Para la Cuaresma 2008

Carta Pastoral del Obispo de Jaén, D. Ramón del Hoyo, para la Cuaresma.
Queridos fieles diocesanos:

De nuevo, a las puertas de la Santa Cuaresma, siento la invitación interior del Señor para recordaros y exhortaros a todos nuestro compromiso especial para este curso pastoral: acrecentar la experiencia de unión con el señor.

«Toda nuestra misión pastoral -decíamos en el Plan Pastoral para este curso- ha de comenzar por la vivencia íntima con que el Señor Jesús. Por eso en este segundo curso se pretende que toda la Iglesia Diocesana haga un esfuerzo para experimentar ese encuentro en intimidad con el Señor a través de la oración, de la catequesis y del hermano necesitado.»

1.      Preparación para la Pascua

Vamos a asumir con renovada ilusión, queridos presbíteros, religiosos, religiosas, personas consagradas, asociaciones, movimientos, fieles todos en cada edad y circunstancia, la invitación amorosa del Señor para preparar la próxima Pascua.

Quiere el Señor, con el inmenso amor que tiene por cada uno de nosotros, que, a lo largo del recorrido cuaresmal que iniciaremos juntos el próximo día 6 de febrero, purifiquemos el rostro de esta nuestra Iglesia de Jaén para convertirla en instrumento dócil y generoso de evangelización y de amor cristiano para con todos.

El Señor nos propone e invita a caminar con Él hasta Jerusalén, al tiempo que vamos transformando y cambiando nuestros corazones para recibir el «nuevo fuego» pascual, «el agua nueva» del bautismo.

Nos equivocaríamos si no nos situáramos, para hacer este recorrido, en nuestra personal intimidad. Hemos de guardar silencio e interiorizar.

El dardo de amor misericordioso que Dios dirigirá a nuestras vidas en el próximo Miércoles de Ceniza: «Convertíos y creed en el Evangelio», es una llamada directa y muy personal al corazón de cada uno de nosotros y a toda la comunidad diocesana. La acogida de esta llamada no se realiza en la periferia, en lo superficial de nuestra existencia, sino en lo más profundo de nuestro ser personal y comunitario.

2.      Intensificamos la oración

Dios tiene, en este tiempo, más cosas que decirnos que las que nosotros tenemos que decirle, seguramente. Necesitamos el silencio interior y dedicar tiempo a Dios para escuchar su voz. Pero también a Dios le encanta escuchar nuestra palabra serena, íntima, personal, nuestra.

Con la oración cultivamos el encuentro con Jesús y, por Él, con Dios Padre y el Espíritu Santo. Del encuentro surge la amistad y por la amistad se comparten intereses. Nuestros afanes se hacen coincidir con los de Dios cuando comprobamos que es Él quien quiere esos intereses. Por la oración nos llega la luz de Dios que ilumina nuestros pasos. Al sentirnos hijos de Dios, nuestro Padre, desearemos se cumpla su voluntad en nuestras vidas.

Dice el Evangelio sobre la oración: «Cuando ores no digas muchas palabras, porque Dios sabe muy bien lo que necesitas». «Cuando ores, di: “Padre nuestro…”» También nos dice: «Llamad y se os abrirá, pedid y se os dará». Lo que más importa es que el corazón escuche a Dios y hable de Dios.

Jesús vivió intensamente este diálogo con Dios Padre. ¡Tenían tanto que decirse Padre e Hijo! También la vida de cada uno de nosotros le interesa mucho a Dios nuestro Padre. Él sigue repitiendo: «Éste es mi hijo amado». Le interesan nuestras penas y alegrías. Nadie es ajeno a su corazón. Quiere escuchar y compartir nuestras luchas, derrotas, victorias, proyectos, situaciones. Es el eterno peregrino que sale a nuestro encuentro, espera y llama a nuestra puerta para que le abramos.

Poníamos como objetivo en el Plan Pastoral diocesano: «Fomentar la vida de oración en sacerdotes, religiosos y laicos» y nos marcábamos incluso la tarea de «crear escuelas de oración en las parroquias, adaptadas a niños, jóvenes y adultos».

Es buen momento para responder a esa propuesta, sin duda del Espíritu, por parte de todos y de cada uno.

3.      Lectura de la Biblia

Sabemos que la Sagrada Biblia es fuente de vida y alimento del creyente. Cada página es una lámpara que ilumina nuestros caminos. Desde la práctica milenaria de la lectura de la Biblia se ora, se reflexiona. La verdad de Dios penetra en nuestro interior y nos transforma. Vemos el paso de Dios y su presencia en nuestras vidas. Alcanzamos a ver el plan de salvación que Él tiene sobre cada uno de nosotros. La «lectio divina», el contacto directo y asiduo con la Sagrada Escritura, tal y como nos lo propone la Iglesia en la liturgia de este tiempo, es un medio de extraordinaria importancia para nuestro encuentro con el Señor.

La Biblia es, sin duda, el libro del Pueblo de Dios y, tanto los fieles como las comunidades cristianas crecen y se fortalecen interiormente desde ella. Con su fuerza, la vida cambia y el creyente se convierte al Evangelio de Jesucristo.
Nuestro Plan de Pastoral señala como tarea específica, en relación con esta propuesta y para este curso, la «creación a nivel parroquial de grupos de lectura creyente de la Biblia».
Me consta que así se está llevando a cabo en alguna Parroquia y Comunidad. Se encomendó al equipo bíblico del Seminario el oportuno asesoramiento y ayuda para ello, y a él pueden dirigirse con plena confianza.


4.      Ayuno y abstinencia como fuente de caridad

No comer o privarnos de algo encierra el sentido de recordarnos que no vivimos sólo de pan o de cosas materiales, sino que también forman parte de nuestra existencia otras ocupaciones y metas más altas, como son, sobre todo, la búsqueda de Dios y el servicio a los demás. Si nos privamos de algo no es para tener más, sino para poder dar más a otros que viven con mucho menos que nosotros.

El ayuno y la abstinencia cuaresmales tienen un alcance y sentido de lucha contra nuestros egoísmos y son una invitación para salir al encuentro del necesitado.

Jesús curó a enfermos, dio de comer y consoló a tristes. No se quedó en planteamientos y teorías. Si queremos hoy que Él se haga presente en nuestras vidas y que su amor y vida llegue a otros por nuestras manos, debemos mirar y acercarnos a los que están al lado del camino, pues sigue repitiendo a sus discípulos: «dadles vosotros de comer.»

La presencia de Jesucristo no sólo nos llega en su Palabra y sacramentos, sino también por quienes aman a los que sufren y lo ponen por obra. Él se hace presente en los ciegos, cojos, leprosos y sordos. Está en el rostro de los abandonados y empobrecidos.

Buena ocasión la próxima Cuaresma y Tiempo pascual para que nuestras Parroquias analicen a nivel comunitario su respuesta a una caridad organizada. Como refleja el Plan de Pastoral diocesano: «…asumiéndose el principio de que ninguna parroquia, incluso las más pequeñas, esté sin equipo de Cáritas.»


5. Intensificar nuestra formación religiosa

No se ama lo que no se conoce. No se puede caminar por la vida con cuatro ideas sobre el Evangelio de Jesucristo entre alfileres y sin apenas consistencia. Si la sal se vuelve sosa y la lámpara no tiene apenas aceite poco podrá salar e iluminar el discípulo de Jesús.

El creyente debe buscar y descubrir los signos de Dios y su presencia donde otros no lo ven. Está invitado a mirar como Dios mira «a lo divino», y, para ello, necesita profundizar y razonar los contenidos de su fe. Esto incluye aproximarnos a Jesús y a sus enseñanzas para ser tocados por Él, para ver lo que Él nos descubre, para indagar en su verdad.

Dios enseña a ver más allá de lo que se ve y, para ello, tenemos que poner los medios conducentes, emplear tiempo en la lectura reposada del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, por ejemplo, asistir a charlas cuaresmales, ejercicios espirituales, retiros, convivencias, cursos de teología, catecumenado, otros medios.

El Plan Pastoral diocesano insiste también en varios de sus apartados sobre la «formación de catequistas», «organización de encuentros», «creación de grupos de catecumenado», ofrecer «materiales adecuados para la catequesis», sobre la «renovación de las Escuelas de Formación cristiana». Es tiempo propicio para responder a estas demandas formuladas por los fieles diocesanos durante la reflexión del curso pastoral anterior. Pongamos manos a la obra, pues se pueden dar nuevos pasos en tareas tan importantes.

6.      «¿Qué quieres, Señor, que haga?» (Hch 22, 10)

San Pablo respondió a esta pregunta con una verdadera transformación de su vida. Más tarde escribiría a sus fieles: «Dejaos reconciliar con Dios». Eso es convertirse. Abramos también nuestros corazones al mismo amor misericordioso de Dios que quiere restablecer nuevas relaciones con cada uno de nosotros, con esta nuestra Iglesia. De Él parte la iniciativa. Va en busca nuestra, tanto para acercarnos más «a su casa» como para invitarnos a volver a la misma, sí así fuera necesario. «No hay señal más segura de pequeñez de espíritu que estar satisfecho de todo» (Papini)

Convertirnos es situar a Dios en el centro de nuestra vida. Es aceptar el modelo de vida que Él nos ofrece en los Mandamientos y Bienaventuranzas. Es juzgar las cosas con los criterios de Dios, no con los que imperan como moda del momento. Convertirse es arrodillarnos ante Él y buscar su perdón en el sacramento de la Reconciliación. Es saber perdonar al que nos pide perdón y adelantarnos a pedirlo, sí así fuera preciso. Es pagar salarios justos y no explotar al emigrante. Convertirse es renacer, ser mejores personas, mejores creyentes. Es caminar más cerca de Jesús y hacerlo como Él nos enseñó. Ver las cosas, la vida y a las personas con los ojos de Dios.

7.      Cuarenta días de gracia:

Es el Señor, en definitiva, quién sale a nuestro encuentro en la preparación de esa Pascua del 2008 y, en su prolongación, durante los cincuenta días siguientes. A través de la cruz pasaremos con Él a una nueva vida. Como diría San Pablo debemos completar en nosotros «lo que falta a la pasión de Cristo».

8.  «Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos» (Mt 4, 17)

El camino está trazado. No vamos solos. Caminamos en comunidad presididos por el Buen Pastor. Somos un pueblo que camina. Tengamos también la ilusión de acompañar a quienes se cansan o no conocen el camino. Tengamos un corazón misionero para que todos los hombres miren «al que atravesaron», al Hijo de Dios. Abramos nuestros ojos para ver el rostro de Jesús en nuestros hermanos más necesitados.

Con María, Madre de Jesús y Madre nuestra, caminemos alegres hacia la Pascua.


Os bendice con todo afecto en el Señor.

+ Ramón del Hoyo López
Obispo de Jaén

Jaén, 25 de enero de 2008