Jaén Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Wed, 18 Jul 2018 16:22:56 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es Decreto con motivo de la solemnidad de Santiago Apóstol, patrón de España http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/45505-decreto-con-motivo-de-la-solemnidad-de-santiago-apóstol-patrón-de-españa.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/45505-decreto-con-motivo-de-la-solemnidad-de-santiago-apóstol-patrón-de-españa.html Decreto con motivo de la solemnidad de Santiago Apóstol, patrón de España

Don Amadeo Rodríguez Magro, Obispo de Jaén, ha hecho público el siguiente Decreto en referencia a la fiesta de Santiago Apóstol, que se celebra el próximo miércoles, 25 de julio:
Teniendo en cuenta la relevancia que los Apóstoles tienen en la Historia de la Salvación, reflejada asimismo en la Sagrada Liturgia y en la Tradición de las celebraciones cristianas.


Considerando la especial atención que la fiesta del Apóstol Santiago, Patrono de España, ha merecido desde hace siglos en nuestras Iglesias.

Y considerando que en este año 2018, el 25 de julio, miércoles, tiene en la Autonomía de Andalucía la consideración de jornada laboral.

Por el presente Decreto, disponemos:

1.- Mantener el día de Santiago Apóstol como fiesta de precepto.
2.- Dispensar de la obligación del descanso laboral a los fieles que deban desarrollar su habitual jornada laboral.
3.- Pedir a los Párrocos y rectores de templos que ordenen los horarios de las celebraciones de la Eucaristía de modo que faciliten al máximo la participación de los fieles en ellas.
4.- La solemnidad de Santiago Apóstol se celebrará litúrgicamente desde las I vísperas del martes, día 24 de julio, hasta las II vísperas del miércoles, día 25 de julio, inclusive. La Misa vespertina del día 24 de julio, martes, es ya la de Santiago Apóstol.

Dado en Jaén, a seis julio de dos mil dieciocho.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Wed, 18 Jul 2018 11:04:36 +0000
A todos los cristianos de la Diócesis http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/45329-a-todos-los-cristianos-de-la-diócesis.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/45329-a-todos-los-cristianos-de-la-diócesis.html A todos los cristianos de la Diócesis

Carta de Mons. Amadeo Rodríguez, Obispo de Jaén, a todos los cristianos de la Diócesis con motivo de la publicación de algunos nombramientos sacerdotales.

Como suele ser habitual en estos últimos días de cada año pastoral, el Obispo suele estar ocupado en darle muchas vueltas a la distribución de los sacerdotes, para una más adecuada y equilibrada acción pastoral en toda nuestra Diócesis. En esta responsabilidad siempre confío en el Espíritu Santo, porque sé que a Él le corresponde mover la barca de la Iglesia; también tengo la referencia de la misión de Jesús, que es quien envía; y, por supuesto, no pierdo de vista la voluntad del Padre, que quiere sacerdotes según su corazón. Así de bien acompañado busco que el servicio ministerial de cada sacerdote se sitúe allí donde más se le necesite y donde más y mejor pueda desarrollar sus capacidades. Por supuesto, en este empeño deseo el bien pastoral de toda la Diócesis, especialmente en lo que se refiere a un mejor y más adecuado desarrollo del Plan de Pastoral Diocesano.

Mis decisiones, como es natural, van a producir cambios, que pueden dar la impresión de que perjudican a las parroquias, que ven salir a su sacerdote para incorporarse a un nuevo destino. Siento que se pueda ver así, porque nada está más lejos de mi intención. Sin embargo, comprendo que algunos os disgustéis, lo que me parece muy natural, porque sé que normalmente estáis muy satisfechos con las cualidades y con la atención pastoral de vuestros párrocos. No obstante, mi responsabilidad como Obispo y Pastor de toda la Diócesis me obliga a tomar estas decisiones cuando las circunstancias lo requieren. Lo que sí os puedo decir es que los nombramientos los hago después de rezar y reflexionar mucho y, por supuesto, de consultar siempre con mi Consejo Episcopal y con otras muchas personas. Desde luego, también debéis de saber que ningún nombramiento se hace sin la aceptación personal del sacerdote al que se lo propongo.

Entre todos me han orientado para ir buscando el bien de la misión de la Iglesia, que es lo que está en juego en este tipo de decisiones. Nunca intereses particulares. Los cambios de misión de los sacerdotes se hacen siempre en función del servicio, nunca se piensa en la promoción o en la carrera. Por mi parte, os puedo asegurar que no me es fácil tomar las decisiones que hoy mismo se hacen públicas. Os ruego que recéis por mí, para que siempre sea ecuánime en la búsqueda del bien de nuestra Iglesia diocesana y, por tanto, que nunca haga acepción de personas y de parroquias.

Por supuesto, no estoy seguro de acertar siempre y en todo lo que hago; pero me queda muy tranquilo el saber que en los sacerdotes a los que les he propuesto un cambio en su ministerio he encontrado una gran comprensión y una aceptación total de lo que les pedía. Le doy las gracias al Señor porque en el tiempo que llevo en la Diócesis de Jaén me he sentido muy enriquecido por la unidad y la colaboración del presbiterio diocesano y por la disponibilidad y actitud de servicio de sus sacerdotes. Por vuestra parte, podéis sentiros orgullosos de vuestros pastores, como yo me siento de todos ellos; se han mostrado con una generosidad y disponibilidad absolutamente ejemplar. En general, se mantienen fieles a su compromiso de servir a la Iglesia allí donde el Obispo, en diálogo con ellos, considere que se les necesita. Os aseguro que han puesto muy fáciles mis decisiones, a pesar de que todo traslado supone un empezar de nuevo y una modificación de la vida. Eso siempre supone un sacrificio, sobre todo cuando se van cumpliendo años. A los que cambian y a los que permanecen en su servicio actual, les pido que se sientan enviados a animar la Comunión y la Evangelización y a que se pongan al servicio del sueño misionero de llegar a todos, en el que está tan implicada nuestra comunidad diocesana, siguiendo el hilo espiritual y pastoral de nuestro proyecto de Iglesia en salida, de Iglesia misionera.

Dicho esto, os pido a los que vais a recibir a un nuevo párroco que le abráis vuestros corazones y también vuestras puertas; así la misión de la Iglesia podrá entrar en vuestro pueblo o ciudad y en vuestras casas. Poneos a su disposición para que nunca se sientan solos en un proyecto de Iglesia evangelizadora, que no se puede hacer sin la participación corresponsable de todos y, en especial, de los laicos. Os pido que recéis por los sacerdotes, para que siempre lleven a todos el amor de Dios nuestro Padre, para que muestren el rostro y el corazón de Jesucristo y para que sean dóciles al Espíritu Santo, que quiere mover nuestra Iglesia diocesana a la unidad y a la pasión pastoral por servir a todos.

Las decisiones que acabo de tomar se hacen cada vez más complicadas, porque disminuye el número de sacerdotes: son más los que se jubilan que los que se ordenan, aunque este año hemos tenido la alegría de ordenar a tres nuevos presbíteros. Cada vez es más difícil hacer las cuentas para que a ninguna comunidad le falte su pastor. Os pido que, con mucha confianza y disponibilidad, le pidáis al Señor obreros para esta mies que vive en la Diócesis del Santo Reino.

Por último, os ruego que pidáis por los sacerdotes que aparecen en esta lista de destinos, la intercesión maternal de María Santísima de la Cabeza, Patrona y Madre de nuestra Diócesis, para que siempre les acompañe con su ternura maternal.

PARA EL ARCIPRESTAZGO DE ALCALÁ LA REAL,

nómbrese a:

 

D. FRANCISO JAVIER GARCÍA MORENO: Párroco de Santo Domingo de Silos de Alcalá la Real, Administrador Parroquial de San José, de la Rábita, Encargado de los núcleos de San José de la Rábita y las Grajeras, y Capellán del Monasterio de La Encarnación de MM. Dominicas de Alcalá la Real.

            Cesa: D. Manuel Luis Anguita Blanca.

 

PARA EL ARCIPRESTAZGO DE ANDÚJAR,

nómbrese a:

           

            P. PASCUAL VILLEGAS MUÑOZ, OSST : Párroco de la Basílica Menor      Santuario de Ntra. Sra. de la Cabeza.

                        Cesa: P. Domingo Conesa Fuentes, OSST.

 

PARA EL ARCIPRESTAZGO DE BAILÉN – LA CAROLINA – MENGÍBAR,

nómbrese a:

 

D. CARMELO LARA MERCADO: Administrador Parroquial de La Inmaculada Concepción de El Centenillo.

            Cesa: D. Elicio Martínez Linares.

 

D. JESÚS MARÍA ALMAGRO VÁZQUEZ: Párroco de la Parroquia de Santa Catalina de Espeluy y Vicario Parroquial de La Encarnación, San José Obrero y El Salvador de Bailén.

            Cesa: D. Raúl Contreras Moreno.

D. MANUEL CASTRO MARTÍNEZ: Por un año, Párroco de La Encarnación de Jabalquinto y Administrador Parroquial de La Inmaculada Concepción de Carboneros

            Cesa: D. Martín Rey Borrás.

PARA EL ARCIPRESTAZGO DE CAZORLA,

nómbrese a:

 

D. PEDRO ALBERTO CARRILLO ACEBEDO: Párroco de La Inmaculada Concepción de La Iruela, Administrador Parroquial de El Espíritu Santo de Burunchel y San Miguel Arcángel de Cotorríos.

            Cesan: D. José Antonio Escobar Cano y D. Roque Javier Jaimes                           Caballero.

PARA EL ARCIPRESTAZGO DEL CONDADO – LAS VILLAS,

nómbrese a:

 

D. MANUEL JESÚS CASADO MENA: Párroco de San Francisco de Asís de Villacarrillo y Administrador Parroquial de San Vicente Mártir de Mogón.

            Cesan: D. Andrés Nájera Ceacero como Párroco y D. Roberto                               Carlos Pabón Ortiz como Vicario Parroquial.

D. HILDEBRANDO ESCOBAR GIRALDO: Vicario Parroquial de las Parroquias de San Andrés Apóstol de Villanueva del Arzobispo y La Asunción de Ntra. Sra. de Iznatoraf.

            Cesa: Pedro Alberto Carrillo Acebedo.

 

PARA EL ARCIPRESTAZGO DE SANTA MARÍA DEL VALLE DE LA CIUDAD DE JAÉN,

nómbrese a:

D. JOSÉ LÓPEZ CHICA: Párroco de La Santa Cruz de Jaén.

            Cesa: D. Martín Santiago Fernández Hidalgo.

D. JAVIER DÍAZ LORITE: Párroco de Santa María Madre de la Iglesia.

            Cesa: D. José López Chica.

D. JUAN FRANCISCO ORTIZ GONZÁLEZ y D. JUAN CARLOS CÓRDOBA RAMOS: Párrocos Insolidum de la Parroquia de San Juan Pablo II. Encargado de la Pastoral Parroquial D. JUAN FRANCISCO ORTIZ GONZÁLEZ.

            Cesa: D. Francisco León García.

D. FRANCISCO LEÓN GARCÍA: Adscrito a la Parroquia de Cristo Rey de Jaén.

PARA EL ARCIPRESTAZGO DE LINARES,

nómbrese a:

D. MANUEL ALFONSO PÉREZ GALÁN: Párroco de La Santa Cruz de Linares y Capellán del Colegio Diocesano.

            Cesa: D. Manuel Jesús Casado Mena.

 

D. MANUEL LUIS ANGUITA BLANCA: Párroco de San Sebastián de Linares y Capellán del Hospital San Agustín de Linares.

            Cesa: D. Francisco Javier Díaz Lorite.

D. MANUEL VALENZUELA BRUQUE: Administrador Parroquial de San Juan de Ávila de Linares.

            Cesa: D. Tomás Rivas Ayuso.

D. TOMÁS RIVAS AYUSO: Adscrito a la Parroquia de San José de Linares.

PARA EL ARCIPRESTAZGO DE MÁGINA,

nómbrese a:

D. JOSÉ MANUEL PANCORBO ORTEGA: Párroco de Ntra. Sra. de la Expectación de Cabra del Santo Cristo y Administrador Parroquial de Ntra. Sra. de la Paz de Bélmez de la Moraleda.

            Cesa: D. Juan Pedro Moya Haro.

D. JUAN PEDRO MOYA HARO: Párroco de La Asunción de Ntra. Sra. de La Guardia, y Secretario Particular del Sr. Obispo.

            Cesan: D. Manuel A. Pérez Galán y D. Miguel Lendínez Talavera.

 

D. ROBERTO CARLOS PABÓN ORTIZ: Párroco de Ntra. Sra. de la Encarnación de Cambil; Administrador Parroquial de Ntra. Sra. de los Ángeles de Carchelejo y de San Juan Bautista de Arbuniel.

            Cesan: D. Carlos Moreno Galiano y Antonio Ramírez Pardo.

D. JUAN JIMÉNEZ LOMAS: Administrador Parroquial de Ntra. Sra. de los Remedios de Cárchel.

            Cesa: D. Antonio Ramírez Pardo.

 

PARA EL ARCIPRESTAZGO DE MARTOS – TORREDONJIMENO,

nómbrese a:

 

D. CARLOS MORENO GALIANO: Párroco de Santa Marta y San Amador de Martos. Rector del Santuario de la Virgen de la Villa.

            Cesa: D. Miguel José Cano López.

 

D. ILDEFONSO RUEDA JÁNDULA: Administrador de la Parroquia de Ntra. Sra. de la Fuensanta de Fuensanta de Martos.

D. JOSÉ ANTONIO SÁNCHEZ ORTIZ: Administrador Parroquial de la Parroquia de Ntra. Sra. del Carmen de Monte Lope Álvarez.

            Cesa: D. Antonio Aranda Calvo.

PARA EL ARCIPRESTAZGO DE SEGURA,

nómbrese a:

D. CÁNDIDO GARCÍA VALDIVIA: Párroco de La Asunción de Ntra. Sra. de Siles y Administrador Parroquial de La Asunción de Ntra. Sra. de Benatae.

            Cesa: D. Francisco Javier García Moreno.

 

D. JOSÉ NAVARRETE OCHOA: Párroco de La Presentación de Torres de Albanchez, Administrador Parroquial de La Inmaculada Concepción de Génave y San Bartolomé Apóstol de Villarrodrigo, y Subdelegado Episcopal de Juventud.

            Cesa: D. José Manuel Pancorbo Ortega.

PARA EL ARCIPRESTAZGO DE ÚBEDA,

nómbrese a:

 

D. MARTÍN SANTIAGO FERNÁNDEZ HIDALGO: Capellán de las Hermanas de la Compañía de la Cruz de Torreperogil.

            Cesa: D. Lorenzo Pérez Carrasco.

Jaén, 3 de julio de 2018

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Jaén Tue, 03 Jul 2018 16:26:47 +0000
Sacerdotes con un sueño misionero en su corazón http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/45289-sacerdotes-con-un-sueño-misionero-en-su-corazón.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/45289-sacerdotes-con-un-sueño-misionero-en-su-corazón.html Sacerdotes con un sueño misionero en su corazón

Homilía de Mons. Amadeo Rodríguez, Obispo de Jaén, en la Ordenación Sacerdotal de Cándido, Jesús y Pepe en la Santa Iglesia Catedral de Jaén, 30 de junio de 2018

Sacerdotes con un sueño misionero en su corazón

1. Tres historias de predilección de Dios
En la historia personal de estos tres jóvenes hay un misterio que lo pongamos de relieve ahora que vamos a asistir a su ordenación sacerdotal. De estos tres chicos, tan vuestros y tan normales, ya el Señor quería algo incluso antes de que ellos mismos lo pudieran barruntar. Se fijó en cada uno y, sin haberlos formado aún en el seno materno, ya los miraba con amor. “En caridad perpetua te amé” (Jer 31,3), le dice el Señor a los elegidos. Cuando aún no se atisbaba en el horizonte de sus vidas que podrían ser sacerdotes, porque eran sólo unos muchachos, ya el Señor los cuidaba para que su vocación se encontrara un terreno fecundo en sus parroquias de Villanueva de la Reina, Arbuniel y Sabiote y en otros ambientes y con otras personas. Los tres siguieron caminos diversos, cada uno con su historia singular, hasta que el Señor, cuando quiso y convino, los situó en el Seminario, que en los últimos años se ha convertido para ellos en un tiempo y lugar de íntimo ajuste entre sus vidas y la de Jesucristo. Y hoy están aquí, entre ilusionados y temerosos, dispuestos a aceptar todo lo que va a suceder como gracia del Señor en el rito de ordenación.
2. No tengáis miedo, el Señor está con vosotros
Queridos Cándido, Jesús y Pepe, a vosotros me dirijo ahora y os digo: “No tengáis miedo, el Señor esta con vosotros”. La Iglesia que camina en la Diócesis de Jaén, que se mostró solícita en acogeros y os acompañó en el camino de vuestra formación, considera que habéis llegado a la madurez vocacional necesaria para empezar el servicio ministerial. Muchos hemos sido testigos de cómo, entre la gracia del Señor y vuestra libertad, se ha ido configurando una nueva identidad, que tiene la forma y los sentimientos de Jesucristo, Buen Pastor. Por eso, el Obispo va a proceder, con total confianza, a vuestra ordenación sacerdotal, que consagra para siempre vuestra pertenencia a Cristo y a la Iglesia, al servicio del Pueblo santo de Dios.
3. Sois para todos
Este destino de vuestra vida ministerial, el de servicio al Pueblo de Dios, os obliga a partir de ahora a ser para los otros. Tras esta consagración sacramental todo en vosotros será ya para siempre servicio desde el corazón de Dios. Seréis pastores según su corazón. Cuidad mucho de que vuestro servicio ministerial nunca pierda la dirección de Dios, que siempre apunta al corazón del hombre. “La misión no se basa en ideas ni en territorios (ni parte de territorios ni se dirige a territorios) sino que parte del corazón y se dirige al corazón. Son los corazones los verdaderos destinatarios de la actividad misionera del Pueblo de Dios” (Benedicto XVI, Homilía en la misa de la Avenida de los Aliados, Porto, 14 de mayo de 2010).
4. Ser para todos según el corazón de Dios
Por eso, para mejor servir a vuestros hermanos desde el querer de Dios, habréis de ser, por el amor y la entrega, expertos en humanidad, para llegar, como el Señor, a los dolores, a las heridas y a las pobrezas espirituales y materiales, que nunca faltarán en aquellos a los que serviréis. Situaos siempre ante vuestros hermanos con la conciencia clara de que el sacerdocio es un don recibido de Dios para dárselo a su pueblo. “Os daré pastores según mi corazón” (Jer 3,15). Ese origen y destino del sacerdocio es el mejor antídoto ante cualquier tentación de vanagloria, no hay más autoridad ni poder que el servicio en el nombre del Señor.
Todo lo que hoy va a suceder en el rito de ordenación son gestos que os han de recordar la misión que se os va a encomendar. El Señor va a ungir vuestras manos, porque quiere utilizarlas para entregar su amor a los hombres, serán manos al servicio de la vida, de la alegría y de la esperanza de los seres humanos. El Señor va a imponer su mano sobre vosotros para que os llenéis de la fuerza de su confianza al proclamar su Palabra, al ofrecer su perdón y misericordia y al facilitar la gracia de la salvación. Vais a recibir la patena y el cáliz, donde Jesús transmite el misterio más profundo de su persona, que es corriente abundante y rica de gracia. Hasta la casulla que os vais a poner os identifica con la cruz del Señor y os recuerda que habéis de ser servidores de vuestros hermanos.
5. Sed hombres de Dios.

Para ser fieles a este ministerio de gracia para el que vais a ser consagrados, habréis de vivir, por tanto, desde Dios. Es Él quien os ha llamado, elegido y enviado; eso es lo decisivo en vuestra vida sacerdotal. “Cuando hay un hombre que en el fondo de su conciencia se decide enteramente a vivir desde Dios para los hombres, ahí acontece entero el milagro de la Iglesia y el del cristianismo como Evangelio para el mundo. Ahí irrumpe la presencia de Dios y de su gracia” (Ángel Cordovilla, Crisis de Dios, crisis de fe, 24). Por eso, no caigáis nunca en la tentación de suplantarlo. No os colguéis medallas que no nos pertenecen, como a veces suele ocurrir. En ocasiones hablamos sin matices de lo imprescindibles que somos; es cierto, lo somos, pero sólo porque el ser humano necesita a Dios. “El mundo tiene necesidad de Dios, no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir por nosotros, que resucitó y creó en sí mismo un espacio para el hombre”. (Benedicto XVI, homilía misa crismal 2006). No lo olvidéis, sólo en el horizonte de Dios se sirve de verdad al hombre. Por eso, apuntalad vuestra vida en Dios, conscientes de que Él es la única riqueza que las personas desean encontrar en un sacerdote. (Benedicto XVI, discurso a los participantes en la Plenaria de la Congregación del Clero (16 de marzo de 2009). A la gente le da lo mismo si somos más altos o más bajos, más listos o más torpes, más guapos o más feos; lo que la gente quiere de nosotros es que seamos hombres de Dios.
6. Consideraos discípulos de Jesucristo.
Pues bien, el modelo para que se vea en nosotros el rostro de Dios es el sacerdocio de Cristo. Por eso, el vuestro ha de estar inspirado en el de Jesucristo Buen Pastor. “Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por sus ovejas”. Recordad siempre que sois sacerdotes en Cristo Jesús. Seguidlo pobre, casto y obediente y conformad vuestra vida con su cruz. Cuando le he preguntado al Rector del Seminario: ¿Sabes si son dignos? Lo que realmente he querido decir es si conoce que valoráis el sacerdocio porque llegáis a él dispuestos a que sea un discipulado permanente de Jesucristo.
Haréis muy bien en aplicaros estas palabras del Papa Francisco dirigidas a los sacerdotes: “El sacerdote es una persona muy pequeña: la inconmensurable grandeza del don que nos es dado para el ministerio nos relega entre los más pequeños de los hombres. El sacerdote es el más pobre de los hombres si Jesús no lo enriquece con su pobreza, el más inútil siervo si Jesús no lo llama amigo, el más necio de los hombres si Jesús no lo instruye pacientemente como a Pedro, el más indefenso de los cristianos si el Buen Pastor no lo fortalece en medio del rebaño. Nadie más pequeño que un sacerdote dejado a sus propias fuerzas” (Papa Francisco, Homilía en la Misa Crismal, 17 de abril 2014).
7. Con profundo arraigo en la Iglesia.
Bien apuntalado vuestro sacerdocio en el seguimiento de Cristo, cuidad siempre de que vuestra vida ministerial tenga también un profundo arraigo eclesial. Estad siempre en la Iglesia con amor, fidelidad, y sintiéndoos espiritualmente cómodos en su configuración institucional y en su servicio pastoral. No temáis nunca, ni os avergoncéis de presentaros con el rostro de la Iglesia. Sed eclesialmente identificables y localizables. En medio de ciertos conflictos y a veces incluso de escándalos, ofreced siempre, con vuestra vida, el rostro claro de su santidad. Tened en cuenta que vuestro sacerdocio se realiza en lazos de eclesialidad: os vincula afectiva y efectivamente con vuestro obispo, os liga a vuestros hermanos, los presbíteros, en una íntima fraternidad, y os sitúa en medio del pueblo cristiano y a su servicio, entre los que seréis representación del amor entrañable y misericordioso de Dios y del corazón de Cristo.
8. La Eucaristía fragua nuestra eclesialidad.
Os recuerdo que estos vínculos de unidad y fraternidad se fraguan en la Eucaristía: es en ella donde la comunión de Dios realiza la comunión de la Iglesia y la unidad entre los seres humanos. “El sacerdocio ministerial tiene una relación constitutiva con el cuerpo de Cristo en la doble e inseparable dimensión de Eucaristía y de Iglesia, de cuerpo eucarístico y de cuerpo eclesial. Por eso, nuestro ministerio es amoris officium, es el oficio del Buen Pastor, que ofrece la vida por las ovejas. En el misterio eucarístico Cristo se da siempre de nuevo y justamente en la Eucaristía nosotros aprendemos el amor de Cristo y, por tanto, el amor por la Iglesia” (Benedicto XVI, discurso, 13.5.05)
9. Con corazón y mentalidad de misioneros.
En la Eucaristía habréis de alimentar especialmente “el ímpetu misionero, que forma parte constitutiva de la existencia del presbítero” (cf. Sacramentum caritatis, 85). Todos los sacerdotes debemos tener corazón y mentalidad de misioneros; y esto no es opcional. Vosotros, además, nacéis con un sueño misionero en el corazón. No lo olvidéis nunca, somos así: llamados para estar con él y ser enviados a predicar (Mc 3, 13-14). Seréis misioneros con la novedad de este tiempo nuestro, el que el Señor nos urge con intensidad a que evangelicemos poniendo en ello una pasión que rompa moldes y estilos. Como somos misioneros por el mandato de Cristo, como Él hemos de ir al corazón del mundo para explorar con los ojos de Dios, que siempre serán de misericordia, lo que está sucediendo en las entrañas de la vida de la gente y de la sociedad en general.
10. Un sacerdocio con toque social.
Queridos Cándido, Jesús y Pepe, la sensibilidad misionera de nuestro ministerio ha de tener también un fuerte toque social. Pondréis el corazón y la acción en todos los problemas humanos y sociales que detectéis allí donde ejerzáis el ministerio. Estoy convencido de que os dolerá el menosprecio a la vida en cualquiera de sus manifestaciones, desde el aborto a la eutanasia, pasando por todas las formas de menosprecio de la vida. Y sé que os herirá profundamente la corrupción de la mentalidad social, sobre todo cuando se muestra ambiciosa, egoísta y excluyente; y no pactéis nunca, sobre todo con el silencio, con cuanto daña y pone en juego la dignidad de la persona, como suele suceder cuando falta el trabajo decente, cuando hay violencia sobre los más débiles, niños, ancianos y mujeres; y de un modo especial cuando sutilmente se siembran ideologías que destruyen la misma esencia de la condición humana tal y como Dios la ha concebido. No perdáis nunca el sentido de la realidad que os rodea, porque, sin conocer la verdad del mundo, en lo bueno y en lo malo, no se puede ser misionero, ni ejercer adecuadamente el ministerio sacerdotal. De ahí que os insista: las cosas de Dios y las más humanas, siempre han de ser tratadas con una profunda armonía, la que le da la vida en Cristo. De no hacerlo así, siempre correréis el riesgo de que se produzcan desajustes que empobrezcan vuestra vida sacerdotal.
Cuando necesitéis recordar las claves más esenciales de vuestra identidad sacerdotal, acudid al corazón de María, la Virgen y rezad con ella el Magnificat. No hay canto que nos sitúe mejor ante Dios y ante los problemas más urgentes del mundo que el que pronunció la Madre del Redentor al asumir con gratitud su misión.
Jaén, 30 de junio de 2018

+ Amadeo Rodríguez Magro,
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Jaén Sat, 30 Jun 2018 11:44:02 +0000
Santos que llaman a la puerta de los pobres http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/44634-santos-que-llaman-a-la-puerta-de-los-pobres.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/44634-santos-que-llaman-a-la-puerta-de-los-pobres.html Santos que llaman a la puerta de los pobres

Carta Pastoral del obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez con motivo del Día de la Caridad (solemnidad del Corpus Christi)

Queridos diocesanos:

1. Quiero comenzar esta carta poniendo de relieve mi afecto y mi gratitud hacia todos los colaboradores en esta misión tan importante de la Iglesia, como es la de la caridad y la acción social. En los dos años que llevo entre vosotros sólo he recogido satisfacciones por el buen hacer y el compromiso en favor de los más pobres, débiles y necesitados de nuestra sociedad giennense. Como Iglesia en la acción social, sois un ejemplo de servicio, empezando por el equipo directivo y continuando por los trabajadores y voluntarios que lleváis a cabo la acción de Cáritas en nuestra Diócesis de Jaén, tanto en sus servicios generales como en las Cáritas parroquiales. Me consta que, entre tanta creatividad en proyectos y acciones que lleváis a cabo, lo primero para vosotros son los pobres, son ellos los que impulsan vuestra generosa dedicación. Con lo que hacéis y por cómo lo hacéis dignificáis a la Iglesia del Señor que camina en este mar de olivos.

2. Ya sé que todos los elogios que haga de vosotros al fin y al cabo me los hago a mi mismo, porque el obispo es el que os preside y anima en el servicio de la caridad en esta organización formada por militantes católicos comprometidos. Por eso vuestro “éxito”, nunca mejor puesto entre comillas, es el mío. Digo lo de entre comillas porque enseguida quiero advertiros con todo mi cariño que el éxito personal no importa nunca en esta tarea nuestra; en Cáritas, en todo cuanto se haga, habréis de buscar siempre de verdad y a fondo lo que Dios nos pide hacer en favor de la dignidad humana; por eso es a Él a quien hay que adjudicarle todo el bien que nosotros podamos hacer.

3. Los obispos que en la Conferencia Episcopal coordinan la acción social de la Iglesia en España, acaban de escribir un precioso mensaje con motivo del Día de la Caridad, en la festividad del Corpus Christi, en el que nos ayudan a centrar en Cristo nuestra misión y actividad en este sector de la vida de la Iglesia. En este mensaje nos recuerdan que el Día de la caridad justamente se celebra en esta Solemnidad del año litúrgico, porque la Eucaristía es el sacramento que renueva el corazón de cada hombre y la historia misma de la humanidad. Esto sucede porque la Eucaristía es la actualización de un acto supremo de amor: el del Cuerpo entregado y la Sangre derramada de Jesucristo.

4. En definitiva, nos recuerdan los obispos que, en nuestra configuración con Cristo, el compromiso social de cada uno de nosotros es una consecuencia esencial. El servicio de la caridad pertenece a nuestro modo de ser y de vivir en Cristo. Quizás sea por eso que nos recomiendan que le pidamos al Espíritu Santo que nos renueve con la mística social y transformadora de la Eucaristía, para que nuestra vida eucarística nos anime a comprometernos en la transformación del mundo y en la promoción de una caridad transformadora. Sólo desde esa transformación mística, nuestra caridad será además de paliativa, también preventiva, curativa y propositiva. Cuando la fuente es Cristo, la caridad es más creativa y pondrá más imaginación en el servicio.

5. Nuestra vida cristiana ha de plasmar este mensaje del Papa Francisco: “La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas sus fuerzas. En este marco se comprende lo que le pide Jesús a sus apóstoles: ¡Dadle vosotros de comer! (Mc 6,37), que implica tanto la cooperación para resolver las causas estructurales de la pobreza y para promover el desarrollo integral de los pobres como los gestos más simples y cotidianos de solidaridad ante las miserias muy concretas que encontramos” (EG 188).

6. Aunque los voluntarios y voluntarias de Cáritas representáis a vuestras respectivas comunidades y a la Iglesia diocesana, a todos los diocesanos de Jaén quiero deciros en esta carta que el envío misionero de la caridad no es sólo para unos cuantos, es para toda la Iglesia y para todos los que vivimos la fe en ella. Los voluntarios de Cáritas son la cercanía de la Iglesia en la atención a los pobres, en la denuncia de la pobreza y en el servicio concreto a cada situación de pobreza. No obstante, es necesario que nunca olvidemos que la Iglesia es una comunidad que muestra su identidad y su misión en común; por eso, sin el apoyo comunitario de todos, la acción social sería sólo de unos pocos, no sería misión y responsabilidad de toda nuestra Diócesis y de todos los cristianos.

7. Según esto, concluyo pidiéndoos a todos que os sintáis responsables de la caridad de la Iglesia diocesana; que seáis generosos con los proyectos sociales, sobre todo de Cáritas; y os animo a que cultivéis la caridad desde el corazón de Cristo, que es desde donde hay que mirar para entender que ser cristiano es saber abrazar a todas las pobrezas. De un modo especial, os invito a que os dejéis santificar por el Espíritu a través del ejercicio de la caridad. Ojalá nuestra Iglesia diocesana se llene de “santos que llaman a la puerta de los pobres”.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Mon, 28 May 2018 12:57:55 +0000
"Los monasterios de contemplativas, corazón orante de nuestra Diócesis" http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/44498-los-monasterios-de-contemplativas-corazón-orante-de-nuestra-diócesis.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/44498-los-monasterios-de-contemplativas-corazón-orante-de-nuestra-diócesis.html

Carta del obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez

Queridos diocesanos:

Se puede muy bien decir que solamente en la Fiesta de la Santísima Trinidad se podía celebrar una Jornada tan significativa para la Iglesia, la de la vida contemplativa, conocida como Pro Orantibus. Las contemplativas, sin dejar de estar en el mundo, viven metidas de lleno en el corazón de la Trinidad, descubriendo y contemplando a Dios, para conocerle, amarle y servirle mejor y para conocerse a ellas mismas y al mundo. Nadie sabe con una experiencia tan intensa lo que Dios siente por nosotros, como esas mujeres que en sus Monasterios lo contemplan y sienten con Él día a día. Ellas conocen que la voluntad de Dios es una voluntad amiga, benévola, misericordiosa, que quiere nuestra plena realización y está siempre disponible para ofrecernos la salvación. Santa Teresa apuntaba bien el recorrido de la mirada contemplativa, cuando decía: “Sólo quiero que le miréis a Él”. Sabía la Santa mística que esta mirada embelesa de amor y, a la vez, despierta a los amores que Jesús, el Amado, lleva en su corazón, que somos todos nosotros.

Agraciados con diecinueve monasterios
Por si no lo sabíais, en Jaén tenemos diecinueve monasterios de contemplativas; lo que supone un número considerable de mujeres, que tienen la misión de poner en el corazón de Dios nuestras cosas: desde nuestros deseos más sublimes y espirituales, hasta las necesidades más perentorias de nuestra vida; y como ellas se acercan tanto a la fuente del amor divino, de allí, por su oración intercesora, traen para nuestro bien la misericordia entrañable de nuestro Dios. Su amor al mundo lo realizan, sobre todo, en su relación mística con el rostro de Jesucristo, que ellas en el fondo de su alma saben que se prolonga misteriosamente en sus hermanos los hombres más pobres. Cuanto más profunda es su relación con Jesús, más intensa es también su amor por los seres humanos, con especial predilección por los más indigentes en su cuerpo y en su alma.

Quiénes son, qué hacen, para qué viven
Es por eso que estos monasterios repartidos por nuestra geografía diocesana son para nosotros nuestro mejor tesoro; nadie nos representa mejor ante el corazón de Dios como estas santas mujeres que, desde su juventud hasta su ancianidad, viven en fidelidad ad vitam para amar a Dios y a los hombres. “La vida contemplativa femenina ha representado en la Iglesia y para la Iglesia el corazón orante, guardián de gratuidad y de rica fecundidad apostólica y ha sido testimonio visible de una misteriosa y multiforme santidad” (VDq 5). Os invito, por tanto, a llenarlas de cariño y a que, en las poblaciones donde tienen sus monasterios, las hagáis visibles y significativas. Los cristianos tenemos que saber decir, en voz alta y con convicción, quiénes son, qué hacen y para quiénes viven. Tenemos que saber que no hay nada más útil que vivir para mostrarnos cómo llevar la contemplación de Dios en el corazón y que nadie vive esa experiencia de un modo tan abnegado, tan generoso, tan intenso y tan auténtico como nuestras hermanas las contemplativas.

Una opción vocacional afortunada
El mundo tiene que saber, más allá de los deliciosos dulces que hacen para poder sobrevivir, qué nos ofrecen estas monjas para encontrar la fuente del bien, la verdad, la vida y la belleza. De un modo especial, los jóvenes tendrían que conocer que, para ser fieles a la vocación a la que han sido llamados en su bautismo, hay una opción de vida muy especial, y que no dudo en que es la más rica y auténtica que pueda elegir cualquier ser humano, si tiene la suerte de ser llamado a seguirla por el Señor. Por eso, les invito a que se acerquen, a que pregunten, a que gusten con ellas el sabor precioso de su vida, ese que las hace enamorarse de Jesucristo y a que, después, decidan. Afortunadamente hoy hay jóvenes que, tras hacer experiencias de monasterios, quedan prendadas de esas vidas tan unidas a Jesucristo y tan comprometidas con la humanidad y sus necesidades. Pero ese modo de existencia, el de las comunidades contemplativas, tiene que renacer y fortalecerse. Nuestro mundo necesita focos de vida orante que lo pongan de nuevo en el fuego del corazón de Dios.

Tierra de santos contemplativos
Jaén siempre fue tierra de contemplativos y místicos; unos nacieron aquí y otros anduvieron por nuestro mar de olivos, como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, que encontró “la contemplación eterna” en un Monasterio de esta Iglesia diocesana. Os invito, por tanto, a rezar y a crecer en simpatía hacia estas santas mujeres, a felicitarlas y admirarlas por la opción de su vida y a llenarlas de cariño. Nunca un Monasterio ha de sentir la indiferencia de ninguno de nosotros; al contrario, por lo que son, por lo que hacen y por lo que significan para la humanidad, merecen ser rodeadas de nuestro afecto fraterno.

Nuestra obligada gratitud
A vosotras, queridas contemplativas, os digo con todo mi cariño: gracias por lo que hacéis por esta Iglesia. Os sentimos siempre cerca de nosotros, porque nada acerca más a los cristianos que percibir que alguien pone en nuestro corazón el cálido perfume del amor de Cristo, y vosotras lo hacéis con creces.

Sabed que el Obispo os quiere, rezad mucho por mí, lo necesito para poner amor y servicio en esta tarea que el Señor ha puesto sobre mis débiles hombros en esta nuestra querida Diócesis de Jaén.

Con mi afecto y bendición para todos.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Mon, 21 May 2018 12:58:02 +0000
Cada sacerdote es una promesa de Dios a su pueblo http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/44272-cada-sacerdote-es-una-promesa-de-dios-a-su-pueblo.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/44272-cada-sacerdote-es-una-promesa-de-dios-a-su-pueblo.html Cada sacerdote es una promesa de Dios a su pueblo

Homilía del obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez, en honor a San Juan de Ávila

Queridos hermanos sacerdotes:

1. A lo largo de este año pastoral, nuestro presbiterio, en su formación permanente, ha ido ajustado su vida con el corazón de Dios, para permitirle que pueda cumplir la promesa hecha a su pueblo: “Os daré pastores según mi corazón (Jer 3,15). Pues bien, para aproximarnos a lo que Dios quiere de nosotros, nos vendría muy bien seguir el consejo de San Juan de Ávila, que nos dice qué hacer con nuestro corazón para que Dios pueda intervenir en él y unirlo con el suyo: Ábrele el corazón, y abrirásle el tesoro con que más se huelga. Ya abrió Dios sus entrañas y su corazón. Por aquel agujero del costado puedes ver su corazón y el amor que tiene. Ábrele el tuyo. Sobre todo, metámonos, y no para luego salir, más para morar, en las llagas de Cristo, y principalmente en su costado, que allí en su corazón, partido para nos, cabrá el nuestro y se calentará con la grandeza del amor suyo”.

2. Sólo en el corazón de Cristo se fortalece la caridad pastoral y aprendemos cómo cuidar del rebaño. No olvidemos, queridos hermanos, que esa promesa de conformar nuestro corazón con el suyo se la hace el Padre a quienes necesitan de nuestro amor pastoral, que sólo es nuestro en la medida que lo es del mismo Dios. El destinatario del compromiso de Dios no es otro que el rebaño de Cristo. Por eso, nuestro corazón sacerdotal es siempre un regalo de Dios a su pueblo, en concreto a este pueblo que nosotros apacentamos. En eso insiste uno de los textos de la Sagrada Escritura que acabamos de escuchar. San Pedro, Pastor que apacienta a los pastores, nos da este consejo en su primera carta, refiriéndose al Pueblo de Dios al que servimos: “mirad por él”; y para motivarnos en ese cuidado amoroso del rebaño nos dice: “como Dios quiere”. Eso significa que hemos de ajustar nuestra mirada al pueblo santo y elegido al que cuidamos con el mirar de Dios, que es siempre un mirar desde el corazón. De ahí que el nuestro ha de ser siempre un corazón que ve. San Pedro para indicarnos cómo es el querer de Dios, primero nos advierte de lo que no podemos permitirnos: “no a la fuerza”, “no por sórdida ganancia”, “no como déspotas”. Más claro imposible. Y después, ya en positivo, nos recomienda que lo hagamos todo “como modelos del rebaño que nos ha tocado en suerte y con entrega generosa”, o sea, con “olor a oveja”.

3. Pedro, al hacernos esta recomendación, interpreta muy bien a Jesús cuando le enseñó a los apóstoles como habrían de estar junto al rebaño. “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve”. De Jesús aprendió Pedro que apacentar el rebaño es servir, aunque en su caso con muchas dificultades para comprenderlo y asimilarlo. En realidad, no hay otro modo de participar en el sacerdocio de Cristo: “Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna como el que sirve”. El servicio es imprescindible en los trabajos del Reino, sólo el servicio sitúa en la intención del corazón de Cristo. No servir y utilizar el sacerdocio para otros fines lo adultera todo y, por supuesto, nos sitúa al margen de los verdaderos deseos de Dios en favor de los hombres.

4. Sólo el servicio, la actitud de servicio, nos abre a la conversión pastoral a la que llama el Papa Francisco a la Iglesia de este tiempo. Sólo el servicio nos proyecta hacia las necesidades de nuestros hermanos y hermanas. El que no está dispuesto a servir, tampoco estará dispuesto a evangelizar, es decir, a tocar la carne herida de los hombres y mujeres de nuestros pueblos y ciudades. Sólo en el servicio se puede fortalecer en nosotros el sueño misionero de llegar a todos. Para unirnos a la motivación de este año de nuestro Plan de Pastoral, podemos muy bien adoptar, como principio y criterio, que el servicio crea comunión y el servicio proyecta nuestro ministerio a la misión.

5. Sólo el que está dispuesto a servir podrá encontrar la respuesta a una pregunta que razonablemente quizás todavía le ronde a algunos ante tanta insistencia misionera de nuestro Plan de Pastoral: ¿Por qué tanto insistir en la misión? ¿Es que lo que yo hago con mi pequeño rebaño no es suficiente para conservar la esencia de la vida de la Iglesia? ¿Es que esa pastoral ordinaria que yo mantengo con competencia y profesionalidad ya no es el modelo de ministerio que he de seguir? ¿Es que ya no tiene validez para una misión bien desarrollada y actualizada en mis parroquias el seguir y exigir las mismas normas pastorales en las que siempre hemos insistido? ¿Porqué salir a buscar a los que se fueron, si nadie les echó y se marcharon libremente? Así, queridos hermanos sacerdotes, podíamos seguir interminablemente haciéndonos preguntas sobre cómo realizar hoy el ejercicio del ministerio. Estoy convencido de que encontraríamos infinidad de respuestas; por lo menos una para cada actitud de la que partiéramos nosotros. Yo, sin embargo, os invito a encontrar la respuesta a estas preguntas, que quizás puedan manifestar cierta reticencia al cambio, no sólo en lo que necesita nuestra gente, sino también en los que nos puede aportar a nosotros esta renovación en el espíritu misionero.

6. Descubriríamos fácilmente que la misión es importante “ante todo porque yo la necesito, porque yo tengo que dejarme evangelizar”. Nadie puede ser misionero si no acoge la misión en su corazón. El Señor primero nos sirve y luego nos envía. Ese es también el itinerario de la misión en nosotros, que seamos discípulos misioneros. Ambas consecuencias del seguimiento de Jesucristo no pueden contradecirse ni excluirse. Las dos son inseparables: no puede sentirse misionero el que no se siente discípulos; y el discípulo lo es siempre para la misión. No dejemos que algo falle en este vínculo; cuando esto sucede se frustra el proyecto del Señor para su Iglesia. Quizás sea por eso que el Papa Francisco nos acaba de advertir: “¡Tantas veces tenemos a Jesús encerrado en las parroquias con nosotros y nosotros no salimos y no dejamos que él salga. ¡Abrir las puertas para que él salga, al menos él!” Estar con Jesús fortalece el entusiasmo apostólico, la plena disponibilidad y el servicio creativo.

7. No sé si respondo de este modo a uno de vosotros que hace poco me pedía que animara a todos los sacerdotes a entrar en la dinámica interior de un ministerio evangelizador, especialmente de cara a una participación activa y creativa en la preparación de la asamblea diocesana que nos va a situar en el año de la evangelización. Pues bien, una vez más lo digo con todo afecto hacia mi presbiterio, al que sabéis que quiero y respeto: dejemos que nuestra vida transcurra por la renovación permanente de ser discípulos misioneros; dejemos que nuestra vida se vaya ordenando siempre más a la transformación del corazón, a imagen del corazón de Cristo, que enviado por el Padre para realizar su designio de amor se conmovió ante las necesidades humanas, salió a buscar la oveja perdida, hasta el extremo de ofrecer su vida por ellas y no vino para ser servido sino para servir” (RF 89). En definitiva, este es nuestro reto personal y comunitario como presbiterio: que nos mantengamos en un proceso de gradual y continua configuración en Cristo, en su ser y en su hacer. Ese será el reto permanente de nuestro crecimiento interior” (RF 80). A partir de ahí, la misión estará siempre metida en nuestras entrañas sacerdotales y nosotros estaremos dispuestos a entrar con pasión evangelizadora en el corazón del mundo. Apliquémonos en este propósito la recomendación que hoy, también a nosotros, hace Jesús en el Evangelio: “Brille así vuestra luz ante los hombres, para que crean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16).

8. Como hoy se nos va a recordar, en este tiempo nosotros tenemos en casa un modelo sacerdotal, al que nos ayudará a acercarnos el Señor Arzobispo Castrense, Don Juan del Rio Martín, con su reflexión: “El maestro Ávila, un sacerdote de ayer para la evangelización de hoy”. El ejemplo del Maestro Ávila, como todos sabemos, fue tan profundo y atrayente que, desde esta tierra de Jaén, supo renovar en sabiduría y santidad al clero que le siguió en su empeño reformador. El, como sabéis, fue un auténtico evangelizador; por eso, su primer biógrafo, Fray Luis de Granada, lo calificó como “predicador evangélico”. San Juan de Ávila evangelizó desde la santidad, pero también desde una sabia creatividad. En eso hizo escuela entre muchos sacerdotes que, reunidos y formados por él, le siguieron, sobre todo, en su celo apostólico.

9. Os doy noticias hoy de un apóstol que se formó con el Maestro Ávila aquí en Baeza, en estas aulas en las que estamos nosotros, que se ordenó sacerdote para pertenecer a nuestro presbiterio diocesano y evangelizó con ardor en esta tierra, antes de entrar en la Compañía de Jesús, para más tarde partir como incansable y creativo misionero para la evangelización de América. Me refiero a Alonso de Barzana (1530-1597), que muy pronto será canonizado, considerado por el Papa Francisco como el Javier de las Indias Occidentales. Se dice de él que “aproximarse a este infatigable misionero del siglo XVI es volver a caer en la cuenta de hasta dónde y hasta cómo es posible llegar desde la sólida motivación por el anuncio de Jesucristo y por la expansión de su Evangelio. Cuantos le conozcan no dejarán de sorprenderse de la actividad vertiginosa del apóstol de las Américas en medio de la lentitud de comunicaciones de la época y de cuánto y cuán bueno fue posible construir en los apenas treinta años de vida misionera, por tierras del entonces virreinato del Perú (1569-1597)”. En la vida de Barzana sorprende especialmente su itinerancia vital permanente, que le llevó a descubrir a Dios en sus criaturas más necesitadas de Él, a las que se entregó con pasión.

Por eso el Padre Barzana pudo confesar: “Si quiere V.R. saber mi vida en una palabra, es que vine de España con el deseo de tornarme indio, i he salido con ello. Y como V.R. ha gastado sus años en leer teología en tantas partes, yo he gastado los míos en aprender seis o siete lenguas bárbaras, distintas unas de otras (al final fueron once), y en predicar y confesar en todas ellas”. Todo lo hizo porque para él, como lo fue para San Francisco Javier, la pasión por la misión era un fuego que le quemaba el corazón y no le permitía quedarse tranquilo sin llevar a Cristo a quien no le conocía aún.

10. Afortunadamente, la historia de la Iglesia está llena del testimonio de aquellos que supieron responder en cada momento a lo que el Señor les demandaba. El Espíritu Santo no deja de mover los corazones de sus fieles y de llevarlos por los caminos más adecuados a la misión que pide cada momento. Eso sucede también en nuestra historia cercana, en la de nuestra Diócesis, esa de la que somos protagonistas todos nosotros, yo el último. Hoy lo son de un modo patente este grupo de hermanos sacerdotes que cumplen 60, 50 y 25 años de ministerio sacerdotal. Cada uno de vosotros sois hechura de las manos de Dios, que con su gracia ha ido tejiendo en vosotros una vida al servicio de aquellos a los que habéis sido enviados. Cada uno en vuestra propia historia, en la que hoy sobresale la fidelidad, y por tanto la santidad, sois el reflejo de una creatividad extraordinaria del Espíritu y de la misión de la Iglesia, en la que habéis ejercido el ministerio. De todos es sabido que, sobre todo los mayores, habéis hecho un esfuerzo de cambio y de adaptación que alguna vez alguien lo tendrá que contar poniendo de relieve, sobre todo, lo que hicieron los sacerdotes en aquellos tiempos de luz y de vértigo en los que fuisteis protagonistas. Si hiciéramos el ejercicio de aunar todo lo que habéis ido haciendo cada uno de vosotros, contaríamos maravillas y nos reconciliaríamos con una Iglesia siempre en vanguardia misionera y siempre en búsqueda de la santidad, en la que el testimonio de los sacerdotes fue imprescindible y decisivo.

11. Queridos José Casañas, Miguel Medina y Reyes Castaño; Querido Domingo García, Joaquín Tuñón, Antonio Rodríguez; queridos Manuel García, Blas Rivera, Julio Segurado, Julio Ángel Delgado, Jesús Fernández, Miguel Ángel Jurado: Sois los sacerdotes de una Iglesia que inició con vosotros la gran aventura de una evangelización renovada que nos situara en estado permanente de misión. Afortunadamente, aquellas intuiciones están poco a poco encontrando su forma en el audaz pontificado del Papa Francisco. Unos y otros, según vuestra edad y vuestras fuerzas habéis trabajado en esta hermosa viña de Jaén, en esa tarea siempre antigua y siempre nueva de la Iglesia que es la evangelización. Vuestro Obispo y vuestros hermanos en el presbiterio os dicen muchas felicidades. Y no dudéis de que el Señor, que con tanta fidelidad os ha acompañado, os bendice con un amor entrañable por la fatiga fecunda de vuestra siembra diaria al servicio del Evangelio. Y quien estoy seguro de que os felicita un día más, como lo ha hecho a lo largo de todos los de vuestra vida sacerdotal, es nuestra Madre Santísima de la Cabeza.
12. Como fruto que sois de esta tierra y con los frutos de vuestro trabajo ministerial, ponemos vuestras vidas en esta Eucaristía que ahora celebramos todos juntos como presbiterio diocesano.

Baeza, 7 de mayo de 2018

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Wed, 09 May 2018 13:06:37 +0000
"María, el mejor sarmiento de Cristo" http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/44113-maría-el-mejor-sarmiento-de-cristo.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/44113-maría-el-mejor-sarmiento-de-cristo.html

Homilía del obispo de Jaén, D. Amadeo Rodríguez

Atraídos por la “morenita y pequeñita”

1. ¿Acierto si digo que la inmensa mayoría de los repartidos por estos campos, en torno al Santuario, estamos aquí porque hemos sido atraídos por la Morenita y Pequeñita que vive en este Cabezo de Sierra Morena? Lo que cada uno tiene en su corazón es un secreto a voces, misterioso y profundo, que todos compartimos: el cariño y la devoción a la Santísima Virgen de la Cabeza es el vínculo que nos une a cuantos hoy celebramos esta fiesta de la Madre. Y ese vínculo con María tiene su raíz en la fe en Jesucristo su Hijo y Señor nuestro.

