Fiesta de San Blas en Sierro

Homilía del obispo de Almería, Mons. Adolfo González

Lecturas bíblicas: Jer 1,4-5.17-19;Sal 70,1-6.15. 17; 1 Cor 12,31-13,13;Lc 4,21-30


Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de san Blas cae este año en domingo, y como es patrono junto con san Sebastián de esta villa de Sierro la solemnidad nos obliga a hacer la conmemoración de este santo tan amado por el pueblo fiel. Celebramos el día de nacimiento para el cielo (dies natalis), es decir la fecha de su martirio, que el santo obispo de Sebaste, en Armenia, padeció durante la persecución del emperador de Oriente Flavio G. Valerio Licinio en el siglo IV, que le condenó a morir decapitado en torno al año 320 . La memoria de este santo Obispo ha pasado a la historia de la Iglesia como protector de las enfermedades de garganta, por haber realizado en vida el milagro de sanar a un niño que se estaba asfixiando al habérsele atragantado una espina según las Actas de su vida y pasión (passio) o martirio, que cuenta sin duda con hechos históricos y está adornada con elementos legendarios.
Muy pronto comenzó el culto a este santo obispo, siendo uno de los santos auxiliadores más invocados. Es venerado tanto en Oriente como en Occidente en este mismo mes. De su eficaz intercesión protectora ante Dios por medio de Cristo, bendecía y sanaba con la señal de la cruz a los fieles devotos que acudían a él en vida. El amplio reparto de sus reliquias, tras su muerte martirial, dio origen a muchas tradiciones vinculadas a su culto, entre ellas la de portar las gargantillas bendecidas en su fiesta y aplicar las velas, igualmente bendecidas a las ampollas y úlceras hemorrágicas, pues él vertió su sangre por Cristo .
Nos fijamos en los milagros de los santos, muchos de los cuales son sencillamente legendarios, más que en su vida santa de plena configuración Cristo hasta la muerte, en el caso de los mártires como san Blas. Los mártires como los profetas han tenido que afrontar con frecuencia la persecución y la muerte, a vece precedida de crueles torturas. En el caso de san Blas, estos padecimientos por su fe tenían además la señal propia del ministerio pastoral, pues el cuidado de la grey le ocasionaban grandes desvelos. Sucedió, en realidad con todos los santos pastores que han ejercido el ministerio pastoral bajo la amenaza de ser apresados y conducidos a la prisión y al martirio.
En el oficio de lectura de la fiesta de san Blas, leemos en un sermón de san Agustín, en el cual el santo Doctor habla de la muerte que había de sufrir san Pedro profetizada por Jesús. Cuando le pregunta el Señor a Pedro si le quiere, Pedro responde que sí y Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21,16.17). Luego, Jesús anuncia a Pedro la muerte con la que daría gloria a Dios. San Agustín comenta: «El Señor, pues, va más allá de lo que había dicho: “Apacienta mis ovejas”, ya que añade de modo equivalente: “Sufre por mis ovejas”» .
Es lo que sucedía con los profetas, cuando la fuerza del Espíritu los impulsaba a denunciar el pecado y las injusticias, el abandono de la ley de Dios y guarda de los mandamientos por el pueblo igual que por sus dirigentes. Lo vemos así en la primera lectura de hoy, que contiene la narración biográfica de la llamada de Dios a Jeremías. La vocación del profeta arranca desde su concepción en el seno materno a mediados del siglo VII antes de Cristo, él mismo tiene que creer que Dios está verdaderamente con él y es Dios quien le llama e induce a profetizar contra las injusticias y la violación de la ley divina. Tiene que creer y responder a la elección divina: Dios le ha llamado, separándolo de entre los demás y consagrándolo para la misión profética que le confía. Por eso el profeta no ha de tener miedo alguno, porque es Dios mismo quien le sostiene y le ha dado un nuevo ser al elegirlo y constituirlo profeta. Debe por ello tener la certeza de la fe de que Dios está con él incluso en la persecución y el martirio, porque la victoria del profeta va más allá incluso que la muerte; aunque, ciertamente, Dios puede librarlo y devolverlo sano y salvo allí mismo de donde lo tomó, una vez cumplida la misión de profetizar.
