Granada Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Wed, 24 Jan 2018 03:36:52 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es Cátedra de Historia de la Iglesia en América Latina http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/42318-cátedra-de-historia-de-la-iglesia-en-américa-latina.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/42318-cátedra-de-historia-de-la-iglesia-en-américa-latina.html Cátedra de Historia de la Iglesia en América Latina

Decreto que instituye en la Diócesis dicha Cátedra, adscrita al Instituto de Teología "Lumen Gentium"

DECRETO POR EL QUE SE INSTITUYE EN LA DIÓCESIS,

ADSCRITO AL INSTITUTO DE TEOLOGÍA "LUMEN GENTIUM",

UNA CÁTEDRA DE HISTORIA DE LA IGLESIA EN AMÉRICA LATINA

FRANCISCO JAVIER MARTÍNEZ FERNÁNDEZ,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SEDE APOSTÓLICA

ARZOBISPO DE GRANADA

La Iglesia de Granada tiene lazos con América Latina múltiples y profundos. Desde antes de la toma de Granada, aún en Santa Fe, la Reina Isabel la Católica dio su impulso decisivo al descubrimiento del Nuevo Mundo, y su testamento es un testimonio impresionante de su amor a sus habitantes nativos, y de su preocupación por su evangelización. La presencia del sepulcro de la Reina Católica en Granada es memoria viva de su gesta. Y lo mismo los numerosos visitantes latinoamericanos a ese sepulcro, muchos de ellos, verdaderos peregrinos, que oran ante el féretro de la Sierva de Dios. Por otra parte, el fundador de la Abadía del Sacromonte, D. Pedro de Castro y Quiñones, fue hijo de un gobernador de Perú y de Quito entre 1542-1544. Y, por último, vale la pena notar que, desde siempre, pero especialmente desde el Concilio Vaticano 11, la Iglesia de Granada, sus comunidades religiosas y su presbiterio han tenido -y en buena parte tienen a(m-una colaboración misionera y pastoral estrecha con diversas diócesis en varios países de América Latina.

De suyo, la Iglesia en España no puede olvidar los lazos de lengua y de fe que la unen con las iglesias de América Latina sin perderse a sí misma. Se trata de una fe hecha cultura de mil formas genuinas y creativas, se trata de Iglesias jóvenes, fecundas en la vitalidad de su fe y en sus carismas. Por ello, en la memoria y la intensificación de esos lazos están, sin duda, algunas de las esperanzas humanamente más sólidas para el futuro de nuestra Iglesia. Como ha sucedido otras veces en la historia, el don que la Iglesia en España hizo en su tiempo de sus mejores hijos para destinarlos a la evangelización de América se ve hoy recompensado con creces en los laicos, los religiosos y los sacerdotes que hoy vienen a sostener y a extender una fe que se ve a veces paralizada, y que está seriamente amenazada por el desierto del secularismo.

Y, sin embargo, hemos de reconocer que desde España no miramos apenas hacia América Latina como unas iglesias hermanas con las que hemos de recorrer juntos el camino de la historia, con las que hemos de afrontar juntos los desafíos que esta nueva época de la historia del mundo pone ante nosotros.

Con la finalidad, por tanto, de facilitar el conocimiento, el encuentro y el enriquecimiento mutuo, y la colaboración humana, cultural y pastoral a todos los niveles con las Iglesias de América, especialmente las de América Latina, y buscando el bien de la Iglesia, como Arzobispo de Granada, por el presente, y de acuerdo con mis facultades, erijo en Granada una CÁTEDRA DE HISTORIA DE LA IGLESIA EN AMÉRICA LATINA y establezco su sede, así como la de su biblioteca, en la Abadía del Sacromonte, aunque sus actividades e iniciativas podrán llevarse a cabo, y especialmente mientras la abadía no disponga de instalaciones adecuadas, en cualquier lugar idóneo de la diócesis.


La cátedra se halla bajo la jurisdicción inmediata del arzobispo de Granada y queda inicialmente adscrita al Instituto de Teología "Lumen Gentium", salvo que en el futuro la utilidad pastoral requiriese otra cosa.

La cátedra estará formada por

 

1) un catedrático, que habrá de ser una persona con reconocida autoridad en el ámbito de la vida de la Iglesia en América Latina, con o sin residencia en Granada, y que orientará fundamentalmente las actividades e iniciativas de la misma;

2) un director, que, trabajando en estrecha comunión con el catedrático, lleva la dirección inmediata de esas actividades;

3) y una secretaria, que realiza las funciones propias de una secretaria ejecutiva, y se ocupa de la difusión de las actividades de la cátedra y de la adquisición y organización inicial de la biblioteca.


La cátedra realizará, en la medida de sus posibilidades, cuantas actividades sus responsables crean que puedan ser útiles al fin que se expresa más arriba.


La cátedra está sostenida por la diócesis, y recibe de ella una dotación inicial de treinta mil euros, provenientes de un donativo destinado a este fin, si bien tratará de que sus actividades e iniciativas, en la medida de lo posible, sean subvencionadas o se autofinancien. Si cualquiera de las actividades de la cátedra en algún momento produjese algún beneficio económico, tal beneficio se destinaría a incrementar las actividades mismas de la cátedra.


La cátedra puede recibir donaciones, legados, y cualquier tipo de donativos, que en el momento presente tendrían que tener como destinatario: "Arzobispado de Granada. Cátedra de Historia de la Iglesia en América Latina". De las actividades y de los gastos e ingresos de la cátedra se llevará una contabilidad propia en la Administración diocesana.


Igualmente, la cátedra, o en su lugar, la diócesis de Granada, podrá realizar convenios con universidades, instituciones académicas o culturales de cualquier tipo, eclesiásticas o civiles, de América Latina o de cualquier parte del mundo, que quisieran apoyar los fines que han hecho nacer la iniciativa de esta cátedra y desearan colaborar con ella.


En el caso de extinción de la cátedra, que deberá hacerse por Decreto del Arzobispo de Granada, sus eventuales bienes y su biblioteca pasarían a la Abadía del Sacromonte o al Seminario de Granada, como el arzobispo decida para bien mayor de la Iglesia.


Entréguense ejemplares de este Decreto a las tres personas interesadas, y guárdense otros dos, uno en el Archivo de la Fundación "Abadía del Sacromonte" y otro en el de la Secretaría General del Arzobispado.


Dado el 7 de enero del año 2018, Solemnidad del Bautismo del Señor.


+ Francisco Javier Martínez Fernández

Arzobispo de Granada

Por mandato de S.E.R

Alberto Espinar Lara, Canciller Secretario

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Fri, 12 Jan 2018 10:28:36 +0000
Celebramos el Verbo de Dios unido a la naturaleza humana http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/42168-celebramos-el-verbo-de-dios-unido-a-la-naturaleza-humana.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/42168-celebramos-el-verbo-de-dios-unido-a-la-naturaleza-humana.html Celebramos el Verbo de Dios unido a la naturaleza humana

Homilía de Mons. Javier Martínez, Arzobispo de Granada, en la Eucaristía de la Natividad del Señor en la S.I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, el Hijo de Dios;
queridos hermanos y amigos;

Reunidos hoy para celebrar este día santo y grande, junto con la noche de Pascua, día de Pascua; los dos polos de amor que Dios ha querido hacer con la humanidad con su Hijo Jesucristo, y en la cual Dios nos revela las profundidades de su Ser, es decir, de su corazón.

Os digo: alegraos, hermanos. Y me gustaría poder transmitiros una alegría de las que brotan de lo hondo del corazón. Que no sea simplemente la alegría de una Navidad más en nuestra vida, un año más que pasamos por esto, con sus claros y sus oscuros, con sus momentos de belleza y de gozo, y de sus momentos también tal vez de dolor, de sufrimiento, de soledad quizás. A mí me gustaría poder transmitiros que lo que lo que celebramos hoy, que lo que la Iglesia celebra hoy hace posible una alegría que nace de lo más íntimo.

Yo comienzo todos los domingos la homilía diciendo “queridísima Iglesia de Jesucristo, Esposa amada del Señor”. Hoy es el día de la boda. Hoy la Iglesia lo que celebra es la boda del Hijo de Dios. (…) Venimos de los caminos a celebrar el amor infinito de Dios por nosotros, por esta pobre humanidad herida por el pecado de tantas formas, por las mezquindades del pecado. (…) El Señor no se ha avergonzado en ningún momento de venir hasta nosotros; de hacerse nuestro para poder hacernos suyos. Y al hacernos suyos, poder así hacernos partícipes de Su vida divina y gozar de su herencia y de su amor.

