Católicos de Rito Bizantino

En Almería se consagra la Iglesia de la Sagrada Familia.
El pasado domingo 26 de octubre de 2008, la diócesis de Almería vivió un momento histórico en una de las Iglesias de la capital. A las 11 h., en la Iglesia de la Sagrada Familia, ubicada en la antigua calle de Reyes Católicos, comenzó la ceremonia de consagración del templo a los católicos de rito bizantino. Monseñor Virgil Bercea, Obispo de la Eparquía de Oradea Mare de la Iglesia Rumana Unida, y Monseñor Adolfo González Montes, Obispo de Almería, concelebraron la dedicación del citado templo, eximiéndolo así de la jurisdicción de la parroquia de San Pedro Apóstol. De esta manera, Almería se convierte en una de las pocas  diócesis de España que ofrece una de sus Iglesias a la comunidad católica de rito oriental.

Tras el prolongado uso de esta Iglesia durante un siglo, el deterioro de la fábrica había hecho obligada la intervención de reparación de las estructuras fundamentales, resultando especialmente relevante el refuerzo de las techumbres, cubiertas y cúpula. El edificio padecía serios problemas motivados por las aguas pluviales, que, al desaguar directamente en la calle, debido a la elevación de la cota del acerado de la misma, inundaban las cubiertas y anegaban la solería, afectando a la estructura de los muros por el efecto de la capilaridad.

Conforme a la tradición oriental, se ha instalado un grandioso Iconostasio: una pieza de ebanistería en madera de tilo, que delimita la acción sagrada de los sacerdotes con respecto a la presencia física de los feligreses en el recinto sacro, y en la que se representan los misterios de Cristo y María, junto con los iconos propios de los santos de la tradición oriental. La madera es de Moldavia y se preparó con los debidos materiales y técnicas en Transilvania. El labrado pertenece a los talleres del maestro Campean Nicolae, quien siguió el modelo del Iconostasio que está en el Convento de las Hermanas de la Orden de San Basilio, en los EE.UU. En esta obra de arte han trabajado 10 escultores durante un mes, coordinados y dirigidos por dicho maestro. Mientras que los iconos han sido realizados por el pintor eclesiástico, residente en Almería, Boz Cosmin Iuliu, utilizando pinturas de aceite sobre lienzo, tal y como marca el estilo bizantino.

En este clima de comunión, y ante la expectación que levantaron los numerosos medios de comunicación que se dieron cita para recoger este evento, dio comienzo la ceremonia litúrgica, con la recepción de ambos Obispos en la puerta de la Iglesia de la Sagrada Familia. Un gran número de feligreses de origen rumano esperaban impacientes la llegada del máximo dirigente de la Iglesia en su país de origen. No por ello, la llegada del Monseñor Adolfo González Montes, Obispo de Almería, quedó relegada a un segundo plano. De hecho, los nuevos feligreses de la Sagrada Familia dieron una calurosa ovación al Obispo de la diócesis almeriense, como muestra de agradecimiento por el regalo espiritual que había tenido D. Adolfo con la comunidad rumana de católicos en la provincia.

Después de que ambos Obispos visitaran el interior del templo, y supervisaran así cómo habían quedado las finalizadas obras de reforma, comenzó el rito de consagración de la Iglesia, el Iconostasio y el Altar, siguiendo el rito bizantino. Concretamente se contempló la divina liturgia de San Juan Crisóstomo, el cual, junto a San Basilio, fue el fundador de la liturgia bizantina y el creador de sus principales textos eucológicos, como las plegarias eucarísticas.

En primer lugar, Monseñor Virgil Bercea asperjó con agua bendita las puertas cerradas de la Iglesia. A continuación, Monseñor Adolfo González Montes hizo lo mismo ante las puertas del templo. A continuación, se hizo la señal de la cruz sobre la superficie de las mismas con algodón mojado en el Santo Myron. Concluidos los ritos iniciales a las afueras de la Iglesia, se procedió a la procesión de entrada, con la Cruz Guía abriendo camino hacia el interior del templo, mientras que los presentes entonaban cantos religiosos. 

Hay que aclarar que, llegados a este punto, dentro la Iglesia hay dos grandes familias de ritos: los occidentales y los orientales. Entre los ritos occidentales se encuentra el romano, el milanés o ambrosiano y el visigodo o morárabe-hispánico. Históricamente se pueden citar más ritos, pero estos son los que han llegado a nuestros días. Y en los orientales se enumeran cinco: el alejandrino, el antioqueno, el armenio, el caldeo y el constantinopolitano o bizantino (el que se describe en estas líneas).

