Guadix Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Sun, 19 Nov 2017 06:57:49 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es Los pobres en el corazón del Evangelio. Don y tarea para la Iglesia http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/41346-los-pobres-en-el-corazón-del-evangelio-don-y-tarea-para-la-iglesia.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/41346-los-pobres-en-el-corazón-del-evangelio-don-y-tarea-para-la-iglesia.html Los pobres en el corazón del Evangelio. Don y tarea para la Iglesia

Carta del obispo de Guadix, Mons. Ginés García, con motivo de la celebración de la I Jornada Mundial de los Pobres

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Este año, por invitación del Papa Francisco, y como fruto del Año de la Misericordia, vamos a celebrar por primera vez en la Iglesia la Jornada Mundial de los Pobres, “para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y más necesitados” (Mensaje del Santo Padre Francisco).

Esta nueva Jornada para la Iglesia universal, que a partir de ahora celebraremos cada año, quiere ser un estímulo que nos haga reaccionar a los creyentes, y también a los que no lo son, frente a la cultura del rechazo y la exclusión, esa cultura que descarta a aquellos que no pueden subirse al carro que ella misma impone por la exigencia del tener, del disfrute, del derroche, para hacer nuestra la cultura del encuentro, de la acogida, de la aceptación del otro. Por otra parte, esta iniciativa que brota de la solicitud pastoral del Papa, es una invitación a acercarnos a los últimos, a los más pobres, para compartir con ellos no sólo lo que nos sobra, sino la vida misma, reconociéndolos y haciéndolos nuestros, para esto sería bueno y oportuno poner gestos concretos.

1. Los pobres en el corazón de Dios, opción fundamental de la Iglesia.

En el Mensaje con motivo de esta Jornada de los Pobres, el Papa Francisco cita unas palabras del Beato Pablo VI que quiero traer ahora: “Todos los pobres pertenecen a la Iglesia por derecho evangélico”. Y es que los pobres están en el corazón mismo del Evangelio, porque Dios los lleva muy dentro de sus entrañas. Dios no es, no puede ser, sordo al clamor de aquellos que lo invocan. Dios siempre escucha el grito de los afligidos y sale a ayudarlos. La petición del pobre se hace oración; no es una palabra que caiga en el vacío del corazón del que tiene muchas cosas que hacer, del que pone una petición-ocupación más en su mucha tarea; la petición del pobre es oración porque Dios escucha y habla, porque sale en ayuda del que lo necesita.

Al hablar del amor de Dios, que se vuelca de modo especial con los pobres, pienso en una madre o en un padre. Sin duda a todos los hijos quieren por igual; sin embargo, la verdad de ese amor hace que la justicia que se contiene en la igualdad de su entrega se convierta en misericordia que da a cada uno lo que necesita. Dios nos ama con misericordia, dando a cada uno lo que necesita. Así se convierte una vez más en testimonio y ejemplo para la Iglesia y para cada uno de los que la formamos.

El amor de Dios se manifiesta en sus obras, en las que realiza en favor nuestro. Por eso, el amor del cristiano se tiene que manifestar de igual modo en nuestro obrar. Este es, nos dice el Papa, “un imperativo que ningún cristiano puede ignorar”. La caridad no es opcional en la vida cristiana, forma parte de su esencia. El amor a Dios, pilar fundamental de la fe cristiana, se manifiesta del modo más claro en el amor al prójimo. No amo a los demás porque soy muy bueno, sino que los amo con el amor que Dios me da, invierto el amor de Dios en amar a aquellos que son su rostro, su carne, los pobres.

2. El rostro de la pobreza.

La pobreza no tiene un rostro, tiene muchos, porque para nosotros la pobreza son los pobres. Los pobres no son sólo aquellos a los que hay que ayudar, sino también los hombres y mujeres, los hermanos y hermanas, a los que hemos de acompañar, con los que hemos de solidarizarnos y hasta con los que hemos de convivir. La vida con los pobres nos enseñará la hermosa lección que contiene la pobreza. El objetivo de este camino es la identificación con Cristo pobre. En los rostros de los pobres vemos a Cristo, al que queremos amarlo en ellos como nos pide el mandamiento principal.

El camino de la Iglesia con los últimos de la sociedad ha de ser un camino de identificación. Quiero insistir que no basta con ayudar, con dejar tranquila la conciencia en la ayuda puntual y, en el fondo descomprometida, tenemos que emprender un camino de acercamiento a los pobres para escucharlos, para mirarlos a la cara, para tender la mano, para que sientan la ternura del “tú me importas”. La verdadera compasión es compartir la pasión, la situación de postración, y esto no se hace mediando la pantalla del televisor o el papel de la publicación. Sé que no es fácil, que no siempre es posible, pero el objetivo último de la vida cristiana es estar con los pobres, caminar con ellos, vivir con ellos. Desde aquí agradezco de todo corazón el testimonio de todos los que vivís con los pobres, en la Diócesis y fuera de ella. Sois la alerta constante para no dormirnos en una fe acomodada, para no escondernos detrás de una religiosidad de cumplimiento; sois la llamada a vivir comprometidamente la fe, porque esta es la respuesta auténtica al don de Dios.

No quisiera quedarme en sólo palabras, por eso, os invito a mirar a la realidad de nuestra diócesis para descubrir las pobrezas que nos envuelven, y que más que suponer un motivo de abatimiento o de rendición, deben convertirse en una oportunidad para la esperanza. Aprendamos a ver en las situaciones de pobreza oportunidades para que todos, sin excepción, podamos vivir con dignidad.

La realidad social de nuestra Diócesis nos permite ver una pobreza, en muchos casos, enquistada y de difícil salida. La despoblación y el envejecimiento de la misma no es, precisamente, un signo de esperanza. Tenemos núcleos de pobreza extrema, casi siempre motivada por la falta de empleo y de horizonte para encontrarlos.

Estoy convencido que nuestra gran pobreza en este momento es el paro laboral, especialmente el que afecta a los jóvenes, marcándolos en su modo de ser y de actuar. Muchas veces tenemos jóvenes titulados pero no cualificados para ejercer un oficio concreto. Esta realidad conlleva una gran falta de ilusión y la tentación constante de “engancharse” al pasotismo, al vivir sin ver y sin comprometerse, o a algo que les motive, incluida la drogodependencia en la multitud de formas que tiene hoy.

Otra cara de la pobreza son los ancianos, muchos de ellos solos y casi abandonados. Hay que agradecer a las personas e instituciones que se cuidan de ellos, merecen nuestro reconocimiento y apoyo; pero, desgraciadamente, esta ayuda no llega a todos ni a todo lo que necesitan. Tendremos que seguir trabajando para que estas personas mayores vivan este tramo de la vida con dignidad, y en un verdadero ambiente hogareño, aunque sea en la soledad de su propia casa.

No olvidemos tampoco la pobreza que supone la mentalidad de los que se sienten cómodos en su indigencia y hacen de la mendicidad o de la ayuda externa su medio de vida. Hemos de romper la cronicidad de muchas situaciones de pobreza que humillan y rompen la puerta del futuro mejor.

No trato en esta carta de describir toda la pobreza ni todas las pobrezas que tocan nuestra realidad, son muchas. Sólo reivindico, porque es mi derecho y mi deber, ilusión y fortaleza para luchar contra las situaciones de injusta pobreza y marginación, al tiempo que pediría trabajar juntos por un liderazgo moral que nos haga protagonistas de nuestra propia historia y del progreso de los hombres y mujeres de nuestra tierra.

3. La Iglesia tiene que sentirse interpelada.

La imagen de la primera Iglesia que transmite el libro de los Hechos de los Apóstoles muestra cómo los cristianos “Vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno” (Hch 2,45). Es la preocupación de aquellas comunidades por los hermanos más necesitados que les lleva a compartir los bienes en un gesto de verdadera comunión.

Este testimonio lo es también para ejemplo nuestro, los cristianos de hoy. La comunicación cristiana de bienes ha de ser no sólo algo que realizamos en momentos puntuales a lo largo del año, cuando se hace una colecta especial, sino un estilo de vida en las comunidades cristianas. Compartir lo que somos y lo que tenemos es parte del ADN del cristianismo.

La Iglesia, es decir, cada uno de los cristianos, tenemos que sentirnos interpelados por los pobres. Es esta una tarea en la que hemos de avanzar en nuestra Diócesis. Los cristianos que más tienen han de compartir con los que menos tienen, y las comunidades parroquiales más ricas han de compartir con las más pobres. Este principio vale también para las Cáritas.

Queridos hermanos y hermanas, no nos quedemos en los diagnósticos o en las estrategias para acabar con la pobreza, vayamos a los pobres y mostrémosles el don de la fraternidad con nuestra entrega personal y con nuestra ayuda desinteresada y generosa.

4. Invito a los Párrocos y responsables de comunidades cristianas a vivir esta Jornada Mundial de los Pobres y a transmitirla a todos los fieles. Para ello, y según las indicaciones que dará oportunamente el Vicario episcopal para la Acción Social, os propongo:

· Celebrar el domingo, día 19, la Misa “Por el progreso de los pueblos”, tal como se contiene en el Misal Romano, haciendo referencia a esta Jornada en las homilías.

· Organizar vigilias u otros momentos de oración por los pobres en las parroquias y demás comunidades. Recemos por lo más necesitados.

· Invitar a los fieles a acercarse a los pobres mediante una visita o una ayuda.

· Concienciar a los fieles de la importancia del voluntariado en Cáritas, en Manos Unidas, o cualquier otra institución que trabaja en favor de los pobres.

· Consolidar y animar la Cáritas parroquial para que sea expresión de la caridad de toda la comunidad parroquial.

· Invito también a los colegios católicos y a los profesores de religión a llevar esta Jornada a sus centros educativos, ya sea en el aula o en algunas acciones que organicen a este fin.

Quiero terminar haciendo mías las palabras del Papa Francisco en el ya mencionado Mensaje con motivo de esta Jornada de los Pobres: “Que esta nueva Jornada Mundial se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio”.

Que María, la Madre de los pobres, venga siempre con nosotros en este servicio a los más necesitados.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés García

Obispo de Guadix

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Wed, 15 Nov 2017 14:39:34 +0000
En la solemnidad de la Virgen de las Angustias, Patrona de Guadix http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/41343-en-la-solemnidad-de-la-virgen-de-las-angustias-patrona-de-guadix.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/41343-en-la-solemnidad-de-la-virgen-de-las-angustias-patrona-de-guadix.html En la solemnidad de la Virgen de las Angustias, Patrona de Guadix

Homilía del obispo de Guadix, Mons. Ginés García Beltrán

Queridos Hermanos sacerdotes;

Ilmos. Sres. Vicarios General y episcopales.

Ilmo. Sr. Deán y Cabildo de la SAI Catedral;

Ilmo. Sr. Vicario General de la diócesis de Jaén y Deán de su Catedral, y este año predicador de nuestra Patrona, la Virgen de las Angustias, querido D. Francisco Juan. El beato Pablo VI fue siempre gran amigo del que sería su antecesor en la Sede de Pedro, san Juan XXIII; es sabido que Montini sentía una gran admiración por la libertad y la paz interior de Roncalli, veía en él al historiador capaz de distinguir entre el núcleo central de la fe y las adherencias que muchas veces lo ocultan. En estos días, con tu predicación, querido Francisco Juan, has realizado la hermosa misión de ayudarnos a esclarecer lo esencial de la figura de María y el porqué de nuestra relación y amor hacia ella, y lo has hecho trayendo con oportunidad el precioso tesoro que la Iglesia guarda en su doctrina, así como la encarnación de ésta, la experiencia de los santos. Muchas gracias, que Dios te lo pague.

Queridos diácono y seminaristas;

Miembros de los Institutos de Vida Consagrada;

Hermano Mayor y Archicofradía de la Stma. Virgen de las Angustias, Patrona de Guadix.

Hermandades y Cofradías.

Saludo con sincero afecto a las dignas autoridades que nos acompañan y nos honran con su presencia; al Sr. Alcalde en funciones y a los demás miembros de la Corporación municipal, así como a las demás autoridades presentes.

Hermanos y hermana en el Señor.

1. Te saludamos a ti María, Virgen de las Angustias, Señora y Madre nuestra, en esta mañana en que Guadix vuelve a elevar al cielo su canto de alabanza por tu constante presencia y protección sobre esta Ciudad y sobre nosotros, tus hijos, que te reconocemos como Patrona.

Hoy es un día grande, un día de fiesta para Guadix y los accitanos, porque celebramos a la Madre, porque en esta gran familia que es la Iglesia, María es la Madre que da unidad, cobijo y calor al hogar de los que formamos el Cuerpo de Cristo.

