Sevilla Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Thu, 18 Jan 2018 23:31:10 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es Ante el Día de las Migraciones http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/42322-ante-el-día-de-las-migraciones.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/42322-ante-el-día-de-las-migraciones.html Ante el Día de las Migraciones

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo Pelegrina

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestra actitud ante los emigrantes y refugiados es para el papa Francisco una
piedra de toque de la calidad de nuestra vida cristiana. El Santo Padre viene a decirnos
que para ser fieles a Jesucristo, hemos de vivir una cercanía real y eficaz con nuestros
hermanos emigrantes. A lo largo del año 2017 no ha habido semana en la que el Papa
no haya tenido un mensaje claro y comprometedor sobre la situación de los diversos
grupos de refugiados y emigrantes, tanto en Europa y América, como en Oriente Medio
o en el Este de Asia. Todo parece indicar que va a seguir haciéndolo en el año que
acabamos de comenzar. La Jornada Mundial de la Paz, que celebrábamos el día 1 de
enero tenía como lema: “Migrantes y refugiados, hombres y mujeres que buscan la
paz”. El lema no puede ser más apropiado y verdadero: Quien sale de su país dejando
dolorosamente atrás a su familia, lo hace para buscar una vida asentada en la paz y la
justicia, dispuesto siempre a propiciar la paz y la justicia donde llega.

La movilidad humana es una característica de nuestro tiempo, favorecida por la
globalización. El turismo, internet y los movimientos migratorios son fenómenos de
nuestro tiempo permitidos por el Señor que dirige la historia humana. Como nos dice
Jesús en el Evangelio, hemos de saber leer los signos de los tiempos, de la misma
manera que sabemos por el viento y las nubes que la lluvia se aproxima. Los signos de
los tiempos evidencian que las corrientes migratorias no son un fenómeno pasajero. Una
razón evidente es la tremenda e injusta desigualdad entre el hemisferio norte y el
hemisferio sur. Nada va a parar a los jóvenes que sueñan con vivir en una sociedad en
creciente bienestar y progreso, cuando su tierra no tiene que ofrecerles más que miseria
y violencia.

Mientras que no se subsanen las causas que fuerzan a emigrar desde los países
del sur, no cesará el flujo migratorio de jóvenes que están dispuestos a saltar cualquier
valla o a cruzar cualquier mar para alcanzar sus sueños. Por ello, es inaplazable la
colaboración internacional, no para reforzar los controles y trasladar a los jóvenes
emigrantes lejos de nuestras fronteras, como está ocurriendo, sino para destinar recursos
de los países ricos y crear programas de desarrollo en los países del sur de modo que los
jóvenes de aquellas latitudes puedan vivir en su propia tierra, y quien emigre lo haga
tomando su decisión en condiciones de libertad.

Los datos son terribles: más de tres mil personas han muerto ahogadas en el
Mediterráneo en el año 2017, y aumentaría mucho esta cifra si le sumamos los que
fallecieron en el camino desde el África subsahariana hasta el Magreb, los centenares de
mujeres violadas, asesinadas o condenadas por las mafias a la prostitución. De todo ello
saben mucho instituciones católicas como el Servicio Jesuita de Ayuda al Migrante, o
las religiosas Adoratrices u Oblatas y las consagradas de Villa Teresita. Otro tanto
podrían decirnos otras asociaciones católicas y también las no confesionales, pero que
tienen católicos entre sus voluntarios. A todos ellos nuestro reconocimiento más
sincero.

El mensaje del Papa para la Jornada de las Migraciones de este año nos invita a
que conjuguemos cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar. La acogida ha
de ser la primera actitud ante el inmigrante pobre. La acogida ha de ser humana y
solidaria. Un cristiano, como el Buen Samaritano, no pone excusas cuando vislumbra a
lo lejos a quien está al borde del camino apaleado y herido. Ha de bajarse de su
cabalgadura y acercarse, curar y vendar a quien necesita ayuda y atenderle hasta que
pueda valerse por sí mismo. ¿Qué clase de sociedad seríamos si abandonáramos a su
propia suerte al inmigrante que viene herido, desnutrido y maltratado o lo recluyéramos
en la cárcel como si fuera un delincuente?

La atención humana y cristiana al emigrante no se reduce a los cuidados de
urgencia. Hemos de procurar proteger sus derechos y su desarrollo personal para que
puedan aportar su talento y sus valores a nuestra sociedad. El aspecto más novedoso del
mensaje del papa Francisco es el último verbo con el que diseña nuestro compromiso
con el emigrante: integrar. Hasta no hace mucho, la integración se entendía como la
asimilación por parte del emigrante de la cultura del país de acogida. El Papa Francisco
da la vuelta a esta idea y nos dice que la integración de los emigrantes ha de significar la
acogida de su propia cultura para enriquecer la cultura del país que les acoge.
En nuestras parroquias y movimientos hemos de revisar nuestra actitud con los
hermanos emigrantes y cómo tratamos de integrarlos, acogiéndolos con cariño,
ayudándoles y tratándoles de acuerdo con su dignidad de personas e hijos de Dios.
Para todos, especialmente para nuestros inmigrantes, mi afecto fraterno y mi
bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 12 Jan 2018 11:15:05 +0000
Feliz Año Nuevo http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/42212-feliz-año-nuevo.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/42212-feliz-año-nuevo.html Feliz Año Nuevo

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Feliz Año Nuevo
7, I, 2018

Queridos hermanos y hermanas:

Feliz año nuevo para todos los cristianos de Sevilla y para todos los sevillanos. El primer día del año celebrábamos la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Iniciábamos, pues el nuevo año de la mejor forma posible, de la mano de María. La liturgia renovada después del Concilio Vaticano II ha colocado esta solemnidad, que sustituye a la antigua fiesta de la Circuncisión del Señor, en el corazón de la Navidad, reconociendo así el papel insustituible de María en el misterio que en estos días celebramos. A ella, que hace posible la encarnación y el nacimiento del Señor, le pido para todos vosotros que el año 2018 sea un año de gracia, de verdadera renovación de nuestra vida cristiana y de nuestro compromiso apostólico. Con palabras de la primera lectura de la Eucaristía de aquella solemnidad os deseo a todos que en el nuevo año "el Señor os bendiga y os proteja, ilumine su rostro sobre vosotros y os conceda su favor; [que] el Señor se fije en vosotros y os conceda la paz" (Núm 6,24-26).

