Siervos de la alegría verdadera

Homilía de Mons. Javier Martínez, en la Eucaristía de Ordenaciones diaconales de dos seminaristas del Seminario Mayor “San Cecilio”, en el XIII Domingo del T. O, en la S.I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, porción del Pueblo santo de Dios, que, por la misericordia y de la gracia incomprensible del Señor, ha sido confiada a mis manos de pobre pastor, pero que os quiere con toda el alma, y que no teme, si tiene que actuar –si es por bien de la Iglesia-, a nada, no por mis fuerzas, que soy un pobre hombre, sino por la fuerzas de nuestro Señor Jesucristo, que os ama como celebramos cada Viernes Santo y yo trato de amaros de la misma manera;

muy queridos sacerdotes que estáis concelebrando;
queridos Alejandro y David;
queridos fieles cristianos que los acompañáis, en primer lugar vuestros padres y familiares, pero también muchos fieles cristianos de las parroquias, de las que venís: Maracena y Otura, que son parroquias donde ha nacido vuestra vocación, vuestro conocimiento del Señor. Sé que hay gente que ha venido de Ventorros y de Órgiva, y de muchos otros sitios. Lo mismo que los sacerdotes, tenemos aquí casi un tercio del presbiterio para acompañaros en este momento, para dar gracias a Dios en este momento; para unirnos a vuestra gratitud y a vuestra alegría:

La monición de entrada decía al principio que es una fiesta para toda la Iglesia diocesana, para la Iglesia universal. Cada sí –y eso vale para vosotros, y para todos nosotros, y es bueno que lo aprendamos-, el sí más pequeño que le decimos a Dios, con verdad, desde nuestro corazón, en el lugar más escondido de una Iglesia perdida en un pueblecillo, o de nuestra alcoba, tiene una repercusión en el mundo entero, hace crecer la Iglesia, aunque nadie lo vea mas que Dios; hace crecer la Iglesia porque la Iglesia crece cuando la caridad divina, cuando el amor infinito de Dios crece en el mundo y, cuando nosotros acogemos el amor de Dios en nosotros, ese amor de Dios crece en nosotros. Cuando nosotros Le decimos un sí al Señor, el mundo cambia. Cambia, en primer lugar, en nosotros, pero cambia de una manera que tiene resonancias en Orión, en las pléyades y en las galaxias más lejanas, cambia el cosmos. El Sí de la Virgen ha cambiado la historia. Y no era un sí público. Y a dar ese sí, también nosotros, todos, somos llamados.

Pero es verdad que una ordenación, la entrada a participar como participáis vosotros por la ordenación de diáconos en el sacramento, es una gracia especial de Dios para toda la Iglesia, además de serlo para vosotros. Y nos alegramos infinitamente. No estamos tan nerviosos como vosotros, pero todos nos alegramos mucho. ¿Por qué? No porque esto significa lo buenos que sois vosotros, sino porque significa que Dios es fiel y cumple sus promesas. El Señor que prometió a su Pueblo, es decir, a vosotros, es decir, a la Iglesia -“Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”-, dado que esa Presencia de Cristo –en el Bautismo, en la Eucaristía, en el Perdón de los pecados- está vinculada al ministerio sacerdotal, les encomendó a los Doce una misión y esa misión llega hoy a través de mis pobres manos de un modo que os vincula al destino de Cristo: hacer nacer la Iglesia, dar la vida con vuestra sangre y con vuestra vida, generar ese pueblo libre de hijos de Dios en nuestro mundo, en el siglo XXI, en esta sociedad de hoy, con toda libertad y con toda alegría. Porque ese pueblo es la única esperanza humana que hay para el mundo.

Hemos leído en el Evangelio una resurrección de Jesús, de una niña muerta a la que Jesús devuelve a la vida. Uno puede ver en ese episodio una parábola de nuestro mundo. Nuestro mundo, Occidente, se muere a chorros. La “España católica” no es capaz de reproducirse, a veces por la difusión extraordinaria de medios anticonceptivos de todas clases; a veces por una desesperanza y un desamor a la vida que cómo va a transmitir uno la vida a un niño y hacer todo el sacrificio y llevar todas las cargas y las fatigas si uno no tiene amor a la vida. Después, qué duda cabe que nuestra cultura por unos medios potentísimos de comunicación hace todo lo posible para que no amemos la vida. Sólo hace que amemos una vida imaginada, la de las telenovelas, la de las series, la de las mentiras organizadas para nuestro consumo, para creernos que vivimos en las vidas de otros, y eso ya desde los tiempos de “Dallas” y “Falcon Crest”, hasta Netflix y Amazon, y todas las otras productoras de evasiones, que son como una droga para nuestra inteligencia y para nuestra mente y para nuestro corazón. Y con las cuales alimentamos y pensamos que educamos y mantenemos entretenidos a los niños, cuando lo que hacemos es corromper su esperanza, su imaginación.