Como hicieron nuestros padres, y deseamos de corazón que hagan nuestros hijos, queremos honrar a María, la mujer, la oyente fiel de la Palabra, que por la fe concibió en su seno al Salvador del mundo. Ella es el lugar de nuestro encuentro con el Señor. A lo largo de todo el año, y especialmente en estos días, los accitanos nos volvemos a la Virgen para expresarle nuestro amor y veneración filial, al tiempo que depositamos en su regazo nuestras inquietudes y sufrimientos, nuestros anhelos y esperanzas hechas oración.

Os invito ahora, mis queridos hermanos y hermanas, a contemplar a María a luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, y a dejarnos empapar por su mensaje como la tierra que recibe el agua que la hace fecunda.

2. En la primera lectura hemos escuchado una página de libro de Judit, en el Antiguo Testamento. Israel es instigado por los enemigos que buscan su destrucción; el pueblo ya conoce lo que es el destierro y la usencia de Dios, y, por eso, sabe que nada le vale su fuerza militar, ni el prestigio, ni un pasado glorioso. Será una mujer la elegida por Dios para librar al pueblo de la mano de sus enemigos; una mujer de entre el pueblo, una mujer judía –que eso significa Judit-, que se convierte en modelo para Israel. Judit es digna de toda alabanza por lo que ha hecho; sin embargo, Israel sabe bien que el verdadero protagonista es Dios que es quien salva a su pueblo por la mano de la mujer.

Los cristianos hemos leído siempre este texto del Antiguo Testamento pensando en María, porque ella es la mujer libre y generosa que ha hecho posible la salvación de Dios por su Sí, por el hágase de su libertad puesta al servicio del plan de Dios; porque en ella vemos la mano misericordiosa de Dios que nos cuida y guía la historia de los hombres. María misma, en su cántico de alabanza, proclamará la grandeza del Señor que se ha fijada en su humildad, y por ella ha hecho obras grandes; por la disponibilidad de María, Dios ha cambiado el destino de la humanidad condenada a la muerte y la he hecho heredera de la gloria eterna.

La Virgen María, como Judit, nos muestra que el poder de Dios no está en lo que el hombre ha logrado con su fuerza a lo largo de la historia, ni se demuestra en el éxito, sino que es en la confianza y la fidelidad donde se manifiesta de modo admirable. María, y esta es su gran lección para nosotros, nos enseña con su vida que el camino del discípulo es el de la escucha, la confianza, el abandono y la humildad. Dios se resiste a lo soberbios y ensalza a los humildes como la ha hecho con la Virgen.

“Los que recuerden esta hazaña de Dios jamás perderán la confianza que tú inspiras”, le decía Ozías a Judit. Recordar la hazaña de Dios, hacer memoria constante y cotidiana de su amor para con nosotros, es la fuente de donde se alimenta la experiencia cristiana. Sin hacernos conscientes del amor de Dios, sin aceptarlo en nuestra vida, será difícil que podamos vivir una existencia verdaderamente cristiana. Como nos dice el Papa Francisco, el cristianismo es memorioso, vivimos de la memoria agradecida del don de Dios. Una memoria que no es nostalgia del pasado sino actualización constante del amor que nos abre al horizonte de un futuro en esperanza.

Estoy convencido, mis queridos hermanos y hermanas, que el gran déficit de la humanidad hoy está en la falta de amor. Tenemos muchos problemas, pasamos por muchas pruebas, pero sin duda, lo más grave es la falta de amor, lo más doloroso tantas y tantas personas que no son amadas, o que se han hecho incapaces de amar; cada vez son más los que desconocen lo que es el verdadero amor, sustituido por sucedáneos de este, y, en muchos casos, confundido por verdaderas degradaciones del amor aunque lo nombren así. Por eso, el gran servicio de la Iglesia al hombre de hoy será dar a conocer y a gustar el amor de Dios; que cada hombre o mujer tenga la oportunidad de experimentar que es amado, que Dios lo ama. Es este también el servicio de la Virgen Santísima, mostrarnos cada día el amor de Dios.

No es posible la confianza en la Virgen sin la fe en Cristo, porque María nada es sin su Hijo, sin Dios. Aunque pueda parecer innecesario, y hasta pueril repetir esto, hemos de hacerlo con renovado celo misionero. El apartamiento de Dios de nuestra vida y la expulsión de Dios de nuestro mundo provocan desconfianza y condenan al alma al frio que siempre acompaña a la orfandad. Nuestra confianza en la Virgen será mayor en la medida que nuestra fe en Dios lo sea también. La devoción y el amor a María son la expresión de nuestra fe.

3. El Evangelio que acabamos de proclamar nos habla de la unión de María con Jesús, del Hijo con la Madre. El mismo camino histórico de Cristo es también el de su Madre, con razón algunos autores han definido la vida de la Virgen como el quinto Evangelio. El viejo Simeón profetiza el destino de cruz de Jesús simbolizado en la espada que traspasará el alma de María.

María hace de su vida un acompañamiento interior, profundo, de la vida de Jesús. El Hijo es la alegría de su corazón y la razón de su existencia, la identificación es total. Bernardo de Claraval instruía así al Dante en la Divina Comedia: “Mira al rostro que más se parece a Cristo, pues sólo a través de su resplandor te puedes preparar para verlo a Él”. Por eso, al mirar a la imagen bendita de nuestra Madre, la Virgen de las Angustias, contemplamos en ella la hermosura de lo divino en la esperanza de verlo un día sin misterio. La Virgen nos muestra a Jesús, lo pone también en nuestros brazos y en nuestras vidas. Nos está diciendo: este es mi Hijo, el que os amó hasta el extremo, el que ha ofrecido su vida, la causa de mi angustia y de mi esperanza. Como primera discípula y estrella de la evangelización no se cansa nunca de darnos a Jesús, a pesar de las contradicciones, las dificultades, el cansancio y hasta el rechazo.

Cristo será bandera discutida, signo de contradicción. Su Evangelio por sencillo y provocador pone al descubierto la actitud de los corazones. El Evangelio no puede dejarnos nunca indiferentes, es una llamada que pide respuesta, una respuesta que ha de ser siempre audaz y comprometida, desprendida y alegre.

En la evocación teológica de la oración en Getsemaní que hace el autor de la carta a los Hebreos, y que hemos escuchado en la segunda lectura, se manifiesta la humanísima humanidad de Cristo, que compartió en todo nuestra condición menos en el pecado. Jesús se ve arrojado al abismo del sin sentido del sufrimiento y de la inminencia de la muerte. Pero el sufrimiento, y hasta la muerte, pueden tener sentido cuando se viven en la obediencia al plan de Dios. Aprendió sufriendo a obedecer. La obediencia de la fe es causa y camino de salvación. No entiendo nada, no veo con claridad, pero confío, me fío, me pongo en tus manos en actitud de libre obediencia. Este es el signo cristiano de contradicción para un mundo poseído de sí, seguro de sus logros, colmado de sus posibilidades, pero indefenso y frágil ante el sufrimiento y la muerte; incapaz de dar una respuesta, y menos una solución, a los grandes interrogantes de la humanidad, rendido ante la última palabra, ante la muerte. Cristo se ha convertido para los que creen en Él en causa de salvación eterna por su obediencia, y así nos ha abierto las puertas de la vida, el horizonte de la felicidad eterna.

Queridos hermanos y hermanas, os invito una vez más a vivir una fe misionera; a no conformarnos con lo que hemos sido o lo que ya tenemos; no domestiquemos el Evangelio que es fuerza que ama y sabiduría que ilumina. Anunciemos a todos el amor de Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús. Que nuestra Iglesia diocesana siga siendo signo, sacramento de salvación para todos; hagamos de nuestras comunidades hogares acogedores para que puedan volver los que se fueron, y puedan venir los que nunca estuvieron. Cristo es el mensaje de María y nuestro mensaje, no tenemos otro.

4. En estos días nos recordaba el predicador de la Septena una hermosa oración de san Francisco de Asís que dice: “Santa Madre de Dios, María, que eres Virgen hecha Iglesia”. Sí, María es la Virgen fecunda, la imagen de la Iglesia. Ella es el tipo de la Iglesia Virgen y Madre que engendra nuevos hijos por la fe y el bautismo; es la Madre de familia grande que sienta a todos sus hijos en torno a la mesa de la Palabra y la Eucaristía; la que prepara a su prole para el Cielo, la patria de los redimidos. Caminando con ella, y acogiéndonos a su protección, también nuestra Iglesia será fecunda. La fecundidad apostólica no nos vendrá de nuestros éxitos ni de nuestras estrategias pastorales, sino de la fidelidad al Evangelio.

Queridos hermanos y hermanas, siempre me ha conmovido vuestra devoción a la Virgen de las Angustias; desde el comienzo de mi ministerio entre vosotros me transmitisteis el amor a nuestra Patrona que ha hecho nido en mi alma; por eso, ahora os pido, que sigáis transmitiendo el amor a la Virgen porque ella será siempre la mejor garantía de nuestra fidelidad a Cristo. Queridos accitanos querer mucho a la Virgen porque ella nos lleva a Cristo Salvador. Mientras Guadix sea mariana será cristiana. María Santísima nos evangeliza.

Os pido que os unáis a vuestro Obispo que con vosotros y por vosotros eleva la oración de la Iglesia a la Virgen para que la lleve a la presencia de Dios.

Viren y Madre nuestra te pido por la Iglesia y por nuestra Iglesia diocesana; por los sacerdotes y diáconos, por los consagrados y por el pueblo santo de Dios, por los niños y por los jóvenes, por las familias y por los pobres. Y bien sabes; Señora, que con especial afecto te presento nuestro Seminario, a los seminaristas y a sus formadores; haz, Madre, que los jóvenes vean en ti el gran ejemplo de consagración al Señor, y lo sigan con toda su vida, hasta el final.

Este año, quiero dejar en tu corazón de Madre dos intenciones muy especiales: nuestra Patria, España, para que viva en la unidad y en la concordia de los hombres y los pueblos que la constituimos. Y por la lluvia; pidamos para que el Señor, por intercesión de María, nos envíe el agua tan necesaria a nuestros campos y a nuestra vida.

Santa María de las Angustias, Madre y Señora nuestra, que reinas en el corazón de los accitanos, conserva siempre a este pueblo en tu amor y no dejes nunca de mostrarnos el rostro de tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor. Hoy, nosotros, tus hijos, queremos volver a hacerte la ofrenda de nuestro amor filial; queremos adornar tu corona con nuestra entrega y el servicio a los demás. “Y después que guíes amorosa la senda azarosa de nuestro vivir para unirnos a Ti, Madre mía, nosotros un día sabremos morir” (Del Himno oficial de la Coronación).

+ Ginés García

Obispo de Guadix

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Wed, 15 Nov 2017 14:33:10 +0000
En el Día de la Iglesia Diocesana http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/41266-en-el-día-de-la-iglesia-diocesana.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/41266-en-el-día-de-la-iglesia-diocesana.html En el Día de la Iglesia Diocesana

Carta del obispo de Guadix, Mons. Ginés García Beltrán

Queridos diocesanos:

Todos tenemos sueños, y los sueños pueden ser buenos y hasta necesarios si no nos alejan de la realidad. Si los sueños, además, son la expresión de algo real, de la vida misma, entonces soñar es el signo de esperanza que nos lanza a una realidad mejor y posible.

Digo todo esto porque sueño cada día con una Iglesia, también con una iglesia diocesana, que sea trasparencia de lo que Dios quiere y espera de ella. Una Iglesia que sea más familia que oficina, más hogar que lugar de reuniones.

Que la Iglesia es una gran familia lo atestigua el hecho de que Dios es nuestro Padre, el Padre de todos, por lo que, en consecuencia, nosotros somos hermanos. La Iglesia es la familia de los hijos de Dios, de aquellos que hemos nacido a una nueva vida por el bautismo y cada día vivimos esta experiencia, que es reto al mismo tiempo, de ser hijos y hermanos.

Por eso, no sería bueno ni justo mirar a la Iglesia desde fuera, sintiéndola en tercera persona –la Iglesia dice, la Iglesia hace, piensa…-; esta mirada lejana y falta de compromiso es una tentación que nos lleva a distorsionar la verdadera naturaleza e imagen de la Iglesia. La Iglesia también eres tú, somos un nosotros. Hemos de hablar y sentir, por tanto, la Iglesia como algo propio, en primera persona, como una realidad de la que yo formo parte.

Así como en una familia todos somos necesarios, y cada uno aporta sus dones por pequeños que sean, para una convivencia sana y rica, también en la Iglesia todos somos necesarios y estamos llamados a aportar los talentos que el Señor nos ha regalado para servicio de los demás y enriquecimiento de la comunidad.

Si la Iglesia es una gran familia, este hecho se ve con más claridad en cada una de las comunidades parroquiales, y en la misma Diócesis. No somos comunidades aisladas que puedan vivir sin la riqueza del encuentro con los demás.

