Granada Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Sun, 19 Nov 2017 06:56:59 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es La certeza de que Cristo viene a nosotros http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41298-la-certeza-de-que-cristo-viene-a-nosotros.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41298-la-certeza-de-que-cristo-viene-a-nosotros.html La certeza de que Cristo viene a nosotros

Homilía de D. Javier Martínez en la Eucaristía en la Catedral, en el XXXII Domingo del Tiempo Ordinario y Día de la Iglesia Diocesana. El Evangelio es la parábola de las vírgenes prudentes y necias.


Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;
miembros de los pueri cantores, familiares y amigos que los acompañáis;
amigos y hermanos todos:

Lo de la Esposa tiene hoy particular aplicación, porque el Señor habla de ella en el Evangelio; habla de ella con su silencio. Porque la descripción del Evangelio es una boda. Está describiendo perfectamente lo que era una boda palestina en el siglo I. A pesar de que, probablemente, las negociaciones de la boda estaban hechas casi tanto el novio como la novia eran pequeños, la tarde las bodas, el día de las bodas tenían que sentarse las dos familias a negociar la dote y era famoso, entre los beduinos de Palestina de aquella época, que esa discusión tenía que ser muy larga y tenía que tardar mucho, porque la familia de la novia si no discutía la dote, parecía que no querían suficientemente a la hija y, por lo tanto, era habitual que se prolongase mucho, hasta entrada la noche o el amanecer casi. Y mientras tanto, novio y novia están esperando. El novio en la misma tienda donde se están haciendo las negociaciones; la novia junto con sus amigas en la tienda donde después se va a hacer la celebración nupcial. Y por lo tanto, el relato del Evangelio es un relato precioso de una boda de la época con un solo detalle: que no hay novia. El Señor no habla para nada de la novia. Y eso es un rasgo cada vez que Jesús habla de bodas. Siempre es un rey que celebraba la boda de su hijo; o sobre si los discípulos de Juan ayunan, pero los suyos no, dice: “Cómo van a ayunar los amigos del novio cuando están con el novio, en la celebración…”.

Jesús se presentó a sí mismo muchas veces, de manera -la más potente de todas-, en la Última Cena, porque todas las palabras de la consagración, de la institución de la Eucaristía son palabras de una alianza nueva y eterna y, en el contexto de la tradición de Israel, esa alianza es una alianza de bodas, sellada con la sangre del novio. Pero entonces, ¿dónde está la novia, Dios mío? Es la Iglesia. Es la humanidad redimida por Cristo. Somos nosotros. Es a nosotros a quienes el Señor se da, comunica su vida, se da con un amor eterno, sella ese amor con su Sangre para unirnos a Él. O mejor dicho, para unirse a nosotros y que podamos vivir en la vida de los hijos de Dios por el Espíritu Santo que Él nos comunica, por la vida nueva divina que Él nos comunica. Y que nos comunica en la vida de la Iglesia, en los Sacramentos, el Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía, cada Misa es una boda y la novia somos nosotros, somos cada uno de nosotros. Por eso, a veces, cosas que parecen bobas en la Tradición de la Iglesia, pequeñitas, que no tienen importancia: se puede venir a Misa en zapatillas de deporte y en chándal, no pasa nada; o se puede celebrar la Misa usando de altar una mochila en lo alto de una montaña, no pasa nada, si lo que acontece es lo mismo: el Señor viene a nosotros. Pero es verdad que viene para darse a nosotros. Y eso explica esa tradición sencilla que había siempre en los pueblos y en las parroquias antiguas: “Me visto de domingo, me visto para la Eucaristía”. De algún modo, ¿por qué? Porque voy a mi boda. No voy de boda. La gente se viste hoy cada vez de manera más complicada a veces para las bodas y las familias se gastan un dineral y se arruinan para vestirse para ir a una boda; no para la propia, también para la propia. Pero si cayéramos en la cuenta de lo que significa, cada Eucaristía es una representación de aquello, la vida nuestra, la vida de la Iglesia.

La Primera Lectura nos invitaba a acoger la Sabiduría. A acoger la Sabiduría no es saber más de matemáticas, aunque no está mal, ni saber mucho más acerca de la población del mundo, o de los países y las capitales, y los ríos y las galaxias, o a saber más de los minerales, y de los elementos y de los compuestos químicos… Adquirir la sabiduría es saber vivir. Y en saber vivir lo más importante es saber quién somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Tener respuesta a esas preguntas, tener una respuesta que permita que la vida humana pueda vivirse con gozo, con paz, con certeza, con una cierta solidez en el camino, y en las fatigas, y en los vericuetos de la vida, eso es tener la Sabiduría.

Y la Escritura nos decía, en la Primera Lectura, que la Sabiduría está a la puerta de cada uno, esperando que le abramos la puerta porque nos desea. Eso lo dice en otro lugar: “Tiene deseo de nosotros”. Quien tiene deseo de nosotros es Cristo, es Dios, es el Hijo de Dios. La sabiduría de la que habla el Libro de la Sabiduría fue identificada inmediatamente por los cristianos con el Verbo de Dios, con el Hijo de Dios. La Sabiduría nos ama. Somos nosotros los que buscamos a veces escapatorias, pero ella nos ama. Y nos aguarda siempre. Siempre, siempre está aguardándonos.

