Celebración de la Pasión del Señor del Viernes Santo

Homilía del Obispo de Málaga en la celebración de la Pasión del Señor del Viernes Santo en la Catedral de Málaga.

(Catedral-Málaga, 30 marzo 2018)

Lecturas: Is 52,13 – 53,12; Sal 30,2.6.12-17.25; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 18,1 – 19,42.

La misericordia entrañable de nuestro Dios

1.- La liturgia del Viernes Santo nos propone la contemplación de la Cruz, en la que murió nuestro Salvador; y nos invita a dar gracias a Dios por la redención del género humano. Todos hemos sido salvados por Cristo Jesús, quien derramó su sangre como expiación por nuestros pecados.

Jesucristo, el Cordero inocente, con la entrega de su sangre nos mereció la vida. Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos libró de la esclavitud del diablo y del pecado; por eso todos podemos decir con san Pablo: «El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,20).

La cruz es el sacrificio de Cristo «único mediador entre Dios y los hombres» (1 Tm 2,5), quien, en su Persona divina encarnada, “se ha unido en cierto modo con todo hombre” (Gaudium et spes, 22) y “ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida se asocien a este misterio pascual” (Ibid.).

En esta tarde queremos dar gracias a Dios por este misterio inefable de amor y de entrega; queremos asociarnos a la oblación de Cristo; queremos ser lavados de nuestros pecados con su gracia.

2.- Santo Tomás de Aquino nos recuerda que “es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia” (Summa Theologiae, II-II, q. 30, a. 4.). La misericordia divina no es signo de debilidad, sino más bien expresión del poder y de la omnipotencia de Dios y de su amor. Así lo rezamos en la oración colecta del domingo XXVI del tiempo ordinario: «Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón». ¡Acudamos a esta fuente de misericordia y de amor!

Dios es para la humanidad Aquel que está siempre presente, cercano, providente, santo y misericordioso (cf. Papa Francisco, Misericordiae vultus, 6).

Los Salmos destacan la grandeza del proceder divino y su gran misericordia. Dios es «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia» (Sal 102,8). Su misericordia y su paciencia se constatan en muchas acciones de la historia de la salvación, donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción.

Dios perdona y cura: «Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de ternura» (102,3-4). El Señor «sana los corazones afligidos, venda sus heridas» (147,3).

Signos concretos de su misericordia son la liberación y el cuidado amoroso: «El Señor liberta a los cautivos, el Señor abre los ojos al ciego; el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos» (145,7-8). Nos ama a todos y cada uno de nosotros; a toda la humanidad.

3.- La misericordia de Dios, como dice el papa Francisco: “no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre, que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón” (Misericordiae vultus, 6).

«Eterna es su misericordia» es el estribillo que acompaña cada verso del Salmo 135, mientras se narra la historia de salvación del pueblo de Israel. «Porque es eterna su misericordia». Podemos repetir este estribillo interiormente, como oración personal, por cada una de las acciones amorosas y misericordiosas que Dios realiza en nuestra vida, convirtiéndola en historia de salvación. «Porque es eterna su misericordia».

El mismo Jesús, antes su Pasión, rezó con este Salmo de la misericordia, como lo atestigua el evangelista Mateo (cf. 26,30). “En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz” (Misericordiae vultus, 7).

4.- Cristo llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» (Mt 16,24), porque Él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 P 2,21). Él quiere asociarnos a su sacrificio redentor para que seamos sus beneficiarios.

Tenemos el ejemplo especial de la Virgen María, quien se asoció de forma admirable y singular al misterio del sufrimiento redentor de su Hijo Jesús, tal como lo narran los evangelios.

En esta tarde el Viernes Santo, queridos fieles, adoremos a Jesús, que se entrega por toda la humanidad y por nosotros en la cruz y nos invita a seguirle, tomando cada uno su propia cruz. Amén.