"Santa María de la Victoria, estrella de la evangelización"

Homilía pronunciada por el obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la fiesta de Santa María de la Victoria, festividad de la Natividad de María, en la Santa Iglesia Catedral de Málaga, el 8 de septiembre de 2019.

SANTA MARÍA DE LA VICTORIA,
PATRONA DE LA DIÓCESIS
(Catedral-Málaga, 8 septiembre 2019)

Lecturas: Ap 12,1-3.7-12ab.17; Sal 44,11-12.14-18; 1 Co 15,20-27; Lc 1,39-56.

 

María, estrella de la evangelización

1.- Los malagueños nos alegramos de celebrar hoy la fiesta de nuestra querida Patrona, Santa María de la Victoria. Ella es honrada y venerada por ser la Madre del Salvador del mundo, Jesucristo, el Hijo de Dios. Su maternidad divina es el título más importante, del que derivan todos los demás.
María Santísima acoge en su alma y en su seno virginal al Sol de justicia, Jesucristo, que es la Luz verdadera que alumbra a todo hombre (cf. Jn 1,9). Vestida de sol y llena de luz, Ella aparece como “Estrella de la Evangelización”, como la llamó el papa Pablo VI: “En la mañana de Pentecostés, Ella presidió con su oración el comienzo de la evangelización bajo el influjo del Espíritu Santo. Sea Ella la estrella de la evangelización siempre renovada, que la Iglesia, dócil al mandato del Señor, debe promover y realizar, sobre todo en estos tiempos difíciles y llenos de esperanza” (Evangelii nuntiandi, 82). Ese tiempo también es el nuestro; tiempos difíciles, pero llenos de esperanza.

2.- El libro del Apocalipsis, que hemos escuchado, presenta la figura de la Virgen María como «una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12,1). Dicho entre paréntesis, esa corona de doce estrellas tiene mucho que ver con la bandera europea; es decir esa bandera tiene origen cristiano.
Esta mujer, nimbada de luz, lleva dentro de sí la Luz eterna, Jesucristo, y nos lo ofrece. No es Ella la luz, sino más bien la luna, que refleja la luz del sol, como dicen los santos padres; y una estrella especial y única, que irradia claridad.
En la Liturgia de las Horas rezamos un himno referido al nacimiento de María, que dice: “Hoy nace una clara estrella, / tan divina y celestial, / que, con ser estrella, es tal, / que el mismo sol nace de ella. No le iguala lumbre alguna / de cuantas bordan el cielo, / porque es el humilde suelo / de sus pies la blanca luna: / nace en el suelo tan bella / y con luz tan celestial, / que, con ser estrella, es tal, / que el mismo Sol nace de ella”.
¡Ojalá seamos nosotros como estrellas, al estilo de María, para irradiar la Luz del Evangelio! Repetid conmigo: “María, estrella de la Evangelización, / ayúdanos a ser estrellas como tú”.

3.- En la visión del Apocalipsis aparece en el cielo otro signo, totalmente opuesto al de la mujer: «Un gran dragón rojo que tiene siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas» (Ap 12,3). Este signo la representación del mal; es el monstruo que hace la guerra al linaje de la mujer. El diablo existe, según la revelación cristiana, y no es un cuento de niños; el mal existe y todos somos conscientes, porque dentro de nosotros experimentamos su presencia y nos sentimos inclinados al mal (cf. Rm 7,14-15).
El combate del dragón y sus secuaces contra el ángel y sus compañeros termina con la victoria del príncipe de los ángeles (cf. Ap 12,7). La victoria es para el linaje de la mujer, Jesucristo, porque él es el vencedor del mal y de la muerte; y por ello, la victoria es también para la Mujer, a quien veneramos los malagueños como “Santa María de la Victoria”. Este título no se refiere solo a la victoria de los Reyes Católicos contra el Islam, sino una victoria real de Cristo y la Virgen contra las fuerzas del mal: contra el pecado, contra el odio, contra el egoísmo, contra la muerte.
Los seguidores del mal siguen haciendo la guerra a la mujer y a su descendencia, es decir, a «los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (Ap 12,17); esos somos nosotros, que queremos seguir a Jesucristo y amamos a nuestra Madre.
Pero no hay miedo, porque la victoria es de nuestro Dios; la victoria es de Jesucristo; la victoria es de la Mujer y de sus hijos. Hemos de estar alegres por esta victoria es alcanzada «en virtud de la sangre del Cordero» (Ap 12,11).

