Estudiar teología es ensimismarse con el acontecimiento de Cristo

Homilía de D. Javier Martínez en la Eucaristía de invocación del Espíritu Santo con motivo de la inauguración del curso académico 2017-18 de los centros de estudios superiores de la Archidiócesis de Granada, que comprenden los Institutos de Teología “Lumen Gentium” y de Filosofía “Edith Stein”, el Instituto Internacional “Laudato Si’” y el Centro Internacional para el Estudio del Oriente Cristiano (ICSCO).

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;
muy querido Rector de la Universidad Eclesiástica San Dámaso;
Rectores de los dos seminarios, formadores;
profesores del Instituto “Lumen Gentium” y del Instituto de Filosofía “Edith Stein”;
amigos, alumnos, amigos todos:

Iniciar un curso es siempre un motivo de acción de gracias. La verdad es que todo en la vida, para quien ha encontrado al Señor, es un motivo de acción de gracias. Iniciar un curso es una oportunidad tan grande, tan absolutamente extraordinaria. Pensar que durante unos meses podemos ensimismarnos en el acontecimiento que da sentido a la historia entera, a la historia humana y a nuestra historia particular; que podemos saborearlo, mirarlo desde un lado y desde otro, desde arriba y desde abajo, mirarlo como seres humanos sedientos que acuden a la fuente. Eso es estudiar la teología. La teología no es más que ensimismarse en el Misterio de Cristo; dejar que, como el agua que tanto necesitamos, caiga sobre nosotros, empaparnos de Él; que penetre nuestras venas; que llene nuestro cuerpo y nuestro ser; que llene nuestra mirada; que llene el deseo de nuestro corazón.

Estudiar teología no es aprender unas materias para pasar unos exámenes. Es ensimismarse en ese acontecimiento que, en primer lugar, sacia la sed que nos define como personas: la sed de plenitud, de verdad, de belleza y de bien, es decir, de amor. Y sólo porque tenemos la experiencia de saciarnos de esa agua, que mana de Cristo y que salta hasta la vida eterna. Sólo por la experiencia de eso podremos predicar, no con nuestras palabras, sino siendo también nosotros parte de ese mismo acontecimiento, insertándonos en esa corriente de agua. Recordáis –los que leéis la Liturgia de las Horas- hemos estado leyendo al profeta Ezequiel y esa lectura de Ezequiel que veía cómo un río salía del templo por la puerta oriental (la puerta oriental del templo de Jerusalén es la que da al desierto de Judá y ve un río de agua que vivificaba el desierto, que lo llenaba de árboles, que bajaba hasta el mar de la sal (el Mar Muerto: tan lleno de contenidos de sales de los depósitos de miles y miles de años, que se flota en él y es casi como bañarse en una materia medio líquida y medio sólida y el profeta describe cómo ese mar está lleno de peces, lleno de vida), el poder transformador del agua que brotaba del templo. El templo del que Jesús habla siempre es Él mismo; el templo en el que habita corporalmente la plenitud de la divinidad, Aquél del que brota el agua, que no es sólo capaz de saciar mi corazón de hombre, plenamente, desbordantemente, sino que es capaz de cada uno de nosotros y de la comunidad que resulta de nuestra unidad desbordar por la historia, llenar la historia del amor infinito de Dios.

Ensimismarse en Cristo es ensimismarse en el hecho que el acontecimiento de Cristo revela, al que no llegaríamos jamás con todo el poder de nuestro pensamiento, se queda ridículo alrededor de ese hecho: que tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo, y que no lo entregó para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. Cómo salva Dios al mundo: abrazándose a él, haciéndose uno con Él, salvando la distancia infinita que hay entre Dios y la Creación, y su criatura, en un amor que nuestras palabras (ni las más bellas de los poetas líricos) somos apenas capaces de arañar mas que en la superficie; y que toda nuestra vida podríamos estar arañando y seguiríamos arañando la superficie, porque ni en la vida eterna podríamos saltar nosotros, cubrir nosotros la infinita distancia que hay entre Dios y nosotros. Y el amor de Dios ha salvado esa distancia. Se abraza a la humanidad. Se ha hecho uno con esa Esposa de una manera que es la única boda en la que se cumple aquello de “serán los dos una sola carne”. De hecho, cuando se escribe aquéllo en el Génesis no se estaba pensando ni en Adán y Eva, ni en la mejor pareja de enamorados que podía haber en la historia; el Señor estaba pensando en Cristo y en la Iglesia. Ahí somos los dos una sola carne. Ahí Él se da a nosotros, se va a dar a nosotros, porque cada Eucaristía rehace en ese lenguaje misterioso, olvidado para nosotros que es el lenguaje de los gestos, de la liturgia. Pero se renueva todo el acontecimiento cristiano; se renueva la Encarnación. Y hay liturgias orientales en las que justo cuando se invoca el Espíritu Santo se hace el gesto de aletear con un paño sobre el pan y sobre el vino, como el Espíritu aleteaba en la Creación y como el Espíritu cubrió con su sombra a la Virgen María. Se renueva la Encarnación, se renueva la Pasión de Cristo: “Tomad, comed, éste es mi Cuerpo”, el don que el Señor nos hace de su Vida en su muerte. Y se renueva el don del Espíritu Santo, porque ese don viene a nosotros y nos vivifica con la vida divina. Todo el acontecimiento de Cristo está en cada Eucaristía. Y cada Eucaristía nos permite vivirlo, introducirnos en Él, ser introducirnos en Él de nuevo, dejar que florezca.

Y el trabajo del año en un Instituto de Teología es dejar que ese acontecimiento crezca en nosotros de forma que produzca sus mejores flores, sus mejores frutos, aplicando todo lo que somos, aplicando toda nuestra inteligencia, toda nuestra libertad, todo nuestro afecto. Y haciendo que así fructifique. Pero, repito, sólo la experiencia de ser saciados con el agua viva que Cristo mediante su Espíritu nos da nos permitirá comunicarlo a otros.

A nadie se os oculta las tensiones y las dificultades de extrema gravedad que se vive en nuestro país, en Europa y en el mundo, porque no podemos olvidar que lo que sucede en España tiene una repercusión casi inmediata, directa, en América Latina. Acabamos de leer la lectura de la mañana de Pentecostés. En el mundo en el que nace el pueblo vivificado por esa agua que brota del costado abierto de Cristo, el pueblo en el que se escribe los Hechos de los Apóstoles, aquello que determinaba la personalidad de los hombres de manera más decisiva era la nación a la que pertenecía, hasta tal punto que en toda la antigüedad era considerado como una gran desgracia morir durante un viaje, porque si uno moría fuera de su nación, fuera del lugar del que era ciudadano, no tenía derecho a ser enterrado, no era persona, y por lo tanto su cadáver se dejaba para pasto de los cuervos. Nosotros sabemos que nuestro Destino es la vida eterna. Pero en el mundo antiguo era muy grave no ser enterrado con los de uno, era una tragedia.

