50 aniversario de la muerte del cardenal Ángel Herrera Oria

Homilía pronunciada por D. Jesús Catalá en la Misa del cincuentenario de la muerte de D. Ángel Herrera Oria celebrada en la Catedral de Málaga el 7 de junio de 2018

(Catedral-Málaga, 7 junio 2018)

Lecturas: Os 11,1.3-4.8-9; Sal: Is 12,2-6; Ef 3,8-12.14-19; Jn 19,31-37.

(Fiesta Sagrado Corazón)

1.- Amor entrañable de Dios por su pueblo

Como se nos ha dicho en la monición de entrada estamos en las vísperas de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, donde enmarcamos esta acción de gracias a Dios por el Cincuenta Aniversario de la muerte del Card. Herrera Oria.

Las lecturas de hoy son muy ricas. La primera, del profeta Oseas, ofrece una imagen preciosa que siempre me ha encantado. Los profetas tienen una sensibilidad especial para hablar de Dios a través imágenes. Narra la acción de un padre y una madre que tienen un hijo pequeño que está en el suelo; tal vez, incluso, alejado de sus padres. Pero el padre o la madre se agacha, se acerca al niño, lo levanta a la altura de las mejillas, lo besa, lo abraza, lo cuida y le da de comer. «Con lazos humanos los atraje, con vínculos de amor. Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer» (Os 11,4).

Esta imagen está referida al pueblo de Israel; pero se aplica también a cada uno de nosotros, a quienes Dios cuida con amor como un buen padre, tomándonos en sus brazos, aunque a veces pensemos que Dios se olvida de nosotros: «Era yo quien había criado a Efraín, tomándolo en mis brazos; y no reconocieron que yo los cuidaba» (Os 11,3).

Estoy convencido que el Cardenal Herrera Oria vivió esta imagen en su vida y experimentó el amor entrañable de Dios, quien tiene entrañas de misericordia: «Mi corazón está perturbado, se conmueven mis entrañas» (Os 11,8). A Dios se le conmueven las entrañas por cada uno de nosotros.

Demos gracias a Dios por este amor tan grande de Dios con entrañas de misericordia. La imagen de ese niño que podemos ver en muchas familias está expresando el amor de Dios hacia cada uno de nosotros.

2.- Acción de gracias por la salvación de Dios

El canto interleccional está tomado del libro de Isaías, que habla de Dios como salvador y fuente de salvación. Nos invita a la confianza en Dios que salva: «Él es mi Dios y Salvador: confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación» (Is 12,2).

¿En quién confiamos? ¿De dónde proviene la fuerza que nos mantiene en vida y en acción? Nuestros proyectos, ¿de dónde arrancan? ¿Cuáles son nuestras fuentes? El profeta nos invita a acudir al manantial de vida y salvación: «Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación» (Is 12,3).

D. Ángel acudió a la fuente de la salvación. A pesar de ser un hombre de gran talla y categoría humana, no pudo realizar las obras que llevó a cabo con sus propias fuerzas. El Cardenal Herrera Oria es una figura grandiosa a todos los niveles: humanamente hablando, como hombre de fe, como pastor de Iglesia y como avanzado a su tiempo en varios campos, sobre todo de la educación y de la comunicación.

Toda esa gran obra de D. Ángel no puede salir solo de sus limitadas fuerzas humanas. Él ha experimentado el amor de Dios y ha acudido a las fuentes de la salvación que le han dado fuerza. Quien está junto a las fuentes de la salvación «será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin» (Sal 1, 3). Sus raíces se acercan a las aguas del manantial de Dios.

En esta celebración hay gente de la Fundación Victoria de Enseñanza, que asume un aspecto de la obra de D. Ángel, la obra educativa. También hay alumnos de la universidad que él crea para formar cristianos en la doctrina social de la Iglesia. Algunos presentes llevaron a cabo la obra educativa y evangelizadora en pueblos pequeños, con las llamadas “Escuelas-Capilla”. A los que nos toca asumir alguna de esas tareas, que inició D. Ángel, no podemos fiarnos de nosotros mismos, ni confiar en nuestras propias fuerzas. Hemos de hacerlo como lo hizo él, acudiendo a las fuentes de la salvación.

3.- Profundidad del amor cristiano

San Pablo, en la carta a los Efesios, nos ha dicho que el amor de Cristo lo transciende todo y es como un mar de fondo. Habla de la riqueza insondable de Cristo, del misterio escondido en Dios, que él tiene el honor de anunciar: «A mí, el más insignificante de los santos, se me ha dado la gracia de anunciar a los gentiles la riqueza insondable de Cristo» (Ef 3,8). Esa riqueza insondable no terminaremos nunca de apropiárnosla; lo que significa Cristo para la humanidad y para nuestra vida es una riqueza insondable y misteriosa. Cristo es la fuente de sabiduría, de salvación, de fuerza, de creatividad, de iniciativa.

Hoy damos gracias a Dios por la persona y por la figura de D. Ángel, que tanto ha aportado a la Iglesia en España y, de modo especial, a la Iglesia particular de Málaga; a nuestra diócesis, de la que él fue pastor.

Dando gracias a Dios también le pedimos que nos ayude a nosotros a coger el testigo; cada cual donde le toque: en la enseñanza, en la economía, en la política, en los medios de comunicación…, sabiendo que, antes que nosotros, otros cristianos, como D. Ángel, han sabido dar una respuesta acertada y adecuada a los retos que la sociedad planteaba en su tiempo.

Esta es la enseñanza que D. Ángel nos da hoy: que podamos y sepamos acertar en las respuestas a los retos que nuestra sociedad nos plantea. No creo que sean mayores ni menores que los de su época; puede que sean distintos; aunque, es posible que tengan el mismo calibre.

Pidamos al Señor que sea él nuestro cimiento y que habite en nosotros: «Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento» (Ef 3,17);

4.- Corazón traspasado de Cristo

El apóstol Juan fue testigo, delante de la cruz en la fue crucificado el Señor, de que el corazón de Cristo ha sido abierto por una lanza de un soldado: «El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis» (Jn 19,35).

No le quebraron las piernas a Jesús, en cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento: «Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: No le quebrarán un hueso» (Jn 19,36). No le quebraron ni un hueso; pero su corazón fue traspasado ofreciendo hasta la última gota de sangre y agua: «Uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (Jn 19,34). No se reservó nada; lo ofreció todo.

El corazón insondable de Jesús es fuente de amor y manantial de gracia, que se ofrece completamente para que bebamos de Él, para que nos fortalezcamos de Él.

Es preciosa la oración de san Ignacio: “Alma de Cristo santifícame, cuerpo de Cristo sálvame, sangre de Cristo embriágame, agua del costado de Cristo lávame”. Esa es la fuente donde bebió D. Ángel y nos invita en este cincuentenario a hacer nosotros lo mismo.

Vamos a seguir dando gracias al Señor por el regalo que fue para la Iglesia de Málaga y para nosotros la figura y la obra de D. Ángel.

Pedimos a la Santísima Virgen que sepamos recoger el testigo que nos dejó D. Ángel, tomando fuerzas del manantial de Cristo. Amén

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