4.- Vivimos en una sociedad alejada de Dios, que combate contra sus hijos adoptivos, los cristianos; una sociedad que necesita ser evangelizada; necesita conocer el “Evangelio de Dios”, el Evangelio vivo, que es Cristo, el primer y más grande evangelizador de la historia. El Evangelio no es un simple texto, ni una doctrina, ni unas normas; el Evangelio es la Persona de Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador del mundo.
El papa Pablo VI recordaba la acción evangelizadora de Cristo: “Como núcleo y centro de su Buena Nueva, Jesús anuncia la salvación, ese gran don que es liberación de todo lo que oprime al hombre, pero que es sobre todo liberación del pecado y del maligno” (Evangelii nuntiandi, 9). Jesucristo, el primer evangelizador, es testigo con su palabra, vida, muerte y resurrección de la verdad predicada.
La Virgen de la Victoria está unida a su Hijo en la acción evangelizadora. Hemos de contemplarla con los ojos de la fe y dentro del proyecto de salvación del género humano. Ella es verdadera evangelizadora; Ella es la “Estrella de la Evangelización”, no sólo por la maternidad divina, sino también por su unión con su Hijo.
Repetid conmigo: “María, estrella de la Evangelización, / ayúdanos a ser buenos evangelizadores”.

5.- El papa Francisco, que hoy se encuentra en Madagascar, ha convocado para octubre próximo el “Mes Extraordinario Misionero”, con motivo del centenario de la promulgación de la carta apostólica “Maximum illud”, con la que Benedicto XV quiso dar un nuevo impulso al compromiso misionero de anunciar el Evangelio.
La misión de la Iglesia parte del mandato de Jesús: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15). Cumplir esta tarea es ineludible, ya que la Iglesia, como dice el Concilio Vaticano II, es “misionera por su propia naturaleza” (Ad gentes, 2); y como recordaba el Pablo VI: “Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (Evangelii nuntiandi, 13). Si la Iglesia no evangeliza, no sirve para nada porque no cumpliría su misión; y si el cristiano no evangeliza, no sirve para nada.
El papa Francisco nos habla de María, como icono de una Iglesia que evangeliza, porque ella misma es evangelizada: “María, después de haber acogido la Buena Noticia que le dirige el arcángel Gabriel, canta proféticamente en el Magnificat la misericordia con la que Dios la ha elegido. La Virgen de Nazaret, prometida con José, se convierte así en el icono perfecto de la Iglesia que evangeliza, porque fue y sigue siendo evangelizada por obra del Espíritu Santo, que hizo fecundo su vientre virginal” (Francisco, Mensaje para la Cuaresma de 2016,1).
Los cristianos tenemos la misión de evangelizar con María, la “Estrella de la Evangelización”. Con su mismo estilo, sencillo y humilde, hemos de ofrecer a Cristo a los hombres de hoy. Les hemos de ofrecer el Evangelio vivo, la Persona de Jesucristo.

6.- Deseo agradecer al predicador del Novena de este año, Rvdo. Miguel-Ángel Gamero, su reflexión homilética, que ha sido concisa, clara y de buen contenido teológico. Utilizado imágenes del arte, nos ha ayudado a entender mejor lo que ellas expresan, describiendo la hermosa imagen de nuestra Patrona y al mismo tiempo transcendiendo la realidad que contemplamos y animándonos a vivir como la Virgen Santa María de la Victoria.
Veneramos hoy a María, que fue con prontitud a visitar a su prima Isabel y fue llamada “Bienaventurada”, por llevar en su seno al Sol de justicia, Jesús, el Hijo de Dios. La aclamamos y la honramos como Madre y Patrona nuestra. Podemos estar contentos de tener esta excelsa y celestial Patrona.
Pedimos a Santa María de la Victoria, “Estrella de la Evangelización”, que nos ayude a ser evangelizadores comprometidos, llenos de fe y de valentía, para dar testimonio en esta sociedad descreída.
Repetid conmigo: “Santa María de la Victoria, / estrella de la Evangelización, / ruega por nosotros”. Amén.