. Hb 5, 1).

Gran misión es la que el Señor nos ha confiado, según el profeta Isaías: «Me ha enviado para dar la buena noticia a los humildes, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los  prisioneros la libertad» (Is 61, 1). ¡Cuánta gente está necesitada de esta buena noticia! ¡Cuántos contemporáneos nuestros esperan estas palabras de aliento! ¡Cuántos prisioneros de su propia manera de pensar, o encadenados por la manipulación de otros! Nuestra misión es anunciar a todos la Buena nueva de la salvación; no seamos remisos en proclamar el mensaje recibido por comodidad, pereza o desidia nuestra.

         El Señor nos ha llamado para realizar esta maravillosa tarea en favor de los hombres: «Proclamar un año de gracia del Señor» (Is 61, 2).

2. La misión que Dios ha confiado a los sacerdotes no termina en nosotros. El ministerio sacerdotal está llamado a perpetuar en el tiempo el sacerdocio único de Jesucristo. En la sinagoga de Nazaret Jesús proclamó que se cumplía la sagrada Escritura, que acababan de leer, referido al texto de Isaías: «Hoy se cumple esta Escritura, que acabáis de oír» (Lc 4, 21). Ese «hoy» es un presente permanente a través de la historia, siendo muchos los sacerdotes que han representado a Cristo, mediante el ministerio sacerdotal.

Jesucristo ha manifestado en sí mismo el rostro perfecto y definitivo del sacerdocio de la nueva Alianza. Jesús lleva a su plena realización el ser mediador entre Dios y los hombres al ofrecerse a sí mismo en la cruz, abriendo de ese modo el acceso al Padre (cf. Hb 9, 24-26). Comunica así a sus discípulos la misión de sacerdotes de la nueva y eterna Alianza. Como decía el papa Juan Pablo II en su exhortación apostólica Pastores dabo vobis: «El nuevo pueblo sacerdotal, que es la Iglesia, no sólo tiene en Cristo su propia imagen auténtica, sino que también recibe de Él una participación real y ontológica en su eterno y único sacerdocio, al que debe conformarse toda su vida» (n. 13).

3. Tenemos la obligación, queridos sacerdotes, de suscitar nuevas vocaciones. Nuestra fidelidad a la misión encomendada nos obliga a todos a preocuparnos de las vocaciones al ministerio sacerdotal. Es una necesidad grave de nuestras iglesias.  Hemos de orar, hacer orar y trabajar mucho en este campo. En primer lugar es, pues, necesaria la oración. Ante la necesidad de obreros para la mies, el Señor nos encomendó: «Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38). Os felicito por todas las iniciativas, que estáis haciendo en vuestras parroquias y en las comunidades cristianas, a las que servís: adoración eucarística, celebraciones de la Palabra, preces especiales en la Eucaristía. La oración, unida al ofrecimiento del sufrimiento, es el más eficaz medio de la pastoral vocacional. Y os aliento a intensificar estas iniciativas y a promover otras.

Dentro del ámbito de la oración ocupa un lugar importante la Eucaristía, como centro y culmen de toda vida cristiana, como dice Concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 11). «Los sacerdotes enamorados de la Eucaristía son capaces de comunicar a chicos y jóvenes el «asombro eucarístico», que he pretendido suscitar con la encíclica Ecclesia de Eucharistia (n.6) –decía Juan Pablo II–. Precisamente son ellos quienes generalmente atraen de este modo a los jóvenes hacia el camino del sacerdocio» (Juan Pablo II, Carta  a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo de 2004, 5).

4. De muchos modos personales podemos los sacerdotes suscitar nuevas vocaciones al ministerio sacerdotal. Es muy importante vivir en profundidad nuestra relación personal con Jesucristo, para ayudar a los jóvenes a encontrar su camino en la vida. Una vida enraizada en Cristo, que se alimenta diariamente de su Palabra y centra su existencia en él, es manantial de vocaciones.

El lema de este año para el «Día del Seminario» se titulaba Pasión por el Evangelio, aludiendo a la energía interior y al movimiento del corazón, que nutre toda vocación sacerdotal, tanto en su origen como en su crecimiento y realización. El ejercicio del ministerio requiere una gran dosis de pasión, nacida del corazón de Cristo. Mediante la contemplación de Cristo arraiga y florece el estilo evangélico, que se alimenta de una incesante pasión por el Evangelio, avivada por el contacto personal con Cristo en la oración y en los sacramentos.

La alegría y la satisfacción de ser ministros del Evangelio también se manifiestan en la cotidianidad, en la manera de expresarse y de presentarse ante los demás. Felicito a todos los sacerdotes, que, habitualmente, dais testimonio visible de vuestra condición de consagrados.

