Sevilla Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Mon, 25 Jun 2018 02:10:57 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es No tengáis miedo, hombres de poca fe http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/45152-no-tengáis-miedo-hombres-de-poca-fe.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/45152-no-tengáis-miedo-hombres-de-poca-fe.html No tengáis miedo, hombres de poca fe

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

Pocos relatos del Evangelio son tan dramáticos y al mismo tiempo tan consoladores, como el fragmento que escucharemos en la Eucaristía de este domingo. En él se nos narra cómo el Señor después de pasar el día entero predicando a orillas del lago de Tiberiades, marcha en la barca acompañado de los Apóstoles a la otra orilla del lago. Es el atardecer y la oscuridad comienza a hacerse presente sobre Galilea.

Jesús, cansado de una dura jornada de trabajo apostólico, duerme recostado en la popa de la embarcación. De repente, como sucede a veces en este lago cerrado por las montañas en tres de sus lados, se levanta el viento, se encrespan las olas, que se abalanzan sobre la barca, y ésta comienza a llenarse de agua. El miedo se apodera de los Apóstoles a pesar de ser pescadores y, por lo tanto, hombres avezados a los peligros del mar. El naufragio les parecía inminente. Por ello, despiertan a Jesús con una pregunta que al mismo tiempo es una petición: "Señor ¿no te importa que nos hundamos?". El Evangelio nos dice que Jesús se puso en pie, increpó al mar, el viento cesó y retornó la calma al lago mientras Jesús reprochaba a los Apóstoles su falta de fe.

En la vida cristiana, se dan a veces situaciones muy parecidas a las que nos narra el Evangelio de este domingo. Todos tenemos alguna experiencia en nuestra vida de momentos, a veces largas temporadas, e incluso años, en que parece que el Señor se ha olvidado de nosotros, se ha dormido en la popa de nuestra barca. Son esos momentos en los que la tiniebla nos rodea, en los que el dolor físico y la enfermedad nos visitan; son esos momentos en los que el sufrimiento moral, como consecuencia de problemas profesionales, dificultades económicas, problemas familiares, la muerte de un ser querido o nuestras propias limitaciones psicológicas, nos hacen sentir la ausencia de Dios, el silencio de Dios, como si el Señor nos hubiera dejado de su mano y la barca de nuestra vida estuviera a punto de ser devorada por las olas.

La Palabra de Dios de este domingo es para todos nosotros una llamada a la esperanza y a la confianza en Jesús. Los Apóstoles tienen miedo ante la tempestad porque todavía no reconocen al Señor como Hijo de Dios. Lo ven como un hombre dotado de un gran atractivo personal, capaz incluso de obrar prodigios, pero no reconocen todavía su divinidad. Y es necesario el milagro para que, admirados, se digan unos a otros: "¿Quién es éste? Hasta el viento y el mar le obedecen."

El Señor nos invita en este domingo a avivar nuestra fe en Él, en las circunstancias favorables y en las circunstancias desfavorables: en los momentos en los que la barca de nuestra vida surca el mar plácidamente mecida por vientos suaves, y en los momentos de tormenta en los que es zarandeada y sacudida por el sufrimiento y el dolor. También entonces, y, sobre todo entonces, el Señor nos sigue queriendo, nos sigue amando, se preocupa de nosotros y sigue velando sobre nosotros con su providencia amorosa.

La Palabra de Dios nos invita en este domingo a confiar en el Señor. Él no permitirá nunca que seamos probados por encima de nuestras fuerzas. Él no es el autor del mal, pero permite que el mal nos visite para nuestro bien, para nuestra purificación, para que pongamos nuestro corazón sólo en Él y no en los ídolos, para que crezcamos en vida interior. Él nunca nos abandona, pues incluso en el momento más negativo de nuestra existencia, considerado de tejas para abajo, en el momento de nuestra muerte, nos está esperando para acogernos, para abrazarnos, para regalarnos la felicidad plena.

Éste ha sido siempre el convencimiento de los santos y el pensamiento que ha espoleado su fidelidad. Santo Tomás Moro, canciller de Inglaterra, seglar y padre de familia, cuya fiesta litúrgica celebrábamos el pasado viernes, estando prisionero en la Torre de Londres, en vísperas de ser ajusticiado por negarse a aprobar el divorcio del rey Enrique VIII, escribía a su hija Margarita esta hermosa frase, que todos nosotros deberíamos repetir en los momentos de prueba: "... de lo que estoy más cierto en este instante en el que se me anuncia mi muerte, es que Dios nunca me va a abandonar. Por ello, me pongo totalmente en sus manos con absoluta esperanza y confianza en Él".

Este ha sido el estilo de los mártires y de los santos. Éste debe ser el estilo del verdadero cristiano ante la vida y ante la muerte y ésta debe ser también nuestra actitud de cristianos ante el tiempo y el momento histórico que nos ha tocado vivir. Hoy como ayer a los apóstoles, el Señor nos dice “No tengáis miedo, hombres de poca fe".

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 22 Jun 2018 13:29:00 +0000
Siete nuevos sacerdotes http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44995-siete-nuevos-sacerdotes.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44995-siete-nuevos-sacerdotes.html Siete nuevos sacerdotes

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

El próximo sábado, víspera de la solemnidad de san Juan Bautista, tendrá lugar en
nuestra Catedral una ceremonia verdaderamente excepcional. El Señor me concede la
dicha de ordenar sacerdotes a siete seminaristas de nuestros Seminarios. Por ello, en esta
carta semanal me siento obligado a repetir con San Pablo: "Bendito sea Dios, Padre de
nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de
bienes espirituales y celestiales" (Ef 1,3). La misericordia de Dios se ha mostrado
desbordante con nosotros al elegir y consagrar como sacerdotes a los diáconos Salvador
Diánez Navarro, Francisco José Fernández García, Ariel Figueroa Moreno, José Luis
López Reyes, Jose Iván Martín Pascual, Álvaro Montilla González, Antonio Jesús Salvago
Duarte.

Dios nuestro Señor les ha bendecido regalándoles la vocación sacerdotal y
configurándolos sacramentalmente con Cristo sacerdote, cabeza y pastor de la Iglesia,
siervo y servidor. También ha bendecido abundantemente a nuestra Archidiócesis, que se
enriquece con el don de su sacerdocio, por el que nos llegarán tantos y tan fundamentales
bienes de Dios. A través de ellos, Cristo realizará en su Iglesia su obra de salvación
cumpliendo aquella promesa consoladora, "os daré pastores según mi corazón" (1 Sam
2,35), que culmina en su toda plenitud en Jesucristo, el único pastor de nuestras almas.
Es justo, pues, que la Archidiócesis toda dé gracias a Dios, autor de todo bien. Y
junto con la acción de gracias, nuestra oración al Señor para que sean santos, hombres de
oración, enamorados de Jesucristo y de su ministerio, pastores fieles y entregados, nunca
asalariados, a los que no les importan las ovejas. Pedimos para ellos que nunca busquen el
propio interés, el medro personal, el afán de poder o el dominio sobre las ovejas que la
Iglesia les confíe; que sean siempre servidores abnegados en la viña del Señor, sin pedir
nada a cambio, sin profesionalizar el don que han recibido, sin escatimar nada, sin
reservarse nada, dedicados al servicio del Reino de Dios, sin interés alguno bastardo, sino
por Dios mismo y por amor a los hombres, sin cálculos, sin medida, sin barreras, sin poner
o exigir condiciones.

A partir de ahora, el Señor debe ser de una forma especialmente intensa el lote de
su heredad (Sal 15,5-6) y su única plenitud. Por ello, pedimos al Señor que Él sea el único
cayado en el que se apoyen en la nueva andadura que ahora inician; que entreguen por
entero a Jesucristo y a la Iglesia su tiempo, sus talentos, sus energías, su afectividad y su
capacidad de amar. Que siempre se vean a sí mismos como don de Dios, sobre todo para
los más sencillos, los que están abandonados en las cunetas de la vida, los cansados y
agobiados, los pecadores, los pobres, los necesitados, los niños y los jóvenes.

Que se gasten y se desgasten en el servicio a la Iglesia y que encuentren en el
ministerio el júbilo y la alegría redoblada que mantendrá en ellos la frescura y la ilusión a
pesar de las dificultades y el cansancio, apoyados siempre en el Señor, centro y corazón de
sus vidas. Que María, la madre de Cristo sacerdote, madre por un título especial de los
sacerdotes, les acompañe siempre, les confirme en la fidelidad, bendiga sus tareas
pastorales y llene de fecundidad su ministerio para gloria de Dios, santificación propia y
bien de la Iglesia.

Desde el 10 de mayo de 2017 hasta la misma fecha de 2018 han fallecido veintidós
sacerdotes sevillanos. Es cierto que todos ellos estaban jubilados. Este año además hemos
de jubilar a algunos venerables sacerdotes que han sobrepasado ampliamente la edad
canónica de jubilación. Por ello, y aun contando con el número relativamente crecido de
los alumnos de nuestros Seminarios, que nos permiten otear el futuro con esperanza, el
número de nuestros sacerdotes sigue siendo corto para las necesidades de la Archidiócesis,
que tiene algunos flancos deficientemente cubiertos. Por ello, me permitiréis que vuelva a
insistir en la necesidad de que todos nos impliquemos con ilusión redoblada en la pastoral
vocacional: los padres, los educadores, y muy especialmente los sacerdotes y los propios
seminaristas.

Estoy convencido de que las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada son el
mejor termómetro de la vitalidad espiritual de una parroquia, de la misma forma que es
también verdad que allí donde hay un sacerdote santo, celoso, ejemplar y fiel, que cultiva
esta pastoral específica, sigue habiendo vocaciones, pues Dios sigue llamando, aunque
necesita de nuestra colaboración para promover la generosidad de los jóvenes.
Encomiendo una vez más la oración al Dueño de la mies a las contemplativas, a la
Adoración Nocturna y a la Adoración Perpetua de San Onofre. Extiendo esta invitación a
las parroquias y a todos los grupos, asociaciones y movimientos, sin olvidar a las
Hermandades.

Con mi felicitación para los nuevos sacerdotes y sus familias, para todos, mi saludo
fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Thu, 14 Jun 2018 13:42:40 +0000
Recuerdo agradecido de una visita inolvidable http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44824-recuerdo-agradecido-de-una-visita-inolvidable.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44824-recuerdo-agradecido-de-una-visita-inolvidable.html Recuerdo agradecido de una visita inolvidable

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

En el XXV aniversario de la visita de san Juan Pablo II a Sevilla para clausurar el XLV Congreso Eucarístico Internacional, dedico mi carta de esta semana a recordar aquel acontecimiento magnífico, que muchos todavía recuerdan y que fue una gracia extraordinaria para la ciudad y para la Archidiócesis. Se inició en la mañana del sábado 12 de junio de 1993 con la llegada del Santo Padre al aeropuerto de Sevilla, trasladándose enseguida a la plaza Virgen de los Reyes, para dirigir su primer mensaje a los fieles y rezar el Ángelus desde el balcón de la Giralda, convertida en púlpito excepcional. Instantes después entró en la Catedral, donde estaba expuesto el Santísimo, venerado por los sacerdotes, los consagrados de Sevilla y los participantes en el Congreso. Son impresionantes las fotografías del Santo Padre inclinado en actitud de profunda adoración durante un cuarto de hora largo ante el Señor Sacramentado.

A las cinco de la tarde tuvo lugar la ordenación de 37 nuevos sacerdotes, diez de ellos de Sevilla, en el polideportivo del Polígono de san Pablo. Cuentan quienes participaron que el calor era asfixiante, tan grande como la alegría y el fervor. Por la noche, se celebró el encuentro del Papa con los jóvenes en la plaza de la Virgen de los Reyes, preludio inmediato de la Statio Orbis, clausura del Congreso Eucarístico, que tuvo lugar al día siguiente, domingo 13, en el Campo de la Feria con la asistencia de cerca de un millón de personas. Las crónicas de aquel día inolvidable destacan la hermosa homilía del Papa y su gesto entrañable al llegar al altar postrándose ante la imagen bendita de la Pura y Limpia del Postigo del Aceite, que tanto agradecieron los sevillanos.

En esa tarde el Santo Padre acudió a despedirse de los Delegados Nacionales en el Patio de los Naranjos de la Catedral. Se acercó después a Dos Hermanas para visitar y bendecir la Residencia de Ancianos San Rafael y las obras sociales ligadas al Congreso.