La liturgia del día de Navidad subraya mucho que Dios ha hablado en Jesucristo; de muchas maneras ha hablado al pueblo de Israel por medio de los profetas. “Y en el Principio era el Verbo, la Palabra…”. Que habló en la Creación, porque la Creación es el primer signo de Dios, el primer gesto del amor de Dios; el haber creado el mundo y el habernos creado a cada uno de nosotros. Un gesto de amor, que, dirigido a cada uno, es único para cada uno de nosotros, porque el amor infinito de Dios nos puede decir a cada uno “tú”, a ti, “yo te amo”. (…) El amor de Dios es infinito y, por lo tanto, cada uno de nosotros podemos sacar de ese depósito de amor todo el que necesitamos. Y nosotros también estamos abiertos a un amor infinito sin que jamás disminuya ni un milímetro la magnitud, la grandeza, la inmensidad de ese depósito.

Mis queridos hermanos, hoy celebramos ese amor. Hoy celebramos ese amor que hoy Cristo, el Hijo de Dios, el Verbo, se ha unido a la naturaleza humana. Y luego pasará por todas las pruebas. Su ministerio público, después de los años de silencio en Nazaret, comenzará con el relato de unas tentaciones. Esas tentaciones le acompañarían a lo largo de todo su ministerio, hasta el momento de la cruz. De hecho, las tentaciones aluden ya a la posibilidad de la Pasión y de la muerte. El amor del Hijo de Dios sería probado; y probado hasta la muerte, y se mostraría en la Pasión y en la cruz más fuerte que la muerte.

Alegraos, mis queridos hermanos, porque ese amor es para nosotros. Y no es un recuerdo. La Navidad no es un dulce recuerdo de una historia pasada, no es la memoria de algo que pasó hace dos mil años y que se quedó allí y a nosotros nos queda como los ecos más o menos potentes, más o menos amortiguados por las mil ofertas o movidas del mundo en el que vivimos. No. El don de Cristo, cuando el Verbo ha querido poner su morada entre nosotros, se ha quedado a vivir entre nosotros, viene a nosotros. Viene a nosotros en este día. Viene a nosotros en cada Eucaristía. Por eso, cada Eucaristía renueva el Misterio de la Navidad, cada Eucaristía en ese sentido es la renovación de la alianza nueva y eterna que el Señor selló al hacerse hombre, y permanece para nosotros, para cada uno de nosotros en nuestra existencia, en nuestra vida. Cristo quiere venir a nosotros, para unirse a nosotros, para darse a nosotros, para que nosotros podamos vivir por Su Vida, vivir por Él, vivir de Él, vivir en Él.

Es un día grande. Y es un día grande donde las palabras se quedan siempre pequeñas. En estos días algunas personas me comentaban cómo los signos de las ciudades con los que se celebra la Navidad ya no hacen ninguna referencia al Acontecimiento de Cristo, sino que son signos geométricos o adornitos abstractos, pero no la razón profunda de esta alegría que ni necesita censurar nada, ni necesita olvidarse de nada, ni siquiera de la muerte; ni necesita fabricarse artificialmente porque es un Acontecimiento que, cuando uno lo acoge, marca la vida, y la marca para siempre y la marca sobre todas las cosas y en todas las dimensiones de la vida. (…)

En otro sentido –yo les decía a estas personas-, tal vez tenemos que dar gracias a Dios; tal vez este hecho de que los andamios en los que estamos acostumbrados a apoyar nuestra fe falten tiene un aspecto que no es bueno sin duda, pero tiene un aspecto buenísimo y es que nos hace a nosotros tomar conciencia de nuestra fe, de la realidad del Acontecimiento de Cristo en quien creemos, de lo que significa ese Acontecimiento y de quiénes somos nosotros: hijos de ese Acontecimiento. Y por ese Acontecimiento hechos hijos de Dios, que vivimos como hijos de Dios. Tal vez es bueno que nos falten, porque esos andamios y eso adornos que han rodeado tanto tiempo, siglos, a la celebración de la Navidad otras celebraciones cristianas nos distraían también mucho a veces, y poníamos más atención en los adornos, más atención en cosas exteriores o más atención en las consecuencias que en el hecho mismo.

Un amigo mío ha escrito un libro que se titula “La belleza desarmada”. Es un libro sobre la misión del cristiano, la vida del cristiano en el mundo contemporáneo. Por así decir, en otros momentos hemos podido ofrecer al mundo sedes de pensamiento poderosas, instituciones educativas, instituciones de todo tipo, hospitales… la Iglesia ha hecho de todo a lo largo de la historia. Y este momento donde estas cosas nos pueden faltar son ciertamente también una gracia de Dios, en el sentido de que son un reclamo porque el mundo sólo necesita poder conocer el Amor de Dios. Y tal vez nosotros como los apóstoles en los Hechos de los Apóstoles, en un episodio en la puerta del templo, dice: “no tengo oro ni plata, pero lo que tengo te doy”, “en el nombre de Jesucristo, levántate y anda”.

Que nuestra única riqueza pueda ser Jesucristo, eso es un bien; que podamos ofrecer con mucha más desnudez la belleza desarmada, la belleza de quien se sabe tocado, y tocado en lo más hondo de su ser por el Amor de Dios y no necesita más para vivir y para vivir contento. Eso sería no sólo celebrar la Navidad este día de Navidad. Eso sería celebrar la Navidad todos los días del año y todos los días de nuestra vida. Saber que teniéndoTe a Ti, Señor, y que te tenemos a Ti es algo de lo que podemos estar seguros porque Tú eres fiel; no porque nosotros lo merezcamos, sino porque Tú eres fiel, porque tu Misericordia es eterna, porque en Cristo Tú te has revelado como Amor y como amor sin límites. TeniéndoTe a Ti, Señor, no necesitamos nada más. Y el mundo no necesita otra medicina. (…) Si te tengo a Ti; si tengo tu amor; si puedo vivir de ese Amor y puedo ofrecer ese Amor a cualquiera que se cruce conmigo en el camino -hasta donde yo llegue, hasta donde yo sepa o mi pobreza pueda alcanzar- el mundo empieza como a clarear, como el alba por la mañana, como esa luz primero gris, luego más blanca hasta que resplandece el sol. Es una imagen que la Iglesia ha usado desde el principio también para la Navidad: “Nos iluminará el sol que nace de lo Alto”, no que brota del horizonte, sino “que nace de lo Alto”; el sol que es Cristo, que llena la vida de luz, de color, de alegría, de buen gusto, del buen gusto de la experiencia de un amor que lo cambia todo, que lo transforma todo, que lo perdona también todo.

Mis queridos hermanos, vamos a darLe gracias al Señor por ese don, y que esa gratitud pueda tener también estos días de Navidad y nuestras vidas.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

25 de diciembre de 2017
S. I Catedral

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Granada Tue, 02 Jan 2018 06:26:53 +0000
Celebramos el amor de Dios por nosotros http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/42138-celebramos-el-amor-de-dios-por-nosotros.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/42138-celebramos-el-amor-de-dios-por-nosotros.html Celebramos el amor de Dios por nosotros

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Misa del Gallo, en la S.I Catedral, con la participación de numerosos fieles procedentes de distintos lugares del mundo.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios, reunido esta noche para celebrar el nacimiento del Hijo de Dios en medio de nosotros:

No es fácil llenar esta Catedral, de hecho no se llena muchos días en el año, pero esta noche está llena, y tengo yo la sospecha de que un buen número de los que estamos celebrando esta Eucaristía no pertenecen –por así decir- a la comunidad habitual de quienes celebran en esta Catedral, domingo tras domingo, o incluso de los turistas que vienen regularmente porque están de paso en Granada.

Dejadme que les haga una pregunta, porque estoy seguro de que una parte, no pequeña, de nuestra comunidad no puede seguir mis palabras en español. (How many of you can understand a word of Spanish? Raise your hands please, right, down, ok. I hope not to be too long, and I hope that you can feel that this Eucharist, the same Eucharist all over the world and tonight we are all together celebrating exactly the same event, it is wonderful, embrace of God to the littleness of our humanity. That feels as the poet Thomas Eliot said in the Poets of the Rock: A moment in time that it is meaning to all time. A momento in time that feels and embraces all time our history, our own personal history, and the history of the world. The world may be an amazing place even today, and yet, the Lord comes to us, the Lord is not tired of our poverty, the Lord knowes each one of us, each man and each woman that inhabits this world. He has come for each one of us, and we are given the grace of open our hearts, he will liven us and bring us to the eternal life. And that is meaning to everything we are and everything we do…)

Es una noche preciosa. Y es precioso, sé que seríamos de muchos países los que estamos aquí, y de muchos continentes, y sin embargo, nos une a todos el mismo acontecimiento, el mismo hecho, ése que decía la Carta de San Pablo a Timoteo: “Ha aparecido la gracia de Dios y su Amor al hombre”. Eso es exactamente lo que celebramos. No celebramos el esfuerzo humano por haber alcanzado un nivel moral o espiritual determinado, muy alto. No celebramos nuestras obras o nuestras cualidades.

Celebramos un Amor incondicional: que Dios es Amor, que Dios en Cristo se ha revelado como Amor y, entonces, todo en la vida tiene sentido. Tiene sentido la vida y tiene sentido la muerte. Tiene sentido la vida porque es la promesa de una vida eterna, y tiene sentido la muerte porque ya no es la palabra definitiva sobre nosotros. Tiene sentido el amor y la belleza, y todo lo que hay de bueno, y de heroico, y de noble en la vida de los hombres, porque es como el poso de la imagen de Dios en nosotros que Cristo ha limpiado y nos ha permitido volver a descubrir. Tiene sentido lo que hay de miseria, de dolor, de pecado, también de consecuencias del pecado, de heridas que hay en nosotros, porque esas heridas no son ya la medida de lo que valemos o de lo que somos. Esas heridas están ahí y nos hacen daño, nos duelen. Pero el amor de Dios es más grande que todo nuestra pecado, que todas nuestras heridas. El Amor de Dios que se revela en Cristo se presenta delante del Padre y se ofrece al Padre.

No sé si os habéis fijado en ese gesto que hacemos en cada Eucaristía. Al final de la plegaria eucarística decimos: “Por Cristo con Él, y en Él, a Ti, Dios Padre omnipotente, todo honor y toda gloria”. En ese gesto, en ese pequeño gesto, reconocemos que ninguno de nosotros habríamos sido capaces de llegar hasta Dios; ninguno de nosotros habríamos sido capaces de conquistar el Cielo; ninguno de nosotros tenemos las cualidades, o las virtudes, o las bondades necesarias para participar de la vida divina. Nadie tenemos los méritos para participar de la vida de Dios. Es Dios quien, en su misericordia infinita, salva el abismo, se acerca a nosotros, se siembra en nuestra humanidad, se siembra en nuestra historia, nace llorando como un niño y muere en la más ignominiosa de las muertes humanas, para unirse hasta tal punto a nuestra condición humana que nada pudiera separarlo de nosotros y arrancarnos así del poder del pecado y de la muerte y transportarnos a la vida para la que hemos nacido, a la vida eterna, a la vida del Cielo.

Mis queridos hermanos, no son noches, no son días (los días de Navidad), de muchas palabras. Son días de contemplar. Son días de adorar. Como hacemos al final de cada Eucaristía en estos días, adoramos al Niño, así nuestra actitud de corazón: adorar el Amor infinito de Dios, del cual yo no soy digno, del cual, nadie, ningún ser humano somos digno. Y sin embargo, ese Amor nos es regalado, nos es dado, nos es ofrecido gratuitamente. Se une a nosotros del tal manera que forma una sola cosa con nosotros y, unido a nosotros de ese modo, nos transporta a la vida, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios, a la vida divina, que se hace posible ya aquí en la tierra, porque, cuando acogemos su Amor, su Amor crece como en nuestro corazón y nuestro pequeñito corazón se ensancha, se hace grande, se hace capaz de abrazar a todos los hombres, se hace capaz de abrazar a nuestros enemigos, se hace capaz de perdonar como nosotros mismos hemos sido perdonados.

Mis queridos hermanos, vamos a dar gracias. Let us give thanks, let Him surprise us with His Love. Vamos a acoger ese Amor en nuestros corazones. Vamos a pedirLe que Él quite todos los obstáculos que pueda haber en ese corazón nuestro, y que Él haga que florezca su vida en nosotros, y florezca en este mundo tan perdido en estos momentos, tan a oscuras, tan roto, en nuestra propia humanidad, tan dividido, tan herido por la plaga de la guerra, por una percepción de la vida humana hecha para el poder, para la posesión, para la explotación, no sólo de los bienes de la tierra, sino de unos por otros. Pero Cristo vuelve a nacer y el mundo puede volver a comenzar, y el mundo comienza en el corazón de cada uno de nosotros. La creación, la nueva creación comienza en el corazón de cada uno de nosotros. Puede comenzar esta noche sólo con acoger el don de tu amor, Señor. Ven a nosotros. Cámbianos. Cambia nuestro corazón de piedra en un corazón de carne y haz florecer en nosotros el amor para el cual hemos sido creado, imagen y semejanza del Dios que es Amor.

Que así sea en cada uno de nosotros. Que así sea en todos los rincones del mundo. Y yo os suplico que esta noche tengamos de una manera especial presentes en nuestro corazón a los cristianos de Belén, a los cristianos de Palestina, a los cristianos del Medio Oriente, a esos cristianos que esta noche, a veces en iglesias en ruinas, a veces muy lejos de sus casas, celebran también la Navidad; celebran lo mismo que nosotros: que la esperanza del mundo no está en las obras de los hombres, sino en el amor de Dios que nos ha sido dado en Cristo, en la gracia de Dios que se ha manifestado esta noche para todos los hombres. No los olvidéis, tenedlos en vuestro corazón. Tengámoslos en nuestro corazón. Son nuestros hermanos, es nuestro cuerpo, son parte de nosotros, es nuestra vida. Ellos nos han enseñado a conocer a Jesucristo. No los dejemos solos.

Vamos a proclamar nuestra fe.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

24 de diciembre de 2017

Misa del Gallo, S. I Catedral


Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Thu, 28 Dec 2017 13:55:09 +0000
“Gracias, Señor, por venir a nosotros” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/42137-“gracias-señor-por-venir-a-nosotros”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/42137-“gracias-señor-por-venir-a-nosotros”.html “Gracias, Señor, por venir a nosotros”

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Misa del IV Domingo de Adviento en la Catedral. Previamente, nuestro arzobispo bendijo el Belén del templo catedralicio.

Querida Iglesia del Señor, Esposa de Nuestro Señor Jesucristo, Pueblo santo de Dios;
muy queridos hermanos y amigos todos:

Tal como han venido las fechas este año, estamos celebrando el IV Domingo de Adviento, pero a la puerta misma de la Navidad. Estoy seguro de no equivocarme demasiado si en muchos de nosotros los sentimientos, al levantarnos esta mañana, de domingo, prácticamente día de Nochebuena, son sentimientos encontrados, que se agolpan en nuestro corazón y en nuestra mente. Tal vez porque nos hacemos una imagen de la Navidad como si fuera una celebración tierna del final de una película del periodo clásico o “la clase de la pradera” (todo tierno, todo dulce, todo amable, todo bondadoso, todo bonito y con música alegre, cantos de los niños). Es inevitable que nos hagamos una imagen así, no sólo porque hemos sido educados a ver la Navidad y las imágenes de la Navidad desde siempre así.

Hace años hubo alguien que escribió un libro que se titulaba “Teología y comida”, que parece que no tiene nada que ver una cosa con la otra. Tiene mucho que ver. No en vano lo que hacemos los cristianos cada vez que nos reunimos a celebrar la Eucaristía es recibir al Señor, recibir el Cuerpo de Cristo como alimento, como comida; como alimento para el camino de peregrinación que es nuestra vida humana. Un capítulo de ese libro se titula “Nuestra nostalgia de haber comido juntos en jardines”, refiriéndose al Paraíso, a cómo en el fondo hay en el corazón humano un anhelo de estar juntos, y de estar juntos a gusto. Cuando el Antiguo Testamento quiere describir la paz dice: “estar juntos sentados debajo de su parra y de su higuera”.

Tenemos una nostalgia. Tenemos una nostalgia del Paraíso. Es una nostalgia de una vida en comunión con Dios y en comunión de unos con otros. Por lo tanto, es inevitable que esa imagen esté en nosotros. Pero se acentúa porque parece que los hombres de nuestro tiempo nos sentimos como dueños de nuestra vida y en la medida en que se nos escapa de nuestras medidas para eso está el consumo, que nos permite comprar aparatos que nos haga sentirnos más dueños de nuestra vida, o la tecnología en general. En todo caso, parece que tenemos derecho a “estar sentados debajo de la parra y de la higuera”.

Llega la Navidad y miramos a lo mejor a nuestro panorama y “no estamos debajo de la parra y de la higuera”, no estamos juntos “comiendo en jardines”. En la cena de esta noche es posible que nos falte alguien, o que haya personas presentes que van a estar presentes sólo a medias porque tienen demencia o porque tienen alzheimer, o porque las familias una parte vive aquí y otra parte vive en Santander, en Valencia o en Castellón; o sencillamente, porque uno se levanta el día de Nochebuena con un dolor especial de huesos o de cabeza, y parece que eso nos podría estropear la Navidad. Ésa es la sensación. Es decir, la Navidad sería bonita si nada de eso pasase. La Navidad sería bonita, entonces, si el mundo no fuera mundo. Entonces, nunca podríamos celebrar la Navidad.