Por eso os decía al comienzo de esta carta que sueño con una Iglesia que sabe abrirse y compartir lo que es y lo que tiene con los demás. Esta apertura debe realizarse entre nosotros, pero también con los que se acercan tocando a nuestras puertas, e incluso, saliendo nosotros para llegar a los que nunca han venido ni tienen intención de venir.

Como veis la tarea es grande, pero también apasionante, y nuestro testimonio ha de ser el de una fe firme asentada en el Señor, una esperanza alegre y un caridad imaginativa y diligente, vivida en comunión, con la convicción de que todos somos necesarios, también tú. Somos una gran familia contigo.

Formamos parte de una Diócesis, Guadix, que ha recorrido un largo camino en la historia, por el que damos gracias, que vive un presente apasionante que no queremos que se nos escape sin anunciar el Evangelio, y miramos al futuro, que esperamos mejor para nuestra tierra y nuestra gente, con la esperanza puesta en Dios. Por eso, los retos pastorales que tenemos, y son muchos, los acogemos como una gracia.

Encomiendo a esta Iglesia que camina en Guadix a la protección maternal de la Virgen Madre, que ella no deje nunca de mostrarnos el fruto bendito de su vientre, Jesús.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés García

Obispo de Guadix

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Fri, 10 Nov 2017 13:26:19 +0000
Sé valiente, la misión te espera http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/40833-sé-valiente-la-misión-te-espera.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/40833-sé-valiente-la-misión-te-espera.html

Carta pastoral del obispo de Guadix, Mons. Ginés García Beltrán, con motivo de la celebración del DOMUND 2017

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Hay llamadas que son una verdadera provocación, llamadas que no nos pueden dejar sentados en la comodidad del sofá, ni nos permiten sin más mirar para otro lado. Es la llamada que cada año nos hace el DOMUND, el día de las misiones. Un momento oportuno para pararnos a pensar, y para mirar más allá de nosotros mismos, para descubrir que el mundo es más grande que nuestro mundo.

La Jornada misionera de este año es otra invitación que provoca: SÉ VALIENTE. Pero, ¿acaso no somos valientes?; no es una acusación de falta de valentía; es, sencillamente, una invitación a ser valiente.

Ser valiente es dejar los miedos a perder lo que tenemos, aquello sobre lo que creemos segura nuestra vida para lanzarnos a lo desconocido, a la novedad, a la grandeza de un mundo que es obra admirable del Creador, a acercarnos a los demás y poder mirarlos a la cara sin prejuicios, aceptando su historia y acogiendo sus dificultades. ¿Cómo se puede hacer esto? Sólo cuando se confía, cuando se sabe que no estamos solos, cuando te sientes enviado porque antes has escuchado una llamada.

Los misioneros son enviados. No salen de sí mismos y de aquello que es suyo por un simple impulso del corazón, ni buscando experiencias fuertes, mucho menos huyendo de un mundo que no les gusta; los misioneros antes han escuchado una llamada a la misión, se han encontrado con el rostro misericordioso de un Dios que un día salió de sí y se hizo uno de nosotros compartiendo nuestra vida y nuestro destino. Un misionero es un hombre o una mujer fascinados por Dios que lo buscan y lo encuentran en el rostro de tantos que no lo conocen, y de otros que son su mismo rostro sufriente.

La misión, los misioneros, no son algo del pasado, ni una figura romántica de lo que a todos nos gustaría hacer aunque pensamos que nunca lo haremos. Hay muchos que dicen que quieren ser misioneros, pues ¿quién te lo impide? Empieza ya; haz de tu vida una verdadera misión aquí, y si Dios te lo pide, en cualquier lugar de la tierra. Ser misionero es un estilo de vida que responde a una identidad: ser de Cristo. Los misioneros son como cualquiera de nosotros, también ellos han vencido sus miedos y han puesto mucha fe y coraje para dar el paso y para mantenerse en la palabra dada. Además, todos somos misioneros por el bautismo. No hay cristiano que no sea misionero.

La valentía que nos pide el lema del DOMUND de este año no es sólo personal, creo que debe ser también comunitaria, eclesial. Valientes los cristianos, cada uno de nosotros, pero valiente también la comunidad eclesial. Me gustaría que nuestra diócesis fuera valiente en la misión, que se revistiera de audacia evangélica para salir del siempre se ha hecho así y explorar nuevos caminos de evangelización. Estoy convencido que cuando seamos capaces de hacer esto, volverá a haber entre nosotros vocaciones para la misión en otras iglesias, en otros países, como ha ocurrido a lo largo de nuestra historia.

Permitidme que os cuente una historia, es sencilla y hermosa. Este verano, a iniciativa del Secretariado diocesano de pastoral de la juventud, un grupo de tres jóvenes junto al Vicario general, ha realizado una experiencia misionera en Honduras. Han sido testigos durante un mes del trabajo de nuestros misioneros y han colaborado con ellos en su misión. Estos jóvenes han querido emprender un camino, que espero que con la gracia de Dios, continuará en los próximos años. La experiencia de este tiempo entre los pobres de la tierra les ha hecho experimentar que los pobres nos evangelizan; nosotros creemos que vamos a darles, y, al final, son ellos los que nos dan a nosotros. Cuánto bien puede hacer a un joven descubrir otros mundos, otras personas, otra iglesia para salir de la modorra en la que nos instala esta sociedad en la que vivimos.

Invito desde aquí a los jóvenes a ponerse en estado de misión; a preguntarse, ¿Cómo puedo yo ser misionero?; a plantearse dedicar algún tiempo de su vida a compartirla con los demás en un experiencia en otro país.

No puedo dejar, también en esta ocasión, de agradecer a nuestros misioneros presentes en todo el mundo su entrega generosa, su trabajo desinteresado por Cristo y favor de los demás. Que Dios os lo pague. Siempre estáis presentes en nuestra oración y en nuestro afecto.

Termino invocando la protección de la Virgen María con las palabras del Papa Francisco en su mensaje para el DOMUND de este año:

“Queridos hermanos y hermanas hagamos misión inspirándonos en María, Madre de la evangelización. Ella, movida por el Espíritu, recibió la Palabra de vida en lo más profundo de su fe humilde. Que la Virgen nos ayude a decir nuestro «sí» en la urgencia de hacer resonar la Buena Nueva de Jesús en nuestro tiempo; que nos obtenga un nuevo celo de resucitados para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte; que interceda por nosotros para que podamos adquirir la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos el don de la salvación”.

A todos, os bendigo de corazón.

+ Ginés,

Obispo de Guadix

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Fri, 20 Oct 2017 10:48:22 +0000
Fiesta de Nuestra Señora del Pilar Patrona de la Guardia Civil http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/40715-fiesta-de-nuestra-señora-del-pilar-patrona-de-la-guardia-civil.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/40715-fiesta-de-nuestra-señora-del-pilar-patrona-de-la-guardia-civil.html

Homilía del obispo de Guadix, Mons. Ginés García, en la Misa en honor a la Virgen del Pilar celebrada con la Guardia Civil

Queridos hermanos sacerdotes.
Sr. Capitán de la Guardia Civil.
Oficiales; Guardias civiles y familiares
Sra. Alcaldesa y miembros de la Corporación Municipal.
Dignas autoridades.
Hermanos y hermanas en el Señor

Cada 12 de octubre este templo catedralicio acoge al querido cuerpo de la Guardia Civil que celebra a su Patrona, la Virgen del Pilar. Es siempre una fiesta familiar, la vuestra, pero también la de todos los que nos unimos a vosotros para dar gracias por la protección de la Virgen Santísima, y para mostrar nuestro respeto y aprecio a vuestra labor en favor de la sociedad y de los ciudadanos.

A nadie se le oculta que este no es un año más. Vivimos en España un momento difícil, complejo, delicado; un momento que a todos, sin excepción, nos ha sobrecogido, inundando nuestras almas de oscura preocupación y desasosiego. No son hechos sin más que vemos y vivimos, incluso podemos juzgar con mayor o menor objetividad; se trata de personas y familias que sufren, sufrimos, ante actitudes y decisiones unilaterales e incomprensibles que afectan a lo más profundo de nuestra vida e identidad, al tiempo que fracturan la convivencia pacífica en sus diversos ámbitos.

Esta mañana, fiesta del Pilar y de la Hispanidad, queremos poner todo lo que hay en nuestro corazón en el regazo de la Virgen Madre, porque ella escucha, acoge, comprende y protege. Nos fiamos de María como un hijo se fía de su madre. Ella es la Madre del cielo que nos acompaña en este nuestro caminar terreno.

En el evangelio Jesús responde a aquella mujer que le gritaba alabando la grandeza de la maternidad, que la mayor bienaventuranza está en la escucha y el cumplimiento de la Palabra de Dios. Escuchar la Palabra y ponerla por obra es el camino evangélico que todo seguidor de Cristo tiene que estar dispuesto a seguir, aun sabiendo de nuestras debilidades, y de las no menores dificultades con las que nos encontramos en el camino de la vida.

Escuchar la Palabra de Dios y ponerla por obra es lo mejor, dice el Señor. De aquí que no niega el valor de la maternidad, todo lo contrario; ni es un desprecio a su Madre. Es una invitación a mirar en la buena dirección, a aspirar a lo mejor. El bien no es conformista, siempre aspira a lo mejor, a la perfección, a lo que los cristianos llamamos santidad. María ha buscado lo mejor y ha obtenido lo mejor. Ella es la madre discípula, la madre que sigue el camino mesiánico de su Hijo hasta el final.

El camino evangélico, queridos hermanos, no está trazado para una vida religiosa que se vive cuando estoy en el ámbito de lo estrictamente sagrado; el Evangelio llega y afecta a todos los ámbitos de la vida del creyente, a los más íntimos y personales, y también a los sociales. El Evangelio debe iluminar todos los ámbitos de la vida humana. Un cristiano interpreta la realidad desde el Evangelio. Por ello, aunque sea costoso, aunque no recoja el aplauso, hemos de mirar, interpretar y vivir este momento histórico desde principios evangélicos, desde el corazón de Dios.

Estamos llamados a vivir en la verdad, porque como nos lo ha dicho el Señor: “La verdad os hará libres”. Sólo en la verdad está la auténtica libertad, la que hace crecer a los hombres y progresar a los pueblos. La mentira, por el contrario, sólo produce oscuridad que confunde y esclaviza.

Y para dar fuerza y credibilidad a la verdad, la caridad. Sin caridad, la verdad se debilita, se confunde, y hasta se convierte en mentira; como la caridad sin verdad cae en un mero sentimentalismo. No podemos caer en la tentación de pensar que la caridad sería una concesión a la arbitrariedad o una suerte de debilidad frente a la firmeza que exige la defensa de la verdad. En este momento necesitamos verdad y caridad, las dos íntimamente unidas, porque las dos se necesitan.

Por eso la búsqueda y la adhesión a la verdad hemos de hacerla juntos, en un marco que garantice la igualdad y el bien común; para ello, como seres en sociedad que somos, nos dotamos de leyes que nos ayuden a conseguir el bien, al tiempo que una convivencia pacífica. El rechazo del orden legal y la arbitrariedad de las acciones de unos pocos, por más que se crean revestidos de autoridad, hiere a la sociedad e hiere a los ciudadanos. No es honesto ser mi propia ley e imponerla a los demás.

La Constitución española es el marco legal de referencia que nos hemos dado para nuestra convivencia, y es en ella por donde hemos de caminar aunque sea para modificarla. Por ello, los obispos, reunidos en Comisión Permanente, hemos recordado que: “es de todo punto necesario recuperar la conciencia ciudadana y la confianza en las instituciones, todo ello en el respeto de los cauces y principios que el pueblo ha sancionado en la Constitución”.

Es expresión teresiana aquella de que “la verdad padece pero no perece”. Y es cierto. La verdad puede verse instigada, amenazada, acallada, pero siempre triunfa. La condición para que así sea es la caridad. Muchas veces defendemos la verdad pero si lo hacemos sin amor no conseguiremos nada.

El camino de las actitudes duras, de los juicios desmesurados, de reacciones violentas no es nunca el camino de la paz que engendra la verdadera convivencia. Hemos de detenernos y mirar con sosiego, así nuestra actuación será en justicia y seremos verdaderos constructores de paz, una paz firme y duradera. Como cristianos estamos llamados a evitar, y, si ya fuera tarde, a reconstruir las fracturas familiares, sociales y eclesiales que se han generado. Hay mucha gente, muchas familias sufriendo. Pienso en tantos hombres y mujeres de esta tierra que emigraron un día a Cataluña buscando un medio de vida y hoy ven a sus hijos en bandos distintos, divididos por una ideología que ha enterrado el gran don de la fraternidad; a tantos que tiene allí su casa y aquí su corazón. Estar cerca de los que sufren es una exigencia para los cristianos, y aquí hay mucha gente que sufre.

