Jaén Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Sun, 17 Dec 2017 06:17:53 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es “Adviento olivarero” http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/41801-“adviento-olivarero”.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/41801-“adviento-olivarero”.html “Adviento olivarero”

Carta del obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez

En estos tiempos no es fácil encontrar el clima que se necesita para vivir el Adviento. Aunque ya hay por todas partes signos que hablan de él o de algo que se le parezca, sin embargo, siendo estos llamativos, luminosos y en algunos casos hasta bellos, no aciertan a tocar lo esencial del significado de este tiempo; pero es lo que hay. Los cristianos, sin embargo, sí hemos de saber encontrar lo que realmente se celebra en medio de todo lo que nos anuncian los centros comerciales y también las luces de la ciudad, aunque, estas sí, suelen actuar más a tiempo con nuestro periodo de Adviento.

Para encontrar el verdadero significado de este tiempo de espera, necesitamos hacer algo importante y necesario: hemos de entrar de lleno en nosotros mismos y en la vida de la Iglesia, aunque sin dejar de mirar hacia el exterior, porque no hay interioridad verdadera sin que se refleje en la fraternidad con aquellos en los que el Señor se nos hace presente. En efecto, en Adviento necesitamos intimidad espiritual; hay que ilusionarse con encontrar a Aquel que está entre nosotros con una presencia muy activa en beneficio nuestro; aunque aún sea una presencia que es un Sí, pero todavía No.

A ninguno de nosotros se nos oculta que la Navidad es celebrar lo que desde la primera vez sigue cada día sucediendo: la presencia encarnada y salvadora de Jesucristo, que es ahora resucitada y está a la derecha del Padre hasta su vuelta definitiva al final de los tiempos. Esa es nuestra buena noticia. Por eso nuestra vida cristiana es siempre un Maranatha (ven Señor Jesús). Celebrar el Adviento significa despertar de nuestro sueño para actualizar esa presencia maravillosa de Dios en nosotros. Hemos de aprender que no hay alegría más luminosa para el hombre y para el mundo que la gracia que ha aparecido en Cristo Jesús, el Señor.

Una vez que el Adviento se asienta en nosotros, a cada uno se nos encomienda que, por medio de nuestra fe, esperanza y amor hagamos presente en el mundo a Jesucristo encarnado y salvador. Sobre todo, se nos pide que hagamos brillar su luz en las noches oscuras de cada otoño de nuestra vida y de la vida del mundo. No les falta razón a los que entienden que el Adviento y la Navidad son, sobre todo, luz. De ahí que en la intimidad interior de cada uno de nosotros hemos de poner luz, porque seguramente habrá muchos rincones que necesiten encontrar la luz de la gracia. Por eso, no lo olvidemos: el mejor encendido de nuestra vida, en estos días de luz navideña, será el que nos ilumine con la luz de Cristo, que cambia nuestro pecado, cualquier pecado, en gracia. Eso es imprescindible. Porque si andamos como hijos de la Luz atraeremos hacia su resplandor.

La luz de Cristo quiere también iluminar la noche del mundo por medio de nosotros. Por eso, en el Adviento hemos de invocar la presencia misteriosa y salvadora de Jesucristo, luz del mundo. “Luz que te entregas, Luz que te niegas; a tu busca va el pueblo de noche, ilumina sus sendas”. Aprovechemos pues el Adviento, que no es largo, pero sí es muy intenso, para encontrar la luz con la Palabra de Dios y con el testimonio de Juan el Bautista y de María, la Madre del Mesías esperado. El Adviento es tiempo oportuno para darle una buena dirección a nuestra mente y a nuestro corazón y así disponernos para percibir la presencia de Dios, por Jesucristo, en el mundo concreto en el que vivimos.

Como habréis podido comprobar he titulado esta carta como “Adviento olivarero”. Nuestro Adviento será una oportunidad para descubrir que Dios se hace presencia entre nosotros en unas circunstancias muy especiales: mientras estamos ocupados en sacarle lo mejor a nuestras olivas. Y cuando digo lo mejor, lo digo en todos los sentidos. Como dice nuestro poético himno, el paisaje de nuestra tierra nos configura, nos hace “aceituneros altivos”. Este calificativo se ha convertido en un emblema para nuestra sensibilidad y, por supuesto, también lo ha de ser para la sensibilidad de los cristianos giennenses.

Con él se nos invita a levantarnos ante todo lo que impida nuestra dignidad, que siempre tiene su raíz opresora en el pecado. El Adviento es un estímulo para levantar la cabeza ante todo lo que nos impida esclarecer el misterio del hombre, la verdad más auténtica del ser humano; esa verdad que siempre se autentifica en el misterio de Jesucristo.

Esperar a Jesucristo, en efecto, nos hará mejores a cada uno de nosotros; y así hará mejor todo lo que hagamos en esta recogida otoñal del fruto de nuestros sesenta y seis millones de olivos. Este Adviento olivarero nos ha de hacer, por supuesto, más felices, pero también más dignos, más justos, sobre todo en el modo de ejecutar este trabajo temporero que tiene tantos matices, en posibilidades y bienes, pero también en justicia social y solidaridad. Si Dios anda entre las olivas, nuestro Adviento se encaminará hacia la Navidad que todos deseamos: la que nos dé el mejor aceite para nuestro cuerpo y nuestra alma.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Wed, 06 Dec 2017 11:45:25 +0000
Somos una gran familia contigo http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/41172-somos-una-gran-familia-contigo.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/41172-somos-una-gran-familia-contigo.html Somos una gran familia contigo

Carta pastoral del obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez, con motivo del Día de la Iglesia diocesana 2017

Queridos diocesanos:

Un año más, vuestra Iglesia, la que os ha visto nacer a la fe, la que os ha acompañado en vuestro crecer en la vida cristiana, la que ha estado a vuestro lado mientras os hacíais hombres y mujeres que asumían su vocación en cualquiera de las llamadas que el Señor os haya hecho, os dice que cuenta con vosotros y vosotras en el día a día de su misión. Por eso, el mensaje que en este año nos dirige, en el Día de la Iglesia Diocesana, pone toda su fuerza en el “contigo”.

En efecto, ese “contigo” somos tú y yo, somos todos los que a partir del bautismo nos cobijamos en una familia común, la gran familia de la Iglesia. Nosotros, en la que vive en Jaén. Es verdad que, como sucede en toda familia humana, no todos vivimos los lazos de la misma manera y con la misma intensidad; pero todos, sean como sean nuestros vínculos, sabemos que esta familia, que es nuestra Iglesia, está siempre disponible, desde que nacemos hasta el mismo día, la misma hora de nuestra muerte.

En esta familia, lo sabéis muy bien, el centro es Jesucristo; en torno a Él y entorno a lo que el mismo Dios nos va dando con su amor en la rica y fecunda vida de la Iglesia, cada uno de nosotros va experimentando la belleza, la alegría, la paz, la fraternidad que va construyendo en nuestras relaciones familiares. En realidad, todo el bien de la Iglesia se fecunda en la misión que cada uno de nosotros realiza en ella y todo se hace entre todos: los sacerdotes, los consagrados y los laicos cristianos, inmensa mayoría de esta familia, la que desarrolla su vocación en medio del mundo.

Tu Iglesia, la de Jaén, en la que vives y en la que te sientes en la gran familia de la Iglesia universal, tiene un pastor, que, en el nombre del Señor, te convoca, te anima, te reúne, te envía y hace de padre en la fraternidad familiar. El que ya conocéis, después de un año entre vosotros, como vuestro Obispo Amadeo, os dice a cada uno: SOMOS UNA GRAN FAMILIA CONTIGO. Pero, al escribirlo, quiero poner el acento en el “contigo”, porque, como en todas las familias, el conjunto no anula nunca el afecto personalizado de los padres. Tú, tú y tú, con tu nombre, con tu vida, con tu fe, con tu responsabilidad, tienes que construir el clima de fraternidad y de servicio que la Iglesia ha de vivir y mostrar.

La gran familia de la Iglesia se consolida, sobre todo, en el compartir, que siempre es para servir. La Iglesia, la tu Diócesis, no quiere nada para sí misma, si te pide que compartas bienes espirituales, valores morales o ayudas materiales, es para convertirlo todo en misión: es para colaborar en la transmisión de la fe, es para fortalecer el testimonio de la vida cristiana, es para servir a los pobres. Por eso, cuando te digo que somos una gran familia contigo, te digo que te muestres generoso, generosa, que de lo tuyo, de lo que necesitas para ti, dediques una parte al bien común de tu Iglesia; que es el bien de la persona, de la sociedad, del mundo, de los pobres. Sólo contigo se sostiene a los que han entregado su vida al servicio de la Iglesia; sólo contigo se llevan hacia adelante las acciones catequéticas y formativas de la acción evangelizadora; y sólo contigo, tu familia, la Diócesis, se muestra generosa en el mandato que ha recibido de Jesucristo de atender a los pobres. Gracias, porque sé, como se comprueba cada día, que en esta Iglesia de Jaén no se necesita insistir mucho en generosidad.

En este año tan especial para nosotros, en el que desde la guía de nuestro Plan de Pastoral nos estamos afianzando en una vida en comunión, os animo especialmente a insertaros afectiva y efectivamente en la gran familia que somos todos los que compartimos fe y vida en nuestra Iglesia Diocesana de Jaén, la del Santo Reino. Nuestra inserción estará motivada siempre porque nos sentimos corresponsables en ella.

El Obispo Amadeo, padre de esta gran familia, cuenta contigo.

Jaén, 12 de noviembre de 2017

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Tue, 07 Nov 2017 12:37:17 +0000
Servidores con Cristo diácono http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/41145-servidores-con-cristo-diácono.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/41145-servidores-con-cristo-diácono.html Servidores con Cristo diácono

