En la clausura del IV centenario del Juramento Inmaculista de Baeza

LA UNIVERSIDAD DEL MAESTRO JUAN DE ÁVILA CON LA INMACULADA CONCEPCIÓN


1. Estamos en clima de fiesta agradecida a Dios Nuestro Señor, por habernos concedido conocer, creer y celebrar el dogma de fe en la Inmaculada Concepción de la Virgen María (Pio IX, bula Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854). Guiados por los textos de la Sagrada Escritura que cada año alimentan la liturgia de la Palabra, recordamos con gratitud a Dios Nuestro Señor, que el pecado original no es una puerta cerrada ni una carga que nos aplaste sin solución y sin salida. El Creador mismo, en su infinita misericordia, ya en los orígenes, nos dio las pistas para resolver las dudas y preguntas que con profundo sentido de responsabilidad a partir de entonces nos pudiéramos hacer los seres humanos. Y sobre todo nos proporcionó la solución de la carga pesada con la que nacemos los hijos de Eva. Como dice el precioso himno mariano Akáthistos: el amor generoso de Dios enseguida elaboró “la revancha del género humano”. De hecho, Dios mismo, en su Hijo Jesucristo, por su infinito amor, nos ha hecho recuperar nuestra vocación original, la de la vida divina con la que fuimos creados y ahora somos recreados en Cristo.

2. La de la Inmaculada Concepción es una fiesta de plenitud de gracia para María y de confianza para todos nosotros. La veneración contemplativa de la Inmaculada Concepción nos permite reconocer agradecidos que el plan original de Dios, y la solución que Él buscó para el roto que se produce con el pecado original, se ha realizado en la encarnación redentora de Cristo. En definitiva, desde María renovamos la confianza en nosotros mismos, nos reconocemos, por gracia de Dios, en nuestra verdad y dignidad.

3. Desde los orígenes, nos dice el libro del Génesis, Dios mismo busca en su providencia amorosa una solución para lo que se rompió entre Él y el ser creado a su imagen y semejanza, que había salido bueno de las manos de Dios. “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón” (Gé 3,15). Durante todo el Antiguo Testamento, la historia transcurre con una preparación minuciosa y cuidada de Dios, se alienta en la humanidad la espera de lo prometido. Y con la salvación de Cristo la situación ya cambia completamente.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.
(Efesios 1, 3-6. 11-12).

4. Es evidente que en esta exultante acción de gracias, en la que las comunidades paulinas asumían gozosas su vocación, reconocían que por la novedad profunda y radical de la vida en Cristo, había renacido una humanidad nueva. Aunque pueda dar la impresión por la falta ambiental de fe, de sentido de Dios y de debilitamiento en la búsqueda de la salvación, sin embargo, también nosotros aspiramos en este complejo siglo a esa nueva vida inaugurada en Cristo. Hay brotes evidentes de que nuestra vida cristiana se abre a esa búsqueda de la salvación de Dios en Cristo, por el descubrimiento de nuestra llamada a la santidad. Así lo expone, con claridad y sencillez, el magisterio del Papa Francisco en Gaudete et Exultate

5. En efecto, también nosotros, aunque en modos de vida y con criterios a veces muy marcados por las consecuencias del pecado original, queremos saber quienes somos en Cristo y buscamos recuperar el sentido de nuestra verdadera dignidad como criaturas salvadas por aquella promesa que para el género humano hizo Dios en los orígenes del mundo. Hoy, más que nunca, queremos ser conscientes y también testigos evangelizadores de que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. Queremos vivir y proclamar que Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS 22).

6. Pues bien, un humano consciente de su dignidad en Cristo, no puede en modo alguno vivir su fe y su experiencia cristiana sin contemplarse también en el misterio de María, la que fue señalada en el Génesis como activa colaboradora en la obra redentora de su Hijo. Estoy convencido de que esta fue la razón por la que, en el calor de la piedad mariana del pueblo cristiano, latía una pregunta: ¿qué alcance habría de tener para la Madre engendrar al Redentor, al Hijo amado de Dios? El pueblo cristiano quería saber qué había significado para la Madre el servicio salvador de su Hijo.

7. Durante siglos se barajaron todos los datos que se pudieran encontrar en la revelación; y en especial el precioso texto del Evangelio, en el que el mensajero de Dios le llama la “llena de gracia”. “ALÉGRATE, LLENA DE GRACIA, EL SEÑOR ESTÁ CONTIGO” (Lc 1,27). En el deseo de responder a esta pregunta se puso todo el sentimiento y toda la capacidad intelectual y espiritual, al servicio de una verdad en la que aquellos cristianos sabían que nos jugábamos mucho. Todos, los que estaban a favor, y eran inmaculista, pero también los que no lo tenían claro, los maculistas, sabían que en situar bien a la Virgen en el misterio de Cristo nos situaba también a nosotros en el misterio del amor salvador de Dios. En lo que se movió durante siglos en la conciencia cristiana, con amor y pasión, se buscaba conocer los privilegios de María, pero también queríamos conocernos mejor a nosotros mismos. Quizás esa sea la razón por la que se suscitó un debate profundo, seriamente teológico, y siempre apasionado y popular, por saber qué pasó con el pecado original y con la salvación de Cristo en la Mujer que le dio a luz y, por tanto, la que introdujo en el mundo a la extirpe vencedora del mal.

