“Te pedimos Madre Nuestra que nos acompañes en la vida”

Homilía de Mons. Martínez en la Eucaristía con motivo de la fiesta de María Auxiliadora, celebrada con la comunidad y familia salesiana.

Muy querida Iglesia del Señor, reunida esta tarde aquí para celebrar la fiesta de María Auxiliadora, Pueblo santo de Dios;

Lo primero que yo tengo que hacer esta tarde es dar las gracias al padre Marco Antonio, y se las doy muy efusivamente y muy de corazón, porque ha tenido una generosidad muy grande al permitir este “asalto” en el último minuto casi.

En mi ministerio pastoral, durante años, en Córdoba y en los primeros años aquí en Granada, siempre era una fecha fija el celebrar María Auxiliadora, y llevaba muchos años sin celebrarla. Y cuando esta mañana he visto que era María Auxiliadora he dicho: voy a ir. Y teniendo todo preparado y casi sin aviso, el padre Marco Antonio ha tenido la generosidad de dejarme presidir esta Eucaristía. Y para mí es un gozo reunirme con toda la familia salesiana. Un gozo y una expresión también de gratitud a lo que todos debemos a San Juan Bosco, en familia “Don Bosco”, al que todos debemos tanto en la pastoral y en la transmisión de la fe, y más aún que la fe, la vida cristiana, la vida que Cristo nos da, a los jóvenes.

Dejadme saludar especialmente a los que habéis hecho la Primera Comunión hace nada y estáis aquí, también para celebrar el hecho todavía tan cercano de vuestra Primera Comunión. Enhorabuena a todos. Es un momento grande en la vida, extraordinariamente grande.

Comentar brevemente las lecturas que acabamos de oír, que expresan el acontecimiento cristiano con una fuerza y con una sencillez especial. Esa representación –siempre muy potente, como son todas las del Apocalipsis- de la lucha entre el dragón y la mujer puede decirse que representa la historia humana entera, en cierto modo. Desde los orígenes -tal como lo relata el Génesis-, hay un combate entre la antigua serpiente, imagen del Enemigo de nuestra felicidad, imagen del Diablo o Satanás -como dice también el Apocalipsis-, y la mujer. Y uno no necesita ver al dragón corriendo por las calles para darnos cuentas de que en esa imagen simbólica está representada nuestra historia. La mujer representa a la humanidad, pero representa sobre todo a la humanidad nueva que ha nacido del costado de Cristo, de la entrega del Hijo de Dios a la humanidad de la que Él se había previamente enamorado; que Él había creado para poder comunicarse y darle la vida a ella, que era la humanidad pecadora. Y esa humanidad se realiza por primera vez de una manera plena en la Virgen y luego se realiza en la Iglesia por medio de ese combate. El final de la lectura dice que el dragón abandonó a la mujer y se fue a hacer combate a sus hijos: sus hijos somos nosotros y la experiencia de ese combate la tenemos todos, de una manera o de otra. Todos estamos hechos para una felicidad plena, sin límites, gozosa. Y todos tenemos la experiencia de que una y otra vez no somos capaces de realizar esa humanidad y no somos capaces de obtener la felicidad que anhelamos, y que nuestro corazón entiende que estamos hechos para ella pero que no nos la podemos dar a nosotros mismos. Ahí entra el Salmo: “Aunque pase por cañadas oscuras nada temo, porque Tú vas conmigo. Tu vara y Tu callado me sosiegan”.

Y es verdad. Tenemos también la experiencia de ser cuidados por Dios. Y la cosa se consuma en ese Evangelio precioso de las bodas de Caná. Si no somos muy capaces de representarnos lo mal que lo tuvo que pasar aquella familia… (porque en las familias palestinas del siglo I y hasta comienzos del siglo XX en realidad, no había drama mayor que el que en una boda se acabara el vino, porque era una humillación para los padres de los novios, en primer lugar, y en consecuencia para los novios, y comentario de toda la aldea o de todo el pueblo). (…) Que se acabase el vino era una tragedia, era un drama por lo menos muy grande. Lo cierto es que en nuestras “bodas”… no me refiero a las bodas cuando celebramos una boda, sino en nuestra vida, donde estamos hechos para esa felicidad que intuimos que tiene que ver con la presencia de Dios en nuestra vida y que intuimos que tiene que ver con una relación con Dios del que la relación entre unos esposos que se quieren mucho, y muy bien, es una pálida imagen. Intuyendo que nuestra felicidad es eso, nosotros se nos acaba el vino. A veces se nos acaba muy jóvenes, a veces se nos acaba más mayores. Pero qué difícil es que en la vida y en el corazón de uno no entre el dragón de alguna manera a roer por nuestro interior nuestra esperanza, nuestra alegría, y a recomendarnos que vivamos en un escepticismo dulce: saca de la vida lo que puedas, pero en el fondo eso es un entretenimiento, la posibilidad de ser feliz no es verdad y resígnate a ello, esto es lo que hay.

Y sin embargo, la lectura del Evangelio nos abre otro horizonte, que lo intuía el Salmo: “Aunque pase por cañadas oscuras nada temo, porque Tú vas conmigo”. Está Jesús en esta boda y está María, que, además, supo actuar como madre y como mujer (…). Madre, Auxilio de los cristianos, hoy te pedimos: a nosotros se nos acaba el vino, se nos acaba el vino tantas veces en nuestra vida, se nos acaba la posibilidad de generar de nuestro propio corazón o de nuestras propias entrañas una alegría verdadera, y una esperanza que no defrauda, y o Tú mueves a tu Hijo para que nos dé el vino bueno de Su Vida, de Su Presencia viva en nosotros –es lo que le hemos pedido en la oración preciosa de María Auxiliadora- que, por el auxilio de la Madre, podamos participar en la victoria de tu Hijo. En aquella boda sobraron doce tinajas…, si es que donde está el Señor sobra, sobra de todo. No necesariamente lo que Le pedimos, porque a veces Le pedimos que nos dé la salud, y alguna vez la tenemos que perder, sabemos que somos mortales. O Le pedimos que nos arregle un asunto de este mundo y es como si nuestro Dios fuera ese asunto de este mundo y Jesús como una poción mágica para conseguir que ese asunto se nos arregle, pero a lo que le damos importancia es a ese asunto de este mundo.

No, Señor. El don que necesitamos eres Tú. La vida que necesitamos es la que Tú das. La compañía que necesitamos es la Tuya, la que no nos va a faltar nunca ni a nosotros ni a las personas que queremos. La esperanza verdadera es la esperanza en que Tú eres fiel y que tu Misericordia no se cansa ni se agota jamás.

Y de nuevo, Te pedimos a Ti, Madre Nuestra, que Jesús nos la entregó en la cruz, que nos auxilies, que nos acompañes en la vida y que nos permitas que, una y otra vez, te podamos decir “que se nos acaba el vino”. Y entonces, Tú hagas presente a tu Hijo y podamos comprender que realmente si te tenemos a Ti, Señor, no nos falta nada, todo es gracia, la vida entera hasta las circunstancias más difíciles, realmente más adversas, podemos verlas como una gracia de Dios, porque es una ocasión para reconocer que Tú eres el único tesoro de nuestra vida y de nuestro corazón. Y ésa es la única salvación. Todas las demás sí que nos fallan. Todas las demás esperanzas sí que se nos acaban, hasta la esperanza en la salud, la esperanza en el amor de las personas, incluso de las que más queremos, incluso de nosotros mismos. La confianza en nosotros mismos se nos cae mucho antes a veces que la confianza en los demás, porque nos conocemos; de los demás hay siempre algún ratito al día que podemos descansar, y de nosotros mismos no descansamos nunca. Señor, si el peor enemigo que tengo soy yo mismo…, entonces, no te puedo pedir que me libres de mi mismo, pero sí te puedo pedir que Tu Hijo, que está en esta “boda”, nos dé la alegría que necesitamos.

Nos unimos todos en esa petición y dejadme que dé un testimonio sencillo. Yo creo que San Juan Bosco es un precedente de la pastoral de nuestro tiempo, a mi me parece que es un santo para la postmodernidad. Todos conocéis la anécdota. Pero os voy a decir la que a mi me parece la razón. Es decir, mientras el mundo ha sido razonablemente cristiano, o ha tenido mucha presencia de la cultura cristiana en sus estructuras, en sus organizaciones, esas estructuras y esas organizaciones podían hacer pensar que sostenían el mundo de ese modo y que bastaban para sostener la fe, para sostener la esperanza y el amor de unos por otros. Cuando esas estructuras pasan o nos damos cuenta de que pertenecen al pasado y no son un verdadero apoyo para la fe de nadie, o para el amor o la esperanza de nadie, entonces nos damos cuenta de que nuestra única propuesta para el mundo es la belleza de una vida. La belleza de una vida que no es que no tenga defectos, porque entonces nadie podríamos dar testimonio de Jesucristo. Es la belleza de una vida en cuya boda faltó el vino, pero, porque estaba el Señor, uno no pierde la alegría; y porque estaba el Señor, uno no pierde la esperanza; y porque estaba el Señor, uno no pierde la certeza de que el corazón se puede regenerar y el perdón es posible, y recomenzar de nuevo es posible, y por muy bajo que podamos haber caído podemos siempre empezar de nuevo con la ilusión del primer día de la creación porque el amor de Dios es infinito. Ése es el testimonio que estamos llamados a dar. Y no tenemos armas en las que apoyarnos. Un amigo mío ha escrito no hace mucho un libro que se titula “La belleza desarmada”. La belleza desarmada, la belleza de esta tarde celebrando esta Eucaristía aquí, al aire libre, juntos, con una conciencia de ser familia, convocados por la figura extraordinariamente atractiva de educador de Don Bosco para este mundo nuestro.

Un rasgo –digo cuál es el rasgo de Don Bosco que a mi me parece propio de este momento de la historia- que no ponía condiciones, no había ninguna condición previa para el contacto humano, para el afecto humano, para la relación. Todos conocéis la anécdota del muchacho que le empieza a preguntar cosas y al final le dice: “¿Pero, ¿sabes silbar?”. Pues, ¿sabes silbar? A ese nivel podemos siempre encontrarnos con un ser humano. Sea como sea, esté donde esté, sea su historia la que sea, esté destrozado, hundido, sea su vida un desastre. Siempre puede ser abrazado por una palabra que refleja afecto, cariño y ésa es la belleza a la que estamos llamados a vivir –primero nosotros, porque, si no, no la podemos testimoniar nunca- y luego a testimoniarla sencillamente donde estemos. Con los chicos, con los jóvenes, con los mayores. Todos tenemos la necesidad de esa humanidad sencilla y buena que desea el bien de todos y no tiene otra arma que ese deseo del bien de todos, que es lo que el Señor nos ha comunicado a nosotros: Su amor sin límites, Su amor sin condiciones, Su amor sin pedir cursos primero, ni notas, ni tallas que tenemos que dar. Nos amas porque somos tus hijos. Enséñanos a amar así a todo hombre y a toda mujer que se cruce en nuestro camino sin más que la conciencia de que el corazón de esa persona está hecho para lo mismo que está hecho el mío, que es para ser amado y para dar amor. Y sólo un mundo tejido con la trama del amor puede ser un mundo humano. Cuando esa trama falta y aparecen los intereses, entonces terminamos como Caín y Abel: matándonos unos a otros, peleándonos unos con otros, haciendo de la vida una serie sin fin de conflictos y de luchas de unos para con otros. Así no merece la pena vivir. Por eso, Señor, te necesitamos a Ti, y por eso acudimos a Tu madre para que interceda por nosotros y llene la “boda” de nuestra vida del vino bueno de Su amor.

Que así sea para todos vosotros. Que así sea para alumnos, antiguos alumnos, profesores del colegio. Que así se apara vosotros, que estáis empezando vuestra vida adulta en la Iglesia por haber hecho la Primera Comunión. Y que todos podamos dar gracias al Señor por ese vino nuevo.

Le suplicamos a la Virgen.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

24 de mayo de 2018

Colegio San Juan Bosco, Granada