Ayer sábado, día 6, celebrábamos la solemnidad de la Epifanía del Señor. Epifanía significa manifestación de Dios. En la Historia de la Salvación, Dios se ha ido manifestando paulatinamente. Al principio, a través de signos materiales, la zarza, el arca, el templo… Después, por medio de los profetas. Con el nacimiento de Jesús, comienza la etapa definitiva de la manifestación plena de Dios a la humanidad. Desde entonces nos habla, se nos hace cercano y accesible no a través de intermediarios, sino por medio de su Hijo, igual a Él en esencia y dignidad, reflejo de su gloria e impronta de su ser. Él es su Verbo, el origen y causa de todo lo que existe, la vida y la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.

A lo largo de estos días de Navidad nos hemos acercado con admiración y piedad infinitas a la cueva de Belén para contemplar al Niño en el pesebre. Y hemos comprobado que el Hijo eterno de Dios se ha hecho hombre verdadero, con nombre y apellidos, con una genealogía, con un lugar de nacimiento y con una familia tan sencilla como extraordinaria. El que no tenía carne, el que era puro espíritu inmaterial, asume nuestra carne. Se despoja de su rango y toma la condición de esclavo pasando por uno de tantos. Deja el seno cálido del Padre y emprende el duro camino de los hombres. Se hace, como escribe san Juan de Ávila, romero y peregrino. Vive en la intemperie y el desierto. No pasa de puntillas junto a nosotros. Asume nuestra naturaleza con todas sus consecuencias, excepto el pecado, sin rehusar la debilidad y la fragilidad del ser humano. Sudará, sentirá el

cansancio, la fatiga y la tristeza. Necesitará comer y descansar. Experimentará el dolor y la pobreza, hasta el punto de no tener donde reclinar su cabeza.

Por amor a los hombres, se hace el encontradizo con nosotros hasta dejarse crucificar. Por ello, la única actitud posible en estos días es la gratitud inmensa ante el amor inaudito de Dios, sin límites ni tasas, que hace exclamar a san Juan “Tanto amó Dios al mundo, que le envíó a su Hijo Unigénito para que los hombres tengan vida eterna”.

En su nacimiento histórico hace 2000 años, Jesús se manifestó primero al pueblo de Israel representado por José, María y los pastores. Pero el Señor vino para toda la humanidad, representada por los tres Magos de Oriente. Estos personajes misteriosos, originarios de culturas distintas de la de Israel, simbolizan la voluntad salvífica universal de Dios en la encarnación y el nacimiento de su Hijo. Por ello, la Epifanía, manifestación de Dios a los pueblos gentiles, es nuestra fiesta. En las personas de los Magos está prefigurada la humanidad entera. El misterio revelado en primer término a los más íntimos y cercanos, se abre también a nosotros y a todos los hombres.

Que en estos días de Epifanía, al mismo tiempo que seguimos contemplando el misterio del Dios hecho niño, le agradezcamos con emoción el don de la fe que recibimos el día de nuestro bautismo, la auténtica y verdadera manifestación de Dios en nuestras vidas; y que tratemos de hacerla cada día más viva y operante de modo que penetre en todas las entretelas de nuestra alma, de nuestra vida personal y familiar, de nuestros empeños y proyectos.

La Epifanía, junto con Pentecostés, es la gran fiesta de la misión universal de la Iglesia, una fiesta de una intensa tonalidad apostólica y misionera. La mejor manera de agradecer a Dios su manifestación y el regalo de la fe es renovar nuestro compromiso misionero, de modo que la manifestación que co- menzó con la adoración de los Magos, siga extendiéndose al mundo entero con nuestra oración, nuestra palabra y nuestro testimonio.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Sevilla Fri, 05 Jan 2018 06:56:45 +0000
En la fiesta de la Sagrada Familia http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/42143-en-la-fiesta-de-la-sagrada-familia.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/42143-en-la-fiesta-de-la-sagrada-familia.html En la fiesta de la Sagrada Familia

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

En el marco precioso de la Navidad celebramos en este domingo, último día del año, la fiesta de la Sagrada Familia. La promoción de una adecuada y orgánica pastoral familiar en las parroquias de nuestra Archidiócesis debe ser una prioridad para nosotros. No descubro ningún secreto si os digo que, como consecuencia de diversos factores culturales, sociales y políticos, la familia está viviendo en Europa, y también en España, una profunda crisis. Tales factores están poniendo en riesgo el mismo concepto de familia, desdibujando el valor de la indisolubilidad del matrimonio y equiparando a la unión conyugal diversas formas de convivencia que no pueden considerarse verdadero matrimonio. En España, hace unos años nuestros gobernantes dieron un paso más: modificaron el Código Civil para incluir en la noción de matrimonio a las uniones del mismo sexo, con la posibilidad incluso de adoptar niños, con lo cual se ha introducido un peligroso factor de disolución de la institución matrimonial y, con ella, del justo orden social.

En este contexto, nuestra Iglesia diocesana ha de anunciar con un renovado vigor la verdad del matrimonio y de la familia y su sentido en el designio salvador de Dios, como comunidad de vida y amor, abierta a la procreación de nuevas vidas, así como su condición de "iglesia doméstica" y su participación en la misión de la Iglesia y en la vida de la sociedad.

Reconozco con gozo que entre nosotros hay muchas familias que, desde la existencia cotidiana vivida en el amor, son testigos visibles de la presencia de Jesús que las acompaña y mantiene en la fidelidad con el don de su Espíritu. Hemos de hacer todos los esfuerzos que sean necesarios para apoyarlas y ayudarlas, apoyo y acompañamiento que es particularmente necesario en el caso de los matrimonios en dificultades o en crisis.