8. Aunque tenga unos nombres señeros, que formulan el debate con sabiduría teológica, es sobre todo el sensus fidei del pueblo cristiano durante siglos con pertinaz insistencia hacia delante. Todos querían conocer lo que podía haber sentido el corazón de Dios ante la mujer elegida para ser Madre del Redentor. Todos se preguntaban qué era lo que más le “convenía” a la Santísima Virgen en el plan salvador de Dios. Este deseo del pueblo cristiano y de los teólogos se situaba, como no podía ser de otro modo, en la más alta generosidad de Dios Padre, para concederle a María también la más alta perfección posible. Fue así como se impuso el POTUIT, DECUIT, ERGO FECIT (PUDO, COVENÍA, LUEGO LO HIZO), que fue tomando fuerza en el fervor popular y también en la reflexión teológica.

9. La convicción de que el amor de Dios miró con una predilección única a la Virgen María era tan fuerte que se convirtió en voto o juramento en muchos lugares e instituciones del pueblo español. Así sucedió en la universidad de Baeza hace cuatro siglos. Es sabido que el Doctor de la Iglesia, Maestro Juan de Ávila, que en esta gran escuela sacerdotal se mostró en su plenitud espiritual y teológica, tuvo mucho que ver en este hecho singular. Para el Maestro Ávila “María es el miembro singular de la Iglesia que mejor traduce y visibiliza la santidad, es la primera santa en Cristo”. No se puede traducir mejor, incluso con un lenguaje moderno, lo que luego proclamaría el dogma que nos presenta para nuestra fe y piedad el privilegio de María, concebida sin pecado original por una acción preventiva de Dios, que con este privilegio la embellece como Purísima en previsión de los méritos de Cristo (post previsa merita).

10. Se puede decir que como fruto del magisterio del Maestro Ávila y de su escuela sacerdotal hay en Baeza una corriente inmaculista sostenida y fervorosa que lleva a convertirla en el pensamiento universitario y en el fervor religioso de su pueblo, en una ciudad pionera en esta reclamación ante Dios y ante su Iglesia de una verdad que no sólo ilumina a María, sino que también le da luz al ser humano. Se decía de la universidad de Baeza con razón: “En cuanto al sentimiento de la pureza de la Concepción, nunca a estado menos que muy determinada, ni en ella a avido quien sienta lo contrario. Con esta leche crió a esta Universidad el padre Maestro Juan de Ávila, Apóstol de Andaluzía, piedra fundamental de esta Escuela; el qual muchas vezes predicó, y enseñó esta verdad” (citado por Francisco Juan Martínez Rojas, en Defensa teológica del Dogma de la Inmaculada Concepción en el IV centenario del juramento inmaculista de la Universidad de Baeza).

11. Cuatrocientos años después celebramos, ya cumplido el añorado deseo que con tanto fervor se defendía, ahora nos toca renovar nuestra veneración a la Santísima Virgen con una comprensión atenta al misterio que la enriquece. En bellas y claras palabras de uno de los grandes teólogos del siglo XX, Karl Rahner, nos sirven de síntesis para una una clara presentación de este misterio: “La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María consiste simplemente en la posesión de la vida divina de la gracia desde el comienzo de su existencia; vida de gracia que le es concedida sin mérito por su parte, por la gracia proveniente de Dios, para que con este comienzo de su existencia llena de gracia pudiera llegar a ser la madre del Redentor tal como Dios la había querido para su propio Hijo. Por esta razón, desde el comienzo de su vida, fue rodeada del amor redentor y santificante de Dios” (K. Rahner, María, Madre del Señor, Herder, Barcelona 1967, p. 53).

12. La mirada contemplativa y embellecedora que hoy en esta fiesta le dirigimos a la Inmaculada Concepción necesariamente ha de repercutir en nuestra vida. Por eso, quiero terminar esta reflexión con una útil recomendación para nuestra vida cristiana; sobre todo ahora que ya vemos este misterio sin la tensión con que se miraba hace cuatro siglos: recordar lo que nos vino encima por el pecado original y, por contraposición, poder ya celebrar la concepción inmaculada de María, que nos hace mirar hacia el proyecto original de Dios para la humanidad, es siempre un estímulo para que busquemos y encontremos en nosotros mismos la verdad del misterio del hombre a la luz del que lo ilumina, Cristo el Señor. QUE ASÍ SEA.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén