"El problema en las sociedades modernas es que no nos amamos a nosotros mismos" Destacado

Entrevistamos al Director adjunto del Centro para el Pensamiento de Juan Pablo II, Michal Lucztweski, durante su participación en el pasado Congreso Internacional del Instituto Edith Stein. El profesor polaco nos habla sobre su idea de que la edad moderna no es tan verdaderamente secular como dice ser, sino que tiene fundamentos religiosos. Su visión de Europa consiste en la lucha entre varios principios: la ley, la transgresión y el amor, que se encuentran confrontados actualmente entre sí.

¿Puede explicarnos en qué consiste su pensamiento y cómo coincide este con la temática de este curso-congreso que habla de “el todo en el fragmento”?

Yo estoy muy en línea con Don Javier cuando dice que los cristianos estamos llamados a comprender el mundo. Esa es una de nuestras ambiciones. Pienso además que nosotros estamos en una excelente posición para poder entender el mundo mejor de lo que el mundo puede entenderse a sí mismo, porque éste está cerrado en sus propias teorías, sociologías, filosofías y psicologías.

Es imposible entenderse a uno mismo desde uno mismo. Para entenderte a ti mismo tienes que ir más allá. La perspectiva de la modernidad olvida la búsqueda de la fuente, una fuente que para mí reside en el cristianismo, un cristianismo que por supuesto debe ser confrontado con otras visiones de la realidad, pero que supone un punto de vista que te permite entender la realidad de la modernidad mejor de lo que ésta es capaz de entenderse a sí misma. Mi punto de vista es antropológico y mi tesis es que la religión es la forma por excelencia en que la gente se vincula, se reúne.


¿Puede explicar esto de que la religión es la forma de re-ligar, de reunir a la gente hoy en día?

Yo distingo aquí entre tres formas de unión. Da igual que hablemos de algo secular o religioso, para mí lo más importante es cómo la gente crea comunidades.

La primera forma es a través de la ley. Está basada en unos límites muy determinados, de modo que algo es bueno o malo en función de la ley. Otro límite sería entre lo trascendente y lo inmanente, Dios y la Creación, por así decir. Otro se refiere a los sexos, masculino o femenino, que la modernidad enmarca dentro de los géneros. Es la forma en que la gente se clasifica, se une, en función de estos marcos férreos y permanentes. No puedes romper estos límites.

En la historia de la humanidad estos límites eran trazados por el cristianismo, pero creo que ahora estos límites los traza el Islam. La gente ve al Islam como una cierta fuente de estos límites, que están basados en la ley. Por supuesto que estas formas las puedes encontrar en Israel, por ejemplo, o en el cristianismo, pero la ley es más fuerte en el Islam. Lo que quiero decir es que los musulmanes son solo un ejemplo práctico de lo que quiere decir el orden de la ley estricto, que es lo más primordial.

La tercera forma sería una muy paradójica como es la del binomio discreción-transgresión. De forma que la violación de la ley se convierte en una forma de unión. Es una forma paradójica porque la forma de la ley es una forma muy segura, te dice lo que tienes que hacer de forma clara, establece unos límites muy claros. Pero esta forma paradójica de brindar cohesión en la sociedad actual consiste en quebrantar la ley, de forma que aquellos límites de la ley son rotos y entramos en la transgresión. Así, por ejemplo, ya no hay diferencia entre Dios y su criatura, y Dios se convierte en hombre y el hombre se hace Dios; o ya no hay diferencia de sexo o género, no hay diferencias entre heterosexualidad o homosexualidad, o entre un “ellos” y “nosotros”. En el Islam, una demarcación muy importante de la ley sería la establecida entre los fieles y los infieles. En ese sentido, todos esos límites que establece la ley son destruidos por la ley de la transgresión.

Y en las sociedades primigenias también hay que llevar a cabo transgresiones, porque éstas estaban basadas en la ley pero ésta no funciona, porque siempre se da la transgresión. Por eso las sociedades empezaron a mostrar un nueva forma de existencia que es el ritual. En el ritual rompes lo que se considera ley. Por ejemplo, en los tiempos medievales existían los carnavales en los que todo el orden se invertía por un periodo de tiempo. No había diferencias entre la sociedad sagrada y la secular. Los laicos podían vestirse como los sacerdotes a modo de parodia del orden establecido. En el mundo griego también. Este estaba basado en la ley y había lugar para las bacanales.

De este modo, había tiempo para ley y tiempo para la transgresión, y con ello la sociedad se mantenía cohesionada.


¿Cómo podía producirse esta cohesión?

Lo interesante es que en los tiempos de carnavales o de rituales uno era paradójicamente capaz de construir comunidades porque había más y más caos, y así la comunidad podía surgir, siempre que encontrase un chivo expiatorio -es muy girardiano lo que planteo. De este modo, la ley es el orden, pero para mantener el orden puedes igualmente enfrentarte al caos encontrando un cabeza de turco, un culpable, que fuese responsable ante toda la comunidad. Puede ser exhibido de forma simbólica o incluso asesinado. De este modo estas dos formas de cohesión, de religión, son naturales para las sociedades humanas.

La modernidad sería la representación de la transgresión, que rompe con los límites tradicionales establecidos, considerándolos obsoletos. La modernidad se convierte en un eterno festival, en una sempiterna bacanal, sin diferencias entre quienes el “ellos” y el “nosotros”. No hay claras diferencias entre géneros. En estas sociedades ya no hay tiempo para la ley.

