Mons. Carlos Escribano: «Mi vocación sacerdotal surgió en una JMJ»

Monseñor Carlos Escribano, obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño y responsable de la Comisión de Juventud de la Conferencia Episcopal Española, visitó recientemente Málaga con motivo del XXX Encuentro Diocesano de la Juventud. “Los jóvenes, la fe y la vocación” fue el hilo conductor de su conferencia.

¿Qué significa para usted presidir la Comisión de Juventud?
Es una responsabilidad gozosa. La presido junto a otros dos obispos españoles. Es una responsabilidad por la importancia que tienen los jóvenes en la vida de la Iglesia. Lo nuestro es acompañarlos para que sean discípulos de Cristo y misioneros para con los demás jóvenes. Además, estamos en el contexto de la convocatoria que ha hecho el Papa para el Sínodo sobre los jóvenes.

¿Qué valores ve usted en los jóvenes de hoy?
La juventud de hoy tiene muchísimos valores. También es verdad que la realidad en la que ellos viven es muy distinta a la que vivió mi generación. Hay que intentar comprender lo que ellos viven. Una de las claves es escucharlos, pues así se aprende mucho más de ellos. Son hijos de su tiempo, de una realidad que para nosotros es muchas veces extraña, ajena. Pero ellos son hijos de esa realidad, en la que se saben mover muy bien. Todas las personas, en cualquier momento de la historia son irrepetibles. Yo destacaría de esta juventud su capacidad de ilusionarse, de luchar por un proyecto de vida que les consolide y alcanzar las metas que se proponen; la generosidad, muchos de ellos desarrollan un proceso de solidaridad que les hace crecer como personas… Yo encuentro muchos elementos positivos. También hay elementos que no lo son tanto, muchas veces por el entorno y las circunstancias en las que viven. Una de las carencias más importantes que yo les veo, y en la que la Iglesia tenemos mucho que hacer, es vivir la hermosa experiencia de sentirse amados incondicionalmente. Esto lo subraya el papa Francisco en “Amoris laetitia”, cuando explica que los procesos de decisión vocacional a veces se ven frenados porque no han tenido la experiencia de ese amor incondicional. Y eso para nosotros debe ser un reto: que ellos aprendan que merece la pena ser amados, para luego amar de la misma forma. Uno es realmente feliz cuando hace la experiencia de darse plenamente al otro.

En este mundo tan ruidoso vemos cómo los jóvenes valoran el silencio. En las experiencias de oración lo dejan ver.
El objetivo es que vivan esa experiencia de quietud que se convierte en un silencio dialogal: la oración, es decir, la capacidad de escuchar a Alguien que quiere comunicarse con nosotros en el silencio. No se trata de un silencio como un fin (que sería un aburrimiento), sino como un medio para dialogar en el interior de la persona. Con este silencio les estamos invitando a hacer un acto de fe con el que reconocen que Dios está ahí. Es un gran don y los muchachos lo intuyen y lo comienzan a descubrir. También en esta generación Dios quiere encontrarse con sus hijos porque los ama dislocadamente. Esas experiencias de oración lo favorecen y no es de extrañar que haya una respuesta tan positiva entre los jóvenes, aunque solo sea por un contraste: están acostumbrados a tanto ruido que el silencio les llama la atención.

Hemos celebrado hace poco el XXX EDJ de nuestra diócesis de Málaga, ¿cómo se siente usted en un encuentro de jóvenes?

Muy bien, la verdad. En primer lugar, felicito a la Diócesis de Málaga por sus 30 años de perseverancia en encuentros de este estilo. Eso significa que existe una línea de trabajo muy bien marcada, una continuidad. Las comunidades cristianas y las parroquias se movilizan, invitan a sus jóvenes para que participen, yo creo que eso es un gran logro y tiene que estar muy contenta la Diócesis, y sus responsables. Yo doy siempre gracias a Dios porque mi vocación sacerdotal salió de una JMJ, con lo cual para mí tienen un significado muy hermoso. Fui a la JMJ de Santiago de Compostela, en 1989, y ahí tomé mi decisión última de entrar al Seminario. A partir de ahí, me ha tocado participar como sacerdote y como obispo. Es una experiencia que apoya la tarea que estás haciendo durante todo el año en la diócesis y en la parroquia. Es un momento que tiene una gran fuerza y, que si lo aprovechas bien, sirve muchísimo para la vida de los jóvenes, lo digo por mi experiencia personal. Los que me acompañaron en aquel momento supieron ponerme el situación de escucha. Lo viví como joven, como cura, acompañando grupos, organizando… y la de Cracovia la he vivido como responsable del gran grupo que llevaba la Conferencia Episcopal. En 2011 tuve la suerte de vivir la JMJ junto a las diócesis andaluzas, en el encuentro del Rocío. Nos invitaron y aquí que vinimos, entonces era obispo de Teruel. Las cuentas no nos daban para ir a Río de Janeiro, así que comenzamos nuestra peregrinación hacia Fátima y seguimos al Rocío, para unirnos a las diócesis andaluzas.


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