Rito de elección de los catecúmenos

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, Jesús Catalá, en el rito de elección de los catecúmenos que tuvo lugar en la Catedral de Málaga, el 18 de febrero de 2018.

RITO DE ELECCIÓN DE LOS CATECÚMENOS
(Catedral-Málaga, 18 febrero 2018)

Lecturas: Gn 9, 8-15; Sal 24, 4-9; 1 Pe 3, 18-22; Mc 1, 12-15.
(Domingo Cuaresma I - Ciclo B)

1.- En este primer domingo de Cuaresma tiene lugar la «Elección» de los catecúmenos, que serán bautizados en la Vigilia pascual, o durante los domingos de Pascua.

Al inicio de esta celebración os hemos acogido, queridos catecúmenos. El Señor Jesús os ha llamado a participar de su vida; quiere regalaros la salvación y dar sentido pleno a vuestra vida; quiere liberaros de las cadenas del propio egoísmo y del pecado, que os esclavizan como a todo ser humano; quiere que viváis con alegría la maravilla de ser hijos adoptivos de Dios-Padre; quiere que viváis en plenitud la vida humana, tal como Él la creó, sin rebajarla ni manipularla.

Para celebrar la elección es necesario que los catecúmenos hayáis dado muestras de conversión a Dios, de suficiente conocimiento de la doctrina cristiana y de actitud de fe y de caridad.

Jesús os invita a seguirle a Él, que es modelo de todo hombre. Padeciendo por nosotros nos dio ejemplo para seguir sus pasos; y con su seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.

2.- Jesucristo es el Hombre nuevo, como enseñó el Concilio Vaticano II, que esclarece el misterio del hombre y manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.

Él es imagen de Dios invisible (cf. Col 1,15), “el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre (…). Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado” (Gaudium et spes, 22).

3.- El cristiano, conformado en el bautismo con la imagen del Hijo, recibe las primicias del Espíritu (cf. Rm 8,23), que le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. A partir del bautismo seréis criaturas nuevas, hombres nuevos. Aunque externamente no se va a notar, habrá un cambio y una renovación en vuestras personas.

Las lecturas nos han recordado el diluvio universal en los días de Noé, del que se salvaron unas pocas personas (cf. 1 Pe 3, 20). Las aguas del diluvio eran símbolo de las aguas bautismales (cf. 1 Pe 3, 21) y el arca de Noé es símbolo de la Iglesia. Vais a recibir las aguas bautismales y vais a subir a la barca de la Iglesia de Cristo.

Desde hace tiempo, por desgracia, vemos imágenes de migrantes que se lanzan al mar en busca de una tierra prometida que muchos no alcanzan, porque las aguas marinas se los tragan. Vosotros, queridos catecúmenos, seréis rescatados y formaréis parte de la comunidad de salvados; entraréis en la Iglesia y subiréis a la barca de salvación, para encontrar la vida nueva en Cristo, la vida eterna. Podemos decir que vais a ser unos “agraciados” y debéis estar contentos de que el Señor os haya encontrado en vuestro camino.

En el bautismo se os regalará el Espíritu, que es prenda de la herencia eterna (cf. Ef 1,14); y seréis restaurados y renovados internamente hasta llegar a la redención del cuerpo (cf. Rm 8,23).

4.- En el evangelio hemos escuchado que Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el demonio: «Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás» (Mc 1, 13). Estos cuarenta días de desierto de Jesús son el origen de nuestra Cuaresma: cuarenta días de penitencia y conversión.

El cristiano está llamado a luchar contra el demonio con muchas tribulaciones e incluso padecer la muerte. Pero, asociado al misterio pascual y configurado con la muerte de Cristo, llegará por la esperanza a la resurrección.

Cristo murió por todos los hombres; y la vocación suprema del hombre es gozar de la vida divina. Este misterio del hombre no se entiende por razonamiento humano alguno, sino por revelación divina.

5.- Jesucristo ilumina el enigma del dolor y de la muerte. Con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida eterna, para vivir como hijos en el Hijo; por eso podemos clamar en el Espíritu: «Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: ¡Abba, Padre!» (Rm 8,14-15).

Queridos catecúmenos, estáis llamados a vivir estas cosas maravillosas. Agradecidos a Dios, que nos llama a compartir su vida, podemos recitar con el Salmo: «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad» (Sal 24, 4). La Palabra de Dios ilumina el corazón del cristiano y le concede una sabiduría superior a la razón humana. Probablemente algunos amigos vuestros e incluso familiares no entiendan lo que hacéis al prepararos al bautismo; porque esto no se entiende con la sola razón; es necesaria la fe en el Señor.

En este rito habéis manifestado vuestra voluntad de seguir a Cristo, nuestro Salvador y Redentor; de ser sus discípulos, de conocerle cada día más, de amarle mejor. Y este período de preparación intensa para la recepción de los tres sacramentos de la iniciación cristiana tiene como objetivo la formación espiritual y se dirige a los corazones y a las mentes, para purificarlas por el examen de la conciencia y por la penitencia; y para iluminarlas por un conocimiento más profundo de Jesucristo (cf. Sacrosanctum Concilium, 110).

Los padrinos tenéis una tarea muy importante y hermosa, que habéis comenzado a ejercitarla públicamente hoy. Se os ha llamado al principio del rito y habéis pronunciado vuestro testimonio ante la comunidad. A partir del bautismo de vuestros candidatos tendréis una gran misión: seguir ayudando a los ya bautizados a vivir como cristianos, procurar que profundicen en su formación religiosa, acompañarles en el camino del seguimiento del Señor y ayudarles a que respondan a la voluntad de Dios con fidelidad y con generosidad.

Pedimos a Dios en este tiempo cuaresmal que nos muestre su ternura y su misericordia, que son eternas (cf. Sal 24, 6); y que nos conceda a todos convertirnos a Él para compartir su vida. Amén.