Guadix Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Wed, 16 Jan 2019 14:16:29 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es Ordenación Episcopal http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/47799-ordenación-episcopal.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/47799-ordenación-episcopal.html Ordenación Episcopal

Alocución del nuevo obispo de Guadix, Mons. Francisco Jesús Orozco

“He aquí que vengo para hacer tu voluntad” (Hb 10, 9). El autor de la carta a los Hebreos nos ha situado en la atmósfera propicia para poder vivir en la obediencia de Cristo nuestra propia vocación cristiana. Hoy, este es el mejor contexto para rumiar, en el corazón de la liturgia cristiana, mi envío como sucesor de los Apóstoles a servir a la Iglesia: ¡aquí estoy para hacer tu voluntad!
El Santo Papa Juan Pablo II, describía la misión de los obispos: “ser obreros en la mies de la historia del mundo con la tarea de curar abriendo las puertas del mundo al señorío de Dios, a fin de que se haga la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Y nuestro ministerio se describe como cooperación a la misión de Jesucristo, como participación en el don del Espíritu Santo, que se le dio a él en cuanto Mesías, el Hijo ungido de Dios.” El ministerio episcopal solo se comprende a partir de Cristo, la fuente del único y supremo sacerdocio, del que el obispo es partícipe. Por tanto, el obispo, decía el Santo Pastor, «se esforzará en adoptar un estilo de vida que imite la kénosis de Cristo siervo, pobre y humilde, de manera que el ejercicio de su ministerio pastoral sea un reflejo coherente de Jesús, Siervo de Dios, y lo lleve a ser, como él, cercano a todos, desde el más grande al más pequeño» (Juan Pablo II, Pastores gregis, 11).
Lo decía también San Juan de Ávila, maestro de santos y doctor de la Iglesia: “no son llamados a obispos para su provecho, no para riquezas, no para regalos, sino para trabajar en lo exterior y cuidados en lo interior; y no de cualquier cosa, sino de la más importante, cual es la gloria de Dios.”
El Papa Francisco, al inicio de su pontificado, en un encuentro con los nuncios y delegados pontificios, les ofrecía el papel de un obispo de hoy en cuatro notas bien concretas que pido al Señor poder vivir en mi ministerio:
1.- Que los obispos sean pastores cercanos a la gente, padres y hermanos, que sean amables, pacientes y misericordiosos.
2.- Que amen la pobreza, tanto la interior, que hace libres para el Señor, como la exterior, que es sencillez y austeridad de vida.
3.- Que no tengan una psicología de príncipes.
4.- Que sean pastores con olor a oveja, que se alejen del “carrerismo fácil” y sean “humildes, mansos y estén al servicio del pueblo, para que “no se conviertan en lobos rapaces”.
Nos invitan a andar este camino, las lecturas del cuarto domingo de adviento, que nos traen la Navidad, que es Jesucristo, de las manos de María, siempre Virgen y modelo de servicio en la caridad a todos los hombres, en el misterio de la visitación a su pariente. Isabel ha experimentado la indignidad ante tan magno acontecimiento. Ella, débil, anciana y pobre, se desconcierta ante la visita de su Señor en el sagrario virginal e inmaculado de su prima María. Es la pequeñez del barro ante la grandeza de la Luz: “¿quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor?” Es la indignidad de Pedro al encontrar de nuevo a su Señor, después de las negaciones y el Amor misericordioso de Cristo, que siempre salva: “apacienta mis ovejas”. Es la pequeñez del hombre que ha experimentado su ser creatural ante la Presencia de su Hacedor. Es la indignidad que hoy experimento ante la llamada del Señor que me ha elegido para ser sucesor de los Apóstoles. El Señor convierte la debilidad de mis piedras y límites en el pan de su cercanía ministerial.