El relato de la boda, y ahí está la sabiduría, describe a las muchachas, a las amigas de la novia que están esperando la llegada del novio y de sus amigos, y ésa es nuestra situación en la vida. Y la Sabiduría ahí es saber que el novio viene. La Sabiduría ahí es la esperanza del cielo, la certeza del cielo. Os decía que la sabiduría consiste en saber de dónde venimos y adónde vamos. Pero es muy importante un elemento esencial: saber adónde vamos. No vamos hacia la muerte. Sí, pasaremos por la muerte. Vamos al Cielo. Viene el Esposo. Vamos al banquete de bodas, al banquete del Reino. Imaginaos un campamento sin cansancio, sin fatigas; la belleza de un amanecer que no pasa nunca; la belleza de una compañía, de unas amistades en las que no hay envidia, en las que no hay egoísmo; un mundo de hermanos sin desconfianza; tratad de imaginaros un mundo de hermanos sin desconfianza, simplemente pensando en las personas que tenemos cerca; ese mundo existe junto a Dios, existe en Dios. Ese mundo no es una utopía. Es una gracia que el Hijo de Dios nos comunica, nos da, de la que nos hace partícipes. Y nos hace partícipes, un poquito, ya, aquí en esta vida. Cuando vivimos en la vida del Hijo de Dios, cuando vivimos en la fe, en la esperanza, en el amor, somos ya un poquito partícipes de esa vida del Cielo, podemos saber, por tanto, que esa vida existe, que no es que no tenga lugar, que no es que no es un ideal soñado por los hombres, en absoluto. Nadie nos habríamos imaginado el Cielo como se abre para nosotros en el Nuevo Testamento. Nadie, nadie en la historia humana habría podido concebir la Jerusalén del Cielo. Como nadie habría podido concebir jamás un Dios que viniese a compartir la miseria humana, la condición de esclavos, hasta la Pasión y la muerte, y una muerte en cruz. Eso no es producto de la imaginación humana, pero si eso ha sucedido, nuestra condición humana ha cambiado. Somos hijos del Cielo. Aguardamos al Esposo que viene. Y tenemos la certeza de que viene. Puede tardar, pero tenemos la certeza de que viene.

Perdonadme que subraye tanto esta necesidad de anhelar el Cielo, de saber que nuestra meta es el Cielo. El Cielo es Dios, no es otra cosa. Nos quejamos mucho de que vivimos en una sociedad sin valores. Uno de los pensadores más finos, quizás el más fino, del siglo XX, dijo que “llevamos dos siglos tratando de imaginarnos una sociedad moral y cómo sostener la vida moral en las sociedades modernas”, y mostraba con toda claridad, con la claridad de un argumento tan firme y tan sólido como un axioma matemático, que a menos que podamos decir cuál es la meta de la vida humana, y que esa meta es una meta que cumple los anhelos profundos de esa vida humana, no podremos construir ningún tipo de moralidad capaz de sostener nuestras sociedades. Estamos abocados a la ausencia de la moral, es decir, a la ley de la selva, al “sálvese quien pueda”, a la ley del más fuerte. Y eso hace imposible una sociedad. Por lo tanto, pensar en el Cielo no es un anhelo devoto o una exhortación piadosa de un obispo que ¿qué va a decir?, o de un sacerdote. No. Es la única manera sobre la que podremos edificar una vida humana verdaderamente sólida, unas relaciones humanas de hermanos, de afecto, de perdón, de misericordia, sin las cuales todos nuestros proyectos sociales son humo, son propaganda vacía, huera, falsa.

Decía que el razonamiento ese es tan simple y tan sencillo casi como un axioma matemático. Para saber si un reloj es bueno, hay que saber para qué sirve un reloj; para poder hablar de bien y de mal en la vida humana, es necesario saber cuál es el fin, el “thelos” (una palabra griega), la meta de la vida humana. Nuestra meta es el banquete de bodas del Cordero. Y además, tenemos la certeza de que esa meta está preparada para nosotros. Sólo nos falta no distraernos, estar en vela, estar despiertos, tener el corazón abierto a esa Sabiduría, decir “¡Señor, ven Señor Jesús!” (vamos a estarlo recordando durante el mes que viene, hasta la Navidad). ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven, Esposo!, que eres capaz de saciar hasta en las raíces más profundas los anhelos del ser humano. Que inventaste el amor del hombre y la mujer para que pudiéramos entender ese Amor Tuyo por nosotros, para que pudiéramos intuir un poco de cómo Tú nos quieres, de la intensidad de la verdad, de la grandeza inefable de tu Amor.

Vamos a pedirLe al Señor que nos abra el corazón, que llamemos a la Sabiduría, que Le digamos al Señor “ven a nuestras vidas” y que edifiquemos nuestro caminar diario, la trama de esas cosas pequeñas que hacemos cada día, con la certeza de que Él viene a nosotros, quiere venir a nosotros. Viene a nosotros ahora en la Eucaristía. Cada Misa es una boda, y en ésta no hay mucho que esperar. Viene a nosotros cada día, para estar con nosotros, quedarse con nosotros, acompañarnos en el camino de la vida.

La actitud cristiana en la oración es dar gracias, siempre. La actitud cristiana en la vida es estar llenos de gratitud, siempre. ¿Por qué? Porque Tú, Señor, eres fiel y nos acompañas todos los días, todos los días hasta el fin del mundo.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

12 de noviembre de 2017
S.I Catedral
XXXII Domingo del Tiempo Ordinario


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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 14 Nov 2017 12:34:21 +0000
Bajo tu manto, Virgen de las Angustias http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41297-bajo-tu-manto-virgen-de-las-angustias.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41297-bajo-tu-manto-virgen-de-las-angustias.html Bajo tu manto, Virgen de las Angustias

Homilía Mons. Martínez en la Eucaristía celebrada en la S.I Catedral con motivo del VII Congreso Nacional de Hermandades y Cofradías de Virgen de las Angustias.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, nacida de su costado abierto el día de Viernes Santo, Pueblo santo de Dios;
muy queridos sacerdotes concelebrantes;
Hermano Mayor, Junta de gobierno, Comisario, Mayordomo de la Hermandad de Nuestra Señora de las Angustias de Granada;
muy queridos Hermanos Mayores, Juntas de gobierno de tantas Hermandades de las Angustias, que habéis venido de distintas partes de la geografía española, para celebrar juntos este VII Congreso de Hermandades de la Virgen de las Angustias;
Hermanos y Juntas de gobierno de las Hermandades, o de las parroquias donde están situadas la Imagen de la Virgen de las Angustias, de Motril, de Pinos Puente, de Nigüelas, de la parroquia de San Andrés de Granada;
y muy queridos hermanos y amigos todos:

Nos ha concedido el Señor poder celebrar, esta preciosa mañana, la Eucaristía con la compañía de la Patrona, Reina y Madre de Granada, Nuestra Señora de las Angustias, tan querida por todos.

Le damos gracias al Señor por ello. Le damos gracias por todas las ocasiones en que hemos podido experimentar la belleza de estar juntos, la dulzura –como dice el Salmo- y la delicia de convivir los hermanos unidos. Cuánto gozo. Siempre, siempre, siempre, en torno a la Imagen de Nuestra Madre, a la Imagen de Jesús, crece una especial conciencia de que somos una familia, de que somos un pueblo. Un pueblo hecho de todos los pueblos. Un pueblo reunido por nuestro Padre Dios mediante la entrega y el amor de su Hijo Jesucristo, y precedidos siempre, en esa entrega y como ejemplo y espejo en el que podemos ver nuestra propia vocación -la vocación de la Iglesia-, la figura de la Madre de Jesús, que el día de Viernes Santo, y antes de morir, Él nos entregó a la Iglesia y a cada uno de nosotros como Madre del Cielo, para que nos acompañe en el camino de la vida y para que nos proteja. Nos proteja bajo su manto, como tantas veces se representaba en la Edad Media el pueblo cristiano bajo el manto de la Virgen y para que su llanto intercede por nosotros, pecadores, ante Cristo y ante nuestro Padre del Cielo. (…)

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

5 de noviembre de 2017, S.I Catedral
Santa Misa del VII Congreso Nacional de Hermandades y Cofradías de Virgen de las Angustias


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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 13 Nov 2017 12:38:23 +0000
Un corazón bueno http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41296-un-corazón-bueno.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41296-un-corazón-bueno.html Un corazón bueno

Homilía de Mons. Martínez en la Eucaristía con el Movimiento Familia Albertiana de Granada, tras el Encuentro que ha tenido con ellos. Durante la homilía, Mons. Martínez conversa con los niños.

Esto que ha contado Jesús en el Evangelio de hoy yo creo que no es muy difícil imaginarse cualquier escena parecida en casa. Dicen papá o mamá: “A ver, ¿quién recoge la mesa?”. Y uno está viendo la tele y dice: “Yo voy, yo voy”, y sigue viendo tele, sigue viendo tele. Y otro que en la misma situación: “A ver, ¿quién recoge la mesa?”. “Ay, qué pesadez, mamá, siempre lo mismo, siempre me toca a mi, mira éste está viendo la tele”; pero a regañadientes la recoges. Al final, ¿qué vale más, el que ha dicho “ya voy, ya voy”, y no se ha movido, o el que a regañadientes pero va y lo ha hecho? ¿Cuál es mejor de los dos?

¿Sabéis lo que quiere enseñarnos el Señor al contarnos esta historia? Una cosa muy importante. ¿A que a todos nos gusta que nos tengan por buenos? Claro. Y nos gusta parecer buenos. A lo mejor, estamos haciendo una trastada y viene la seño en clase y nos ponemos de otra manera para que no se entere que estamos haciendo una trastada, que estamos haciendo algo que ya nos han dicho que no hay que hacer, para que piensen que no éramos nosotros.

El Señor lo que quiere enseñarnos; en realidad, lo que quiere enseñarnos en las lecturas, porque esto de la historia del Evangelio lo habéis comprendido vosotros pero la primera lectura también iba de lo mismo un poco, es decir, es un reto a nuestra libertad. Con el Señor no podemos jugar a parecer buenos. A lo mejor, con la seño sí parecemos más buenos de lo que somos. Papá y mamá nos conocen muy bien y, entonces, resulta muy difícil hacer que crean que somos buenos cuando no lo somos.

Lo que dice el Señor es que con Él no, no vale. Él no quiere que parezcamos buenos delante de Él. Él quiere que nuestro corazón sea bueno. Ante Dios no valen las apariencias. Incluso, podemos protestarle, pero lo que importa es que nuestro corazón sea bueno. Y no vale de nada que parezcamos buenos cuando nuestro corazón es malo. Eso se lo decía el Señor a los Sumos Sacerdotes y a los ancianos del pueblo, que eran gente que eran los responsables, tenían que parecer buenos siempre. Les decía: “Si sois sepulcros blanqueados…”. ¿De qué están llenos los sepulcros? De cadáveres. Por fuera los pintan muy bonitos, los blanquean y parece que son muy bonitos, pero siguen llenos de cadáveres. Él les decía a los fariseos: son sepulcros blanqueados (muy bonitos por fuera y llenos de podredumbre por dentro). Y el Señor dice: no, que no hay que corregir lo de fuera, que no hay que parecer buenos, que lo que hay que hacer es serlo; que a mi no me importa que parezcáis buenos, yo quiero que sea bueno vuestro corazón, porque es del corazón de donde salen las cosas malas. Y otra vez les decía (esto lo ha dicho de muchas maneras, era una cosa en la que Jesús insistía mucho): “un árbol bueno da frutos buenos, un árbol malo da frutos malos”. Ahora, porque nosotros que somos de ciudad a lo mejor no tenemos mucha posibilidad, pero cuando el Señor habla de “malos frutos”, un árbol malo da frutos que son venenosos (que los hay, que en su tierra los había); un árbol bueno da frutos dulces, que se pueden comer y que son una alegría comerlos.

El Señor lo que quería es que sea bueno nuestro corazón porque las obras que salgan de un corazón bueno, a lo mejor no son todo lo buenas que nos gustaría; a lo mejor es que no llegamos a más, pero son buenas. Si nuestro corazón es bueno, son buenas aunque lleguemos poquito. Y en cambio, el que se esfuerza sólo para que lo exterior parezca muy bueno, muy bueno pero no cambia el corazón, al final los frutos son malos. Termina saliendo lo que somos por dentro. Con el Señor no podemos jugar a eso.

Le pedimos al Señor hoy que a todos nos ayude a suplicarLe que nuestro corazón sea bueno, porque no basta con que parezca que hacemos cosas buenas, que nos preocupamos de los que sufren, que ayudamos al que más lo necesita, que parezca que es así. No. Que nuestro corazón sufra con el que sufre, que sepamos querer al que necesita un poquito de nuestro cariño. Se lo pedimos al Señor. Que sea nuestro corazón el que sea bueno. Por eso dice que algunos por fuera son muy malos. Los dos ejemplos que pone: las prostitutas y los publicanos, unos ladrones oficiales que se dedicaban a robar a la gente y así con motivo de los impuestos (es un oficio que ya no existe hoy pero existía en el tiempo de Jesús), gente que era considerada como muy mala y dice: “Algunos de esos tienen el corazón más bueno que vosotros”.

Eran gente que estaba muy mal considerada, y sin embargo, Jesús las cuidó expresamente. Y lo mismo los publicanos. Los publicanos eran ladrones. Nadie entraba, ningún judío bueno entraba en casa de un publicano nunca. Porque si entraban en casa de un publicano, era como apostatar casi de la fe judía. Era un oficio proscrito. Y Jesús entró. ¿Os acordáis de Jericó, de uno bajito que se subió a un árbol? Era el jefe de los publicanos de Jericó, era una gran ladrón. Sin embargo, el Señor entró en su casa, provocando un gran escándalo entrando en casa de un publicano. Decían: “Éste entra en casa de publicanos y come con ellos”.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

30 de septiembre de 2017
Colegio Sagrada Familia

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 13 Nov 2017 12:37:22 +0000
“Venerar a los santos es venerar el triunfo de la Gracia” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41264-“venerar-a-los-santos-es-venerar-el-triunfo-de-la-gracia”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41264-“venerar-a-los-santos-es-venerar-el-triunfo-de-la-gracia”.html  “Venerar a los santos es venerar el triunfo de la Gracia”

Homilía en la Eucaristía en el día de la memoria litúrgica de los mártires del siglo XX, en la Jornada de Formación Permanente del Clero, con la asistencia de fieles, en presencia de las reliquias del beato Andrés Molina Muñoz.


Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios, reunido hoy para venerar los restos del beato Andrés Molina, que retornan a su parroquia, para ser depositados allí, venerados allí;

muy querido D. Ángel, sacerdotes concelebrantes (saludo especialmente a los que sois naturales de aquí: son un buen grupo, son siete, lo cual habla también de la fecundidad de esta comunidad cristiana, de esta comunidad parroquial);
familiares de D. Andrés, que habéis venido de otros lugares;
hermanos y amigos todos:

Es una dulzura el convivir los hermanos unidos –dice el Salmo-. Es un gozo estar juntos. Y es un gozo estar juntos para dar gracias a Dios por la glorificación de un hermano nuestro, nacido de nuestro pueblo, nacido de nuestra carne, como nosotros, sin duda también portador de cualidades y portador de defectos. Y sin embargo, cuya vida es un testimonio de que -como dice también otro pasaje de otro Salmo- “Tu Gracia vale más que la vida”.

Quiero subrayar este aspecto porque me parece especialmente importante. Nosotros estamos acostumbrados a celebrar a los artistas, a los grandes -según las medidas del mundo-, a los atletas, que son triunfadores, que han batido un record. Y diariamente, nuestro espacio comunicativo está lleno de elogios a personas que han sido destacados de alguna manera. Espontáneamente, a base de celebrar las cosas así, tendemos en los santos a celebrar sus virtudes, y además tendemos también fácilmente a tratar de explicar esas virtudes: nació en una familia muy cristiana, sus padres desde niño le enseñaron a querer al Señor, era muy bueno… Y los padres con frecuencia valoramos así a los seres humanos. En los santos, claro que hay virtudes, virtudes cristianas. Pero las virtudes cristianas nacen todas de la Gracia, también las que llamamos humanas, porque todo lo que somos lo hemos recibido, absolutamente todo lo que somos. Ésa ha sido la gran enseñanza verdaderamente radical de San Agustín. Absolutamente todo: los dones naturales, las cualidades, las capacidades humanas, incluso la capacidad de desarrollarlas -porque hay muchas personas en la historia llenas de capacidades y que no han tenido nunca la posibilidad de desarrollarlas adecuadamente; o las circunstancias de su vida, o del entorno, o de las personas que lo rodeaban, han impedido que se desarrollarán-.

Todo lo que somos lo hemos recibido del Señor. Por lo tanto, quiero decir: no veneramos las cualidades de una persona. No lo proclamamos, en un cierto sentido, sólo como proclamamos a los atletas o a los grandes que han triunfado. Claro que elogiamos su fe, sin duda. Pero la fe es una virtud teologal. Si algo nos ha enseñado el catecismo de niños, el catecismo de nuestras parroquias, es que la fe es un don de Dios, lo cual tiene una cosa buena y es que nos impide juzgar a quienes no la tienen, nos impide ponernos por encima de los que no tienen fe, nos impide mirar a los hombres que no tienen fe como si nosotros fuéramos superiores, como si nosotros fuéramos mejores. Cuánto resentimiento el que hay a veces en el mundo contra la Iglesia, cuánto de ese odio -del que hablaba el Evangelio- nace justo de que los que no son cristianos perciben en nosotros no la gratitud de haber recibido un regalo sin ningún mérito nuestro, sino una especie de sentimiento de superioridad sobre los demás que nos permite juzgarlos. Algo que prohibió el Señor en el Evangelio: “No juzguéis y no seréis juzgados”. Pero cuántas veces nosotros nos situamos, y usamos incluso la figura de los santos y la figura de los mártires para echarles en cara a los que no creen… Cómo puedo yo echar en cara algo que en mí es un regalo.

Cuando yo voy a la cárcel -suelo ir una vez al año por lo menos-, siempre, siempre, siempre, siempre, la mirada de quienes están en la cárcel, que son delincuentes, que algunos me han confesado a mi mismo, en las ocasiones en las que voy a visitar, el haber cometido un homicidio, porque te preguntan: ¿pero podrá haberme Dios a mi perdonado cuando uno ha cometido un homicidio, o más, muchos homicidios? Y les digo: si yo no estoy con vosotros…, yo no he hecho nada para no ser yo el delincuente, porque yo no he escogido a los padres que el Señor me dio; yo no he escogido el haber crecido en un ambiente cristiano; yo no he escogido, me lo ha puesto el Señor; yo no he escogido las amistades que me han acompañado y que me han sido testimonio en la fe en mi vida y que me han hecho, en los momentos de dificultad, posible el saber que, pase lo que pase, Señor, Tú estás presente, Tú triunfas, Tu Amor y Tu misericordia triunfan sobre todas nuestras mezquindades, sobre todas nuestras pequeñeces, sobre todos nuestros juicios.

Honrar a un santo (y repito, me parece muy importante recordarlo y nos olvidamos de recordarlo)… No hace mucho el Papa Francisco decía: el gran peligro de nuestra Iglesia en estos momentos es el pelagianismo -nos hablaba José Carlos, hacía referencia él al hablar de San Agustín-. ¿Qué es el pelagianismo? Pensar que la salvación es una cosa que hacemos nosotros; que la salvación es un esfuerzo moral que hacemos nosotros. Y eso lo tenemos metido en la sangre de siglos. Y venimos a la iglesia para aprender a ser mejores, y para hacer más esfuerzo, y para comprometernos más. Y cuando miramos a los santos, miramos el ejemplo que nos dan para que nos comprometamos más. Y cuando hablamos de la fe, hablamos de la fe como si fuera una cosa subjetiva, algo que nace en nosotros sin la conciencia de que la fe es un don para todos, sólo por el hecho de que no la hemos inventado nosotros. La hemos recibido, todos, sin excepción, de nuestras madres, de un pueblo cristiano, de testimonios vivos de esa comunidad cristiana.

Por lo tanto, venerar a los santos es venerar el triunfo de la Gracia. En los tiempos de persecución también ha habido la tendencia de decir “¡vamos a ser mártires!”. Y la Iglesia ha reprobado eso siempre. El martirio es una Gracia de Dios. No se busca, no se pretende, se lo encuentra uno. La Gracia se la encuentra uno siempre, no es fruto de un proyecto humano. Qué equivocado es eso cuando uno dice “yo me voy a proponer ser santo”. Pero, ¿qué te han enseñado a ti de la fe? Es decir, cuando uno ha recibido la Gracia lo que Le pide al Señor es “Señor, no me abandones, que no me pierda”. Es lo que pide la Iglesia cuando ora. O tengo certeza de que Tu misericordia no me abandonará a pesar de todo, y a pesar de mis pequeñeces, y a pesar de mis miserias (que son muchas, siempre son muchas, en cualquiera de nosotros, en unos se ve más en otro se ve menos). Y la distancia entre nosotros y la vida que el Señor nos da es infinita para todos. Un infinito más largo y un infinito más pequeño siguen siendo los dos igual de infinitos. Por lo tanto, nuestra diferencia entre unos y otros es mínima en cuanto a cualidades. No hay nadie que merezca el Cielo. No hay nadie que merezca –por así decir- la santidad. Cuando la Iglesia reconoce las Virtudes Heroicas, las virtudes cristianas, incluso las virtudes morales, son dones de Dios. Es una humanidad enriquecida, fecundada, hecha bella, hecha floreciente por la Gracia de Dios.

Por lo tanto, hoy damos gracias al Señor. Y damos gracias al Señor porque nos ha puesto cerca tantos testigos. De esa manera los testigos serán fecundos. Si hacemos de ellos simplemente ejemplos a imitar, concibiendo su imitación como un esfuerzo humano para imitar unas cualidades humanas -aunque esas cualidades humanas sean lo que llamamos fe, lo que llamamos esperanza, lo que llamamos cualidad, pero lo entendemos como cualidades humanas- estamos perdidos. Nuestra vida como Iglesia seguirá siendo estéril, no llegará a nadie porque uno dice “es que tú eres así de bueno” o “es que esta persona es muy buena”. Si no se trata de ser buenos. Se trata de acoger la Buena Noticia, el don de Dios. “Si conocieras el don de Dios”. Se lo decía a una mujer que llevaba cinco maridos, estaba viviendo con uno que no era su marido, y le dice el Señor: “Si conocieras el don de Dios, tú me pedirías a mi dame de beber”.

Señor, somos hijos tuyos. Nos hemos criado en la Iglesia. Todos somos -quienes estamos aquí-, todos conocemos, hemos sido educados en la fe cristiana. Pero a veces es como si nos faltara la clave. La clave es que la vida cristiana no es algo que hacemos nosotros por Ti; es algo que Tú haces por nosotros y que nosotros, Señor, si Tú nos das la gracia, acogemos para vivir gozosos, contentos, rebosantes de alegría y de gratitud. ¿Por qué se llama la Eucaristía, Eucaristía?, ¿por qué cuando rezamos, rezamos siempre para dar gracias?, ¿por qué en el funeral de un niño decimos que “es justo darte gracias” y que “es nuestro deber y salvación”? cuando ese niño se ha ido de junto a nosotros en la flor de la vida, antes incluso de florecer quizás en muchos casos. Y sin embargo, Te damos gracias. ¿Cómo es posible eso? Porque es Tu Gracia la que nos acompaña siempre; es Tu Gracia la que nos sostiene en la esperanza; es la certeza de que Tu Amor vence a la muerte, lo que es realmente la roca sobre la que podemos edificar nuestra casa, es decir, nuestra humanidad. Ser cristiano es poder dar gracias.

José Carlos nos enseñaba cómo San Agustín nos enseña a no tener miedo a afrontar la muerte y a afrontar las angustias. Quienes hemos conocido un poco la vida de la Madre Teresa sabemos que pasó por largas noches oscuras de temor, de silencio de Dios. Pero el miedo a la muerte no es algo que excluya la santidad. Y eso es una belleza de enseñanza riquísima de San Agustín. Santa Teresa de Lisieux, Doctora de la Iglesia, estaba literalmente asediada por el temo, y sin embargo es la santa del camino pequeño, la santa que enseña justamente a confiar en medio de la noche, a confiar sin límites. Ése es el camino pequeño: confiar sin límites. Que todo es gracia. Si uno tuviera que resumir la enseñanza de Teresa de Lisieux: todo es gracia, todo es gracia.

La Gracia nos “primerea”, dice el Papa Francisco, una y otra vez. El Señor nos “primerea”. En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios. Pero quién es tan presumido, y tan estúpido, y tan vano como para creerse que nosotros podemos amar a Dios. El amor consiste en que Dios nos ha amado primero. Y la experiencia de ese Amor hace, a veces, florecer en nosotros unas gotitas de amor. Y esas gotitas de amor son tan bellas, pero son fruto de un océano de Amor que nos rodea por todas partes y que nos precede; que precede al más pequeño gesto de amor que yo podría hacer, incluso al deseo de hacerlo. “No me desearías -decía el propio San Agustín- si no me hubieras encontrado”. Si yo soy capaz de desear ser un buen cristiano, de desear vivir como un hijo de Dios, si yo soy capaz, tengo el deseo de serlo aunque no lo sea, ese deseo ya es Gracia Tuya, ya es regalo Tuyo, ya es algo por lo que puedo darTe las gracias, porque quien es capaz de ver su propio mal ya no pertenece a ese mal, tiene los ojos en otro lugar desde el que lo puede ver. Quien no ha recibido esa Gracia ni siquiera ve el mal. Y eso es lo que pasa en nuestro mundo muchas veces. También lo decía un pensador como Kierkegaard: “El hombre verdaderamente desesperado se nota en que no es capaz de darse cuanta de que lo está”. Quien es capaz de darse cuenta de la propia desesperación ya ha recibido una gracia, ya ha recibido un don.

Señor, que toda nuestra vida sea agradecerte. (…)

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

6 de noviembre de 2017
Parroquia Nuestra Señora de la Cabeza (Ogíjares)

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Fri, 10 Nov 2017 13:23:19 +0000
La criatura más bella. Carta Pastoral en el Día de la Iglesia Diocesana http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41187-la-criatura-más-bella-carta-pastoral-en-el-día-de-la-iglesia-diocesana.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41187-la-criatura-más-bella-carta-pastoral-en-el-día-de-la-iglesia-diocesana.html

Carta Pastoral del Arzobispo en el Día de la Iglesia Diocesana, que se celebra el 12 de noviembre de 2017, con el lema "Somos una gran familia contigo".


Muy querida Iglesia del Señor que peregrina en Granada,
Queridos religiosos y consagrados, sacerdotes, fieles cristianos laicos,

La celebración del día de la Iglesia diocesana, el próximo domingo día 12 de noviembre, es siempre un motivo dichoso de reflexión sobre la naturaleza de nuestro “ser Iglesia” en este momento de la historia. Es también un motivo de fiesta para nuestras comunidades que peregrinan unidas a la llamada de Cristo nuestro pastor. El misterio de la Iglesia, esto es, el misterio de la redención de Cristo, se hace presente en su integridad, como recuerda el Concilio, en la Iglesia particular o diocesana, esto es en cada diócesis, donde la sucesión apostólica constituye la garantía de la contemporaneidad de Cristo en su acción sacramental y en la comunión de todos, esa comunión que es esencial a la misión que hemos recibido del Señor: anunciar la alegría del Evangelio a todos los hombres.

La unidad en la fe y en la caridad son parte esencial de ese “evangelio”, de esa “buena noticia” que el mundo necesita, aunque no sea consciente de ello. Y tal vez de manera especial en nuestro mundo de hoy, desgarrado por un deterioro muy profundo de lo humano, y por unas fuerzas, por unos poderes, que favorecen la dispersión y la fragmentación de lo humano en todas sus dimensiones.