El mundo está hecho de estas realidades. Está hecho de la nostalgia de haber estado juntos “comiendo en jardines”. Está hecho de la nostalgia del Paraíso. Pero este mundo no es nunca el Paraíso. Y tal vez el engaño más poderoso de nuestra cultura, en donde coincidían el mundo marxista y el mundo de los países comunistas con el mundo occidental, es que nos hemos creído que nosotros podríamos convertir este mundo en un paraíso; en un paraíso hecho por nosotros, hecho a la medida de nuestros deseos. Y no sólo que lo podíamos construir, sino que tenemos derecho a que el mundo sea el paraíso que anhelamos. No hay mentira más venenosa. No hay un ácido que sea capaz más sutilmente de destruir la esperanza verdadera en nuestro corazón. Percepción, porque muchas veces esto no es un pensamiento que hagamos explícitamente, pero está ahí, como flotando en nuestra conciencia. No, esta tierra no es el Paraíso. Lo grande, lo que celebramos es que hubo –casi estoy glosando las palabras de un gran poeta cristiano de comienzos del siglo XX, de Thomas Elliot, en una obra suya, que se llama “Los coros de la roca”, donde describe el cristianismo y la situación de la Iglesia en el mundo-, refiriéndose a la Encarnación, dice: Hubo un momento preciso y concreto en el tiempo y en el espacio, y sin embargo ese momento da sentido, da plenitud a todo el tiempo. Fue un momento en el tiempo, pero el tiempo no existiría sin él. El tiempo no sería, porque no tendría ni principio ni fin, sería simplemente esa sucesión de accidentes de cosas que suceden, que van y vienen; nuestras mismas vidas no sería muy diferente del nacer y del morir de las hormigas. No habría historia propiamente dicha, no habría arte, no habría un punto que diera sentido a todo.

Es el Acontecimiento de Belén, es la Encarnación del Hijo de Dios la que irrumpe en el tiempo y rescata el tiempo de su vacío, de su sinsentido y lo llena de contenido, de valor, lo introduce en la eternidad de Dios. Entonces, ya no somos un accidente de la naturaleza. Nuestro nacimiento es un nacimiento fruto de un Amor infinito, personal, a cada uno de nosotros, no por desconocimiento, por ignorancia de Dios de lo que nosotros podíamos dar de sí, sino perfectamente consciente. Nuestro nacimiento, nuestro venir a ser es un gesto de amor perfectamente consciente y libre de Dios por nosotros, gracias al nacimiento de Cristo. Y nuestras vidas son unas vidas que tienen sentido, que tienen una meta: la que el Hijo de Dios nos ha abierto, la vida eterna, la participación en la vida divina. Y esa meta hace que el devenir del tiempo no sea una cosa absurda.

Nuestras vidas son un don que tiene su cumplimiento en Dios. Y celebrar la Navidad tiene entonces sentido cuando uno ha perdido a un hijo; y tiene entonces sentido cuando a uno le duele el alma porque la vida no ha sido lo que uno soñaba de niño que pudiera ser, sino algo mucho más dramático, mucho más roto, o más mezquino o más pobre. Y celebrar la Navidad tiene sentido cuando nos faltan los seres queridos. Nunca tiene más sentido que cuando nos faltan los seres queridos celebrar la Navidad. Porque es gracias a Ti, Señor, que esa despedida dolorosa no es lo que determina la vida, ni la existencia, ni lo que somos, ni presente, ni futuro, ni el para qué del vivir. No es lo último la muerte. Lo último es tu amor. Tu amor que es fundamento de todo; que me ilumina; que me ilumina la Creación; ilumina también la nostalgia de estar juntos, alimenta esa nostalgia y me permite desear el Cielo, cuando el resplandor de tu Gloria brille ya sin velos, sin nieblas y sin oscuridades, y tu amor sea transparente, y a pesar de todo no abrase, queme, destruya, mi pobre corazón humano.

Mis queridos hermanos, mis queridos amigos, puede parecer que esto es muy poco propio de la Navidad comercial una reflexión así esta mañana. Pero yo deseo que podáis celebrar la Navidad con alegría profunda; que podáis celebrar la Navidad desde el fondo de vuestro corazón sin reservas, sino “Señor, gracias a Dios, Tú has venido. Gracias a Dios, Tú vienes siempre”. El regalo grande, grande, que hace posible percibir la vida entera como un regalo, eres Tú. Y si te tengo a Ti, todo es gracia. Pero si faltaras Tú; si Tú no hubieras venido, la vida sería un andar a tientas sin sentido de un lado para otro, sin meta, sin origen, sin alivio para el dolor, y sin plenitud para el gozo, porque el mismo gozo sería una especie de trampa mortal, puesto que la muerte iba a devorarlo todo.

Gracias, Señor, por venir a nosotros. Gracias por este don que Tú eres. Y por la luz que este don que Tú eres abres nuestras vidas. Gracias por tu misericordia, por tu perdón, por tu amor incondicional. Gracias porque, sea cual sea la circunstancia concreta y la situación concreta de nuestra vida, y de la vida de las personas que tenemos cerca, Tú eres nuestra esperanza, nuestro gozo, nuestra plenitud. El único capaz de dar sosiego a nuestros deseos, de dar sosiego a nuestro corazón.

Muy feliz Navidad a todos, mis queridos hermanos. Que la podamos vivir con conciencia de lo que estamos viviendo, con alegría y gratitud por un don que, esté el mundo como esté, que estén nuestras familias como estén, que esté nuestro corazón incluso como esté, no se avergüenza de nosotros. Dios no se avergüenza de ninguno de nosotros. El Hijo de Dios no se avergüenza de nosotros, sino que nos dice “Yo te quiero con un amor infinito y no dejaré jamás de quererte”. Ése es el contenido esencial de la Navidad.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

24 de diciembre de 2017
S.I Catedral


Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Thu, 28 Dec 2017 13:51:00 +0000
"La Navidad es el Misterio infinito que abraza nuestra humanidad tal como es" http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/42043-la-navidad-es-el-misterio-infinito-que-abraza-nuestra-humanidad-tal-como-es.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/42043-la-navidad-es-el-misterio-infinito-que-abraza-nuestra-humanidad-tal-como-es.html

Queridos amigos fieles cristianos de Granada;
queridos amigos cristianos y no cristianos:

¡Feliz Navidad!

Tal vez, nunca como en este año, puede uno felicitar la Navidad con plena conciencia de la novedad que la Navidad nos trae.

En estos últimos meses en este tiempo, hemos visto ponerse de muchas maneras en peligro nuestra propia humanidad. La convivencia se ha hecho más difícil. La vida que vivimos hace que tengamos tensiones enormes en el ámbito del trabajo, en el ámbito de la familia.

Tal vez nunca como hoy es necesario recordar que la Navidad no es una cuestión de turrones, de champán, de celebraciones en las que al final siempre nos falta alguien, porque ha muerto, porque está en el hospital, porque ha habido una desgracia en la familia, porque ha habido una ruptura o una separación.

O podemos afirmar que el Misterio infinito, que el Amor infinito abraza nuestra humanidad tal como es, conociendo cómo somos y sabiendo lo que damos de sí. Y no se ha avergonzado de ese abrazo, ni se ha echado para atrás, ni se ha cansado de ese abrazo, sino que una y otra vez se nos ofrece y se nos da como posibilidad de una vida verdadera; como posibilidad de una humanidad buena; como posibilidad de mirar siempre al otro como que siempre es un bien, a pesar de sus límites, a pesar de mis límites, a pesar de sus torpezas, a pesar de mis torpezas. El otro siempre es un bien. El otro es alguien a quien puedo tratar con respeto, con afecto. Y sólo desde ahí podemos construir un mundo humano.

Nada nos hace tan conscientes de que necesitamos el abrazo de Dios como esas dificultades en las que estamos viviendo. Ojalá nos sirvan para descubrirlo de nuevo, para vivirlo con un gozo que puede no serlo tan exterior y no ser tan superficial, pero que puede ser mucho más hondo, mucho más íntimo. Hay un Amor que nos abraza y nos perdona a todos. Hay un Amor que si lo acogemos en nuestro corazón, también nosotros podemos acoger a quienes nos miran bien y a quienes no nos miran tan bien.

¡Feliz Navidad a todos!

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

20 de diciembre de 2017


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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Thu, 21 Dec 2017 12:25:40 +0000
La alegría sólo es posible viviendo en Dios http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/42018-la-alegría-sólo-es-posible-viviendo-en-dios.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/42018-la-alegría-sólo-es-posible-viviendo-en-dios.html La alegría sólo es posible viviendo en Dios

Homilía Mons. Javier Martínez en la Eucaristía en la Catedral del III Domingo de Adviento, Domingo Gaudete.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, pueblo santo de Dios;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

queridos hermanos y amigos todos:

La segunda Lectura que acabamos de escuchar, es como un programa del tiempo de Adviento, este tiempo tan bello que es siempre el Adviento. Un programa del Adviento para los cristianos, del Adviento como lo puede vivir la Iglesia. Podría ser un programa de vida para la Virgen Madre, cuando estaba esperando su Hijo Jesús, con Él en su seno, o incluso para la vida cotidiana después de haberLe dado a luz. Es el programa de la Iglesia. Es un Adviento que cuenta con la Presencia fiel de Cristo; que conoce esa Presencia fiel; que es consciente de que el Señor está con nosotros, que nos acompaña en el camino; y que esa Presencia suya es fuente de paz y de alegría. Sólo así se explica el mandato “vivid siempre alegres en el Señor y os lo repito: vivid alegres”. Lo dice como una orden. Y uno mirra la vida de los seres humanos y dice: “qué más quisiera todo el mundo que poder vivir alegre. Cómo se puede mandar eso”. Qué más daríamos cualquiera, daría cualquier ser humano por poder estar alegre siempre, y además en toda circunstancia.

Por eso digo que es el Adviento de la Iglesia. El Adviento del mundo es diferente. Sus formas son muy distintas. A veces tiene la forma de un mero desasosiego con la vida. De desasosiego cuando no se tiene la experiencia de la Redención de Cristo. Desasosiego con el paso del tiempo, y las implicaciones que tiene el paso del tiempo para nuestra vida, para nuestra vida personal, para las relaciones familiares, humanas. Es bonito ver crecer a los niños, a los nietos, pero, al mismo tiempo, es verdad que ese crecimiento nos recuerda también cómo nosotros nos aproximamos a la vejez o a la muerte, y cómo las dos cosas van unidas. En algunos casos, lo único que hay en el corazón humano, o la forma que asume ese desasosiego, es la de una irritación con la vida. Uno lo ve mucho en este tiempo nuestro en el que vivimos, como si hubiéramos depositado la esperanza de la alegría en las cosas del mundo, en poseer, en dominar, en gestionar, controlar bien las circunstancias de la vida, las circunstancias del mundo, las personas, el entorno en el que vivimos, el trabajo que hacemos, las relaciones que tenemos; y ser nosotros ahí el gestor, el emperador de ese “pequeño mundo” que constituye el entorno de mi vida.

Como eso nunca sucede, como la realidad nunca es así, como eso nunca la realidad lo permite, salvo algún extraño momento de ilusión en el que nos podemos sentir emperadores del mundo y de las cosas, entonces hay una frustración. Eso se manifiesta como una irritación. El niño llora o patalea o da puñetazos en la pared. Nosotros lo hacemos de otras maneras, pero hay como una especie de enfado con la realidad, como si la vida no cumpliera aquello que nuestra infancia y a lo largo de la vida hemos pensado que la vida estaba para cumplir esos anhelos, esos deseos de paz, de felicidad y de alegría que hay en nuestro corazón. Y que no podemos arrancar de nuestro corazón. Hubo una época en que a un pensador francés le gustaba decir que el sufrimiento humano podía ser gestionado por el hombre si uno renunciaba a toda esperanza y vivía –por así decir- en la “esperanza cero”. ¿Cómo se puede vivir con la “esperanza cero”? El único horizonte que hay ahí es morirse. Es una manipulación tan violenta al ser de nuestro corazón: encuentras a alguien y deseas ser amigo, deseas quererse, deseas que brote algo bello.

Lo que trato de deciros es que incluso esa irritación pone de manifiesto nuestro anhelo de Dios. El hombre no está hecho para el mal. Algo de bien buscamos en las cosas que hacemos, aunque sea un bien equivocado, destructivo, erróneo. Porque nuestro corazón tiende al bien, tiende a la belleza, tiende a la verdad, tiende al amor. Tiende al amor verdadero. Luego es posible que la experiencia del amor que uno tenga sea una experiencia horrorosa.

San Pablo decía que “la creación entera gime como en dolores de parto”, anhelando la manifestación de nuestro Salvador. Ese gemido, esos dolores de parto, esa herida que hay en el fondo de la existencia humana, en toda existencia humana, proclama el Adviento. Muchos hombre y mujeres podrían decir, como dijo Kafka en alguna ocasión: conocemos la meta, pero dónde está el camino para llegar a ella. Otro pensador de comienzos del siglo XX, un hombre en su vida muy alejado de Dios, en el fondo con un hambre de Dios insaciable (porque la respuesta que damos a esa pregunta de “dónde está el camino”: “vamos a empeñarnos en vivir en paz, vamos a empeñarnos en construir una sociedad justa, vamos a empeñarnos en hacer que nuestras relaciones humanas sean correctas y educadas, y viviremos en paz”. No funciona, no sacia el corazón), ese pensador –Baudelaire- vivió una vida muy tremenda y vivió con una nostalgia siempre de Dios muy grande, decía “el estoicismo (nota Mons. Martínez: ese empeño del hombre moderno: ‘podemos hacer un mundo feliz, podemos hacer con nuestras fuerzas y con nuestro empeño si ponemos todas nuestras energías en ello, podemos darnos la felicidad) es una religión que no tiene mas que un sacramento, y ese sacramento es el suicidio”. Es tremendo, pero contiene mucho de verdad. Cuando el hombre quiere construir una torre de babel que nos fabrique el cielo a merced nuestra, es un esfuerzo condenado al fracaso y a una desesperanza tremenda. Pero hasta esa desesperanza proclama que estamos hechos para el Cielo.

Vuelvo a la Carta de San Pablo y a la actitud cristiana. Nosotros sabemos que Cristo ha venido. Nosotros sabemos que Dios nos ama, que Dios es nuestro Padre. Nosotros le hemos oído al Señor decir que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados. Nosotros hemos oído decir a nuestro Señor que el Padre jamás nos iba a dar una piedra cuando le pedimos un pan. Y jamás nos negaría el Espíritu Santo, que es el que nos permite vivir a la luz de Dios, en el Ser de Dios, en la vida de Dios, en medio de este mundo de pecado, en medio de este mundo de muerte.

Y entonces, es posible la alegría; es posible la alegría siempre, en toda circunstancia. Tiene lógica estar alegre. Y no porque todas las cosas vayan bien; no porque no haya dificultades, porque no haya enfermedades, porque no haya muerte, sino porque siempre podemos reposar nuestro corazón en la certeza de un amor que, en Jesucristo, es un amor más fuerte que la muerte. Una muerte que puede destruir, matar, intentar matar al Hijo de Dios, pero el amor del Hijo de Dios resplandece, brilla, vence a la muerte en su mismo entregarse a la muerte por amor a nosotros. Vivid alegres. Vivid en paz con todos, aguardando la dicha que esperamos. ¿Cuál es la dicha que esperamos? Señor, el que desaparezcan los velos y podamos un día conocer la belleza de tu amor, cara a cara, sin niebla, sin velo, sin transparencia, gozar, participando de ese amor, juntos, en la Jerusalén del Cielo. “El Señor está cerca”, terminaba así la Lectura. Le pedimos “ven”, ven más ahora a nuestras vidas, para que podamos vivir nuestras vidas mientras caminamos por este mundo, en la alegría y en la gratitud, serena, sencilla, de tu Presencia. En la gratitud de que por pobres que seamos, por pequeños que seamos, por pequeña y pobre que pueda ser nuestra vida, tu amor no nos abandona jamás.

Permítenos vivir en esa paz y en esa alegría. Permítenos vivir en esa súplica que anhela tu Venida, más y más para que esa alegría pueda instalarse, echar raíces, florecer, dar frutos de amor en nuestro corazón; para que el paso del tiempo no nos condene al cinismo o a la frustración de quienes no conocen tu Venida. Que nos permita vivir siempre en la alegría gozosa, que desea más de tu Amor, Señor, más de tu Misericordia, más de tu Presencia, más de Ti, para poder ser más nosotros, plenamente. Para poder ser más nosotros con paz, con confianza, con una alegría que ni siquiera la muerte tiene el poder de destruir. Pasaremos por la muerte. Mueren nuestros seres queridos. Sin embargo, podemos vivir incluso esa realidad en una gratitud gozosa de que hemos conocido en tu Amor lo que es el Cielo. Y tenemos no sólo el derecho, sino el deber, la posibilidad, y hasta es lo más razonable del mundo, vivir en el anhelo y en el deseo del Cielo.

Que el Señor nos conceda con la Navidad, con la Venida de su Hijo, con la memoria y la celebración de la Venida de su Hijo más y más este gozo profundo, sereno, que atraviesa la historia y todas las vicisitudes de la historia. Tu amor y tu misericordia, Señor, permanecen para siempre. Y ésa es la roca sobre la que nosotros edificamos nuestras vidas.

Vamos a proclamar nuestra fe.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

17 de diciembre de 2017

S.I Catedral

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 19 Dec 2017 15:02:59 +0000
Dios es fiel y viene a nosotros siempre http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41903-dios-es-fiel-y-viene-a-nosotros-siempre.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41903-dios-es-fiel-y-viene-a-nosotros-siempre.html Dios es fiel y viene a nosotros siempre

Homilía en la Eucaristía de Mons. Javier Martínez en el II Domingo de Adviento celebrada en la Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

queridos sacerdotes concelebrantes;

Hermanitas del Cordero;

queridos Pueri Cantores;

queridos amigos todos:

Cuando oímos las lecturas de la liturgia dominical, con frecuencia –sobre todo, cuando son lecturas del Antiguo Testamento-, a veces no sabemos a qué vienen. Escuchamos unas cuantas frases que nos resultan a veces un poco sorprendentes, un poco extrañas. Normalmente, nosotros esperamos que las lecturas nos den unas pautas, nos enseñen de alguna manera a vivir; normalmente, concebimos esas pautas como unas reglas morales a las que tendríamos que acomodarnos o a las que sería bueno que nos acomodáramos. Y con mucha frecuencia, nos sentimos decepcionados, porque no sabemos qué hacer con ese trocito del Antiguo Testamento que se ha leído (no digo que nos pase a todos, no digo que pase siempre, pero pasa con alguna frecuencia y les pasa a muchas personas).

