Nochebuena

Homilía pronunciada en la Misa de Nochebuena por el obispo de Málaga, Mons. Jesús Catalá, el 24 de diciembre de 2017

Lecturas: Is 9, 1-3.5-6; Sal 95, 1-3.11-13; Tt 2, 11-14; Lc 2, 1-14.

Silencio, contemplación y adoración ante el nacimiento de Jesús en Belén

1.- Silencio ante el Misterio

Un fraternal saludo a los sacerdotes y ministros del altar, a todos los feligreses de las parroquias del centro histórico de Málaga, y a los fieles cristianos venidos de otras diócesis y lugares de España y de otros países, que nos hemos reunido para celebrar la Nochebuena de Navidad.

En esta Noche santa la Iglesia celebra el Nacimiento de Jesús, el Salvador. El evangelista Lucas nos ofrece los detalles: José, de la familia de David, y su esposa María subieron desde Nazaret a Belén, la ciudad de David, para empadronarse (Lc 2,4-5). A María le llegó el tiempo del parto «y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada» (Lc 2,7).

Este realismo, concreto, indica un hecho real, histórico, como hemos escuchado en el anuncio inicial de la Misa, que nos indicaba las fechas y los años de los acontecimientos de la historia de salvación. Estamos celebrando un hecho que aconteció en la historia.

El Hijo de Dios se hizo hombre; entró en la historia el que es eterno. Nace pobre, en una familia pobre y en un lugar humilde y sencillo. La contemplación del misterio del Nacimiento de Jesús nos invita a adoptar algunas actitudes, que vienen determinadas por la importancia y la profundidad de este acontecimiento histórico que celebramos.

En primer lugar, ante este misterio divino el ser humano siente el deseo de hacer “silencio” y de quedar extasiado para admirar e interiorizar. Los relatos del Nacimiento del Señor están imbuidos de silencio. Nos dice el libro de la Sabiduría: «Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real» (Sab 18,14-15).

El profeta Isaías nos habla también de una luz que brilla en las tinieblas: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló» (Is 9,1). El ser humano queda deslumbrado ante la cegadora luz divina, que irrumpe en medio de la tiniebla e ilumina con gran resplandor la realidad humana. ¡Qué diferentes se ven las cosas con buena luz!

Ante la presencia del Niño de Belén el hombre se llena de gozo interior. Isaías dice: «Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia» (Is 9,2).

Los pastores, que guardaban sus rebaños en las inmediaciones de Belén, quedan sorprendidos y temerosos ante la luz que les envuelve: «La gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor» (Lc 2,9). Y ante la noticia que el ángel les comunica, quedan atónitos: «No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor» (Lc 2,10-11).

La Nochebuena, hermanos, nos invita a imitar a los pastores, que acogen con sencillez la noticia llenos de alegría, de temor y de sorpresa; y van a ver al recién nacido «envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12).

2.- Contemplación ante la Divinidad

La Navidad nos invita también a tener una actitud de contemplación ante Dios. El Niño que nace en la gruta de Belén es el Hijo de Dios; no es un niño cualquiera, aunque sea pobre y aunque haya nacido lejos de las riquezas, de los palacios y de las comodidades. Esta es la gran revolución que hace Dios en la tierra.

Su madre, la Virgen María, lo contempla con gran amor, lo abraza y lo besa. Ante la presencia divina ella contempla, calla e interioriza en su corazón. Es lo que hará toda su vida ante el misterio divino. Una semana después del Nacimiento de su Hijo no entenderá las palabras del anciano Simeón, que le hablaban de una espada de dolor que le traspasaría el alma (cf. Lc 2,35).

Años más tarde, cuando el Niño Jesús se pierde en el Templo de Jerusalén, María le hace una pregunta, pero no entendió la respuesta; por eso ella: «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19).

Ante la presencia de Dios, hermanos, hay que contemplar e interiorizar. El misterio no es para ser comprendido, ni razonado, ni entendido; sino para ser aceptado y vivido, para contemplarlo. Cuando os ha nacido un niño en vuestro hogar, ¿habéis intentado racionalizarlo? ¿Habéis intentado explicar la presencia de un recién nacido o, simplemente, contemplándolo, lo habéis acogido? Porque la vida del ser humano es un regalo de Dios, que nos ayuda a entender el misterio de Dios con respeto, con acogida y en silencio.

El evangelista Juan nos dice en su Prólogo que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). La gloria de la divinidad nos envuelve y nos deja llenos de la presencia de Dios. ¡Dejémonos envolver en esta Noche sana; dejémonos abrazar por el misterio de la Navidad!

3.- Adoración ante el Omnipotente

Y otra actitud que nos pide la Navidad es la adoración. Los pastores fueron a adorar al Niño en Belén; los Magos también lo adoraron y le ofrecieron sus dones: oro, incienso y mirra (cf. Mt 2,11).

La liturgia de estos días invita a todos los pueblos de la tierra a adorar al Señor: “Nos ha amanecido un día sagrado; venid, naciones, adorad al Señor, porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra” (Versículo del Aleluya del día de Navidad).

Solo adoramos a Dios y a nadie más. Nuestra sociedad nos presenta muchos dioses falsos, para que los adoremos y les rindamos nuestra voluntad. La Navidad nos ayuda a volver de nuevo al verdadero Dios, que ilumina la existencia humana y le ofrece la salvación.

El profeta Isaías nos ha dicho esta noche: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: Maravilla de Consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz» (Is 9, 5). Ese es el motivo por el que hemos de adorarlo: porque es señor de la historia, Dios fuerte, Príncipe de la paz. Los demás reinos y principados de la tierra no traen la verdadera paz al mundo; más bien dejan el mundo lleno de guerras, de destrucción y de odios. Solo Jesús, el Niño de Belén, el Príncipe de la paz, trae la paz verdadera y eterna.

Nuestro Príncipe de la paz es fuerte y poderoso, capaz de quebrantar la vara de los opresores y romper el yugo de la esclavitud (cf. Is 9, 3). El salmista nos invita esta noche a cantar al Señor del universo, a bendecir su nombre (cf. Sal 95, 1-2) y a contemplar la victoria de nuestro Dios (cf. Sal 98,3).

Queridos hermanos, en esta hermosa Noche santa de Navidad contemplemos en silencio el Misterio del Nacimiento de Jesús en Belén y adorémoslo en lo profundo de nuestro corazón, acompañados de la Virgen Madre. Amén.