En el 150 aniversario del patronazgo sobre la Diócesis de la Virgen de la Victoria

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, Jesús Catalá, en la celebración del 150 aniversario del patronazgo sobre la Diócesis de la Virgen de la Victoria.

150 ANIVERSARIO DEL PATRONAZGO
SOBRE LA DIÓCESIS DE LA VIRGEN DE LA VICTORIA
(Santuario de la Virgen de la Victoria-Málaga, 10 diciembre 2017)

Lecturas: Is 40, 1-5.9-11; Sal 84; 2 P 3, 8-14; Mc 1, 1-8.
(Domingo Adviento II-B)

1.- Patronazgo de Santa María de la Victoria sobre la Diócesis de Málaga

Se cumplen ahora 150 años del Patronazgo de Santa María de la Victoria sobre la Diócesis de Málaga.

El 12 de diciembre de 1867, siendo papa Pío IX, el cardenal Patrici, Prefecto de la Congregación de los Santos Ritos y D. Bartolini, Secretario de la misma, remitieron un escrito por el que se concedía la petición del entonces Obispo de la Diócesis malacitana, Mons. Juan Nepomuceno Cascallana, para que la imagen de Santa María de la Victoria “se constituya en esa Diócesis de Málaga como principal Patrona ante Dios”. En el mismo documento se especifica que será fiesta patronal en la festividad de la Natividad de la bienaventurada Virgen María, el día 8 de septiembre. El papa Pío IX fue quien proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción.

Hoy venimos a dar gracias a Dios por este regalo concedido a nuestra Diócesis; y queremos también agradecer a Santa María de la Victoria su maternal protección y patronazgo, que viene ejerciendo en favor de los fieles de nuestra querida Diócesis.

Tener por Patrona a la Virgen de la Victoria es tener a la Madre de Dios como abogada e intercesora; no cabe patronazgo mejor. Ella se preocupa de todos sus hijos adoptivos, que su Hijo redimió y salvó con el sacrificio de su vida; ella cuida maternalmente de quienes fuimos confiados a ella por su Hijo en la cruz (cf. Jn 19, 26-27).

2.- Sentido del patronazgo

La Iglesia, madre buena y comprensiva, favorece y promueve la intercesión y el patronazgo de los santos sobre las diversas comunidades cristianas, diócesis, parroquias, asociaciones y movimientos, o grupos eclesiales.

El patronazgo de los santos viene dado por alguna afinidad especial, por el tipo de vida del santo, por la relación y vinculación con una comunidad cristiana o grupo de personas, a cuya intercesión se acogen sus miembros.

El término “patrón” o “patrono” indica la misión de defensor y protector. Los santos patronos son considerados por los creyentes como intercesores y abogados ante Dios; en la ciudad de Málaga tenemos como patronos a los santos Ciriaco y Paula.

Sus devotos se dirigen a ellos en busca de alivio en las penas, de alegría en la fiesta, de consuelo en los momentos duros y de ayuda en las dificultades; de gratitud por la intercesión, aunque nuestra piedad popular está más enraizada en pedir que en dar gracias. Somos más pedigüeños que agradecidos; pero hoy queremos ser agradecidos. A una madre se le pide; pero a una madre se le expresa el cariño y el amor que se le profesa. Hoy debe ser una celebración de acción de gracias, de amor, de cariño a nuestra Patrona, Santa María de la Victoria.

El Concilio Vaticano II expresó el sentido de la veneración hacia los santos: “Es, por tanto, sumamente conveniente que amemos a los amigos y coherederos de Cristo, hermanos también y eximios bienhechores nuestros; que rindamos a Dios las gracias que le debemos por ellos; que los invoquemos humildemente y que, para impetrar de Dios beneficios por medio de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor, que es el único Redentor y Salvador nuestro, acudamos a sus oraciones, protección y socorro. Todo genuino testimonio de amor que ofrezcamos a los bienaventurados se dirige, por su propia naturaleza, a Cristo y termina en Él, que es la corona de todos los santos, y por Él va a Dios, que es admirable en sus santos y en ellos es glorificado” (Lumen gentium, 50).

No debemos perder de vista que el destinatario último de la glorificación, de nuestra adoración, de la acción de gracias, de la petición, es Dios-Padre, por medio de Jesucristo que ora en nosotros en el Espíritu.

Los santos, incluida la Santísima Virgen María, son intercesores; no deben ser el objeto final de nuestra devoción; ellos son hermanos que nos precedieron y nos ayudan en el camino de la fe, del amor y de la esperanza cristianas. Pero el destinatario de nuestra adoración y del religioso obsequio de la fe es Dios-Trino.

3.- Estilo de patronazgo de la Virgen de la Victoria.