El trozo que se lee es un trozo de algún profeta normalmente, o de algún libro sapiencial, que está como fuera de contexto y, por tanto, a nosotros nos parece como una cosa abstracta. Por otra parte, nosotros también entendemos de una manera abstracta eso de las reglas para la vida. Entendemos la moral de una manera muy abstracta, con una serie de reglas que tendrían que servir para todos y en todas las circunstancias. Y la Escritura, es decir, la Tradición de los Libros de la Escritura no corresponde nunca a eso. Algunas frases sueltas, algunas cosas sueltas, claro que sí. Cuando dice “no robarás” dice “no robarás”. ¿Y cómo hay que entender eso? Que no robarás. No hace falta darle muchas más vueltas. O cuando dice: “No desearás la mujer de tu prójimo”; que no desearás la mujer de tu prójimo. Pero, fuera de unos pocos pasajes, que, en realidad, son más bien pocos, todo el Antiguo Testamento nos resulta un mundo muy lejano.

El beato John Henry Newman, ese profesor de Oxford convertido a la fe y beatificado no hace tantos años por Benedicto XVI, solía decir que nadie ha demostrado en realidad que el cristianismo contuviese mentiras o falsedades obvias. (…) Él decía: ¿Dónde está nuestra dificultad para la fe, para nosotros hombres modernos? Decía que el mundo de la Escritura nos resulta un mundo tan lejano a la realidad de las cosas que vivimos cada día, que tiene tan poco que ver –aparentemente- con lo que estamos viviendo, que lo oímos y si podemos sacar algo de ello, lo sacamos, o se nos va quedando; se nos quedan algunas cosas, pero eso, reglas morales, unas normas de comportamiento. Y luego, volvemos a la vida y es como si volviéramos de un cuento de hadas. (…)

La Iglesia no es portadora de un mensaje, aunque hablamos mucho del mensaje de la Iglesia. Pero la Iglesia no es portadora de un mensaje. Es portadora de una vida; de una vida que vive en nosotros y que, en la medida que vive en nosotros, la podremos comunicar a otros. Si no, no se puede comunicar. No somos guías de un museo que se han aprendido una lección y que repiten a un mundo que no tiene especial curiosidad por escuchar lo que nosotros tengamos que decirle, una lección aprendida de unas cosas del pasado. (…)

Nos situamos en el contexto del Adviento, en el anuncio de la venida del Señor. Y nos damos cuenta de que nuestro mundo no es demasiado diferente (…). La segunda Lectura nos pinta como si la historia del mundo estuviera marcada así y viene a decirnos “viene el Señor”. (…)

Que viváis sin temor. Que Cristo viene. Que Dios viene siempre. Que la historia es una realidad muy frágil. Me decía un Rector de universidad de una ciudad de América Latina, en concreto Santiago de Chile, hace muchos años, casi cincuenta: “La raza humana es una raza que está siempre a una distancia, a la distancia de un generación de la barbarie”. Una y otra vez –diríamos- estamos amenazados por circunstancias que ponen en peligro los equilibrios del mundo, la estabilidad de las civilizaciones, los regímenes, los poderes, las culturas. No temáis. Ése es el mensaje del que es portadora la Iglesia. Y en este Adviento yo quisiera hacerlo de una manera especialmente potente también para mi. Dios viene. Dios viene siempre. Dios es fiel. Dios no abandona. Dios cumple sus promesas.

Cuando se acercan las Navidades hay mucho de folclore, y mucho de folclore comercial; luces, también comerciales, a veces nos oscurecen, y las tristezas, y las fatigas, y los dolores, y las penalidades de la vida (que no nos vamos a engañar, que están ahí), dificultades en la familia, en el trabajo, de todo tipo, dificultades con la propia historia, con uno mismo, y en medio de todo eso… ¿y qué voy yo a celebrar? Sólo si uno es consciente de que la fragilidad de nuestra vida sólo tiene una roca sólida en la que apoyarse, y es que Dios es fiel.

Hemos cantado, “muéstranos, Señor, tu Misericordia y danos tu salvación”. Pero te lo decimos no como quien duda de que no nos la vayas a mostrar, sino quien tiene la certeza, una y otra vez, verificada en la historia, de que, pase lo que pase, Tú no nos abandonas; de que, pase lo que pase, Tú no te cansas del ser humano, no te cansas de mi, Señor, no te cansas de nuestra pobreza, no dices “hasta aquí hemos llegado, tiro la toalla”, “contigo no se puede”, o “con vosotros no se puede”. Pues no. “No tiras la toalla”, Señor, sino que, una y otra vez, vuelves a abrir el camino en el desierto. (…)

En medio de ese desierto, que es un desierto de esperanza, el desierto moral no es que seamos más malos que otros, o que las generaciones que nos han precedido. Nada de eso. Los seres humanos somos siempre poco más o menos lo mismo, capaces de amores bellísimos, de heroicidades tremendas y capaces de mezquindades y de miserias tan pequeñas, indignas de quienes estamos a una vocación tan grande. Pero somos así, Señor. ¿Y qué es lo grande? Que Tú eres fiel. ¿Qué celebramos? Que Tú eres fiel. ¿Qué celebramos?, ¿qué es motivo de alegría?, ¿qué es un motivo de alegría que no es para la noche de Navidad, sino para todos los días; ni para el comienzo del año, sino para todos los días del año? Señor, que tu Amor permanece para siempre; que tu Amor no nos abandona jamás; que tu Amor nos acompaña y nos acompañará siempre por mucho que metamos la pata, por mucho que seamos torpes, por mucho que nosotros hasta te demos la espalda. Tú no nos la vas a dar a nosotros, y eso, os aseguro, tenemos tanta necesidad de una roca sobre la que construir nuestras casas, nuestras vidas, nuestras personas, nuestras relaciones humanas, nuestros cariños, nuestra necesidad de perdón. Y esa roca eres Tú, Señor, y sobre esa roca contamos, esa roca está en nosotros, está con nosotros, no nos abandona jamás. Viene en la Eucaristía, viene en la Comunión. Cada Comunión es como una celebración de la Navidad en pequeñito, pero no menos verdadera que la noche de Nochebuena.

Una Comunión bien vivida es una noche de Nochebuena, y una mañana de Pascua y un día de Pentecostés. Es una vida transformada por un Amor que jamás se apartará de nosotros. Ese “jamás te apartarás de nosotros” es la fuente de la única alegría que no tiene necesidad de censurar nada del mal que hay en el mundo, pero que tampoco tiene necesidad de construirse y fabricarse artificialmente. La única alegría verdadera sobre la que podemos apoyar nuestro corazón, en la que podemos descansar nuestro corazón: ¡Ven, Señor, Jesús!

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

10 de diciembre de 2017

S.I Catedral

II Domingo de Adviento


Palabras finales antes de la bendición final

Que el Señor nos de sabiduría para sopesar el valor, para valorar adecuadamente los bienes de la tierra, que son bienes, todo lo que Dios ha creado es bueno, pero amando intensamente los del cielo. ¿Cuáles son los bienes del cielo?, Dios, Dios, nada más que Dios, no cosas que Dios nos da, ¿de qué es de lo que tenemos necesidad en nuestra vida?, de Ti Señor.

Y lo que trataba yo de deciros tan malamente en la homilía que era que la historia del Amor y de la Paciencia de Dios con nosotros, que viene siempre a nosotros y viene para darnos su Amor.


Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Wed, 13 Dec 2017 13:15:16 +0000
María, espejo de la vida a la que estamos llamados http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41861-maría-espejo-de-la-vida-a-la-que-estamos-llamados.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41861-maría-espejo-de-la-vida-a-la-que-estamos-llamados.html María, espejo de la vida a la que estamos llamados

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía celebrada en la Catedral en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, presidida por la Sagrada Imagen de la Patrona de Churriana de la Vega.


Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

muy queridos miembros de la Hermandad Nuestra Señora de la Vega, Virgen de la Cabeza, Patrona de Churriana (y me dicen que en la antigüedad fue patrona de la Vega de Granada);
queridos sacerdotes concelebrantes;:
muy querido Sr. Alcalde, Corporación;
Coral de Churriana;
queridos churrianeros, amigos, hermanos todos:

Celebrar la fiesta de la Inmaculada es siempre celebrar una fiesta muy especial para toda la Iglesia. Recuerdo cómo se movilizó el pueblo cristiano cuando en algún momento se pensó en que esta fiesta de la Inmaculada pudiera desaparecer en toda España. Al mismo tiempo, es una fiesta queridísima para toda la Diócesis de Granada. En Granada estaba, desde los comienzos de la modernidad (también en otras diócesis de España), arraigada la conciencia de que la Inmaculada Concepción era algo que estaba en la entraña misma del acontecimiento cristiano, del hecho de Cristo, de la Redención de Cristo.