El profeta se resiste a hablar en nombre de Dios, porque quiere evitar los sufrimientos que le acarrea la predicación y de los que podría estar alejado fácilmente, si no hace caso a Dios. Sin embargo, Dios es más fuerte que la resistencia del profeta a secundar la vocación a la que es llamado. La historia de Jonás ilustra bien esta resistencia del profeta a cumplir con el cometido que Dios le confía, enviándole a predicar a Nínive, la ciudad símbolo del pecado. Conocemos bien la historia de Jonás, baste recordar ahora que, cuando Jonás va a Nínive después de haberse resistido al mandato de Dios, contra todo pronóstico del profeta que no quiso ir donde Dios le enviaba, la ciudad se convierte por la predicación de Jonás y hace penitencia.
Volvamos ahora a la crónica evangélica del día. Cuando Jesús fue invitado a predicar en la sinagoga de Nazaret recordó a sus paisanos la falta de reconocimiento que acompañó la vida de los profetas. Jesús se encuentra ante la expectación de sus paisanos, que esperan de él los milagros que dicen que ha hecho en otros lugares; y «todos los ojos estaban fijos en él» (Lc 4,20). Después de leer el pasaje del profeta Isaías en el que se dice: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva…» (Lc 4,18; cf. Is 61,1-2). Jesús les dice que la profecía se cumple en él, en Jesús mismo, que está delante de ellos y no tienen fe alguna en él.
Se admiran de su saber y se preguntan si no es el hijo de José el carpintero, pero Jesús les recuerda que así ha sucedido con los profetas, que fueron rechazados, pero de modo especial en su patria y entre los suyos: «Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra» (Lc 4,23). Les recuerda cómo en tiempos del profeta Elías Dios le envió a socorrer a una viuda fenicia en Sidón; y en tiempos de su discípulo Eliseo, Dios no quiso curar por medio del profeta a ninguno en Israel, sino a un extranjero. La respuesta irrita aún más a sus paisanos que le empujan hacia el barranco sobre el que se levanta el pueblo.
El evangelio de san Juan, que narra al comienzo de su evangelio el milagro de las bodas de Caná y ha presentado la conversión del agua en vino, y que interpreta como signo de su misterio personal y de su misión, es secundado por el relato de san Lucas que estamos comentando: Jesús se abrió camino entre sus paisanos, cuando con reacción airada le echaron fuera de la población y le empujaron hasta un barranco donde despeñarlo. Jesús se libró de ellos con serena actitud y se alejó sin que nadie se atreviera a nada. La majestad de Jesús y la soberanía de sus actos le acreditan como quien es en verdad: aquel en quien se cumplen las profecías, lleno de Espíritu Santo, el enviado por el Padre para liberar y redimir. Jesús ha venido para curar y sanar, para evangelizar a los pobres, y para dar su vida por nuestro rescate. Por eso dice en el mismo lugar san Agustín: «Fue su sangre y su muerte lo que nos redimió de la muerte, fue su abajamiento lo que nos levantó de nuestra postración» .
Si así hemos sido amados por Dios, sigamos la senda del amor que nos traza san Pablo en el cántico a la caridad que hemos escuchado en la segunda lectura, porque «el amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume ni se engríe… El amor no pasa nunca» (1 Cor 13,4.8). Que la Santísima Virgen y su castísimo esposo san José, que presentaron a Jesús en el templo para entregarlo a Dios, fiesta que acabamos de celebrar, y la intercesión de san Blas y de san Sebastián nos lo alcancen de la gracia de Dios.

Iglesia parroquial de Sierro
3 de febrero de 2019

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería