“Señor, danos el corazón humilde del publicano”

Homilía en la Misa del martes de la III semana de Adviento, el 15 de diciembre de 2020.

Una vez más el Señor nos pone ante los ojos el contraste entre un tipo de moral, que es la que se atribuye a los fariseos, así en general, y que está basada sobre todo en la bondad de los actos exteriores y, por lo tanto, en las apariencias; y otro tipo de moral, que es la que el Señor aprecia, valora y reconoce, que es la del que pide perdón por sus pecados.

 

De alguna manera, la frase es tan potente que dice el Señor: “Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el Reino de los Cielos”. Recuerda la parábola del fariseo y el publicano, donde el fariseo le daba gracias a Dios por todas las buenas obras que hacía y porque pagaba el diezmo del comino y de la menta, y cumplía todos los mandamientos, y el publicano, escondido en el fondo del templo, no se atrevía ni a levantar la cabeza y decía “ten piedad de mí que soy un pobre pecador”. Y Jesús dice que la oración del publicano le agradó a Dios y no la del fariseo.

 

De muchas otras maneras insiste el Señor en el Evangelio en que la moral, en que la vida del hombre va del corazón hacia fuera, y no de fuera hacia adentro, cuando critica también a los fariseos que purifican los vasos, y las copas, y los platos, y los utensilios, y sin embargo su corazón está lleno de egoísmo, de envidia o de soberbia. O en otras ocasiones, sencillamente, cuando descubre la insidia de las preguntas que le hacen, o así. Yo Le pido al Señor que nos dé a todos el corazón del publicano, porque todos somos el publicano, porque todos somos esta Jerusalén pecadora que tiene necesidad de conversión por encima de todo.

 

En la Primera Lectura, el Señor al principio reprocha a Jerusalén su orgullo y dice: “Bueno, me voy a dirigir a los pueblos”. Y aunque no es evidente, estoy seguro de que al escucharlo simplemente dice “no has escuchado la llamada, no has aceptado la lección, no has confiado en el Señor, no has recurrido a Dios. Le dice a Jerusalén. Entonces, purificaré los labios de los pueblos”. Claro, para nosotros “los pueblos” no dice nada en especial, pero, obviamente, se refiere a las naciones gentiles. Luego habla desde las orillas de los ríos de Kush. Tampoco Kush nos suena para nada. Se refiere al Nilo y a Etiopía. Kush es Etiopía en el lenguaje de la Biblia. Dice: “Llamaré hasta a los etíopes, que se purificarán y se acercarán al Señor”. Es un poco que la misma línea del Evangelio. Dios tiende como a rechazar a los que se aprovechan del sentirse elegidos para reclamar derechos ante Dios, mientras que el Señor le dice a Jerusalén de nuevo “dejaré en ti un resto, un pueblo humilde y pobre, que buscará refugio en el nombre del Señor”.

 

Señor, haz de nosotros ese resto que, humildes y pobres, conscientes de nuestras debilidades y de nuestros pecados; conscientes de que nunca hemos agradecido suficientemente todas las gracias y los dones que tú has derramado y derramas constantemente en nosotros; que no somos conscientes de lo que sucede en cada Eucaristía, y es que Tú mismo vienes a nosotros y Te unes a nosotros. Tendríamos que saltar de gozo, literalmente. Y sin embargo, no valoramos esos infinitos dones del Señor. Haznos humildes, danos el corazón humilde del publicano, para que podamos sencillamente tomar parte en el Reino de los Cielos.

 

Yo quería leeros unas frases del Papa, de hace unos días, que alguien me ha hecho llegar y que me parece bueno el repetírosla: “Nunca olvides -dice el Papa- que en la oscuridad, Dios es tu luz; que en la tormenta, Dios es tu paz; que en la tristeza, Dios es tu fortaleza; y en la soledad, tu compañía”.

 

Que así sea.  

 

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

 

15 de diciembre de 2020

Iglesia parroquial Sagrario Catedral

 

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