Le he pedido al Señor poder ayudarnos a adentrarnos un poco en la preciosidad de luz de este Dogma, proclamado justo en el momento en esa lucha entre la humanidad y el poder del mal. En esa lucha los hombres creíamos que con nuestras propias fuerzas podíamos vencer y hacer un mundo en armonía, un mundo bello, un mundo humano, un mundo de paz y de progreso para siempre. En ese mismo momento, la Iglesia proclama esencial al hecho cristiano (eso es lo que significa un dogma) esta verdad de que la Virgen, destinada a ser la madre de Jesús, la madre del Hijo de Dios hecho carne, había sido inmaculada desde el primer momento de su concepción, preservada por tanto de la herida del pecado original, cuyo relato hemos oído tomado de los primeros capítulos del Génesis. Un relato mucho más rico de contenido que la especie de “cuentecito” que tendemos a pensar que es. Es algo que descubre la condición humana en nuestra profundidad más miserable, más pobre, más mezquina, más necesitada de salvación. Pero, al mismo tiempo, nos descubre también la promesa de esa salvación por parte de Dios. Promesa que ha brillado para el mundo, para los hombres, para nosotros, que hemos tenido la gracia y el privilegio inmenso de conocer justo en María, la Madre de Jesús. En Jesús, y Ella, como el vaso precioso que el Señor ha construido como el culmen de la humanidad, de la raza humana, el orgullo de nuestra raza. (…)

Os cuento una dificultad que tenía casi desde niño. Siempre me ha llamado la atención que en la fiesta de la Inmaculada, muchas veces las peticiones que hacemos es que sepamos imitar la Virgen en su santidad; que sepamos reprimir y luchar contra el pecado; que luchemos contra las fuerzas del mal; que podamos decirLe sí a Dios. Pero eso no es lo que proclama el Dogma. Lo que proclama el Dogma es que ha sido preservada por la Gracia de Dios desde el primer instante de su concepción. Decía yo para mis adentros: “así no tiene mérito. Señor, si me hubieras dado una gracia parecida, tampoco yo tendría pecado”. Concebimos la gracia de Dios y la santidad de una manera particular; santidad como algo que hacemos nosotros solos y que “tenemos que hacernos santos”. Nos hacemos la idea de que la santidad es algo que hacemos nosotros y que si no lo hacemos, es porque no queremos, o no nos empeñamos lo suficiente. Una fiesta de la Inmaculada, normalmente, lo que hacemos es sacar la conclusión que lo que tenemos es que hacer un propósito de empeñarnos más para poder ser santos y un poco más parecidos a la Virgen. (…)

La santidad es algo que Dios da, es un don, es el Ser de Dios. ¿Cómo voy a alcanzar yo, a base de codos o a base de empeños o a base de fuerza mía, a Dios? La distancia es infinita. Pero, entonces, nos pasa otra cosa. O pienso que la santidad es algo que lo tengo que hacer yo o pienso que lo hace Dios. Entonces, si lo hace Dios, yo no tengo que preocuparme. (…)

La razón no se opone a la fe. Es más, la razón si se la entiende bien, nos lleva a las puertas de la fe. Y la fe no se opone a la razón. La inteligencia se abre a las cosas, entiende uno mejor la vida humana, es uno más capaz de comprender, de perdonar, de amar, de entender las debilidades, de convivir con ellas sin hacer tragedias. (…)

Señor, nosotros sabemos que Tú y tu Amor no te deja rendir por nuestro mal. Y entonces, claro que podemos imitar a la Virgen, pidiéndoLe al Señor “ven a nosotros, ayúdanos a poder decirTe sí en las circunstancias de la vida, las que sean”. (…) Nuestra vida humana es un drama, pero en ese drama no estamos solos y hay un amor que nos sostiene siempre y que nos permite acogernos a él, decir que sí a Dios en la circunstancia concreta en la que estemos y que Dios vaya cambiando nuestro corazón y haciendo nacer en nosotros esa humanidad nueva que ha empezado como Jesucristo y que no terminará ni desaparecerá jamás: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

Esa Presencia es la que empezó en las entrañas de la Virgen y la que no acabará jamás. A esa Presencia nos confiamos, nos abandonamos; en ese Amor ponemos nuestras vidas. Y ese Amor hace crecer en nuestro corazón un amor que no seríamos capaces de fabricar sin Ti, Señor. Y sin embargo, Tú haces posible ese amor, haces posible esa humanidad bonita, esas familias preciosas en las que uno ve resplandecer tu Perdón, tu Misericordia y tu Gracia. En el espejo de tu Madre podemos ver la belleza de la vida a la que estamos todos llamados y Tú, Señor, haces esa belleza posible en todos nosotros, hasta en medio del dolor, de la traición, de la cruz. Cómo no darTe gracias.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

8 de diciembre de 2017
S.I Catedral
Solemnidad de la Inmaculada Concepción


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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 11 Dec 2017 13:33:56 +0000
Nos precede la Gracia http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41844-nos-precede-la-gracia.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41844-nos-precede-la-gracia.html Nos precede la Gracia

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía con motivo de la vigilia de la Inmaculada Concepción, celebrada en la Catedral y presidida por la Sagrada Imagen de Santa María de la Vega, Nuestra Señora de la Cabeza, Patrona de Churriana de la Vega. Participaron fieles de Churriana de la Vega, fieles en general, autoridades del ayuntamiento de Churriana y la Junta de gobierno de la Real Federación de Hermandades y Cofradías.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;
queridos sacerdotes concelebrantes;
presidente y miembros de la Federación de Cofradías;
saludo muy cariñosamente tanto al alcalde como a la agrupación de Churriana de la Vega, que ha venido acompañando a su Imagen;
saludo también a la coral de Churriana, que nos acompaña:

Dos pensamientos sencillos que nos acompañen a esta celebración, para prepararnos a vivir la fiesta. Las fiestas cristianas empiezan siempre en víspera. Hubo tarde, hubo mañana, día primero… Desde el pueblo de Israel y la tradición de Israel los días comenzaban con la caída de la tarde.

Comenzamos nuestra fiesta de la Inmaculada. Una fiesta especialmente querida para Granada, porque gracias a la Abadía del Sacromonte y al voto que hacían los estudiantes de la Abadía (no que se proclamase el Dogma: los dogmas se proclaman cuando se puede reconocer que esa verdad forma parte de la fe y forma parte desde los orígenes y desde la tradición cristiana desde el primer momento y hay testimonio de ello), ellos contribuyeron a que esa fe no fuese olvidada en un momento en que el mundo y la cultura del mundo, en todas partes, subrayaban otra cosa.

¿Qué afirma la verdad de la Inmaculada? Que la Virgen, que iba a ser la morada del Hijo de Dios, la madre de Dios Encarnado, del hijo de Dios que venía a compartir nuestra condición humana y venía a sembrar su vida divina en nuestra historia humana, fue purísima, preservada por la Gracia desde el primer instante de su concepción.

Con eso se afirmaba algo muy grande y muy necesario. Y es que todo lo que hacemos nosotros por Dios es siempre respuesta. Que nunca somos nosotros los primeros. El Papa Francisco dice “el Señor nos primerea siempre”. Se adelanta siempre a nosotros. Dios es siempre respuesta. Y hay algo en la vida humana desde el primer momento que pone de manifiesto eso. (…)

Afirmar eso, en el momento de la historia en que se proclama el Dogma de la Inmaculada, recogiendo una tradición que viene de los primeros siglos, era afirmar la primacía de Dios sobre la criatura; y era afirmar, al mismo tiempo, la primacía de la Gracia, en la tarea de la construcción del mundo y de la construcción de nuestra propia humanidad. Y eso sucedía en un momento en que la filosofía y el pensamiento humano se consideraban más capaces de hacer un mundo “de seres felices”. (…)

Estamos heridos por el pecado y en esa herida nuestra a menos que venga alguien y nos saque, sucumbimos una y otra vez. El Señor prometió la victoria del hombre. La victoria del hombre sobre la serpiente la ha obtenido Dios. Celebrar a la Virgen es celebrar eso. Nosotros no pensamos simplemente que la vida es una cuestión de lucha entre el bien y el mal, y que si nos empeñamos mucho, vamos a conseguir ser lo suficientemente buenos; y pensamos: si escuchamos las enseñanzas que Dios nos da, ya nos empeñaremos mucho. Lo que la Inmaculada proclama es otra cosa. Lo que la Inmaculada proclama es que nos precede la Gracia siempre y que lo primero que tenemos que hacer es abrirnos a la Gracia. Lo que tenemos primero es que pedirLe al Señor que no nos falte su Gracia. (…)