Vuestra misión en la sociedad, queridos hermanos de la Guardia Civil, siempre de frontera, os ha colocado en estos días en la primera línea de la escena social y de los medios de comunicación. Con vosotros hemos sufrido, pero al mismo tiempo, se ha reafirmado nuestra convicción de la generosidad de vuestra entrega al bien y a los derechos de los ciudadanos, siendo servidores del orden constitucional. Quiero recoger el sentir de la mayoría de nuestros conciudadanos al deciros que no estáis solos, y al animaros a seguir haciendo de vuestra vida una ofrenda a los demás, y es que la vida no sirve sino es para darla.

La Virgen María es la imagen de la mujer que escucha la Palabra de Dios y la cumple. Su maternidad nace de la fe en la Palabra. Ella supo que para Dios nada hay imposible, por eso se fio, se abandonó, eligió ser la esclava del Señor. De su fe nosotros hemos recibido y seguimos recibiendo muchas gracias. María ha de ser para todos los creyentes modelo de fe y de seguimiento de Cristo.

Ella cumple la Palabra que ha recibido saliendo de sí misma, y yendo a los demás. También nosotros como discípulos misioneros hemos de salir de nosotros mismos, de nuestra comodidad, para llegar a todos los hombres y hablarles del Señor. Convencidos por experiencia que la fe en Cristo engendra vida, hemos de ser testigos que contribuyan al nacimiento del hombre nuevo, del hombre de las Bienaventuranzas.

Como nos decía la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, los discípulos después de la Ascensión, en un momento también difícil por la orfandad que suponía la subida al cielo del Señor, se mantenían unidos y unánimes en la oración. La oración nos mantiene unidos y abre en el corazón el horizonte de la esperanza; por ello, hemos de mantenerlos unidos en la oración; hemos de permanecer unánimes en la plegaria con toda la Iglesia, y con María, Madre del Señor.

Oremos con fe a Dios por nuestra nación, España, por su unidad y por la concordia entre los hombres y mujeres que en ella vivimos, y por la convivencia gozosa entre los pueblos que la formamos. Que por intercesión de la Virgen del Pilar, Dios nos conceda el don de la paz y la alegría.

Permitidme que mis últimas palabras sean una llamada a la esperanza. Como nos ha dicho muchas veces el Papa Francisco: no os dejéis robar la esperanza. El calor y la fuerza de los acontecimiento tristes que hemos vivido y estamos viviendo no pueden robar nuestra esperanza. Seguro que tenemos motivos para la desesperanza, que no vemos luz al final del túnel, que el futuro parece incierto, pero no podemos perder la esperanza; no podemos perder la esperanza en la bondad que hay en el corazón del hombre, y, sobre todo, la esperanza en Dios.

Con San Juan Pablo II, pedimos:

“Virgen Santa del Pilar: aumenta nuestra fe, consolida nuestra esperanza, aviva nuestra caridad. Socorre a los que padecen desgracias, a los que sufren soledad, ignorancia, hambre o falta de trabajo. Fortalece a los débiles en la fe. Fomenta en los jóvenes la disponibilidad para una entrega plena a Dios. Protege a España entera y a sus pueblos, a sus hombres y mujeres. Y asiste maternalmente, oh María a cuantos te invocan como Patrona de la Hispanidad”. Así sea.

+ Ginés García

Obispo de Guadix

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Fri, 13 Oct 2017 10:40:09 +0000
En la Solemnidad de la Virgen de la Piedad, copatrona de Baza http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/40169-en-la-solemnidad-de-la-virgen-de-la-piedad-copatrona-de-baza.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/40169-en-la-solemnidad-de-la-virgen-de-la-piedad-copatrona-de-baza.html

Homilía del Obispo de Guadix, Mons. Ginés García, en la Solemnidad de la Virgen de la Piedad, en Baza

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN DE LA PIEDAD, COPATRONA DE LA CIUDAD DE BAZA

HOMILÍA

Baza, 8 de Septiembre de 2017

Queridos hermanos sacerdotes.
Ilmo. Sr. Vicario General y predicador este año de la Novena.
Rvdo. Sr. Arcipreste.
Rvdo. Sr. Rector de este templo y Consiliario de la Hermandad de Ntra. Sra. de la Piedad.

Queridos religiosos, religiosas y sociedad de vida apostólica.
Hermana mayor y Junta de Gobierno; hermanos y hermanas de la Hermandad de la Virgen de la Piedad de Baza.
Hermano mayor y Hermandad de la Virgen de la Piedad de Guadix. Saludo de un modo especial al Cascamorras, sucesor del accitano Juan Pedernal, que no te llevas la imagen de la Virgen pero te la llevas a ella misma en el corazón.
Hermandades y Cofradías
Saludo con sincero afecto al Sr. Alcalde de Baza y a los miembros de la Corporación Municipal. Mi saludo también a las dignas autoridades que nos honran con su presencia.
Hermanos y hermanas en el Señor.

Nos convoca un año más la Virgen Santísima que veneramos bajo la advocación de la Piedad. Al celebrar la fiesta de su nacimiento nos congregamos en torno a su imagen que acompaña el camino diario de la Iglesia, y el de tantos y tantos bastetanos.

Por más que dijéramos de la figura de María, no tendríamos vida suficiente para cantar su grandeza escondida en la pequeñez de la que se ha llamado a sí misma la Esclava del Señor. La grandeza de María, como la de una madre, está en su corazón, en la capacidad de acogida, de escucha, de entrega. Las puertas de la casa materna no se cierran nunca, siempre están abiertas a los hijos.

Pues aprovechemos estas puertas abiertas, queridos hermanos, para adentrarnos en el corazón de la Virgen y enriquecernos con su experiencia de fe, con su protección maternal.

1. La genealogía de Jesucristo según el evangelio de san Mateo que proclamamos cada año en esta fiesta, introduce la figura de María, la mujer, en la historia de la humanidad, una historia de gracia y salvación, pero también una historia de pecado y de ruina.

María es el arca preciosa de la alianza, que en medio de la dificultad del camino de la historia humana porta a Jesús preservado pero solidario del destino del mundo y de los hombres. En la genealogía aparecen cinco mujeres, cuatro de ellas heridas por el mal y el pecado; mujeres que viven en su propia carne la contradicción de la condición humana. María aparece y resplandece como la Inmaculada, el canal por el que Dios ha querido introducirse en el mundo. María es así mediadora de la salvación. María participa con su Hijo y por su Hijo en la salvación de los hombres.

Vivir un camino de perfección, de santidad, en medio del mundo no es buscar salir de él, ni vivir al margen. Todo lo contrario, el camino de perfección cristiana es vivir en el mundo, en medio de los hombres, siendo fermento de un mundo nuevo, colaborando con la gracia de Dios en la edificación de la civilización del amor. Hemos de huir de la tentación de una Iglesia replegada en sí misma, obsesionada por sus propios problemas, que mira al mundo desde un puritanismo que es sólo espejismo. La Iglesia tiene su lugar en el mundo, está llamada a salir a los cruces de los caminos a anunciar a Cristo a los hombres, preocupada de lo que pasa en el mundo y solidaria como el buen samaritano de tantas personas que han caído y quedado en los bordes de la sociedad. Necesitamos comunidades cristianas proféticas y hogares abiertos a los que buscan sentido. María es un precioso ejemplo de la Iglesia en salida.

2. La genealogía de Cristo nos muestra también la participación de la Virgen en la vida del Señor, como habéis ido reflexionando a lo largo de los días de la Novena. María acompaña los pasos del Hijo de Nazaret a Jerusalén, de la Encarnación a la Pascua. Algunos teólogos han escrito que la vida de María es el quinto Evangelio, porque su existencia está unida a la de su hijo. Los misterio de la vida de Cristo, como rezamos en el Rosario, son los misterio de la vida de la Virgen. Asociada indisoluble a Cristo ha recorrido un camino de fe y se ha convertido para nosotros en testimonio para el camino de toda vida en Cristo.

Caminando con María vamos por buen camino en la vida cristiana. Ella con delicada fortaleza nos acompaña en el seguimiento de Cristo. ¿Cómo seguir a Cristo?, podemos preguntarnos, como lo siguió María. El camino del seguimiento del Señor es un camino de identificación: ser con Él, estar con Él, compartir con Él hasta su propio destino. A María no le asustó el destino de cruz de su hijo; lo vivió en el sufrimiento, pero no se dejó vencer, no perdió la esperanza. ¿Por qué dejamos, hermanos míos, que nos roben la esperanza?, ¿por qué ante la cruz nos dejamos vencer?.

El éxito no es un nombre de Dios, decía el teólogo suizo Karl Barth. Es verdad, el fruto de la gracia no se mide por el éxito humano. Muchos de nuestros contemporáneos cifran su vida en los éxitos, y el resultado es, tarde o temprano, el desfonde de la existencia, la depresión que llena todo de sin sentido. Un creyente, un servidor público, un padre de familia, no puede medir su vida por los éxitos, sino por la voluntad de servicio y entrega. Ese es el verdadero éxito. La Virgen no fue un personaje exitoso en la sociedad palestina de su época; sin embargo, ¿a qué mujer de su tiempo conocemos, quién siga siendo luz que ilumina a tantas vidas?. Veneramos, querido hermanos, a la virgen humilde de Nazaret, a la mujer sencilla que hizo de su vida una entrega incondicional al plan de salvación de Dios, a la que no alardeó de sus prerrogativas sino que se puso en la manos de Dios, por eso la felicitamos todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por ella.

La devoción filial a la Virgen María ha forjado a lo largo de la historia hombres y mujeres que han vivido una vida de santidad. A los pies de la santísima Virgen de la Piedad quiero recordar hoy al beato Gabriel Olivares Roda, bastetano, de los frailes menores, que forjó su vocación aquí, bajo la mirada amorosa de la Virgen de la Piedad. Sabemos de él que era devotísimo de la Virgen, devoción que estoy seguro nació en su niñez en los muros de este templo. Seguro que la Virgen, Reina de los Mártires, fue su fortaleza en el momento de la ofrenda de la vida y del perdón de sus verdugos. Quiera Dios que el nuevo mártir bastetano sea fermento de vida cristiana.

3. El Evangelio nos ha contado también el nacimiento de Jesús de la Virgen María. La obra del Espíritu Santo en el seno purísimo de la Virgen y la figura providencial de José. “José, hijo de David, no temas acoger a María tu mujer”, son las palabras del ángel. Esta invitación divina propicia que Jesús naciera y viviera en una familia. Jesús quiso vivir en una familia como cada uno de nosotros, porque es la familia el ámbito del crecimiento humano y de la maduración. El primer y mejor lugar para crecer y madurar es la familia, el amor de los padres de los hermanos, donde conviven las generaciones.

Nuestra diócesis durante este año pastoral que ahora comenzamos quiere mirar especialmente a las familias y a los jóvenes. En los próximos días encontraréis en las puertas de nuestras iglesias un cartel que dice: “Familia, juventud, vocaciones... acompañando en la alegría del amor”. Responde a la voluntad de mostrar que la Iglesia es, y debe ser, una gran familia. Somos la familia de los hijos de Dios. La Iglesia comienza en la casa de los creyentes, la familia es la iglesia doméstica, como la definió el concilio Vaticano II. Un niño tiene que aprender a Dios de sus padres, tiene que comenzar a rezar en su casa. No habrá verdadera transmisión de la fe sino es el testimonio del hogar. De hecho, “el debilitamiento de la fe y de la práctica religiosa en algunas sociedades afecta a las familias y las deja más solas con sus dificultades” (AL, 43). Las familias, como nos ha recordado el Papa, son siempre una posibilidad, y hemos de mirarlas y acogerlas como tal.

La familia es importante cuando a su base está el amor, la palabra más utilizada, pero tantas veces la más desfigurada. Como nos dice san Pablo, “el amor no es sólo un sentimiento, sino que se debe entender en el sentido que tiene el verbo «amar» en hebreo: es «hacer el bien». Como decía san Ignacio de Loyola, «el amor se debe poner más en las obras que en las palabras». Así puede mostrar toda su fecundidad, y nos permite experimentar la felicidad de dar, la nobleza y la grandeza de donarse sobreabundantemente, sin medir, sin reclamar pagos, por el solo gusto de dar y de servir” (AL, 94). El amor es una cuestión artesanal, “quizás la misión más grande de un hombre y una mujer en el amor sea esa, la de hacerse el uno al otro más hombre o más mujer. Hacer crecer es ayudar al otro a moldearse en su propia identidad” (AL, 221).