En la preparación del Congreso y de la visita del Papa, como es natural, tuvo un papel destacadísimo el señor Arzobispo fray Carlos Amigo, y un sinnúmero de colaboradores, entre los que cabe destacar a Mons. Miguel Oliver, Secretario general de este magno acontecimiento. Pero el protagonismo principal de aquellas jornadas gozosas corresponde al Papa, que quiso visitarnos, y al pueblo cristiano de Sevilla y Andalucía que respondió magníficamente a la invitación de sus pastores. La muchedumbre de fieles, cercana al millón, que participó en la Eucaristía del Campo de la Feria, superó las expectativas más optimistas.

Las claves de este resultado, para muchos sorprendente, fueron varias. La primera, la extraordinaria personalidad del Papa, su fuerza interior, su fe profunda, su amor al Señor, la entrega agónica de su vida al servicio del Evangelio y la autenticidad en el testimonio que sólo los santos saben transmitir. La segunda, la extraordinaria calidad cristiana del pueblo sevillano y su amor al Papa.

A juicio de las autoridades vaticanas y de los obispos españoles, el Congreso fue un gran éxito de organización y de participación. Su lema fue Christus lumen gentium, y los temas de estudio fundamentales fueron la Eucaristía, la evangelización y las exigencias sociales de la participación en el sacramento eucarístico. Todas estas facetas las recogió magistralmente el Santo Padre en su homilía en la Statio Orbis con estas palabras: Del altar eucarístico, corazón palpitante de la Iglesia, nace constantemente el flujo evangelizador de la palabra y de la caridad. Por ello, el contacto con la Eucaristía ha de llevar a un mayor compromiso por hacer presente la obra redentora de Cristo en todas las realidades humanas. El amor a la Eucaristía ha de impulsar a poner en práctica las exigencias de justicia, de fraternidad, de servicio, de igualdad entre los hombres.

Las actitudes del Papa en estos días nos señalaron un verdadero programa de vida cristiana, que veinticinco años después no ha perdido actualidad: en primer lugar su amor a la Eucaristía. Un testigo presencial me comentó hace tiempo su recogimiento rezando de rodillas en la capilla habilitada bajo el podio del altar antes de comenzar la santa Misa, y la acción de gracias prolongada al concluir la celebración. En segundo lugar, su cercanía a los pobres, a los enfermos y a los que sufren en su visita a Dos Hermanas. En tercer lugar su pasión por anunciar a Cristo, por compartirlo con sus hermanos y entregarlo a todos, puesta de relieve en sus discursos y homilías. En cuarto lugar, su piedad filial y amor a la Santísima Virgen, puesto de manifiesto en la oración de rodillas y la incensación de la imagen preciosa de la Pura y Limpia.

Este es el legado de aquel acontecimiento extraordinario que nos dejó este Papa santo, que tanto amó a Sevilla. Dios quiera que los sevillanos de hoy no lo olvidemos.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Thu, 07 Jun 2018 13:39:51 +0000
Corpus Christi, día de la caridad http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44740-corpus-christi-día-de-la-caridad.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44740-corpus-christi-día-de-la-caridad.html Corpus Christi, día de la caridad

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos en este domingo la solemnidad del Corpus Christi. La Iglesia
nos convoca en este día a renovar nuestra fe en el sacramento eucarístico, fuente y
cima de la vida cristiana. Si en el Jueves Santo veneramos el cuerpo de Cristo en el
recogimiento de los templos, en esta solemnidad, Jesucristo, realmente presente en
el sacramento, recibe la adoración, la alabanza y la acción de gracias de toda la
comunidad cristiana allí donde habitualmente se desarrolla nuestra vida, en el
pueblo, en la ciudad, en las plazas y en las calles. Acudamos, pues, a la procesión
del Corpus, tan bella no sólo en Sevilla, que la celebra en el jueves tradicional, sino
también en tantas villas y pueblos de nuestra Diócesis, tomando parte activa con
nuestros cantos, aclamando al Señor que ha querido quedarse para siempre con
nosotros en todos los sagrarios de la tierra.
En la solemnidad del Corpus Christi, verdadero manantial de cultura en el
campo de la poesía, el teatro, la música, la pintura, escultura y orfebrería,
celebramos también el Día de la Caridad. La Eucaristía no sólo es expresión de
comunión entre los miembros de la Iglesia; es también proyecto de solidaridad para
toda la humanidad. En la celebración eucarística, la Iglesia renueva su conciencia
de ser signo e instrumento de la íntima unión con Dios y también de la unidad de
todo el género humano (LG 1). Como nos han repetido muchas veces los últimos
Papas, hay un punto en el que se refleja especialmente la autenticidad de nuestras
celebraciones eucarísticas: si ellas impulsan a nuestras comunidades a un
compromiso serio y activo por la edificación de una sociedad más justa y fraterna.
La Eucaristía es instituida por el Señor en la noche de Jueves Santo después
de lavar los pies a los Apóstoles. Con ello Jesús nos está explicando de forma
pedagógica el nexo que existe entre el sacramento eucarístico y el servicio a los
últimos. Por ello, no es auténtica una celebración eucarística en la cual no brille la
caridad, compartiendo nuestros bienes con los más pobres. En ello seremos
reconocidos como auténticos discípulos del Señor.
Esta es la razón por la que la Iglesia en España hace coincidir el Día de la
Caridad con la solemnidad del Corpus Christi. La Eucaristía sin caridad sería un
culto vacío. La caridad sin la Eucaristía se convierte en mera filantropía, que muy
pronto se agosta. Por ello, la fiesta del Corpus Christi es una invitación a robustecer
el vínculo que existe entre Eucaristía y caridad, de modo que la adoración al Señor
nos lleve a descubrirlo en el hermano pobre y necesitado, y el ejercicio de la
caridad impregne de autenticidad nuestras celebraciones eucarísticas.
El Arzobispo de Sevilla
Los expertos y nuestros políticos nos dicen que la crisis, que tan
severamente afectó a gran parte de la sociedad española en los últimos años, está
superada. Seguramente es verdad y así lo sugieren algunas magnitudes
macroeconómicas. No es verdad, sin embargo, en lo que respecta a lo que los
técnicos llaman la microeconomía, es decir, la economía de las familias. En Sevilla
capital y en los pueblos y ciudades sigue habiendo mucho dolor, mucho
sufrimiento, mucha penuria y muchas privaciones. Las cifras del paro entre
nosotros siguen siendo pavorosas. No podemos quedarnos cruzados de brazos ante
la pobreza de tantos hermanos nuestros.
La Eucaristía, “sacramento de caridad”, nos descubre el amor infinito de
Dios por cada hombre. En ella se manifiesta “el amor más grande” de quien da su
vida por sus amigos. Nuestra participación en la Eucaristía debe impulsarnos a
amar a nuestros hermanos con el amor de Jesús; a aguzar nuestra sensibilidad para
descubrir y solucionar eficazmente sus carencias, urgencias, dolores y necesidades,
y todo ello como consecuencia de nuestra participación consciente en la Eucaristía.
Una forma práctica y fiable de vivir la caridad y el servicio a los pobres es
colaborar con Cáritas, que es la institución que organiza la caridad en nombre de la
Iglesia diocesana a través de programas concretos, solventes e imaginativos. Al
mismo tiempo que invito a todos los fieles de la Archidiócesis a ser generosos en la
colecta de este domingo, destinada a Cáritas, saludo con afecto a los voluntarios,
responsables y técnicos de nuestra Cáritas Diocesana y de las Cáritas parroquiales.
Os agradezco vuestra entrega y el servicio magnífico que prestáis a los más pobres,
transeúntes, inmigrantes, enfermos de Sida, familias desestructuradas y parados de
larga duración, a través de vuestros programas específicos.
Pido a los sacerdotes que sigan alentando a las Cáritas parroquiales, de las
que ellos son los primeros responsables. A todos os invito a seguir potenciando la
genuina identidad cristiana de nuestras Cáritas y a cuidar las bases sobrenaturales
de nuestro compromiso caritativo. En la Eucaristía, vivida, celebrada y adorada,
encontraremos cada día la fuerza para no desfallecer en el servicio a los pobres.
Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.


+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 01 Jun 2018 15:28:17 +0000
Jornada de las monjas contemplativas http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44589-jornada-de-las-monjas-contemplativas.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44589-jornada-de-las-monjas-contemplativas.html Jornada de las monjas contemplativas

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos en este domingo la solemnidad de la Santísima Trinidad. En este día de gozo confesamos nuestra fe en la Trinidad santa, adoramos su unidad todopoderosa y damos gloria a Dios uno y trino porque nos permite entrar en la intimidad y riqueza de la vida trinitaria.

El Misterio Pascual culmina el cumplimiento de los planes amorosos de Dios en favor de la humanidad. En él somos regenerados, consagrados y elevados a la inmerecida condición de hijos de Dios, para llegar un día a ser semejantes a Él cuando le veamos tal cual es. Todo esto lo recibimos y vivimos en la celebración de la Pascua. En este domingo, saboreamos y contemplamos este don y la Iglesia entera se hace confesión de la gloria de Dios, adoración y acción de gracias a la Santísima Trinidad.

A partir del bautismo, la vida del cristiano es una vida "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo", es decir en, con y para la Trinidad. Nuestra consagración a Dios uno y trino es robustecida por el sacramento de la confirmación y alentada constantemente por nuestra participación en los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía. Desde el bautismo formamos parte de la familia de Dios. Somos hijos del Padre, hermanos del Hijo y ungidos por el Espíritu. La Santísima Trinidad nos abre sus puertas, nos introduce en su intimidad y hace que participemos de la vida divina.

Para que no olvidemos que esta debe ser nuestra aspiración más profunda y el auténtico norte de nuestra vida, en la solemnidad de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra todos los años la Jornada "Pro orantibus", día especialmente dedicado a las monjas contemplativas. En esta jornada, la Iglesia y cada uno de nosotros les devolvemos con nuestra oración y nuestro afecto lo mucho que debemos a estas hermanas nuestras, que hacen de su vida una donación de amor, una ofrenda a la Santísima Trinidad y una plegaria constante por la Iglesia y por todos nosotros.

Más de una vez me he encontrado con personas que se preguntan qué sentido y qué valor puede tener hoy la vida de las monjas contemplativas en un tiempo como el nuestro, en el que hay tanta pobreza, tanto dolor y sufrimiento. Son muchos los que se preguntan qué sentido tiene encerrarse para siempre entre los muros de un monasterio privando a los pobres del servicio que las religiosas podrían prestarles. No faltan quienes niegan la eficacia de la oración y la ascesis de las monjas contemplativas para solucionar los numerosos problemas que siguen afligiendo a la humanidad.

El Papa Benedicto respondió en una ocasión a quienes así piensan diciendo que las monjas contemplativas testimonian silenciosamente que Dios es el único apoyo que nunca se tambalea, la roca inquebrantable de fidelidad y de amor. Afirmó además que los monasterios son como oasis en medio del desierto o como los pulmones verdes de una ciudad, que son beneficiosos para todos, incluso para los que no los visitan o quizá no saben que existen.

Las monjas de clausura contemplan cada día el rostro misericordioso de Jesús en la oración personal y en la oración comunitaria, en la Eucaristía diaria dignísimamente celebrada, en el canto solemne y bello de la Liturgia de las Horas, en el silencio y la soledad. Desde esa contemplación y la vivencia gozosa de la fraternidad, la mortificación, la gratuidad, la donación, la hospitalidad, el servicio a los pobres y la alegría, son para la Iglesia un torrente de misericordia y de energía sobrenatural. Son al mismo tiempo un recordatorio permanente de los valores perennes en los que debe cimentarse nuestra vida, entre los que destaca como supremo valor el reconocimiento explícito y vital del primado de Dios, constantemente alabado, adorado, servido y amado con toda la mente, con toda el alma y con todo el corazón (Mt 22,37). En este año teresiano, el lema de la jornada es esta frase de santa Teresa: “Solo quiero que le miréis a Él”. Esto es lo que nos gritan nuestras hermanas contemplativas desde su vida escondida con Cristo en Dios.

Nuestra Archidiócesis tiene el privilegio de contar con treinta y cinco monasterios de monjas contemplativas, que constituyen un inapreciable tesoro que, especialmente en este día, agradecemos al Señor, pues son un torrente de gracias para nuestra Iglesia particular. Al mismo tiempo que les encomiendo la oración por la santidad de los sacerdotes, la perseverancia de los seminaristas y las vocaciones sacerdotales, les aseguro el afecto de toda la Archidiócesis y la oración de todos para que el Señor las confirme en la fidelidad a la hermosa vocación que les ha regalado en su Iglesia y premie su entrega con muchas, generosas y santas vocaciones que perpetúen la historia preciosa y brillante de sus monasterios.

Para las monjas contemplativas, y para todos los fieles de la Archidiócesis, mi saludo fraterno y mi bendición.


+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

 

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 25 May 2018 14:17:25 +0000
Ven Espíritu Santo http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44413-ven-espíritu-santo.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44413-ven-espíritu-santo.html Ven Espíritu Santo

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

Con la fiesta de Pentecostés, que hoy celebramos, culmina el tiempo pascual. Nos lo recuerdan algunos signos de la liturgia. A partir de mañana, el color blanco de Pascua se cambia por el verde del Tiempo Ordinario y el cirio pascual se coloca en el baptisterio. De ordinario no se encenderá más que para la celebración del bautismo y de las exequias.

Pero entenderíamos mal el significado de este día si sólo lo consideráramos como la conclusión de un tiempo litúrgico. Pentecostés es mucho más. Es un acontecimiento permanente para cada uno de nosotros, aunque el hecho espectacular que hizo temblar al cenáculo suceda hoy sin el viento huracanado y sin lenguas de fuego. Es, sin embargo, el mismo Espíritu, del que habla Joel en la primera lectura de la vigilia de esta solemnidad, el que Dios había prometido para los últimos tiempos, para hacernos profetas, visionarios y soñadores, testigos, en fin, del Señor Resucitado.

Jesús había anunciado el envío del Espíritu para iluminar las mentes de los discípulos: "Cuando venga el Espíritu Santo, el Consolador que el Padre os enviará en mi nombre, os enseñará todo y os hará penetrar en las cosas que os he dicho" (Jn 14. 26). Era una promesa necesaria porque había muchas cosas que los apóstoles no acababan de comprender sobre la divinidad de Jesús y la naturaleza de su reino. En los compases finales de su vida pública, todavía le piden que diga claramente si es el Mesías (Jn 10,24), e incluso el mismo día de la Ascensión le preguntan: "Señor ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?" (Hch 1,6).

Para transformar sus mentes era, pues, necesario que descendiera sobre ellos el Espíritu. Lo hizo con una conmoción espectacular de la naturaleza, comparable a la que pudo haber tenido lugar en el momento de la creación o de la muerte de Jesús, para que los Apóstoles comprendieran que estaban ante una segunda creación y que las promesas del Señor se habían cumplido. Por ello, sólo después de recibir el Espíritu Santo, Pedro se atrevió a proclamar: “Entérese bien todo Israel de que Dios ha constituido Señor y Mesías al mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis” (Hch 2,36). El Espíritu de la Verdad les aclara quién era Jesús y cuál era el carácter del reino predicado e instaurado por Él.

Ese reino es la Iglesia, el pueblo nuevo nacido del costado de Cristo dormido en la Cruz (SC 5), que en Pentecostés se presenta con vocación de universalidad, abierto a todos los pueblos de la tierra. Por ello, Pedro en nombre de los Apóstoles invita a la conversión a quienes se encontraban en Jerusalén, judíos y extranjeros: "Convertíos y que se bautice cada uno en el nombre de Jesús para el perdón de los pecados, y recibiréis también vosotros el don del Espíritu Santo" (Hch 2. 38). Aquel día se convirtieron tres mil y, a partir de ese día fueron surgiendo las comunidades cristianas, que de manera secreta, íntima y silenciosa experimentaban el don del Espíritu Santo y las maravillas de Pentecostés.

En esa mañana la fuerza y el fuego del Espíritu les unge con la ciencia y la fortaleza, la sabiduría y la inteligencia, la audacia y la piedad; la valentía y el temor de Dios. A partir de ese momento, comienzan a anunciar en las plazas y en las calles las maravillas de Dios. Robustecidos con la fuerza de lo alto, la Iglesia de los comienzos abre las ventanas al mundo para continuar la misión de Jesús, la misma que Él había recibido de su Padre (Jn 20,21).

En este contexto, celebramos la Jornada de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. En ella se recuerda a los laicos que, en virtud de su bautismo, han de anunciar a Jesucristo en el mundo secular, en la plaza pública, en la sociedad civil y en los nuevos areópagos. Como a los discípulos, también a ellos Jesús les transmite su misión y les hace heraldos de su Buena Noticia. Les encomienda enseñar lo que ellos han aprendido, divulgar lo que a ellos han experimentado, que Él les ha devuelto la luz, la vida y la esperanza. Cuentan para ello con la luz, la fuerza, el consejo, la sabiduría y la asistencia del Espíritu para que otros hombres y mujeres puedan oír hablar de las maravillas de Dios y participar de su proyecto de amor.

En la fiesta de Pentecostés saludo con afecto al Delegado de Apostolado Seglar y a su equipo y a los militantes de Acción Católica. Pido al Espíritu Santo que su fuego a todos nos convierta y purifique, que su calor funda el témpano de nuestras tibiezas, temores y cobardías, que su luz caldee nuestros corazones en el amor de Cristo y que su fuerza nos ayude a perseverar en nuestra tarea primordial, anunciar a Jesucristo a nuestro mundo.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Thu, 17 May 2018 15:47:53 +0000
Seréis mis testigos http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44327-seréis-mis-testigos.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44327-seréis-mis-testigos.html Seréis mis testigos

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

Algunos cristianos entienden la solemnidad de la Ascensión como un
melancólico adiós, más que como lo que es, una verdadera fiesta. La razón es que no
distinguen bien entre desaparición y partida. Con la Ascensión, Jesús no partió, no se
ausentó; desapareció de la vista de los apóstoles. Quien parte, quien marcha, ya no
está; quien desaparece puede estar cerca de nosotros, sólo que algo impide verle. En
la Ascensión Jesús desaparece. Los apóstoles no pueden contemplarle, pero está
presente de otro modo. No nos quiere dejar huérfanos y se queda de múltiples modos,
en primer en la Iglesia, que es su cuerpo, sacramento de Jesucristo y madre nuestra.
Ella es la prolongación de la encarnación, la encarnación continuada, es decir,
Cristo mismo que sigue presente entre nosotros predicando y enseñando, perdonando
los pecados, acogiendo a todos, sanando y santificando. Por ello, la Iglesia es
necesaria, pues es el único medio que tenemos para llegar a Cristo, único mediador y
redentor. Ella es, en frase feliz de san Ireneo de Lyon, la escalera de nuestra ascensión
hacia Dios. Hasta tal punto esto es verdad que si por una hipótesis imposible, el mundo
pendiera a la Iglesia, perdería a Cristo y perdería la redención. De ahí, nuestro amor a
la Iglesia y nuestro orgullo de ser hijos e hijas de la Iglesia.

El Señor se queda también en los hermanos, con los que Él se identifica,
especialmente en los más pobres y necesitados. Él mismo nos lo dijo: “lo que hagáis
con uno de estos mis humildes hermanos, a mí me lo hacéis” (Mt 25,40). Esto quiere
decir que cualquier favor, ayuda o servicio que prestamos a nuestros hermanos, lo
mismo que cualquier ofensa o delito contra un hermano, el destinatario es el Señor.
Dos modos nuevos de presencia del Señor en medio de nosotros son su Palabra
y la Eucaristía. En la primera se queda como luz y verdad. Ella es la inspiradora de la
existencia cristiana. Dios quiera que cada día crezcamos en conocimiento, amor,
veneración y respeto por la Palabra de Dios. En la Eucaristía el Señor está realmente
presente esperando que le visitemos, le acompañemos, le adoremos y nos
alimentemos en la mesa santa en la que Él nos invita a participar cuando nos dice: “En
verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre
no tendréis vida en vosotros" (Jn 6,53).

Quiero añadir que La Palabra tiene alguna ventaja sobre la Eucaristía: a la
comunión no se pueden acercar más que los que ya creen y están en estado de gracia;
a la Palabra de Dios, en cambio, se pueden acercar todos, creyentes y no creyentes,
practicantes y no practicantes, casados y divorciados. Es más, para llegar a ser
creyentes, el medio más normal es precisamente escuchar la Palabra de Dios.

En su Ascensión el Señor quiere hacerse visible a través de sus discípulos. En el
Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles, san Lucas asocia estrechamente la
Ascensión con el testimonio: «Vosotros sois testigos» (Lc 24, 48). Ese «vosotros»
señala en primer lugar a los apóstoles que han estado con Jesús. Después de los
apóstoles, el testimonio es exigible a los obispos y a los sacerdotes. Pero el «vosotros»
se refiere también a todos los bautizados. Todo seglar debe ser ante el mundo un
testigo de la resurrección y de la vida del Señor Jesús y una señal del Dios vivo (LG 38).
Así lo entendían las primeas generaciones cristianas, que están convencidas de que «lo
que el alma es en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en el mundo» (Carta a
Diogneto, 6).

Por desgracia, Jesús y su Evangelio siguen siendo una asignatura pendiente en el
corazón de los hombres de hoy, y a nosotros se nos confiado su anuncio desde las plazas
del nuevo milenio. En ellas, estamos llamados a ser testigos del Dios vivo. Como nos
dijera hace casi cuarenta años el beato Pablo VI, el mundo de hoy necesita más de los
testigos que de los maestros, y si necesita de los maestros es en cuanto que son
testigos. Hoy es relativamente fácil ser maestro, pero es más difícil ser testigo. De
hecho, el mundo bulle de maestros, verdaderos o falsos, pero son escasos los testigos.
El testigo es quien habla con la vida. Así deben ser los sacerdotes ante sus fieles,
los padres ante sus hijos, los educadores ante su alumnos, y cada uno de vosotros,
laicos cristianos, en el barrio, en el trabajo, en el ocio y en la parroquia, implicados en la
catequesis, en el acompañamiento de niños y jóvenes y en los catecumenados de
adultos, dispuestos siempre a dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza en todo
lugar y ante quien nos la pidiere. A ello nos emplaza la solemnidad de la Ascensión.
Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 11 May 2018 11:27:34 +0000
Mayo, mes de María http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44177-mayo-mes-de-maría.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44177-mayo-mes-de-maría.html Mayo, mes de María

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

Acabamos de comenzar el mes de mayo, tradicionalmente dedicado a la santísima Virgen. Más de una vez he confesado que uno de los recuerdos más entrañables de mi infancia y de mis años de Seminario son las flores de mayo, que celebrábamos en la capilla a la caída de la tarde. Recuerdo también las flores espirituales que los seminaristas recogíamos por la mañana antes de llegar a la capilla, con un obsequio a la Señora, que depositábamos a sus pies y que a lo largo del día tratábamos de cumplir. Recuerdo, por fin, las sentidas consagraciones a María que hacíamos por cursos a lo largo del mes. Hoy muchas de estas devociones han desaparecido, y no deja de ser una lástima. Estoy convencido de que nos sirvieron muy mucho para enraizar en nuestro corazón la devoción y el amor a la Virgen.

No hace muchos meses alguien que vivió como yo estas devociones entrañables me decía a él le parecían poco recias, demasiado blandengues y sentimentales y poco comprometedoras. En los últimos decenios, no han faltado quienes nos han dicho, con palabras explícitas o con actitudes, que la devoción a la Virgen es algo impropio de personas espiritualmente maduras. Algunos se han atrevido a afirmar que la devoción a María es un adorno del que se puede prescindir. Otros, por fin, han asegurado que el culto y el amor a la Virgen nos alejan de Jesucristo, el único mediador y salvador.

Ni qué decir tiene que estas afirmaciones no son verdaderas. La Santísima Virgen ocupa un lugar central en el misterio de Cristo y en el misterio de la Iglesia y, por ello, la devoción y el amor a Santa María pertenecen a la entraña misma de la piedad cristiana. Ella es la madre de Jesús. Ella, como peregrina de la fe, aceptó humilde y confiada, su misteriosa maternidad, haciendo posible la encarnación del Verbo. Ella fue la primera en admirar los milagros de su Hijo, la primera oyente de su palabra, su más fiel y atenta discípula, la encarnación más verdadera del Evangelio. Ella, por fin, al pie de la Cruz, nos recibe como hijos y acepta el dolor y la muerte de su Hijo y lo ofrece al Padre, convirtiéndose por un misterioso designio de la Providencia de Dios, en corredentora de toda la humanidad. Por ser madre y corredentora, es medianera de todas las gracias necesarias para nuestra salvación, para nuestra santificación y para nuestra fidelidad, lo cual en absoluto oscurece o disminuye la única mediación de Cristo. Todo lo contrario. Esta mediación maternal es querida por Cristo y se apoya y depende de los méritos de Cristo y de ellos obtiene toda su eficacia (LG 60).

