Júbilo diocesano tras la ordenación diaconal de dos seminaristas de “San Cecilio” Destacado

Los granadinos felicitan a ambos seminaristas tras la Santa Misa de ordenación como diáconos.

Alejandro Anguís estará en la Alpujarra, en las parroquias de Albondón, Murtas y Turón; y David Salcedo continuará en Órgiva.

 

Desde este domingo 1 de julio, la Archidiócesis de Granada cuenta con dos nuevos diáconos, tras la celebración eucarística que tuvo lugar en la Catedral presidida por nuestro arzobispo, D. Javier Martínez. Se trata de los seminaristas del Seminario Mayor “San Cecilio” Alejandro Anguís y David Saceldo, quienes recibían de manos de nuestro Arzobispo D. Javier Martínez la ordenación que a partir de ahora les permitirá ayudar a los sacerdotes en el ministerio de la liturgia, la palabra y la caridad. 

Procedentes de las parroquias de Maracena y Otura, respectivamente, donde ha nacido y crecido su vocación, Alejandro Anguís y David Salcedo continúan su preparación hacia el sacerdocio mientras desarrollan su tarea pastoral como diáconos. Dicha tarea la desarrollarán en la Alpujarra, concretamente en las parroquias de Albondón, Murtas y Turón, en el caso de Alejandro Anguís; y en la parroquia de Órgiva, en el caso de David Salcedo, donde hasta ahora también estaba junto al párroco D. Manuel España.

En una celebración populosa de clero diocesano, compañeros seminaristas y familiares, también muchos fieles, procedentes especialmente de sus parroquias de origen y donde han colaborado hasta ahora, han querido acompañar a los nuevos diáconos. Así, fieles llegados de Maracena, Otura, Ventorros y Órgiva, entre otros, acompañaron como Iglesia diocesana a los nuevos diáconos.

SIERVOS DE LA VERDADERA ALEGRÍA
En su homilía en la Eucaristía de ordenación diaconal, nuestro arzobispo habló de la expresión que utilizaba San Pablo y que define el ministerio diaconal y sacerdotal: siervos de la verdadera alegría, que es Cristo. En este sentido, D. Javier Martínez explicó a los fieles y ordenandos diaconales que es en un contexto como el actual, definido por la cultura de la muerte –en palabras de san Juan Pablo II-, como en el caso de la eutanasia y el aborto, y de la desesperanza para vivir; en una cultura predominada por el consumismo de contenidos a través de los medios de comunicación que presentan vidas falsas porque no son reales, idílicas, promovidas a través de series y telenovelas; es en esa cultura y en ese mundo actual –explicaba nuestro arzobispo- en la que los nuevos diáconos vivirán para hacer presente la razón que los cristianos tenemos de vida y esperanza, y la razón por la que nos perdonamos y nos amamos: el amor de Cristo.

“En un mundo donde la vida no vale nada, donde la verdad no vale nada, porque se venden mentiras a granel, envueltas en paquetes de celofán preciosos que cuestan millones de euros en películas y en series, en un mundo así, y sin más arma que la belleza de vuestra consagración, que la belleza de vuestra vida, la belleza de nuestro amor unos por otros, de unas relaciones buenas, bonitas, bellas; sin más arma que eso, que el poder de Jesucristo, nos dirigimos a este mundo a darle la medicina que más necesita, la única que es capaz de generar esperanza, sólida, buena, fuerte, la que no hay que fabricar, la que no hay que evadirse para vivirla, sino la alegría de saber que nuestras vidas son algo precioso, la de cada uno de vosotros”, afirmó nuestro arzobispo

“Esa es la diferencia entre un mundo cristiano y un mundo que no lo es. No es que nosotros hacemos unas ceremonias bonitas. Es que nosotros tenemos una razón para vivir. Nosotros tenemos una razón para querernos, para perdonarnos, para saber tratarnos un poco mejor si no nos hemos sabido tratar bien; para aprender, la vida entera no tiene otra razón de ser que para aprender a querernos: en la familia, entre los vecinos, en los lugares de trabajo. Y de eso somos nosotros llamados a ser testigos, y alimentarnos del perdón de los pecados, de la Eucaristía, de la Palabra de Dios, una y otra vez, para poder alimentar de eso mismo que nos alimenta, que nos hace felices a nosotros, nos hace vivir en plenitud a nosotros, poder alimentar al pueblo que el Señor nos confía, del cual somos servidores”, subrayó D. Javier.

RITO DE ORDENACIÓN
En el rito de ordenación diaconal, ambos seminarista prometieron su fidelidad a Dios y a la Iglesia, y ejercer su ministerio según la intención de Cristo y bajo la guía pastoral del Obispo. Después, se procedió a la oración de las letanías a los santos, mientras ambos seminaristas permanecían tumbados ante el altar con el pueblo cristiano de Granada, Arzobispo y sacerdotes como testigos.

Posteriormente, D. Javier Martínez impuso las manos sobre cada uno de los ordenandos y elevó una oración al Señor para conferir el don del Espíritu Santo para su ministerio diaconal. Alejandro Anguís y David Salcedo fueron revestidos de la estola diaconal y dalmática por un sacerdote, en calidad de padrino, y a continuación nuestro Arzobispo hizo entrega del libro de los Evangelios. El rito de ordenación diaconal concluyó con el abrazo de la paz entre Arzobispo y cada nuevo diácono, para continuar con la celebración de la Eucaristía, en la que ya ambos seminaristas, junto al Arzobispo, se unieron en el altar.

Antes de concluir la celebración, Mons. Martínez expresó en nombre de toda la Iglesia la alegría por los nuevos diáconos e invitó a los niños y jóvenes que participaron en la Eucaristía a escuchar la voz el Señor y no desoírla si es que el Señor los quiere también como candidatos al sacerdocio, porque es una vida rebosante de gracia para ellos mismos y para todo el pueblo cristiano.

Tras la bendición final, el pueblo cristiano felicitó efusivamente ante el altar a los nuevos diácono, por los que la Iglesia diocesana da gracias a Dios y continúa orando por su camino hacia el sacerdocio, al servicio del Señor a través del pueblo cristiano de Granada.

Paqui Pallarés

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