Homilía de Mons. Amadeo Rodríguez, Obispo de Jaén, en la ordenación de diáconos

Servidores con Cristo diácono
1. Ante todo, quiero dejar constancia de mi alegría y mi esperanza al celebrar, por primera vez, una ordenación en la Santa Iglesia Catedral de Jaén, mi amada Sede. Hoy, estos tres jóvenes, Cándido, Jesús y Pepe, son para todos nosotros causa de nuestra alegría. Me hace feliz que en esta acción sacramental llegue a buen puerto todo lo que el Señor ha ido haciendo en ellos. Pero tengo también la esperanza de que con ellos se abran puertas nuevas en el servicio de la Iglesia en el mundo, en este tiempo y en esta tierra. Espero de los tres que le den una impronta nueva al discípulo de Jesús, la del sueño misionero de llegar a todos que mueve nuestro plan pastoral.
2. Dicho esto, quiero comenzar mi homilía dirigiéndole a los candidatos al diaconado las palabras entrañables que hemos escuchado de Pablo a los Colosenses; entiendo que son imprescindibles en la configuración con Cristo: “revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia... y, por encima de todo, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección”. Recordad, en efecto, que la santidad es la vocación a la que el Señor os llamó, esa es vuestra meta.
3. Desde vuestro bautismo, el Señor ha ido haciendo grandes cosas en vuestra vida, y la ha preparado para el sacramento que vais a recibir esta mañana. El diaconado viene precedido de un largo camino en el que, con el genio del Espíritu Santo, se ha ido esculpiendo en vuestro corazón, por el cincel de la Iglesia diocesana, la única artesana llamada a realizar esta obra, esa identidad que necesitabais para este nivel del Sacramento del Orden. Como decía San Gregorio Nacianceno, siendo él joven sacerdote: “Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido antes de empezar a instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar”.
Ese desarrollo de la vocación bautismal tiene unos objetivos de vida: los apuntaba el Papa Francisco dirigiéndose justamente a los diáconos: “Si evangelizar es la misión asignada a cada cristiano en el bautismo, servir es el estilo mediante el cual se vive la misión, el único modo de ser discípulo de Jesús. Su testigo es el que hace como él: el que sirve a los hermanos y a las hermanas, sin cansarse de Cristo humilde, sin cansarse de la vida cristiana que es vida de servicio” (Roma, 29 de mayo de 2016). Pues bien, ese tono santificador os ha preparado para entrar en el diaconado.
4. Hoy, como sabéis muy bien, recibís una gracia especial del Espíritu Santo para actuar en nombre de Cristo servidor. Recibís un sello “que nadie puede hacer desaparecer y que os configura con Cristo que se hizo diácono, es decir, el servidor de todos” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1570). Nunca dejaréis de ser lo que hoy va a conformar vuestra vida. El Evangelio que nos ha sido proclamado da la clave fundamental de este ministerio: seréis servidores en el servicio de Cristo, que no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar la vida en rescate por muchos. El diácono es ministro de un modo de ser de Cristo, el del servicio. Por esta ordenación, vuestra vida se reviste de los mismos sentimientos de Cristo, que se despoja de su rango y se hizo semejante a los hombres, tomando la condición de esclavo (cf. Fl 2,6ss). Dejaos, por tanto, revestir por la gracia sacramental de la imagen de Cristo diácono, la que Juan en su Evangelio nos muestra lavando los pies de sus discípulos.
En Cristo servidor se conforma “el ser” del diácono. Pero al ser sigue el hacer, el servicio. Ser y hacer en el diaconado han de ir siempre unidos, ambos necesitan fecundarse en el amor a Cristo y en el amor a los pobres. No lo olvidemos nunca: el ser cristiano, diácono o sacerdote reclama siempre de nosotros el compromiso del servicio, porque esas experiencias sacramentales nos identifican con Cristo.
5. La tradición de la Iglesia ha entendido siempre el diaconado en Cristo servidor. Lo que los apóstoles buscaban con la decisión de elegir, bajo la acción del Espíritu Santo, a siete hombres de buena reputación para encomendarle el servicio de las mesas (cf. Hch 6,1-6) era que el servicio a los pobres no perdiera fuerza y dedicación en el ministerio que Jesús les había confiado. Habéis nacido, pues, para ser memoria permanente de que el servicio a los pobres y marginados pertenece a la esencia de la misión que Jesucristo encomendó a sus apóstoles, a la Iglesia.
6. De cualquier modo, de todos es sabido que la primera obra de caridad que hemos de hacer a nuestros hermanos será mostrarles el camino de la fe. Como dijo San Juan Pablo II: “el anuncio de Jesucristo es el primer acto de caridad hacia el hombre, más allá de cualquier gesto de generosa solidaridad” (Mensaje para las migraciones, 2001). Por eso, el ministerio que se os va a encomendar os convierte también en servidores de la Palabra de Dios, que habréis de proclamar de un modo creíble. Cuando os entregue el Evangelio os diré: “convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo y cumple aquello que has enseñado”. Dejaréis que la Palabra pase por vuestros ojos, al leerla, por vuestros oídos, al escucharla, por vuestra inteligencia, al estudiarla y por vuestra alma, al contemplarla; por toda vuestra persona, al asimilarla y hacerla vida.
Para este ministerio, que os ha de acercar a todas las pobrezas, recuerdo unas bellísimas palabras del Papa Benedicto XVI a los seminaristas en la Catedral de la Almudena: “Pedidle, pues, a Él que os conceda imitarlo en su caridad hasta el extremo para con todos, sin rehuir a los alejados y pecadores, de forma que, con vuestra ayuda, se conviertan y vuelvan al buen camino. Pedidle que os enseñe a estar muy cerca de los enfermos y de los pobres, con sencillez y generosidad. Afrontad este reto sin complejos ni mediocridad, antes bien como una bella forma de realizar la vida humana en gratuidad y en servicio, siendo testigos de Dios hecho hombre, mensajeros de la altísima dignidad de la persona humana y, por consiguiente, sus defensores incondicionales.”
7. Otro rasgo de vuestro servicio como diáconos lo encontramos en la Eucaristía, en el servicio del altar. A partir de ahora, acompañaréis al obispo y a los presbíteros en la celebración eucarística. Colaborando con el Obispo y el sacerdote, sois servidores del “misterio de la fe”, que es misterio de amor y de servicio. La Eucaristía es expresión del amor entregado y servidor de Jesucristo, por eso el servicio cristiano encuentra su fuente en el sacrificio eucarístico. Se dice, con razón, que la gracia sacramental de la Eucaristía lleva siempre a incrementar el amor. Adorad a Cristo en el servicio eucarístico que vais a ejercer y recordad que sólo se adora en el amor.
8. El servicio a los pobres, a la Palabra y a la Eucaristía son las manifestaciones del ministerio del diácono, pero os recuerdo de nuevo, y se lo digo también al pueblo de Dios que os acompaña, que todo el servicio de la diaconía se sustenta en una sólida espiritualidad, como os lo va a advertir la plegaria de ordenación: un estilo de vida evangélica, un amor sincero a Dios y a los hermanos, solicitud por los pobres y enfermos, una autoridad discreta, una pureza sin tacha y una observancia de las obligaciones espirituales.
9. Para alimentar esa espiritualidad vais a asumir unos compromisos que os van a ayudar a mantenerla siempre sólida y viva. Uno es la Liturgia de las Horas, a cuyo rezo asiduo os vais a comprometer en las promesas que enseguida haréis ante mí y ante el pueblo cristiano que hoy asiste gozoso a este rito de ordenación. El rezo de la Liturgia de las Horas es expresión del espíritu de oración que os ha de caracterizar; por él iréis creciendo día a día en intimidad con Jesucristo y en solicitud servidora por el Pueblo de Dios, por el que habréis de rezar.
10. Otro compromiso que contraéis es el celibato. Por el don del celibato os convertís en unos “donados”, como ha dicho la Palabra de Dios de los levitas. El celibato os convierte en testigos de la consagración del Hijo de Dios a la voluntad de su Padre. Ser célibes con humildad, madurez, alegría y entrega, es una grandísima bendición para la Iglesia y para la sociedad misma; y estoy seguro de que también es una bendición para vosotros. El celibato os enriquece como personas, y hace especialmente fecunda nuestra vida para amar y servir. El pueblo de Dios que hoy os acompaña y contempla con afecto y orgullo ha de saber que, para servirles, acabáis de comprometeros a vivir célibes. Y, sobre todo, han de saber que lo habéis hecho por amor.
Cada célibe por el Reino de los cielos ha de mostrarse como un esposo enamorado, que se ha comprometido con la Iglesia para dar vida, para engendrar, educar y hacer crecer vidas. A este respecto, os cuento una bella historia que me contaron de un sacerdote. Don Emeterio, que así se llamaba, fue ordenado de presbítero durante la guerra civil española, en 1938 en zona republicana, en Toledo, concretamente. Sus padres vivían en Plasencia, que era zona nacional. Por razones obvias, la comunicación con sus padres era muy difícil y comprometida, sobre todo por el peligro de que alguien les abriese las cartas. Por eso comunicó su ordenación sacerdotal a sus padres de esta manera: “el día 18 de septiembre me caso con la novia de siempre”. Hermosa anécdota, ¿verdad? Pues bien, esto sucede hoy con estos tres jóvenes: se casan con la novia de siempre.
11. Queridos Cándido, Jesús y Pepe, ante el pueblo cristiano y sobre todo ante el presbiterio diocesano, os invito a que situéis en la Iglesia el diaconado que hoy recibís. Este es un ministerio de la Iglesia, y amarla es condición imprescindible para su ejercicio. Y, cuando digo Iglesia, evidentemente digo Iglesia universal, pero amada en aquella que la hace presente entre nosotros, amada con el alma y el rostro de nuestra Diócesis de Jaén, la del Santo Reino. A vuestra Iglesia diocesana quedáis incardinados, caminad en ella en el sueño misionero de llegar a todos. Trabajad en ella, con vuestra vida y vuestro servicio, para que sea una bella reproducción del corazón de Jesucristo.
Que el Señor os bendiga y Santa María de la Cabeza os proteja siempre. Amén.
Santa Iglesia Catedral de Jaén, 4 de noviembre de 2017

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Jaén Mon, 06 Nov 2017 15:30:15 +0000
Un lema para todos: sé valiente, la misión te espera http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/40801-un-lema-para-todos-sé-valiente-la-misión-te-espera.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/40801-un-lema-para-todos-sé-valiente-la-misión-te-espera.html

Carta pastoral del obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez

Queridos diocesanos:

El mes de octubre, aunque está cargado de actividades, porque es el tiempo de poner en marcha la vida pastoral de nuestra Diócesis, seguirá siendo siempre en la Iglesia el mes del DOMUND. Aunque a lo largo del Año Litúrgico vendrán otras llamadas a tener en cuenta la actividad misionera de la Iglesia, ésta de octubre es la más especial, porque nos pone a todos en marcha en la oración y en la colaboración con la misión y con los misioneros. Se nos recuerda, de un modo especial, que la misión ad gentes es de todos y para todos: toda la Iglesia para todo el mundo. Se puede muy bien decir que en el DOMUND todos nos ponemos al mismo tiempo y unidos en “estado permanente de misión” y abrimos nuestra mirada al anuncio de la alegría del Evangelio, a todos los hombres de cualquier lugar del planeta, y de este mundo cada vez más global, al tiempo que cercano a todos nosotros.

Este año, la llamada es a salir en misión, en sintonía con la Iglesia “en salida” que el Papa Francisco nos invita a ser. Para la gran mayoría de nosotros será, sobre todo, una salida en ardor misionero solidario; porque la Iglesia en salida real a la misión es la de los miles y miles de misioneros y misioneras, laicos, consagrados y sacerdotes. Ellos son los enviados, son la Iglesia misionera sobre el terreno, están repartidos por esos territorios de misión; sin embargo, no están solos, en el envío llevan el apoyo de la conciencia y la sensibilidad misionera de todos nosotros, los que desde aquí, en nuestro caso desde la Diócesis del Santo Reino, cooperamos espiritual y económicamente con lo que los misioneros hacen.

Por eso, insisto en que es de todos, porque la misión es el corazón de la fe cristiana. Así lo recuerda el Papa Francisco en su mensaje para la Jornada Mundial de las misiones de este año 2017: «La mayoría de los bautizados viven la misión en su vida diaria, algunos son enviados por la Iglesia como misioneros; pero todos sienten la necesidad de transformar su existencia en un compromiso misionero. Se trata de “salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio”» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20).

La salida misionera no se puede hacer sin una actitud fundamental, la que recoge el lema del DOMUND de este año: “Sé valiente, la misión te espera”. La audacia y la valentía son necesarias para el compromiso misionero de la Iglesia. Sólo con la valentía se rompe al cerco que en ocasiones ponemos a nuestro alrededor, ese que nos impide ver más allá de nosotros mismos. Cada cristiano ha de romper fronteras en su fe para poder asumir el sueño misionero de llegar a todos, el sueño de dilatar poco a poco y día a día las calles del Reino de Dios, ese proyecto de hombre y de mundo que mostró el corazón de Cristo y que ha de asentarse en el nuestro. La valentía de salir, por tanto, es una cualidad imprescindible para la misión de todos.

Es posible que el lema nos lleve a mirar en exclusividad a los misioneros y misioneras. Pero no es así, el impulso de la misión es de toda la Iglesia, es de todos nosotros, es de todo el pueblo santo de Dios. Eso es lo que nos recuerdan este año las Obras Misionales Pontificias, que desde la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, llama nuestra atención y nos invita a implicarnos en esta misión esencial de la Iglesia Católica.

A nosotros, la valentía de la misión nos tiene que llevar al deseo de estar al lado de nuestros misioneros en cualquier rincón del mundo por muy recóndito que sea, y colaborando con las obras y labores increíbles que ellos realizan al servicio de la fe y de la dignidad de las personas. Os invito, por tanto, a decir en esta Jornada del DOMUND 2017: yo fui valiente, yo estuve allí, yo he apoyado económica y espiritualmente a los misioneros y misioneras en los servicios que prestan y estuve al lado de estos hombres y mujeres de fe que creen en Jesucristo y ven su rostro en el de los pobres.

Ánimo, seamos valientes y tomemos parte en la misión con nuestra ayuda económica y nuestra oración.

Con mi afecto y bendición.


+Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Tue, 17 Oct 2017 13:07:39 +0000
“Por un trabajo decente” http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/40480-“por-un-trabajo-decente”.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/40480-“por-un-trabajo-decente”.html “Por un trabajo decente”

Carta pastoral del obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez

Queridos diocesanos:

En la Carta Pastoral, con la que os he presentado nuestro Plan de Pastoral, os recuerdo que en nuestra vida cristiana no debe haber ni polarizaciones ni exclusiones: nosotros siempre llevamos a Cristo porque vivimos en Él y, por eso, en la imagen que hemos de proyectar de Jesús lo “espiritual”, lo “social” y lo “misionero” han de estar siempre armonizados. Eso significa que hemos de estar muy atentos a las situaciones y a las necesidades que vayamos descubriendo, y así podremos poner en ellas una mirada de fe. Y estas situaciones se van alternando al hilo de los acontecimientos que reclaman nuestra atención.

Digo esto en relación al argumento que me mueve a escribir esta carta. Dentro de unos días, el 7 de octubre, vamos a participar, como una llamada de nuestro compromiso cristiano, en la Jornada Mundial por un Trabajo Decente. Considero que es una gran iniciativa, porque orienta la mirada de las comunidades cristianas hacia la realidad social que viven la gran mayoría de sus miembros. Es increíble como a veces, en el contexto de la celebración eucarística, dejamos de mirar a lo que más nos duele, a los que nos reunimos en la misa dominical. Y hoy por hoy el trabajo, con esa condición de que sea decente, es probablemente la mayor preocupación humana y social de cuantos celebramos el sacramento de nuestra fe, la Eucaristía, en nuestra Diócesis de Jaén y en toda Andalucía.
Y como no quiero perderme en generalidades, aunque me consta que el trabajo es un problema que preocupa en todas las ciudades y pueblos de la Diócesis, y que son muchísimos los que se ven privados entre nosotros de ese legítimo y básico derecho, en esta ocasión quiero mirar, sobre todo, y con especial cariño, hacia Linares. Su grito es ahora el grito de todos los giennenses. Sabemos que esa gran ciudad ha sido y es noticia últimamente por sus problemas sociales, y en especial por su elevadísima tasa de paro. Tiene el triste honor de ser la ciudad con más paro de España. Desde hace años ha ido perdiendo las fuentes de trabajo que hacían de ella una ciudad laboriosa por excelencia, aunque no le faltaran dificultades.

No obstante, ese deterioro laboral, que tanto nos duele, hay que decir que Linares tiene también el ejemplar honor de ser una ciudad consciente de sus problemas: una plataforma ciudadana ha logrado un despertar de conciencias en torno al paro y a las consecuencias que el paro acarrea. En una ciudad de entorno a los sesenta mil habitantes han salido a la calle, con el lema “todos a una por Linares”, cerca de cuarenta mil personas, como decían al día siguiente los medios de comunicación. Eso es, a todas luces, un clamor que no debería caer en saco roto para aquellos que tienen la responsabilidad de tomar decisiones.

Pues bien, ahora que ya os he presentado el problema con una imagen muy real y muy nuestra, recuerdo que trabajar es un derecho básico de la persona. Es una de las tres "T" a las que con frecuencia se refiere al Papa Francisco, junto con la Tierra y el Techo. Eso significa que hemos de prestar toda nuestra atención al derecho al trabajo, pero con una exigencia imprescindible, que sea un trabajo decente; es decir, que sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer. Así definía el trabajo decente el Papa emérito Benedicto XVI en su tercera encíclica “Caritas in Veritate”. Y lo describía de ese modo: «un trabajo libremente elegido; un trabajo que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que haga que los trabajadores sean respetados; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de la familia y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores a organizarse libremente y a hacer oír su voz; un trabajo que dé espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación» (C in V, 63). Ya antes, San Juan Pablo II, en el año 2000, con motivo del Jubileo de los Trabajadores, había pedido “una coalición mundial en favor del trabajo decente”. La última llamada proviene del Papa Francisco: «Nuestro sueño vuela más alto… al trabajo libre, creativo, participativo y solidario, en el que el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida» (EG 192).