En el derecho canónico se habla de Iglesias rituales o autónomas (en latín sui iuris), para referirse a las Iglesias particulares, en comunión con el Romano pontífice, que tienen una organización propia, con una disciplina y un derecho propios, y que responden a tradiciones espirituales y litúrgicas propias. El hecho de que se reconozca una Iglesia sui iuris se debe a que estas Iglesias particulares se engarzan en uno de los cinco ritos orientales. Todas ellas son tributarias del patrimonio espiritual de un de los Patriarcados de la antigüedad, anteriormente mencionados. En el caso de Armenia, esta nación recibió la fe cristiana antes del siglo III, considerándose el primer Estado que se puede llamar cristiano. Y los cristianos de Caldea pueden retomar sus antecedentes en la fe casi de los Apóstoles.

Con el paso de los siglos se formaron esas tradiciones homogéneas que derivaron en la constitución de liturgias propias y Patriarcados autónomos. Aunque hubo cismas y herejías que rompieron la unidad de la Iglesia, hubo cristianos de estas tradiciones que volvieron a la comunión con el Romano Pontífice. Para poder respetar su rico patrimonio espiritual se constituyeron en Iglesias sui iuris. La Iglesia maronita es excepción en este devenir histórico: es la única Iglesia oriental católica que siempre ha estado en comunión con el Santo Padre, y además no tiene una Iglesia equivalente que se haya separado de la sede de Pedro.

Dejando a un lado los aspectos jurídicos e históricos, entramos en un análisis más pormenorizado del citado Iconostasio. Se trata de una pared, normalmente de madera labrada, roca o metal, que separa el santuario de la parte central del templo. Es decir, el sagrario se aísla del cuerpo del templo, cerrando completamente el altar a los fieles. Tiene tres puertas: la gran puerta real a la mitad (llamada así porque conduce directamente al altar sobre el cual el Rey de reyes es santificado), la puerta del diácono a la derecha, y la puerta del proskomide (preparativos para la liturgia) a la izquierda, mirando la estructura desde el punto de vista de un fiel en el cuerpo de la Iglesia.  Dos imágenes o iconos deben verse en todo Iconostasio: la figura de Nuestro Señor Jesucristo sobre la derecha de la puerta Real, y lo mismo de la Virgen María en la izquierda. Sobre la puerta Real está siempre la Anunciación. Y directamente arriba de la puerta Real está la representación de la Última Cena. Finalmente, en la parte superior del Iconostasio descansa una gran cruz, simbolizando la fuente de la salvación, CON San Juan y la Virgen María a los lados.

Como breve reseña histórica de los orígenes de esta obra del arte oriental, cabe decir que, en sus comienzos, el Altar fue siempre un elemento austero y sencillo en los ritos Oriental y Latino. Pero en la Iglesias y catedrales de Europa occidental, los constructores de las iglesias góticas colocaron un imponente tabique (el retablo) inmediatamente detrás del altar, cargado de ornamentos, figuras y esculturas de una belleza esplendorosa. En el Este, sin embargo, los griegos desplazaron su atención a la barrera o tabique que divide el altar y el sagrario del resto del templo. Paulatinamente comenzaron a adornarlo con los iconos de los Apóstoles y los Profetas, haciéndolo cada vez más alto, hasta desembocar en el actual Iconostasio.

Los asistentes a la ceremonia contuvieron la emoción en repetidas ocasiones, por toda la carga emocional que suponía la ceremonia. Si hacemos un bosquejo histórico por el bagaje de la Iglesia Greco-Latina de Rumanía, se comprende que los feligreses de rito bizantino vivieran con tanta intensidad este momento. Desde el siglo XVI, su pueblo fue perseguido por sus creencias religiosas durante la invasión turca. En 1744, el monje ortodoxo Visarion condujo a la población una insurrección popular contra la unión con Roma, lo que produjo cruentos enfrentamientos entre los ciudadanos. Además, el establecimiento de un gobierno comunista en Rumania, después de la II Guerra Mundial, fue una prueba desastrosa para la Iglesia greco-latina; el 1 de octubre de 1948, treinta y seis sacerdotes fueron obligados a romper su adhesión con Roma, para unirse a la Iglesia ortodoxa de Rusia. En ese mismo año, el gobierno aprobó un dictamen por el cual se procedió a la disolución de la Iglesia greco-latina, entregando sus bienes a la Iglesia Ortodoxa. Seis obispos greco-latinos fueron arrestados en la noche del 19 al 30 de diciembre, de los cuales sólo sobreviviría uno. Finalmente, tras 41 años de resistencia, la suerte de esta Iglesia cambió radicalmente con la caida de la dictadura comunista en 1989. Un año más tarde, el 14 de marzo de 1990, Juan Pablo II restableció la jerarquía de la Iglesia greco-latina, nombrando Obispos para cinco diócesis.

El acto se clausuró con la firma de Carlos Francisco de la Vega, secretario de la Conferencia Episcopal para las Relaciones Interconfesionales, Monseñor Virgil Bercea, Obispo de la Eparquía de Oradea Mare de la Iglesia Rumana Unida, Monseñor Adolfo González Montes, Obispo de Almería