Reportaje sobre la Pastoral Penitenciaria en el Hospital Psiquiátrico Penitenciario: Humanizando el día a día de los enfermos privados de libertad

La Iglesia Católica llega donde nadie más lo hace. Lo demuestra constantemente con el desarrollo de obras de caridad en los lugares más remotos del planeta; atendiendo a colectivos diversos –enfermos, niños, prostitutas, desempleados, familias, inmigrantes, personas sin hogar… y acompañando a todo aquel que necesita ser escuchado. La Iglesia es, en numerosas ocasiones, voz de los silenciados por esta sociedad frenética, acostumbrada al juicio rápido y que descarta a los “inútiles” para el sistema. La Iglesia en Sevilla atiende a un numeroso grupo de estos “descartados” socialmente, concretamente en el Hospital Psiquiátrico Penitenciario.

“Estas personas viven en absoluta fragilidad, bajo el escaparate de una sociedad que invita a la alarma social, haciendo que estos ciudadanos dejen de ser vistos como enfermos, para convertirse en delincuentes peligrosos”, asegura el sacerdote Emilio Calderón, cuya opinión está sobradamente avalada por los más de veinte años que lleva desempeñando la capellanía de este centro sevillano. En torno al 80% de los internos –que asciende a los 165- fueron diagnosticados antes de cometer sus delitos, “lo cual dice mucho del seguimiento por parte de las Administraciones Públicas de los enfermos mentales”, comenta irónicamente Calderón, que sitúa el origen de este desinterés en la reforma de la asistencia psiquiátrica en España, que culminó con la clausura de los antiguos hospitales psiquiátricos, “los conocidos como Manicomios, sin duda algo inhumano que ningún país democrático podía permitir”. Pero el problema fue la falta de alternativas: “la reforma no previó sistemas que sustituyeran a estos hospitales, no facilitó tratamientos ni la asistencia a estas personas, no se preocupó de ofrecer un trato más digno. La realidad es que esta reforma ha terminado olvidándose de ellos”. A esto, hay que sumarle el drama de sus familias, las cuales, en su mayoría, son incapaces de sostener a los enfermos, no encuentran respuestas ya que estas personas no suelen encajar en los recursos existentes, ni tampoco existen dispositivos específicos para su perfil, marcado por la exclusión social, el deterioro y la falta de oportunidades. Esto en el mejor de los casos, dado que en muchos otros, los enfermos privados de libertad pierden totalmente contacto con sus familiares, que bien no aceptan la enfermedad o no perdonan el delito.

En esta línea, Calderón también critica a los medios de comunicación por “realizar diagnósticos públicos que sólo estigmatizan a los enfermos”, dando lugar a “una tensión que perjudica su desequilibrio e inestabilidad, y les presenta una vida falta de horizontes”.

La necesidad de humanizar la atención

No obstante, advierte el sacerdote, la Iglesia, junto a algunas organizaciones, sirve de puente entre los internos y la sociedad. “Como Pastoral Penitenciaria, asumiendo el compromiso cristiano, nos organizarnos desde nuestros planteamientos pastorales, en estrecha colaboración con la dirección institucional, a fin de buscar actividades que humanicen y rompa la monotonía que sufre la vida de estos enfermos privados de libertad”. Entre estas actividades se incluyen talleres deportivos, convivencias con los familiares, celebración de los sacramentos, etc. Destaca también la participación en una emisora radiofónica, Onda Cerebral, creada en el mismo centro, “donde grabamos comentarios bíblicos y oraciones”, señala entusiasmado el capellán. Con estas actividades se involucra tanto a familias, como a voluntarios y personal laboral, y con ellas se pretende “humanizar el día a día de los enfermos, despertar en ellos la ilusión y recordarles lo que se vive en la calle”. Así, este sacerdote no perdona una festividad: organiza fiestas navideñas, con coro y Reyes Magos incluidos; lleva a la centuria de la Hermandad de la Esperanza Macarena, que ofrece un concierto durante la Cuaresma, junto con una merienda con el dulce típico de este tiempo (las torrijas); o monta una caseta de la Feria donde sirve una merienda a base de churros con chocolate. “Con estas iniciativas se ilusionan, me preguntan qué día vamos a organizarlo y muchos se implican en los preparativos”. “A pesar de todo, –continúa- cuesta decir que estos centros se convierten a menudo, en el único lugar donde estas personas enfermas son asistidas y se encuentran preservadas del trato excluyente y marginal que reciben de la sociedad, que sólo alimenta el castigo y descarga sus responsabilidades. Muchos días el trato cercano y comprensivo que reciben dentro de estas prisiones, suple las carencias y dificultades que en sí tiene el sistema con ellos”.

Una mirada de esperanza

Estas ocupaciones que alivian la rutina de los privados de libertad, al menos, por unas horas, no serían posible sin la ayuda inestimable del voluntariado. El capellán del centro agradece especialmente a los siete voluntarios que forman parte de su equipo –la mayoría “gente formada en esta materia que han realizado prácticas en un centro penitenciario o que conocen la realidad de cerca”-, así como a todas aquellas entidades que colaboran con sus proyectos.

Calderón destaca igualmente el “excepcional grupo de funcionarios y técnicos” que trabajan en el centro, “con una gran sensibilidad, consciente de que atienden a enfermos en un hospital”. “Independientemente del credo de cada uno, puedo asegurar que hay muy buenas personas trabajando en el Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Sevilla y que siempre tienen las puertas abiertas a todas las propuestas promovidas desde la Pastoral Penitenciaria”.

Es precisamente esto lo que demandan las necesidades de los internos: más técnicos, actividades ocupacionales, espacios adecuados y orientación laboral, porque “hacen falta suficientes medios para atender, curar y rehabilitar a estas personas, garantizando su reinserción social dignamente”, apunta el capellán. “Desde la fe, nuestro Dios vivo es un Dios de esperanza, que abre las puertas a todos aquellos que viven en situaciones desesperanzadas. Por ello, no debemos centrarnos tanto en el hasta dónde lleguemos, como en la irradiación que tiene la poquita luz que podamos dar a través de nuestros signos de vida, a través de nuestras obras”, concluye Calderón.