De paso por Taizé Destacado

Cualquier ocasión es buena para acercarse y pasar unos momentos por la Comunidad ecuménica de Taizé, así como participar en alguna de las celebraciones, porque hay vida, porque están cuidadas, porque se reza, porque se celebra, porque se vislumbra una iglesia universal, de múltiples colores y edades, una Iglesia llena de juventud, llena de gestos y de signos que nos hacen pensar y le dan sabor a la vida.


Este ha sido mi caso en este mes de julio, que ya estamos acabando, cuando hace unos días, participaba en la celebración de la Eucaristía de Taizé, aprovechando el día de descanso que nos ofrecía la Asociación de sacerdotes del Prado reunidos en Limonest (Lyon) que se encuentra a unos 80 kilómetros de Taizé.


En dicha reunión internacional del Prado, hemos estado tratando el tema de la formación permanente de los sacerdotes del Prado y de la Primera Formación más en concreto. Además de los sacerdotes del Consejo General del Prado, nos ha acompañado el sacerdote italiano, Amedeo Cencini, que ha ofrecido una excelente ponencia marco sobre la formación en general, indicando que toda la vida del presbítero, el desarrollo de su actividad ministerial, la vida pastoral, es ocasión de formación día a día, como también indica la Presbiterorum Ordinis. Cada momento, cada circunstancia vivida en el desarrollo del ministerio presbiteral, te ofrece una buena ocasión para formarte; lo que hace falta es desarrollar la “sensibilidad”, porque “la sensibilidad pone en juego conjuntamente corazón y razón, atracción instintiva y juicio reflexivo, gracia y naturaleza. Ahora bien, si Pablo nos pide tener la misma sensibilidad de Cristo, como aquello que da sentido a un proyecto vocacional presbiteral específico y constituye su objetivo, es importante clarificar el sentido de esta expresión”.


“La sensibilidad es aquella orientación emotiva, pero al mismo tiempo mental y “decisional” (que lleva a tomar decisiones), impresa en nuestro mundo interior de las experiencias pasadas y de las opciones que seguimos haciendo, en diversos ámbitos de la vida, orientación que apunta en una dirección precisa. La sensibilidad es un gran recurso del ser humano. La fuerza de esta sensibilidad hace que algunas realidades, personas, ideales, situaciones existenciales… nos atraigan o, por el contrario, nos resulten insoportables o indiferentes. Y si juzgamos algunas cosas o actitudes como buenas o lícitas y otras como malas o ilícitas, es siempre también a causa de la sensibilidad. La sensibilidad determina atracción, gustos y deseos, influye sobre juicios y criterios de valoración de la realidad, hace nacer afectos y pasiones...


La sensibilidad es aquello por lo que hacemos las cosas con libertad, porque nos sentimos atraídos, en una dirección o en otra, sin necesidad de ser espoleados por otro, sino porque aquella cosa, comportamiento, gesto... lo sentimos atrayente y gratificante. Lo importante, decimos en seguida, es que aquel gusto o afecto esté en línea con nuestra identidad y verdad, o lo que es lo mismo, que la sensibilidad haya crecido y madurado a la luz de la identidad y verdad de la persona” (A. Cencini).


Así que, la experiencia vivida este año en Taizé, en la celebración de la Eucaristía dominical, presidida por un obispo de Polonia y celebrada por sacerdotes y laicos de múltiples países, es también cuestión de sensibilidad en el sentido antes apuntado y, no estaría mal, que de vez en cuando, desde la diócesis, se pudieran organizar algún que otro viaje a Taizé para vivir esa experiencia, esa sensibilidad a la que tienen acceso todas las edades de la vida, principalmente la adolescencia y la juventud, aunque un acercamiento en familia a Taizé, también puede ofrecer mucho a la familia, mucha vivencia de fe, muchas experiencias a compartir con otras tantas familias que pasan por la colina de Taizé como se le conoce a la comunidad ecuménica que allí reside.


Si este próximo curso pastoral 2017-2018, en nuestra diócesis, vamos a trabajar el tema familiar que, ya comenzábamos a vislumbrar a finales del curso 2016 con una jornada sobre la familia, nos puede venir fenomenal vivir una experiencia en Taizé. Ahí queda eso, ahí queda la propuesta para que se vaya madurando y dando forma. Hay todo un curso por delante y no es necesario esperar al verano.

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