Esta es la preocupación del magisterio de los pastores, de los que tienen la misión de crear comunión en la sensibilidad de los cristianos ante los problemas más acuciantes de la sociedad. Por mi parte, como ya hice en otras ocasiones, me sumo a esta visión del trabajo por parte del magisterio de la Iglesia, para extenderla a todos vosotros. La preocupación y sensibilidad por el trabajo decente es una preocupación de todo cristiano. Por eso considero que, como Pastor de la Diócesis de Jaén, debo alentar a los sacerdotes, vuestros pastores cercanos en cada parroquia o templo donde se celebra la Eucaristía, y a todos los que participáis en la Misa del domingo, a que se haga una mención significativa y convencida, en cualquier momento en que la comunidad esté reunida, de esta preocupación de la Iglesia, o sea, de todos nosotros. Que todos seamos: #Iglesiaporeltrabajodecente.

Lo que se nos pide es interiorizar este mensaje y situarlo en nuestro compromiso cristiano; por supuesto también hemos de llevarlo a la oración, en la que compartimos con el Señor los problemas de nuestro mundo; y, naturalmente, haríamos muy bien difundiendo lo que nos preocupa entre los que hacen vida con nosotros y siendo misioneros de un mensaje que siempre nace de nuestra fe y de nuestra condición de hijos de Dios, fuente de la dignidad de todos. Y si os unís a iniciativas que se puedan promover por algunos grupos de la Iglesia, haréis también muy bien. En fin, no olvidemos nunca que el trabajo es una de las grandes preocupaciones de la Iglesia en el mundo, como nos recordó el Concilio Vaticano II en Gaudium et Spes.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Mon, 02 Oct 2017 14:32:51 +0000
Carta Pastoral en el año de la Comunión: ‘El sueño misionero está en salida y lo compartimos todos’ http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/40278-carta-pastoral-en-el-año-de-la-comunión-‘el-sueño-misionero-está-en-salida-y-lo-compartimos-todos’.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/40278-carta-pastoral-en-el-año-de-la-comunión-‘el-sueño-misionero-está-en-salida-y-lo-compartimos-todos’.html

Carta del obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez

I POR LA SENDA DE LA CORRESPONSABILIDAD

Compartamos la gratitud

Me he sentido invitado a poner por escrito algunas reflexiones sobre el camino que estamos haciendo hacia el sueño misionero de llegar a todos. En efecto, la invitación a escribir esta Carta Pastoral me ha venido, sobre todo, de vuestros mensajes, los que me enviasteis desde las Asambleas Arciprestales, en los que queríais compartir conmigo un mismo sentir y, además, como he podido comprobar, con una misma ilusión pastoral. Eso es, al menos, lo que he podido deducir de cuanto me habéis comunicado.

Quiero agradeceros, de un modo especial, vuestra gratitud, según me decís, por haberos llamado a todos a participar en la elaboración del Plan de Acción Pastoral de la Diócesis que este año vamos a estrenar. A eso os tengo que responder lo que siempre decimos a quien nos da las gracias: «No las merece». En realidad, yo no os he dado nada; si habéis participado es en razón de un derecho que todos tenéis como bautizados miembros del Pueblo Santo de Dios. Que trabajemos en comunión y con un estilo sinodal, pertenece a la lógica pastoral de la misión de la Iglesia. Todos, obispo, sacerdotes, consagrados y consagradas y laicos, somos corresponsables en la misión. Lo que hemos hecho el curso pasado lo teníamos necesariamente que hacer así; era un deber mío y vuestro.

Os recuerdo que lo prometí en la homilía de comienzo del ministerio episcopal entre vosotros. «El olor de comunión es el característico del apóstol; el obispo es principio y fundamento de la unidad en la Iglesia particular. Está llamado a promoverla entre las personas, las instituciones y los programas con los que se teje la identidad de una diócesis con alma y rostro, como me consta que es la nuestra. Contad conmigo para cultivar una espiritualidad de comunión, siempre naturalmente en tensión misionera (cf. PDV 12). En nuestro corazón y en nuestro lenguaje todo ha de expresarse desde la comunión entre nosotros. El obispo, que nunca ha de estar y actuar solo, siempre deberá utilizar la primera persona del plural. El “nosotros” del Obispo es teológico, pero también existencial e histórico, que hemos de fortalecer en la comunión con el Sucesor de Pedro, en el colegio episcopal, en el presbiterio diocesano y en la corresponsabilidad de todo el pueblo de Dios.»

Unidos en la misma ruta eclesial

En razón de este propósito mío, pero, sobre todo, de este modo de ser y de hacer en la Iglesia, entramos el año pasado en una reflexión en orden a analizar, para renovar nuestros objetivos pastorales, la situación de nuestra sociedad y la de nuestra Iglesia diocesana. Como os proponía, hicimos juntos una mirada compasiva a nuestro mundo y a nuestra realidad pastoral, para una conversión misionera.

Fruto de esa reflexión compartida es el Plan de Acción Pastoral que ahora estamos poniendo en marcha, y que será nuestra hoja de ruta en los próximos cuatro años. Como podréis comprobar, no solo en la presentación, que haremos por toda la Diócesis, sino también y, sobre todo, por el estudio, la reflexión y la aplicación que haréis de él en cada parroquia, en este documento de trabajo se recoge un amplio elenco de motivaciones, objetivos, líneas de acción y acciones concretas, por cada una de las cuatro manifestaciones o mediaciones esenciales de la vida pastoral de la Iglesia, que en esta carta procuraré explicaros cuáles son y en qué consisten.

Compartiendo ilusiones misioneras

Respondiendo a vuestros deseos, manifestados en los mensajes a los que he aludido, ya de entrada quiero deciros que en este exhaustivo elenco de objetivos y acciones que contiene nuestro programa de pastoral, os vais a encontrar con la respuesta a las inquietudes que me habéis trasladado: la preocupación por la familia, por los jóvenes, por la iniciación cristiana, por el acompañamiento en la vida cristiana de los adolescentes, por la formación religiosa de los laicos, por la cercanía a las pobrezas de nuestro tiempo, por la integración de los inmigrantes, etc. En este Plan de Pastoral se recogen los cauces, las instituciones, las herramientas y los modos de abordar lo que para todos constituye, además de una ilusión, un problema a tratar. Os animo, por tanto, a conocerlo, y, después, a aplicarlo. Nos queda mucho camino por andar.

En el camino que estamos iniciando, os invito a continuar con el mismo espíritu con que habéis trabajado a lo largo del año pastoral que ha concluido; ahora, naturalmente, para aplicar lo descubierto en la reflexión y análisis de nuestra realidad concreta. Eso sí, lo haremos todos unidos, todos con conciencia de discípulos del Señor, llamados a ser misioneros. Que nada de lo que está escrito en el Plan de Acción Pastoral os sea indiferente, que todo merezca vuestra atención cuidadosa, porque lo que se recoge en ese documento es vuestro y del Espíritu, verdadero animador de la vida de nuestra Diócesis de Jaén.

En el sueño de Jesucristo de llegar a todos

Para ayudar a los que quizás no pudieron participar en esa primera hora, os informo de cómo lo hicimos y, sobre todo, de por qué lo hicimos. Como recordaréis muy bien, hace un año empezamos un camino hacia el sueño misionero de llegar a todos. Asumíamos así el reto de la Iglesia de siempre, el de anunciar el Evangelio en todas partes y a todos los hombres y mujeres.

El sueño, como sabéis muy bien, es del mismo Dios, nace de su corazón trinitario, de Él parte el deseo maravilloso de llegar a todos. Podemos muy bien decir que la evangelización es una aventura de amor que tiene su origen en el impulso amoroso permanente del corazón de Dios, que, como destino, se dirige hacia todo ser humano sin distinción. Aunque quizás escuchando las palabras de su enviado Jesucristo, sí habría que distinguir en positivo a los destinatarios. «Yo he sido enviado no a los justos sino a los pecadores» (Lc 5,32).

El mismo Dios es sujeto de la misión

Fue Jesucristo quien encarnó este sueño del Padre que ahora nosotros queremos renovar en una Iglesia en salida. Él fue quien le dio fondo y forma; no hay más que conocer al corazón del Buen Pastor para comprender cuál es la fuerza, la verdad y la intención del sueño misionero. No quiero dejar de evocar la parábola de la oveja perdida (Lc 15,3-7). En realidad, Jesús muestra el corazón misericordioso del Padre; la misericordia es la viga maestra de su misión, como lo ha de ser para la Iglesia (MV 10). El deseo de servir desde el Evangelio a todos, y en especial a los más pobres e infelices, no se puede sostener sin misericordia.

Pero insisto, y lo hago porque es esencial, en que el primer sujeto de la misión es Dios mismo. Es Él quien la ha querido, es Él quien la ha iniciado, enviando a los profetas y después a su propio Hijo, y es Él quien la sigue sosteniendo continuamente con la fuerza y la gracia del Espíritu. Por eso, como escribe el Papa Francisco, el primado es siempre de Dios, que ha querido llamarnos a colaborar con Él. En toda la vida de la Iglesia se debe siempre manifestar la iniciativa divina y recordar que «es Él quien nos ha amado primero» (1Jn 4,10). Dios se pone el primero en la fila de los que «primerean» en el servicio evangelizador a sus hermanos.

Pero Dios se ha servido de una mediación humana, de un sujeto histórico, que es la Iglesia, para la realización de su Plan de salvación. La Iglesia, la que nos renovó, desde su diseño original, el Concilio Vaticano II, y en la que todos somos Pueblo de Dios, está actualizando para este tiempo y para este mundo, para este campo concreto de misión, la vocación misionera del Padre y el envío misionero de Jesús, con la misma urgencia con que la iniciaron los apóstoles. En efecto, del mismo modo que lo fue para ellos, ahora lo es también para nosotros: ser una «Iglesia en salida». «Id al mundo entero…» (Mc 16,15).

Para descubrir que somos discípulos misioneros

Es en este nuevo impulso misionero, el que está liderando el Sucesor de Pedro, en el que se ha de inspirar el diseño en el que queremos edificar la Iglesia de Jaén en este tiempo, el de nuestro día a día de ser discípulos del Señor. Lo hacemos tras haber descubierto juntos que este es «un tiempo favorable», en el que podemos hacer lo que nos dice el Señor: «Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo» (Mt 13,51-52). Para nosotros este es el tiempo en el que hemos de descubrir nuestra vocación de discípulos, que sacan de su tesoro, aunque sea pequeño, la buena noticia que hemos de llevar por esta tierra: el tesoro siempre antiguo y siempre nuevo que lleva al hombre a la paz y a la alegría.

Al comienzo de este año pastoral nos vamos a encontrar con un Plan de Acción que se sitúa en lo que el Papa considera una impostergable renovación pastoral. Esta palabra, «impostergable», deberíamos aprender a pronunciarla y, sobre todo, deberíamos de situarla entre las favoritas para nuestro compromiso eclesial. Eso significa que lo que hay que hacer, hemos de hacerlo pronto, es decir, ahora.

En esa actualización urgente, que requiere de renovación y de conversión pastoral, estuvimos situados a lo largo del año pasado. Muchos miles de entre vosotros leísteis una Carta Pastoral que os dirigí, en la que os marqué el estilo misionero que habíamos de seguir en esta llamada a renovar todos juntos nuestra vida pastoral diocesana. Pues bien, en esta Carta, que ahora os dirijo, os invito a que la releáis, porque el magisterio del obispo es el que nos conduce, ilumina y acerca al querer de Dios y de Jesucristo para la vida de nuestra Iglesia diocesana. Yo, como ya sabéis, en las recomendaciones que os hago, me siento en filial y fraterna comunión con el Sucesor de Pedro y con el Colegio Episcopal, con el que comparto día a día las necesidades concretas y cercanas de la Iglesia en España, la Conferencia Episcopal Española. Por supuesto, me fío cada día de la conducción del Espíritu Santo en el quehacer de la Iglesia diocesana, repartida por las 200 parroquias presentes en nuestra rica y plural geografía giennense. Me refiero a todas las formas, y, sobre todo, a las tareas de las personas con las que en nuestra Diócesis se hace presente al servicio eclesial a todos. Porque este Plan Pastoral nos quiere situar en nuestra pastoral ordinaria, en la que hacemos día a día, en todos los lugares y en todos los servicios que realizamos.

II EN LA MISIÓN DE JESUCRISTO


En el triple oficio de Cristo

Nuestro Plan de Acción Pastoral actualiza la acción que Jesucristo vino a realizar en el mundo: el anuncio del Reino; también la suya, como la nuestra, centrada y encarnada en un lugar de la tierra. Él en Palestina y nosotros en la tierra del mar de olivos, en el bello y fecundo Jaén; pero también en el Jaén de los pobres, los débiles, los encarcelados, los ciegos y muchos excluidos, a veces por actitudes económicas, sociales, culturales y hasta religiosas, prepotentes y excluyentes. Como podrás comprobar, también nuestro proyecto pastoral tiene las mismas opciones que tuvo la misión de Jesucristo; nunca podemos separarnos de la línea orientadora del corazón del Padre, la del amor y la misericordia salvadora, centrada con los pobres y pecadores. La misión de la Iglesia no es para que disfruten a gusto y cómodamente los «perfectos», es arriesgar y meterse en terrenos complicados para que la alegría del Evangelio llegue también a los imperfectos (cf. Lc 15, 7-10).

La teología de la Iglesia nos ha situado, con una profunda y bella reflexión, en el carril pastoral de Cristo y, desde él, nos ha marcado unas rutas para nuestra acción pastoral. Como en latín suena mejor, nos ha mostrado los tria munera (tres oficios de Jesucristo como profeta, sacerdote y rey). Es en ellos en los que hemos de situarnos en el diseño de lo que pastoralmente hacemos en la vida ordinaria de la Iglesia, en la actividad de nuestras parroquias. En realidad, en todo lo que hagamos en el servicio pastoral hemos de estar espiritualmente situados en el ser y en el quehacer de Cristo Jesús. Es así como ejercemos, día a día, la responsabilidad de ser testigos del Señor.

En la sólida guía de las mediaciones eclesiales

Teniendo en cuenta lo que acabo de deciros, entenderéis por qué nuestro Plan de Acción Pastoral se presenta con estos cuatro capítulos: vivimos en comunión, anunciamos el Evangelio, celebramos el misterio de Cristo, fomentamos la caridad. A los tres servicios de Jesús se añade la comunión como el clima espiritual que hay que crear para que todo transcurra con verdad y credibilidad. Es por estos cuatro carriles, que son las funciones de la Iglesia al servicio del hombre, por los que hemos de transitar en la misión que tenemos encomendada para construir la Iglesia, según el modelo de Cristo, y para que la Iglesia cumpla su misión de ser signo e instrumento del amor de Dios. Este es el esquema de nuestras ilusiones, preocupaciones y tareas, por el que todos hemos de movernos para constituirnos en actores de la misión, pero también en destinatarios: en ese esquema, que ha de marcar un estilo, han de moverse el obispo, los sacerdotes, los consagrados y consagradas, y los laicos, tanto personalmente como en sus comunidades y grupos, en los que todos están al servicio de la Iglesia. En esas cuatro funciones nos mostraremos como Iglesia y trabajaremos juntos al servicio del Reino de Dios.

No lo olvidéis, nuestro Plan de Acción Pastoral tiene como horizonte el encuentro personal y comunitario con Cristo, el que abre a un seguimiento y permite una mirada creyente sobre la realidad que queremos evangelizar. El encuentro con Jesucristo nos ha de acompañar en todo el camino a seguir de nuestro Plan Pastoral, en cada una de sus etapas y en los servicios que realizamos. Por eso, todo lo hemos pensado, proyectado y lo queremos realizar como discípulos de Jesucristo, y todo ha de hacerse en su seguimiento, es decir, por su misma senda. Todo lo haremos para que nuestra Iglesia diocesana sea discípula.

Desde el encuentro con Jesucristo

Cada vez que abramos nuestro Plan de Acción Pastoral hemos de ver a Cristo en su totalidad y desplegando su misión. Nuestra acción pastoral ha de consistir, entonces, en presentar a Jesucristo en plena faena. Como se dijo en Aparecida: «La Iglesia tiene como misión propia y específica comunicar la vida de Jesucristo a todas las personas» (A 386). Solo de ese modo la Iglesia atraerá como Jesucristo atrae. Como ha dicho el Papa Francisco: «La Iglesia crece no por proselitismo sino por atracción del testimonio alegre de Cristo resucitado». En definitiva, el misterio de Cristo le da unidad a nuestra acción pastoral. Él será siempre nuestro punto de partida y estará presente en todo lo que hagamos, siempre conscientes de lo que nos dice: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15,5).

Todo lo haremos sin olvidar que nuestro fundamento está en Jesucristo. Se puede decir que este Plan de Acción Pastoral hemos de llevarlo hacia adelante por esta senda: en comunión, mirando siempre al servicio de la Palabra con el anuncio de Cristo, participando activamente en la vida sacramental y celebrativa de la Iglesia y, siempre como testigos de la caridad, vamos mostrando y ofreciendo que nuestra vida es feliz por el encuentro con Jesucristo. En esas cuatro dimensiones se alimenta y se concreta la misión de la Iglesia.

En la comunión trinitaria

Por la comunión, la Iglesia es la participación histórica en la comunión trinitaria, es la realización de lo que nos llega, por iniciativa divina, de la vida íntima de Dios; es el misterio o sacramento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano (cf. LG 1). La Iglesia, en efecto, es icono de la Trinidad, a la que la teología nos ha enseñado a ver, no como una unidad impersonal, sino en su naturaleza relacional, unidas las tres personas en el amor. Ese amor de la unidad trinitaria llega a nosotros en la misión y en la obra del Hijo, que inauguró el Reino de los cielos. A esa misión le da continuidad la Iglesia, que es su presencia sacramental y su semilla en el mundo.

En la evangelización que anuncia la Palabra de Dios

Por la evangelización, la Iglesia anuncia al mundo la Palabra de Cristo, le dice quién es el Hijo de Dios, hecho hombre, crucificado y resucitado. La evangelización es una invitación a creer, a seguir y a amar a Jesucristo, y a repensar la propia vida en relación con él. La evangelización es una invitación al encuentro personal con Jesucristo, que eso es la fe: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da un nuevo horizonte a la vida y con ello una orientación decisiva» (Deus caritas est, 1).

En la celebración de la fe en Jesucristo Redentor

Por la celebración de la fe, se pone de relieve que ser cristiano es reconocer a Cristo, con el que nos hemos encontrado, como el Salvador de nuestra vida. Con los sacramentos, la liturgia y con la oración, nosotros expresamos nuestra fe de un modo explícito, conscientes de que nuestra salvación está en Cristo Redentor. El rito y los sacramentos son el signo operativo de la acción de Dios, de la presencia de Cristo en nuestra vida. Celebrando los sacramentos renovamos continuamente nuestra inserción en el misterio de Cristo, del cual vivimos, y al que expresamos en todo lo que somos, hacemos y decimos en nuestra vida y en nuestra misión eclesial. Se puede decir que la dimensión celebrativa pertenece a la más íntima naturaleza de la experiencia cristiana.

En el testimonio del servicio de la caridad

Por el servicio de la caridad, aceptamos espiritualmente y manifestamos a los demás que la Iglesia tiene un testimonio que dar al mundo: el de la caridad vivida. Nuestra misión, como la de Cristo, no consiste solo en hablar, en decir lo que somos y lo que llevamos en el corazón, sino que también tenemos que hacer explícito nuestro testimonio con la vida. Palabras y obras tienen que mostrar lo que realmente somos. Y la mejor palabra que podemos dar hoy a la gente de este tiempo, en el que tanto sufrimiento, desencanto y frustración, y también desorientación hay, es vivir según el modelo y la enseñanza de Jesucristo. El testimonio de un modo de vivir según la caridad de Cristo es la dimensión esencial para toda la acción eclesial. «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este mandamiento es principal y primero. El segundo es semejante a él. Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22, 37-39).

Como servicio a la totalidad del misterio de Jesucristo

Siendo importantes cada una de estas cuatro dimensiones de la vida cristiana y de la misión de la Iglesia, es muy necesario poner entre ellas el punto de unidad y el justo equilibrio. Hemos de huir, por tanto, de cualquier contraposición, tanto en nuestra mentalidad como en nuestra espiritualidad.

Las cuatro dimensiones son constitutivas de la experiencia de la fe, y solo con la armonía de las cuatro reflejamos el misterio de Jesucristo. Es importante que tomemos conciencia de que hemos de servir a la globalidad del misterio cristiano, tanto en nuestra fe personal como en la acción pastoral ordinaria de nuestras comunidades. A través de esas cuatro manifestaciones de la vida de la parroquia, en unidad, es como se hace la propuesta de Jesucristo en su plenitud de Verbo encarnado, de Acontecimiento salvífico, de Testigo del Dios amor.

Es por eso que hay que terminar, de una vez por todas, con las polarizaciones que a veces se dan en la espiritualidad cristiana y, naturalmente, en las opciones pastorales que enfrentan lo «espiritual», lo «social» y lo «misionero». Sin embargo, no se trata de que pongamos un poquito de cada cosa, sino de que todo tiene que estar plenamente integrado en nuestro proyecto y en la acción cotidiana de la vida pastoral de nuestras comunidades. La originalidad y el atractivo de lo que hacemos está precisamente en que mostramos, con toda su verdad y fuerza, la totalidad del misterio de Jesucristo, que es quien nutre nuestra acción en todas sus manifestaciones.

Para hacer visible a Jesucristo

Si os he mostrado estas motivaciones profundas de nuestro quehacer pastoral, y os he invitado a hacerlo todo en unidad y armonía interior en vuestras tareas pastorales, es para que, al entrar en el estudio y en la reflexión del Plan de Acción Pastoral, a lo que os invito, encarecidamente, no os quedéis nunca en sus formas externas; al contrario, es para que entréis en el misterio que el conjunto de nuestras acciones refleja. Tened en cuenta que en este Plan, que hemos hecho entre todos, y que os voy a ofrecer para que todos nos situemos en él, os vais a encontrar con muchas formulaciones, con objetivos que orientan, con líneas de acción que invitan a ser creativos y con acciones concretas que van a pedir nuestra iniciativa generosa. Todo eso habrá que tenerlo en cuenta, por supuesto; entre otras razones, porque a lo largo del año pastoral pasado le hemos dado mucha lata al Espíritu Santo y lo hemos hecho trabajar con todo ahínco, moviendo inteligencias y voluntades a la acción de su gracia santificadora.

Pero insisto en que no olvidéis que nuestra mirada sería superficial, si no percibimos dónde está la razón última de todo lo que el Espíritu nos invita a hacer en los próximos años, que no es otra que hacer visible el misterio de Cristo en el hoy del mundo, de nuestro mundo giennense, por la totalidad de lo que somos y hacemos. Se trata de recuperar con fuerza el sonido de las Palabras del Jesús resucitado a sus apóstoles: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo» (Jn 20,21).

Todo al servicio de la evangelización

Por eso, os insisto en que, en todo el Plan de Acción Pastoral, en cada una de sus palabras, en todo su contenido, la buena noticia de Jesús, Salvador del mundo, ha de resonar con fuerza. Cuando presentemos el anuncio de Jesucristo y lo llevemos al corazón de la gente, lo esperen o se sientan indiferentes o lejanos, hemos de ser conscientes de que el ser humano está llamado a responder a una Palabra que el Padre ha pronunciado desde la eternidad y que ha resonado en la plenitud de los tiempos en Cristo y que ahora la repite la Iglesia por el anuncio del Evangelio. Cada palabra que aparece en el Plan Pastoral está al servicio de la evangelización, todo tiene motivación misionera, y por eso tenemos que hacer lo posible para que todo llegue a quien lo necesite.

Con una propuesta explícita del kerigma

Para que el Plan de Acción Pastoral lleve el anuncio de Jesucristo, hemos de partir siempre de la propuesta explícita e implícita el kerigma, el primer anuncio. En la evangelización eso es lo primero, lo central, lo más importante.

A veces nos empeñamos en dar más y más contenidos, olvidándonos del primer anuncio y de su fuerza renovadora. En la aplicación del Plan Pastoral hemos de actuar convencidos del amor del Señor, agradecidos por su entrega en la cruz, felices por saberlo resucitado y conscientes de que vive en nosotros; y así hemos de decírselo a los demás. «Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. Toda formación cristiana es ante todo la profundización del kerigma que se va haciendo carne cada vez más y mejor» (EG 165).

Para que el mundo conozca la alegría del Evangelio

Lo que hemos encontrado en el año pastoral precedente, al hacer el análisis de nuestra realidad social y cultural, nos ha puesto de relieve que hoy se encuentran en nuestra sociedad rasgos profundos de paganismo, de adoración de falsos dioses, es decir, que no podemos mantener de ningún modo la ilusión de vivir en un mundo todavía socialmente cristiano solo por el hecho de que muchas personas pidan aún el bautismo o tengamos muchas manifestaciones religiosas en nuestras calles. Pero también nos ha mostrado que no podemos olvidar las muchas semillas que va dejando cada día una tradición de fe y vida religiosa, aunque solo sea en forma de una débil religiosidad. Recogiéndolo todo, hemos de dar el paso a una pastoral misionera.

Ante eso, este Plan de Acción Pastoral, contemplado en su unidad y en su integridad, nos recuerda que hay una Palabra que fundamenta y le da significado a nuestra existencia; que hay un Amor que nos transforma, transfigurando nuestra vida cotidiana; y hay unos Acontecimientos con los que se teje la trama escondida de nuestro camino vital y que se modela según el proyecto oculto por los siglos en Dios y revelado en Jesucristo. Y que esa fuerza renovadora, que es Palabra de vida, Acontecimiento de Gracia y Testimonio de la caridad, una vez que llega a nosotros, nos envía a anunciar a Jesucristo, que vino al mundo a crear este dinamismo misionero y salvador en favor de todos los hombres, a través de la vida y la misión de la Iglesia.

Al servicio de una programación cercana y concreta

Por último, en esta presentación de la lectura que he hecho para vosotros del Plan de Acción Pastoral, os doy algún criterio para estudiarlo y aplicarlo; sobre todo para seleccionar lo que conviene hacer en cada momento y en cada lugar. Cada parroquia ha de saber establecer sus prioridades, y ha de saber elegir objetivos y acciones, centrándose siempre en «lo esencial». No todo tiene el mismo valor ni la misma necesidad. De cualquier modo, siempre ha de prevalecer el criterio evangelizador: elijamos lo que le pone su rostro misionero a la parroquia. Nunca hemos de olvidar que la acción pastoral tiene como objetivo la edificación de la Iglesia como signo real del Evangelio para la vida del mundo.

III VIVIR EN COMUNIÓN HACE CREÍBLE EL EVANGELIO

Jesús nunca estuvo solo

Puestos de relieve estos preámbulos que nos ayudan a interpretar todo lo que nos vamos a encontrar, a partir de ahora me quiero centrar en la comunión eclesial, que tan imprescindible es como cimiento de toda la construcción y presentación del misterio de Cristo. «Que todos sean uno para que el mundo crea» (Jn 17,21). El Evangelio solo es creíble si sus testigos saben vivir la unidad, la comunión. Pero es importante empezar recordando que el punto de reunión interior de la Iglesia es Cristo. Jesucristo nunca está solo; es «uno con el Padre» (cf. Jn 10,30) y vino a reunir en la Iglesia «a los que estaban dispersos» (cf. Jn 11,52; Mt 12,30). La Iglesia es comunión por designio divino.

Como ya hemos recordado, se puede decir que la Iglesia está estructurada en su comunión a imagen y semejanza de la comunión trinitaria. Del mismo modo que en la Trinidad el amor es distinción de personas y superación de lo distinto en la unidad del misterio, así también en la Iglesia, la variedad de personas y dones tiene que converger en la unidad del pueblo de Dios. La Iglesia, santa y a la vez pecadora, lleva en sus entrañas los signos de un encuentro inaudito entre el mundo del Espíritu y el mundo de los hombres.

Por eso, su primera misión es hacer presente en todo tiempo y frente a todas las situaciones el encuentro de Dios con los hombres, tal y como lo realizó Jesucristo encarnado.

La Iglesia, casa y escuela de comunión

La comunión eclesial es el lugar del encuentro entre la historia trinitaria y la historia humana, lugar en el que la una pasa continuamente a la otra para transformarla y vivificarla, y donde la historia de este mundo se dirige a un cumplimiento en Dios. Por eso, vivir en comunión, realizar nuestra misión en comunión no es algo opcional, es una experiencia fundamental que marca nuestra vida cristiana en una espiritualidad muy concreta, la de comunión. El Papa San Juan Pablo II nos lo recordaba cuando nos invitaba a renovar nuestra acción pastoral para el nuevo milenio y nos invitaba a hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión. Nos lo propuso como un gran desafío, si de verdad queríamos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo.

De un modo bello y concreto nos marcaba la ruta en la que nosotros hemos de caminar a lo largo de estos cuatro años de aplicación del Plan de Acción Pastoral: «Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece», para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí», además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber «dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento» (NMI 43).

El Sacramento del Pan eucarístico realiza la unidad de los creyentes

Pues bien, hemos de dejar que la espiritualidad de comunión, que es un don del Espíritu a la Iglesia, impregne nuestra vida, se instale en nuestro corazón y se convierta en experiencia comunitaria. Para eso os propongo no olvidar que cada día tenemos un gran regalo para fortalecer la comunión, que no es otro que la Eucaristía. «La comunión eucarística con Cristo presente, que alimenta la vida de la Iglesia, es al mismo tiempo comunión con el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. El hecho de compartir el único pan y el cáliz común en un lugar determinado, manifiesta y lleva a cabo la unidad de los participantes con Cristo y con todos los comulgantes, en todo tiempo y lugar» (Eucaristía, documento de la comisión «Fe y Constitución» del Consejo Ecuménico de las Iglesias, Lima 1982, 19). La Eucaristía es el sacramento de la unidad. «El Sacramento del pan eucarístico significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo (cf. 1 Co 10,17)» (LG 3).
Como recuerda la Carta Apostólica del Papa emérito Benedicto XVI «Mane Nobiscum Domine», al compartir el cuerpo partido del Señor, sucede esta maravilla: en lugar de dividirse, Jesucristo reúne en un solo cuerpo a todos los que lo reciben. «El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión con la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión con el Cuerpo de Cristo? Pues si el pan es uno solo y todos participamos de ese único pan, todos formamos un solo cuerpo» (1 Cor 10,17).

Animar el carácter eucarístico de las relaciones humanas

La unidad eucarística fue una experiencia fortísima en los orígenes de la Iglesia: la comunidad cristiana sentía que la «fracción del Pan» la reunía (cf. Hch 2,41ss) y hacía de los cristianos un solo corazón y una sola alma. En torno al altar, la comunidad se veía como un solo pan formado por muchos granos de trigo, antes repartidos por los campos (cf. Didajé, 9,4). La comunidad cristiana que se reúne en torno al Cuerpo Eucarístico y participa de «un solo pan», se va configurando en la «espiritualidad de comunión». Eso significa y tiene como consecuencia que el cristiano ha de asumir la responsabilidad de restablecer la unidad de la mesa del Señor allí donde se haya malogrado; ha de poner servicio entre los comensales allí donde haya desigualdades; ha de abrir nuevos espacios en los que se puedan sentar, los que miran desesperados en su indigencia, la abundancia del bienestar de los que participan del banquete. La Eucaristía es, en efecto, un banquete de fraternidad. También en su entorno humano y social, los cristianos están llamados, por su propia impronta espiritual, a animar el carácter «eucarístico» de las relaciones humanas: han de ser animadores de unidad, de concordia, de paz, de igualdad, de justicia, de respeto a la dignidad de la persona…

La sinodalidad, esencia de la vida de la Iglesia

Porque la comunión no es solo una experiencia espiritual, tiene también que concretarse en una convivencia que ha de llegar a toda nuestra vida, y tiene el banco de pruebas cotidiano en nuestra relación en la Iglesia como pueblo de Dios. Esa relación se funda en la misma esencia de la Iglesia, que es la sinodalidad. El término sínodo procede de San Juan Crisóstomo, que nos recordó que «Iglesia es el nombre del encontrarse y del caminar unidos». Iglesia y sínodo son sinónimos. Sínodo es caminar unidos y eso hace real la comunión. Lo que significa que la comunión sin la sinodalidad sería como un corazón sin rostro, y que una sinodalidad sin alma podría derivar en una especie de populismo.

La sinodalidad, en efecto, es una dimensión constitutiva de la Iglesia, no es un aspecto opcional que pueda o no encontrarse en ella, es un aspecto que define todas las relaciones en el seno del Pueblo de Dios; ella ha de permear y estructurar toda su vida: la relación entre sus miembros, toda la organización pastoral, el modo con que se toman las decisiones sobre las cuestiones importantes, las dinámicas que se generan en el día a día de la vida eclesial, etc. Si la Iglesia no es sinodal, perdería una característica fundamental de su ser y de su obrar, como «comunión de personas convocada por Dios Padre en Cristo Jesús, por medio del Espíritu Santo».

Los consejos, manos de la sinodalidad

Sin embargo, la sinodalidad necesita manos para expresarse; son los medios en los que manifestar la comunión. Los consejos son esas manos, son el espacio eclesial en los que se manifiesta el espíritu sinodal, y en los que se puede concretar el sueño común con la aportación de todos, aunque sean diversos; porque como afirma el Papa Francisco la sinodalidad siempre es poliédrica. «El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad» (EG 236). Sigue recordando el Papa que la acción pastoral ha de procurar recoger en ese poliedro lo mejor de cada uno: «La Buena Noticia es la alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos» (EG 237).

Las manos de la sinodalidad son, pues, los sínodos diocesanos y los consejos del presbiterio y de pastoral, así como los consejos de pastoral parroquiales y los de asuntos económicos. También se ejerce la sinodalidad en Asambleas Diocesanas, Arciprestales y Parroquiales. A través de las Asambleas y consejos los cristianos podemos expresar ese don espiritual que todos recibimos del Espíritu Santo, especialmente en el Sacramento de la Confirmación. Para el ejercicio del don de consejo es necesaria la maduración de sus miembros con una formación espiritual profunda, con un gran sentido de Iglesia y una mirada competente y misericordiosa sobre la Iglesia y el mundo.

Todos los bautizados miembros de una Iglesia sinodal

Por último, en esta concreción de la comunión es importante que recordemos quiénes son los sujetos de una Iglesia sinodal. Ya de entrada, hay que decir que ningún cristiano puede ser excluido, que todos los miembros del pueblo santo de Dios, formado por todos los bautizados, teniendo la unción del Espíritu Santo, están capacitados para discernir lo que el Señor quiere para su Iglesia. Por eso, hoy sigue siendo necesario fomentar la participación real y concreta de todos en la reflexión y en las decisiones pastorales del pueblo Santo de Dios.

Sin embargo, una doctrina tan evidente no siempre en la práctica lo es. Por diversas razones se ralentiza el ejercicio de esta obligación y derecho y, en ocasiones, hasta se obstaculiza. Y lo peor de todo es que la mayor dificultad está, a veces, en lo lentamente que los laicos están despertando a su conciencia eclesial, ya que no siempre están dispuestos al compromiso y, si lo están, no siempre consideran prioritaria su vocación de Iglesia en el mundo.

Ministerios al servicio de la comunión

Al servicio de la participación de todos, y de los laicos en particular, están los pastores de la Iglesia. El pastor es absolutamente necesario y su misión ministerial es diferente en esencia y no solo en grado a la del resto del pueblo de Dios, porque representan a Cristo Cabeza, como nos ha señalado la doctrina de la Iglesia. Pero el ministerio lo ejercen en el seno del Pueblo de bautizados, que también participa de la triple misión de Jesucristo. Por eso, el ministerio ordenado está constituido «para que los fieles estén unidos en un solo cuerpo, en el que no todos los miembros desempeñan la misma función» (PO 2). El sacerdote es el hombre de la comunión que preside la sinfonía de los carismas que se ponen al servicio de la misión de la Iglesia: procura que surjan, cuida de que se respeten y de que se cultive su singularidad y complementariedad y promueve su expansión misionera. Los pastores están en medio de la comunidad al servicio de la comunión y trabajando día a día para construir el rostro de la comunidad, que, por supuesto, ha de ser misionera.

Es por eso que hoy, con el Papa Francisco, hay que insistir, sobre todo, en que la misión de la Iglesia es de todos. «A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente. ¡Estamos en la misma barca y vamos hacia el mismo puerto! Pidamos la gracia de alegrarnos con los frutos ajenos, que son de todos» (EG 99).

En efecto, para que la Iglesia llegue a todos, los que anuncian el Evangelio a los demás no pueden ser unos pocos, al contrario, tiene que llevar el atractivo de la comunión. Tampoco deben ser todos de un mismo estilo. Para llegar a todos los rincones y periferias hacen falta todo tipo de agentes pastorales, con diversos carismas y características, con diferentes formas de ser y de expresarse. Todos tienen que ser convocados y alentados para que sean misioneros a su manera. Muchos deben ser misioneros, aunque sean m imperfectos. De otra manera sería imposible llegar realmente a todos. Esto supone audacia, paciencia, libertad interior, confianza en el Espíritu y una fuerte convicción de la necesidad del acompañamiento.

Todos, sin excepción, somos misioneros

A este respecto, recuerdo lo que nos dice el Papa. Lo cito completo porque realmente merece la pena que nos dejemos iluminar por su magisterio, que se ha de convertir en un criterio de vida para todos nosotros: «En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea solo receptivo de sus acciones. La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. Esta convicción se convierte en un llamado dirigido a cada cristiano, para que nadie postergue su compromiso con la evangelización, pues si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos “discípulos” y “misioneros”, sino que somos siempre “discípulos misioneros”. Si no nos convencemos, miremos a los primeros discípulos, quienes inmediatamente después de conocer la mirada de Jesús, salían a proclamarlo gozosos: “¡Hemos encontrado al Mesías!” (Jn 1,41). La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús “por la palabra de la mujer” (Jn 4,39). También san Pablo, a partir de su encuentro con Jesucristo, “enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios” (Hch 9,20). ¿A qué esperamos nosotros?» (EG 120).

La vitalidad de la Iglesia reside en la fuerza del Bautismo

La vitalidad de la Iglesia reside en la fuerza del Bautismo que lleva a los discípulos a anunciar la sabiduría del Evangelio. Por tanto, es necesario pasar de una pastoral que llama a las personas para cubrir unas necesidades, a crear en el corazón de los bautizados la necesidad de participar, de ponerse al servicio de la Iglesia para vivir a fondo la propia y específica pertenencia eclesial y la misión. Hay que seguir insistiendo, por tanto, en el compromiso de todos.

En esta Carta, con la que quiero introducir el Plan de Acción Pastoral, llamo la atención de todos cuantos mantienen algún tipo de vínculo con la vida de la Iglesia en nuestras parroquias: practicantes ocasionales, los que participan en la misa dominical, los miembros de grupos, asociaciones, animadores de cualquier acción, como catequistas, acompañantes de adolescentes y jóvenes, voluntarios de Cáritas y miembros de las hermandades y cofradías… A todos os pido que os involucréis en este proyecto común que tiene tantos matices y que es tan rico en objetivos y tareas a realizar. Todos sois necesarios.

Hay que cultivar la vida espiritual

Pero quiero también insistir en dos aspectos fundamentales que necesita toda participación en la vida de la Iglesia: el cultivo de la vida espiritual y la formación. La primera recomendación es, pues, que cultivéis la vida espiritual. De hecho, la renovación pastoral pasa por la experiencia espiritual de ser discípulos-misioneros. Nuestras comunidades cristianas, para ser evangelizadoras, han de estar constituidas por discípulos que se renuevan cada día espiritualmente en la fe en Jesucristo y en él encuentran el coraje, la entrega, la audacia y la razón que necesitan para la misión. Se puede decir que la evangelización es, ante todo, una experiencia espiritual, para la que hemos de ser evangelizadores con espíritu. «Una evangelización con espíritu es muy diferente de un conjunto de tareas vividas como una obligación pesada que simplemente se tolera, o se sobrelleva como algo que contradice las propias inclinaciones y deseos» (EG 261).

Con discípulos que se renuevan cada día espiritualmente

Para ser evangelizadores con espíritu, la oración ha de ocupar un lugar esencial en la vida de las comunidades. El anuncio del Evangelio tiene que ser precedido y seguido por la oración. Como recuerda el Papa Francisco: «siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad. La Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración» (EG 262). La vida interior, cultivada en la oración y en la contemplación, fortalece las motivaciones para evangelizar: «El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera» (EG 266). La presencia de Jesús se necesita realmente para evangelizar. «Si uno no lo descubre a Él presente en el corazón mismo de la entrega misionera, pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie» (EG 266).

Hay que cuidar una formación espiritual consistente, con una raíz eucarística y sacramental; solo así será una espiritualidad que lleve a la relación personal con el Señor y motive toda la existencia; de un modo especial en la celebración de la Eucaristía dominical, «sin la que los cristianos no podemos vivir». La formación de los laicos, discípulos del Señor, ha de ser una escuela de santidad, en la que se encuentren los elementos necesarios para conocer profundamente al Señor, para discernir su voluntad y para vivir coherentemente el Bautismo recibido.

Con el gusto espiritual de estar entre la gente

Pero, también en la contemplación, hay que cultivar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente. El gusto espiritual de un cristiano ha de estar fundado en una antropología de la esperanza, que ofrezca una comprensión del hombre que es capaz de Dios, de seguir a Cristo y de dejarse configurar por su amor. No nos hemos de olvidar nunca de que la misión es una pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo, también es una pasión por el pueblo, al que pertenecemos. «A nosotros nos toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que nuestra identidad no se entiende sin esta pertenencia» (EG 268). Y esto se dice de todos los discípulos del Señor, de todos los bautizados, y no solo de los sacerdotes y consagrados.

Por eso, hemos de alejarnos de un cierto maniqueísmo pastoral que solo cultiva una dimensión de la existencia cristiana. El cultivo de lo espiritual no justifica una actitud defensiva e incluso de rechazo y desprecio de la vida de aquellos con los que convivimos y a los que tenemos que evangelizar. «A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás» (EG 270).

En el doble movimiento del corazón de Jesucristo

Hemos de ser cristianos que se muevan en el doble movimiento que hace vivir a la Iglesia, el movimiento de su corazón, que, por un lado, atrae a todos sus miembros hacia el centro vital (diástole), que es Cristo, y después los envía a las periferias (sístole). Los dos movimientos son inseparables: cuanto más una comunidad testimonia la comunión fraterna y se reúnen para vivir juntos la comunión profunda con Cristo, en la escucha de su Palabra y en la participación de sus sacramentos, tanto más se convierte en misionera. Y, por otra parte, cuanto más esa comunidad vive la misión, tanto más siente el deseo de retornar al centro de su vida para oxigenarse, beber en la fuente, confrontarse con los hermanos, narrar las maravillas de Dios y coger fuerza para volver a partir.

El atractivo de una comunidad cristiana capaz de atraer a otros hacia Cristo, está en su modo intenso y comunitario de vivir la fe, la esperanza y la caridad en el seno de una comunidad fraterna. Por eso, para construir comunidades cristianas que muestren el atractivo de Cristo y la fascinación de su vida es necesario poner en primer plano la relación con él con un contacto asiduo con su Palabra. «La mejor motivación para decidirse a comunicar el Evangelio es contemplarlo con amor, es descansar en sus páginas y leerlo con el corazón» (EG 264).

Para formar la conciencia misionera

Si la relación personal con Cristo es imprescindible para el cultivo de la conciencia misionera, también hay que cultivar una auténtica mentalidad misionera. Por eso, otro aspecto fundamental con el que se enriquece nuestra vida cristiana y nuestra participación en la misión de la Iglesia es la formación. A pesar de lo que he dicho antes, de que no todos tienen que ser doctores de teología o en pastoral para evangelizar, os digo ahora que la formación es necesaria. Cada uno ha de buscarla a su nivel, porque la Diócesis, los arciprestazgos y las parroquias la han de ofrecer a diversos niveles: básico, medio y superior. Y así lo haremos en nuestra Diócesis de Jaén, siguiendo la estela de lo bien hecho hasta ahora.

La formación ha de buscar siempre la promoción de la persona para que puedan desarrollar sus propias potencialidades y riquezas. Para ello, como acabo de decir, se han de crear ámbitos de reflexión pastoral sistemática, que potencien y enriquezcan la función que haya de realizar cada uno. Será siempre una formación orientada a la misión que cada uno esté realizando o a la que está dispuesto a realizar.

Para tener un profundo sentido de Iglesia y una mentalidad misionera es, por tanto, necesario formarse. A veces, no damos más de sí porque somos muy débiles en pensamiento pastoral. En toda la formación, además, hay que insistir siempre en la dimensión misionera de la fe y de la acción. La formación ha de educar, además, para una pastoral con evidente identidad cristiana, cosa que no siempre sucede en algunos de nuestros planes formativos. No basta en la misión la buena voluntad, es necesario entrar con seriedad en un camino formativo que consolide la fe en el corazón y en la inteligencia al mismo tiempo.

Testigos del Señor en el mundo

En la formación misionera de los laicos habrá que poner de relieve que su campo de misión es sobre todo el mundo: el de la familia, la escuela, la economía, el trabajo, lo social, la política… Es necesario formar guías para la intemperie de la historia, especialmente en esta Iglesia en salida. Se necesita mucho personal, con especialidades distintas, en las tareas a realizar en el hospital de campaña que, querámoslo o no, es ahora la Iglesia para muchos heridos en el camino de la vida. Y, sobre todo, se necesita que estén muy curtidos para transitar por las periferias existenciales, terreno por el que hay que andar con mucha solidez, para que el amor y la verdad estén en plena sintonía.

Sobre todo los laicos, han de formarse para la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Para eso hay que hacer penetrar en todos los procesos de formación o catequesis de niños, adolescentes, jóvenes y adultos la urgencia y la convicción de que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas y que una existencia de fe hace necesaria la vida en Cristo.

Habría que hacer, por tanto, una nueva apologética de la fe cristiana, que se muestre capaz de hacer una buena defensa de lo humano y de decir que el Evangelio es una verdad que unifica y libera. Hay que poner de relieve la capacidad «humanizante» del Evangelio. La pastoral, por tanto, exige una formación teológica sólida, una actitud espiritual honda y motivadora, una peculiar actitud para leer los signos de los tiempos y una especial habilidad pedagógica y comunicativa (cf. Víctor Manuel Fernández, Conversión pastoral y nuevas estructuras, p. 31).

IV CON UN ESTILO DOMÉSTICO POPULAR

La misión en el corazón del pueblo cristiano

Con esas actitudes espirituales y con esa formación recomendada creceremos en la convicción de que evangelizar «no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme» (EG 273). Todos deberíamos poder sentir y decir cada día: Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Como nos recuerda el Papa Francisco: «Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar» (EG 273).

Nuestras parroquias han de ser artesanas de la convicción misionera de todos aquellos que viven en comunidad como discípulos misioneros: «La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene una gran plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la docilidad y la creatividad misionera del Pastor y de la comunidad. Aunque ciertamente no es la única institución evangelizadora, si es capaz de reformarse y adaptarse continuamente, seguirá siendo la misma Iglesia que vive entre las casas de sus hijos y de sus hijas. Esto supone que realmente esté en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no se convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos. La parroquia es presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y la celebración. A través de todas sus actividades, la parroquia alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización» (EG 28).

Una Iglesia con rostro de madre

Al interiorizar estas palabras del Papa Francisco, se puede decir que el pueblo está en el corazón mismo de la parroquia. Todos los impulsos espirituales del pueblo nacen en ella y en la parroquia se manifiestan. Por eso, nada de lo que en el ámbito parroquial sucede le puede ser ajeno, aunque no siempre lo que sucede sea del agrado de quienes tienen la responsabilidad de animar y dirigir la pastoral parroquial. Es por eso que la renovación pastoral se ha de asentar entre nosotros, andaluces de Jaén, en comunidades que se convierten pastoralmente, se renuevan en la creatividad de los más audaces, pero que, sin embargo, nunca se olvidan de sus propias características. Por eso, le hemos de dar a nuestras parroquias un rostro doméstico popular, que sea capaz de acompañar a cada persona una a una. «Deseo una Iglesia alegre con rostro de madre, que comprenda, que acompañe, que acaricie» (Papa Francisco, Catedral del Florencia, 10 de noviembre de 2015).

Haremos muy bien si adoptamos en el itinerario de acompañamiento y acogida que propone Amoris laetitia: ACOMPAÑAR, DISCERNIR E INTEGRAR LA FRAGILIDAD. La Iglesia ha de ser un lugar en el que todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio (cf. EG 114). «La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie» (EG 23). Es por eso que no podemos armar «una pastoral de guetos y para guetos» (Papa Francisco, El camino de la familia en Roma, junio de 2016). «La identidad cristiana no se hace en la separación, sino en la pertenencia, mi pertenencia al Señor. No separarme de los otros para que no me contagien» (idem).

Al servicio de una identidad cristiana en pertenencia

Así describe el Papa cómo quiere la Iglesia: «Una Iglesia que presenta estos tres rasgos —humildad, desinterés, bienaventuranza— es una Iglesia que sabe reconocer la acción del Señor en el mundo, en la cultura, en la vida cotidiana de la gente. Lo he dicho en más de una ocasión y lo repito una vez más hoy a vosotros: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos” (EG 49)» (Florencia, 17 de noviembre de 2015). En efecto, siempre hay que evitar «una lógica separatista». «La Iglesia está llamada siempre a ser la casa abierta del Padre. Uno de los signos concretos de esa apertura es tener templos con las puertas abiertas en todas partes» (EG 47).

Hay una espiritualidad místico popular

La opción por lo popular ha de llevar a reconocer que hay una espiritualidad, una mística popular. La piedad popular, en efecto, «refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer» y que «hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo, cuando se trata de manifestar la fe» (EN 48). «Una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con una mirada agradecida» (EG 68). Esto, evidentemente, es para nosotros un reto: saber aprovechar la fuerza evangelizadora de la piedad popular.

En nuestra Diócesis tenemos una religiosidad popular manifiestamente activa; naturalmente como tantas cosas en la vida de la Iglesia, santa y pecadora, también en esto manifiestamente mejorable. No se pude negar que ciertas actitudes y formas de algunos en los ámbitos de la religiosidad popular pueden crear confusión por ser ajenas a los valores y las actitudes de la vida de la Iglesia. Pero lo que es evidente es que tenemos un pueblo con un corazón claramente marcado por un profundo sentido religioso, que en muchos casos y en muchas manifestaciones presenta esos emocionantes valores que Pablo VI le reconocía en la Evangelii Nuntiandi 48: «Cuando la piedad popular está bien orientada, sobre todo mediante una pedagogía de evangelización, contiene muchos valores. Comporta un hondo sentido de los atributos profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante. Engendra actitudes interiores que raramente pueden observarse en el mismo grado en quienes no poseen esa religiosidad: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana, desapego, aceptación de los demás, devoción».

Sin negarnos a purificar y educar

Mientras existan estos quilates de santidad, colocados en el corazón de los más sencillos, hemos de cultivarlos allí donde ellos se mueven; teniendo en cuenta que es en esas expresiones religiosas como les ha llegado la fe y en las que ellos se manifiestan como cristianos. Naturalmente no hemos de renunciar a apuntalar en lo esencial estas formas de fe, pues, en ocasiones, necesitan ser purificadas y educadas (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1688). Para que esto sea posible, hemos de ocuparnos de que se sientan a gusto en la comunión de la Iglesia, que para la piedad popular es su casa legítima, su única y verdadera casa. Y porque es su casa, todos juntos hemos de trabajar para que caminen en la unidad del pueblo cristiano, y pongan también ellos sus posibilidades de evangelizar, porque lo repito: la religiosidad popular es un punto de partida muy importante para la evangelización.

A la religiosidad popular le hemos de pedir siempre que se sienta cómoda en una Iglesia que quiere estar en estado permanente de misión. «Para llevar a cabo la nueva evangelización, dentro de un proceso que impregne todo el ser y quehacer del cristiano, no se pueden dejar de lado las múltiples demostraciones de la piedad popular. Todas ellas, bien encauzadas y debidamente acompañadas, propician un fructífero encuentro con Dios, una intensa veneración del Santísimo Sacramento, una entrañable devoción a la Virgen María, un cultivo del afecto al Sucesor de Pedro y una toma de conciencia de pertenencia a la Iglesia. Que todo ello sirva también para evangelizar, para comunicar la fe, para acercar a los fieles a los sacramentos, para fortalecer los lazos de amistad y de unión familiar y comunitaria, así como para incrementar la solidaridad y el ejercicio de la caridad» (Benedicto XVI, Participantes de la Asamblea Plenaria de la Comisión Pontificia de América latina, 3).

Corazón místico del pueblo cristiano

Llamo a las Juntas de Gobierno de nuestras Hermandades y Cofradías a esta preciosa labor de incorporar con naturalidad la piedad popular a la vida ordinaria de las parroquias. Recuerden que el esplendor del culto público al que sirven, siempre será más espléndido si nace del culto espiritual que siempre pone el corazón sencillo de los verdaderos sujetos de la piedad popular, la multitud de devotos y devotas. Ellos son «el corazón místico del pueblo cristiano entre los más sencillos de nuestros pueblos. La renovación misionera que buscamos hemos de hacerla siempre bajo el signo de María y en la fecundidad de la cruz de Cristo» (Cardenal Pironio, La evangelización de América Latina, 116). María conduce a Cristo, su Hijo, y Cristo nos da a María, su Madre, como nuestra Madre. ¿No es así como se describe teológica y espiritualmente un desfile procesional? ¿No es esa la lectura espiritual que habríamos de hacer cada uno de nosotros, como la esencia de cómo se manifiesta públicamente el misterio de Cristo en la fe popular de la Iglesia?

En la comunión de la Iglesia

En la medida que pueda, trabajaré como pastor de la Iglesia por el más profundo respeto por la piedad popular, pero también para que manifieste el misterio del que vive y al que sirve, que no es otro que la fe en Jesucristo, en la vida de fe de la Iglesia, bajo la guía de los pastores. Haré en este año todo cuanto pueda para que la comunión de la Iglesia, en la que buscamos nuestra conversión pastoral, sea una experiencia especialmente real y lograda en el mundo nuestras Hermandades y Cofradías. Por esto les pido a todos cuantos participan activamente al servicio de la piedad popular que afiancen su sentido de comunidad cristiana y que trabajen por fortalecer su pertenencia a la Iglesia diocesana. Les invito a que tengan en cuenta, y lo incorporen a su experiencia cristiana, todo lo dicho en el capítulo referido a la comunión.

En Jesucristo y María Santísima
En fin, a todos os recuerdo por dónde hemos de ir en esta Iglesia doméstico- popular, y cuál ha de ser la orientación que hemos de llevar: «Cristo es el centro, un centro centrado en el Padre por el Amor del Espíritu, y María, que no es el centro, por la gratitud divina siempre está en el centro». Hermoso texto, hermosa lección de teología y maravillosa orientación para nuestra fe.

Nosotros hemos de ponerle nombre, entre las mil devociones cristológicas y marianas que contemplamos en nuestras parroquias. Al referirme a Cristo como centro, lo nombro como «Nuestro Padre Jesús, El Abuelo», y cuando os hablo de María me refiero a la Santísima Virgen de la Cabeza. Naturalmente, no me olvido de invocar a ninguna de las devociones a Cristo y a la Virgen María, que hay tan arraigadas en nuestra Diócesis de Jaén.

Jaén, 8 de septiembre, Natividad de la Santísima Virgen, de 2017

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Tue, 19 Sep 2017 12:37:46 +0000
“Construyendo espacios de comunión” http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/40181-“construyendo-espacios-de-comunión”.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/40181-“construyendo-espacios-de-comunión”.html

Carta pastoral del obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez Montes

Queridos diocesanos:

La Iglesia, como sabéis, está siempre en camino, en movimiento; en las múltiples facetas de su vida va llevando hacia delante la tarea de edificarse al servicio de su misión, que la hace estar siempre en camino, siempre inquieta. La Iglesia católica es una Iglesia activa siempre en el anuncio del Evangelio, lo que hace de mil maneras cada día, aunque todo lo haga a través de unos oficios fundamentales: el servicio de la Palabra, la celebración de los sacramentos y el servicio de la caridad, fruto bendito de la fe.

Como familia de Dios que somos en esta tierra, que tiene una preciosa imagen en su mar de olivos, todo lo hacemos en unidad. Desde cada parroquia, la Diócesis de Jaén se teje en la comunión, esa experiencia espiritual que cada cristiano lleva en su corazón y que le une a los demás por el amor y el servicio. Todo va sucediendo bajo la guía del Obispo, sucesor de los apóstoles y servidor de la unidad de todos. La comunión es, sobre todo, un modo de ser; el que nos da la participación en el modo de vivir y de amar de Dios mismo en su Trinidad Santísima.

La Iglesia, en su itinerancia, transita por caminos y veredas, por calles y plazas y se va asentando “entre las casas de sus hijos y de sus hijas”. A lo largo de la historia, la Iglesia ha ido poniendo espacios para que se reúnan los que viven, celebran, ofrecen y dan testimonio de su fe en su cercanía. Nuestros templos y sus aledaños pastorales: con sus salas, aulas y espacios para la oración, la catequesis o la convivencia, son siempre necesarios para acoger a los que necesitan compartir su vida cristiana, para alimentarla y fortalecerla. En estos espacios, en la Iglesia, sus miembros viven la fe, aunque siempre manteniendo las puertas abiertas para acoger y enviar. Porque nuestros templos no son islas, son el corazón de las casas familiares que los rodean, en las que viven los cristianos y los que no lo son, pero sí son destinatarios de nuestra misión y del testimonio de nuestro servicio y caridad.

Aunque hemos heredado de nuestros antecesores muchos y bellos espacios de culto, los movimientos del nuevo urbanismo de estos tiempos modernos obligan a la Iglesia a asentarse allí donde se asienta un grupo amplio de cristianos que necesitan ser cuidado con cercanía. La Iglesia se hace presencia acercándose a los que abren nuevos espacios de convivencia.

Es por eso que necesitamos comprensión y ayuda de toda la comunidad diocesana y por lo que os pedimos que colaboréis en la CONSTRUCCIÓN DE NUEVOS TEMPLOS. Necesitamos, en efecto, la colaboración generosa de toda la Diócesis con esas nuevas comunidades que tienen que construir sus espacios de culto, que siempre son muy costosos de financiar. La Diócesis de Jaén, desde hace bastantes años ha tenido la feliz idea de pediros ayuda. Yo también apelo este año a vuestra generosidad. En las misas del 17 de septiembre se os pedirá vuestra ayuda.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Thu, 14 Sep 2017 12:15:28 +0000
El otro verano de algunos http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/40110-el-otro-verano-de-algunos.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/40110-el-otro-verano-de-algunos.html

Carta Pastoral del Obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez


Desde mi llegada a Jaén escucho con frecuencia una advertencia: “Cuidado con el verano”. Tengo que reconocer que tanto aviso por los calores veraniegos me producía cierta extrañeza, sobre todo porque iban dirigidos a un extremeño, criado en la provincia de Badajoz y luego, antes de ser vuestro obispo, 13 años en Plasencia, en la provincia de Cáceres. Venía, por tanto, de veranos calurosos, cuando así era la climatología del año. Luego me explicaron las razones de nuestras noches calurosas, que en eso sí que somos distintos en Jaén. ¡Madre mía, que noches! Y detrás de esas primeras advertencias, venía la recomendación: “Aquí en Jaén, si se puede, es mejor no estar en verano”.
Ya he experimentado dos, y tienen razón los giennenses que se quejan; sobre todo los que no pueden salir a esos refugios que otros sí se pueden permitir. Pero no era del calor de lo que yo quería hablaros; porque eso, al fin y al cabo, pasa. Mi intención es poner de relieve que, cada vez más, hay muchos que buscan que el tiempo de verano sea para ellos una oportunidad de hacer lo que no se puede en otra época; sobre todo vivir experiencias ricas de convivencia y formación. Así lo han hecho un amplio grupo de cristianos y cristianas, sacerdotes y laicos, de nuestra Diócesis, que han estado en Santiago de Compostela en un gran Encuentro Nacional de Laicos, que se ha desarrollado bajo el lema: Salir, caminar y sembrar siempre de nuevo.
Desde el primer momento que conocí esta iniciativa pensé enseguida que nuestra presencia era necesaria, por eso animé a que se participara, sobre todo para estar en la onda de un movimiento importante que está sucediendo en este momento en España, animado por una renovada Acción Católica General. El curso pasado, muchos de vosotros habéis vivido en primera persona, en vuestras parroquias, el germen de un despertar pastoral y misionero entre nosotros. Con “el sueño misionero de llegar a todos” os habéis reunido sacerdotes y laicos para preguntaros qué es lo que hemos de hacer para situar nuestra Iglesia diocesana en estado permanente de misión.
Ideas, afortunadamente, ha habido muchísimas. En la Asamblea Diocesana final pusimos al descubierto la creatividad de cuantos habíais reflexionado, fruto naturalmente de vuestro amor a Jesucristo y a su Iglesia y, ¿cómo no?, de la docilidad de todos al Espíritu. Gracias a lo recogido, que ha sido muy abundante, estamos a punto de presentar un Plan de Acción Pastoral, cargado de sugerencias, que si son bien acogidas y aplicadas en comunión de todos y con sentido misionero pueden dar, no tengo ninguna duda, el fruto de renovación espiritual y pastoral que esperamos.
Pero nada se puede hacer sin mano de obra. Para todo lo que tenemos por delante es necesario que cada uno ponga lo mejor de sí mismo. Eso es lo que siempre espera de nosotros la Iglesia del Señor, la calidad humana y espiritual de todos. De un modo especial, espera siempre una activa conciencia misionera de los laicos y su disposición a participar corresponsablemente en la misión de la Iglesia. Sin vosotros, los laicos, no es posible evangelizar, no es posible cambiar nada. No es porque los demás, sacerdotes y consagrados no seamos necesarios, es porque vosotros sois la fuerza que nos hace salir al mundo y entrar en todas sus periferias. Los laicos sois la apuesta de la Iglesia de Jaén para que la pastoral ordinaria, la que se desarrolla en nuestras parroquias, urbanas o rurales, tenga el acento misionero que necesita. Evangelizar a todos sólo es posible si todos tenéis la oportunidad y aceptáis el deber, que os corresponde por vuestro Bautismo, de ser misioneros.
Evidentemente, todo irá mejor si evangelizamos unidos, si partimos de una actitud y unos modos de actuar que tengan como “alma” una espiritualidad de comunión. Siempre hemos de andar juntos por los caminos de la evangelización; el individualismo y el aislamiento dispersa, la unidad concentra a todos en lo esencial, el anuncio de la alegría del Evangelio con un impulso de amor que nace en el corazón mismo de Dios. Todos hemos de trabajar el espíritu de comunión: unos, por responsabilidad ministerial la han de promover; y otros, se han de incorporar con profundo sentido de responsabilidad a esa tarea común.
Los laicos, conscientes de que están llamados a santificar el mundo, necesitan especialmente esta experiencia de comunión. Es verdad, que sobre todo en estos tiempos se ha evangelizado por el “boca a boca” y el “uno a uno”; pero siempre el que evangeliza ha de llevar la impronta espiritual de una Iglesia con vocación sinodal. Eso pone en valor, en lo que se refiere a los laicos, el apostolado asociado. Mejor caminar con otros, en su clima espiritual, en su fuerza pastoral, en su ayuda comunitaria, en los medios del grupo que acompaña, que solos. De ahí que, afortunadamente, esté renaciendo con fuerza la Acción Católica y que se vuelva a redescubrir como el movimiento de la Iglesia en su labor ordinara de anuncio del Evangelio en este mundo moderno. Es una Acción Católica con clara vocación diocesana y parroquial.
Ya veis, estos que fueron a Santiago buscaron otro verano: se incorporaron a las inquietudes más actuales y urgentes de la Iglesia en España y recogieron, para ahora sembrar en la misión que emprende nuestra Diócesis tras haber pasado los calores del estío. Pronto, Dios mediante, les pediremos a los que organizaron este evento y a los que participaron que nos cuenten lo que allí ocurrió; y, según sea vuestra respuesta, ya veremos por dónde seguimos.
Con mi afecto y bendición.
+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Jaén Fri, 08 Sep 2017 11:01:37 +0000
“Jesucristo, la Iglesia y el Papa” http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/39365-“jesucristo-la-iglesia-y-el-papa”.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/39365-“jesucristo-la-iglesia-y-el-papa”.html

Carta pastoral del obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez

Queridos diocesanos:

Cuando se aproxima la fecha del 29 de junio, solemnidad de San Pedro y San Pablo, en la que toda la Iglesia celebra el Día del Papa, os propongo en esta carta una oración muy especial e intensa por el Santo Padre Francisco. Como sabemos, él nos la pide siempre. Entiendo, por tanto, que hacerlo es justo y bueno para él, pero también lo es para nosotros. Rezar por el Papa nos asienta como cristianos en la Iglesia: somos Iglesia del Señor en comunión con el obispo de Roma. Si os propongo este sencillo homenaje espiritual al Papa Francisco, es por la confianza que me da el haber comprobado el afecto filial con que en Jaén se le quiere, que es tan sólido y fuerte como el que se le tiene en tantas otras partes del mundo.

Mi propuesta de adhesión a Francisco la hago junto a mi petición de que estéis muy atentos a algunas actitudes y criterios insuficientes que hoy se ponen de relieve a la hora de juzgar la labor pastoral del Santo Padre. Entiendo que, frente a una clara, sincera y entusiasta actitud de admiración, afecto y respeto hacia él por parte de una inmensa mayoría, también se perciben actualmente en algunos dos tendencias que, si bien son minoritarias, suelen proceder de personas o grupos con cierta capacidad para hacer ruido mediático. En realidad, es lo mismo que sucedía con sus antecesores, al menos con los dos últimos, a los que no les faltó o una falsa e interesada adhesión o una clara crítica. Sin embargo, con Francisco, el Papa que ejerce su ministerio de un modo tan profético y evangélico, el ruido parece que, en algunos sectores, es más sonoro. Entre los que le admiran o le critican hay, a mi entender, dos tendencias llamativas: unos se distinguen por “mucho Papa, poca Iglesia”; y otros, por “mucha Iglesia, poco Papa”.

Mucho Papa, poca Iglesia
A veces, da la impresión, al escuchar los halagos de algunos, que el Papa Francisco nada tuviera que ver con la Iglesia. A conveniencia de sus criterios personales o institucionales, desligan lo que necesariamente ha de estar siempre unido. En verdad no se atreven a negar lo que es incuestionable: que Francisco, con sus palabras, y sobre todo con sus gestos, le ha dado una nueva y acrecentada credibilidad a la fe y a la vida cristiana de los católicos. Sin embargo, los elogios al Papa de algunos no le llegan al conjunto de la Iglesia, de la que siguen poniendo de relieve sólo los errores y pecados. Da la impresión de que se niegan a reconocer la mucha santidad y autenticidad que hay en el conjunto del pueblo cristiano, de la que es un testigo cualificado el Santo Padre. Se puede decir que estos son “clarividentes” con el Papa, pero “interesadamente ciegos” con los demás católicos, sobre todo si son obispos y sacerdotes.

Los que así piensan, se olvidan de que entre los católicos hay una sintonía, a la que llamamos “comunión”, con la que juntos, santos y pecadores, le vamos dando rostro a la Iglesia. De esa comunión se deduce que lo que hace Francisco lo hacemos todos y que lo que hacemos todos lo asume Francisco, como nuestro Pastor y padre; también nuestros fallos, debilidades y pecados. Por tanto, no vale decir: qué bueno es Francisco, qué estorbo es la Iglesia. Esto, además de un error, es una injusticia.

Mucha Iglesia, poco Papa
Por otra parte, otros, más o menos abiertamente, le niegan su adhesión filial al Papa Francisco. Estos, con la excusa de una supuesta fidelidad a la Iglesia, no sólo se quedan cortos en su fidelidad al Santo Padre, sino que, en ocasiones, - algunos habitualmente - incluso le faltan al respeto que se merece, sobre todo cuando valoran el estilo con que está ejerciendo su ministerio y su magisterio. Lo que a la mayoría nos parece tan maravilloso, éstos, por su parte, lo consideran errático. Cuantos así piensan y actúan se conforman con una Iglesia a su medida, pretendiendo que ésta tenga sus hechuras, que desgraciadamente están al margen de la compasión y la misericordia, viga maestra de la vida de la Iglesia y razón de su credibilidad; quizá sea por eso que critican los matices más evangélicos del magisterio gestual y verbal de Francisco. Además, sin ser muchos, siembran dudas y, sobre todo, escandalizan a los sencillos, a los que dicen defender, al tiempo que producen una dolorosa zozobra en torno a la unidad de la Iglesia.

Una renovación en el Espíritu
La impresión que dan unos y otros en sus parciales e interesadas opiniones sobre el Papa es que se están olvidando de que el Espíritu Santo sigue ejerciendo puntualmente su tarea de llevar la marcha de la Iglesia. Se olvidan, sobre todo, de que el Espíritu trabaja en unidad estas dos opciones de la fe de un católico: la piedra angular de la Iglesia es Jesucristo y el principio y fundamento de su unidad es el Sucesor de Pedro. Por eso, los de un extremo y los del otro harían muy bien en ser dóciles al Espíritu para no separar nunca tres amores imprescindibles en nuestra vida cristiana: Jesucristo, la Iglesia y el Papa. El arraigo armonizado de los tres es absolutamente necesario para el discípulo del Señor. Quizás así entenderían mejor que no es un capricho o una aventura meramente humana lo que el Espíritu está promoviendo en el sentir de la fe de los creyentes y en el desarrollo de la misión de la Iglesia a través del ministerio pastoral del Papa Francisco.

Como Obispo vuestro, le doy las gracias a Dios Nuestro Señor por el ministerio del Santo Padre, por su extraordinario servicio a la Iglesia y por su inestimable ayuda a la humanidad ante los desafíos que hoy tiene por delante y ante los dolores que padece. Os invito a todos a que, en vuestra conciencia eclesial y en vuestra oración, os sintáis, como también yo lo hago, en comunión cordial y obediente con el Santo Padre, al que le damos nuestro apoyo filial ante las dificultades y las pruebas que pudiera estar padeciendo.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Mon, 26 Jun 2017 13:27:51 +0000
Un sueño misionero que ya camina http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/39246-un-sueño-misionero-que-ya-camina.html http://odisur.es/diocesis/jaen/documentos/item/39246-un-sueño-misionero-que-ya-camina.html

Palabras del obispo de Jaén, Mons. Amadeo Rodríguez Magro

Queridos Asambleístas:

Mi saludo más cálido y fraterno para cuantos estáis aquí reunidos, y dispuestos a participar en este acontecimiento de nuestra Iglesia Diocesana de Jaén. Se cierra hoy un año de reflexión de muchos, en el que hemos hecho juntos un camino de coherencia misionera, en búsqueda de las mejores ideas, planteamientos y acciones de cara a la elaboración de nuestro próximo Plan Pastoral. Estoy absolutamente convencido de que valoráis como una gran responsabilidad la misión que hoy se os encomienda.

En un camino de reflexión, diálogo y decisión
Con vuestra participación activa en esta Asamblea Diocesana, vais a recoger todo lo que se ha ido acumulando en un fructífero trabajo, que han hecho muchos, reunidos con fe en Jesucristo y amor a la Iglesia, en sus parroquias, en sus comunidades, en sus asociaciones o en su reflexión particular. Llega a vuestras manos la síntesis hecha por algunos voluntarios, que estoy absolutamente seguro de que siempre fueron conscientes de que tenían la misión de darle unidad a la más preciosa y abundante cosecha de una siembra de incalculable valor. En el documento en el que vais a trabajar está lo que el Espíritu del Señor ha ido poniendo, a lo largo de este curso pastoral, en el corazón y en la inteligencia de tantos como han querido participar en un camino de reflexión, diálogo y decisión, desde el que se anhelaba llegar en los próximos años al sueño misionero de llegar a todos.

Por eso, el rico caudal de vida espiritual y pastoral, que os han entregado para que lo valoréis, habréis de tratarlo con mucho respeto. Pero no olvidéis de que también habréis de trabajar con una gran libertad; aunque siempre hayáis de tener en cuenta que no os podéis alejar de lo que muchos han soñado juntos para nuestro futuro. Lo que vosotros decidáis hoy con vuestra valoración, el Obispo lo recogerá y lo encauzará hasta que se convierta, tras el recorrido que aún le queda por hacer, en nuestro Plan Pastoral Diocesano.

La sinodalidad como método de vida y acción
Quiero que sepáis que lo que estamos haciendo hoy, sumado a lo que hemos hecho a lo largo de este año, le dará un gran impulso a un modo de ser Iglesia, ese del que ya os hablé en mi homilía de entrada en la Diócesis, de una Iglesia que vive en sinodalidad. Lo que hemos hecho para llegar hasta aquí nos muestra que hablar de comunión no es sólo proponer un ideal inalcanzable, sino que es la prueba de que hacer las cosas juntos es el único modo de caminar en la Iglesia al servicio de nuestra misión: es una mirada a lo Alto, para, desde Dios, bajar con Él la mirada a nuestro alrededor y ver codo a codo, pie a pie, tramo a tramo junto a nosotros a hermanos, hijos de un mismo Padre.

Es en ese estilo de ser y de hacer de donde brota siempre el sueño de la misión, de donde se enriquece el sentido misionero. El Espíritu une, envía y siembra con todos juntos. Es más, el modo de ser y de andar en sinodalidad es el mejor antídoto contra algunos de nuestros males estructurales, como la descoordinación pastoral, la creatividad que se desmarca del cauce común y siempre corre por afluentes particulares; o también la resistencia a salir de la rutina establecida y a emprender una pastoral más claramente evangelizadora. Para evitar esos males que provienen de ir cada uno por su cuenta, la comunión ha de ser, por tanto, el estilo que la Iglesia de Jaén está llamada a asumir en las tareas que tenemos la obligación de realizar en ella todos los bautizados.

Como nos recuerdan los obispos españoles en el Plan Pastoral de la CEE, es indispensable la sinodalidad para la cooperación de los fieles laicos que participan activamente en la vida de la Iglesia y aceptan con diligencia y generosidad las tareas que les corresponden en la actividad multiforme de la comunidad cristiana; por supuesto, lo es también para la colaboración indispensable de los sacerdotes diocesanos que trabajan con abnegación y generosidad en el servicio del Pueblo de Dios; del mismo modo, la sinodalidad ha de ser el estilo que marque la preciosa y específica aportación de numerosas comunidades de vida consagrada que tienen presencia y servicios en nuestra diócesis.

La comunión al servicio de la misión
Os doy, por tanto, las gracias por estar, y por haber estado desde el primer momento, en esta tarea que hemos hecho juntos a lo largo de este curso pastoral 2016-17. Como recordaréis, este era un deseo que nacía de la orientación que le quiero dar a mi ministerio entre vosotros. Desde los primeros pasos que dio este Plan Pastoral, que estamos elaborando, y que comenzaron a los pocos días de mi llegada a la Diócesis, ya hablé de que deseaba para él esta dinámica de comunión corresponsable. Pero también tengo que decir que recogí este deseo de compartir un proyecto de vida y de servicio pastoral en común, de muchos de vosotros. A juzgar por cuantos habéis participado, que habéis sido un gran número, los dos deseos – el mío y los vuestros - se han sintonizado perfectamente.

Otros hermanos, sin embargo, no han llegado a tiempo en el convencimiento de que ser Iglesia en comunión es “practicar” la comunión y sintonizar con lo que el Señor nos va indicando a todos juntos en el camino de nuestra Iglesia al servicio del mundo; unidos responderemos mejor a la demanda de novedad, en ardor, métodos y expresiones, al servicio del Evangelio, que nos hace nuestro tiempo.

Espero que los que no han estado en la primera hora no tarden mucho en incorporarse, y que en las próximas llamadas a trabajar en la Viña del Señor se incorporen ya a las parroquias que, por las razones que sean, no han estado en este primer tramo del trabajo.

Caminar en el seno de la Iglesia diocesana
Setenta y dos parroquias, más otras muchas formas de participación, habéis hecho esta primera etapa de la renovación pastoral, porque habéis entendido perfectamente que, aunque lo hagamos todo muy bien en nuestras respectivas comunidades, y no nos falte de nada; que aunque nuestra evangelización sea tenaz e incisiva, y nuestra catequesis y predicación esté garantizada; que aunque nuestra comunión sea una experiencia lograda y nuestra caridad sea muy sólida, siempre hay un algo más que podemos darle a todo lo que hacemos, un algo más que sólo podemos asumirlo cuando estamos juntos, bien orientados, bien guiados por el Obispo, en el seno de la Iglesia diocesana. Ese algo más nos lo ofrece la comunión: el sumar juntos, el aunar la riqueza de todos bajo la guía del Espíritu. “A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común” (1 Cor 12,7). Sólo la Diócesis nos pone en una misma ruta pastoral, nos da el mismo impulso misionero, nos ensancha y fortalece una comunicación de bienes de largo alcance. Quizás sea por eso que vosotros habéis creído en el valor de la diocesaneidad, que siempre es una riqueza en nuestra misión como Iglesia del Señor.

Juntos para conocernos y orientarnos
En lo que hemos hecho nos hemos inspirado en un precioso lema: EN CAMINO HACIA EL SUEÑO MISIONERO DE LLEGAR A TODOS. Es el que nos ha marcado el itinerario en el que hemos buscado conocernos y orientarnos, siempre con un impulso hacia delante, con un deseo de crecer en espiritualidad, en celo pastoral y en caridad en nuestra Diócesis de Jaén. Al conocernos mejor, estoy convencido de que hemos encontrado mucho bueno, muchas cosas bien hechas; no debería haber entre nosotros ninguna duda de que hay un deseo generalizado de ser fieles al Señor en lo que nos va pidiendo cada día a cada uno de nosotros, en la vocación en la que nos ha llamado. No obstante, para poder crecer y soñar con el futuro no nos ha de importar nunca reconocernos “manifiestamente mejorables”. El tono “bueno” de insatisfacción, el que anima y no paraliza, siempre es necesario, si queremos evitar uno de los peores males en la vida de nuestras Iglesias, el de la autocomplacencia mundana, que nos hace creer que ya no tenemos nada que mejorar. Lo que hemos hecho ha transcurrido, como se nos proponía, en un sueño, y como en todos los sueños queríamos dar pasos, abrir horizontes, romper las inercias. Os puedo asegurar, por la riqueza de todo lo que se ha recogido, que no le habéis tenido miedo al movimiento y a la creatividad. Por eso os animo a valorar y mejorar, en ese mismo dinamismo de ir hacia delante, estas propuestas para la vida de la Diócesis, en las que hoy vais a trabajar.

Aunque teníamos ya estructuras, programas, objetivos y acciones, no nos hemos cerrado a la sorpresa de Dios, a los sueños pastorales y misioneros que hoy son tan necesarios, si miramos al corazón de Cristo y a las necesidades de nuestros hermanos. Vosotros sois hoy, en esta primera Asamblea del desarrollo de nuestro próximo Plan Pastoral, los portavoces de toda la diócesis en un intento de conocernos mejor, para crecer en la vida de nuestra Iglesia diocesana y de cada una de sus parroquias y comunidades. Vosotros, con vuestras opciones, nos diréis cómo estamos a día de hoy; estoy seguro de que lo haréis con un diagnostico buscado con vuestra mejor mirada creyente; el diagnóstico que nos lleve a buscar una mayor fidelidad a Dios y el hombre.

Con actitud de conversión pastoral
Sobre esa realidad encontrada con mirada de amor y de fe, el siguiente paso es orientarnos adecuadamente, al menos en unas líneas fundamentales. Nos orientaremos, como sabéis, con un futuro Plan Pastoral bien diseñado y asentado en las cuatro mediaciones eclesiales: la transmisión de la fe o la evangelización, la celebración de la fe, la comunión eclesial y el servicio de la caridad. Cada año una mediación pondrá sucesivamente su fuerza en nuestro desarrollo pastoral, pero lo hará en una dinámica de crecimiento integral de las cuatro, a lo largo de todo el desarrollo y aplicación de nuestro Plan de acción pastoral.

En la estructura teológico-pastoral buscaremos que todo tenga unos acentos imprescindibles, a los que la Iglesia que se toma en serio el hoy de su misión no quiere renunciar. Hago mías estas palabras del Papa Francisco: “Espero que todas las comunidades procuren poner los medios necesarios para avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera que no puede dejar las cosas como están. Ya no nos sirve una “simple administración”. Constituyámonos en todas las regiones de la tierra en un estado permanente de misión” (EG 25).

Para una nueva etapa evangelizadora
Entre todos hemos de alentar y orientar una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría y llena de dinamismo. Siguiendo con los consejos del Papa Francisco: hagamos de la parroquia “comunidad de comunidades, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando, y centro de constante envío misionero” (EG 28). En las decisiones que vamos a tomar no nos olvidemos de que la Iglesia es la casa cuyas puertas están siempre abiertas no sólo para que en ella se pueda encontrar acogida o respirar amor y esperanza, sino también para que nosotros podamos salir y llevar este amor y esta esperanza (cf Papa Francisco, al Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización, 14 del 10 de 2013) a periferias de vida que nos están esperando con ansiedad, porque el amor de Dios, que nos ha precedido, nos espera en el corazón de esa gente que, quizás sin saberlo, anhela ser evangelizada. Hoy, a pesar de las apariencias de satisfacción que presenta la imagen de nuestro contexto social y cultural, en medio de ese mundo que ofrece otros manjares y bebidas, hay síntomas de un hambre y una sed, que sólo puede ser satisfecha por el Pan de Vida y el Agua Viva que nos da Jesucristo.

En los tres perfumes del apóstol
Para que os situéis conmigo en esta Asamblea Diocesana no renuncio a pediros que os asociéis a los tres perfumes que quiero darle a mi ministerio episcopal entre vosotros: para ser una Iglesia misionera, en salida, hemos de cultivar el buen olor de la unidad entre todos nosotros: el obispo con los presbíteros, con los consagrados y consagradas y con todo el pueblo santo de Dios. Tampoco nos puede faltar el perfume que nos da el buen olor de Cristo, ese que se conserva si nuestra vida va tras la meta de la santidad. Y nuestra mirada pastoral para orientar el camino de nuestra Iglesia diocesana en los próximos años siempre tendrá los ojos fijos en Jesucristo, el Buen Pastor. Y todo lo ponemos bajo la protección de la Santísima Virgen de la Cabeza, Madre de esta Iglesia de Jaén y guía e inspiración de nuestra misión.

Jaén, 17 de junio de 2017

+ Amadeo Rodríguez Magro,
Obispo de Jaén

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Jaén Tue, 20 Jun 2017 10:11:59 +0000