“Enmudecerán los espectadores de tanto dolor, y cuantos contemplan los sufrimientos del Siervo”

El oficio litúrgico del Viernes Santo transcurrió con fervor y silencio meditativo en la Catedral de la Encarnación, que a las 16,30 acogía un buen número de fieles que tomaron parte en la Conmemoración de la Muerte del Señor. La liturgia de la Palabra incluía conforme a la tradición del Viernes santo la Lectura de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan, que dramatizaron los tres diáconos que la leyeron alternando las intervenciones del narrador, del pueblo o sinagoga, y del propio Jesús. Un lectura que contiene una honda confesión de fe en el misterio de la persona de Jesús que con majestad y soberana decisión va a la pasión y a la cruz, en la cual será elevado entre el cielo y la tierra, para atraerlo todo a sí.


Tras la homilía del Obispo, la solemne oración de intercesión de este día, en el que la oración se eleva por la Iglesia y su unidad, por los el Papa y los obispos y ministros de Cristo, los gobernantes y las comunidades religiosas, empezando por los judíos; también por los que practican las religiones no cristianas y por los no creyentes, para que a todos Dios los atraiga al conocimiento de Cristo, con introducciones cantadas por el diácono y recitadas por el Obispo.

Después el rito solemne del descubrimiento y adoración de la Cruz de todos los fieles, empezando por el Obispo que acude descalzo ante la cruz para besar la efigie del crucificado. Siguen, tras el Obispo los ministros y los demás fieles. Terminado este rito en el que se cantan los improperios del Viernes santo y las bellas antífonas de la adoración de la cruz, sigue la participación en la Comunión, que se realiza con las sagradas formas consagradas en la misa del Jueves Santo “en la Cena del Señor” y guardadas en el Monumento durante toda la tarde del Jueves y la mañana del Viernes.

Tras la celebración de los santos oficios, a las 19,00 h., con puntualidad destacada, entraba en la Catedral para la estación de penitencia el Santo Sepulcro y la Virgen de los Dolores. Allí esperaban ya los pasos autoridades y representaciones sociales junto con los hermanos mayores de las hermandades y cofradías. A la llegada del Santo Entierro el Seminario, dirigido por el Canónigo Maestro de Capilla, cantó el himno “Oh, Cruz, te adoramos”, del oficio divino del día; y a la entrada de la imagen de la Virgen, el Seminario interpretó el “Stabat Mater Dolorosa”.

Terminada la incensación de las sagradas imágenes, el Obispo daba la venía para proseguir el desfile que había comenzado en la iglesia parroquial de san Pedro, sede canónica de las imágenes y sus hermandades. Un viento frío hostigó el desfile procesional del Viernes Santo que obligó a recogerse una hora antes de lo habitual.