Ordenación de diáconos

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, Jesús Catalá, en la ordenación de diáconos que tuvo lugar el 21 de octubre, en la Catedral de Málaga.

Lecturas: Rm 4,13.16-18; Sal 104,6-9.42-43; Lc 12,8-12

(Tiempo Ordinario XXVIII-Sábado)

1.- La fe inquebrantable de Abrahán

En su carta a los Romanos san Pablo explica que la justificación viene por la fe y no por las obras de la ley. Con su fe inquebrantable adquirió Abrahán la gracia de la justificación (cf. Rm 4,13); «apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos» (Rm 4,18). Y la promesa de Dios se cumplió para toda su descendencia, incluidos nosotros, porque él es nuestro padre en la fe (cf. Rm 4,16-17; cf. Gn 15,15).

Queridos candidatos al Diaconado, siendo hijos de Abrahán por la fe, sois constituidos hoy, por la ordenación sacramental, en “padres en la fe”. Debéis cimentar vuestro nuevo ministerio en la firmeza de la fe eclesial; vuestra fe debe tornarse inquebrantable para poder guiar y afianzar a los fieles en esa misma fe; la haréis con vuestra predicación, ministerio propio del diácono.

Abrahán obedeció la palabra del Señor. Ya hemos comentado en otras ocasiones que “obedecer” (ob-audire) significa someterse libremente a la palabra escuchada, aceptarla y vivirla, porque su verdad está garantizada por Dios.

La carta a Hebreos presenta la fe de Abraham: “Por la fe, Abrahán obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba” (Hb 11,8; cf. Gn 12,1-4). Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida (cf. Gn 23,4). Por la fe, a Sara se otorgó el concebir al hijo de la promesa. Por la fe, finalmente, Abrahán ofreció a su hijo único en sacrificio (cf. Hb 11,17).
El Señor os pide, como a Abrahán, que salgáis de vuestra tierra, de vuestra comodidad, de vuestros proyectos personales, de vuestro enrocamiento; y vayáis a donde Él os pida, aunque no sepáis aún dónde os envía. Pero desea vuestra disponibilidad plena para realizar sus planes. Vais a servir a la Iglesia, a la que el papa Francisco ha convocado para salir hacia las periferias existenciales (cf. Evangelii gaudium, 20).

Abrahán es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura; y la Virgen María es la realización más perfecta de la obediencia a la fe (cf. Catecismo Iglesia Católica, 143). María escuchó el mensaje del ángel y lo aceptó en su vida (cf. Lc 1,38). Queridos diáconos, acogeos a ellos, como maestros, modelos e intercesores.

Dios pidió a Abrahán el sacrificio que más quería. Cada uno de vosotros sabrá qué le pide el Señor como oblación, entrega y sacrificio. ¡Ofrecédselo con gozo y con valentía!

2.- Acción de gracias a Dios por su Alianza

El Salmo proclamado nos ha dicho que el Señor «se acuerda de su alianza eternamente» (Sal 104,8). Dios hizo alianza con el pueblo de Israel; y Jesús es el mediador de la nueva alianza (cf. Heb 12,24), sellada con su sangre (cf. Lc 22,15). Él ha hecho alianza con cada uno de nosotros y su amor es eterno.

Los cristianos hemos sido bautizados en la nueva alianza de amor, inaugurada por Cristo. Desde el momento de la recepción de la fe, nace una historia de amor que ya no termina. Cada uno de nosotros somos protagonistas juntamente con el Señor de una historia de amor. Él nos va acompañando con una actitud esponsal, que pide correspondencia por nuestra parte. Desde hoy comienza para vosotros, queridos Gerardo, Juan, José-Manuel y José-Carlos, un nuevo capítulo de vuestra historia de amor esponsal con Jesucristo. No es una simple figura poética; se trata de una realidad. Cristo es el Esposo, a quien os unís como miembros y servidores de la Iglesia, la esposa de Cristo.

En la esponsalidad y en el servicio se requiere fidelidad plena. ¡Sed fieles a esta Alianza nueva de amor, que hoy selláis con vuestra entrega! Por su parte, el Señor os otorga su gracia y os concede un poder especial para realizar vuestra tarea. ¡Demos gracias a Dios por la Alianza de amor que hace con nosotros!

3.- Anunciadores del Evangelio

El Salmo interleccional también nos ha recordado que el Señor gobierna toda la tierra (cf. Sal 104,7). Vais, pues, a servir al dueño de toda la tierra, que se encuentra en todas partes. Ello significa que pide vuestra disponibilidad para ir a cualquier lugar que os envíe, sin poner resistencias. El anuncio del Evangelio debe realizarse hasta los confines del mundo: «Así nos lo ha mandado el Señor: Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra» (Hch 13,47). Y ser llamado para anunciar el Evangelio es un don inmerecido, un regalo del Señor.

En este domingo celebramos la Jornada mundial de las Misiones con el lema: “Sé valiente, la misión te espera”. El papa Francisco con motivo de esta Jornada nos dice: “La misión de la Iglesia, destinada a todas las personas de buena voluntad, está fundada sobre la fuerza transformadora del Evangelio. El Evangelio es la Buena Nueva que trae consigo una alegría contagiosa, porque contiene y ofrece una vida nueva: la de Cristo resucitado, el cual, comunicando su Espíritu dador de vida, se convierte en Camino, Verdad y Vida por nosotros (cf. Jn 14,6)” (Papa Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2017, La misión en el corazón de la fe cristiana, 1. Vaticano, 4.06.2017).

Jesús es «el primero y el más grande evangelizador» (Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 7), que nos llama a anunciar la Buena Nueva del amor de Dios Padre con la fuerza del Espíritu Santo. Los apóstoles pasaron de cobardes a valientes cuando recibieron en Pentecostés al Espíritu Santo; y fueron valientes testigos, como nos pide el lema de la presente jornada.

Jesús nos apremia en el Evangelio de hoy a ser testigos valientes: «Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios» (Lc 12,8). Nuestra sociedad necesita evangelizadores valientes con espíritu, que se abran a su acción (cf. Evangelii gaudium, 259).

No hay que tener miedo ni preocuparse: «Cuando os conduzcan a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué razones os defenderéis, o de lo que vais a decir, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir» (Lc 12,11-12). Queridos diáconos, aceptad con gozo el ministerio que la Iglesia hoy os confía con la fuerza del Espíritu, con la gracia y el acompañamiento del Señor y con la esponsalidad que os ofrece y espera a su vez de vosotros.

Pidamos a la Santísima Virgen María, Madre y estrella de la evangelización, que acogió la Palabra en su alma y en su seno, que nos ayude a recibirla con gozo y a anunciarla con valentía. Amén.