La familia cristiana, fundada en el sacramento del matrimonio, es icono y reflejo del amor de Dios por la humanidad y signo del amor de Cristo por su esposa que es la Iglesia. Como santuario de la vida es el ámbito donde la vida, don de Dios, es acogida, acompañada y defendida. Por ello, la familia es el fundamento de la sociedad, lugar primordial de humanización de la persona y de la convivencia civil, pues en ella se adquieren los hábitos y los principios imprescindibles para una vida social vivida en el amor y la solidaridad. Sólo por eso los poderes públicos deberían apoyar a la familia como se merece. No puedo olvidar otra dimensión importante: la familia es también comunidad evangelizadora, abierta a la misión, pues los padres cristianos tienen como uno de sus principalísimos deberes la transmisión de la fe y la educación cristiana de sus hijos.

En la Exhortación Apostólica Pastores gregis, el Papa Juan Pablo II afirmaba que es obligación del obispo preocuparse de que en la sociedad civil se defiendan y apoyen los valores del matrimonio y de la familia. Ha de impulsar también la preparación de los novios al matrimonio, el acompañamiento de los jóvenes esposos, así como la formación de grupos de familias que apoyen la pastoral familiar y estén dispuestas a ayudar a las familias en dificultades. En este sentido, Juan Pablo II nos invitaba a los obispos a favorecer iniciativas diocesanas de diverso tipo, como signo de la cercanía y de la solicitud del obispo por las familias.

Respondiendo a este llamamiento del Papa, nuestra Delegación Diocesana de Familia y Vida, con el respaldo explícito de los dos obispos, ha ido dando pasos significativos en la formación de agentes de pastoral familiar a través del Master en Ciencias del Matrimonio y de la Familia. Ha proseguido también la tarea de preparación y unificación de los contenidos y metodología de los cursillos prematrimoniales. No pocas personas han participado en los cursos de monitores del programa de educación afectivo-sexual Teen Star con vistas a la educación de los jóvenes y adolescentes desde la antropología cristiana. Hemos creado también en nuestra Archidiócesis cinco COFs, que están prestando un importante servicio a tantos matrimonios y familias. Todos ellos constituyen ya una red vigorosa de ayuda a los matrimonios en dificultades, que necesitan una asistencia más especializada de la que la parroquia puede ofrecer.

Ninguna parroquia de la Archidiócesis debería olvidar elaborar una programación específica para este sector pastoral. En todas las parroquias debe existir un pequeño equipo de servicio a la familia en las distintas dimensiones a las que acabo de aludir. Nos va en ello la felicidad de los esposos y de sus hijos, el futuro de la Iglesia y el bien común de la sociedad, pues la familia es, como nos dijera el Concilio, "la escuela del más rico humanismo".

Invocando para todos esos proyectos la ayuda de la Sagrada Familia de Nazaret, modelo de las familias cristianas, y muy especialmente de la Santísima Virgen, Reina de las familias, contad con mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Thu, 28 Dec 2017 14:05:23 +0000
Esta noche es Nochebuena http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/42104-esta-noche-es-nochebuena.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/42104-esta-noche-es-nochebuena.html Esta noche es Nochebuena

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo


Queridos hermanos y hermanas:

“Cantad al Señor un cántico nuevo… cantad al Señor, bendecid su nombre”. Con estas palabras del salmo 95 nos invitará la liturgia de esta Nochebuena a alabar al Señor, a tocar para Él la cítara, a vitorearle con clarines y al son de trompetas, a aclamar al Rey y Señor. No es para menos. En esta noche verdaderamente buena y santa, la oscuridad se tornará claridad, las estrellas brillarán con insólito fulgor y, en el silencio sereno de la noche, el ángel nos anunciará una vez más la gran noticia que hace dos mil años oyeron los pastores: “No temáis, os traigo la Buena Nueva… hoy en la ciudad de David os ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,10-11). Y volveremos a escuchar los cánticos de los ángeles: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”.

Es natural que nos regocijemos y felicitemos, pues el Dios eterno, inmortal e invisible, que a lo largo del Antiguo Testamento habla a su pueblo por medio de los profetas, en esta etapa culminante de la historia nos ha hablado por su Hijo, igual a Él en esencia y dignidad, reflejo de su gloria e impronta de su ser (Hebr 1,1-3). Él es su Verbo, el origen y causa de todo lo que existe, la vida y la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,3-9). Él es la Palabra eterna del Padre, que en la Nochebuena se hace carne y planta su tienda entre nosotros (Jn 1,14), para hacernos partícipes de su plenitud, para ofrecernos la salvación y la gracia, para compartir con nosotros su vida divina. “No puede haber lugar para la tristeza -nos dice san León Magno- cuando acaba de nacer la vida… Nadie tiene por qué sentirse excluido del júbilo… [pues el Señor] ha venido para liberarnos a todos. Alégrese el santo, puesto que se acerca a la victoria; regocíjese el pecador, puesto que se le invita al perdón; anímese el gentil, ya que se le llama a la vida”.

¡Misterio de la Encarnación, misterio del nacimiento de Jesús en la cueva de Belén, misterio inefable que nuestros torpes labios apenas pueden balbucear, misterio que en tantas ocasiones queda reducido al sentimentalismo, a la dimensión cultural, folclórica o costumbrista de unas fiestas entrañables de las que rozamos sólo la periferia, sin entrar en su hondón, sin postrarnos de rodillas para exclamar silenciosa y quedamente “Dios se ha hecho hombre”, “Dios se ha encarnado por mí”!

Por ello, nuestra primera actitud en esta noche no puede ser otra que la admiración, la sorpresa, el gozo y la emoción ante el prodigio, la contemplación larga del don increíble que Dios ha hecho a la humanidad, la adoración rendida ante el Dios que se despoja de su rango y se hace niño, y la gratitud inmensa ante la condescendencia de Dios, ante su amor inaudito, sin límites ni tasas, que hace exclamar al evangelista san Juan: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito” (Jn 3,16). En la Nochebuena, el Dios eterno se hace el encontradizo con nosotros a través de su Verbo. Es justo que le alabemos, y que llenos de emoción, exclamemos con el profeta: “Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que pregona la buena nueva, que dice a Sión: Tu Dios es Rey” (Is 52,7).

El Dios que nos nace en esta noche no es el Dios frío y abstracto de los filósofos. Nace en un pesebre, se hace niño, experimenta la pobreza y la persecución, la alegría y el dolor, la amistad y la traición, la muerte y la resurrección. Es un Dios con rostro humano, que nos ama hasta el extremo, que nos llama a su seguimiento, que espera nuestro amor, y que en esta Navidad quiere nacer en nuestros corazones y en nuestras vidas, para convertirlas, salvarlas, dignificarlas y llenarlas de plenitud y sentido.

Abramos de par en par las puertas a Cristo, redentor del hombre. En su nacimiento histórico nació en un pesebre, pues José y María no encontraron sitio en el mesón (Lc 2,7). Esta amarga queja de san Lucas sólo es equiparable a esta otra dramática afirmación del evangelista san Juan: “Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). Que no sea este nuestro caso. Que acojamos en nuestros corazones al Señor que nace. De este modo viviremos la verdadera alegría de la Navidad, fruto del encuentro con Cristo y con los hermanos, la alegría que el mundo no puede dar, que yo deseo a todos los cristianos de nuestra Archidiócesis, sacerdotes, consagrados, seminaristas y laicos, y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Para todos, ¡Feliz, santa y gozosa Navidad!

Para todos, mi abrazo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Sevilla Sun, 24 Dec 2017 06:50:25 +0000
Alegraos porque el Señor está cerca http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/41911-alegraos-porque-el-señor-está-cerca.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/41911-alegraos-porque-el-señor-está-cerca.html Alegraos porque el Señor está cerca

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

"Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca". Con estas palabras de san Pablo (Fil 4,4-5), se inicia la Eucaristía del Domingo III de Adviento, conocido como Domingo "Gaudete" o Domingo de la alegría. En las semanas anteriores, la Iglesia nos ha invitado a la interioridad, a la conversión, a la penitencia y al encuentro con nosotros mismos como camino para encontrarnos también con el Señor que viene. En los umbrales de la tercera semana de Adviento, cuando faltan ocho días para la Nochebuena, la liturgia hace un alto en el camino para animarnos y sostener nuestro esfuerzo en el camino de la penitencia y de la conversión del corazón. Por ello, nos dice con San Pablo: "Estad siempre alegres" (1 Tes 5,16).

En la primera lectura de este domingo, el profeta Isaías anuncia a los israelitas desterrados en Babilonia que la opresión va a terminar, que el Señor inundará de alegría los corazones angustiados porque va a comenzar una etapa de perdón y salvación. La pena y la aflicción acabarán. Los hijos de Israel volverán cantando con una alegría inenarrable y desbordante (Is 61,10-11). Es la misma alegría a la que nos invita san Pablo en la segunda lectura de la Eucaristía de este Domingo: Estad siempre alegres en el Señor. Efectivamente, ante la inminencia de la llegada del Señor no cabe otra actitud más coherente que la alegría, porque esperamos al Señor que viene a salvarnos, a liberarnos del pecado, a curar nuestras enfermedades, a reconciliarnos con Él y entre nosotros. La esperanza del don que vamos a recibir, de la visita que el mismo Dios nos va a hacer por medio de su Hijo Jesucristo, anticipa ya la alegría que se acrecentará con su llegada.

Nuestra alegría no se funda en las compras, los regalos, las vacaciones o las reuniones familiares propias de los días de Navidad. La raíz profunda de nuestra alegría es el Enmanuel, el Dios con nosotros. Todo lo demás es secundario y no admite parangón ante la luz de su presencia y la belleza de los dones que nos trae. Con el Señor no hay temor, ni tristeza, ni llanto, ni dolor, ni miedo, ni inseguridad. Él nos conoce por nuestro nombre, nos comprende, acompaña y guía por medio de su Espíritu. El nos perdona siempre, sin rastro de resentimiento. La alegría de sentirnos perdonados y poder comenzar de nuevo no es comparable con los placeres efímeros que nos brindan las cosas materiales y que en estos días nos sugieren los reclamos publicitarios. El sentirnos queridos, amados, defendidos y acompañados por el Dios fuerte y leal, omnipotente y amigo de los hombres, nos proporciona la paz que el mundo no puede dar.

Preparémonos, pues, intensamente a recibirlo. Apresurémonos a limpiar y a agrandar las estancias de nuestro corazón para que viva en nosotros y sea el único Señor de nuestras vidas. Rompamos las ataduras que nos esclavizan y las imperfecciones que nos atenazan, que enfrían nuestro amor a Dios y que merman nuestra libertad para seguir al Señor con un corazón limpio e indiviso.

En la vida ordinaria, cuando nos preparamos para un gran acontecimiento, en los últimos días redoblamos el esfuerzo para que todo esté a punto. Otro tanto nos pide la liturgia en esta segunda parte del Adviento mostrándonos a María, Ntra. Sra. de la O, la Virgen de la espera y la esperanza, como el mejor modelo del Adviento. Con cuánto amor dispondría su corazón para recibir a Jesús, con cuánto cariño prepararía los pañales antes de partir para Belén. Con cuánto amor limpiaría con José la cueva y el pesebre. Que ella nos ayude a prepararnos para el encuentro con su Hijo, que viene dispuesto a colmarnos de dones, a convertir nuestra vida, a robustecer nuestra fe y nuestro testimonio ante mundo de que Él es el centro de la humanidad, el gozo del corazón humano y la plenitud total de sus aspiraciones.

El Señor nacerá en nosotros en la medida en que estemos dispuestos a acogerlo en nuestros hermanos, los enfermos, los ancianos abandonados, los inmigrantes, los parados y sus familias, que sufren aún las consecuencias de la crisis económica. Descubramos en ellos el rostro del Señor. Él, además de asumir y dignificar la naturaleza humana con su encarnación y nacimiento, ha querido compartir con nosotros su naturaleza divina. Qué razón tan poderosa para entregarnos a nuestros hermanos, hijos de Dios como nosotros, para perdonar, para renovar nuestra fraternidad, para compartir con los pobres nuestros bienes y lo que es más importante nuestras personas, nuestro afecto y nuestro tiempo. Si así lo hacemos, constataremos que es verdad que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35) y experimentaremos la alegría inmensa, recrecida y rebosante que nace también del encuentro cálido y generoso con nuestros hermanos.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Thu, 14 Dec 2017 15:57:46 +0000
Adviento, tiempo de esperanza http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/41831-adviento-tiempo-de-esperanza.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/41831-adviento-tiempo-de-esperanza.html Adviento, tiempo de esperanza

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

Iniciamos en este domingo la segunda semana de Adviento, tiempo que nos prepara para la fiesta de Navidad, que todos, pequeños y mayores, esperamos con emoción contenida. En las calles, en nuestras Iglesias y en nuestras casas todo huele ya a Navidad.

En el Adviento escuchamos a las grandes figuras bíblicas que prepararon y anunciaron la llegada del Mesías, los profetas, singularmente Isaías, Zacarías y Sofonías, y Juan el Bautista. Ellos son los heraldos que anuncian la llegada de Jesús. A ellos se añade otra gran protagonista del Adviento, la Virgen María.

Los textos litúrgicos de estos días son un canto a la esperanza, pues nos vienen a decir que nuestro mundo tiene salvación. Aún en las peores situaciones es posible sostener una esperanza cierta y segura. Ninguno de nosotros puede vivir sin esperanza. Vivir es esperar, porque la esperanza es tener delante una meta deseada y querida que nos anima a levantarnos del lecho cada mañana, a trabajar, vivir y a superar las dificultades de cada día. Quien no tiene esperanza, no tiene futuro, se viene abajo y cae en la depresión porque le faltan las razones indispensables para seguir viviendo.

Los cristianos tenemos motivos sólidos para vivir con esperanza porque sabemos que Dios está con nosotros y nos tiene abierta la promesa de una vida eterna, feliz y dichosa. El amor y la fidelidad de Dios son las razones últimas de nuestra esperanza. A ella nos convoca la celebración anual de la Navidad. El nacimiento del Señor, que cada año la Iglesia actualiza en la liturgia, es la mejor garantía de que Dios nos ama y está con nosotros.

Quienes viven como si Dios no existiera, seguro que pueden tener a veces la sensación de estar solos y perdidos en el mundo, como si esta vida fuera solo una aventura sin sentido. Nos los encontramos a diario en la calle, en el trabajo y en las diversiones. Muchos de ellos se refugian en el consumismo, el alcohol o las drogas. Algunos caen en la depresión, e incluso en el suicidio, cuyo número crece cada día.

Justamente el gran mensaje de la Navidad es éste: Tenemos motivos para la esperanza. Jesucristo vive y camina con nosotros. Por ello, todo tiene sentido, siempre hay una salida, nunca nos faltarán razones para vivir. Cada día es un escalón para llegar a la felicidad eterna en la morada de Dios. Esta seguridad clarifica, organiza y sosiega nuestra vida. No todo es igual. En este mundo no estamos solos porque tenemos con nosotros al Hijo de Dios que nació de la Virgen María para ser nuestro salvador.

El que confía en el Señor nunca desespera porque tiene el Espíritu y la fuerza de Dios y sabe que las puertas del Cielo están abiertas para los que creen en Cristo y viven de acuerdo con sus mandamientos. De esta esperanza brotan algunas conclusiones prácticas. De la esperanza nace un conjunto de virtudes que son energías espirituales indispensables para vivir con alegría.

De la esperanza brota la fortaleza. El que tiene delante una meta clara y segura tiene también energía para superar las dificultades y renunciar a cosas que le estorban. Cuando la esperanza se debilita ya no podemos prescindir de nada y nos quedamos a merced de la codicia y la ambición. De la esperanza nace también la paciencia, la capacidad de aguantar, de ser más fuertes en las adversidades, de resistir con constancia en nuestros propósitos. Los cristianos sabemos que resistir es vencer y que al final todo sale bien con la ayuda de Dios.

De la esperanza nacen la serenidad y la paz. El que ejercita la esperanza sabe conformarse con lo que tiene y recibe el consuelo levantando la mirada hacia el futuro. La debilidad y los dolores de hoy quedan compensados con la seguridad de la felicidad futura. Lo que no se ve vale más que lo que se ve. Lo que nos viene vale más que lo que tenemos.

La esperanza es también fuente de iniciativas y generosidad. La esperanza no nos aleja de las obligaciones de cada día, ni nos quita el gusto por la vida. Al revés. Quien espera la vida eterna sabe que cada momento de esta vida lleva dentro una semilla de eternidad.

La cercanía de la vida eterna nos hace amar más a nuestros hermanos, servirles mejor, luchar contra la mentira y la injusticia, vivir más cerca de Dios y trabajar para que este mundo sea más fraterno y más feliz.

La palabra esperanza es sinónima de libertad interior para buscar el bien y de rebeldía contra la fatalidad. Es también sinónima de descanso y confianza en la bondad de Dios que nos acompaña, y de responsabilidad ante uno mismo y ante la comunidad de la que formamos parte. Todo esto, nada más y nada menos, es el Adviento.

Feliz y santo Adviento para todos, con mi afecto y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Thu, 07 Dec 2017 12:50:45 +0000
Adviento y vigilancia http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/41684-adviento-y-vigilancia.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/41684-adviento-y-vigilancia.html Adviento y vigilancia

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

Comenzamos el tiempo de Adviento, que nos prepara para recordar y celebrar la primera venida del Señor y nos dispone para acogerle en nuestros corazones en la nueva venida que cada año actualiza místicamente la liturgia. La Iglesia nos invita además a dilatar la mirada: el Señor que vino hace dos mil años, que viene de nuevo a nosotros en Navidad, vendrá glorioso como juez al final de los tiempos.

Por ello, el tiempo de Adviento y toda la vida del cristiano es tiempo de alegre esperanza. Es tiempo también de vigilancia, a la que nos insta el evangelio de los últimos domingos del año litúrgico y también el de este domingo primero de Adviento con la parábola de los criados que esperan el retorno de su señor.

La vigilancia no es vivir bajo el temor de un Dios justiciero y vengativo que está esperando nuestros errores o pecados para castigarnos. Esta actitud de desconfianza y temor ante Dios y el mundo, sólo engendra personas obsesivas y escrupulosas, que piensan que Dios es un ser predispuesto contra el hombre, quien debe ganarse su salvación con sus solas fuerzas y luchando contra enormes imponderables.

La vigilancia cristiana es una actitud positiva que tiene como base el optimismo sobrenatural de sabernos hijos de un Dios que es Padre, que quiere nuestra salvación y nuestra felicidad y que nos da los medios para alcanzarla. Es concebir la vida cristiana como una respuesta amorosa a un Dios que nos ama, que es fiel a sus promesas y que espera nuestra fidelidad con la ayuda de su gracia.