Es un mundo de muerte. Juan Pablo II hablaba con frecuencia de una cultura de la muerte. Esa no es nuestra cultura. Eso no es nuestro modo de vida. Un mundo así se muere. Cuántas décadas le quedan a la sociedad española a menos que hubiese un cambio brutal, que no se ve por ninguna parte, de aquéllos que tenemos motivos para amar la vida y para vivir con esperanza. Nos quejaremos con razón de una ley de la eutanasia, pero ¡si nosotros mismos cooperamos! Si, incluso, en familias cristianas, cuando una chica, relativamente joven, va a tener su tercer hijo son los padres los que le dicen “pero, tú dónde vas”; cuando un empresario cristiano le dice a una chica que está trabajando y que se queda embarazada “pero, tú qué quieres, ¿arruinar tu carrera?”. Esto lo he oído yo con mis propios oídos. Por tanto, somos cómplices. Son leyes inicuas, absolutamente. Inhumanas, que tratan todavía de deshumanizar más nuestra sociedad. Y no estoy defendiendo lo que llaman los médicos “el encarnizamiento terapéutico”. Hay momentos en que preservar la vida, claro que sí, lo sabe la Iglesia, es más un acto de crueldad que un acto de amor. Pero los medios tienen que ser adecuados, proporcionados. Liberalizar, como se liberalizó el aborto, la eutanasia es liberalizar el suicidio asistido en una población que nos estamos muriendo a chorros.

Es en este trasfondo donde a vosotros, y a mi y a los que estamos aquí, nos toca ser testigos de otra cosa: de un amor que hace posible amar la vida; que hace posible en las circunstancias más adversas, más difíciles tener un gesto de verdadero amor. Una persona, hace unos días, con una enfermedad incurable, me decía: “pienso en ocasiones, ¿no dejaría de sufrir si me quitase la vida?”. Digo: “Tú, a lo mejor, dejabas de sufrir, pero tus padres, las personas que te queremos, nos la abrías destrozado, y nos la abrías destrozado para siempre, así que si se te pasa ese pensamiento más veces que sepas que viene del Enemigo y que sepas que hay gente que te queremos lo suficiente como para acompañarte y sostenerte como el Señor quiera”.

Mis queridos hermanos, en un mundo así, en un mundo donde la vida no vale nada, donde la verdad no vale nada, porque se venden mentiras a granel, envueltas en paquetes de celofán preciosos que cuestan millones de euros en películas y en series, en un mundo así, y sin más arma que la belleza de vuestra consagración, que la belleza de vuestra vida, la belleza de nuestro amor unos por otros, de unas relaciones buenas, bonitas, bellas; sin más arma que eso, que el poder de Jesucristo, nos dirigimos a este mundo a darle la medicina que más necesita, la única que es capaz de generar esperanza, sólida, buena, fuerte, la que no hay que fabricar, la que no hay que evadirse para vivirla, sino la alegría de saber que nuestras vidas son algo precioso, la de cada uno de vosotros.

Esa es la diferencia entre un mundo cristiano y un mundo que no lo es. No es que nosotros hacemos unas ceremonias bonitas. Es que nosotros tenemos una razón para vivir. Nosotros tenemos una razón para querernos, para perdonarnos, para saber tratarnos un poco mejor si no nos hemos sabido tratar bien; para aprender, la vida entera no tiene otra razón de ser que para aprender a querernos: en la familia, entre los vecinos, en los lugares de trabajo. Y de eso somos nosotros llamados a ser testigos, y alimentarnos del perdón de los pecados, de la Eucaristía, de la Palabra de Dios, una y otra vez, para poder alimentar de eso mismo que nos alimenta, que nos hace felices a nosotros, nos hace vivir en plenitud a nosotros, poder alimentar al pueblo que el Señor nos confía, del cual somos servidores. Un sacerdote no es el amo de nadie. Claro que tiene que tomar decisiones sobre la liturgia y tiene que moderar ciertas cosas de la vida de la Iglesia, pero no manda en nada ni en nadie. Somos servidores. Siervos vuestros, decía San Pablo. “Siervos de vuestra alegría”, me parece una de las definiciones mejores de un apóstol, de un pastor. Siervo de la alegría, de la alegría verdadero. Siervos de vuestra vida en Cristo.

Que viváis con pasión vuestro ministerio; que améis a Jesucristo apasionadamente. Y la medida de ese amor será que améis a las personas que os han sido confiadas con la misma pasión que amáis a Cristo. Apasionadamente. Amad a los hombres y el bien de los hombres, y la verdad de sus vidas. Y no tengáis miedo si tenéis que luchar con el mundo para defender la verdad de esas vidas, y el gozo, y la alegría de vuestra comunidad cristiana. Al contrario. Sentíos orgullosos si un día tenéis que padecer por el nombre de Cristo, para proteger al pueblo que os ha sido confiado, que honre. Qué honor más grande.

Vamos a darLe gracias a Dios juntos, vamos a pedir al Señor que os fortalezca y que os sostenga, y que este camino que hoy en un sentido se consuma –lleváis muchos años esperando este momento- y que en otro sentido empieza porque empieza vuestro ministerio ordenado, vuestro ministerio sacerdotal en el ministerio diaconal, se cumpla a la medida de la caridad y del amor infinito de Jesucristo por cada uno de vosotros.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

1 de julio de 2018. S. I Catedral
Ordenación diaconal, XIII Domingo del T.O

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