La maternidad de María y su misión de corredentora no es algo que pertenece al pasado. Siguen vigentes, siguen siendo actuales: ella asunta y gloriosa en el cielo, sigue actuando como madre, con una intervención activa, eficaz y benéfica en favor de nosotros sus hijos, impulsando, vivificando y dinamizando nuestra vida cristiana. Esta ha sido la doctrina constante de la Iglesia, enseñada por los Padres de la Iglesia, vivida en la liturgia, celebrada por los escritores medievales y por nuestros más esclarecidos poetas, pintada o esculpida por nuestros mejores artistas, especialmente en nuestra Andalucía, tierra de María Santísima, enseñada por los teólogos y, sobre todo, por los Papas de los dos últimos siglos.

Por ello, la devoción a la Virgen, conocerla, amarla e imitarla, vivir una relación filial con ella, acudir a Ella cada día, honrarla con el rezo del Ángelus, las tres avemarías, el Rosario u otras devociones recomendadas por la Iglesia, no es algo de lo que podamos prescindir sin que se conmuevan los cimientos mismos de nuestra vida cristiana.

En la exhortación apostólica Marialis cultus, Pablo VI nos dejó escrita una frase que yo querría que se grabara en nuestros corazones: "Para ser auténticamente cristianos, hay que ser verdaderamente marianos". Efectivamente, María es el Arca de la Alianza, el lugar de nuestro encuentro con el Señor; refugio de pecadores, consuelo de los afligidos y remedio y auxilio de los cristianos; ella es la estrella de la mañana que nos guía y orienta en nuestra peregrinación por este mundo; ella es salud de los enfermos del cuerpo y del alma. Ella es, por fin, la causa de nuestra alegría y la garantía de nuestra fidelidad.

Honremos, pues, a la Virgen cada día de nuestra vida y muy especialmente en este mes de mayo. Acudamos a visitarla en sus santuarios y ermitas con amor y sentido penitencial. Qué bueno sería que en nuestras parroquias se restauraran las flores de mayo. El amor y el culto a la Virgen es un motor formidable de dinamismo espiritual, de fidelidad al Evangelio y de vigor apostólico. Que nunca nos acostemos tranquilos sin haber tenido un detalle filial con Nuestra Señora.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 04 May 2018 12:06:36 +0000
En la fiesta cristiana del trabajo http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44108-en-la-fiesta-cristiana-del-trabajo.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/44108-en-la-fiesta-cristiana-del-trabajo.html En la fiesta cristiana del trabajo

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

El próximo martes, uno de mayo, celebraremos la memoria litúrgica de san José Obrero y, con ella, la fiesta cristiana del trabajo. Por ello, dedico mi carta semanal a esta realidad que importa mucho a la Iglesia porque el trabajo es consustancial al ser humano, camino de realización de la persona y condición inexcusable para el bienestar y la felicidad de las familias y de la sociedad. En estas vísperas, saludo cordialmente a todos los trabajadores de la Archidiócesis, a cuantos no tienen trabajo o lo realizan en condiciones precarias o que degradan su dignidad. Saludo también a los jóvenes, víctimas más directas de la crisis económica, junto con las mujeres y los inmigrantes. Manifiesto a todos mi solidaridad y cercanía. Saludo también a cuantos vivís la fe y el compromiso cristiano cerca del mundo del trabajo, miembros de la HOAC, la JOC, Hermandades del Trabajo y la Delegación Diocesana de Pastoral Obrera.

Muchos son los retos a los que deben hacer frente hoy los trabajadores: el desempleo que no acaba, los salarios insuficientes, la explotación de los inmigrantes, los horarios excesivos y la dificultad para conciliar la vida laboral y familiar, problemas que mellan la dignidad de las personas y generan exclusión y pobreza. Estudios recientes nos dicen que en Andalucía el paro afecta a un 24,4 de los adultos y a un 47,9 de los menores de 25 años, mientras que el 33,2% de la población tiene problemas en relación con la vivienda, y en el flanco de la salud, el 24,8% tiene algún tipo de dificultad, todo lo cual genera exclusión social.

Nuestra Iglesia diocesana, fiel al mandato de su Señor, quiere estar cerca de los pobres y de los oprimidos por la injusticia. No podemos tener mejores señas de identidad. Por ello, con la Doctrina Social de la Iglesia recordamos a todos la importancia del trabajo para la realización y humanización de la persona, la relación estrecha entre trabajo y familia, pues el trabajo es el sostén de la familia, y la relación también decisiva entre trabajo y sociedad. Sin trabajo para todos, la entera sociedad se resiente.

Los técnicos de Cáritas nos dicen que uno de los ámbitos que mayor exclusión y pobreza genera es la carencia de empleo, mientras que un trabajo regular y estable dignifica a la persona y cohesiona a la sociedad. Por ello, la Doctrina Social de la Iglesia exige un trabajo digno para las personas y las familias. No puede ser, pues, precario, escaso o que no permita construir un proyecto de vida. Como nos dijera el papa Benedicto XVI en la encíclica Caritas in Veritate, es necesario promover un trabajo decente, que permita vivir con dignidad.

En este marco se inserta la iniciativa diocesana que, que cumple ya su cuarto año, y que hemos denominado Acción conjunta contra el paro, con el lema Ante el parado, activa tu conciencia. Fue promovida conjuntamente por Cáritas diocesana, las Delegaciones de Pastoral Obrera, Pastoral Social-Justicia y Paz, Migraciones, y la Fundación Cardenal Spínola de Lucha Contra el Paro, con el apoyo de otras instituciones y movimientos eclesiales de la Archidiócesis. En las distintas fases de esta campaña hemos ido tomando conciencia de la persistencia de injusticias que afectan a los trabajadores y a sus familias, deshumanizando la vida, precarizando el trabajo, dificultando la vida familiar y los proyectos personales, anteponiendo el beneficio a la dignidad del trabajo y de la persona.

