Los seminaristas felicitan a Don Gaspar

En el día de su 89 cumpleaños, los seminaristas han dedicado una misiva a este sacerdote que ha marcado la vida de tantos presbíteros de la Diócesis.


Hablar de don Gaspar Bustos es hablar de una persona reconocida en la Diócesis, que ha entregado su vida a la formación de seminaristas y sacerdotes. Una vida dedicada por entero al Seminario, donde es director espiritual, y a la vida consagrada. Algo que como él mismo afirmaba en la última entrevista concedida a “Iglesia en Córdoba”, es un regalo por el que tiene que darle gracias a Dios.

En esa misma entrevista decía: “Yo con los sacerdotes y seminaristas comparto todo. Sufro con ellos, padezco con ellos, les ayudo en cuanto puedo, he dedicado mi vida al sacerdocio y a la obediencia que es el camino de Dios, y resulta que esta obediencia coincidía con lo que tenía en el corazón. He trabajado por lo que más he amado, por tener muchos sacerdotes y santos”.

El 23 de mayo cumplió 89 años y los seminaristas quisieron felicitarle con esta misiva que recopilamos a continuación:


Los sueños no son inútiles

Dicen que los deseos no son inútiles si son sinceros y salen del corazón. Hace hoy 89 años, nació un hombre, en un pequeño pueblo de la sierra cordobesa, Villanueva de Córdoba, que desde muy joven tuvo un sueño: el sueño de ser un sacerdote santo.

Este joven muchacho, con poco más de 11 años, decidió responder «sí» a la llamada del Señor y entrar al Seminario Conciliar San Pelagio. Cuentan de él, que jamás suspendió un examen, ni en los años latinos ni en la teología. Tuvo la genial idea de aprovechar los cambios de clase para leer, pero no para leer cualquier cosa, sino para leer la Palabra de la Vida, la Palabra que a él le daba la vida, la Palabra de Dios, la cual leyó entera durante sus años de formación. Destacó especialmente en estos años, por su piedad y por su fraternidad.

Aprendió bien de los padres jesuitas que lo formaron en el Sacerdocio. Hombres recios y entregados como eran, le enseñaron el valor del sacrificio, la mortificación y la penitencia. De aquellos hombres enamorados aprendió a amar al Amor escondido, escondido a los ojos de los hombres, pero vivo y presente a los ojos de la fe, a los ojos del corazón.

Formado en la escuela del Maestro Ávila, con una devoción autentica al Sagrado Corazón de Jesús, una espiritualidad fundamentada entre el Carmelo y la Compañía y con el libro de los Ejercicios de San Ignacio bajo su brazo, comenzó su ministerio, tras recibir la ordenación sacerdotal el día de nuestro Santo Patrón San Pelagio, amigo fiel que aún le acompaña en su entrega al Señor.

Desde entonces se convertiría en Sacerdote para la eternidad, en Clericus Cordubensis, al estilo del Maestro Ávila, sacerdote diocesano.

Comenzó su ministerio en Azuel y posteriormente en Baena, donde aún lo recuerdan con mucho cariño. Fiel a la voluntad de Dios, aquel joven que soñaba con no ser más que un curilla de pueblo, cuyo lema era “trabaja como buen soldado de Cristo Jesús” fue enviado a servir a la Iglesia como rector del Seminario Menor de los Ángeles, donde fue testigo del paso de Dios por las vidas de cientos de muchachos que acudieron a su puerta.

Tras el Concilio Vaticano II y con la gran crisis de vocaciones es nombrado Vicario Episcopal para la Vida Consagrada, tiempo durante el cual predicará en numerosos conventos, tanto dentro como fuera de nuestra Diócesis, y realizará incontables tandas de Ejercicios Espirituales a la gran mayoría de religiosas y consagradas de España.

Con la reapertura del Seminario, su obispo le pide que se encargue de la dirección espiritual del mismo. Comienza el último periodo de la vida de este joven sacerdote, que desde entonces dejará su antiguo lema sacerdotal, para tomar el mismo que el Señor pronunció en aquella memorable noche ante sus discípulos: “Pro eis” (Por ellos yo me consagro). Este será desde entonces su lema y su vida, entregarse cada día al Señor en la oración por sus sacerdotes, siendo director espiritual y padre de todos los seminaristas y sacerdotes que se formarán en esta bendita casa y delegado del clero de la diócesis, donde fomento mucho la formación permanente de los sacerdotes y la fraternidad entre los mismos.

Este joven sacerdote, del que os hablamos, hoy ya no es tan joven, ya sufre los achaques de la edad, ya ha madurado como oro en el crisol. Hoy vive oculto en una pequeña habitación de la casa sacerdotal, donde sigue luchando por ese sueño que un día le trajo a esta bendita casa de San Pelagio, luchar por ser cada día más santo, por entregarse cada día mas a ese Dios que un día cautivo su corazón y le dijo: ¡Sígueme!.

Querido D. Gaspar, gracias por su vida entregada a Dios, a la Iglesia, gracias por su amor al Sacerdocio y a los sacerdotes, gracias por enseñarnos a ser sacerdotes, gracias por mostrarnos donde se encuentra el secreto y la fecundidad de nuestra vocación: en Aquél que ha cambiado nuestras vidas por completo. Gracias por ser como usted dice: “ese pesado que siempre tenia una palabra en la boca: Oración”

¡Felicidades D. Gaspar!

Ad multos annos!

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