“Habría que darle más valor a la humildad, la honestidad y el trabajo”

Jesús de la Torre (20 años) es un joven cordobés estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Loyola. Con un expediente excelente, tiene tiempo para compaginar estudio y trabajo, además de participar activamente como voluntario en la Delegación de Juventud y en el grupo de catequesis que han creado en la Universidad.

Como joven cristiano ¿qué momento crees que está viviendo la Iglesia en lo que a la juventud se refiere?

Creo que nos encontramos en un momento fundamental para los jóvenes, cristianos o no. Ahora en el mes de octubre se va a celebrar el Sínodo de los Jóvenes en el que el Papa invita a los obispos del mundo a reflexionar sobre la realidad de los jóvenes, sus inquietudes y su lugar en la Iglesia. Por tanto, pienso que es un período perfecto para que profundicemos aún más en nuestra fe, para que pongamos nuestros dones y aptitudes al servicio de la Iglesia y de los demás, especialmente los más desfavorecidos, y para que miremos con esperanza el presente y el futuro de la Iglesia y de la sociedad en general. Soy especialmente optimista. Hay jóvenes comprometidos por más que pensemos que es lo contrario; no tenemos nada más que ir un día a Adoremus, a un Guadalupe o una Cáritas Parroquial.

¿Qué carencias detectas en cuanto a religión?

A veces echo en falta poder pararme un poco más durante mi rutina diaria para poder orar al menos cinco minutos por la mañana o leer tranquilamente el Evangelio. Creo que son pequeñas cosas que marcan la diferencia entre un “día más” y un “día nuevo” y que, por desgracia, no hago con frecuencia. Es una tarea pendiente que tengo.

¿Qué parcela de tu tiempo dedicas a la formación cristiana?

Paso casi la mitad del día en mi Universidad por cuestiones de trabajo incluso, por lo que me he involucrado bastante con el grupo de fe que se ha formado en la misma. Doy gracias a Dios porque no es solo un grupo de catequesis (que está muy bien), sino un grupo de vida con los que poder crecer espiritual y personalmente, con los que reflexionar cuando algo te preocupa. Nos reunimos una vez cada dos semanas y es un momento que espero con muchas ganas.

También agradezco mucho las indicaciones que me da mi director espiritual, Juan Diego, que me recomienda pequeños textos de santos y me instruye casi como un padre. Considero que eso también me forma como cristiano.
Creo que, en definitiva, todo el tiempo que le dediquemos a la formación como cristianos es fructífero porque nos lleva a acercarnos más a entender el Amor a Dios y al prójimo y a ponerlo en práctica.


¿Qué diferencias hay en tu vida como cristiano con respecto a los jóvenes que no lo son?

Sinceramente, creo que muchas veces los jóvenes cristianos y los que no lo son llevan vidas muy similares: generalmente, somos jóvenes comprometidos, preocupados por la realidad en la que nos ha tocado vivir y que dan lo mejor de sí en todo momento. Por ello, pienso que la diferencia en nuestras vidas no radica en que hagamos tal o cual cosa, sino en el motivo por el que las hacemos.

Cuando ayudamos a los demás, no lo hacemos simplemente por ayudar o sentirnos bien, sino por caridad, por amor a Jesús. Cuando pasamos por un mal momento, podemos hundirnos, pero sabemos que tenemos una alegría que no se puede obviar, que es la compañía de ese amigo fiel que siempre nos acompaña. Y así en todo. Ahí está la diferencia.


Cuéntanos alguna experiencia de fe en la que hayas sentido la presencia viva de Jesucristo

Me gustaría compartir una experiencia bastante personal. En catequesis de comunión nos decían que Jesús estaba vivo en cada uno de nosotros y yo me lo tomaba a risa, me parecía algo sumamente infantiloide y poco creíble. Sin embargo, el año pasado descubrí en Calcuta que era de una de las verdades más profundas que jamás he aprendido.

En una de las tardes que tuve el privilegio de compartir tarea con las Misioneras de la Caridad en Nirmal Hriday (casa de personas en estado terminal) llevaron a un hombre que, siendo sincero, no tenía esperanza que sobreviviera. Era un hombre joven, alto, muy enjuto, con el pelo largo y una gran barba, sin apenas ropa y que respiraba con mucha dificultad. Las Hermanas lo lavaron, lo tumbaron en una cama y lo envolvieron con una sábana mientras iban a buscar el oxígeno y las medicinas. Os podéis imaginar a quien me recordó ese hombre.

Yo lo miraba y, en silencio, empecé a rezar por él y por su alma, pensaba que se moría. Sin embargo, vi que balbuceaba algo. “Agua”, “agua”. En ese momento, se me vino el mundo al suelo porque recordé la frase que Jesús le decía a Madre Teresa: “tengo sed, tengo sed de almas”. Saciar su sed y entender que en los más humildes está Él mismo fue uno de los mayores regalos que me concedió el Señor.

Todos los días les preguntaba a mis compañeros que estaba allí por él. Sobrevivió. Y no solo eso, mejoró de tal manera que ya se podía levantar, comer solo y respirar con normalidad. La próxima vez que lo vi no lo reconocí de como estaba de bien. En ese hombre vi la presencia de Dios de la manera más viva que jamás podré experimentar nunca.


En el mundo universitario ¿Notas que los valores difieren mucho de los que tú tienes?

En el mundo universitario (no hablo solo de mi experiencia personal, que puede ser diferente), de manera inconsciente se fomentan algunos valores y actitudes como el egoísmo o la competitividad excesiva. Con la falsa creencia de que en el mundo “o comes o te comen” te preparan para “arrasar”.

Pienso que habría que darle más valor a la humildad, la honestidad y el trabajo en equipo. ¿De qué nos sirve ganar el mundo si perdemos nuestra alma por el camino, decían? Así que sí, siento que tengo que enfrentar estas contradicciones de la manera más equilibrada posible.


¿Cómo afrontas tu vida en el plano profesional y familiar?

En el plano profesional, me gustaría ser un diplomático especializado en desarrollo para poder ayudar a tantas personas como me sea posible, tanto a los españoles como a los nacionales del país donde esté. Del mismo modo, aspiro a formar una familia. Esto último es algo que me preocupa, puesto que si trabajo como diplomático debería moverme constantemente, lo que trastoca la idea de una familia con una residencia estable, con unos hijos habituados al mismo colegio… Pero, como todo, trato de afrontarlo con optimismo y lo dejo en manos de Dios para que Él haga conmigo lo que crea más conveniente.