Para la tarea vocacional es también indispensable nuestra fidelidad personal al Señor. Hoy mismo renovaremos nuestras promesas sacerdotales. Los jóvenes perciben si el sacerdote vive en sintonía y en fidelidad a la llamada del Señor; lo captan y lo aprecian, apenas nos ven.

La comunión entre sacerdotes es asimismo muy significativa en la tarea de suscitar vocaciones. El papa Juan Pablo II, en uno de los encuentros con sacerdotes, les animaba a vivir la comunión entre ellos: «Esto me parece importante, porque si los jóvenes ven a sacerdotes muy aislados, tristes, cansados, piensan: si éste es mi futuro yo no soy capaz. Se tiene que crear realmente esta comunión de vida que les demuestra a los jóvenes: ‘sí, éste también puede ser un futuro para mí, así se puede vivir’ (Benedicto XVI, Diálogo con los sacerdotes del Valle de Aosta-Italia, 28 Julio 2005).

5. Hay otro tipo de actividades (retiros, encuentros, jornadas, tareas formativas), algunas de las cuales se llevan a cabo en nuestra Diócesis, que favorecen los interrogantes que los muchachos y los jóvenes se plantean al respecto.

Os pediría, queridos sacerdotes, que cuidarais, de modo especial, la formación espiritual y litúrgica de los monaguillos, que son siempre un vivero de vocaciones sacerdotales. Convendría que hubiera monaguillos en todas las parroquias. Reconozco que es una tarea añadida a vuestro ya ingente trabajo, porque implica dedicación y tiempo; pero el Señor también nos anima a formar a estos pequeños, sobre todo en el encuentro con él, en la oración y en la liturgia, que es una escuela sacerdotal.

Asimismo debemos animar a los padres a que ofrezcan a sus hijos, para que se consagren al Señor. Y a vosotros, queridos padres, os exhorto a explicar la sublimidad de la vocación sacerdotal a vuestros hijos. ¡Cuántas vocaciones has surgido por el interés de muchos padres en enseñar el valor y el aprecio por el sacerdote!

No podemos callar en nuestra predicación y en las actividades de formación de los fieles laicos la excelencia y la necesidad del sacerdocio (cf. Presbyterorum ordinis, 11). No hay que contraponerla a la misión de los laicos, puesto que cada cual tiene su tarea propia y ambas son necesarias. Ha habido una tendencia, que ha pretendido dar mayor peso al laicado en detrimento del ministerio sacerdotal; conviene salir de esas dicotomías.

         Resulta también importante para el campo de las vocaciones la diligente y prudente dirección espiritual (cf. Presbyterorum ordinis, 11), así como el servicio generoso en el sacramento de la penitencia. Los sacerdotes deberían ofrecer este sacramento, de tal manera que nadie se viera en la necesidad de pedirlo.

6. Somos conscientes de las dificultades, que existen en nuestra cultura, y de los fenómenos que, incluso en el campo eclesial, resultan preocupantes para la vida y el ministerio de los sacerdotes, como se describen en la exhortación apostólica Pastores dabo vobis: la ignorancia religiosa, la escasa incidencia de la catequesis, el mal entendido pluralismo (teológico, cultural y pastoral), la persistencia de un sentido de desconfianza hacia el magisterio, las presentaciones unilaterales y reductivas de la riqueza del mensaje evangélico (cf. n. 7).

Pero esta situación, en vez de amilanarnos, debería estimular nuestra capacidad creativa y nuestro entusiasmo, para promover con más ahínco, si cabe, las vocaciones sacerdotales.

Deseo terminar haciendo mías unas palabras del papa Juan Pablo II: «Queridos hermanos sacerdotes, vuestra peculiar misión en la Iglesia exige que seáis «amigos» de Cristo, contemplando asiduamente su rostro y acudiendo dócilmente a la escuela de María Santísima. Orad constantemente, como exhorta el Apóstol (cf. 1 Ts 5,17), e invitad a los fieles a rezar por las vocaciones, por la perseverancia de las vocaciones a la vida sacerdotal y por la santificación de todos los sacerdotes. Procurad que vuestras comunidades amen cada vez más el «don y misterio» tan singular que es el sacerdocio ministerial» (Juan Pablo II, Carta  a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo de 2004, 7).

         ¡Que la Santísima Virgen María, madre de los sacerdotes, interceda por todos nosotros y nos sostenga en el ejercicio de nuestro ministerio sacerdotal! Amén.

+ Jesús, Obispo de Málaga

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