La Virgen pone amor de madre en nuestra vida

2. Los que amamos a la Virgen llevamos una preciosa huella en el corazón, que se enriquece cada día en el encuentro con la persona misma de Jesucristo y con el tono vital de la gracia que pone en nosotros nuestro Padre Dios. La fe se fortalece en un aprendizaje continuo, en la Iglesia, de cómo ser y vivir en Cristo; en Él, la Virgen María camina a nuestro lado y nos estimula a dar pasos en el crecimiento de nuestra vida cristiana. La Virgen es la Madre que acompaña a los más pequeños en el despertar de su fe; la que ensancha nuestro corazón y nuestra inteligencia para el conocimiento de Cristo; la que propone una vida digna, con futuro y con sentido, a nuestros jóvenes; la que nos apoya al elegir los caminos por los que Dios nos llama; la que nos sugiere los valores más limpios y auténticos, cuando en la madurez aprendemos a ver la vida como un servicio; la que nos propone hacer de la ancianidad una lección de esperanza.

Un proyecto de vida desde el amor de Dios

3. Desde este Santuario, en este día de fiesta mariana, la Madre nos ofrece a todos un proyecto de vida que, sin separarnos de lo que es sano, alegre, justo, fraterno, festivo y bello, mejora y eleva todas las condiciones de la existencia humana, tanto en lo personal como en lo social. Nos recuerda nuestra Madre, la Virgen María, que ese plan se asienta en el amor de Dios, que quiere el bien de todos, y que no ha enviado a su Hijo Jesús al mundo para otra cosa que no sea para mostrarnos el camino de la felicidad, ese que en Él es inagotable y eterno.

Somos sarmientos de la vid, que es Cristo

4. Hoy, en la Palabra de Dios que hemos escuchado en el Evangelio, se nos ha puesto en la pista de lo que hemos de hacer para que nuestra vida sea plenamente feliz y útil. La Parábola de “la vid y los sarmientos” que nos ha contado el Evangelio de San Juan, nos marca la ruta a seguir y, sobre todo, nos indica los lazos que hemos de fortalecer en nuestra vida cristiana: el primero con Dios Padre, que es el labrador; después con Jesucristo, que es la Vid verdadera, por la que nos llega el amor y la gracia del Padre; y también con el Espíritu Santo, que unifica nuestra vida y la orienta en la búsqueda de su vocación. Y todo sucede en la Iglesia, que es como una gran viña en la que se une lo divino y lo humano y se convierte en simiente de un Reino, el de Dios, que es para la mejora del mundo, y que no se entiende sin justicia, sin verdad, sin paz y sin amor solidario.

En el proyecto de la santidad

5. El Padre Dios plantó en la tierra la Vid verdadera y le dio, como a toda planta, misión y medios para hacer crecer el bien, la verdad, la belleza y la felicidad en los sarmientos; porque la vid ha de ser fecunda y dar frutos en los sarmientos, a los que el labrador cuida con mimo. Por eso, a todos se nos propone desde el Bautismo el ser santos, como nuestro Padre Dios lo es. La santidad es un proyecto de vida del que no se excluye a nadie; sólo se nos pone como condición imprescindible: el “permanecer en Cristo”, porque el sarmiento está siempre unido a la Vid. El cristiano es ante todo dilatación y participación en la misma corriente vital de Dios, porque los pasos en la vida de un cristiano son interiorización del pensar de Dios, del sentir de Dios, del ser de Dios. Y como el designio del Padre es Cristo y nosotros en Él, nuestra aspiración es llegar a poder decir: “Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20).

La santidad de los sencillos

6. Ninguno de nosotros hemos de sentirnos excluidos de esta llamada a la santidad: todos estamos invitados a ser, en la persona de Cristo, “santos e irreprochables ante Él por el amor” (cf Ef 3,4). Esta es, en realidad, la voluntad de Dios: “nuestra santificación” (cf 1 Ts 4,3). Sin embargo, si nos miramos los unos a los otros, seguramente, al vernos tan normales, y con debilidades y pobrezas, nos costará creer que en nuestra vida y en la de tanta gente que nos rodea, se pueda estar produciendo santidad. Pues sí, hermanos, hay mucha santidad a nuestro alrededor, hay muchos santos de “la puerta de al lado”, como dice el Papa Francisco. Es la santidad de los sencillos la que hoy está aquí en el Cabezo junto a la Virgen. Esa, la de la fe en Jesucristo sencilla y mariana, sacrificada, trabajadora y solidaria, que hoy tiene que fecundarse y crecer en nuestra Iglesia diocesana de Jaén, al amparo de nuestra Madre y Patrona la Virgen de la Cabeza. Os recuerdo que ser santos consiste en ir reflejando cada día, en nuestros pensamientos, criterios y acciones, algo de la vida de Jesucristo. Por tanto, os animo a seguir en el empeño de no bajar los brazos en el intento de vivir en fidelidad el Evangelio.

Santos perseguidos por su fe

7. Además de esa santidad de la vida ordinaria, hoy hay también mucha santidad heroica. Me refiero, de un modo especial, a la santidad de los mártires, a la de los perseguidos por creer en Jesucristo. Por desgracia, la santidad de los perseguidos por causa de su fe está, de una manera cruenta e incruenta, más extendida que nunca. Por eso hoy, por recomendación del Papa Francisco a la Orden Trinitaria, la Virgen de la Cabeza va a lucir en sus andas un lazo rojo, que significa llamada e invitación a la oración y quiere promover en todos nosotros la sensibilización en favor de los que sufren persecución o muerte por su fidelidad a Cristo en tantas partes del mundo.

Todos somos el fruto de Dios

8. La santidad es, por tanto, el mejor fruto que se espera de nosotros, sobre todo cuando “la santidad es la caridad plenamente vivida” (G et E, 21). Los frutos que hemos de dar los sarmientos son las responsabilidades que Dios nos confía. De hecho, sin nosotros, Dios no trae fruto a la tierra. Todos los hombres somos gloria de Dios, el fruto de Dios, la fecundidad de Dios. Cada uno, en el tramo de historia que nos toque vivir, hemos de dar los frutos que se necesiten, pero en racimo. El santo es siempre creador de un mundo nuevo, del mundo que Dios sueña para los hombres como su Reino. Por eso, todos hemos de pensar cuáles son los frutos que se esperan de cada uno, los que espera Dios, que, por cierto, siempre serán los que necesite nuestro ancho y diverso mundo; porque la causa del hombre es siempre la causa de Dios.

Dios espera de nosotros pequeñas y sencillas porciones de bien, esas que solemos echar en ese tesoro común, que es nuestra sociedad y también nuestra naturaleza. Cada porción de bien, verdad o belleza serán como la moneda de la viuda en el templo o el vaso de agua dado por el nombre de Cristo. Lo que cada uno haga será una gota en el océano de la vida, que lo hará mejor, más limpio, más habitable y, sobre todo, más del ser humano y, por tanto, más de Dios. Pero no olvidemos nunca que lo que un cristiano haga tendrá siempre su valor y su eficacia si lo hacemos en Cristo. “El que permanece en mi y yo en él ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 1-8).

En la santidad ejemplar de la Virgen

9. La Virgen de la Cabeza está en la misma honda de santidad que nosotros. En María, se ha encarnado la santidad ejemplar que todos hemos de imitar. Como acaba de decir el Papa Francisco, en la Exhortación apostólica Gaudete et exultate: “María es la que se estremece de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y a veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con Ella nos consuela, nos libera y nos Santifica” (G et E, 174)

Por eso la vocación de María ha sido acompañar siempre las ilusiones, las esperanzas, las fatigas y las penas de sus hijos, y mostrarse para ellos modelo de su santificación e intercesora de sus dolores y miserias. El papel de la Virgen es el de estimular todo cuanto hay escondido en el corazón de los santos; pero también el de interceder ante de Dios por cuánto hay de pecado personal o social en ese mundo, que la Madre mira con un profundo amor y con ojos salvadores, para llevarnos a su Hijo Jesús, el Redentor.

Conversando con la Virgen de la Cabeza

10. Cuanto de bien, de alegría, de esperanza o de amor, pero también cuanto haya de pecado, de fracaso, de tristeza, de vacío, de dolor en nuestro corazón, hemos de ponerlo ante el paso bendito de la Madre entre la multitud que, con tanto fervor, pone su vida y la de sus seres queridos en sus manos. En los gritos que enseguida escucharemos, dirigidos a la Madre, que son rezos llenos de fervor, unos ofrecen, otros agradecen, otros suplican, otros prometen y otros incluso lloran, porque no saben qué hacer para salir de la situación en la que se encuentran. A pesar del tumulto que legítimamente formamos en torno a la Virgen de la Cabeza, ella escuchará las alegrías y esperanzas de todos y, por supuesto, el llanto de los débiles: de los que quisieran nacer y no les dejan; de los que tienen derecho a su dignidad y no se les reconoce; de los que aspiran a un trabajo digno y decente y no lo encuentran; de los que sufren en su dolor y en su enfermedad y buscan alivio y fortaleza; de todos los que aspiran a encontrar justicia y solidaridad y sólo siguen encontrando exclusión y descarte.

No lo dudéis; la Virgen de la Cabeza es el mejor sarmiento de Cristo, Ella es la Madre de la Iglesia, Ella es nuestro modelo y es nuestra intercesora. Abramos nuestro corazón al suyo y pidámosle que nos haga sarmientos de Cristo que den frutos de vida y santidad.

Por eso yo, como Pastor y Obispo de la Diócesis empiezo pidiéndole: Virgen de la Cabeza, enséñanos el camino de la santidad para mejorar el mundo; Virgen de la Cabeza haz de nosotros un pueblo de discípulos misioneros que sueñe con llevar a Jesucristo a todos; Virgen de la Cabeza, ruega por nosotros.

Santuario de la Virgen de la Cabeza, 29 de abril, de 2018

+ Amadeo Rodríguez Magro,
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Mon, 30 Apr 2018 11:53:34 +0000
Tiempo de Gloria, Tiempo de María http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/43908-tiempo-de-gloria-tiempo-de-maría.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/43908-tiempo-de-gloria-tiempo-de-maría.html Tiempo de Gloria, Tiempo de María

Carta del obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez

Considero un gran detalle por parte de las Hermandades y Cofradías que custodian las imágenes de las devociones que se celebran en los días de gloria, que se me pida un mensaje que recoja en sentido que el Obispo, como maestro de la fe en la Diócesis, le da a la celebración del tiempo de Pascua; de un modo especial me lo piden las devociones que tienen como protagonista a la Santísima Virgen, celebrada en estos días como Madre del Resucitado. Por mi parte, lo hago con gusto porque me da la oportunidad de situar a María en la misión de su Hijo. Donde está Cristo, allí está la Madre, sobre todo cuando tenemos en cuenta el misterio que el Papa Francisco nos ha invitado a celebrar, con especial solemnidad y fervor, el lunes de Pentecostés: el de María, Madre de la Iglesia.

Durante la Pascua, el Señor Resucitado ha ido reuniendo en torno a sí a aquellos que se dispersaron a causa de su muerte: a las mujeres, a los discípulos, y a los simpatizantes… A todos les ha ido mostrando su vida resucitada y les ha llevado a reconocerle como el mismo al que conocieron, amaron, escucharon y siguieron encarnado, crucificado e incluso muerto, es decir, con vida y rostro humano, venido entre nosotros para salvarnos. A ese Jesús, ahora todos le reconocen con vida nueva y transfigurada, o sea, como Resucitado; todos y unidos vieron y creyeron que Jesús había sido elevado a la gloria por el Padre y que, de esa manera, nos atraía a todos hacia Él, para que participáramos de su misma Vida.

Entre los que le reconocieron resucitado estaba naturalmente María, aunque Ella sólo aparezca en la Biblia al final de la obra Pascual que realiza su Hijo, y que culmina con la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia y la fortalece en la misión de Evangelizar. “Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, madre de Jesús y con sus hermanos” (Hch 1,14).

También la Madre fue preparada para acompañar el envío que recibieron los discípulos de iniciar la misión de dar los primeros pasos en el anuncio de la buena noticia, del Kerygma. Nos gusta imaginar que María se encontró con su Hijo Resucitado y mantuvo con Él una íntima y exclusiva conversación. Ella puso a disposición de la misión que Jesús le encomendó a la Iglesia todo lo que había ido guardando en su corazón. Se puede muy bien decir que la primera discípula del Resucitado fue su madre. Lo que hasta ahora para Ella había sido el fruto de una relación tan maravillosamente humana, como era el poder observar con admiración, atención e incluso con dolor el misterio de la vida terrena de Jesús, a partir de la Resurrección, en la Virgen Madre del Redentor todo fue fe y disponibilidad para anunciar, cantar, vivir y servir en la Iglesia las maravillas de Dios. María en la fe acogió la nueva vida de su Hijo Jesucristo y, en la fe, vivió el nuevo corazón y la nueva alma con que se iba formando la vida de la Iglesia, teniéndola a ella como Madre.