Ser cristianos, ¿qué es: unas pocas enseñanzas que nos den fuerza para decir “ahora sí, vamos a luchar contra el mal y vamos a conseguir ese mundo de paz”? No es eso. Celebrar la Inmaculada significa celebrar, Señor, tu Gracia. Tu Misericordia es la que triunfa. Nosotros sabemos que hay un triunfo y ese triunfo es para nosotros. Igual que Eva era la madre de todos los vivientes, María es la madre de una humanidad nueva. De una humanidad nueva en la que Dios ha sembrado su vida divina sin apartar ni quitar nada de nuestra libertad. Acogiendo el don de Dios, la humanidad nuestra, nuestros anhelos de paz, de vida, el horizonte de la vida eterna –el Cielo- es para nosotros. El Cielo es para nosotros. Pero el Cielo no lo construimos nosotros construyendo nuestras torres de Babel, construyendo nuestra imagen de una sociedad perfecta. El Cielo viene a nosotros. Vendrá en la Navidad. Y viene a nosotros cuando acogemos la Gracia, y la Misericordia, y el Amor de Dios, que transforma y transfigura nuestro corazón. (…)

Nosotros sabemos, Señor, que tu Gracia no nos abandona. Y Tú estás con nosotros. Y estando con nosotros, no podemos mas que vivir contentos, porque nuestra esperanza, nuestra certeza, nuestra vida eres Tú y Tú nos has prometido tu compañía a tu pueblo. Y jamás dejas de cumplir tus promesas.

Eso es lo que celebramos, Madre. Y entonces, claro que tiene todo el sentido del mundo el venerarte, el cantarte, el proclamarte y el procesionarte con solemnidad y con alegría. Con la alegría de que la historia no está dejada sola a nuestras capacidades, gracias a Dios; porque sabemos lo que dan de sí nuestras capacidades. La historia está puesta en las manos de una misericordia, que es la fuente de nuestras capacidades y la plenitud de ellas, y el horizonte entero de nuestra vida. (…)

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

7 de diciembre de 2017
S.I Catedral
Eucaristía en la Vigilia de la Inmaculada Concepción


Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 11 Dec 2017 10:09:53 +0000
El Señor, el único que colma nuestros anhelos y esperanzas http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41837-el-señor-el-único-que-colma-nuestros-anhelos-y-esperanzas.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41837-el-señor-el-único-que-colma-nuestros-anhelos-y-esperanzas.html El Señor, el único que colma nuestros anhelos y esperanzas

Homilía de Mons. Martínez en la Eucaristía celebrada en el Monasterio de la Cartuja con la que la Facultad de Farmacia conmemora su patrona, la Inmaculada Concepción.


La fiesta de la Inmaculada es una de las fiestas más bellas del año, y especialmente en Granada, y de las más significativas para el contexto cultural en el que estamos. Porque justo por el mismo tiempo donde los pensadores de esta Europa cansada y envejecida en tantos aspectos estaban construyendo sus teorías sobre el superhombre, la Iglesia afirma la grandeza más alta. Aquella que haya alcanzado ninguna criatura, la ha alcanzado una mujer y la ha alcanzado por gracia. Por una gracia que la precede en el momento mismo de su concepción.

Eso es revolucionario. No podría haber posición más alternativa por parte de la Iglesia. Es verdad que hemos suavizado mucho la fe en la Inmaculada para adaptarla a una piedad, a veces dulzona… A veces hemos convertido a la Inmaculada en un motivo de ejemplo como si la gracia pudiera uno convertirla en ejemplo. La gracia es justo gracia porque es algo que nos viene, que nos es dado. En el fondo, el Dogma de la Inmaculada repite o adelanta algo que al Papa Francisco le gusta mucho decir: “El Señor nos primerea”. Que se adelanta siempre a nosotros. Que todo lo que nosotros podemos hacer por el Señor es siempre responder a su gracia. Pero, justamente, la figura de la Virgen se sitúa en el marco del Adviento. La figura de la Virgen es, junto con la de Juan Bautista, la figura por excelencia del Adviento. Y el tiempo de la Virgen no es tanto el mes de mayo (que lo es, por el mes de las flores y otros muchos motivos). El tiempo litúrgico más adecuado para poner la figura de la Virgen delante de los ojos es justamente el tiempo del Adviento.

Por lo tanto, celebrar el I Domingo de Adviento con motivo de la festividad de vuestra Patrona es algo perfectamente adecuado. Y yo me alegro. Porque el Adviento es un tiempo perfectamente humano. Quizás, de todos los tiempos litúrgicos, el que parte más del corazón humano. Es el tiempo del deseo. Y el deseo es algo que nos constituye y que, de alguna manera, nos define. Lo resume esa frase de San Agustín, que resume toda la antropología cristiana: “Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Somos un deseo de infinito, de verdad infinita, insaciable; de libertad infinitiva. De amor infinito, sobre todo. De un amor que no lo gaste el tiempo, la costumbre; que no se aje, que no envejezca; que pueda, al contrario, hacerse más grande y más verdadero con el paso del tiempo y en un horizonte que no se acaba nunca. (…)

Nuestro amor tiene límites porque somos limitados, pero, tendencialmente, el anhelo de amor que reclamamos para nosotros mismos, que necesitamos, y el amor que quisiéramos recibir y que desearíamos dar cuando amamos de verdad, es un amor sin límites. Por lo tanto, estamos hechos por un deseo. Ese deseo lo expresa la liturgia de hoy de varias maneras: “Ojalá rasgases el Cielo y bajases”. Es un deseo de Dios. Ese amor sin límites. Ese deseo de amor sin límites, de infinito que nos constituye, es un anhelo de Dios.

Me atrevería a decir (y esto tiene mucho que ver con la profesión de educadores que ejercéis o habéis ejercido) que muchos de los sufrimientos humanos provienen de las frustraciones que genera el que nuestro deseo tiene por objeto no a Dios que es amor infinito, sino otros deseos, que nunca son capaces de responder a la exigencia profunda, a la búsqueda profunda del corazón. “Señor, que brille tu Rostro y nos salve”. Pero esperamos la salvación de que las circunstancias de la vida nos sean favorables. Buscamos nuestra felicidad, sosiego, descanso en cosas que no son Dios. Por supuesto, lo buscamos en el afecto. Pero lo buscamos a veces en el éxito.

Educar el deseo, ayudar a comprender que ese deseo (que tantas veces es fuente de frustración, pero también de gozo), sería la educación más importante que habría que hacer. Educar el deseo educa la razón, porque le ayuda a uno a comprender lo importante que es en la vida poder distinguir lo que es verdadero de lo que es falso: cuándo un afecto es verdadero o es falso, cuándo una esperanza es verdadera o falsa; cuándo un sentimiento es un sentimiento verdadero y merece la pena cuidarlo, ayudarlo a crecer, protegerlo, defenderlo, y cuándo es un sentimiento que me puede hacer trastocar la cabeza y hacer perder mi vida misma.

Educar el deseo es educar la libertad. La libertad no es simplemente un dato, y un dato infinito: “Soy libre”. Sí, soy libre, pero soy libre ¿para qué? La libertad es la energía más grande que el Señor ha puesto en nuestras vidas humanas en la creación del hombre. Hay que educarla. ¿Cómo se educa la libertad? Educando el deseo, ayudando a reconocer cuál es el objeto verdadero de nuestros deseos y qué objetos en esta vida ayudan a reconocer o ayudan a caminar hacia ese deseo. “Que brille tu Rostro y nos salve. Restáuranos”. Es decir, nuestro estar en la vida consiste en suplicar al Señor “ven a nosotros, ven y sálvanos”. (…)

Sobre todo, tenemos que saber que el Señor es el que colma nuestros anhelos y nuestras esperanzas. Señor, ven con tu gracia, y haz resplandecer la belleza de tu Rostro, para que me sea fácil decirTe que sí; para que sea mi libertad quien te diga que sí y no una especie de empeño voluntarista. Señor, que sepa decirTe que sí. (…)

Hoy, cada farmacia es un “confesionario”. La gente, que a veces encuentra muy difícil que le den cita para la Seguridad Social y se la dan tres meses después, y sin embargo el dolor lo tienen esa tarde, lo que necesitan es alguien… ¿qué hacen? Ir a la farmacia. A la farmacéutica le cuentan lo que le duele, cómo está, lo que pasa en su familia…, le cuentan todo. Probablemente (sois profesores de la universidad), al mismo tiempo que educáis a los chicos a distinguir productos, enseñarles a escuchar, y a sentir el gusto de escuchar.

Si sabemos acogerLe, sabremos tener esa humanidad. Pero no olvidéis que la farmacia es un punto de esperanza para los seres humanos que entran por esa puerta buscando un poco, al mismo tiempo que alivio para su dolor, respuesta para sus anhelos profundos de humanidad. Que puedan encontrarlo.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

3 de diciembre de 2017
Iglesia del Monasterio de La Cartuja

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 11 Dec 2017 09:51:52 +0000