La actitud de vigilancia debe matizar toda la vida del cristiano, para saber distinguir los valores auténticos de los aparentes. La cultura secularizada, en muchos casos difunde modos de pensar y de actuar que nada tienen que ver con los auténticos valores humanos y cristianos. En demasiadas ocasiones canoniza formas de comportamiento ajenas al espíritu cristiano. Se impone, pues, una actitud crítica ante lo que vemos, escuchamos o leemos y una independencia de criterio ante los mensajes contrarios al Evangelio con que, de forma directa o indirecta, nos agreden los medios de comunicación. Esta actitud crítica muchas veces nos deberá llevar a apagar el televisor o no encenderlo, para que no nos arrollen los criterios paganos e, incluso, anticristianos, que en ocasiones los medios nos brindan.

La vigilancia es también necesaria para que no se debilite nuestra conciencia moral, para conservar una conciencia recta, que distingue el bien del mal, lo justo de lo injusto, lo recto de lo torcido. De lo contrario, la conciencia puede endurecerse hasta perder el sentido moral, el sentido del pecado, un peligro real para los cristianos de hoy. La vigilancia cristiana nos debe ayudar a poner los medios para conservar la rectitud moral: la confesión frecuente, precedida de un examen sincero de conciencia, y el examen de conciencia diario para ponderar nuestra fidelidad al Señor, son la mejor garantía para mantener la tensión moral y la delicadeza de conciencia.

Es necesaria también la vigilancia ante los posibles peligros que pueden debilitar nuestra fe o nuestra vida cristiana. El cristiano no puede vivir en una atmósfera permanente de temor, porque cuenta con la ayuda de la gracia de Dios, pero tampoco ha de ser un atolondrado, ni creerse invulnerable ante las tentaciones del demonio. Ha de vivir su vida cristiana con responsabilidad y sabiduría, para descubrir los peligros que ponen en riesgo nuestra fe y, sobre todo, el mayor tesoro del cristiano, la vida de la gracia, que es comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu, que vive en nosotros y nos da testimonio de que somos hijos de Dios. La vida de la gracia es ya en este mundo prenda y anticipo de la vida de la gloria, a la que Dios nos tiene destinados.

Para vivir la esperanza cristiana en la salvación definitiva no hay mejor camino que tomar en serio el momento presente en función de los acontecimientos finales, pues nuestro fin será como haya sido nuestra vida. Si cada día tratamos de ser fieles a Dios en nuestro propio estado y circunstancias, tomaremos buena nota de la última palabra que pronuncia el Señor en el evangelio de hoy: ¡Velad! Así estaremos preparados para el encuentro con el Señor. De este modo no consideraremos la muerte como una tragedia, sino que la esperaremos con la paz y la alegría de quienes se preparan para el abrazo definitivo con Él.

Que sea Él quien aliente nuestra vigilancia con su custodia fuerte y amorosa, pues como nos dice el salmo, "Si el Señor no guarda la ciudad en vano vigilan los centinelas". Que la Santísima Virgen, a la que todos los días decimos muchas veces "ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte", nos cuide y proteja ahora y en los momentos finales de nuestra vida.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Thu, 30 Nov 2017 15:30:25 +0000
Jesucristo, rey de nuestras vidas http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/41529-jesucristo-rey-de-nuestras-vidas.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/41529-jesucristo-rey-de-nuestras-vidas.html Jesucristo, rey de nuestras vidas

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos en este domingo la solemnidad de Cristo Rey del Universo. La Palabra de Dios que escucharemos en la Eucaristía nos mostrará la realeza de Cristo en tres secuencias sucesivas y complementarias: en la primera lectura, el profeta Ezequiel nos presentará a Jesucristo como pastor y rey de su pueblo; en la segunda, san Pablo nos señalará la muerte y resurrección de Cristo como el fundamento primero de su realeza; el evangelio, por fin, nos lo presentará como el rey que juzgará a toda la humanidad después de la consumación de la historia humana.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que, ante la realeza de Cristo, "la adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura…”. Nos dice también que la adoración es “la actitud de humillar el espíritu ante el "Rey de la gloria" y el silencio respetuoso ante Dios, "siempre mayor" (n. 2628). El Catecismo de la Iglesia Católica declara además que "la afirmación del señorío de Jesús sobre el mundo y sobre la historia significa también reconocer que el hombre no debe someter su libertad personal, de modo absoluto, a ningún poder terrenal sino a Dios Padre y al Señor Jesucristo" (n. 450). Esto quiere decir que no basta la adoración. En este domingo de Cristo Rey además de postrarnos de rodillas para adorar la realeza de Cristo, es preciso dar un paso al frente para romper con aquellos ídolos que nos esclavizan o degradan, porque ocupan el lugar de nuestro único Señor.

Cada uno de nosotros conoce mejor que nadie cuáles son los ídolos ante los que nos postramos y que nos impiden arrodillarnos en exclusiva ante el único Rey de nuestras vidas, el orgullo, el egoísmo cainita e insolidario, la impureza, el consumismo, la mentira, el placer, el confort o el dinero. Por ello, en esta solemnidad es preciso tomar muy en serio aquello que nos dice una canción bien conocida: “No adoréis a nadie, a nadie más que a Él. No fijéis los ojos en nadie más que en Él; porque sólo Él nos da la salvación; porque sólo Él nos da la libertad; porque sólo Él nos puede sostener. No adoréis a nadie, a nadie más que a Él”.

En la solemnidad de Cristo Rey, hemos de dejarnos fascinar y conquistar por Él, para amarlo con todas nuestras fuerzas, poniéndolo no sólo el primero, porque ello significaría que entra en competencia con otros afectos, sino como el único que realmente llena y plenifica nuestras vidas. Es ésta una fecha muy apta para iniciar o proseguir el seguimiento del Señor con decisión y radicalidad renovadas, para entregarle nuestra vida, para que Él la posea y oriente y la haga fecunda al servicio de su Reino.

