Mercedarias de la Caridad, agradecidos a Dios por vuestra vocación y misión de amor

Homilía de acción de gracias del Arzobispo de Granada, Mons. Javier Martínez,  en la Eucaristía con las Mercedarias de la Caridad, que durante 50 años han atendido el Hogar Sacerdotal de la Diócesis de Granada y ceden esta tarea pastoral a otra congregación.


Muy querido D. Antonio;
queridos sacerdotes;
querida hermana Carmen y comunidad;
muy queridas las hermanas consejeras que habéis querido venir a esta Eucaristía;
y queridas hermanas y amigas:
La Eucaristía es siempre una acción de gracias. Siempre. Hasta cuando estamos celebrando el funeral de un chico joven o de un niño. Y se nos dice: “Es justo y necesario darLe gracias a Dios”. ¿Cómo vamos a darLe gracias a Dios por la muerte de un niño? No la damos porque haya muerto nadie, en el sentido del mundo, sino que damos gracias a Dios porque Jesucristo nos ha revelado que la muerte no es lo último. No damos gracias por el hecho de la muerte o por la despedida que supone la muerte. Por eso no damos gracias. Eso siempre supone una ruptura y una ruptura es siempre dolorosa. Damos gracias porque Jesucristo hace que la muerte, la despedida más grande y más fuerte de todas las que hay en nuestra vida, ni siquiera esa despedida es una despedida para siempre. Es una despedida para un tiempo. Es una despedida que no tiene la última palabra en nuestras vidas. Y eso es decir que Jesucristo es el Señor. Lo demás son palabras bonitas. Pero decir que Jesucristo es el Señor de la vida significa precisamente que no hay nada que sea más fuerte que el Señor. Y si no hay nada que sea más fuerte que el Señor, no es más fuerte que el Señor el Enemigo, que nos enreda y nos lía y tiene bastante poder sobre nuestros corazones a veces, y no es más fuerte que el Señor la muerte. Por lo tanto, la muerte ha perdido su aguijón, como decía San Pablo. ¿Dónde está el aguijón de la muerte? En esa separación que nos hace tan duro el pensar que nunca hemos terminado la relación con alguien, con un ser querido. Siempre habría más cosas de las que tendríamos que hablar, siempre habría algunos errores que uno quisiera corregir; que la misericordia y el manto del perdón cubriera aquella relación, que nunca fue tan bella y tan perfecta como hubiéramos deseado, ni siquiera la de un marido y una mujer. Muchas veces en ella, haría falta mucha misericordia y mucho perdón para rescatarla. La muerte no es la última palabra de nuestra vida.
Pero si la muerte no es la última palabra, todas las demás despedidas, que son dolorosas porque participan un poco también de la muerte, tampoco tienen la última palabra. Quiero decir que no nos despedimos. En cambio, nuestro corazón está lleno de gratitud. Los años que vosotras habéis estado aquí se ha hecho verdad lo que decía el Apóstol San Pablo: “No debáis nada a nadie mas que amor”. Los sacerdotes y presbiterio de Granada, las personas que han estado y están aquí en la Casa, a lo largo de todos estos años, yo mismo, la Iglesia de Granada, la Iglesia en Granada, no tiene con vosotras mas que una deuda de amor, que nunca podremos pagar. Porque vosotras habéis querido a los sacerdotes, habéis querido a los residentes con un amor que no era sólo el que había en vuestro corazón, que ya es mucho, sino que ese amor que había en vuestro corazón era un reflejo de amor del Señor hacia cada una de las personas: sacerdotes a veces muy simpáticos, o sacerdotes llenos de virtudes o llenos de amor al Señor, sacerdotes a veces difíciles de temperamento, porque cada uno somos como somos, y a veces en alguna ocasión en especial muy difíciles de trato. No habéis puesto mas que amor, cariño, la vaselina de la misericordia siempre, el saber acoger y el saber aceptar a cada persona como es. Por lo tanto, repito, tenemos una deuda que sólo el Señor podrá pagar, nosotros no. Eso es lo que decimos cuando decimos “que Dios te lo pague”: es reconocer que nosotros no podríamos pagar un beneficio tan grande como el que hemos recibido, y como aquí el beneficio ha sido tan inmensamente grande, porque brotaba de vuestra consagración al Señor, pues nunca, nunca, nadie, ni el de todos juntos, podríamos pagar ese beneficio. Lo pagará el Señor a la medida infinita de su Gracia.
Pero lo que hacemos hoy no es llorar porque nos vamos a despedir, porque nuestra despedida no es despedida. En la comunión del Cuerpo de Cristo las despedidas son siempre aparentes, nada más. Seguimos unidos en la Eucaristía. Seguimos unidos en la misión, que a veces esa misión a lo mejor es estar en un hospital o estar en un lugar de rehabilitación, a medida que nos vamos haciendo mayores. Sea la que sea, siempre estaremos unidos en el Cuerpo de Cristo. Siempre seremos miembros los unos de los otros. Siempre seremos parte del mismo Cuerpo, de esa “Iglesia una” que profesamos cada domingo en el Credo. Y aunque se nos vaya la memoria y nos podamos olvidar del nombre de alguna persona, siempre estaréis en nuestro corazón, esperando el día en que ese amor que el Señor ha sembrado en nuestra historia sembrándose Él, sembrándose como grano de trigo que muere, y ese amor que habéis seguido sembrando vosotras entregando vuestras vidas y viviendo aquí para dejar aquí vuestro amor, pues ese amor vive aquí para siempre.
El trocito que hemos leído se puede complementar con todo lo que recordamos del himno al amor en la Carta a los Corintios, cuando dice que el amor no pasa nunca. Hay tres que no pasan nunca: la fe, la esperanza y el amor, y la más grande de todas es el amor. Hasta el pequeño vaso de agua, hasta la palabra amable cuando la otra persona está llena de dolores y tiene muy pocas ganas de ser amable. Y sin embargo, la palabra bondadosa que habéis sabido llevar en tantas ocasiones, el gesto de ternura, el cuidado exquisito… Ninguno de esos gestos se pierde. Aquí hay millones de vasos de agua en los años de vuestra presencia. De vasos de agua y de más cosas: de paciencia, de ternura, de delicadeza, del ejercicio de una maternidad espiritual preciosa que habéis sabido ejercer con una generosidad y una exquisitez muy grande. Sólo el Señor sabrá pagaros. Pero no os perdemos. En la vida eterna, que está ahí a la vuelta de la esquina. Decimos “la vida pasa volando”, pero la vida eterna está a la vuelta de la esquina y en la vida eterna estamos otra vez todos unidos, gozosos, ya sin dolores de huesos, sin principios de demencia o alzheimer, esas cosas que nos hacen aquí la vida un poco más difícil. Sin nada de eso, dando gloria al Señor, porque nos vuelve a poner juntos, para ver la belleza infinita del amor que se nos ha regalado.
Gracias, hermanas. No lo sé decir mejor, pero lo digo con todo mi corazón. El Señor es tan bueno y tan fiel que –lo hemos comentado D. Antonio y yo varias veces en estos meses- parecía imposible que en las circunstancias actuales pudiéramos encontrar una congregación que estuviera dispuesta a venir con tan poco tiempo. El Señor debe querer mucho a la Diócesis de Granada porque nos ha concedido que estas hermanas vengan y pediremos por ellas, las ayudaremos entre todos a que sepan adaptarse, comenzar. Ellas tienen experiencia de casas sacerdotales. Llevan la casa sacerdotal de la mutual del clero en Madrid desde hace ya muchos años. Por lo tanto, saben lo que es una casa sacerdotal, aunque “cada casa es cada casa” y tiene sus tradiciones y sus costumbres. Tendrán que adaptarse y con la ayuda de las hermanas. Doy gracias a María (ndr. Provincial Mercedarias de la Caridad), porque la verdad es que ha sido muy fácil trabajar contigo en este tiempo y nos hemos ayudado lo mejor que hemos podido, y tú también has consentido el que algunas de las hermanas pudieran quedarse hasta que lleguen las nuevas, para poder introducirlas. Eso es un gesto de cariño y de generosidad que no puedo dejar de agradecer.
Le damos gracias al Señor por la gracia y la ternura y el amor que ha significado vuestra presencia aquí; porque ese amor no se acaba ni se acabará nunca; y porque el Señor ha querido darnos otro gesto de ternura en las hermanas que vienen y pedimos por ellas para que sepan continuar vuestra labor.
Esta casa tendrá siempre la presencia humilde, pero grande y poderosa del padre Zegri y el sello de las Mercedarias de la Caridad. Y yo quiero pedirLe al Señor que ese sello no falte nunca en vuestra casa.
Con ese espíritu vamos a acoger el don que el Señor nos hace de su amor infinito en su Cuerpo y que ese don fructifique en la vida de todos nosotros en un amor más grande de unos para con otros, tal como somos y en las circunstancias en que el Señor nos pone.
Proclamamos nuestra fe.
+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada
10 de septiembre de 2017
Hogar Sacerdotal de la Diócesis de Granada