Todo lo que había ido sucediendo en el corazón de los discípulos y discípulas del Señor sucedió también en la Virgen María: Ella reconoció a su Hijo como “el Señor”; y también sintió en su corazón el grito interior de la fe, y le dijo: “Señor mío y Dios mío”. Durante la Pascua del Señor, todo en María iba preparando su corazón para poder participar en cuerpo y alma del misterio pascual en su Asunción a los cielos, donde será coronada también como Reina y Señora de todo lo creado.

Pero antes de este privilegiado destino de la Madre, Ella participa del misterio de la muerte y resurrección de Jesús con la Iglesia, que echó a andar teniéndola como miembro eminente. Por eso siempre la Iglesia celebró con alegría pascual a la Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra. En nuestra tierra giennense eso lo hacemos con multitud de advocaciones, situadas justamente en el clima y el tiempo del gozo pascual. Lo hacemos porque es Madre de Jesucristo y también porque lo es de la Iglesia. En María va siempre unida esta doble misión: si es Madre de Cristo, también lo es del Cuerpo Místico de Jesucristo. La maternidad divina de María está unida a la obra de su Hijo, Jesús el Redentor. En la misma cruz, Jesús le encomendó esta misión: la de ser nuestra Madre.

La Iglesia contemporánea, que se muestra siempre tan mariana, nos ha recordado esta vinculación maternal de la Virgen con la Iglesia. El Beato Pablo VI, al concluir la tercera sesión del Concilio Vaticano II, declara que la Bienaventurada Virgen María es “Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el Pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores, que la llaman Madre Amorosa, y estableció que de ahora en adelante la Madre de Dios fuera honrada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título”.

A nosotros, esta celebración de María, y todas las que celebremos en este tiempo de gloria, entre las que cito a la Santísima Virgen de la Cabeza, patrona de la Diócesis y a la de la Capilla, Patrona de la ciudad de Jaén, así como cada una de las que celebramos en nuestras ciudades y pueblos, nos ayudará a recordar tres cosas fundamentales: que el crecimiento de la vida cristiana debe de fundamentarse en el misterio de la Cruz; que debe renovarse en la ofrenda de Cristo en el banquete eucarístico; y que debe inspirarse en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos.
Si somos muy marianos, seremos muy de Cristo, seremos muy eucarísticos, seremos muy eclesiales y seremos muy próximos y hermanos de todos los hombres, hijos siempre de la misma Madre, la que nos dio Jesús desde su Cruz Salvadora.

Con todo mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Tue, 17 Apr 2018 12:38:35 +0000
Homilía en la Misa Crismal: "Cómo vivir en la esperanza" http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/43564-homilía-en-la-misa-crismal-cómo-vivir-en-la-esperanza.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/43564-homilía-en-la-misa-crismal-cómo-vivir-en-la-esperanza.html Homilía en la Misa Crismal:

Homilía del obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez

Hermanos sacerdotes:

Nos reunimos en esta mañana de Martes Santo en la Santa Iglesia Catedral, para una celebración que es un fiel reflejo de la identidad del Pueblo de Dios. La Misa Crismal recibe su nombre del aceite consagrado y bendecido que configura a la Iglesia en la diversidad de sus responsabilidades y ministerios: consagra al Obispo, a los presbíteros, y lo hace con cada uno de los hijos e hijas de Dios en el Bautismo y la Confirmación, y a todos nos fortalece con el óleo de los Enfermos.

Quiere, además, la Iglesia que esta celebración tenga carácter eucarístico y sacerdotal y que se ponga en ella de relieve la íntima relación entre Eucaristía y sacerdocio: “La forma eucarística de la existencia cristiana se manifiesta de modo particular en el estado de vida sacerdotal. La espiritualidad sacerdotal es intrínsecamente eucarística” .

1. Fraternidad sacerdotal, para que el mundo crea
Esta es una de esas ocasiones emblemáticas en las que el presbiterio diocesano se muestra en su unidad espiritual eucarística. Presididos por el Obispo y reunidos todos los presbíteros, nos presentamos en comunión ante Dios y ante el Pueblo cristianos, al que servimos. En la Misa Crismal gozamos de esa nueva y mística relación con Dios y de esa también “nueva” relación entre nosotros, que se deriva del amor trinitario. Hoy mostramos la sacramentalidad de la Iglesia, enviada a evangelizar al mundo como “sacramento de unidad” . Por nuestra parte, tomamos conciencia, una vez más, de que somos presbíteros en comunión fraterna y de que eso ha de traducirse en una verdadera “affectio collegialis”, que, como sabéis muy bien, es algo más que llevarnos bien, es un proyecto de vida en torno a Cristo, que nos hace condiscípulos , para provecho de la misión que se nos encomienda y de aquellos a los que se nos envía. La fraternidad hace que nuestra vida sacerdotal sea fecunda, “que todos sean uno, para que el mundo crea”.

2. Unidos en la riqueza de la diversidad
Nuestra Iglesia Diocesana de Jaén necesita de todo el presbiterio para la ilusionante tarea que nos hemos propuesto: la del sueño misionero de llegar a todos. Os necesita en la riqueza de vuestra diversidad y os pide, en Cristo Sacerdote, Cabeza de su Iglesia, que nunca ser diversos sea un obstáculo para la fraternidad sacerdotal. Yo, que como vuestro obispo tengo encomendada la misión de ser en la Iglesia de Dios que camina en Jaén “principio de unidad” y procuraré trabajar para lograrla; pero es necesario que todos nos convirtamos de corazón a ella desde el respeto, la aceptación mutua y la comprensión de todos, y sin que ninguno de nosotros nos creamos superiores a los demás. Todos y unidos, y sin debernos los unos a los otros más que amor, somos necesarios para servir al Evangelio en esta tierra nuestra, que siente muy hondamente los coletazos de los problemas humanos, sociales, culturales y religiosos que la asolan, y que no son pocos. La Iglesia, no por táctica, sino por amor y por pasión, ha de estar siempre en la vanguardia de la cercanía y del servicio a todos y, por tanto, abriéndose camino en el corazón mismo de las periferias existenciales.

3. Para evangelizar en tiempos recios
Es evidente, hermanos sacerdotes, que son tiempos recios; es sabido que se extiende una gran secularización y que estamos sometidos a una fuerte presión laicista e ideológica. Aunque aún tengamos en nuestra tierra una buena base cristiana, no podemos descuidarnos; porque, como comprobamos día a día, ésta es muy débil y está muy amenazada, especialmente en nuestros niños, en los jóvenes y, de un modo muy intenso, en las familias. Muchos están masivamente alejándose de la fe y de la vida de la Iglesia, y la distancia se hace cada vez más grande. Por eso, es necesario empezar a evangelizar a fondo, aunque también lo hemos de hacer con métodos nuevos. La situación, queridos sacerdotes, nos interpela por su complejidad y dificultad y nos invita a llenarnos de una fuerte parresia evangelizadora. Sólo así podremos convertir estos difíciles retos en oportunidades.

Nosotros tenemos lo que ya empieza a pedir mucha gente saciada e insatisfecha de otras ofertas. Nosotros tenemos Verdad, Belleza y Amor, y todo por pura gracia, la que enriquece cada día el ministerio de una Iglesia agradecida a su Señor, por haberla dotado de medios divinos para cultivar lo mejor de la condición humana. En medio de esta borrasca hay muchos que buscan autenticidad evangélica, y que aceptan ayuda, aunque estos muchos haya que encontrarlos uno a uno. Por eso, esta es la hora de la Iglesia, de la Iglesia evangelizadora, de la Iglesia en salida, de la que sabe escuchar las necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y le ofrece lo que tiene y lo que en el fondo buscan, a Jesucristo Resucitado.

4. Necesitamos confianza y autoestima
Esa Iglesia, lo sabéis muy bien, no somos sólo nosotros; pero sin los presbíteros no corre en ella la fe y la vida cristiana con la fluidez que su misión necesita. Para actuar a la altura de estos retos, esta generación de sacerdotes, la nuestra, está llamada a renovar los motivos de nuestro seguimiento y a buscar la fortaleza y la novedad que necesita nuestra misión, como hemos estado haciendo este año en los encuentros de Formación Permanente. Para eso, y no para otras cosas, no para aumentar la autoreferencialidad de la que tenemos de sobra, voy a convocar los Encuentros Sacerdotales de Oración, Reflexión y Diálogo (ESORD). La gran mayoría de vosotros me anima a que lo haga, aunque con muchos matices, y compruebo que también con muchos miedos. Confiemos en el Señor y dejemos que él trabaje en nosotros la confianza y la autoestima, a veces dañada por nosotros mismos; pero que tanto necesitamos para ser sacerdotes según el corazón de Dios.

Estoy seguro de que, en estos encuentros, guiados por el Espíritu, podremos compartir en fraternidad la búsqueda de nuevos aíres espirituales y pastorales para nuestra vida y para la de nuestra Diócesis, que es lo único que nos importa. Si cada uno pone lo mejor de sí mismo en santidad fraterna, rompiendo así la barrera de los individualismos, que tanto nos empequeñecen y recortan, no tengo ninguna duda de que este acontecimiento nos puede servir para remontar el vuelo en lo fundamental de nuestra vida y ministerio. Pidámosle al Señor la sabiduría de la cruz y sigamos la siempre fundamental tarea que se nos encomendó al entregarnos el libro de los evangelios: “conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.

5. Renovemos nuestro ser en Cristo
Pues bien, con la ilusión crecer en una identidad misionera, con el deseo de ser discípulos misioneros, os invito a renovar las promesas sacerdotales. De entre las preguntas que nos hace el ritual, llamo la atención sobre esta: ¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con Él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia? Como veis, se refiere esta pegunta a nuestro ser en Cristo, a nuestra unión con él, porque eso es lo único que le da consistencia espiritual y pastoral a los deberes sacerdotales en el seno de la Iglesia. Recoge esta pregunta la esencia de lo que significó la Ordenación Sacerdotal, en la que Nuestro Padre Dios, por la unción del Espíritu Santo, “nos hizo partícipes de la consagración de Cristo y testigos de la redención del mundo”.

Ese revestirse de Cristo de nuestra ordenación supuso para nosotros un cambio sustancial de identidad y de vida. La ordenación sacerdotal fue para nosotros una verdadera pascua, en la que nació un hombre nuevo, el que vive in persona Christi, Cabeza y Pastor de la Iglesia. En la ordenación, Jesús nos encomendó que lo representáramos. “¡Qué confianza! Verdaderamente se ha puesto en nuestras manos”. Eso significa, hermanos sacerdotes, que nuestro yo sólo puede tener la forma de Cristo (alter Christus), que mi ministerio no es lo que yo quiero hacer; es lo que el Señor quiere ofrecerle a su pueblo a través de su elegido. No podemos permitirnos ser nosotros los que decidimos el rumbo y la forma de nuestro ejercicio ministerial.

6. Con la pasión por Cristo y la pasión por el pueblo
A nosotros nos toca ponernos al servicio de Dios y de los hombres desde el envío que Cristo nos hace en la misión de la Iglesia. Un envío que ha de mantener siempre el mismo impulso: la pasión por Cristo y la pasión por el pueblo han de llenar nuestro corazón sacerdotal. Esta doble pasión es la base de todas nuestras acciones, estrategias, objetivos, opciones. Para ser “evangelizadores con Espíritu”, necesitamos que el amor a Cristo y a nuestros hermanos unifique nuestra vida y la mantenga en alerta hacia esos dos amores. Eso sucederá siempre que la alegría del Evangelio nos posea y nos haga sentir y vivir como Jesús, el Buen Pastor:

“El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos,
a proclamar el año de gracia del Señor.”

El mundo necesita de nuestro sentido evangélico. Por eso, con actitud humilde de fraternidad con todo el pueblo de Dios y a su servicio, lo sacerdotes hemos de ofrecer el testimonio de nuestra identificación con Jesucristo. Todo en nosotros tiene que mostrar, tiene que favorecer el encuentro personal con él. Nuestros hermanos, a los que servimos, tienen derecho a comprobar, por la fortaleza y credibilidad de nuestra imagen y representación de Cristo, que él es la clave para la solución de los problemas que ellos viven en medio de nuestro mundo. Por eso, nuestra cercanía a Jesús en la oración será siempre imprescindible para nuestra cercanía a la gente. De hecho, el celo apostólico de un sacerdote pasa por esta doble cercanía: las dos unidas, las dos fecundándose.

7. El mundo necesita de Dios
El mundo, en efecto, tiene necesidad de Dios y lo tiene que recibir de nosotros.: “El mundo tiene necesidad de Dios, no de cualquier dios, sino del Dios de Jesucristo, del Dios que se ha hecho carne y sangre, que nos ha amado hasta morir por nosotros, que ha resucitado y ha creado en sí mismo un espacio para el hombre. Este Dios debe vivir en nosotros y nosotros en Él. Sólo así nuestro ministerio sacerdotal puede dar frutos. Jesús ha asumido nuestra carne y, de ese modo, Él puede venir al mundo y transformarlo”[…] “El Señor que nos ha impuesto las manos, necesita las nuestras para que en el mundo sean las suyas…manos que transmitan su toque divino y se pongan al servicio de su amor…manos ungidas que deben ser un signo de nuestra capacidad de dar, de nuestra creatividad para plasmar un mundo con amor” .


