En la Fiesta de la Virgen del Carmen

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, Mons. Jesús Catalá, con motivo de la Fiesta de la Virgen del Carmen de El Perchel

FIESTA DE LA VIRGEN DEL CARMEN
(Catedral-Málaga, 23 julio 2017)
Lecturas: Sab 12, 13.16-19; Sal 85, 5-6.9-10.15-16; Rm 8, 26-27; Mt 13, 24-43. (Domingo Ordinario XVI-A)

1.- La Virgen del Carmen nos convoca un año más a sus hijos y devotos, que habéis acompañado su imagen con devoción, implorando su bendición y rezando el Rosario. Todos estamos necesitados de su maternal protección y le pedimos por las familias, los enfermos, los ancianos, los niños; y por tantas necesidades que tiene nuestro mundo, aquejado de lejanía de Dios y falto de paz y de verdadera fraternidad.

Hoy tenemos un especial recuerdo por todas las personas cuya vida está vinculada al mar. Rezamos por quienes ejercen su profesión y ofrecen sus servicios a la sociedad en ambiente marinero; y por los que perdieron su vida, sirviendo a los demás o faenando en las aguas.

La Virgen del Carmen está siempre cuidando de sus hijos y sosteniendo sus esfuerzos. Ella llena de alegría los corazones de quienes acuden con filial devoción a celebrar su fiesta y la tienen como Patrona, pidiendo su intercesión.

La advocación de la Santísima Virgen del Carmen es profundamente amada por el pueblo fiel, que la contempla como esperanza de la humanidad redimida y salvada por Dios en Jesucristo. Ella es amparo maternal en las dificultades y en las penas; y también alegría desbordante en momentos de bonanza.

2.- La devoción a la Virgen del Carmen, queridos fieles, se remonta prácticamente al inicio de la era cristiana. El Monte Carmelo, en la actual Palestina, es un lugar del que se habla en el Antiguo Testamento, y concretamente en el libro primero de los Reyes, cuando el profeta Elías venció el desafío contra los profetas y sacerdotes del falso dios Baal, manifestando la grandeza del Dios de Israel (1 Re 18, 20-40).

La tradición cuenta que a esas tierras se trasladó una comunidad monástica cristiana, que se hacía llamar herederos de los discípulos del profeta Elías y que seguía la regla de san Basilio.

Varios siglos después, en 1154, se produjo un punto de inflexión cuando el noble francés Bertoldo, junto con el patriarca de Antioquia, Aimerio de Limoges, decidieron reunir a los monjes en vida cenobítica y edificar una iglesia en medio de sus celdas, dedicándola a la Virgen María. A esta comunidad se le dio el nombre de Hermanos de Santa María del Monte Carmelo.

La difusión de esta Orden del Carmelo tuvo lugar en 1235, cuando los frailes, a causa de la invasión de los musulmanes sarracenos, tuvieron que dejar esos terrenos de Tierra Santa para regresar y establecerse en sus países de origen en Europa.

Esta devoción asume un valor salvífico también en nuestro tiempo, porque llama a toda la Iglesia a un sincero y constante camino de conversión y de purificación. También en nuestra sociedad, como en tiempos del profeta Elías, se adora a falsos dioses, que no ofrecen salvación ni sentido verdadero a la vida humana. Todos nosotros estamos tentados de adorar a falsos dioses; a abandonar a la Virgen y a su Hijo Jesucristo por otras cosas. Es necesario también hoy volver al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (cf. 2 Co 1,3), abandonando los ídolos que obnubilan nuestra mente y endurecen el corazón del ser humano.

Le pedimos a la Virgen del Carmen que nos ayude a vivir cada día con mayor fidelidad y gozo la fe cristiana; que nos una a su Hijo; que nos acompañe de su mano y que nos cuide con su maternal intercesión.

3.- La lectura evangélica de este domingo, para explicar el reino de Dios, nos ofrece la imagen preciosa de la siembra: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo» (Mt 13, 24). El sembrador, que es Jesucristo, echa generosamente buena simiente, que cae en sitios diversos; el sembrador es generoso y no ahorra simiente.

«Pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó» (Mt 13, 25). Cuando los discípulos le preguntan al Maestro si les permite arrancar la cizaña, Jesús les responde que no lo hagan, porque podrían arrancar también el trigo (cf. Mt 13, 29).

Jesús les exhorta a dejarlos crecer juntos hasta la siega; entonces se hará la separación entre ambos: el trigo irá al granero y la cizaña al fuego (cf. Mt 13, 30).

4.- Esta parábola está dicha para todos y cada uno de nosotros. En el corazón de los creyentes el Señor ha sembrado generosamente buena semilla: nos ha dado la gracia bautismal, nos ha alimentado con su Palabra y con el Pan eucarístico, nos ofrece su perdón cuando le ofendemos; riega nuestros corazones con el agua del Espíritu, para que crezca la semilla sembrada.

Pero, el diablo, enemigo del cristiano, no quiere que la semilla sembrada por Dios pueda fructificar. Así, cuando el cristiano no está atento al don de la gracia, el diablo siembra la cizaña con tentaciones que le llaman la atención: honores, placeres, poder, egoísmos en general.

Para el cristiano es un dilema qué camino debe seguir. Por una parte, desea el regalo que Dios ha puesto en su corazón; pero, por otra, le atraen poderosamente las semillas del mal, que parecen más apetecibles.

Esta es la tentación que sufrimos todos. El Señor permite que coexista dentro de nosotros lo bueno y lo malo; y que convivan personas más buenas con gente malvada y sin escrúpulos, que vive según su capricho y rechaza a Dios.

La Virgen María, Nuestra Señora del Carmen, supo convivir con personas malvadas y con quienes mataron a su Hijo en la cruz. Ella nos puede ayudar a tener paciencia y a soportar la presencia de quienes nos molestan. Ella supo también cuidar el buen trigo, sembrado en su corazón; y en ella no hubo nunca cizaña.

5.- Queridos fieles y devotos de la Virgen del Carmen, demos gracias a Dios por la presencia maternal de Nuestra Señora en nuestras vidas. Ella nos consuela, alienta y sostiene en todas las circunstancias de nuestra vida.

Ella nos acompaña y nos lleva hasta su Hijo Jesús, que es Camino Verdad y Vida (cf. Jn 14, 6); ella es la Madre del Hijo de Dios y, en consecuencia, madre nuestra; ella nos ha adoptado como hijos suyos en su Hijo muy amado.

En esta fiesta mariana de la Virgen del Carmen le pedimos que nos acompañe en nuestro caminar; que nos guíe a puerto seguro en este mar alborotado del mundo en que vivimos; que nos acoja en su “Carmelo”, para disfrutar de la contemplación de las cosas de Dios.

¡Virgen del Carmen, estrella de los mares, divina hermosura, Madre del Divino Amor! ¡A ti acudimos con esperanza filial, para que nos acojas en tu regazo! Amén.

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