En ese contexto, alguien se atreve a decir que nacía un pueblo compuesto de partos, medos, elamitas, habitantes de Siria, de Cirene, de Asia, de Roma, de Libia. Una cosa que han notado los estudiosos del Nuevo Testamento desde hace muchos años: la descripción de esa lista de pueblos conforma el mapamundi de un hombre en una época en la que no había mapas, visto desde Jerusalén; iba recorriendo el círculo de las naciones. Nace un pueblo –lo dirán los cristianos de las primeras generaciones- hecho de todos los pueblos, una manera de llamarlo Iglesia. Significa que el Espíritu de Dios ha roto el carácter definitivo de la pertenencia a una nación, creando una pertenencia nueva, que es la primera universalidad realmente carnal, verdadera que ha existido en la historia. Porque si Cristo ha resucitado, eso afecta a todos los hombres en tanto que hombres. Y por lo tanto, es un anuncio para todos, porque todos vamos a morir (no sabemos si más pronto o más tarde, si viviremos más años o menos, si tendremos más salud o menos, si moriremos de una manera o de otra, pero si hay algo de lo que estamos ciertos tan pronto como despierta en nosotros eso que se llamaba el “uso de razón” es que “hemos nacido, vamos a morir”). Por lo tanto, si esa lógica del nacimiento y muerte, si esa correspondencia entre nacimiento y muerte ha sido rota en un momento de la historia por Cristo y en Cristo; y si a mi se me da la misma vida de Cristo, hay una pertenencia que está por encima de todas las otras pertenencias –el pueblo, la tribu, la nación, la familia, el padre y la madre-. Sólo a la luz de la Pascua y de la Resurrección, el que ama a su padre o a su madre más que a mi no es digno de mi. Ningún otro grupo humano tiene preferencia sobre mi pertenencia a Cristo, que descubre al mismo tiempo el valor de mi humanidad, en tanto que humanidad. Descubre que lo que nos une a todos es que somos hijos del mismo Padre; que estamos hechos para la vida eterna; que hemos sido redimidos por el Hijo de Dios, todos, y que estamos todos llamados a ser una sola familia, y a construir en la medida de lo posible y frente a todos los obstáculos unos vínculos de familia entre unos y otros.

Dios mío, estamos casi en una situación prebélica y es un hecho conocido que la primera víctima de las guerras –aunque sea una guerra política, en estos momentos- es la verdad. En estos momentos, circulan toda clase de mentiras. El Papa ha sido muy claro: la Iglesia no favorece nunca la secesión. La Iglesia no favorece nunca que una unidad humana se parta. Porque siempre que se parte una historia se parte con sufrimiento, con dolor. Se parte un matrimonio, es un dolor. Se puede digerir, se puede curar, puede haber motivos que lo justifiquen, pero es siempre un fracaso de la propia humanidad. Se parte una familia, se parte entre los hermanos, entre los padres y los hijos, es un dolor terrible. Se parte una empresa, familiar o de otro tipo; se parte cualquier tipo de convivencia humana, siempre es obra del que nos separa. ¿Y quién es el que nos separa? El Diablo. ¿Cuál es la obra de Cristo? Venir a reunir a los hijos de Dios dispersos. La Iglesia no está por la secesión, claro que no. En el Concilio hay tres o cuatro textos claves, tres o cuatro de esas frases que podrían resumir el Concilio entero. Y una de ellas es “la Iglesia es en Cristo”. No sabríamos serlo si no fuera por el acontecimiento de Cristo y por la experiencia del Espíritu de Cristo, como un sacramento o señal de la vocación del hombre a la íntima unión con Dios y a la unidad de todo el género humano.

Yo no soy partidario que Cataluña se desgaje después de siglos de convivencia mutua. No se desgajará sin un dolor. En algunos cientos de miles, millones de personas ya estamos viendo ese dolor. Pero no voy a defender esa unidad, o no voy a defender una bandera en el nombre de otra bandera. No voy a defender esa unidad porque soy españolista; la defiendo porque soy cristiano. Y porque allí donde haya la posibilidad de una unidad con cualquier ser humano, de cualquier raza, de cualquier cultura, yo deseo esa unidad. Había una canción: “Yo quiero tener un millón de amigos”. Pues claro que sí: yo quiero tener un millón de amigos. Quiero tener todos los amigos que quepan en mi corazón, y me gustaría que mi corazón fuera tan ancho y tan grande como el corazón de Dios, para que cupieran todos los seres humanos con los que yo pueda encontrarme. Sé que hay una forma de decir a aquellos seres humanos con los que me cruzo que son parte de mi; que yo soy parte de ellos; que formamos una sola cosa. Que estamos llamados a compartir la misma vida, la misma vida divina.