Aceptemos con gozo la realeza y la soberanía de Cristo sobre nosotros y nuestras familias, entronizándolo de verdad en nuestro corazón, como Señor y dueño de nuestros afectos, de nuestros anhelos y proyectos, de nuestro tiempo, nuestros planes y nuestra vida entera. Que hagamos verdad hoy y siempre aquello que cantamos en el Gloria: “…porque sólo Tú eres Santo, sólo Tú Señor, sólo Tú Altísimo Jesucristo”.

La realeza de Cristo exige también nuestro compromiso apostólico para anunciar a Jesucristo a nuestro mundo con obras y palabras. En primer lugar con nuestro testimonio, con nuestro buen ejemplo en la familia, con nuestra vida intachable, con nuestra rectitud moral en la vida profesional y en el cumplimiento de nuestras obligaciones cívicas, con nuestro testimonio de cercanía y compromiso con nuestros hermanos, especialmente los más pobres.

Pero hemos de anunciar a Jesucristo también con la palabra. No nos debe dar miedo ni vergüenza hablar del Señor a nuestros hermanos, mostrándoles a Jesucristo como Salvador único, único camino para el hombre y única esperanza para el mundo, aprovechando todos los ambientes y circunstancias en que se entreteje nuestra vida: la familia, el trabajo, la profesión y las relaciones sociales. En todas las circunstancias hemos de compartir con nuestros hermanos nuestro mejor tesoro, el tesoro de nuestra fe y de nuestra esperanza en Jesucristo, único salvador.

Nuestro dinamismo apostólico es el mejor termómetro de nuestra vitalidad espiritual. El afán por anunciar a Jesucristo es además el mejor camino para vivir una vida cristiana vigorosa y fecunda, pues como nos decía el Papa Pablo VI en la Exhortación Apostólica "Evangelii Nuntiandi": "la fe se robustece dándola". Con ello nos quería decir que si la fe no es misionera, si no se transmite y se comparte, corre el riesgo de fosilizarse y de asfixiarse.

Queridos hermanos y hermanas: no escondáis la luz debajo del celemín. Mostradla con entusiasmo y valentía. Sólo así la Iglesia podrá ser en este mundo, como rezaremos en el prefacio de este domingo, el “reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”, anticipo en este mundo del Reino de los Cielos.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Thu, 23 Nov 2017 15:57:42 +0000
Noviembre, mes de los difuntos http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/41369-noviembre-mes-de-los-difuntos.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/41369-noviembre-mes-de-los-difuntos.html Noviembre, mes de los difuntos

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

Iniciábamos el mes de noviembre con la solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los Fieles Difuntos, y no quiero que vaya adelante este mes, que en la piedad popular está dedicado a los difuntos, sin dedicar una de mis cartas semanales a quienes "nos han precedido en el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz". El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que "la Iglesia peregrina... desde los primeros tiempos del cristianismo, honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció sufragios por ellos, pues, 'es una idea piadosa y santa orar por los difuntos para que sean liberados del pecado' (2 Mac, 12,46)".

La visita al cementerio y la oración por nuestros familiares, amigos y bienhechores difuntos, especialmente en el mes de noviembre, es en primer lugar una profesión de fe en la resurrección de la carne, en la vida eterna y en la pervivencia del hombre después de la muerte, uno de los artículos capitales del Credo Apostólico. Gracias a la resurrección del Señor, los cristianos sabemos que somos ciudadanos del Cielo, que la muerte no es el final, sino el comienzo de una vida más plena, feliz y dichosa, que Dios nuestro Señor tiene reservada a quienes viven con fidelidad su vocación cristiana y mueren en gracia de Dios y en amistad con Él.

Los sufragios por los difuntos, entre los que hay que contar también la mortificación y la limosna, son además una confesión explícita de nuestra fe en el dogma de la Comunión de los Santos y de nuestra convicción cierta de que los miembros de la Iglesia peregrina, junto con los Santos del Cielo y los hermanos que se purifican de sus pecados en el purgatorio, constituimos un pueblo y un cuerpo, el Cuerpo Místico de Jesucristo. Somos una familia, en la que todos nos pertenecemos, que participa de un patrimonio común, el tesoro de la Iglesia, del que forman parte los méritos infinitos de Jesucristo, todos los actos de su vida, muy especialmente su pasión, muerte y resurrección, y la oración constante de quien "vive siempre para interceder por nosotros" (Hebr 7,25). A este patrimonio precioso pertenecen también los méritos e intercesión de la Santísima Virgen y de todos los Santos, la plegaria de las almas del purgatorio y nuestras propias oraciones, sacrificios y obras buenas, que hacen crecer el caudal de caridad y de gracia del Cuerpo Místico de Jesucristo.

Los miembros de la Iglesia no somos islas. Todos, vivos y difuntos, estamos misteriosamente intercomunicados por lazos tan invisibles como reales. Todos nos necesitamos y podemos ayudarnos. “Como la Iglesia –nos dice Santo Tomás de Aquino- está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común”. De él todos podemos participar. Por ello, acudimos cada día al Señor y nos encomendamos a la Santísima Virgen, a los Santos y a nuestro ángel custodio. Del mismo modo, podemos y debemos encomendar la fidelidad y perseverancia en nuestros compromisos a la intercesión de las almas del purgatorio, a las que también nosotros podemos ayudar a aligerar su carga y a acortar la espera del abrazo definitivo con Dios, con nuestras oraciones, sacrificios y sufragios, singularmente con el ofrecimiento de la santa Misa. Como es natural, hemos de encomendar en primer lugar a nuestros seres queridos, familiares, amigos y conocidos, pero también a todas las almas del purgatorio, sobre todo, a aquellas que no tienen quienes recen por ellas o están más necesitadas.

En el último día de nuestra vida, en la presencia del Señor, conoceremos en qué medida las oraciones y sacrificios de otras personas por nosotros nos mantuvieron en pie y afianzaron nuestra vida cristiana. Entonces comprobaremos el valor salvífico de nuestra plegaria y de nuestras buenas obras para otros hermanos, cercanos o lejanos, conocidos o desconocidos. Entonces sabremos también cómo nuestra tibieza y nuestros pecados debilitaron el tesoro de gracia del Cuerpo Místico de Cristo, haciéndonos reos de los pecados ajenos, lo cual ya desde ahora debe estimularnos a afinar en nuestra fidelidad al Señor y en el cumplimiento de nuestros deberes.