Como dijera nuestro querido Papa emérito Benedicto XVI, “me consuela que el Señor sepa trabajar con instrumentos insuficientes y me entrego a vuestras oraciones”. Rezad por mí y conmigo, con la oración colecta de esta Eucaristía: oh Dios, que, por pura generosidad de tu gracia, has querido ponerme hoy al frente de tu Iglesia de Guadix. Concédeme ejercer dignamente el ministerio episcopal y guiar con la palabra y el ejemplo, bajo tu amparo, la grey que me has confiado.”
La Virgen María supo vivir esa disposición oblativa hasta el extremo: “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra.” En un sermón de Navidad, predicando en el día de San Esteban, en un convento de monjas, decía San Juan de Ávila: “para dártelo a ti, lo pone María en el pesebre”. La Virgen María nos da a Jesucristo mismo, el Buen Samaritano, que se acerca a todo hombre y “cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza” (Prefacio común, VIII) y lo lleva a la posada, que es la Iglesia, donde hace que lo cuiden, confiándolo a sus ministros y pagando personalmente de antemano lo necesario para su curación. Y nos invita: “anda, haz tu lo mismo”.
Ante la realidad de ser elegido y llamado, corresponde la confianza: “el Señor que ha iniciado esta obra buena, Él la llevará a término”. Con la oración sobre las ofrendas, rezad por mí y conmigo, para que el Señor aumente en mí el espíritu de servicio y lleve a término lo que me ha entregado sin mérito propio. En palabras de Santa Teresita me dice hoy: “confianza, es la mano de Jesús que dirige todo”.
Inicio, con alegría, la misión que acabo de recibir del mismo Cristo, por manos de los Apóstoles, en la Iglesia, habiendo sido agregado al Colegio episcopal por la plenitud del sacramento del Orden. Colegio Apostólico que sucede a los Doce, presididos por uno que preside, guía y confirma, el Santo Padre Francisco, que ocupa el lugar de Pedro.
Me dirijo con afecto al Sr. Nuncio de su santidad en España. Agradezco su presencia en esta celebración y su buen servicio en la Iglesia de España. Le pido que haga llegar al Papa mi afecto filial y mi gratitud por la confianza que me ha dispensado, al nombrarme sucesor de los Apóstoles y enviarme a presidir la Iglesia que camina en Guadix.
Pido al Señor que mi ministerio sirva siempre para que el Pueblo de Dios, que camina en esta Iglesia particular, siga siempre fiel al magisterio del Papa y de los Obispos en comunión con él.
Saludo a los señores Cardenales, Arzobispos y Obispos que hoy nos honran con su presencia en ésta celebración, expresando nuestra comunión afectiva y efectiva en el Colegio episcopal. La acogida fraterna que me habéis manifestado desde el momento en que se hizo público mi nombramiento ha sido, sin duda, uno de los consuelos con los que el Señor ha querido acercarme, por medio de vosotros, su presencia y la verdad de la comunión eclesial.
Queridos sacerdotes, amigos y fieles de mi diócesis de origen, Córdoba; a los de San Francisco Solano de Montilla, Santo Domingo de Guzmán y San Mateo de Lucena; a los de San Miguel y Ntra. Sra. de la Merced, en Córdoba; parroquias donde he ejercido mi ministerio sacerdotal como párroco: con vosotros he aprendido que servir a los hombres es la tarea y el gozo del pastor y, a la vez, es, en este servicio y en la comunidad orante donde encuentra su verdadero sustento. ¡Qué bella es la caridad pastoral! Como decía el Santo Obispo de Hipona: “lo más temible en este cargo es el peligro de complacernos más en su aspecto honorífico que en la utilidad que reporta a vuestra salvación. Mas, si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros. Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros”. Los distintos destinos pastorales han configurado mi vida personal y sacerdotal. Habéis sido el regalo más preciado que Cristo me ha donado en mi sacerdocio. ¡Cuántos testigos verdaderos y silenciosos del evangelio! ¡Cuántos buenos cristianos y almas grandes me he encontrado y me han ayudado a alimentar mi propia vida cristiana y mi vida sacerdotal! Gracias por haberme regalado a Cristo en vuestras vidas, en vuestras historias personales, en vuestros gozos y cruces.
Mi gratitud a quienes han sido mis Obispos consagrantes, que acompañaron mi sacerdocio en Córdoba: D. Javier, D. Juan José y D. Demetrio. Hasta el momento de mi nombramiento episcopal, he colaborado con D. Demetrio muy cercanamente como vicario general. Quiero agradecerle que siempre, pero más intensamente en estos dos meses, ha sido un verdadero padre y ángel custodio de mis primeros pasos en esta nueva etapa episcopal. ¡Gracias D. Demetrio, por todo el cariño e interés que ha puesto en ayudarme en mi incorporación a este ministerio y a mi querida Iglesia de Guadix! Y Felicidades. Hoy hace 44 años que el Señor lo hacía sacerdote para toda la eternidad.
Y qué alegría poder compartir este ministerio apostólico con hermanos a los que estuve unido en el presbiterio diocesano de Córdoba: D. Santiago, obispo auxiliar de Sevilla y D. Mario, Obispo de Bilbao.
Cuando miro mi vida a la luz de la Providencia divina y de todos sus regalos, mi pensamiento se dirige agradecido, en primer lugar, a vosotros, mis queridísimos padres, que siempre habéis sabido darlo todo en grandes sacrificios por mi bien. Os agradezco haber sido para mí el verdadero libro para entender el valor del trabajo y el servicio sencillo en la vida cotidiana. Papá, mamá: gracias por haber sido el mejor ejemplo para leer en las dificultades y en las contrariedades la sabiduría de la cruz, que conduce siempre a la Vida.
Querida hermana, cuñado, sobrinos, familia y paisanos de Villafranca, mi pueblo natal. Compartimos raíces que fortalecen nuestra vida y nuestra fe. Os agradezco a todos vuestra presencia numerosa aquí esta mañana, vuestras oraciones y tanta alegría cristiana como en estos meses habéis expresado, porque el Señor ha llamado a un villafranqueño para ser obispo. Ponedme en el corazón de la Virgen de los Remedios.
Y hoy, sobre todo, quiero saludaros y agradeceros vuestra oración, a vosotros, hermanos y hermanas de la Iglesia de Guadix. Saludo y felicito a D. José Francisco, administrador diocesano, que, en estos meses, desde que se fuera a Getafe nuestro querido D. Ginés, has sabido conducir y orientar todas las tareas diocesanas desde el corazón de Cristo. El Señor pague tu generosidad y buen servicio a la Iglesia. Os saludo a todos, queridos sacerdotes, diácono, seminaristas mayores y menores, religiosos y religiosas, contemplativas, movimientos y asociaciones, hermandades y cofradías, familias cristianas, jóvenes y ancianos, niños. Un saludo lleno de cercanía para los que pasáis por momentos de dificultad, sufrimiento o soledad. A todos os llevo en mi oración y en el corazón, desde el día en que el Señor Nuncio me señalaba Guadix, de parte del Papa, como el lugar de la Providencia para mí.
Os muestro mi plena disponibilidad. Como dijera Santa Teresa mirando a Jesucristo, os digo yo a vosotros: “vuestro soy, para vosotros nací ¿qué mandáis hacer de mí?”. Vengo a unirme a vuestra rica historia de fe que tantos frutos ha dado desde su fundación, allá por el año 47 de nuestra era, por nuestro Patrón y primero de los siete Varones apostólicos, San Torcuato. A él, Obispo mártir santo, me encomiendo y pongo bajo su intercesión todas nuestras tareas diocesanas. Su sangre, unida a la de todos los mártires con cuna en Guadix (Beato Manuel Medina Olmos, San Pedro Poveda y otros muchos) y a la de toda la Iglesia, es semilla de cristianos y de una historia rica de fe, que nos hace gritar con esperanza, mirando a Cristo: “tus heridas nos han curado”.
Con el apóstol Pedro os digo: “no tengo plata ni oro, pero os doy lo que tengo” ( Hch 3,6), a Jesucristo. Deseo que me permitáis caminar con vosotros, como un hermano enviado por el Señor que viene a unirse a los trabajos duros que lleváis adelante por el Evangelio y que quiere serviros y estar cerca especialmente de los más pobres y quienes peor lo pasan.
Permitidme un saludo especial y mi agradecimiento para todos los que os habéis esmerado en la preparación de ésta solemne celebración. Antes de ayer, pude saludar a los voluntarios, en gran parte procedentes de las diferentes Hermandades y Cofradías, a los que quiero mostrar mi respeto y agradecimiento por su servicio eclesial hoy. Mi agradecimiento al Cabildo catedralicio, Sacerdotes coordinadores, diáconos, seminaristas, voluntarios, protección civil, fuerzas de seguridad, equipos sanitarios y de emergencias, medios de comunicación, federación de Hermandades y Cofradías, coros Acyda, Accichorus, Antiguos escolanos, Pueri cantores “María Briz” y a D. Rafael Pascual, organista.
Saludo, también, con respeto a las autoridades civiles, militares, judiciales y educativas de la Comunidad Autónoma de Andalucía, de la provincia de Granada y de la Diócesis de Guadix, así como a los venidos desde Córdoba, Lucena y Villafranca. Gracias por vuestra presencia, que pone de manifiesto la llamada a trabajar juntos por el bien común y la dignidad del hombre, que nunca puede ser encarcelada en una existencia ajena a lo trascendente, donde termina esclavo de sí mismo. Contad siempre con mi oración en vuestra delicada y difícil función civil. Quiera el Señor que siempre podamos trabajar en la construcción de un tejido social donde todo creyente se encuentre respetado en sus expresiones religiosas.
Guadix es tierra de María. Así lo expresan tantas advocaciones entrañables que recogen el amor a la Virgen: Angustias, Piedad, Gracia, Cabeza, Purificación y otras muchas tan arraigadas en el corazón mariano de nuestra diócesis. A la Madre de Cristo y Madre nuestra encomiendo mi servicio episcopal. Que Ella me haga siempre, con la mirada puesta en el cielo, testigo alegre, cercano y misericordioso del Corazón resucitado del Buen Pastor en la tierra, aquí en Guadix. Miremos juntos al que María pone en el pesebre y digamos con nuestra vida: “Tus heridas nos han curado”.
Amén.

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Wed, 26 Dec 2018 13:44:29 +0000
A la diócesis de Guadix http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/46761-a-la-diócesis-de-guadix.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/46761-a-la-diócesis-de-guadix.html A la diócesis de Guadix

Carta del nuevo obispo electo de Guadix, D. Francisco Jesús Orozco

En estos momentos en que La Santa Sede acaba de hacer público que nuestro Santo Padre Francisco, a fin de proveer el gobierno pastoral de la diócesis de Guadix, se ha dignado nombrarme Obispo de esa sede, mis primeras palabras y mi corazón se elevan al Señor en acción de gracias. Quiero renovar mi confianza en Cristo que sigue pronunciando hoy, fijando sus ojos en mí, aquel “Sígueme” que hizo nacer a la Iglesia y que la sigue llenando de su presencia cercana y salvífica.

Agradezco al Santo Padre la confianza que me ha dispensado al elegirme para este ministerio y quiero expresarle públicamente mi más firme adhesión a su persona y a su doctrina como Vicario de Cristo. Que mi novel ministerio episcopal, unido al del primero de los Apóstoles y al colegio apostólico sea expresión de la comunión querida por Cristo y en la que podamos seguir profesando juntos nuestra fe.

En esta primera intervención como Obispo electo de Guadix quiero saludar especialmente a mi ya, desde hace unas semanas, querida y rezada Diócesis accitana. Ya me siento un accitano más. Os saludo a todos: a mi inmediato predecesor, actualmente Obispo de Getafe, Monseñor Ginés, a Monseñor Javier, arzobispo metropolitano de Granada y a los Obispos de la provincia eclesiástica. Saludo a los señores Obispos de Andalucía agradeciéndoles, por anticipado, su oración y, sin duda, la acogida de un novato al que tienen que enseñar a ser obispo. Saludo al administrador diocesano de Guadix; un saludo para todos los hermanos sacerdotes, diácono, seminaristas, religiosos y religiosas de vida activa y contemplativa, parroquias, instituciones diocesanas y canónicas, especialmente miembros de movimientos y asociaciones, hermandades y Cofradías, jóvenes, niños, familias, enfermos. A todos me ofrezco como hermano y amigo para trabajar juntos y vivir la alegría de ser de la misma familia, la Iglesia. Os pido un “huequecito” en vuestra vida, en vuestra casa, en vuestra historia y en vuestro corazón.

Mi respeto y saludo para las autoridades civiles, militares, judiciales, culturales y educativas de nuestra comunidad Autónoma de Andalucía, de la Diócesis de Guadix y de la provincia de Granada, a quienes me ofrezco para colaborar en la construcción de una sociedad cada día más justa y fraterna, siempre necesitada de la aportación de todos los ciudadanos que aman el bien común.

Me consta que esta buena tierra de nieves y de bellísimos paisajes naturales al pie de Sierra Nevada está llena de gente aún más maravillosa, cuyo patrimonio humano y espiritual son ya un verdadero regalo para mi vida cristiana. ¡Qué suerte que el Señor haya querido que pueda aprender de vosotros y con vosotros a quererlo más y a seguir construyendo la Iglesia!

Decía S. Agustín en uno de sus sermones: “Soy Obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros.” Qué ganas tengo de estar con vosotros y para vosotros compartiendo físicamente la fe que nos une, nuestra mirada en el Señor y en los regalos que nos hará. Cuando hace unos meses, Monseñor Ginés se despedía de la Diócesis decía públicamente que después de serviros era más religioso, se encontraba más cerca del Señor. Y ahora me toca a mí ese regalo, vivir esa cercanía del Señor en vosotros.

Guadix tiene una rica e intensa historia de fe: un verdadero patrimonio espiritual que arranca en los albores del cristianismo, en el siglo I. Considerada la Diócesis más antigua de España, tiene en su Patrón, primer evangelizador de Acci y primer Obispo del rico episcopologio, San Torcuato, un verdadero espejo para que un sucesor de los apóstoles encuentre en su martirio la verdadera medida de la entrega que el Señor hoy nos sigue pidiendo. El varón apostólico que con el Apóstol Santiago hizo florecer el Evangelio en España, encienda y proteja nuestros deseos de seguir evangelizando. Pronto podré venerar su santo brazo y ante sus reliquias pedir para que los accitanos encontréis en mí lo que el Buen Pastor quiere para vosotros: proseguir la tarea evangelizadora, santificadora y de gobierno, continuando la larga serie de pastores que han servido a esta venerable Iglesia de Guadix.

En la rica historia de los santos y mártires accitanos, S, Torcuato, San Francisco Serrano -dominico y natural de esta diócesis-, San Pedro Poveda, el Beato Manuel Medina y los mártires de todos los tiempos, quiero poner mi ministerio episcopal y mi vida entre vosotros.

Rezad para que pueda ser el Obispo que merecéis y que el Señor quiere para vosotros. Como habéis pedido en una oración durante estos meses de sede vacante, que sea un Pastor según el corazón de Dios, que agrade al Señor por su santidad y por su vigilante dedicación pastoral, un Pastor amigo de los pobres, sencillos y más pequeños, que con la Palabra del Señor y la Eucaristía conduzca a las fuentes de la gracia, de la verdad y de la vida, con espíritu misionero, dispuesto a escribir, con vosotros, un tramo más de la historia gloriosa de esa Iglesia particular accitana, ilustre por su historia de fe y por la santidad de tantos accitanos, los mejores hijos de esa Iglesia que de todas las épocas supieron mostrar en sus vidas la belleza más bella de la Iglesia.

Guadix tiene Madre: la Virgen de las Angustias, o de la Piedad en Baza, o la Virgen de Gracia, Patrona de las Cuevas, o tantas bellas advocaciones marianas que son un grito diocesano mariano de amor a la Madre Inmaculada y Virgen. En sus brazos, en los que sostiene a Cristo, quiero ponerme y poneros desde este momento. Ya he volado con el corazón hasta la Virgen de las Angustias y con todos vosotros he rezado por vuestras familias, por vuestros hijos, por los jóvenes, por los ancianos e impedidos, por los sacerdotes, por los enfermos, por los que más sufren en nuestra Diócesis de Guadix, por las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, por nuestros misioneros, por los que no tiene trabajo.

Ella, Buena Madre y Señora de los accitanos, acoja este deseo de vivir unidos en Cristo, en la unidad de su Iglesia. Os pido a todos que recéis por mí en este tiempo de preparación para recibir la ordenación episcopal, que se celebrará (D.m.) el sábado 22 de diciembre en la Santa Iglesia Catedral de Guadix.

Córdoba, 30 de octubre de 2018
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Francisco Jesús Orozco Mengíbar
Obispo electo de Guadix

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Tue, 30 Oct 2018 12:48:38 +0000
Misa de Acción de Gracias por el Ministerio Episcopal http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42918-misa-de-acción-de-gracias-por-el-ministerio-episcopal.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42918-misa-de-acción-de-gracias-por-el-ministerio-episcopal.html Misa de Acción de Gracias por el Ministerio Episcopal

Homilía de Mons. Ginés Garcia, obispo electo de Getafe y AD de Guadix

“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Salmo 115)

 

Estas palabras del salmo expresan muy bien lo que siente mi corazón en este momento. Realmente no sé cómo puedo pagar al Señor el bien que me ha hecho al elegirme para ser vuestro Obispo durante estos ocho años. Dios, Padre bueno, me ha bendecido en la persona de Cristo para ser sacramento de su presencia entre vosotros, y me ha permitido anunciar la salvación en medio de este pueblo que es la diócesis de Guadix.

Vosotros, querido hermanos y hermanas, habéis sido una bendición de Dios para mí, lo que me ha permitido cada día experimentar el amor que Dios me tiene, que Dios nos tiene.

Aquel 27 de febrero de 2010, en la plaza de las Palomas, y en el marco de mi ordenación episcopal, os decía. “Vengo a vosotros contento y con ilusión, es el Señor quien me envía; vengo a esta querida Diócesis a hacer su voluntad. Estoy firmemente persuadido que en la voluntad de Dios está la realización plena del hombre. No busquemos nuestra gloria, busquemos y trabajemos por la gloria de Dios”. A lo largo de estos años, y en medio de mis debilidades, he buscado que Dios sea glorificado, y para eso que sea conocido y amado. Él se ha encargado de darme el ciento por uno con vuestra cercanía y afecto expresados en tantos momentos de estos años.

1. El evangelio de este sábado de Cuaresma nos ha hablado de la vocación de Leví, un publicano, un pecador.

Jesús lo mira y lo llama. La mirada del Señor en el Evangelio, siempre es una llamada que saca de uno mismo, que transforma, que llena de vida y es misión. Una palabra que escuchó Leví, que yo también escuché, como hemos escuchado muchos de nosotros: “Sígueme”.

Cuando Jesús mira, ama. En Jesús hemos descubierto y experimentado el amor de Dios, un amor que sana las heridas del mal y del pecado. Leví era un pecador, pero Jesús lo mira y queriéndolo, lo lleva consigo y lo agrega al grupo de sus amigos, de sus íntimos.

Que hermoso ejemplo que ha de marcar el camino evangelizador de la Iglesia. Estamos llamados a propiciar el encuentro de los hombres con Jesús; y no somos nosotros los que elegimos, ni los que hacemos la selección. Es Él quien llama, quien elige, quien mira haciéndonos experimentar la misericordia.

En estos años de mi ministerio entre vosotros he aprendido algo importante y hermoso: hemos de estar abiertos a las sorpresas de Dios, dejarlo a Él que marque el camino, que sea el protagonista de nuestra historia, el centro real de nuestra vida eclesial. Aunque a algunos les pueda sorprender, quiero confesaros que ser Obispo, y esta ha sido la gran riqueza, me ha hecho mucho más religioso, me ha introducido en el misterio de la fe, muchas veces en la noche oscura, de modo especial; he ido descubriendo que sin una vida intensa de intimidad con el Señor os servía de poco. No tengo muchas cualidades, ni soy tan fuerte como para cargar con el peso del ministerio, pero en Él todo lo puedo, es Él quien me conforta, y Él quien ha guiado mis pasos y mi vida. Ser orante por mi pueblo, vivir a los pies del Señor Eucaristía me ha hecho levantarme cada día con fuerzas e ilusión renovada. Muchas veces, como Mateo, el publicano, he experimentado la mirada de Jesús que me sostenía y renovaba su llamada: “Sígueme”.

Cuántas veces he pensado y me han ayudado las palabras del Papa: “Para entender la realidad hay que acercarse con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar”.

2. Los escribas y los fariseos del Evangelio se escandalizaban de la actitud de Jesús porque en Leví veían un pecador. Jesús, sin embargo, veía un hombre, alguien al que hay que salvar, porque no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores.

En la evangelización, como hace Jesús, hay que poner rostros, hay que llegar a lo más interior de las personas, santuario donde habita Dios.

Podríamos describir y levantar estadísticas de la diócesis de Guadix, podríamos hacer diagnósticos y establecer terapias para avanzar en la construcción de una buena diócesis, pero este no es, no puede ser, el camino de la Iglesia. La Iglesia tiene rostro, y vive en la casa de sus hijos y de sus hijas. No se conoce a la Iglesia hasta que no se quiere a los que la formamos.

El ministerio episcopal es, según san Agustín, un officium amoris, por eso, sólo puede pastorear bien quien ama a su pueblo como hace Cristo, al que le duele su gente, el que sufre y goza con ellos. Sólo cuando se ama puede haber entrega. Los pastores de la Iglesia no nos pertenecemos, pertenecemos a Dios para el servicio de su pueblo santo. Nuestras personas, nuestras cualidades, lo que poseemos, y hasta nuestro tiempo son suyos.

Cómo no recordar, queridos hermanos y hermanas, mi visita pastoral a la Diócesis. Una experiencia de gracia que me ha permitido conoceros y quereros con todo el alma, poneros rostro, visitar vuestras casas y vuestros trabajos, compartir vuestra vida, desde cerca, sin prisa, escuchando. La visita pastoral, lo he repetido muchas veces, ha supuesto para mí y para mi ministerio una verdadera conversión personal y pastoral.

3. El Papa Francisco acuñó una expresión que se ha hecho común en el lenguaje eclesial y que es mucho más profunda de lo que puede parecer: ser una Iglesia en salida.

Ser Iglesia en salida exige salir de la modorra que produce la acomodación. Tenemos mucha historia, y en ella muchos testimonios de santidad. La gente viene a nosotros, pide el servicio de la Iglesia y de sus ministros, ¿qué podemos pedir más?. Vivimos en medio de un pueblo todavía creyente en su mayor parte. Pero esto no basta para la pasión evangélica. Como dice san Pablo: “Ay de mí si no anuncio el Evangelio”. No podemos quedarnos tranquilos en los recintos de nuestros templos, hemos de salir, de buscar, de proponer la salvación, de anunciar a Cristo en medio del mundo.

Hemos de celebrar, porque “la evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo” (EG, 24).

Quiero volver a repetir: la Iglesia que camina en Guadix es también responsable del progreso y del futuro de esta tierra y de esta gente. La evangelización tiene una dimensión social que le es esencial. Las generaciones cristianas que nos han precedido nos enseñan que la Iglesia ha de colaborar en la creación del tejido social en actitud de diálogo con todos, sin protagonismos, pero con un empeño decidido en trabajar por el bien del hombre y su dignidad, y por el bien común. Los pobres son una parte esencial de la comunidad, y a ellos hemos de ir. Nuestras Cáritas y demás instituciones de caridad han de ser lugar preferente en la vida de nuestras comunidades, porque sólo así seremos creíbles.

Los cristianos estamos llamados a vivir con ilusión y a generar ilusión a nuestro alrededor. Os pido que creamos en las posibilidades de esta tierra y de sus gentes; y no dejemos que se impongan los que piensan y juzgan como los fariseos y los escribas del Evangelio, pero no son capaces de comprometerse, aunque hacer siempre conlleva riesgos y sin sabores; recordemos en este sentido las palabras del Papa: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida” (EG, 49).

4. La diócesis de Guadix es una gran familia, una familia que nos hace experimentar que no estamos solos, al menos yo así lo he sentido, y por eso doy gracias a Dios.

Gracias a Dios por vosotros, querido hermanos sacerdotes, por haber sido mis colaboradores más cercanos en estos años. Sin vosotros el Obispo no puede nada. Gracias por los cinco sacerdotes que han recibido el ministerio por la imposición de mis manos, y por el diácono; gracias por la vida de los sacerdotes que durante mi ministerio entre vosotros han muerto esperando la paga de los buenos pastores; gracias por cada uno de vosotros, queridos sacerdotes, que cada día gastáis vuestras vidas en el pueblo que el Señor os ha encomendado.

Gracias por el Seminario, por los jóvenes que en él se forman y por sus formadores. Sois, queridos seminaristas, no sólo las pupilas de los ojos del Obispo, sino su corazón y su esperanza. Rezo por vuestra perseverancia.

Gracias, queridos consagrados, porque habéis sido y sois el testimonio precioso del seguimiento de Cristo cuando ora, enseña, cura. Gracias por lo que sois y lo que hacéis.

Gracias pueblo santo de Dios. Los niños y los jóvenes; las familias y los mayores; los enfermos y los que pasáis por cualquier tipo de dolor y sufrimiento; gracias a los profesores, especialmente a los profesores de religión; a las Hermandades y Cofradías, a las asociaciones y movimientos eclesiales. Gracias a los que colaboráis en la caridad de la Iglesia; gracias a los que en silencio, sin protagonismos, me habéis cuidado para que pudiera dedicarme a la misión.

Gracias a las autoridades y a los representantes de la vida pública; gracias a los que colaboráis con el bien y el progreso de todos.

5. No quiero terminar sin pedir perdón por mis pecados, por mis errores y omisiones, por las veces que no me he entregado como estaba llamado a hacerlo, o por si a alguno he escandalizado con mis palabras o mis acciones. Os pido perdón de corazón.

Unas palabras del Evangelio expresan mi interior en este momento: “Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc, 17,10). He querido ser un siervo vuestro por Jesucristo, he hecho lo que tenía que hacer.

Ahora me despido de vosotros con agradecimiento y puestos los ojos en Jesucristo, mi Señor, y confiado en su gracia que me acompañará como hasta ahora en el nuevo oficio que se me confía en la Iglesia de Getafe.

Me uno ahora a vuestra oración para pedir por el nuevo Obispo, para que sea un Pastor según el corazón del Señor.

Pidamos la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia, para que nos muestre siempre el fruto de sus entrañas, Jesús, y nos lleve a Él, nuestra vida y salvación, la delicia de nuestro corazón.

+ Ginés García

Obispo electo de Getafe y AD de Guadix

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Mon, 19 Feb 2018 11:41:18 +0000
Romper las amarras que impiden el encuentro http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42843-romper-las-amarras-que-impiden-el-encuentro.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42843-romper-las-amarras-que-impiden-el-encuentro.html Romper las amarras que impiden el encuentro

Carta del Mons. Ginés García, obispo electo de Getafe y AD de Guadix, con motivo de la Cuaresma

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La Cuaresma es, un año más, la invitación a volvernos a Dios que nos llama a emprender el camino que conduce hasta la Pascua. Es este un camino peculiar, porque al tiempo que avanzamos, Él nos sale al encuentro, y toma la iniciativa. Cada etapa del camino cuaresmal es ya la experiencia de la salvación que acontece en la muerte y resurrección del Señor. En la Cuaresma se respira ya la Pascua.

A lo largo de estos próximos cuarenta días vamos a escuchar repetidamente la palabra, conversión. Y conversión es la gracia de salir de nosotros para girarnos, abrirnos, centrarnos en Dios. No es fácil reconocer que vivimos encerrados en nosotros mismos, en nuestras ideas e intereses, en nuestras preocupaciones y en nuestros proyectos. Convertirse es romper las amarras que impiden el encuentro con Dios y con los hermanos. Y esto no se da por un acto de la voluntad: yo puedo, y lo voy a hacer. La conversión es algo más, exige abandono y confianza, además del acto de la suprema libertad: amar.

La prueba más clara de la necesidad de conversión es el enfriamiento del amor. Cuando el corazón se endurece, y lo sentimos en las palabras, en los pensamientos, en las intenciones, y hasta en las mismas acciones, entonces necesitamos poner calor que derrita el hielo del corazón, necesitamos conversión.

El Papa Francisco ha tomado como tema de su mensaje para Cuaresma de este año las palabras del evangelio de san Mateo: “Al crecer la maldad se enfriará el amor en la mayoría” (24,12). En un contexto ya de pasión, de sufrimiento, se nos advierte sobre los falsos profetas que se aprovechan de las emociones humanas para esclavizarnos en un mundo de mentiras y de soluciones fáciles e inmediatas. “Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar”.

Sería, por eso, un buen comienzo para la Cuaresma volver al amor primero, sentir en nosotros el amor de Dios que nos recrea constantemente, que nos ofrece la oportunidad de volver a empezar, que borra y olvida todo aquello que nos avergüenza y nos impide seguir avanzando. La vida nos puede pesar por las dificultades de camino, por el peso que muchas veces soportamos, pero si alguien nos anima, nos acompaña y muestra la meta, entonces todo cambia y nace la esperanza. Por eso, el tiempo de Cuaresma es un tiempo de esperanza, es un tiempo de renovación de la fe.

Claro que para emprender y seguir el camino cuaresmal que es don, nosotros necesitamos poner los medios. Tres son los que nos propone la Iglesia: oración, limosna y ayuno.

La oración. Es el momento de pararnos, centrarnos en nosotros mismos y abrir el corazón a Dios. Como dice Teresa de Jesús, orar es hablar con el que sabemos que nos ama. La oración es diálogo de amor. Ante alguien que sabemos que nos ama nos acercamos con libertad y confianza, nos mostramos como somos, porque sabemos que no podemos engañarlo, pero además no queremos hacerlo. En la oración se descubren las mentiras del corazón y buscamos el consuelo que todos necesitamos y que sólo podemos encontrar en Dios. La oración es camino de liberación y de entrega. Os invito a orar con la Palabra de Dios.

La limosna. Nos hace pensar en el otro y en sus necesidades, al tiempo que nos libera de la pretensión de que nosotros y lo nuestro es lo sólo importante. La limosna reconoce en el otro a un hermano, es un gesto que va más allá de la beneficencia, es un don fraterno. Hemos de superar esa visión de la limosna como algo humillante, porque con ella mostramos nuestra superioridad sobre los demás, sobre los pobres, dándoles lo que nos sobra, las migajas de nuestra mesa. Dice el Papa en su mensaje: “Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida”. Así, la limosna es la expresión del compartir, y no sólo lo que tenemos, sino principalmente lo que somos. Para los cristianos es también un modo privilegiado de expresar la comunión.

El ayuno. No ayunamos para mostrar nuestra fuerza de voluntad, ni nuestra capacidad de renuncia. Ayunamos para poner el corazón en lo importante, para decirnos a nosotros mismos que el centro de nuestra vida ha de estar en Dios, para desterrar el egoísmo y la violencia que anidan en el corazón humano. Al mismo tiempo, al ayunar sentimos en nuestra propia carne lo que sienten los desposeídos de todo, los que carecen de lo indispensable, los que sufren hambre, marginación o exilio. Cada uno tendrá que pensar de qué ha de ayunar. “El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre”, nos recuerda el Papa.

Os invito, queridos hermanos y hermanas, a vivir este tiempo santo de la Cuaresma mirando al Señor y a su Pascua; que la experiencia de su amor nos fortalezca para ser sus testigos ante los hombres; que nos acerquemos a su rostro encarnado en tantos hombres y mujeres que sufren, para darle el consuelo de la fe y la esperanza.

En el camino cuaresmal nos encontramos con María, la Virgen; que ella nos acompañe y nos conduzca hasta Cristo, nuestro Bien.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés García

Obispo electo de Getafe

y AD de Guadix

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Wed, 14 Feb 2018 13:49:12 +0000
Comparte lo que importa http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42709-comparte-lo-que-importa.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42709-comparte-lo-que-importa.html Comparte lo que importa

Carta del obispo administrador de Guadix, Mons. Ginés García

Queridos hermanos y hermanas:

 

Muchas veces he escuchado a padres comprometidos con la educación de sus hijos decir que uno de los pilares de la formación de los más pequeños de la casa ha de ser enseñarlos a compartir. Compartir es salir de uno mismo y ofrecer de lo que es nuestro; es desinstalarnos del egoísmo para mirar más allá de nosotros mismos y de nuestros intereses. El concepto de posesión absoluta de lo que es mío es empobrecedor; de lo mío puedo dar a los demás y hacer que el disfrute de los bienes esté repartido. El compartir nos enriquece y nos hace crecer.

¿Podemos decir que vivimos en la cultura del compartir? Pues según qué. Hoy compartimos muchas cosas. De hecho el mundo de las redes sociales son un espacio para compartir. Lo que recibimos a través de estos nuevos medios de comunicación lo compartimos rápida y eficazmente. Da miedo abrir el wasap y descubir la cantidad de mensajes, fotografías y vídeos que no somos capaces de digerir. Además, en internet podemos encontrar de todo porque es un gran almacén donde todos comparten todo. Incluso en la época de las leyes por la protección de la intimidad, en la pantalla de un televisor abierto a todos, podemos conocer, no sin frivolidad, las mayores intimidades de las personas.

Sin embargo, basta detenerse un momento para descubrir que bajo la apariencia de ese compartir, vivimos encerrados con poca decisión para compartir lo esencial, lo que importa. Es facil compartir lo accesorio, mucho más difícil compartir lo esencial.

Por eso, un año más, Manos Unidas, con acierto, llama nuestra atención con una auténtica provocación. Todos podemos compartir más, y, sobre todo, podemos compartir lo que importa. Podemos compartir el objetivo de acabar con el hambre en el mundo, lo que esta organización católica viene haciendo desde hace más de 50 años.

La tarea de concienciación sobre las situaciones de pobreza que exiten en el mundo provocadas por la falta de alimentos y de todo aquello que es verdadermente esencial al hombre, ha sido y es un objetivo constante de Manos Unidas; mediante los proyectos humanitarios que cada año financia en las zonas más deprimidas del planeta está dando respuesta a problemas urgentes y crónicos, pero, mediante esto, está tocando nuestra conciencia muchas veces adormecida.

Miles de voluntarios, hombres y, sobre todo, mujeres, en cualquier rincón de España trabajan cada día, desinteresadamente, por este objetivo. Iba a decir que sin hacer ruido, pero no es verdad, hacen mucho ruido, aunque lo hacen con humildad y con la mayoría del trabajo y la entrega que no se ven sino por sus frutos. Cómo no recordar las palabras del Evangelio: “Por sus frutos los conoceréis”.

He de decir que me siento orgulloso del trabajo de Manos Unidas en esta diócesis de Guadix. Durante ocho años he sido testigo de la abnegación con que trabaja el grupo de voluntarios de Manos Unidas, y de lo que han sabido sacar de la pobreza para compartir con los que son muchos más pobres que nosotros. Siempre venían con la misma letra: este año no podremos sacar adelante los proyectos que nos hemos comprometido a finaciar, al final, los proyectos salían. Claro que salían, cómo no iban a salir con tanto amor y dedicación. Gracias Manos Unidas de la diócesis de Guadix por estar ahí, por lo que sois y por lo que hacéis.

Os animo a seguir trabajando y luchando por construir un mundo donde el hambre sea una plaga del pasado; a no cansaros en el trabajo de concienciación de una sociedad que se mira a sí misma y que cree que comparte haciéndolo sólo con lo superfluo.

Invito a los fieles de la diócesis y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad de nuestra tierra a colaborar con Manos Unidas, ya sea como voluntarios, ya con la ayuda económica.

Este año Manos Unidas nos recuerda unas palabras de San Juan Pablo II en su carta encíclica Sollicitudo Rei Socialis: “Una de las mayores injusticias del mundo contemporáneo consiste precisamente en esto: en que son relativamente pocos los que poseen mucho, y muchos los que no poseen casi nada. Es la injusticia de la mala distribución de los bienes y servicios destinados originalmente a todos”.

Esa es la tarea de la Campaña contra el Hambre en el mundo, procurar que se restituya el plan original de Dios Padre sobre el hombre y sobre el mundo.

Con mi afecto y bendición.

+ Ginés García

Obispo electo de Getafe y

AA de Guadix

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Thu, 08 Feb 2018 14:54:06 +0000
La existencia cristiana, encuentro con el amor de Dios http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42632-la-existencia-cristiana-encuentro-con-el-amor-de-dios.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42632-la-existencia-cristiana-encuentro-con-el-amor-de-dios.html La existencia cristiana, encuentro con el amor de Dios

Carta del obispo de Guadix, Mons. Ginés García

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

La vida cristiana es una vocación, una llamada. Dios llama al hombre a su amistad, quiere compartir con él el gozo de su intimidad, y sólo necesita para hacerlo nuestra libre respuesta. La fe que es diálogo entre Dios que llama y el hombre que responde es una experiencia fundante porque hace brotar una nueva vida, una existencia que se hace encuentro, que crea experiencia, que nos convierte en testigos. No hay verdadera vida cristiana si no hay encuentro, experiencia de Dios en la vida.

Desde el bautismo que sella el encuentro de la fe con la gracia, y por caminos diversos, que como dice el poeta castellano León Felipe, “para cada uno tiene un camino virgen Dios”, el creyente van confirmando la llamada con nuevas experiencias, al tiempo que descubre la voluntad de Dios sobre su persona. Se ha dicho, y con razón, que existe la vocación dentro de la vocación.

Somos llamados a la fe, y somos también llamados a vivirla en un estado de vida concreto cuya fuente siempre es el bautismo. Entre los estados de vida cristiana está la Vida Consagrada, ese grupo de hombres y mujeres que por la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia se consagran a Dios como a su amor supremo. Son, en la Iglesia, una llamada interpelante a la radicalidad evangélica, que con tanta frecuencia se va quedando en el camino.

La vida consagrada siempre es vanguardia, y debe ser vanguardia porque esa es su vocación y su misión. No hay más que mirar a la historia para ver cómo el Espíritu de Dios ha suscitado en cada tiempo los modos de vida consagrada que el hombre y el mundo necesitaban. Los consagrados siempre han sido frontera para dar respuesta a los diversos retos que en cualquier época de la historia se han presentado a la evangelización.

Ser vanguardia, estar en la frontera no es fácil, exige una identidad clara y un robustecimiento constante que sólo puede venir del encuentro con Dios. El consagrado ha de ser un hombre o una mujer con experiencia de Dios, de intimidad con el Señor. Sin una vida de oración profunda y diaria, sin la fuerza que encontramos en la Eucaristía y en los sacramentos en general, sin una experiencia rica de vida fraterna, sin el enriquecimiento de la caridad que es el ejercicio de los consejos evangélicos, difícilmente se puede ser vanguardia de la evangelización, al menos difícil el permanecer en ella fielmente.

No podemos vivir sin alimento, ni dar de lo que no tenemos. El consagrado está llamado a ser portador de Dios, testigo del nuevo Reino, rostro de la caridad de Cristo cuando ora, cuando enseña, cuando cura, ¿pero cómo lo hará si no está lleno de Dios, si no tiene experiencia de la gracia, si no vive la intimidad con el que llama y envía?

La presencia de los consagrados en la Iglesia y en el mundo es un medio precioso para crear la cultura del encuentro a la que con tanta frecuencia nos invita el Papa Francisco. Os recuerdo lo que nos decía en su Exhortación Apostólica, “La alegría del Evangelio”: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos” (n. 3). Los consagrados están llamados a ponerse al servicio del encuentro de los hombres con Dios, creando al mismo tiempo relaciones de fraternidad y solidaridad de los hombres entre sí.

No me cansaré de repetir, la vida consagrada es un don necesario y precioso a la Iglesia, pero este don hay que cultivarlo. Tenéis que hacerlo los que ya habéis sido llamados y consagrados, y cuidarlo para que no se oscurezca la luz que os hace signos en medio del mundo; tienen que cuidarlo también las comunidades parroquiales y las distintas asociaciones y movimientos de la Iglesia, invitando a sus miembros, sobre todo a los jóvenes, a estar atentos a la llamada de Dios para responder con generosidad, para esto es importante valorar la vocación y la presencia de los religiosos y demás consagrados y rezar por ellos. Un especial cultivo de la vida consagrada corresponde al Obispo y a los sacerdotes. Os invito, queridos hermanos sacerdotes, al tiempo que me lo recuerdo a mí mismo, que queráis y cuidéis a los consagrados, y el mejor modo de hacerlo es valorando y respetando el carisma de cada uno, poniéndolo a la luz para que alumbre a la comunidad, viviendo en comunión como signo de la unidad de todo el Pueblo de Dios.

Esta carta, queridos hermanos y hermanas consagrados, será mi última carta como Pastor de esta Iglesia de Guadix. Os quiero decir desde lo más profundo del corazón: Gracias. Gracias por el testimonio de vuestra consagración que fecunda la Iglesia, gracias por lo que hacéis cada día en los distintos campos de la evangelización, gracias por vuestra cercanía y vuestro afecto; gracias porque me habéis permitido experimentar que era el pastor de todos. Rezo por vosotros y os animo a no desfallecer en la misión que la Iglesia os ha encomendado. Como dice el salmo: “Sed fuertes y valientes de corazón los que esperáis en el Señor”.

Miremos a la Virgen, nuestra Madre, la Consagrada al Señor, la que dio un Sí sin reservas, que ella nos acompañe siempre.

Con mi afecto y bendición.


+ Ginés García

Obispo electo de Getafe y AA de Guadix.

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Tue, 06 Feb 2018 11:18:56 +0000
En la entrega de los premios ¡Bravo! de comunicación http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42453-en-la-entrega-de-los-premios-¡bravo-de-comunicación.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42453-en-la-entrega-de-los-premios-¡bravo-de-comunicación.html En la entrega de los premios ¡Bravo! de comunicación

Discurso del obispo de Guadix, Mons. Ginés García Beltrán, en la ceremonia de entrrega de los Premios Bravo 2017

Queridos Hermanos Obispos,
Querido Secretario General de la Conferencia Episcopal,
Queridos Premiados de esta edición (ya la número 47 de los premios ¡Bravo!), familiares y amigos de los galardonados, amigos todos.

Esta casa, sede de la Conferencia Episcopal Española, como cada año, abre hoy sus puertas a un acontecimiento festivo, celebrativo. El salón de la Plenaria, donde se reúnen todos los obispos de España, os acoge hoy a vosotros para celebrar la entrega de los Premios ¡Bravo! otorgados por la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social. Tiene lugar, como hacemos habitualmente, en torno a la fiesta de S. Francisco de Sales, patrono de los periodistas. Es un acontecimiento alegre porque premiar es reconocer y significar un trabajo bien hecho. En el mundo de la comunicación, las instituciones no siempre sabemos situarnos. Además, en los últimos años, una nueva comunicación ha irrumpido en nuestras vidas de manera creciente a través de nuevos medios y nuevas tecnologías, y por todos los cauces posibles e imposibles.

En la Iglesia, sin embargo, os queremos sentir como compañeros de viaje; compartimos con vosotros un deseo de conocer la verdad y de darla a conocer y, en la medida en que compartimos esos objetivos, estamos con vosotros en el mismo camino.

Además de un reconocimiento, en este día queremos hacer un agradecimiento, porque nuestra sociedad no debe sólo reconocer lo que hacéis sino también agradecerlo. Pocas instituciones como nosotros aprecian lo difícil que es comunicar bien. Por eso, nuestro agradecimiento se dirige al servicio que prestáis a la sociedad y a vuestra aspiración de construir una sociedad más amable y, por tanto, más humana. Ese servicio que se concentra en la responsabilidad de acercar la verdad. Los profesionales soléis decir que sin periodismo no hay democracia. Esta afirmación es consecuencia de otra anterior: sin verdad no hay democracia. Por tanto son necesarios servidores de la verdad, comunicadores, periodistas que hagan posible la democracia con su trabajo.

Agradecimiento y reconocimiento por tanto a todos los premiados.

Algunos como Julián del Olmo, nuestro ¡Bravo! especial este año, acumuláis ya experiencia en estas lides y no por la edad, como pensarán algunos, sino por la calidad. Una calidad profesional que está, en tu caso, al nivel de la calidad personal y humana de la que tantos de los que estamos por aquí somos testigos y beneficiarios. La Iglesia en España, y esta Comisión Episcopal en particular, te agradece y te reconoce hoy por este premio tu trabajo en RTVE, en el programa Pueblo de Dios. Tu buen hacer que nos ha acercado al mundo real, a los que no tienen voz, pero también tu trabajo sacerdotal que te acredita delante de tus compañeros, creyentes o no, como un pastor cercano y acogedor. Gracias, querido Julián.

David Arratibel, Sergio Martín o Pepe Domingo Castaño, también tenéis larga experiencia en recoger premios. No sé si alguno de los que tenéis ya en radio, televisión, o los que han venido este año en cine, os han llegado de la Iglesia. Si es el primero, os deseo que no sea el último, porque sería un signo manifiesto de que vosotros y nosotros estamos en un camino apropiado.

Antonio Pampliega e Íñigo Pírfano utilizáis la comunicación para acercarnos a los que están al otro lado: al otro lado del Mediterráneo, al otro lado de la valla, al otro lado de la paz, y a los que tristemente se han quedado en el medio de su viaje. Muchas gracias y os pedimos, no os canséis de hacerlo.

Hirukide con 2más2Comunicación y 2:59 Films también han puesto nuestra mirada en quienes no están lejos pero a veces están olvidados, y Aleteia ha puesto su portal entre quienes construyen digitalmente una imagen del ser y de la misión de la Iglesia más real, alejada de tópicos, intereses o imágenes prefabricadas.

Al final, pero no las últimas, las diócesis de Cartagena y Santander, que siempre con medios limitados han realizado un trabajo ilimitado para dar a conocer los Años Santos de Caravaca y Liébana.

¡Enhorabuena!

En la función de enseñar del Obispo no está la función de enseñar comunicación, pero el contacto con vosotros me lleva a algunas reflexiones como un destinatario más de vuestro trabajo. En vosotros y en vuestros compañeros del imprescindible mundo de la comunicación pongo mi confianza para informarme de aquello a lo que yo no alcanzo.

La comunicación es una función social muy importante en este tiempo porque el relativismo de hace unos años está dejando paso a un nuevo panorama en el que surgen nuevas y serias dificultades nada pequeñas. Citaría tres.

En primer lugar la aparición de una nueva verdad, definitiva, absoluta, indiscutible: la posverdad. Esa verdad que no tiene vínculos con la realidad sino con los sentimientos, los deseos, los consensos, las preferencias o las apetencias. El mundo sigue necesitado de la verdad para crecer, y por tanto necesita servidores de la verdad en la comunicación.

La segunda dificultad, ocasionada por la expansión de la comunicación a través de las redes sociales, ha sido llamada filtros burbuja. Como denunció Eli Pariser hace algunos años, internet iba a ser la clave para ofrecer una sociedad transparente que permitiera a la democracia extenderse y consolidarse en todos los países. Sin embargo, la red y las redes aprenden nuestra forma de pensar y empiezan a ofrecer contenidos adecuados a lo que somos y lo que creemos, recortando notablemente la realidad. Internet está actuando como un filtro más que limita mi conocimiento del mundo. Por otra parte, el conocimiento tan profundo de las personas que genera internet y la consecuente capacidad de segmentar las audiencias con una precisión inimaginable le ha convertido en una herramienta indispensable para la difusión de ideas, productos y servicios. Hoy, el control de la sociedad, de lo que pensamos y de aquello sobre lo que pensamos, es más posible con internet.

