Ante el Día de las Migraciones

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo Pelegrina

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestra actitud ante los emigrantes y refugiados es para el papa Francisco una
piedra de toque de la calidad de nuestra vida cristiana. El Santo Padre viene a decirnos
que para ser fieles a Jesucristo, hemos de vivir una cercanía real y eficaz con nuestros
hermanos emigrantes. A lo largo del año 2017 no ha habido semana en la que el Papa
no haya tenido un mensaje claro y comprometedor sobre la situación de los diversos
grupos de refugiados y emigrantes, tanto en Europa y América, como en Oriente Medio
o en el Este de Asia. Todo parece indicar que va a seguir haciéndolo en el año que
acabamos de comenzar. La Jornada Mundial de la Paz, que celebrábamos el día 1 de
enero tenía como lema: “Migrantes y refugiados, hombres y mujeres que buscan la
paz”. El lema no puede ser más apropiado y verdadero: Quien sale de su país dejando
dolorosamente atrás a su familia, lo hace para buscar una vida asentada en la paz y la
justicia, dispuesto siempre a propiciar la paz y la justicia donde llega.

La movilidad humana es una característica de nuestro tiempo, favorecida por la
globalización. El turismo, internet y los movimientos migratorios son fenómenos de
nuestro tiempo permitidos por el Señor que dirige la historia humana. Como nos dice
Jesús en el Evangelio, hemos de saber leer los signos de los tiempos, de la misma
manera que sabemos por el viento y las nubes que la lluvia se aproxima. Los signos de
los tiempos evidencian que las corrientes migratorias no son un fenómeno pasajero. Una
razón evidente es la tremenda e injusta desigualdad entre el hemisferio norte y el
hemisferio sur. Nada va a parar a los jóvenes que sueñan con vivir en una sociedad en
creciente bienestar y progreso, cuando su tierra no tiene que ofrecerles más que miseria
y violencia.

Mientras que no se subsanen las causas que fuerzan a emigrar desde los países
del sur, no cesará el flujo migratorio de jóvenes que están dispuestos a saltar cualquier
valla o a cruzar cualquier mar para alcanzar sus sueños. Por ello, es inaplazable la
colaboración internacional, no para reforzar los controles y trasladar a los jóvenes
emigrantes lejos de nuestras fronteras, como está ocurriendo, sino para destinar recursos
de los países ricos y crear programas de desarrollo en los países del sur de modo que los
jóvenes de aquellas latitudes puedan vivir en su propia tierra, y quien emigre lo haga
tomando su decisión en condiciones de libertad.

Los datos son terribles: más de tres mil personas han muerto ahogadas en el
Mediterráneo en el año 2017, y aumentaría mucho esta cifra si le sumamos los que
fallecieron en el camino desde el África subsahariana hasta el Magreb, los centenares de
mujeres violadas, asesinadas o condenadas por las mafias a la prostitución. De todo ello
saben mucho instituciones católicas como el Servicio Jesuita de Ayuda al Migrante, o
las religiosas Adoratrices u Oblatas y las consagradas de Villa Teresita. Otro tanto
podrían decirnos otras asociaciones católicas y también las no confesionales, pero que
tienen católicos entre sus voluntarios. A todos ellos nuestro reconocimiento más
sincero.

El mensaje del Papa para la Jornada de las Migraciones de este año nos invita a
que conjuguemos cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar. La acogida ha
de ser la primera actitud ante el inmigrante pobre. La acogida ha de ser humana y
solidaria. Un cristiano, como el Buen Samaritano, no pone excusas cuando vislumbra a
lo lejos a quien está al borde del camino apaleado y herido. Ha de bajarse de su
cabalgadura y acercarse, curar y vendar a quien necesita ayuda y atenderle hasta que
pueda valerse por sí mismo. ¿Qué clase de sociedad seríamos si abandonáramos a su
propia suerte al inmigrante que viene herido, desnutrido y maltratado o lo recluyéramos
en la cárcel como si fuera un delincuente?

La atención humana y cristiana al emigrante no se reduce a los cuidados de
urgencia. Hemos de procurar proteger sus derechos y su desarrollo personal para que
puedan aportar su talento y sus valores a nuestra sociedad. El aspecto más novedoso del
mensaje del papa Francisco es el último verbo con el que diseña nuestro compromiso
con el emigrante: integrar. Hasta no hace mucho, la integración se entendía como la
asimilación por parte del emigrante de la cultura del país de acogida. El Papa Francisco
da la vuelta a esta idea y nos dice que la integración de los emigrantes ha de significar la
acogida de su propia cultura para enriquecer la cultura del país que les acoge.
En nuestras parroquias y movimientos hemos de revisar nuestra actitud con los
hermanos emigrantes y cómo tratamos de integrarlos, acogiéndolos con cariño,
ayudándoles y tratándoles de acuerdo con su dignidad de personas e hijos de Dios.
Para todos, especialmente para nuestros inmigrantes, mi afecto fraterno y mi
bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla