Apertura de la fase diocesana de las Causas de los Mártires del Siglo XX de la Diócesis de Málaga

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, Jesús Catalá, en la Catedral de Málaga, en la apertura de la fase diocesana de las Causas de los Mártires del Siglo XX de la Diócesis de Málaga.

APERTURA DE LA FASE DIOCESANA
DE LAS CAUSAS DE LOS MÁRTIRES DEL SIGLO XX
DE LA DIÓCESIS DE MÁLAGA
(Catedral-Málaga, 7 octubre 2017)
Lecturas: Ba 4,5-12.27-29; Sal 68,33-37; Lc 10,17-24.

1.- Quien os envió las desgracias os enviará el gozo

El antiguo pueblo de Israel tuvo que sufrir deportación, aflicciones y castigo por haber abandonado al Señor y adorado falsos dioses, apartándose de la ley de Dios, como dice el profeta Baruc: «porque irritasteis a vuestro Creador, sacrificando a demonios, no a Dios» (Ba 4,7). Se olvidaron del Señor que los había alimentado y cuidado (cf. Ba 4,8).

El profeta Baruc anima al pueblo a volver al Señor, a buscarlo con empeño: «Si un día os empeñasteis en alejaros de Dios, volveos a buscarlo con redoblado empeño» (Ba 4,28).

El Señor permite que pasemos por pruebas diversas, para purificar nuestra fe; así lo leemos en la carta de Santiago: «Considerad, hermanos míos, un gran gozo cuando os veáis rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de vuestra fe produce paciencia» (Sant 1,2-3).

Pero la prueba, una vez superada fructifica en gozo: «El mismo que os mandó las desgracias os mandará el gozo eterno de vuestra salvación» (Ba 4,29). Dios, aunque castigue aparentemente, nunca se olvida de sus hijos (cf. Ba 4,27).

A veces pensamos que las cosas desagradables o dolorosas, que nos suceden son castigo de Dios por nuestros pecados; incluso algunos se atreven a protestar contra Dios y a pedirle cuentas cuando viven situaciones de enfermedad o de dolor por la muerte de algún ser querido. Sin embargo, esas cosas son normales que forman parte de la vida humana. Hemos de recordar que la vida humana no tiene su fin último en este mundo; está más bien destinada a la patria celeste.

2.- Los mártires pasaron por duras pruebas, y no precisamente por sus pecados, sino por el odio de quienes los martirizaban y asesinaban. Esta prueba los acrisoló como el oro y los aceptó en holocausto (cf. Sab 3,5); por eso recibieron la corona de gloria (cf. Eclo 47,6), que no se marchita.

Hoy damos gracias a Dios por la Apertura de la fase diocesana de tres causas de martirio con más de doscientos mártires, que dieron testimonio de su fe en nuestra Diócesis malacitana en la década de los años treinta del pasado siglo XX. Este proceso fue iniciado hace más de siete años, durante los cuales se han tomado declaraciones de muchos testigos y se han realizado cuidadosos estudios históricos por parte de gente especializada.

Tenemos un gran motivo de fiesta y alegría al celebrar el triunfo de los mártires, que por amor a Cristo ofrecieron sus vidas en holocausto. A ellos también les cambió el Señor el vestido de luto en traje de fiesta y les ciñó la diadema de gloria. Pasaron desde la muerte violenta a la vida eterna; desde las penalidades de esta vida al banquete del reino de los cielos. Tuvieron en menos los sufrimientos padecidos con tal de gozar de la presencia de Dios eternamente. Nuestro destino, queridos hermanos, es la felicidad eterna.

3.- La persecución religiosa no empezó con la Guerra Civil española (1936), como algunos falsamente piensan. Nos retrotraemos al año 1931 en la España de la Segunda República, que vivió una década convulsa en todos los órdenes. Según las crónicas se debatía en la política española la cuestión autonómica y territorial, la cuestión religiosa, la polarización ideológica entre la izquierda y la derecha; no es necesario recordar que también se debaten hoy estos temas. Fue disuelta la Compañía de Jesús, se nacionalizaron los bienes de las órdenes religiosas, se prohibió a las congregaciones religiosas que se dedicaran al ejercicio de la enseñanza. Fueron asesinados de manera arbitraria muchos fieles cristianos por el solo motivo de profesar la fe católica. Se han hecho ya muchas beatificaciones de mártires en distintas diócesis de España. Muchos de vosotros sois familiares de aquellos testigos valientes, que ofrecieron su vida como testimonio de la fe.

Como ya se ha explicado en el Acto de Apertura, se han hecho tres causas: 1) La de Moisés Díaz-Caneja Piñán y compañeros mártires; 2) La de Leopoldo González García y compañeros mártires; 3) y la de Manuel de Hoyo Migens y compañeros mártires. Esperamos que un día no muy lejano podamos celebrar con alegría su beatificación.

4.- Vuestros nombres están inscritos en el cielo

En el evangelio de hoy hemos escuchado que Jesús animaba a sus discípulos a llevar a cabo la misión de anunciar el reino y realizar obras maravillosas. Los discípulos regresaron llenos de alegría por los milagros que hacían con el poder de Jesús, curando enfermos y echando demonios (cf. Lc 10,17).

Sin embargo, Jesús les advierte que no estén alegres porque se les someten los espíritus, sino «porque vuestros nombres están inscritos en el cielo» (Lc 10,20). Pedimos al Señor que inscriba nuestros nombres en el libro de la vida. Ya hemos sido inscritos en el momento de nuestro bautismo, ahora importa que queramos seguir siendo discípulos del único y gran Maestro Jesús.

Las cosas de Dios las entienden los pequeños, los que confían en Él, los humildes que lo esperan todo de la providencia divina, los sencillos de corazón.

Jesús eleva su oración al Padre para darle gracias por este motivo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños» (Lc 10,21). Porque los orgullosos, los prepotentes, los llenos de sí, los soberbios, los que solo confían en sus propias fuerzas, no heredarán el reino de los cielos (cf. Mt 19,23-24). Los humildes y sencillos, como la Virgen María, que confían en Dios y lo esperan todo de Él son los herederos del reino de los cielos (cf. Mt 5,3; 18,1-4).

Dando gracias a Dios por esta celebración de la Apertura de las Causas de nuestros queridos mártires, pidamos al Señor que podamos verles beatificados y que nosotros seamos contados entre los pequeños para entender las cosas de Dios y ser iluminados por su Palabra.

¡Que la Santísima Virgen María, en su advocación del Rosario, cuya fiesta celebramos hoy, interceda por nosotros con su maternal intercesión para que vivamos con alegría las cosas de cada día, dando testimonio de la fe! Amén.