Santa María de la Victoria ha ejercido su Patronazgo sobre nuestra iglesia diocesana, al estilo como ejerció su maternidad desde el instante de la Encarnación del Verbo eterno hasta el final de su vida. La Virgen nazarena aceptó ser la Madre de Jesús. Vamos a intentar percibir cómo su patronazgo sobre nosotros contemplando la manera de acompañar a su Hijo durante toda la vida.

En la Anunciación (cf. Lc 1, 26-38) expresa su asentimiento a la voluntad de Dios, aceptando obediente y dócilmente el mensaje divino que el ángel le transmite.

Ella supo acompañar a su Hijo en todos los momentos y circunstancias de su vida, en los buenos y en los malos momentos: en la circuncisión y presentación en el templo, donde escuchó que su Hijo sería signo de contradicción y que una espada le atravesaría el alma (cf. Lc, 2,34-35); ante la pérdida de Jesús en el templo, donde obtuvo como respuesta que su Hijo que no entendió: «¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (cf. Lc, 2,49); y ella conservaba todo esto en su corazón (cf. Lc, 2,51).

Ella acompañó a su Hijo durante su ministerio público: en las bodas de Caná de Galilea, donde intercedió por los novios ante su Hijo (cf. Jn, 2,1-11). En cada uno de esos momentos podemos vernos reflejados nosotros: ¿cómo ejerce de Patrona Santa María de la Victoria en cada uno de los momentos de nuestra vida, al igual que lo hizo con su Hijo?


En los últimos momentos de la vida de Jesús se mantuvo al pie de la Cruz, asociando su corazón maternal al sacrificio de su Hijo; consintiendo con amor en la inmolación. ¡Qué duro ver a su Hijo ser tratado como un malhechor! Y ella asiente y consiente la inmolación de su Hijo, inmolándose con él. Y, además, su Hijo agonizante nos la confía como Madre; se la confía a Juan, el discípulo amado (cf. Jn 19, 25-27); y en él estamos representados todos nosotros.

Tras la resurrección del Señor perseveró en oración con la primera comunidad cristiana. ¿Habéis pensado que la Virgen reza con nosotros? Da la impresión de que somos nosotros solos los que le rezamos a ella; pero ella reza con nosotros, como rezó con los apóstoles tras la resurrección (cf. Hch 1,14), recibiendo el Espíritu Santo prometido. Y, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta a la gloria celestial y enaltecida como Reina del Universo.

Del mismo modo, la Virgen Santa María de la Victoria ejerce su maternal Patronazgo sobre nuestra Diócesis y sobre cada uno de nosotros: acompañando, protegiendo, rezando, abogando, socorriendo, intercediendo ante el Señor, secando lágrimas y cuidando de los hermanos de su Hijo, que peregrinamos entre peligros, angustias y luchan contra el pecado. Hoy damos gracias a Dios por este especial Patronazgo.

4.- Preparar el camino al Señor que viene

En este segundo domingo de Adviento la Iglesia nos exhorta a preparar la venida del Señor, acompañados de la mano de María; ella también nos acompaña durante todo el año litúrgico, desde el Adviento hasta los misterios de la muerte y resurrección de su Hijo.

Hoy nos habla el profeta Isaías, refiriéndose a Juan Bautista: «Una voz grita: En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios» (Is 40, 3).

Se trata de una invitación a la conversión (cf. Mc 1, 2-4); no es suficiente tener fe, o tener devoción a la Virgen, sino que es necesario convertir nuestros corazones a Dios, para acogerlo en nuestra vida.

Cristo viene a nosotros; se acerca a nosotros para hacernos partícipes de su divinidad; quiere hacernos hijos de Dios con él. Los valles de nuestras indiferencias y cobardías, deben levantarse; los montes y las colinas de nuestro orgullo y pecado deben abajarse; lo torcido y escabroso de nuestros egoísmos debe enderezarse (cf. Is 40, 4). Esa es la invitación que nos hace la liturgia de hoy.

El apóstol Pedro nos recuerda que «el Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión» (2 P 3, 9).

El Señor espera de nosotros una conducta acorde a la nueva vida, que nos ha ofrecido con su salvación. Hay una vida nueva que se nos ha regalado; y hemos de responder según esa novedad, que vivimos desde el bautismo. Nosotros «según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13). Estamos ya en esos cielos nuevos y en esa tierra nueva; la Paz de Dios ya habita entre nosotros.

Pedimos a Santa María de la Victoria que siga ejerciendo su Patronazgo sobre cada uno de nosotros y sobre toda la Diócesis; que interceda por sus queridos hijos de adopción, para que podamos gozar de la vida nueva en Cristo (cf. Rm 6, 4).

¡Que Ella, desde su Santuario, dirija su mirada maternal sobre todos nosotros y nos aliente, nos proteja y nos cuide! ¡Santa María de la Victoria, Madre de Dios y madre nuestra, ruega por nosotros! Amén.