Aquí nos es útil retomar la imagen del cuerpo, que San Pablo usa en varias ocasiones como imagen de la Iglesia (Rom 12, 4-8; 1 Cor 12, 12-30; Ef 1, 22-23; 5, 23 Col 1, 18. 22-24; etc). Y esa imagen tiene en la vida de la Iglesia aplicaciones diversas, todas igualmente ricas en verdad y en gusto, porque la verdad nunca es fría y abstracta, sino un atractivo lugar de sosiego para el caminante, esto es, para nuestros corazones “inquietos”.

La primera de esas aplicaciones, bella y llena de poder sanador, es que el cuerpo es siempre el acceso a la persona, a ese misterio insondable y único que es cada persona, precisamente por ser imagen y semejanza de Dios. El cuerpo es el medio insuperable de la comunicación entre las personas humanas. Nunca podemos prescindir de él, ni siquiera en nuestro pensamiento (que también está hecho de palabras, y por lo tanto, de cosas escritas o habladas). Por otra parte, sin la persona que lo vivifica y lo anima, que lo hace literalmente “amable”, esto es, digno de amor, el cuerpo es nada más que un cadáver.

Aplicado a la Iglesia, este aspecto de la imagen del cuerpo significa, sencillamente, que la Iglesia es para el mundo el medio y el instrumento del encuentro con Cristo. Eso implica también que la Iglesia no es nada sin Cristo, pues es Cristo quien nos da la vida en ella y por ella, y es Cristo quien se une a nosotros y “vivifica nuestros cuerpos mortales” en ella y por ella. ¡Qué alegría saber que somos miembros del cuerpo de Cristo! Que, como decía también San Pablo, “vivo yo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Y eso significa también que toda la misión y la razón de ser de la Iglesia, cuerpo de Cristo, es que en ella —en nosotros— los hombres y las mujeres de nuestro tiempo puedan encontrar a Cristo. Eso es lo que se quiere decir cuando se dice que la Iglesia entera es en Cristo como un sacramento, esto es, como un signo de la redención de Cristo ya realizada, como una señal que invita y llama, que atrae hacia Cristo. Atrae porque es el cuerpo de Cristo y en la medida en que es y vive como cuerpo de Cristo.

Otro aspecto de la imagen del cuerpo pertinente aquí —y que los textos de San Pablo subrayan con mucha fuerza—, es la unidad de los diferentes miembros del cuerpo. Este es un aspecto que subraya especialmente el capítulo 12 de la Primera Carta a los Corintios. Los miembros del cuerpo son muchos, y no son todos iguales, pero todos viven a una, todos responden a una, todos actúan a una para bien del cuerpo. A la alegría de ser en la Iglesia miembros de Cristo, se une la alegría de ser “miembros los unos de los otros” (Rom 12, 5). Y cada miembro se alegra del bien de los demás. No quiere el ojo que todo el cuerpo sea ojos, ni las uñas que todo el cuerpo sea uñas. Cada miembro, y así cada comunidad cristiana, cada carisma, se alegra de que existan otros miembros, otros carismas, en el pueblo de Dios, y dese sobre todo el bien del cuerpo. En este caso, el bien del cuerpo es que la unidad del cuerpo ponga de manifiesto la unidad y el amor de las personas en el único Dios (“Padre, que todos sean uno… como tú en mí y yo en ti… para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17, 21). Cada uno en su esplendor es reflejo del creador, a la vez que un don inapreciable para el otro. Cada uno contribuye, “en la comunión del Espíritu Santo”, con sus dones únicos y hasta con sus límites, a la belleza del cuerpo, al ser del cuerpo en su plenitud, que en el caso de la Iglesia, aplicando la imagen, significa que nuestra unidad ha de transparentar, ha de dejar ver, ha de dar a conocer el amor infinito de Dios a los hombres, al mundo, revelado, entregado en Cristo.

La belleza de la diversidad de carismas reside en que cada miembro enriquece a la unidad de la Iglesia sin menoscabo de sí mismo, sino que su luz particular irradia mayor luminosidad a través de la comunicación de la gracia de la que todos participan y de la que a la vez se benefician.

Por último, la imagen preferida, tanto en el Nuevo Testamento como en el Concilio Vaticano II, de la Iglesia como cuerpo de Cristo, nos recuerda también que la unidad a la que Cristo y el Espíritu Santo de Dios nos introducen en y por la Iglesia es una unidad que trasciende otras “unidades” menores; el “nosotros” en el que somos introducidos es un nosotros nuevo, la pertenencia en la que somos acogidos es una pertenencia nueva, y esa pertenencia es la más grande, la más liberadora, la definitiva, una pertenencia que trasciende todas las otras pertenencias temporales, provisionales, por más bellas y buenas que sean.

Esa unidad trasciende, como ya recordaba Jesús en su enseñanza (Mt 10, 37/Lc 14, 26), la pertenencia de la familia temporal, de nuestra familia humana y carnal, porque por Cristo y en Cristo somos introducidos en la familia de Dios, somos hechos “hijos en el Hijo”, “herederos de Dios y coherederos de Cristo” (Rom 8, 15-17). Quien tiene esa unidad trasciende también todas las pertenencias de nación y de patria, como nos recuerda ya la primera mañana de la manifestación de la Iglesia en el relato de Pentecostés. Somos un nuevo “pueblo, hecho de todos los pueblos”, como les gustaba recordar a los cristianos de los primeros siglos. Y no tenemos aquí patria o nación permanente, sino que en todas somos forasteros, y cualquier sitio en que vivamos nos sirve de patria (Carta a Diogneto).