Al mismo tiempo que os invito a encomendar, especialmente en este mes, a las benditas ánimas del purgatorio a la piedad y misericordia de Dios, os recuerdo con el papa Pío XII, en su encíclica Mystici Corporis, el misterio, que él llama “verdaderamente tremendo y que nunca meditaremos bastante”, que la salvación de un alma dependa de las voluntarias oraciones y mortificaciones de otros miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo. Este misterio sorprendente debe ser para todos una interpelación constante y una llamada apremiante a la santidad y a vivir con responsabilidad nuestra vida cristiana, pues muchos bienes en la vida de la Iglesia están condicionados a nuestra fidelidad.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Thu, 16 Nov 2017 16:14:50 +0000
La Iglesia diocesana, puente o escalera para el encuentro con el Señor http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/41267-la-iglesia-diocesana-puente-o-escalera-para-el-encuentro-con-el-señor.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/41267-la-iglesia-diocesana-puente-o-escalera-para-el-encuentro-con-el-señor.html La Iglesia diocesana, puente o escalera para el encuentro con el Señor

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo Pelegrina

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos en este domingo el Día de la Iglesia Diocesana. Ocurre a veces que cuando tratamos de explicar el servicio que presta la Iglesia a la sociedad, mucho de nosotros, y también los medios de comunicación, nos quedamos en los aspectos externos, especialmente en la ayuda de las instituciones eclesiales a los pobres, los marginados y los que sufren. Y qué duda cabe de que la diaconía de la caridad es uno de los tres flancos decisivos en la vida de la Iglesia, junto con el anuncio y la celebración de la fe. Si la Iglesia olvidara el servicio a los pobres no sería la Iglesia de Jesús.

Pero la Iglesia es mucho más. Es el sacramento de Jesucristo, la prolongación de Cristo en el tiempo y el ámbito natural de nuestro encuentro con Dios. La Iglesia es Cristo mismo que sigue predicando y enseñando, acogiendo a todos, perdonando los pecados, sanando y santificando. Es, como escribiera san Ireneo de Lyon en los finales del siglo II, la escalera de nuestra ascensión hacia Dios. Es el puente que salva la lejanía y la distancia entre el Cristo celestial, único mediador y salvador, y la humanidad peregrina. Siguiendo a san Cipriano de Cartago, es la madre que nos ha engendrado y que nos permite tener a Dios por Padre.

Al sentirla como madre, la sentimos también como nuestra familia, como el hogar cálido que nos acoge y acompaña, la mesa familiar en la que restauramos las fuerzas desgastadas y el manantial de agua purísima que nos purifica y nos renueva. Ella custodia la memoria viva de Jesucristo, nos sirve la Palabra de Dios y nos brinda los dones de la salvación, la vida divina, el pan de la Eucaristía y la mediación sacramental de los sacerdotes, a través de los cuales nos llega la gracia santificante. Ella propicia nuestra formación cristiana, nos enseña a orar, nos permite vivir y celebrar nuestra fe y nos impulsa al testimonio y al apostolado.

Lo que la Iglesia es para toda la humanidad, eso mismo es proporcionalmente la Iglesia diocesana. Por ello, invito a nuestros fieles a vivir nuestra pertenencia a la Archidiócesis con alegría y con inmensa gratitud al Señor. Gracias a ella podemos vivir nuestra vida cristiana alentados, acompañados y arropados por una auténtica comunidad de hermanos. Pero hemos de vivir también nuestra pertenencia a la Iglesia con responsabilidad, de manera que lo que la Iglesia es para nosotros, lo sea también a través nuestro, es decir: puente, escalera, hogar fraterno, familia, mesa y manantial y, sobre todo, anuncio ilusionado y entusiasta de Jesucristo a nuestros hermanos con obras y palabras.

Con ocasión de esta jornada, la Archidiócesis de Sevilla quiere renovar su compromiso de servicio a los fieles y a la sociedad sevillana. Para ello, cuenta con los obispos, la catedral y 261 parroquias servidas por cerca de 600 sacerdotes y 57 diáconos. Cuenta también con 37 conventos de monjas contemplativas, con cerca de 400 religiosos y más de 1500 religiosas de vida activa que colaboran en el apostolado, la evangelización y el servicio a los pobres. Tiene, además, cerca de 5000 catequistas, más de 1500 profesores de Religión, numerosos grupos apostólicos, movimientos, hermandades y cofradías, además de los Seminarios diocesanos, la Curia, las Vicarías y Delegaciones, Cáritas y otras muchas obras sociales, docentes y caritativas.

Todas estas instituciones y personas constituyen la estructura necesaria para llevar a cabo la misión salvadora de la Iglesia. Mantener esta estructura exige medios económicos cuantiosos. Lo saben bien los fieles que forman parte del Consejo de Economía de la Archidiócesis o de los consejos parroquiales de asuntos económicos. Por ello, otra de las finalidades de esta jornada es solicitar la ayuda económica generosa de los fieles.

Una forma de ayudar a la Iglesia es a través de la declaración de la renta, cada año, asignando el 0,7 % de nuestros impuestos a favor de la Iglesia. Otras formas son las donaciones directas, en forma de cuotas, suscripciones, donativos, legados o testamentos, y siendo generosos en la colecta de este domingo, que tiene como destino la Archidiócesis.

Pido a los sacerdotes y religiosos con cura de almas que en esta jornada procuren explicar con sencillez a los fieles la naturaleza de la Iglesia particular, la misión del obispo y de los sacerdotes, la importantísima misión que cumplen los Seminarios, y el servicio salvífico y sobrenatural que la Diócesis presta a los fieles. Les ruego además que hagan con esmero la colecta.

Que la Santísima Virgen de los Reyes, patrona de la Archidiócesis, nos ayude a fortalecer nuestra conciencia de familia, a amar con gratitud filial a nuestra Iglesia diocesana, a crecer en colaboración con ella y a valorar y sentir como algo muy nuestro todo lo diocesano.

Con mi gratitud anticipada, para todos mi abrazo fraterno, con mi oración y bendición.

 

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 10 Nov 2017 13:27:49 +0000