Homilía en la Misa Pontifical de Pentecostés

Mons. José Vilaplana Blasco, Obispo de Huelva.

Después de unas jornadas marcadas por las intensas lluvias, nos reunimos hoy, en este día espléndido, para celebrar la fiesta de Pentecostés junto a nuestra Madre, la Virgen del Rocío. Las dificultades del camino han puesto de relieve dos aspectos importantes por los que debemos dar gracias a Dios: vuestro amor y devoción a la Virgen María, que no ha encontrado freno por las adversidades meteorológicas, y la coordinación y el esfuerzo de las instituciones que han buscado rutas alternativas para garantizar vuestra seguridad como peregrinos. Gracias a Dios y a vosotros por esta devoción mariana y por la admirable y eficaz coordinación.

Ahora nos encontramos ya reunidos para celebrar esta solemne Eucaristía, en la que escuchamos la Palabra de Dios y nos acercamos a María, que fue perfecta oyente de la Palabra y, por eso, se convierte en maestra que nos ayuda a comprenderla y a llevarla a nuestra vida.

1. Paz a vosotros.

Ella, como Madre, además de acoger hoy las súplicas, los deseos y la gratitud con que venimos a su presencia, nos señala el camino por el que podemos crecer en su imitación. Ella lo expresó con claridad cuando dijo a los criados de Caná, –y en ellos a nosotros–: haced lo que mi Hijo os diga. ¿Y qué nos ha dicho hoy el Señor en el Evangelio? “Paz a vosotros”. Y repite: “Paz a vosotros”.

¿No estamos necesitados de paz en lo más profundo de nuestro corazón? La vivencia de Pentecostés en El Rocío debe ser para nosotros un oasis de paz. Esa paz brotará de la experiencia de la misericordia divina acogida en nuestro corazón. Dios quiere para nosotros paz y, por eso, nos ofrece también su perdón: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”. En este Año de la Misericordia, al que nos ha convocado el papa Francisco, debemos descubrir una dimensión importante de la experiencia del auténtico Rocío. Muchos de los hijos de la Virgen María, impulsados por tan buena Madre, se acercan al manantial de la misericordia en el sacramento de la Penitencia, tanto en el transcurso de la peregrinación, como en los días vividos aquí junto a Ella.

En este punto, deseo subrayar tres afirmaciones del papa Francisco.

La primera, que el sacramento de la Reconciliación nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Es para cada penitente fuente de verdadera paz interior.

La segunda, que “siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz”.

Y la tercera, que al pie de la Cruz, “María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno”.

La experiencia del Perdón se convierte entonces en la paz que inunda toda nuestra persona. El sacerdote, en nombre de Jesús, nos concede el perdón y la paz. La serenidad que entonces vive nuestro corazón se expande también en el seno de nuestras familias y de quienes nos rodean. El santuario de la Virgen del Rocío, Madre de Misericordia, se convierte así en oasis de paz y en “hospital de campaña” –expresión del papa Francisco–, en el que las heridas quedan curadas, los errores superados y los pecados perdonados.

2. Como el Padre me ha enviado.

Contemplando la venerada imagen de la Santísima Virgen, de nuevo escuchamos de sus labios: “Haced lo que Él os diga”. ¿Y qué más nos ha dicho Jesús en el Evangelio?: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. El Padre envió a Jesucristo al mundo para que fuera el rostro de su misericordia, manifestado en su humanidad. Para ello necesitó a una madre que le diera nuestra carne, y la encontró en la Virgen María, que acogió la propuesta de Dios, con esas palabras que siempre nos sobrecogen: “hágase en mí según tu palabra”. Desde ese momento el Hijo de Dios, a quien no pueden abarcar los cielos, se encerró en las entrañas purísimas de María, por obra del Espíritu Santo, y se hizo hombre. En el misterio de su Encarnación, en su predicación, en sus gestos, en su Muerte y Resurrección, todo ha sido expresión de misericordia. Jesucristo es la misericordia encarnada.

María, como colaboradora del plan de salvación, compartió siempre la enseñanza del Hijo, realizando en su vida esa revolución de la ternura. En Ella se refleja la bondad de un Dios que se inclina ante nuestras miserias y nos acoge en su Corazón. Con razón se puede afirmar con el Papa que: “ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor”.

La Iglesia, nosotros, somos enviados a continuar esta gran obra de misericordia. Ante la grandeza de esta tarea nos sentimos pobres como los apóstoles pero, como ellos, nos reunimos en oración con María, esperando que el Señor cumpla en nosotros sus promesas, regalándonos el don del Espíritu Santo, el soplo que nos empuja y la llama que hace arder nuestro corazón de amor y de servicio hacia nuestros hermanos más necesitados. Estamos llamados a ser, en medio de nuestro mundo, testigos y portadores de la misericordia, siguiendo los pasos de Jesús con la ternura de María.

Ser misericordiosos como el Padre “es un programa de vida tan comprometedor como rico de alegría y de paz”. La misericordia nos permite mirar a todas las personas reconociendo su dignidad y tomándonos en serio todas las situaciones de debilidad y vulnerabilidad. El reconocimiento de la dignidad de toda persona y el trabajo por buscar el bien de todos, nos impedirá caer en la tentación y superar los lastres que enturbian nuestra sociedad: la corrupción, la explotación de los débiles y la violencia en cualquiera de sus formas, física o verbal. “Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad”. Son palabras del papa Francisco.

Nuestra Madre, la Virgen del Rocío, refleja siempre para nosotros esa llamada o vocación a la santidad que debemos vivir todos sus hijos, bajo el impulso del Espíritu Santo, en el ejercicio de las obras de misericordia corporales y espirituales.

3. La alegría del Señor.

Hemos escuchado también en el Evangelio de hoy, que los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. La solemnidad de Pentecostés culmina las fiestas de la Pascua, en las que hemos celebrado y vivido la alegría de la presencia de Cristo resucitado en medio de nosotros, que ahora se actualiza en la celebración de esta Eucaristía. Junto a Cristo siempre encontramos a su Madre, que compartió con Él los sufrimientos de la Cruz y que comparte también la gloria y la alegría de su Resurrección. A Ella le pedimos poder experimentar la alegría de ser y de vivir hoy como cristianos. Quien se encuentra con Cristo encuentra la alegría. Así nos lo recuerda el papa Francisco en sus principales mensajes: “La alegría del Evangelio” y “La alegría del amor”, que últimamente nos ha dirigido, especialmente a las familias.

El Rocío es también una experiencia de alegría vivida en el ámbito familiar, en el que, generación tras generación, se transmite la fe cristiana y el amor y devoción a nuestra Madre, la Virgen del Rocío. Que Ella proteja nuestras familias, para que reciban el rocío del Espíritu Santo, el Espíritu del amor, del consuelo y de la alegría. Para terminar, queridos hermanos y hermanas, suscribo un deseo del papa Francisco: “El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios”.

Virgen del Rocío, Reina y Madre de Misericordia, ruega por nosotros. Amén.

✠ José Vilaplana Blasco
Obispo de Huelva

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