Una tercera dificultad es la proliferación de noticias al servicio de ideologías. El riesgo permanente de comunicar nuevos escenarios que no responden ni a la realidad de lo que ocurre, ni al interés de las personas, ni al servicio público. Es comunicación al servicio de intereses particulares que fácilmente desembocan en división, separación y enfrentamiento. Es verdad que la tensión, el quebranto y la polémica dan más réditos de audiencia, pero también dejan una sociedad más deshilachada y menos cohesionada. Es imprescindible superar el discurso del enfrentamiento en nuestros medios, el de la confrontación, la tensión o el odio que estira y visibiliza los extremos y acaba por romper la sociedad.

El periodismo no puede contribuir al quebranto de la sociedad sino a la cohesión de sus miembros; al conocimiento de las razones de los demás y de las propias para facilitar la comprensión de que todos buscamos lo mejor. El servicio al bien común es un servicio a los proyectos comunes que no dividen ni fracturan sino que suman y acaban multiplicando.

Los medios de comunicación, los profesionales y las empresas tienen que estar al servicio de las personas y apartarse de las servidumbres a las que obligan las ideologías, las cifras de audiencias y las cuentas de resultados.

Dentro de unos días celebraremos S. Francisco de Sales, patrono de los periodistas, al que nosotros queremos pedir hoy la vuelta, a un periodismo de prestigio. Un periodismo que contrasta las fuentes, que es riguroso con el género periodístico, que ofrece datos y argumentos, que es capaz de rectificar, que incluye su fe de erratas. Un periodismo con periodistas, con profesionales, conscientes de su trabajo y amantes de la verdad y de la dignidad de una profesión que humaniza. Sin periodistas de vocación y oficio la comunicación acaba inundada de mediocridad, de medias verdades, acaba ahogado en intereses extraños.

A esa comunicación verdadera contribuís vosotros y por eso estamos aquí. No sólo por vuestro pasado, que hemos querido premiar con estos premios ¡Bravo! sino, también por el futuro más luminoso en el mundo de la comunicación que vosotros podéis alumbrar.

Muchas gracias.

† Ginés García Beltrán
Obispo electo de Getafe

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Tue, 23 Jan 2018 10:45:39 +0000
En la comunicación de su nombramiento como Obispo de Getafe http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42210-en-la-comunicación-de-su-nombramiento-como-obispo-de-getafe.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42210-en-la-comunicación-de-su-nombramiento-como-obispo-de-getafe.html En la comunicación de su nombramiento como Obispo de Getafe

Intervención de D. Ginés García en la rueda de prensa en la que comunicó su nombramiento como Obispo de Getafe (trascripción de su alocución)

Yo les he convocado esta mañana porque, a las 12, la Secretaría de Estado hace público mi nombramiento como Obispo de Getafe. El Santo Padre ha tenido a bien nombrarme Obispo de Getafe. Es alguna noticia que sé hace unos días, como ustedes pueden imaginar, cuando el Nuncio me comunicó este traslado. Y, como podrán comprender, también en este momento, en el corazón ronda de todo: por una parte, el agradecimiento porque el Papa se ha fijado en mí para una diócesis como la de Getafe. Voy de la diócesis más antigua de España a una de las diócesis más recientes, que apenas tiene 26 años. Pero también tengo que confesarlo con un gran dolor por dejar Guadix: han sido 8 años muy intensos. En Guadix he aprendido a ser Obispo y, como tenemos corazón, pues me cuesta trabajo. Pero aquí fui enviado y enviado voy a la diócesis de Getafe.

No conozco Getafe. Yo lo saludo también desde aquí, con gran cordialidad y con gran afecto. Tienen una carta que ahora la delegación de medios de comunicación social les dará la carta que he dirigido al clero de Getafe.

A partir de ahora, según el Código de Derecho Canónico, tengo 2 meses para tomar posesión. Aunque no hemos cerrado del todo las fechas con la Diócesis de Getafe, la toma de posesión probablemente será la mañana del sábado 24 de febrero, en el Cerro de los Ángeles, que es donde suelen ser los grandes acontecimientos de la Diócesis de Getafe.

Quiero aprovechar que están aquí los medios de comunicación de esta zona de Guadix para dar las gracias muy sinceramente a la diócesis de Guadix; agradecer a los sacerdotes, que en todo momento me han acompañado y han colaborado conmigo, dónde me he sentido uno más; y agradecer también a todo el mundo, a todo el pueblo de Dios, porque me he sentido realmente querido. En ningún momento me he sentido extraño, ni fuera de casa, sino que desde que llegué me he sentido en casa, en cualquier rincón de la diócesis, en cualquier pueblo.

Quiero agradecer también a los que colaboran con el Obispo más estrechamente, a los que a lo largo de este tiempo han sido mis vicarios, también agradecer a todos los que trabajan en la Curia, a los delegados, a los directores de secretariado, a todo el personal de la Curia, que a lo largo de estos años han sido mi familia. Y agradeceros también a vosotros. Sabéis que yo soy un profano en los medios de comunicación pero, por la Providencia, desde que soy Obispo me he visto muy vinculado a los medios de comunicación, primero como delegado de los Obispos del Sur para los medios, después en la Comisión y como Presidente de la Comisión de Medios de Comunicación de la Conferencia Episcopal, y ahora también como miembro de la Secretaria para la Comunicación de la Santa Sede. Tengo que reconocer que en todos los medios de la comarca siempre me habéis dado entrada, me habéis dado cabida, para que pudiera expresarme, para que pudiera estar. Yo lo agradezco de corazón.

Ahora toca comenzar una nueva etapa de la vida. Lo haré como vine aquí, en el nombre del Señor. También me voy en el nombre del Señor. me quedan dos meses intensos que estar en Guadix porque no voy a quitar nada de lo que tengo programado en la agenda, sino que seguiré haciendo todo lo que estaba previsto en la agenda.

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Thu, 04 Jan 2018 11:59:15 +0000
Mensaje de Navidad http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42059-mensaje-de-navidad.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42059-mensaje-de-navidad.html Mensaje de Navidad

Al llegar la Navidad pienso en cada uno de vosotros, queridos hermanos y hermanas, los que formáis esta comunidad diocesana de Guadix, y, junto a vosotros, en cada uno de los hombres y mujeres de buena voluntad que sin compartir nuestra fe sois compañeros en el camino de la vida. Para todos, mi saludo en el Señor.

La Navidad como memoria nos traslada al comienzo de nuestra era, hace más de dos mil años, a una pequeña ciudad de Judá, Belén, para contemplar la escena siempre entrañable del nacimiento de un niño. Un niño envuelto en pañales y reclinado en un pobre pesebre porque no había sitio en la ciudad. Lo cuidan, con la mirada y con el asombro, su madre María y su esposo José. Pero en la historia de este nacimiento en Belén hay más personajes, los ángeles, los pastores, y hasta unos magos de oriente; es decir, que en torno a aquel niño se unen el cielo y la tierra, y esa tierra en la que habitamos se hace más hogar para congregar a los pueblos que estaban dispersos.

Pero, ¿quién es este niño que concita el interés de los humildes y de los de corazón sincero? Es Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. En aquella pobreza de la periferia de Belén se ilumina la oscuridad del mundo con la luz de la divinidad y brilla la esperanza que la humanidad ha ido dejando por el camino. Dios se hace uno de nosotros, asume nuestra carne de pecado para liberarnos de su aguijón eterno. Al asumir nuestra pobreza nos regala su riqueza y nos otorga la herencia de vivir con Dios para siempre.

Belén es siempre memoria de amor, del amor agradecido, del amor que espera la respuesta del amado. Él nos amó primero, nos amó hasta el extremo, para que nosotros podamos amar también como Él nos amó. La Navidad nos recuerda cada año que es necesario hacerse niño, mirar con ojos de niño, y tener los sentimientos de un niño. Desde arriba no se entiende la Navidad, desde el egoísmo y la soberbia no se puede entrar en el misterio de esta fiesta. Muchas veces, ante la parafernalia que montamos en estas fechas habría que preguntarse, pero ¿qué celebramos en Navidad?

Hacer memoria de Belén es la posibilidad de recuperar el verdadero sentido de la Navidad, tantas y tantas veces ocultado bajo las propuestas festivas de una sociedad que vende más que da. Una Navidad sin Jesús es sólo la apariencia de la auténtica Navidad. Os invito a recuperar el verdadero sentido de la Navidad, a poner al Niño Dios en medio de nuestra vida y de la vida de la familia, también en lo público, ¿por qué no?. El pueblo cristiano a lo largo de la historia se ha valido de signos sencillos pero hermosos y evangelizadores: el belén, los villancicos, la fiesta familiar, las obras de caridad especialmente en estos días, y tantas otras, que no debemos perder.