Entre estos dos tipos de sociedades lo sobrenatural lo representaría el cristianismo, que vendría a ser el tercer principio en conflicto, que no representa ni la ley ni la transgresión sino un tercer principio, introducido por Cristo, que es el amor. Está basado también en la ley, pero Cristo no vino a destruir la ley sino a llevarla a su plenitud, de modo que Jesucristo transgrede la ley pero para llevarla a su verdadero cumplimiento en el amor. Podría decirse que Cristo transgrede la ley pero no para buscar chivos expiatorios ni culpables, sino para descubrir que todos somos chivos expiatorios y que somos capaces de llegar a matar a Dios, que quiere que nos amemos a nosotros mismos.


¿Cómo se aplica esto a la realidad de Europa?

Pienso que no estamos entendiendo bien lo que está sucediendo en Europa. No vemos que todos estos múltiples principios están operando al mismo tiempo, buscando su cohesión social. Por otro lado, no vemos ya las transgresiones como transgresiones, de modo que éstas se normalizan o incluso se convierten en leyes, tal y como estamos viendo. Piense en el matrimonio gay por ejemplo, o en el aborto. Se trata de una especie de transgresión institucionalizada y su fin es acabar con un chivo expiatorio, y esto es algo que no vemos.

Por otro lado, crece el caos e intentamos contenerlo mediante la ley, y al mismo tiempo van responsabilizándose a varios chivos expiatorios. Para las sociedades modernas los cristianos son los nuevos cabezas de turco. En ese sentido, los cristianos se han convertido en el nuevo Islam para la sociedad moderna, en los nuevos “talibanes”; y para los talibanes de verdad los cristianos son demasiado modernos.

Como nadie quiere ser un chivo expiatorio, nadie quiere tampoco ser cristiano, no quiere ser sacerdote nunca más. La gente vive cada vez con una mayor ansiedad y te mira diciéndote “es tu culpa”, porque eres demasiado talibán por un lado, o demasiado moderno por otro.


¿Y la sociedad actual cómo vive entre estos principios que plantea?

La cuestión es que cada vez hay más ansiedad en nuestra sociedad: depresiones, ansiedad al compromiso, miedo a la comunidad… Dentro de esta ansiedad no sabes ya quién eres y pasas de una cosa a la otra. Pienso por ejemplo en Sinead O’Connor, una mujer que quizás se cansó de la bacanal, de vivir en la modernidad transgresora y se ha hecho musulmana, encontrando una identidad y la seguridad de la ley. Otro ejemplo lo encontramos en la novela “Sumisión” de Huollebecq que habla de la conversión al catolicismo de su personaje principal, aunque se le hace imposible ser cristiano, porque el amor en que está basado el cristianismo es frágil, y tiene que someterse al Islam.

Estamos en un momento en que creo que la gente no entiende en qué punto se encuentra. La gente se cree que es muy moderna pero para mí son bastantes primitivos, porque no hacen más que llevar a cabo una ley de transgresión que ya estaba presente en las sociedades primitivas. La diferencia es que antiguamente la transgresión estaba delimitada en el tiempo. El carnaval o la bacanal se llevaba a cabo en un momento, pero la gente volvía a su vida después. Ahora vivimos en una sociedad de pornografía 24 horas, drogas, alcohol, etc.


¿En qué posición se quedan los cristianos en ese sentido dentro de ese contexto de ansiedad generalizada?

Se trata de entender bien el amor. La modernidad también está basada también en el amor a los demás. No hay más que ver por ejemplo los desfiles del día del orgullo gay, predicando amor, amor y amor hacia los demás. Creo que es más importante empezar amándote a ti mismo y luego a tu prójimo.

Para librarnos de nuestra ansiedad parece que tenemos que mostrar que amamos a alguien, sobre todo que amamos a las víctimas. Como no sabemos quiénes somos, buscamos nuestra identidad en esta protección de las minorías. Incluso Google o Twitter entendieron eso, comprendieron que podía usar esta declaración de amor entendida como una protección de las víctimas y de las minorías, capitalizándolo para sus propios intereses.

Si yo le dijera a mi mujer que la quiero, que la acepto y que la comprendo a cada minuto, hay algo que no estaría bien conmigo. La forma de mostrar amor hacia mi mujer es que, cuando ella esté enfadada conmigo, no le digo que la quiero, sino que permanezco a su lado. No es una cuestión de ideología, sino de ser.

El problema por tanto en las sociedades modernas es que no nos amamos a nosotros mismos. Sentimos que tenemos que cambiar todo el rato para no convertirnos en chivos expiatorios, demostrando que somos mejores de lo que éramos antes. ¡Pero estamos llenos de ansiedad todo el tiempo! Actuamos rápido y el tiempo se acelera. Quizás hace años no estábamos a favor de los matrimonios LGTB, pero ¿y ahora? Actuamos igual que algunos europeos tras el holocausto, dejándolo atrás y creyéndonos que estamos mejor ahora que antes.

A la gente a veces les digo que ellos tienen más necesidad del magisterio de Juan Pablo II o de Cristo que yo mismo, porque yo estoy casado, tengo una familia con cuatro niños y nos queremos, Cristo ya se hace presente allí.


Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social
Arzobispado de Granada