8. Somos signo de contradicción
No lo dudéis, la gente, nuestra gente, la gente buena de Jaén, esa que por gracia de Dios aún abunda en este Santo Reino, necesita de la Iglesia, necesita de nuestro ministerio. Sé, no obstante, que la Iglesia, y por tanto nuestro sacerdocio, es signo de contradicción, como lo fue su Maestro . Pero no por eso hemos de perder el ánimo; al contrario, debemos estar siempre dispuestos a dar respuestas a quienes nos pidan razones de nuestra esperanza. Hoy, como sabéis por experiencia, a pesar del tesoro que portamos y ofrecemos - es verdad que lo llevamos en vasijas de barro -, no encontramos en nuestro ministerio ni la aceptación ni el aplauso; al contrario, navegamos en un mar de desconfianza, que se extiende como un rumor no fácilmente identificable; y eso nos duele y hace daño.

9. Cómo vivir en la esperanza
Ante eso, me consta que la gran pregunta que hoy muchos llevamos en el alma es: ¿Cómo vivir en la esperanza en medio de esta barahúnda social, cultural e incluso religiosa en la que ejercemos nuestro ministerio? No hay otra respuesta que no sea poner la vida Jesucristo. La esperanza fuera del ámbito del Señor siempre será efímera y, a la larga, ineficaz. Lo que de verdad frustra el ministerio no son tanto las dificultades del terreno, sino, como siempre, las que llevamos dentro los sembradores; sobre todo la de haber olvidado por qué sembramos y en nombre de quien ponemos las semillas en cada acto de nuestro ministerio sacerdotal. Nosotros, que hemos fraguado el seguimiento de Cristo tan intensamente y durante tanto tiempo, y con tantos medios en el seminario, no podemos errar en elegir quien tiene que ser para nosotros el Gran Motivador. Sólo Jesucristo nos puede motivar. Sólo él nos puede situar con ilusión y esperanza ante la vida que nos ha dado, ante la misión que nos ha encomendado.


10. Merece la pena ser sacerdotes

Hermanos sacerdotes, tenemos que lograr que el pueblo cristiano, al que servimos en su fe, considere necesario el sacerdocio ministerial. Eso sólo puede suceder con una experiencia y manifestación clara y limpia de nuestra identidad sacerdotal a imagen de Cristo. La mejor prueba de que amamos lo que somos es la ilusión y la capacidad que tengamos de transmitir a todos que merece la pena ser sacerdotes. De ahí que os hago una propuesta, que os animo a convertir en un propósito. San Juan Bosco decía: “Nulla dies sine anima” (Ningún día sin un alma); pues bien, yo os digo: ningún día sin pensar a quien podríamos proponerle la vocación, sin rezar por esa persona; ningún día sin sentir mi responsabilidad de animar las vocaciones en la Iglesia.

Como muy bien pone de relieve la exposición vocacional de nuestro Seminario, #Enredados, el modelo de toda vocación es María al asumir la Maternidad de Cristo, el Hijo de Dios; encomendémosle siempre a ella, la Madre sacerdotal, nuestra vida y ministerio.


Santa Iglesia Catedral de Jaén, 27 de marzo de 2018

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Tue, 27 Mar 2018 19:06:30 +0000
"Las imágenes que contemplarán nuestros ojos" http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/43465-las-imágenes-que-contemplarán-nuestros-ojos.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/43465-las-imágenes-que-contemplarán-nuestros-ojos.html

Carta pastoral del obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez

Algunos criterios para seguir las procesiones de Semana Santa

Queridos diocesanos:

Quiero dirigirme con mucho respeto y con un gran cariño a cuantos de vosotros y vosotras disfrutaréis en los próximos días con los desfiles procesionales que saldrán a las calles de nuestras ciudades y pueblos. Me gustaría poder ayudaros a comprender el verdadero sentido de las imágenes con las que os vais a encontrar. Estoy convencido de que quizás a muchos no os voy a decir nada que no sepáis de antemano, porque la enseñanza de la Iglesia sobre este tema está más que repetida, sobre todo en el Catecismo de la Iglesia Católica. Entiendo, no obstante, que merece la pena volver a recordarla, con un sencillo resumen, en estos días previos a la Semana Santa y provocar así vuestra actitud y reflexión sobre cómo situaros ante lo que ven vuestros ojos.

1. Qué son las imágenes para los católicos.
En esta carta catequesis pretendo explicar qué son las imágenes para un católico. Y lo primero que quiero deciros, ya de entrada, es que las imágenes son un puente entre lo que vemos y el misterio que evocan; son un signo de lo divino, de lo religioso, de lo espiritual, de lo sobrenatural. Es verdad que cualquier imagen material no podrá nunca expresar plenamente lo que representa; sin embargo, lo hace intuir y percibir. Además, las imágenes nos abren el camino para un encuentro personal con Jesucristo y nos permiten incluso mantener una relación con Él. A partir del encuentro con una imagen se puede abrir el camino de la búsqueda de Dios y disponer el corazón y la mente al encuentro con Cristo.

2. La imagen de Cristo, icono por excelencia.
Como veis, siempre cito a Jesucristo como el representado por cualquier imagen sagrada. Y es que el valor y significado de toda representación religiosa tiene sentido por la Encarnación del Hijo de Dios, que inauguró una nueva relación con el Dios invisible. Todas las imágenes tienen como finalidad anunciar a la persona, el mensaje y la obra de Cristo, siendo Él el Revelador perfecto de Dios Padre y Salvador único permanente del hombre y del mundo. “La imagen de Cristo es el icono por excelencia. Las demás, que representan a la Santísima Virgen y a los santos, significan a Cristo, que en ellos es glorificado” (Compendio, n. 240). La Virgen María y los santos son los reflejos luminosos y los testigos atractivos de la belleza singular de Jesucristo. Estos reflejan, cada uno a su manera, como los prismas de un cristal, los matices del diamante, los colores del arco iris, la luz y la belleza originaria del Dios amor. De ahí que la imagen que ven nuestros ojos siempre nos lleva a encontrarnos con Jesucristo y, por Él, descubrimos la gloria de Dios. De la única y perfecta Imagen se derivan las demás imágenes.

Fue, como acabo de deciros, en la Encarnación del Hijo de Dios donde y cuando se inauguró una nueva relación de nuestro mundo visible con el invisible. Dios mismo se ha hecho ver en la carne y ha vivido con los hombres. Así nos lo recuerda Jesús: “quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14, 9). Por eso, nosotros podemos tener una idea de Dios de lo que hemos visto en Jesucristo. En realidad, las imágenes se pueden venerar, porque el Hijo de Dios, se hizo hombre y tuvo un corazón humano, un rostro humano.

3. Las imágenes traducen el Evangelio.
No obstante, para que se pueda producir un encuentro con Jesucristo a través de nuestras imágenes se tienen que dar unas condiciones que lo garanticen. El primer requisito es que en la creación y veneración de las imágenes se cuide con esmero de que traduzcan el mensaje evangélico. “Los artistas de cada tiempo han ofrecido a la contemplación y el asombro de los fieles los hechos salientes del misterio de la salvación, presentándoles en el esplendor del color y en la perfección de la belleza” (Cardenal Joseph Ratzinger, Introducción al Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica). Las imágenes están, por tanto, al servicio de la Palabra revelada de Dios, que siempre es cercana y familiar, como también lo es por las imágenes que la muestran. Palabra de Dios e imagen se iluminan mutuamente. Así nos lo enseña la historia: los cristianos para anunciar el mensaje se han servido de una manera especial de los catecismos no escritos, como la Biblia pauperum, es decir, la representada en imágenes. “Las imágenes son sermones silenciosos y libros para ilustrados por todos fáciles de entender” (San Juan Damasceno).

4. Las imágenes son vehículos para la oración y la imitación
Toda imagen expuesta a nuestra veneración tiene como último referente la Palabra hecha carne, Cristo. Contemplarla no sólo nos facilita el conocimiento de la persona y el misterio que la imagen representa, sino que también irradia su presencia y nos invita a un encuentro y a una comunión vital. De hecho, si la imagen nos presenta el misterio de Cristo, también nos conduce hacia Él, para que le podamos alcanzar con la alabanza y la súplica. Por el misterio de la Encarnación de Cristo, las imágenes nos ponen ante la gloria misma del Dios viviente que escucha nuestra oración; son una preciosa ayuda para la plegaria. “La belleza y el color de las imágenes estimulan mi oración. Es una fiesta para mis ojos, del mismo modo que el espectáculo del campo estimula mi corazón para la gloria de Dios” (San Juan Damasceno en el siglo VIII). Las imágenes ofrecen a los creyentes un tema de reflexión y ayuda para entrar en contemplación y en oración ante las escenas de la pasión de Cristo que pueden ver sus ojos; incluso en medio de la calle se puede producir un encuentro íntimo con la persona de Jesucristo.

Al entrar en comunicación con ellas, también las imágenes facilitan, como es natural, nuestra imitación de Cristo. Cuánto más frecuentemente se detienen los ojos en las imágenes, tanto más se aviva y crece en quien lo contempla el recuerdo y el deseo de lo que allí está representado para nuestra salvación. Lo que sí hemos de tener claro es que una imagen no se venera por ella misma, sino por lo que representa; el honor se le tributa no a la imagen sino a quien esa imagen nos acerca para que podamos conocerle, amarle e imitarle.

5. Lo que la Iglesia dice sobre las imágenes.
Esta breve síntesis de la doctrina sobre las imágenes recoge la enseñanza de la Iglesia, que naturalmente ha ido evolucionando poco a poco a lo largo de la historia de la Iglesia. Antes de llegar a unos criterios claros que se convirtieran en norma para todos, hubo que solucionar, poco a poco, algunas cuestiones doctrinales de suma importancia para comprender si era plausible o no venerar las imágenes. Si las imágenes se apoyan en el misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, antes naturalmente hubo que esclarecer la relación del Hijo con el Padre; y, una vez resuelto eso, hubo que establecer la relación de las tres divinas personas en la Trinidad de Dios. Sólo una vez desvelado por la teología ese misterio de fe, se puede hacer el recorrido que va desde la imagen, pasando por el encuentro con el Hijo, acompañados por el Espíritu, hasta llegar al mismo Dios invisible.

Así lo definió en el segundo Concilio de Nicea, celebrado del 24 de septiembre al 23 de octubre del año 787, siendo Papa Adriano I: “Definimos con todo rigor e insistencia que, a semejanza de la figura de la cruz preciosa y vivificadora, las venerables y santas imágenes, ya pintadas, ya en mosaicos o en cualquier otro material adecuado, deben ser expuestas en las santas iglesias de Dios, sobre los diferentes vasos sagrados, en los ornamentos, en las paredes, en los cuadros, en las casas y en las calles; tanto de la imagen del Señor Dios y Salvador nuestro Jesucristo, como de la Inmaculada Señora nuestra, la Santa Madre de Dios, de los santos Ángeles, de todos los Santos y justos” (Directorio sobre la Piedad popular y la liturgia, 238). Espero que con lo que os acabo de decir tengáis criterios para conocer lo esencial sobre el valor y el sentido de nuestras imágenes y, sobre todo, para saber cómo hemos de relacionarnos con ellas.

6. Errores a evitar sobre las imágenes.
Considero, además, que es también muy importante que conozcáis en lo que se refiere a las imágenes algo de lo que ha sido problemático a lo largo de la historia de la Iglesia hasta nuestros días. Los concilios y la teología fueron matizando de diversas maneras el sentido de las imágenes, siempre buscando la autenticidad doctrinal y devocional, y situándolas en la misión evangelizadora de la Iglesia. Es, por tanto, necesario que cuantos tengan alguna responsabilidad en los modos de presentarlas eviten reducciones y alteraciones que induzcan a errores e incluso a supersticiones. Se deben evitar, por ejemplo, las comparaciones entre imágenes sagradas; la excesiva preocupación por el deleite estético por encima de su mensaje espiritual y religioso; el promover un humanismo antropológico de las imágenes que las aleje de su sentido espiritual; el incidir en su carácter cultural y folclórico, aunque siempre es bueno que lleven la huella de la propia cultura.

7. El respeto a las imágenes.
En fin, el culto de las imágenes bien orientado está destinado a dejar huella en sus devotos. Ellos las identifican y también se identifican con cada una de sus devociones. Se puede muy bien decir que cada imagen refleja, además de la vida de Jesucristo, la vida espiritual de infinidad de fieles cristianos. Las imágenes se llevan en la memoria y en el corazón de tal modo que calan en lo más íntimo y querido de los devotos. Por eso, en el fondo, son el rostro de nuestra intimidad espiritual.

Cualquier imagen debe ser respetada por ella misma y por lo que significa para aquellos que las veneran con devoción. El que intencionadamente ofende una imagen, ofende a los devotos. Pero, sobre todo, se ofende, cómo no, al misterio que representan las imágenes, aunque quizás algunos sin responsabilidad por no saber a quién se está ofendiendo, como sucedía con los que crucificaron a Jesucristo. Naturalmente, cuando estos hechos suceden, la reacción de los cristianos siempre ha de estar a la altura y en consonancia con el mensaje y los sentimientos que emanan de la imagen bendita a la que se ha faltado al respeto. Por eso, por nuestra parte, además de exigir el derecho fundamental de que sean respetados nuestros sentimientos religiosos, hemos de ofrecer siempre el perdón, que es el culmen del amor que nace del corazón de Cristo, el perdón es siempre una gracia. En circunstancias como las aludidas, nunca hemos de olvidar que ya en la cruz el ofendido nos enseñó a cómo responder ante quien nos ofende en Él y por Él.

8. La devoción a las imágenes y la fe.
Es necesario, por eso, que las actitudes interiores ante una imagen sean la consecuencia de una confesión de fe. La relación de un cristiano con ellas se mueve en un clima de fe. En realidad, lo más importante es siempre la relación entre las imágenes y la fe de los creyentes. Estar ante una imagen de Jesús, de la Santísima Virgen o de los santos necesita un clima humano, cultural y, sobre todo, espiritual, que haga posible un verdadero encuentro de fe que transforme y dé un nuevo horizonte a la vida. Es por eso que la relación con una imagen necesita de la gran riqueza de la piedad popular. Y ya sabemos que cuando nos referimos a la piedad popular pensamos en la manera particular que tiene una porción del Pueblo cristiano de traducir en su vida el Evangelio según su genio propio, dar testimonio de la fe recibida y enriquecerse interiormente.

El sentido evangelizador de las imágenes.
Por eso, puede decirse que en la piedad popular «el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo». La historia nos muestra el uso evangelizador de las imágenes. La piedad popular es la verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios. Se trata de una realidad en permanente desarrollo, en la que el Espíritu Santo es el agente principal. En la piedad popular puede percibirse el modo en el que la fe recibida se encarnó en una cultura.

Aunque en algún tiempo esto fue mirado con alguna desconfianza, últimamente ha sido objeto de revalorización en las décadas posteriores al Concilio Vaticano II. Pablo VI en su Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi le dio un impulso decisivo. En ella explica de un modo bellísimo y certero que la piedad popular “refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer” y que “hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe” (n. 48). También el Papa emérito Benedicto XVI, ya más cercano a nuestro tiempo, señaló que se trata de un “precioso tesoro de la Iglesia católica” y que en la piedad popular “aparece el alma de los pueblos”, refiriéndose en este caso a los latinoamericanos (cf. Discurso de inauguración de la Conferencia de Aparecida, 13 de mayo de 2007, n. 1).

 

9. En el clima de fe de la piedad popular.
El Papa Francisco insiste de nuevo en recordar el valor de la piedad popular en Evangelii Gaudium y dice de ella que se trata de una verdadera espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos y una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros (cf. EG 124). Recuerda, además, sus posibilidades ante el proyecto pastoral de Iglesia en salida que nos propone. Dice de la piedad popular: “conlleva la gracia de la misionariedad, del salir de sí y del peregrinar” (EG 124).

Por eso el Papa da pautas pastorales para acompañarla debidamente: “Ante esta realidad -dice Francisco- hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar. Sólo desde la connaturalidad afectiva que da el amor podemos apreciar la vida teologal presente en la piedad de los pueblos cristianos, especialmente en sus pobres. Quien ama al santo Pueblo fiel de Dios no puede ver estas acciones sólo como una búsqueda natural de la divinidad. Son manifestación de una vida teologal animada por la acción del Espíritu Santo que ha sido derramada en nuestros corazones” (EG 125).

En esta referencia excepcional de Evangelii Gaudium, Francisco continúa afirmando con rotundidad que la piedad popular es fruto del Evangelio inculturado, en el que subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar; de hacerlo sería desconocer la obra del Espíritu Santo. Por eso, insiste en que estamos llamados a alentarla y fortalecerla para profundizar el proceso de inculturación, que es una realidad nunca acabada; al contrario, en este contexto de secularización en el que nos movemos estamos llamados a hacerla de nuevo. Para eso, antes hemos de aceptar que las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y que, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización.

Las imágenes son, por tanto, predicación evangélica. No podemos olvidar que en ellas se muestra la “religión del pueblo” (cf. EG 126) naturalmente del pueblo de Dios, del pueblo cristiano, del pueblo que encarna los valores a los que hizo referencia Evangelii Nuntiandi. Este último calificativo de la piedad popular como lugar teológico es tan importante y llama tanto a la responsabilidad, de un modo especial en nuestra tierra andaluza, que de ninguna manera puede pasar desapercibido para cuantos se mueven en este ámbito de manifestación de la vida cristiana.

10. Las imágenes en los desfiles procesionales.
No quiero terminar esta reflexión sobre nuestras imágenes sin situarlas allí donde se hacen presentes, en especial en la celebración de la Semana Santa, en los desfiles procesionales. Lo dicho sobre ellas hay que situarlo, sobre todo, en el entorno de nuestras Hermandades y Cofradías, que son las responsables de llevar a la calle a nuestras veneradísimas imágenes, en la variedad, riqueza y belleza que representan los pasos de nuestros desfiles procesionales. Es necesario recordar que, del mismo modo que las imágenes, también las procesiones se han de inspirar en la Biblia y, por supuesto, en la liturgia, la Palabra que se celebra. Cuando manifestamos nuestras imágenes hemos de ser muy conscientes del acontecimiento salvífico al que se refieren y, por supuesto, a su actualización en la liturgia de la Iglesia. En la calle van con las imágenes los que en la intimidad y en comunidad viven su fe en torno a ellas y las celebran en sus parroquias. No puede haber unos cristianos para la calle y otros para los templos. Por eso, los cofrades se han de preparar interiormente en los cultos litúrgicos y celebrar los acontecimientos pascuales que han de llevar, en nombre de sus comunidades parroquiales, por las calles del pueblo o la ciudad.

Toda procesión es siempre un signo de la condición de la Iglesia, pueblo de Dios en camino, que, con Cristo y detrás de Cristo, marcha por las calles del mundo, en medio de la vida de la sociedad civil, siempre en actitud de salida para anunciar el Evangelio de la salvación. Por eso, el pueblo que acompaña a las imágenes ha de manifestar que es Iglesia, que sirve en la Iglesia y en ella alimenta su fe por la escucha de la Palabra de Dios; por la gracia que recibe en la vida litúrgica y, en especial, en los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación; por el amor y la comunión de vida y compromiso que manifiesta en las relaciones corresponsables con todos los miembros de la comunidad en la que habitualmente comparten fe y vida; por el ejercicio de la caridad que todos realizan a favor de los pobres, en los que ven a Jesucristo y en los que saben encontrar y servir durante el año en sus necesidades y, naturalmente, por el testimonio de su fe en medio del mundo. Las Hermandades y Cofradías están compuestas fundamentalmente por laicos cristianos en medio del mundo.

11. Reconociendo a Cristo en la Iglesia.
Sólo reconociendo a Cristo en la Iglesia y, con ella, en los pobres y marginados, se tiene legitimidad para mostrarlo como Aquel que ha de ser reconocido, amado y servido. No olvidemos nunca que una procesión ha de manifestar siempre un modo de vida alternativo, el que Cristo vino a traer al mundo, el del Reino de Dios. En las procesiones camina un pueblo unido que ha de constituir en la sociedad un clima nuevo, el del Evangelio, que es de fraternidad, de solidaridad, en definitiva, de caridad. Esa era la intención de Dios al enviar a su Hijo: hacer del mundo su reino, sembrado de valores que le den al hombre paz, felicidad, en definitiva, salvación. Las procesiones no sólo provocan sentimientos, hacen también una propuesta moral que invita a crecer en fidelidad al estilo de vida del Evangelio.

No siempre, sin embargo, esto se hace así. Por eso, la Iglesia, que alienta pastoralmente las manifestaciones de la piedad popular, llama también la atención sobre los peligros que a veces encierra un mal uso de lo sagrado: sobre todo cuando lo hacemos al estilo que se aleja del misterio que le da sentido. Por eso, advierte sobre el peligro de promover devociones olvidando que el verdadero cauce querido por Dios para comunicarnos su gracia y encontrarse con nosotros son los sacramentos. Y le entristece que se ponga más fuerza e interés en las manifestaciones externas, en formas y actitudes, que en las disposiciones interiores desde las que hay que acercarse a las que son manifestaciones de fe del pueblo cristiano. Le duele mucho que se puedan convertir las procesiones en un mero espectáculo, a veces sin conexión alguna con el misterio que se celebra, el de la muerte y resurrección de Cristo, corazón de la fe.

Las imágenes han de llevar a nuestras calles los valores más genuinos del Evangelio, los que identifican a Jesús y el misterio de su vida, pasión, muerte y resurrección: la pobreza, la sencillez, la austeridad, la solidaridad, el servicio, la entrega, la sanación, el consuelo, la misericordia, la esperanza, la salvación, el amor y la alegría. Las imágenes han de poner el Evangelio en nuestras vidas: “conviene manifestar siempre el bien deseable, la propuesta de vida, de madurez, de realización, de fecundidad, bajo cuya luz puede comprenderse nuestra denuncia de los males que pueden oscurecerla” (EG 168). En fin, cuando una imagen inspirada por la fe se ofrece al público, en el marco de una función religiosa, se revela como un camino de evangelización y de diálogo.

12. Al servicio de una bella catequesis.
Termino esta reflexión que acabo de hacer para vosotros, pero no sin antes decir algo sobre la aportación de las imágenes a una bella catequesis sobre los misterios de la fe. Me hago eco de la historia de la presentación catequética de la fe, que siempre supo justamente utilizar este medio como una forma de catequesis. Cuidad mucho lo que se hace con nuestras imágenes y poned todo el esmero en cómo lo hagáis. Me refiero ahora a la belleza sencilla y austera que tanto ennoblece nuestra Semana Santa giennense. Prestad, sobre todo, atención al «camino de la belleza» (via pulchritudinis) en la catequesis que presentamos en nuestras calles; ese es un buen camino para expresar el misterio de Dios y del hombre y, por tanto, para llegar al corazón de la gente.
Anunciar a Cristo significa mostrar que creer en Él y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas y dificultades de la vida. ¡Cómo alegra y consuela una Pasión y una Cruz bien y bellamente mostrada! Todas las expresiones de verdadera belleza pueden ser reconocidas como un sendero que ayuda a encontrarse con el Señor Jesús. Si, como dice san Agustín, nosotros no amamos sino lo que es bello, el Hijo hecho hombre, revelación de la infinita belleza, es sumamente amable, y nos atrae hacia sí con lazos de amor. Solo así podremos ser alegres mensajeros de propuestas superadoras, custodios del bien y la belleza que resplandecen en una vida fiel al Evangelio (cf. EG 187).

13. Un consejo para el encuentro con las imágenes.
A modo de ejemplo de cómo entrar en contacto con nuestras imágenes ofrezco un extracto de algo que acabo de escribir para el seguimiento de las procesiones de la Semana Santa giennense: “Si se despierta en ti algún interés por entrar en contacto con algunas de las imágenes que procesionan por nuestras calles, no lo dudes PONTE EN CAMINO. Merece la pena dejarse llevar, no caminas sin rumbo, pero ORIÉNTATE bien; notarás enseguida que en el ritmo de tus pasos algo te lleva a BUSCAR. Cuando llegues frente a la imagen, ENCUENTRA. Ya sabes que encontrar es reconocer, es saltar de alegría, es estar con el amigo deseado. Lo has logrado, estás con el Amor, estás con quien te ama. Y si puedes, ve más allá e INTERPRETA, haz una buena composición de la escena de la Pasión que contemplas. Procura ver lo que el verdadero escultor de las imágenes, el Espíritu Santo, te quiere decir, y descubre que frente a ti está Jesucristo mismo, bien acompañado por su Madre Santísima y por otros testigos que participaron, en su entrega de amor. RECUERDA ahora lo que has escuchado a lo largo de tu vida: que Jesús se te ofrece para entrar en tu vida y salvarte. Y ahora sí, REZA, porque, mientras tú hablas y le abres tu vida y le cuentas lo que te duele del mundo con sus problemas, el Misterio que contemplas, que lleva el nombre de Jesús, siempre escucha, abre su mano, te acaricia y con ternura amorosa se pone a tu lado y te dice con un tono que sólo él puede poner: “comparto contigo todo lo que llevas en el alma”.

14. Nos sitúan en el camino de la Pasión de Cristo.
Si sigues este itinerario que te recomiendo, te aseguro que algo va a cambiar en ti. Te ayudará a encontrarte con Jesús, a contemplar y a hablar con su Madre, la Virgen María. Y estoy seguro de que también te situarán en el camino de Pasión del Hijo de Dios, cualquiera de las imágenes de los apóstoles y de los otros personajes que en ella intervinieron. Todos colaboraron en este Misterio de una Cruz salvadora en la que se muestra el amor de Dios.

Si me lo permites, déjame caminar contigo. Rezaré por ti, reza tú por mí.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Tue, 20 Mar 2018 14:28:16 +0000