La familia nos introduce en la sociedad e evita que seamos seres antisociales: “Una persona antisocial cree que los demás existen para satisfacer sus necesidades, y que cuando lo hacen sólo cumplen con su deber. Por lo tanto, no hay lugar para la amabilidad del amor y su lenguaje. El que ama es capaz de decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan. Veamos, por ejemplo, algunas palabras que decía Jesús a las personas: «¡Ánimo hijo!» (Mt 9,2). «¡Qué grande es tu fe!» (Mt 15,28). «¡Levántate!» (Mc 5,41). «Vete en paz» (Lc 7,50). «No tengáis miedo» (Mt 14,27). No son palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian. En la familia hay que aprender este lenguaje amable de Jesús (AL, 100).

Por eso, la misión de la Iglesia es hacer experimentar que el Evangelio de la familia es alegría que llena el corazón y la vida entera. Nuestra tarea es “acompañar a cada una y a todas las familias para que puedan descubrir la mejor manera de superar las dificultades que se encuentran en su camino” (AL, 200). Quiero subrayar la misión de acompañar, acompañar a los jóvenes en su preparación al matrimonio, a los matrimonio en su primeros pasos, a los que pasan dificultades, en fin, a los que sufren el desamor, el fracaso de la ruptura.

Este acompañamiento mira también de un modo especial a los jóvenes, porque ellos son siempre el signo de nuestra esperanza, por eso nos preocupan que tengan que mirar al futuro con más miedo que esperanza. Estamos convencidos de las capacidades y posibilidades que tienen nuestros jóvenes por eso queremos que invitarlos a vivir la vida como vocación y no como imposición. También muchas veces el Señor nos revela a través de los jóvenes lo que es mejor. Por eso, con el Papa, quiero repetir a los jóvenes de Baza y de toda la diócesis: “No tengáis miedo de escuchar al Espíritu que os sugiere opciones audaces: no perdáis tiempo cuando la conciencia os pida arriesgar para seguir al maestro”.

4. Al terminar mis palabras quiero pedir a la Virgen Santísima de la Piedad que nos conceda una sana y pacífica convivencia. Los últimos acontecimientos vividos en nuestro país marcado por la violencia terrorista que sembró el terror y derramó sangre inocente en la Rambla de Barcelona nos hace elevar nuestra oración en favor de la paz y la convivencia

Es momento de estar unidos, y de manifestar que esta unidad no niega la legítima pluralidad, sino, todo lo contrario, la enriquece. Hemos de trabajar unidos por una sociedad justa e igualitaria, que vive en paz; una sociedad en la que el otro no sea mi adversario ni mi enemigo, sino el que camina conmigo, mi hermano. Hemos de apostar, y es esta misión de los cristianos, por una sociedad fraterna, por la civilización del amor.

Por otra parte, los acontecimientos vividos nos deben cuestionar a todos: ¿Qué estamos sembrando en el corazón de los jóvenes?, ¿cómo educamos?, ¿estamos dejando en su corazón el rechazo al contrario, la división, la indiferencia ante el sufrimiento de los demás, y hasta el espíritu competitivo que no les hace crecer sino que genera odio y enfrentamiento?. Lo que sembremos en el corazón de los jóvenes será lo que germine en la sociedad mañana. Si sembramos violencia, división, mañana tendremos una sociedad dividida. Si no transmitimos una imagen del hombre abierto a la trascendencia, con horizontes amplios, tendremos una sociedad cerrada, y, desgraciadamente, seguiremos llorando por acontecimientos como los de estos días pasados.

Santa María de la Piedad, Reina de la paz, intercede por nosotros.

+ Ginés, Obispo de Guadix

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Guadix Tue, 12 Sep 2017 12:11:41 +0000
Homilía en el funeral por las víctimas de Lanteira en los atentados de Cataluña http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/40012-homilía-en-el-funeral-por-las-víctimas-de-lanteira-en-los-atentados-de-cataluña.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/40012-homilía-en-el-funeral-por-las-víctimas-de-lanteira-en-los-atentados-de-cataluña.html

Homilía de Mons. Ginés García, Obispo de Guadix, en el funeral, en Lanteira, por Francisco López y las demás víctimas de los atentados en Cataluña.

HOMILÍA EN LA MISA DE FUNERAL POR FRANCISCO LÓPEZ, HIJO DE LANTEIRA, Y DEMÁS VÍCTIMAS DE LOS ATENTADOS DE BARCELONA

Lanteira, 26 de agosto de 2017

Sr. Cura Párroco, querido D. Joaquín.
Queridos hermanos y hermanas en el Señor.
Saludo con afecto a las autoridades que han querido compartir con nosotros este momento de oración en la Eucaristía.
Sr. Alcalde y miembros de la Corporación municipal;
Sr. Subdelegado del Gobierno, Presidente de la Diputación Provincial, diputados, alcaldes y demás autoridades.

A pesar del paso de los días, todavía nos embarga la conmoción –emoción- que vivimos el pasado día 17 cuando conocimos el brutal atentado cometido en el centro de la ciudad de Barcelona. Hemos de reconocer que el dolor, la barbarie terrorista siempre nos sorprende, nunca estamos preparados para un hecho de este tipo. El primer sentimiento es de incredulidad, de zozobra, de desconcierto, quisiéramos negar lo que ha sucedido; pero conforme vamos siendo conocedores y conscientes de la magnitud de lo ocurrido llega el rechazo, y hasta la rabia ante lo que es humanamente incomprensible. Todo se revuelve en nuestro interior: la violencia, el terrorismo es una aberrante irracionalidad de aquellos que porque no conocen el don del encuentro ni el diálogo, de aquellos que se niegan a mirar al otro del otro que han declarado su adversario, recurren a la destrucción, a la muerte indiscriminada.

El terrorismo siempre atentar por la espalda o a una multitud a la que es difícil poner rostro; la violencia siempre intenta borrar el rostro de las víctimas aunque fuera un objetivo buscado. Por eso, el dolor, nuestro dolor, se hace aun mayor cuando ponemos rostro a las víctimas de un ataque terrorista como el de Barcelona. Cuando conocemos sus historias y sabemos de la arbitrariedad de su muerte elegida al azar nos damos cuenta de la perversidad de estos hechos y de la maldad que encierran.

Entre estos rostros y estas historias está la de Francisco López, lanterano emigrado a Cataluña, como tantos otros, hace muchos años, buscando un medio de vida, y acogidos por aquella tierra donde construyeron sus vidas y hogares, pero sin dejar de tener el corazón en la hermosa y noble tierra que los vio nacer. Su delito fue sencillamente pasear con su esposa y con sus sobrinos por la calles de un estado libre, pasar un día de convivencia festiva con los suyos, y defender la integridad del pequeño Xavier, al que desgraciadamente tampoco pudo salvar la vida. Francisco y Xavier, junto con las demás víctimas del atentado de la Rambla barcelonesa, hoy están muy presentes en nuestro corazón y en nuestra oración.

En esta Eucaristía elevamos nuestra oración a Dios por ellos, por su eterno descanso, por las personas heridas que se van recuperando y por sus familiares a los que se les ha roto el corazón.

Antes estos acontecimientos es fácil dejarse llevar por la indignación, incluso por el rencor; nosotros, los creyentes, no podemos caer en este engaño que nos llevaría a la civilización del odio contraria a la mente y a la voluntad de Dios. Nosotros, creyentes, nos volvemos a Dios, a su Palabra, buscando consuelo y esperanza. Y hemos escuchado estas palabras: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. El Señor se nos ofrece como refugio y fortaleza en el momento de la prueba; Él es alivio y consuelo para el agobio de la sinrazón, para el cansancio de lo que no tiene respuesta. ¿Por qué el mal? ¿por qué la violencia?, sin duda consecuencia de una mala utilización de la libertad, del pecado que anida en el corazón del hombre, al final, no tiene respuesta. Sólo nos queda buscar la fortaleza y el consuelo que nos viene de la fe.

Jesús se presenta en el Evangelio como manso y humilde de corazón. Su mansedumbre no es despreocupación ni dimisión ante la realidad, todo lo contrario. Su mansedumbre es un camino, un estilo de compromiso por cambiar un modo de ver la vida fundamentado en la prepotencia, la imposición, la agresión al que no piensa, siente o cree como yo. Jesús es manso y humilde y nos ofrece este camino para no responder nunca al mal con mal, sino con bien, con perdón, con amor.

Sí, aquí está el secreto: el amor. Quien ama no agrede, no hace violencia, no mata. Nadie puede decir que ama a Dios si en su nombre utiliza la violencia contra el otro. La mayor perversión de la imagen de Dios es su utilización para el mal y la muerte. Es perverso tomar el nombre de Dios para herir y no para curar. La persona que ha decidido tomar el camino de la violencia se aparta de Dios. Como nos ha dicho san Pablo, nada nos separará del amor de Dios; ni la violencia, ni la muerte podrán separarnos del amor de Dios que ya ha vencido y llegado a su plenitud en la muerte y resurrección del Señor. Cristo ha vencido y en Él hemos vencido todos. Estos acontecimientos que nos entristecen e intentan robarnos la esperanza no tienen aguijón eterno porque la vida ha vencido, porque el amor es más fuerte que la muerte.

Hoy, queridos hermanos, todos los hombres y mujeres de buena voluntad rechazamos los que ha ocurrido en Cataluña, y lo que sigue ocurriendo en muchos lugares de mundo. Estamos contra la violencia y el terrorismo. Somos conscientes que es un problema difícil de resolver, un problema planetario que nos une especialmente. A pesar de la dificultad no podemos quedarnos cruzados de brazos. Todos, cada uno según sus posibilidades, podemos trabajar en favor de la paz y la convivencia de todos los hombres sin distinción ninguna. La fuerza de la violencia y el terror nos tienen que hacer más comprometido en la causa del bien, de la libertad y de la paz.

En este sentido dos propongo una doble reflexión, particular sin duda, pero creo que útil.

Quiero recordar y repetir las palabras del Cardenal Arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, en la misa por la reconciliación y la paz, en el templo de la Sagrada Familia: “La unión nos hace fuertes, la división nos corroe y nos destruye”. Así es. Es momento de estar unidos y de manifestar esta unidad que no niega la legítima pluralidad, sino, todo lo contrario, la enriquece. Ante la barbarie de la violencia terrorista hemos de permanecer unidad. Todo lo que afecta a la persona está por encima de otros intereses. Hemos de trabajar unidos por una sociedad justa e igualitaria, que vive en paz; una sociedad en la que el otro no sea mi adversario ni mi enemigo, sino el que camina conmigo, mi hermano. Hemos de apostar, y es esta misión de los cristianos, por una sociedad fraterna, por la civilización del amor.

Por otra parte, los acontecimientos vividos estos días dejan en mi interior una cuestión que ahora os lanzo a todos vosotros: ¿Qué estamos sembrando en el corazón de los jóvenes?, ¿cómo educamos?, ¿estamos dejando en su corazón el rechazo al contrario, la división, la indiferencia ante el sufrimiento de los demás, y hasta el espíritu competitivo que no les hace crecer sino que genera odio y enfrentamiento?. Lo que sembremos en el corazón de los jóvenes será lo que germine en la sociedad mañana. Si sembramos violencia, división, mañana tendremos una sociedad dividida. Si no transmitimos una imagen del hombre abierto a la trascendencia, con horizontes amplios, tendremos una sociedad cerrada, y, desgraciadamente, seguiremos llorando por acontecimientos como los de estos días pasados.

Queridos hermanos, os invito a la esperanza, que nuestra esperanza sea confiada, activa y alegre para desafiar a aquello o a aquellos que quieren robarla. No nos dejemos llevar por la desilusión sino trabajemos por un mundo mejor. Para nosotros los cristianos es un don de la fe en el Dios de Jesucristo, y por eso también una exigencia.

La vida de Francisco, de Xavier, y de todas las víctimas de la violencia no pueden quedar infecundas, han de ser fermento de un mundo según el plan de Dios.

Volvamos nuestra mirada al Santísimo Cristo de las Penas que nos preside y da sentido a nuestro dolor. Pidamos también la protección de la Virgen Santísima y del beato Manuel Medina Olmos.

+ Ginés, Obispo de Guadix

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Guadix Mon, 28 Aug 2017 16:32:06 +0000
Pregón de la Eucaristía http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/39162-pregón-de-la-eucaristía.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/39162-pregón-de-la-eucaristía.html

Pregón Eucarístico del Corpus en la ciudad de Baeza proclamado por el Obispo de Guadix, Mons. Ginés García


He venido esta tarde hasta esta monumental e histórica ciudad de Baeza para cantar a la Eucaristía, misterio de un Dios escondido y siempre presente en el corazón del hombre y en la vida del mundo.

Dejadme que os diga que me ha impresionado la profundidad y la riqueza de vuestra piedad eucarística. Ya en el siglo XIV Baeza celebraba con solemnidad la fiesta del Corpus Christi, y la celebraba porque había un pueblo creyente que tenía cimientos de fe sólidos, y es que sólo hay solidez en la vida cristiana cuando ésta tiene forma eucarística. Los siglos y el paso del tiempo con sus avatares no sólo no ha restado esplendor a esta devoción y a esta fiesta, sino que las han solemnizado aún más haciéndolas signo de identidad de Baeza y los baezanos.

He contemplado vuestra magnífica custodia del siglo XVIII, precioso relicario que contiene y muestra al Señor de la historia, al Dios que está aquí, como canta el pueblo cristiano. He conocido con cuánto esmero preparáis el paso del Señor por vuestras calles y plazas, expresión y grito de un deseo: Quédate con nosotros Señor, ven a nuestras casas y a nuestras vidas. Levantáis altares y tejéis alfombras, que son signo del amor de un pueblo.

Y siempre, cada año, se hace presente la voz y la predicación del Maestro Ávila, San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia, que sigue para siempre anunciando la grandeza y la belleza del misterio escondido en la Eucaristía: “Sacramento de amor y unión, porque por amor es dado, amor representa y amor obra en nuestras entrañas ... todo este negocio es amor (Sermón 51, 759), ”, canta el santo. Y junto a él, un niño, Tarsicio se llama, y es el testimonio de que sólo los pequeños pueden entrar en los misterios divinos, incluso hasta la entrega de la propia vida.

Dejadme, por favor, esta tarde ser pregonero de vuestro Corpus; cantar con vosotros, y con tantas generaciones que nos ha precedido, la alabanza al Hijo eterno del Padre que quiso quedarse con nosotros hasta el final de los tiempos en la forma de un trozo de pan y un poco de vino. Dejadme, queridos hermanos, unir mi voz a la de aquellos que con más méritos y más conocimientos que yo me han antecedido en esta hora del Pregón del Corpus de Baeza.

I. No habría voces suficientes en la tierra, ni inteligencia preclara, ni corazón apasionado que pudiera cantar la grandeza del Misterio escondido en la Eucaristía. Sólo desde la humildad y la confianza se puede cantar tan sublime Misterio. Como Moisés en el monte del Señor, quiero descalzarme, porque piso tierra santa, para poder cantar sólo con la fe lo que por la fe he recibido. Quisiera poner en este Pregón todo el amor que humanamente es posible para que también vuestro corazón se estremezca ante la potencia y la dulzura unidas en presencia tan singular.

Con la Iglesia por tantos siglos: “Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte”.

¡A ti, Señor Jesús, vida mía y vida de los hombres!. ¡A ti, Hijo del Dios humanado, profeta de la salvación!. ¡A ti, Hijo de María, que por nosotros y como nosotros eres hombre y modelo de la nueva humanidad!. ¡A ti, Dios verdadero, que sin alardear de tu categoría divina te entregas por amor, un amor sin medida!. ¡A ti, presencia cierta de la divinidad!. ¡A ti, hermano, amigo y compañero en el camino de la vida!. ¡A ti, luz de los pueblos y esperanza de nuestra humanidad!. ¡A ti, tesoro precioso, donde queremos poner nuestro corazón!. ¡A ti, refugio seguro, donde nos escondemos cuando llega la tormenta!. ¡A ti, refrigerio del alma, donde bebemos de las fuentes de la vida!. ¡A ti, puerto cierto, anuncio y disfrute ya de la vida eterna!. A ti y sólo a ti queremos cantarte, presentarte esta ofrenda humilde de nuestra voz.

1. A través del pórtico catedralicio, allá en la oscuridad de la nave del templo se ve venir. La custodia, trono siempre insuficiente para el Rey de reyes, es magnífica pero lo que brilla no es el arte salido de las manos del hombre, es la luz del blanco de la hostia que viene decidida a pasearse por su pueblo, a recorrer las calles, a bendecir a todos los hombres, a entrar hasta en el último rincón de la casa y de la vida. Viene el Señor hasta nosotros, sale a nuestro encuentro, se quiere hacer encontradizo, quiere mirar con ojos de misericordia también a los que no pueden o no quieren verlo en este Misterio.

Al llegar a la puerta, como en la sinagoga de Nazaret, todos los ojos están puestos en Él. Y Él, en la especie eucarística del pan, vuelve a decir: “Hoy se cumple la Escritura”. Hoy es día de salvación.

Mirarlo, es nuestra salvación, y nuestra felicidad; contemplarlo, aunque ahora sea en Misterio pero con la esperanza de contemplarlo sin velos y para siempre un día en el cielo.

Este misterio es Memoria. Doce hombres alrededor de la mesa y Él en medio de ellos, las mujeres les sirven, y cuidan de que nada falte y en todo se cumpla el ritual de la Pascua. Como cada año celebran la memoria del Paso del Señor, su presencia que liberó al pueblo de la opresión egipcia. Todo se desenvuelve con naturalidad, han comido, han rezado; sin embargo, en el ambiente se respira cierta inquietud, algo pasa y hace distinta esta noche del resto. La mirada de Jesús, los ojos de los apóstoles puestos en Él. Sobre la mesa hay pan, es pan ázimo, el pan de la prisa. Ahora el Maestro toma ese pan, lo bendice, da gracias a Dios con la palabras rituales; sin embargo, dice unas palabras desconcertantes, no lo entienden. “Tomad y comed, esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros”. Todos miran, ninguno se atreve a preguntar qué significa esto. Y lo mismo hace con la copa llena de vino: “Tomad y bebed, esta es mi sangre que se derrama por vosotros y por muchos, la sangre de la nueva alianza para el perdón de los pecados”. Los Doce siguen sin comprender. Estas palabras sólo encontrarán la luz al cumplirse existencialmente en la pasión, muerte y resurrección del Señor.

¡Oh, Eucaristía, Misterio donde se esconde Cristo!. A ti hemos de llegar en el Misterio de las palabras del Cenáculo cumplidas en la realidad del Gólgota. Con el pueblo fiel cantamos: “Que la lengua humana cante este misterio: la preciosa sangre y el precioso cuerpo. Quien nació de Virgen Rey del universo, por salvar al mundo dio su sangre en precio”.

Mirarte, Señor, escondido en el misterio de la Eucaristía es contemplar mi propio misterio. En él estoy yo, en él se esclarece el misterio del hombre. La eucaristía es misterio de muerte y de vida, es entrega y donación graciosa, es cuerpo entregado y sangre derramada, es humillación y exaltación. Y así es la condición humana, nacimiento y muerte, sufrimiento y gozo, angustias y esperanzas. Por eso en tu Misterio me reconozco y me escondo, me siento en casa, porque “Señor nos hiciste para ti y nuestro corazón no descasará hasta que no descanse en Ti”.

Eucaristía, Misterio de Presencia. Señor cómo me impresiona tu presencia, saber que estás ahí verdadera y realmente. Que te puedo mirar, que te puedo hablar, que te puedo gustar. Saber que estás ahí, en las especies eucarísticas para mí, que te quedas en el sagrario por mí. ¡Imposible comprender con la razón humana tanto amor, tanta generosidad; por eso, Señor, dame – danos- corazón suficiente para gustar y agradecer esta presencia. ¡Qué bueno eres, Señor, que en silencio me esperas, que estás aguardando con paciencia infinita a que venga a ti!. Cómo tengo que agradecerte que desde niño me enseñaron que en la Eucaristía estás Tú presente. Señor, toca el corazón de los padres, de las familias, para que transmitan a sus hijos esta verdad tan hermosa; que nuestros niños aprendan que en la Eucaristía estás Tú; que los catequistas sepan anunciar esta buena noticia de tu presencia, que te muestren íntegro, sin recortes, a Ti verdadero Dios y verdadero hombre escondido en las especies eucarísticas del pan y del vino, como cantamos en el himno eucarístico: “Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta palabra de verdad”.

Eucaristía, memorial del sacrificio de Cristo. La Eucaristía actualiza y renueva el acontecimiento del Calvario, la entrega del Hijo, el sacrificio de Cristo. Cada vez que celebramos la Eucaristía estamos haciendo presente, en toda su realidad, el sacrificio de Cristo; por eso, la Eucaristía es sacrificio; memoria de un hombre, de un Dios que se ofreció hasta el derramamiento de la última gota de su sangre por amor, por la salvación de los hombres. Cada día en las manos y por las palabras del sacerdote, Cristo vuelve a entregarse por nosotros. Cómo no vivir cada Eucaristía con estupor agradecido, cómo pasar de largo a tanta generosidad – Señor mío, por qué tantos cristianos se privan de don tan inmenso, por qué no les haces comprender que no hay, que no puede haber, vida cristiana sin eucaristía -. En lo más profundo de mi alma ha quedado grabado el verdadero temblor en las primeras misas de mi sacerdocio, ¡cómo es posible, Señor, -le decía- que por mis torpes palabras, por las palabras de un pobre pecador te quieras hacer presente!. Celebrar la Eucaristía es el honor más grande que he recibido y que podré recibir. Para un cristiano, nada es comparable con poder compartir el sacrificio de Cristo, y entregarse con Él para la salvación del género humano.

¿Te podré, Cristo, pagar de alguna manera el derroche de amor que significan la entrega de tu cuerpo partido y de tu sangre derramada?. No, nada puede corresponder a tanto amor; sin embargo, acepta la respuesta pobre de este amor humano, un amor tejido entre debilidades e infidelidad. Como Pedro hoy queremos repetirte, “Señor sabes que te amo”. Señor te quiero y quiero corresponder a tu amor; no quiero que la frialdad del pecado me impida amarte con un amor puro como el tuyo, que nada me impida corresponder a tu generosidad.

La Eucaristía, pan de vida, partido y repartido para la vida del mundo. La Eucaristía es banquete donde Cristo se nos da en alimento. En Él y por Él vivimos. En la mesa eucarística hay sitio para todos, es una mesa que se extiende por todo el mundo, en ella se parte el pan de la fraternidad y se da el cáliz de la salvación. El cuerpo del Señor se reparte entre todos. El pan de Cristo que es su cuerpo es la vida del mundo, por eso quien come de su carne y bebe de su sangre vive para siempre.

Señor, cuando comulgo con tu cuerpo, tu habitas en mí y yo en ti, haces morada en mi vida, la alimentas y pones semillas de eternidad. Privarme de la Eucaristía es privarme de Ti, es ir muriendo poco a poco. No permitas, Señor Jesús, que tu pueblo se prive de la participación en tu banquete. Que todos, y en todas partes del mundo, puedan participar de tu mesa y comulgar con tu cuerpo. Que Tú puedas ser todo en todos.

Unamos, hermanos, nuestras voces para proclamar y exaltar el Misterio de la Presencia de Cristo en la Eucaristía. Creemos firmemente, Señor Jesús, que estás presente en el pan y en el vino. Creemos que en la Eucaristía sigues ofreciéndote por nuestra salvación. Creemos que tu presencia nos transforma, que el torrente de tu gracia nos cubre. Creemos que eres el pan de la vida, que nos alimentas con él y así nos hace dignos de la vida eterna.

Queremos, Señor, adorarte con toda nuestra vida; que toda nuestra existencia sea un acto de adoración a tu santísima Presencia. Ante Ti se doblan nuestras rodillas, a Ti van nuestras miradas que quieren ver tu hermosura sin igual; a Ti nuestros corazones que te quieren amar con un amor tierno y sincero; a Ti ofrecemos nuestras vidas porque tuyas son y tuyas queremos que sean.

Contemplemos, hermanos, al más bello de los hombres, al varón de dolores, al que ha sido triturado por el sufrimiento, al cordero inmaculado y santo, al autor de nuestra salvación, al que Resucitó de entre los muertos, al Esposo de la Iglesia, al único Salvador del mundo, al Hijo de María, al Hijo de Dios. Es Él el que adoramos en la Eucaristía, al que celebramos presente en la comunidad, al que está en el sagrario.

¡Oh memorial de la muerte del Señor!

Pan vivo que das vida al hombre:

concede a mi alma que de Ti viva

y que siempre saboree tu dulzura.

Danos, Señor, dos gotas de fe para poder verte en este Misterio.

2. El paso del Señor por la Ciudad va acompañado de la presencia de mucha gentes que lo arropa, Él es el centro, a Él acuden todos; como un inmenso manto de cariño que se extendiera por la calles la gente flanquea el paso de la custodia. No sabemos lo que hay en el interior de cada corazón: una oración, una acción de gracias, una petición, admiración, hasta frialdad y escepticismo. Sin embargo, hay una misteriosa relación, entre el que pasa y el que contempla o acompaña; hay una unión, algunos lo saben, otros lo intuyen, muchos lo ignoran. Es la unión del cuerpo con su cabeza. Somos el cuerpo de Cristo, Él es nuestra cabeza. No hay imagen más bella que Cristo en el centro y todos alrededor suyo, mirándolo a Él, así se cumplen sus palabras: “Cuando sea elevado sobre la tierra atraeré a todos a hacia mí”.

En la Cena, al darles su cuerpo y sangre, les dice también: “Haced estos en memoria mía”. Tampoco estas palabras son fáciles de comprender, también necesitan su verificación en los días siguientes. Jesús condenado injustamente, torturado y escarnecido, sin rostro humano, crucificado y muerto en la cruz nos deja el don que brota del costado abierto: el agua y la sangre –los sacramentos de la Iglesia- y también una familia, una casa, unos hermanos, “mujer ahí tienes a tu hijo, hijo a ti a tu madre”. Y nos dice el evangelista S. Juan, a modo de glosa, “y desde ese día el discípulo la recibió en su casa”. Y la casa del discípulo es la Iglesia, desde ese momento los discípulos se han reunido en la casa para partir el pan; con María, han dado cumplimiento a las palabras del Señor.

Sin Eucaristía no hay Iglesia pues es ella la que hace la Iglesia. La Iglesia vive de la Eucaristía, se funda en la Eucaristía, en ella tiene su meta y su culmen, todo tiende en la Iglesia a la Eucaristía. Es el alimento del pueblo peregrino en la historia, la fuerza que tenemos los débiles para el combate de la vida. Es la fuente de donde brota la vida nueva que hemos recibido en el bautismo, como lo expresa de modo sublime S. Juan de la Cruz:

“¡Qué bien sé yo la fonte que mana e corre

aunque es de noche! (...)

Aquesta eterna fonte esté escondida

en este vivo pan por darnos vida,

aunque es de noche”.

La Eucaristía es la fuente de la comunión en la Iglesia, en ella se realiza la unidad de todos los cristianos. Como bellamente recuerda un Padre de la iglesia antigua, lo mismo que los granos de trigo son muchos y están dispersos en los campos y se unen para formar un solo pan, así la Iglesia, siendo muchos los creyentes dispersos por el mundo, se unen en un solo cuerpo. Cuerpo de Cristo es la Eucaristía y cuerpo de Cristo la Iglesia.

La Eucaristía es fuente y expresión de la fraternidad, nos hace hermanos, creando la unidad y haciéndonos perseverar en ella. Los que se sientan a la misma mesa y comen del mismo pan constituyen una gran fraternidad extendida a lo largo del mundo.

Al contemplarte, Señor, en la Eucaristía veo en ella a mis hermanos, veo a la Iglesia que se extiende por todo mundo. Aquí, en este Misterio que adoramos, está la Iglesia confesante que en cualquier lugar del Orbe te proclama Señor; la Iglesia de los misioneros y la Iglesia de los mártires; la iglesia del dolor y la iglesia perseguida; las iglesias jóvenes y las de la vieja cristiandad; ahí, en la Eucaristía, están todos mis hermanos, cada uno con su historia y con su futuro; están los niños que comienzan a conocerte y los jóvenes que quizás te ignoran; están los que se encuentran cerca de tu Iglesia y los alejados, los creen y los que no creen.

Señor Jesús, en tu cuerpo eucarístico estamos todos los que formamos tu cuerpo místico, la Iglesia. Y cómo nos gozamos de saber que todos somos necesarios, que ninguno sobra, que cada uno tiene una misión importante en la vida de este cuerpo.

 

Acunado en el regazo de tu presencia, déjame Señor que esta exaltación se haga oración. Te pido por el Papa Francisco, para que lo fortalezcas y lo acompañes en su misión universal; te pido por el obispo Amadeo y por todos los obispos y sacerdotes del mundo que te hacen presente cada día, para que se identifiquen cada día más contigo. Señor, una oración muy especial por las vocaciones al sacerdocio, que nunca falten instrumentos de tu Presencia entre los hombres. Te pido también por los niños, por los jóvenes, por las familias, por los que no tienen fe ni esperanza; hazte presente en los que han olvidado el amor, por los que se han incapacitado para mirar nuestro mundo con corazón humano de verdad. Te pido, Señor, por todos los hombres y mujeres del mundo. Consérvanos siempre en tu amor.

3. El Señor vuelve al templo de donde salió, pero su Presencia no se queda encerrada en esas cuatro paredes. El Misterio que celebramos y adoramos en la Eucaristía está también en el hospital y en la cárcel, en las mujeres maltratadas y en aquellos esclavos a cualquiera de las adicciones; está en los que dejaron su casa y su tierra buscando otra mejor y en los que huyeron a causa del odio o la venganza, en los marginados y en los pobres, en los que viven sólo y en los que no tienen el amor de nadie; allí donde hay un hermano necesitado y una persona que en nombre de Cristo los ayuda, está el Misterio eucarístico. La Eucaristía no se acaba, no se puede acabar en el templo, la Eucaristía se prolonga en la calle, en el hermano pobre y desamparado, ellos también son la carne de Cristo, sus miembros más débiles pero no menos dignos, lo que más necesitan de misericordia.

En el Cenáculo, Jesús no sólo dejo el tesoro de su cuerpo y sangre sino también el del servicio a los hermanos. El lavatorio de los pies es casi un sacramento para los que creemos en Cristo, porque la Caridad no es optativa en la vida cristiana. Si Él, el Señor y Maestro, ha lavado los pies a los discípulos, nosotros debemos hacer lo mismo unos a otros.

Señor Jesús, amigo de los pobres y de los pecadores, que por nosotros te hiciste pobre y compartiste nuestra condición humana en todo menos en el pecado, te queremos reconocer en cada uno de nuestros hermanos, especialmente en los pobres y necesitados. No podemos, Señor, dignificar tu altar sin trabajar por la dignidad de todos los hombres; no podemos adornar el templo sin ser firmes defensores de la vida; no podemos adorarte sin también cuidarte en los pobres y marginados; no podemos comulgar contigo sin acoger a los que vienen a nosotros. Sabemos que no damos en la caridad lo que es nuestro sino lo que es de ellos, y las estructuras injustas de nuestro mundo les han quitado, por eso no podemos dar de lo que nos sobra sino de lo necesario, así hacemos como Tú que te has dado.

Con las palabra de la plegaria eucarística te pido: “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido”.

II. San Juan de Ávila, como Doctor de la Iglesia nos sigue mostrando los tesoros de la fe, el tesoro de la Eucaristía. También, este año, por las calles de Baeza se seguirán escuchando sus enseñanzas.

La Eucaristía es un regalo del Señor, el regalo que nos hizo antes de subir al cielo: “La mejor prenda que tenía te dejó cuando subió allá, que fue el palio de su carne preciosa en memoria de su amor (Tratado del Amor de Dios, 14, 544).

Ante la grandeza de este don, sólo cabe la aceptación humilde y agradecida: “Pues ¿qué gracias te daré, Señor? ¿Cómo te alabaré por tal dádiva como ésta? ¿Dónde merecí yo tal honra? ¿Dónde me vino tal dignidad que quieras tú, Dios mío hacerme participante de ti? ¿Cuál de tus beneficios se puede igualar a éste? Grandísimo es el beneficio de tu encarnación, en el cual tuviste por bien de tomar mi humanidad en ti; mas aquí dasme la humanidad junto con la divinidad, para que, recibiéndola y encorporándola conmigo, venga a hacerme una cosa contigo” (Meditación del beneficio que nos hizo el Señor).

La Eucaristía es el don para el camino, el que fortalece en la debilidad y es refrigerio en el cansancio: "¡Come, recibe este Santísimo Sacramento! Que para eso quedó acá, para remedio de tus llagas y trabajos… que no solamente se llama Viático, porque nos da fuerzas para caminar cuando morimos, sino mientras vivimos y sentimos desmayo en el camino. Cuando vos habéis de caminar, ¿no aparejáis alforjas, y comida, y bebida, y lo necesario? Pues así los que vamos en este camino, más desierto que el de Egipto, más seco de aguas, más enemigos en él, más serpientes, más gigantes, tierra que la llama Zacarías sombra de muerte, ¿no hemos menester provisión y comida?" (Sermón 46).

El maestro Ávila también se rinde ante el don de la Eucaristía haciendo de su saber oración: “¡Oh manjar divino, por quien los hijos de los hombres se hacen hijos de Dios y por quién vuestra humanidad se mortifica para que Dios en el ánima permanezca! ¡Oh pan dulcísimo, digno de ser adorado y deseado, que mantienes el ánima y no el vientre; confortas el corazón del hombre y no le cargas el cuerpo; alegras el espíritu y no embotas el entendimiento; con cuya virtud muere nuestra sensualidad, y la voluntad propia es degollada, para que tenga lugar la voluntad divina y pueda obrar en nosotros sin impedimento! ¡Oh maravillosa bondad que tales mercedes quiso hacer a tan viles gusanillos! ¡Oh maravilloso poder de Dios, que así puso, debajo de especie de pan, su divinidad y humanidad y partirse él en tantas partes, sin padecer él detrimento en sí! ¡Oh maravilloso saber de Dios, que tan conviniente y tan saludable medio halló para nuestra salud! Convenía, sin duda, que por una comida habíamos perdido la vida, por otra la cobrásemos, y que así como el fructo de un árbol nos destruyó a todos, así el fructo de otro árbol precioso nos reparase a todos. Venid, pues, los amadores de Dios y asentaos a esta mesa (Meditación del beneficio que nos hizo el Señor).

Como termina la hermosa plegaria eucarística de santo Tomás de Aquino, cantada por tantas generaciones de cristianos “Adoro te devote”, quiero terminar también esta exaltación siempre pobre e incompleta:

“Jesús, a quien ahora veo oculto,

te ruego que se cumpla lo que tanto ansío

que al mirar tu rostro cara a cara,

sea yo feliz viendo tu gloria! AMEN.

+ Ginés García Beltrán

Obispo de Guadix

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Wed, 14 Jun 2017 11:09:00 +0000
Carta a un joven http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/38918-carta-a-un-joven.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/38918-carta-a-un-joven.html

Carta de Mons. Ginés García, Obispo de Guadix, publicada en el portal web www.jovenescatolicos.com

Querido amigo/a:

La verdad es que me cuesta trabajo ponerme delante del ordenador y escribir sin conocerte, me gustaría ponerte rostro, saber quién eres, cuáles son tus inquietudes, qué esperas de la vida, y también dónde están tus preocupaciones. Pero no importa, pienso que eres uno de los jóvenes de mi diócesis a quien conozco, o los que me encuentro por la calle, o, quizás, con los que comparto el asiento en el tren. En definitiva, eres un joven, una joven, que quiere compartir este corto espacio de tiempo, el que se necesita para leer las líneas que hay a continuación.

La primera palabra que me viene a la mente es: felicidad. Nunca he conocido a nadie que no quiera ser feliz. Todos queremos y buscamos ser felices. La felicidad es un destino común a la humanidad, quizás la diferencia está en lo que entendemos por felicidad, y, mucho más, en el camino que tomamos para encontrarla o conseguirla. Pues si la felicidad es la aspiración humana por excelencia, es más pasional en los jóvenes; diría que la búsqueda es más intensa. Ser feliz para un joven es realizar sus expectativas, vivir en esperanza.

Sin embargo, tengo con frecuencia una preocupación. Me preocupa el engaño de la cultura actual que viene a decirte: ser feliz es no tener problemas, ni sufrimientos, ni preocupaciones. Este postulado os está condenando, nos está condenando a no ser felices nunca, porque siempre habrá en nosotros un problema, o una preocupación, o un sufrimiento. El secreto de la verdadera felicidad es aprender a ser feliz en medio de los problemas, los sufrimientos y las preocupaciones; las tengo, podemos decir, pero no me quitan la felicidad que es mucho más íntima, más profunda.

La felicidad, aunque es un don, nunca viene a buscarte, tienes tú que salir a encontrarla. Recuerdo las palabras del Papa Francisco en la JMJ de Cracovia cuando os alertaba sobre la tentación de confundir la felicidad con un sofá. “Un sofá que nos ayude a estar cómodos, tranquilos, bien seguros. Un sofá —como los que hay ahora, modernos, con masajes adormecedores incluidos— que nos garantiza horas de tranquilidad para trasladarnos al mundo de los videojuegos y pasar horas frente a la computadora. Un sofá contra todo tipo de dolores y temores. Un sofá que nos haga quedarnos cerrados en casa, sin fatigarnos ni preocuparnos”. Esa no es la felicidad, sino el engaño de los que quieren jóvenes domesticados que digan a todo que sí; jóvenes que no piensen demasiado y todo lo dejen en la piel, en la pura y dura sensibilidad. Esa felicidad narcotizada, esos jóvenes domesticados, son la imagen de la ausencia de libertad, y como consecuencia, de la falta de entusiasmo, ilusión y alegría.

Entonces, podríais decirme, haznos una propuesta de felicidad auténtica, de la buena. Pues también lo haría con una sola palabra: Jesucristo.

En el Evangelio, Jesucristo se presenta como el camino, la verdad y la vida. El camino de la felicidad es Cristo. En Él encontrarás la coherencia a la que tanto valor das, la honradez y la autenticidad que tanto admiras y deseas. Jesucristo es un camino no exento de dificultades, pero es un camino con final feliz, porque Él mismo lo ha recorrido ya, compartiendo con nosotros todo, hasta la muerte, para sacarnos de ella.

Jesucristo es la verdad. La verdad es luminosa y revela lo que somos, lo que es el mundo, incluso quien es Dios. Quizás has oído a alguien decir que vivimos en la época de la postverdad. El diccionario Oxford ha elegido la palabra “postverdad” como la más relevante en el año 2016. Es decir, que es menos importante lo que de verdad es, o lo que ocurrió, que la emoción. Jesucristo es verdad, no es una idea o una emoción. Él no engaña, no esconde, es transparente y limpio. En el Señor no hay doblez.

Porque es el camino y la verdad es también la vida. Ante Jesús de Nazaret podemos preguntarnos con todo derecho: entonces, ¿qué es la vida? La vida no es una posesión absoluta para hacer lo que me da la gana. La vida encierra un curioso secreto, cuando se la guarda uno, la pierde; cuando la da, se gana, crece. La vida no es para mí, es para los demás. La vida es para ponerla al servicio de los demás, para entregarla. Una vida que no se da, no sirve para nada. El ejemplo lo tenemos en el mismo Señor, que entregó su vida por nosotros, y nos dijo: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”.

¿De qué serviría una vida sin amor? El sabor de la vida, su sentido es el amor.

Dejadme que os cuente algo personal. Los obispos, cuando somos nombrados por el Papa, elegimos un lema que se convierte en un verdadero programa de vida para nuestro servicio en la Iglesia. Cuando tuve que elegir mi lema episcopal, enseguida pensé: haré mías las palabras del apóstol Pablo en su carta a los Filipenses; “para mí la vida es Cristo”. Porque la vida no es una cosa, la vida siempre es alguien. Y creo que la vida, mi vida, es Cristo. No me entiendo, ni me imagino sin Cristo. Cuando intento labrar mi felicidad siempre aparece Él para animarme, para fortalecerme, y también para corregirme. Siempre recuerdo las palabras de aquella joven santa que fue Teresa de Liseaux, “tu amor creció conmigo”. Cristo, cuando lo dejas, cuando no le pones inconveniente va creciendo en ti, se va haciendo fuerte, te va salvando.

Buscar la felicidad es tan sencillo como cada mañana preguntar a Jesús, ¿qué quiere de mí? Hacer lo que Dios quiere es el gran secreto de la felicidad. Basta buscarlo, basta preguntarlo, para que el camino se vaya haciendo realidad misteriosamente.

Gracias amigo, gracias amiga, por haberme permitido caminar contigo durante estos instantes de la lectura de esta carta. Ojalá podamos encontrarnos alguna vez y continuar la conversación y la amistad que empezó en estas letras.

Pediré por ti, pide tú también por mí. Un gran maestro espiritual de nuestro tiempo, Thomas Merton, escribe en el relato de su conversión, que está convencido de que su descubrimiento de la fe se lo debe a alguien que rezó por él, no sabe quién es, quizás sólo lo conocerá en el cielo, pero pidió por él como un acto grande de amor, sin esperar ninguna recompensa en esta tierra. La oración de los unos por los otros es una buena arma para el nacimiento y crecimiento de la fe.

Ahhh! Tenemos una Madre, una madre grande: María. A ella nos acogemos.

Un abrazo.

+ Ginés García Beltrán

Obispo de Guadix

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Fri, 02 Jun 2017 10:56:39 +0000
En la Solemnidad de San Torcuato, obispo y mártir, patrón de la diócesis http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/38586-en-la-solemnidad-de-san-torcuato-obispo-y-mártir-patrón-de-la-diócesis.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/38586-en-la-solemnidad-de-san-torcuato-obispo-y-mártir-patrón-de-la-diócesis.html En la Solemnidad de San Torcuato, obispo y mártir, patrón de la diócesis

Homilía del obispo de Guadix, Mons. Ginés García Beltrán

Excmo. Cabildo Catedral de la S.A.I. Catedral;
Ilmo. Sr. Vicario General y Vicarios episcopales;
Hermanos sacerdotes;
Seminaristas.
Miembros de los institutos de vida consagrada;
Hermano mayor y Hermandad de San Torcuato, patrono de esta Ciudad;
Sr. Alcalde en funciones y miembros de la Excma. Corporación municipal;
Dignas autoridades.
Pregonera de nuestro Santo Patrón, San Torcuato.
Queridos hermanos y hermanas en el Señor.

Esta mañana, como cada solemnidad, hemos cantado en la hora de Laudes el salmo 62. En esta invocación a nuestro Dios hemos repetido: “Tu gracia vale más que la vida”. Preciosa expresión de un creyente que reconoce la primacía de Dios por encima de todo, incluso de la vida. Vivir y gozar la gracia de Dios es el fundamento de la existencia humana para un hombre que cree, es también el sentido que le hace situarse en mundo y ante la realidad. Pero, sobre todo, reconocer que la gracia de Dios vale más que la vida es lanzarse al horizonte eterno de la confianza a la que ningún peligro puede apartar. Con gran belleza lo expresa san Pablo en su carta a los Romanos: “¿Quién nos separará del amor de Dios? (..) Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado” (8,35-39). El amor de Dios que se ha revelado en el Hijo, Jesucristo, entregado por nosotros.

La gracias de Dios, mis queridos hermanos, no es un abstracto, una bella teoría de la teología que nos acerca a al misterio inalcanzable de Dios. La gracia es lo más sencillo y lo más grande al mismo tiempo, es el sustento cotidiano en nuestro camino. La gracia es el amor de Dios que vive y actúa en nosotros, y por nuestro medio en los demás y en el mundo. La gracia recrea cada día nuestra existencia, porque el amor nunca se cansa ni se deja vencer.

Esta es la experiencia de tantos y tantos cristianos a lo largo de la historia, que se hace si cabe más evidente en el martirio.

Hoy, celebramos a san Torcuato, obispo y mártir de Cristo, que nos adentra en la experiencia de la gracia, don gratuito e inmerecido, que despierta en el interior del hombre una fuerza tal que hace que por la confesión de la fe y el amor a los demás no se detenga ni ante la misma muerte. Como nosotros, también Torcuato, repetiría: “Tu gracia vale más que la vida”. Hacer que otros conozcan y experimenten la hermosura de la gracia vale más que la vida. Y así nació y creció la fe en nuestra tierra. En los albores mismos del cristianismo el nombre de Jesús fue pronunciado en esta tierra, y el testimonio de nuestros padres en la fe ha llegado hasta nosotros.

La historia de la Iglesia de Guadix, casi bimilenaria, está llena de testimonios de mártires y confesores de la fe. Recientemente al martirio del primer obispo, en el siglo I, se ha unido el testimonio de los mártires del siglo XX. Hace unos días vivíamos con profunda alegría la agregación al catálogo de los mártires de la Iglesia de trece sacerdotes relacionados con nuestra Diócesis que ofrecieron su vida en testimonio de fe, amor y reconciliación en una España dividida y abocada a una guerra fratricida. Ellos son el testimonio y la dosis de coraje que necesitamos para seguir siendo, como san Torcuato, testigos del Señor, portadores de su gracia para todos los hombres sin distinción.

En el evangelio proclamado en esta celebración hemos vuelto a escuchar la paradójica concepción de la vida, por la que esta es creciente si se da, y se pierde si se guarda. La vida según el Evangelio es para darla. Hemos de dejar que caiga en la tierra del mundo, hemos dejar que se muera para que dé fruto, un fruto abundante. Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere no puede dar fruto. Este concepto de la vida, sin duda, crea desconcierto en el hombre y en la cultura de hoy. Es el grito que nos saca de nosotros mismos, la voz que cambia los cimientos mismos del mundo. La vida no es para reservarla, no es el para el puro goce, no es para ascender, cueste lo que cueste, aun a costa de los demás; no es para tener, para poseer. La vida es para darla, y si la vida no sirve para darla, entonces no sirve para nada. El ejemplo lo tenemos en nuestro Señor Jesucristo. Y es que el siervo no es más que su señor. Hagamos, pues, de nuestra vida una ofrenda de amor a Dios y a los hermanos.

Este es el Evangelio que recibimos de Torcuato, y el Evangelio que hoy estamos llamados a anunciar. El Evangelio es siempre novedad, como nuevos los hombres y la cultura. Hemos de vivir esta constante y eterna novedad.

No dejemos que nos venza la tentación del apego a un pasado glorioso, no nos conformemos con la que ya hemos conseguido, no seamos una iglesia satisfecha con lo que tiene; hagamos el esfuerzo, siempre auxiliados por la gracia de Dios, para responder mejor a los nuevos retos que la cultura nos demanda hoy en día, sin miedo y sin imaginar escenarios apocalípticos. Proyectar un escenario futuro sin salida, coloreado por el pesimismo no es de cristianos. Es propio de lo que no confía y han perdido la esperanza. Si nuestro origen está en Dios, y en Él también nuestro destino, vivamos en confianza el momento presente y abrámonos en esperanza al futuro que está en Dios, que es Dios.

Hace unos días el Papa Francisco nos decía a la Plenaria de la Secretaría para la Comunicación de la Santa Sede: “Reforma no es “blanquear” un poco las cosas: reforma es dar otra forma a las cosas, organizarlas de otra manera. Y se debe hacer con inteligencia, con mansedumbre, pero también, también –permitidme la palabra- con un poco de “violencia”, pero buena, violencia buena, para reformar las cosas”. Todo cambio exige movimiento interior y exterior; pero, en primer lugar, conversión del corazón.

Necesitamos generosidad para caminar juntos, para aceptar que el otro camine conmigo, para hacerme consciente que me puede ayudar, que complementa mi propia visión de la realidad.

Son necesarias la unidad y la humildad, y no dejarse llevar por la tentación del protagonismo que niega al otro, que nos ciega pensando que yo y los míos nos bastamos para construir el mundo. Esta es una tentación que levanta muros y destruye puentes. Hoy necesitamos derribar los muros que nos dividen y levantar puentes que nos unen.

Hemos de recrear el mundo del encuentro, que se basa en el respeto y en la tolerancia. Hemos de vivir en gestos que sean elocuentes y creíbles cuando vivimos en la era digital, cuando las calles y plazas ya no están cerradas, sino cada día más abiertas. No vale encerrarnos en nosotros mismo, es necesario salir y buscar al hombre, llegar hasta donde está para anunciarle a Jesucristo y compartir la vida con él.

En este momento recuerdo la sabiduría de la enseñanza del Papa Francisco, cuando en su Exhortación Apostólica, “Evangelii Gaudium”, nos dice que el tiempo es superior al espacio. “Hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite. La plenitud provoca la voluntad de poseerlo todo, y el límite es la pared que se nos pone delante. El «tiempo», ampliamente considerado, hace referencia a la plenitud como expresión del horizonte que se nos abre, y el momento es expresión del límite que se vive en un espacio acotado (..) De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio (n. 222).

Y continúa del Papa: “Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Es una invitación a asumir la tensión entre plenitud y límite, otorgando prioridad al tiempo. Uno de los pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es cristalizar los procesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios (..) Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad” (n. 223).

Y termina diciendo: “A veces me pregunto quiénes son los que en el mundo actual se preocupan realmente por generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener resultados inmediatos que producen un rédito político fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana” (n. 224).

Este es también un gran reto para la Iglesia, para esta iglesia que camina en Guadix. Somos una iglesia apostólica porque nuestras raíces están en la predicación de los primeros apóstoles del Señor, pero también porque nuestro principio rector ha de ser el apostólico; es decir, estamos llamados a ser una iglesia misionera, abierta al hombre y a sus necesidades, con una especial atención a las situaciones de malestar, de pobreza, de dificultad, conscientes de que también ellas deben abordarse con soluciones adecuadas.

Imploremos la intercesión de la Virgen María, que en esta ciudad veneramos bajo el título de las Angustias, que ella nos acerque a Jesús, el fruto bendito de su vientre, y nos enseñe a ser testigos valientes y decididos del Evangelio.

+ Ginés García Beltrán

Obispo de Guadix

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Tue, 16 May 2017 10:53:20 +0000