Sólo el amor infinito de Dios en Cristo realmente es capaz de, constantemente, permanentemente, infinitamente, generar los motivos de una humanidad buena. El año que abrimos no es un año fácil, pero os suplico que miréis a Cristo; que miréis a la Iglesia primitiva; que no estéis simplemente pendientes de noticias que circulan. Ayer me daban una noticia falsa: “Se ha profanado una iglesia, han atado a los que estaban allí haciendo adoración perpetua, por favor, haz circular este mensaje”. No me lo creí. Y llamé para verificar si esto era verdad o no. Era mentira. Desconfiad. Mantened la sangre fría con respecto a las batallas ideológicas. No entréis en ellas. Pedid por la unidad, por la paz. Si tenéis primos, tíos, amigos, en Cataluña, llamadles, decidles que estamos juntos; que son parte de nosotros; que no podemos prescindir de ellos; que nosotros somos parte de ellos, pero no porque somos españoles o granadinos, sino porque somos hijos del mismo Padre y estamos hechos para la misma vida, y tenemos la misma sed, y conocemos a Aquél que puede saciar esa sed, de los catalanes, de los españoles, de los chinos, de los pigmeos y de los esquimales. No juguéis a tonterías, cuando lo que está en juego son vidas humanas, es la paz de muchas familias.

“Partos, medos, elamitas, habitantes de Siria, de Cirene”, en el comienzo mismo de la Iglesia. Ésa es nuestra denominación de origen y no vamos a renunciar a ella. Nuestro cristianismo no es instrumental a ninguna política, y cuando digo a ninguna es ninguna, ni de izquierdas ni de derechas, ni de un signo ni de otro. Nosotros sólo estamos para comunicar a Aquél que da la vida eterna a todos, a Aquél que cuando decide hacer llover, hace llover sobre justos y pecadores, hace salir el sol sobre buenos y malos. Ese es nuestro Padre, esa es nuestra marca de origen y eso es lo que nosotros podemos ofrecer a todos los hombres estén donde estén, hasta aquellos que nos odian por ser cristianos. A aquellos nosotros les ofrecemos la misma marca: nuestra amistad. Ser en este momento del mundo, donde quiera que estemos, una presencia buena. Eso habla de Cristo sin necesidad de mucho más. Una presencia buena, que escucha, que desconfía (las ideologías hoy vuelan, tienen instrumentos poderosos de calentarnos la emoción, y el alma y el espíritu). Nosotros no servimos a ninguna ideología. Servimos al Señor. Y por eso somos libres para amar a todos, también a aquellos que nos odien.

Sólo eso hace digna la vida. Sólo amar a Cristo más que a mi padre, hace posible que yo quiera a mi padre, que lo quiera bien. Sólo amar a Cristo más que a la familia, a los hijos, a la esposa, a los esposos, a los hermanos, hace posible quererlos bien, hace posible que los matrimonios se quieran bien, hace posible un amor verdadero. Cuando Cristo falla, se nos cae toda la casa (como se está cayendo ahora mismo): se cae la casa de la familia, se cae la casa de los estados, se cae la casa de la convivencia, se cae la casa de un trabajo basado en el bien común y no en intereses, de unas relaciones humanas basadas en el afecto común para el que estamos hechos y no en intereses. Esa es la gran revolución pendiente, siempre. Una vez le preguntaban a Bernanos unos periodistas de una revista joven, hablando de la revolución en tono positivo, “cuando usted habla de revolución de qué habla”. Dice: “De la única que ha existido en la historia: la que empezó una mañana a las 9 de la mañana el día de Pentecostés”. Esa es nuestra revolución. Y por esa es por la única por la que merece dar la vida, con alegría, como sacerdote, como cristiano, en cualquier profesión.

Vamos a pedirLe al Señor por la paz, por el curso que empieza, por el precioso horizonte que tenemos delante de nosotros, que no se ensombrece porque esas circunstancias pudieran ser más difíciles.

Damos gracias a Dios, porque esas circunstancias nos permiten vivir menos distraídos, y caer en la cuenta de lo esencial que es la tarea que tenemos entre manos. Que no estamos jugando; estamos viviendo con toda la belleza y la seriedad, con todo el drama, y la alegría y el gozo que es posible para quienes hemos conocido a Jesucristo.

Vamos a pedirLe al Señor por la paz y por todos nosotros. Y por Cataluña y por España.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada


6 de octubre de 2017
Monasterio de la Cartuja