A lo largo de estos años, los distintos grupos parroquiales, comunidades y movimientos, hemos sentido la necesidad de promover y crear un entorno propicio al trabajo decente, que elimine tantas injusticias y sufrimiento, de acuerdo con las exigencias de la dignidad humana y el bien común, tal y como pidiera el papa Francisco en su discurso en el Parlamento Europeo en noviembre de 2014 al afirmar que “ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana”.

Esta tarea, hacer posible un trabajo decente, corresponde a toda la sociedad, pero es también una tarea eclesial, porque lo que está en juego es la dignidad de la persona y la suerte de los pobres. Por ello, invito a toda la comunidad diocesana a seguir implicándose en esta campaña.

Consciente de la riqueza que supone para la Archidiócesis la presencia perseverante de los militantes de los Movimientos Apostólicos, de los equipos de pastoral obrera y de los voluntarios de las instituciones implicadas en la campaña, con mucha gratitud les animo a perseverar en esta hermosa tarea. A todos les invito a seguir recordándonos a todos la dignidad inalienable de la persona, imagen de Dios, y sus derechos inviolables, y que el tesoro de la fe en Jesucristo y su Evangelio es el único camino para la construcción de un mundo más justo y fraterno, como Dios lo soñó.

Para todos, mi saludo fraterno mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Mon, 30 Apr 2018 11:42:32 +0000
Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/43966-jornada-mundial-de-oración-por-las-vocaciones.html http://odisur.es/diocesis/sevilla/documentos/item/43966-jornada-mundial-de-oración-por-las-vocaciones.html Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

Carta del arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy el domingo del Buen Pastor. El Evangelio nos presenta a
Jesucristo como el pastor que llama y reúne a sus ovejas, las conoce por su
nombre, las cuida, guía y conduce a frescos pastizales, busca la oveja perdida y da
la vida por ellas. Él es al mismo tiempo modelo y espejo de los pastores de la grey
que Él adquirió con su sangre.

En este domingo, celebramos también la LV Jornada Mundial de Oración
por las Vocaciones. En ella se nos recuerda que en la tarea salvadora, que nace del
misterio pascual, el Buen Pastor necesita colaboradores para cumplir la misión
recibida del Padre y que Él confió a sus apóstoles. A través de humildes
instrumentos humanos, el Señor ha de seguir predicando, santificando, perdonando
los pecados, sanando las heridas físicas y morales, consolando a los tristes,
enseñando a los ignorantes y acompañando a quien se siente solo o abandonado.
Son las distintas vocaciones que el Espíritu suscita en su Iglesia para seguir
cumpliendo la misión del Buen Pastor al servicio del Pueblo de Dios.

En el mensaje que el Papa Francisco nos ha dirigido con ocasión de esta
jornada nos dice que el manantial de la pastoral vocacional es Dios y su gracia. En
este domingo damos gracias a Dios por la vocación y el testimonio de tantos
sacerdotes y consagrados, que en el ministerio pastoral, en la oración, el trabajo y
el silencio del claustro, en el servicio a los pobres y marginados, en el
acompañamiento a los enfermos y ancianos y en la escuela católica están gastando
generosamente su vida al servicio de Dios y de sus hermanos. Es incalculable la
riqueza que aporta a la Iglesia el ministerio sacerdotal y la vida consagrada en sus
múltiples carismas e instituciones. Que en esta Jornada y siempre les
acompañemos con el afecto y la oración para que sean fieles a la llamada recibida
y el Señor nos conceda muchas, santas y generosas vocaciones.

Consciente de que la oración es el alma de la pastoral vocacional, invito a
todos los fieles de la Archidiócesis a pedir insistentemente, hoy y todos los días,
“al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. Os pido también que os
impliquéis en esta pastoral, que es tarea de toda la comunidad cristiana,
especialmente de los sacerdotes, consagrados, catequistas, educadores y padres.
Las familias cristianas han sido siempre el manantial del que han surgido las
vocaciones. Un clima familiar sereno, alegre y piadoso, iluminado por la fe, en el
que se acoge y celebra el don de la vida, y en el que se vive la comunión y la
unidad entre sus miembros, favorece el florecimiento vocacional. De ahí la
relación estrecha entre la pastoral vocacional y la pastoral familiar.

El Arzobispo de Sevilla

Me dirijo ahora a los sacerdotes y consagrados, a quienes urge antes que a
nadie esta pastoral preciosa. Os recuerdo con el Papa Francisco, que el testimonio
de nuestra entrega suscita vocaciones. Invitad a los jóvenes a plantearse su futuro
vocacional, orad con vuestras comunidades por las vocaciones, cultivad la pastoral
de los monaguillos, que ha sido siempre venero de vocaciones sacerdotales y,
sobre todo, procurad que vuestra vida sencilla, entregada, pobre, casta y alegre,
suponga una invitación expresa para que muchos jóvenes se decidan a seguir
nuestra vocación.

No puedo concluir sin decir una palabra a los jóvenes, que están viviendo
una etapa trascendental, en la que tratan de diseñar su futuro. Yo os propongo un
camino apasionante y fecundo para vuestra realización personal: seguir a Jesús en
el sacerdocio o en la vida consagrada. Como san Pablo después de su conversión,
preguntad también vosotros al Señor: “¿Qué quieres que haga?”, ¿qué quieres
que haga con la vida que me has regalado?, ¿qué quieres que haga por ti?, y
mostradle vuestra entera disponibilidad, sin planes previos y con una gran
confianza.

Un amigo de Jesús no diseña su existencia sin contar con el Señor. Las
grandes decisiones sobre nuestro futuro hemos de tomarlas con Él, con espíritu de
fe, obediencia y amor, arriesgándonos a ponernos a su alcance para que Él tome y
conquiste nuestra vida, la convierta, posea y oriente al servicio del Evangelio, de la
Iglesia y de los hermanos. Esta es la única forma de acertar. Esta es la puerta
estrecha que da acceso a la felicidad, de la mano del Señor. Es la mejor forma de
emplear la vida, guiada y poseída por Él y abierta a los hermanos con su mismo
amor.

Él nos ha dicho que “no hay amor más grande que el de aquel que da la
vida por sus amigos”. Él ha prometido recompensar con el ciento por uno a quien
entregue su vida por Él y por el Evangelio. A Él le pido que os conceda un corazón
generoso.

Para todos vosotros, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Sevilla Fri, 20 Apr 2018 12:29:24 +0000