La Navidad es presencia siempre actual del Dios con nosotros. Lo que aconteció un día en Belén de Judea sigue aconteciendo cada día en la fe. Dios viene a nosotros en su Palabra, en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, y en los hermanos. La Navidad es la clave para aprender a descubrir a Dios en medio del mundo, en la vida de los hombres.

Dios está en la vida corriente; no está en lo grande sino en los pequeños; no lo encontraremos en el ruido bullicioso, sino en el silencio contemplativo; no se mezclará con la arrogancia del poder y el dinero, sino que se mostrará en la humildad y el desprendimiento; no lo encontrarán los que lo quieren comprender en su ciencia, sino los que lo reciben en la gratuidad. Sólo desde un corazón limpio se puede ver a Dios, y todos podemos tener ese corazón limpio con tal que lo deseemos y lo pidamos.

El mensaje de la Navidad es un mensaje para todos los hombres y mujeres sin excepción. Dios es de todos y envió a su Hijo al mundo para que todos los hombres se salven. Por eso, hemos de procurar que la Navidad, esta Navidad, sea para todos sin excepción. La caridad cristiana se debe hacer más operante en estos días para que a nadie le falte lo que Dios pone en el corazón: la alegría y la paz.

Pienso especialmente en tantos a los que se ha privado de la dignidad propia de todo hombre; en los que no tienen libertad o viven en la injusticia; en los que carecen de lo necesario para vivir: paz, vestido, casa, medicinas, trabajo, educación; en las familias rotas y en los niños que son sus principales víctimas; en los jóvenes perdidos en el sin sentido y en los que miran con temor el futuro; en los ancianos solos y sin el cariño de los suyos; en las mujeres víctimas de la violencia; en los esclavizados por cualquier tipo de adicción; en los que viven lejos de sus hogares y en los que sufren el azote de la violencia y de la guerra. En la Navidad el corazón se ensancha para acoger a todos y pedir que se ablande si lo hemos endurecido.

“Entremos en la verdadera Navidad con los pastores, llevemos a Jesús lo que somos, nuestras marginaciones, nuestras heridas no curadas, nuestros pecados. Así, en Jesús, saborearemos el verdadero espíritu de Navidad: la belleza de ser amados por Dios. Con María y José quedémonos ante el pesebre, ante Jesús que nace como pan para mi vida. Contemplando su amor humilde e infinito, digámosle sencillamente gracias: gracias, porque has hecho todo esto por mí” (Francisco. Homilía en la Natividad del Señor, 24 de diciembre de 2016).

A todos os deseo una feliz y santa Navidad. Que el Niño que nace en Belén sea nuestra luz y nuestra esperanza. Que su amor inunde la tierra y su Palabra fecunde todas las cosas. Que todos los hombres y mujeres de la tierra descubran la presencia salvadora de Dios en sus vidas.

¡Feliz Navidad!


+ Ginés García

Obispo de Guadix

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Thu, 21 Dec 2017 12:56:49 +0000
Mensaje de Navidad http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42000-mensaje-de-navidad.html http://odisur.es/diocesis/guadix/documentos/item/42000-mensaje-de-navidad.html Mensaje de Navidad

Mensaje de Navidad del obispo de Guadix, Mons. Ginés García

Al llegar la Navidad pienso en cada uno de vosotros, queridos hermanos y hermanas, los que formáis esta comunidad diocesana de Guadix, y, junto a vosotros, en cada uno de los hombres y mujeres de buena voluntad que sin compartir nuestra fe sois compañeros en el camino de la vida. Para todos, mi saludo en el Señor.

La Navidad como memoria nos traslada al comienzo de nuestra era, hace más de dos mil años, a una pequeña ciudad de Judá, Belén, para contemplar la escena siempre entrañable del nacimiento de un niño. Un niño envuelto en pañales y reclinado en un pobre pesebre porque no había sitio en la ciudad. Lo cuidan, con la mirada y con el asombro, su madre María y su esposo José. Pero en la historia de este nacimiento en Belén hay más personajes, los ángeles, los pastores, y hasta unos magos de oriente; es decir, que en torno a aquel niño se unen el cielo y la tierra, y esa tierra en la que habitamos se hace más hogar para congregar a los pueblos que estaban dispersos.

Pero, ¿quién es este niño que concita el interés de los humildes y de los de corazón sincero? Es Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. En aquella pobreza de la periferia de Belén se ilumina la oscuridad del mundo con la luz de la divinidad y brilla la esperanza que la humanidad ha ido dejando por el camino. Dios se hace uno de nosotros, asume nuestra carne de pecado para liberarnos de su aguijón eterno. Al asumir nuestra pobreza nos regala su riqueza y nos otorga la herencia de vivir con Dios para siempre.

Belén es siempre memoria de amor, del amor agradecido, del amor que espera la respuesta del amado. Él nos amó primero, nos amó hasta el extremo, para que nosotros podamos amar también como Él nos amó. La Navidad nos recuerda cada año que es necesario hacerse niño, mirar con ojos de niño, y tener los sentimientos de un niño. Desde arriba no se entiende la Navidad, desde el egoísmo y la soberbia no se puede entrar en el misterio de esta fiesta. Muchas veces, ante la parafernalia que montamos en estas fechas habría que preguntarse, pero ¿qué celebramos en Navidad?

Hacer memoria de Belén es la posibilidad de recuperar el verdadero sentido de la Navidad, tantas y tantas veces ocultado bajo las propuestas festivas de una sociedad que vende más que da. Una Navidad sin Jesús es sólo la apariencia de la auténtica Navidad. Os invito a recuperar el verdadero sentido de la Navidad, a poner al Niño Dios en medio de nuestra vida y de la vida de la familia, también en lo público, ¿por qué no?. El pueblo cristiano a lo largo de la historia se ha valido de signos sencillos pero hermosos y evangelizadores: el belén, los villancicos, la fiesta familiar, las obras de caridad especialmente en estos días, y tantas otras, que no debemos perder.

La Navidad es presencia siempre actual del Dios con nosotros. Lo que aconteció un día en Belén de Judea sigue aconteciendo cada día en la fe. Dios viene a nosotros en su Palabra, en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, y en los hermanos. La Navidad es la clave para aprender a descubrir a Dios en medio del mundo, en la vida de los hombres.

Dios está en la vida corriente; no está en lo grande sino en los pequeños; no lo encontraremos en el ruido bullicioso, sino en el silencio contemplativo; no se mezclará con la arrogancia del poder y el dinero, sino que se mostrará en la humildad y el desprendimiento; no lo encontrarán los que lo quieren comprender en su ciencia, sino los que lo reciben en la gratuidad. Sólo desde un corazón limpio se puede ver a Dios, y todos podemos tener ese corazón limpio con tal que lo deseemos y lo pidamos.

El mensaje de la Navidad es un mensaje para todos los hombres y mujeres sin excepción. Dios es de todos y envió a su Hijo al mundo para que todos los hombres se salven. Por eso, hemos de procurar que la Navidad, esta Navidad, sea para todos sin excepción. La caridad cristiana se debe hacer más operante en estos días para que a nadie le falte lo que Dios pone en el corazón: la alegría y la paz.

 

Pienso especialmente en tantos a los que se ha privado de la dignidad propia de todo hombre; en los que no tienen libertad o viven en la injusticia; en los que carecen de lo necesario para vivir: paz, vestido, casa, medicinas, trabajo, educación; en las familias rotas y en los niños que son sus principales víctimas; en los jóvenes perdidos en el sin sentido y en los que miran con temor el futuro; en los ancianos solos y sin el cariño de los suyos; en las mujeres víctimas de la violencia; en los esclavizados por cualquier tipo de adicción; en los que viven lejos de sus hogares y en los que sufren el azote de la violencia y de la guerra. En la Navidad el corazón se ensancha para acoger a todos y pedir que se ablande si lo hemos endurecido.

“Entremos en la verdadera Navidad con los pastores, llevemos a Jesús lo que somos, nuestras marginaciones, nuestras heridas no curadas, nuestros pecados. Así, en Jesús, saborearemos el verdadero espíritu de Navidad: la belleza de ser amados por Dios. Con María y José quedémonos ante el pesebre, ante Jesús que nace como pan para mi vida. Contemplando su amor humilde e infinito, digámosle sencillamente gracias: gracias, porque has hecho todo esto por mí” (Francisco. Homilía en la Natividad del Señor, 24 de diciembre de 2016).

A todos os deseo una feliz y santa Navidad. Que el Niño que nace en Belén sea nuestra luz y nuestra esperanza. Que su amor inunde la tierra y su Palabra fecunde todas las cosas. Que todos los hombres y mujeres de la tierra descubran la presencia salvadora de Dios en sus vidas.

¡Feliz Navidad!

+ Ginés García

Obispo de Guadix

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Guadix Tue, 19 Dec 2017 14:34:34 +0000