Y eso porque nuestra verdadera patria, el hogar al que de verdad pertenecemos, es el cielo, donde Dios será “todo en todas las cosas” (1 Cor 15, 28). Ese hogar, es patria, es Dios mismo, el “Dios que es amor” (1 Jn 4, 16). Y mientras tanto, conviene que vivamos como describe la Carta a los Hebreos que vivían los hombres de fe, “como extraños y forasteros sobre la tierra”. Y añade: “los que tal dicen van en busca de una patria (…) no aquella de la que habían salido”, sino que “aspiran a una mejor, a la celestial. Por eso Dios no se avergüenza de ellos, de ser llamado Dios suyo, pues les tiene preparada una ciudad…” (Heb 11, 13-16). Esa ciudad es la Jerusalén del cielo, la esposa del Cordero (Apo 21, 9-27).

Pero esa ciudad ya existe incoativamente en esta tierra, y ya formamos parte de ella quienes formamos el cuerpo de Cristo, quienes formamos la Iglesia, quienes nos alimentamos del Cuerpo del Señor en la Eucaristía. Cristo, el Cordero degollado, digno de desvelar la entraña y de abrir los sellos de la historia, ha “comprado con su sangre, para Dios, hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación”, y ha hecho “de ellos para nuestro Dios, un reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra” (Apo 5, 9-10). Ése es el Cuerpo de Cristo. Esa es la humanidad nueva.

La novedad de ese pueblo que es la Iglesia —que es la vida de Cristo en ella— genera una pertenencia que hace saltar, quitándoles su condición de pertenencias definitivas, determinantes, todas las otras pertenencias y distinciones que son meramente obra del hombre, o que, por más justificadas y nobles que sean, han sido convertidas en divisiones, en separaciones, en motivos de odio y de resentimiento por obra del pecado. De nuevo, podemos decirlo con palabras de San Pablo: “Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer; ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3, 27-29). San Pablo dice esto varias veces, con palabras ligeramente distintas, porque sabe lo arraigada que está en el hombre la tendencia a dividirnos, a separarnos, a poner fronteras y levantar muros. “Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se va renovando (…) según la imagen de su Creador, donde ya no hay griego ni judío, circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos” (Col 3, 9-11).

Recuperar la conciencia de Iglesia como Cuerpo de Cristo, volver a meditar estos pasajes de la Palabra de Dios nos es particularmente necesario en estos momentos de la vida de la Iglesia y de la historia del mundo, y también de España. Estos pasajes nos ayudan de cara a las fracturas que se abren entre nosotros, y nos ayudan de cara a un mundo —el mundo del capitalismo global—, en el que en cualquier ciudad vivimos personas, hombres y mujeres, de muchos pueblos, de muchas pertenencias nacionales, lingüísticas, raciales, culturales y religiosas. Quiera concedernos el Señor que, como Iglesia de Granada, vivamos desde aquí, desde la mirada y desde el corazón de Cristo, y desde ahí juzguemos el presente, y desde ahí podamos construir el futuro como hijos de Dios.

Volvemos al Concilio Vaticano II. En uno de sus textos claves, en uno de sus textos fundamentales, el Concilio afirmaba que “Cristo es la luz de las naciones”. Y que la Iglesia es la prolongación en la historia de Cristo y de la obra de Cristo. “La iglesia es en Cristo como un sacramento o señal de la vocación del hombre a la íntima unión con Dios y a la unidad de todo el género humano” (Constitución Lumen Gentium, 1). Misterio, sacramento: en el lenguaje cristiano son palabras que indican una realidad creada, corporal, material, temporal, en la que se hace presente lo eterno, lo definitivo, lo perdurable. La Iglesia, cuerpo de Cristo, templo del Espíritu Santo, es el regalo más grande que Dios nos ha hecho; es la criatura más bella de la creación de Dios, porque Dios mismo habita en ella. Esta es nuestra fe, es cierto. ¡Pero cuánto camino no tendremos que hacer, cuánto camino no nos falta por hacer para recuperarla, para ofrecérsela al mundo —para no vivirla en primer lugar nosotros mismos— rebajada, adulterada!

Os deseo a todos un feliz domingo en esta celebración del Día de la Iglesia Diocesana.

+ Francisco Javier Martínez Fernández
Arzobispo de Granada

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 07 Nov 2017 13:05:03 +0000
La pertenencia a Cristo, esencial a la experiencia cristiana http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41073-la-pertenencia-a-cristo-esencial-a-la-experiencia-cristiana.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41073-la-pertenencia-a-cristo-esencial-a-la-experiencia-cristiana.html

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía en la Solemnidad de Todos los Santos, celebrada el 1 de noviembre de 2017 en la S.I Catedral, a la que han asistido seminaristas menores y formadores de los Seminarios Menores de las Provincias Eclesiásticas.



Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;
muy queridos sacerdotes concelebrantes;
queridos seminaristas;
queridos hermanos y amigos todos:

Esta fiesta es una fiesta preciosa, llena de luz, llena de gozo. Es una explosión de alegría. En el marco de la liturgia, en el marco de lo que los cristianos celebramos, de lo que la Iglesia vivimos, es un gozo inmenso, porque nos pone la mirada, en primer lugar, en que pertenecemos a un pueblo de santos. Pertenecemos a un pueblo precioso, en el que hay una innumerable multitud, que nadie podría contar, de toda raza, lengua, pueblo, nación. Ésa es, mientras vamos de camino, la Iglesia del Señor. Y en el Cielo aguardamos pertenecer a esa compañía preciosa de los redimidos por la Sangre, por el amor infinito de Cristo, de todos aquellos que han sido purificados por ese Amor, acogidos en la comunión y en la vida divina, y a través de la herida del costado abierto de Cristo. Acogidos en la compañía de Dios, en la amistad de Dios, en la familia de Dios.

El Señor asumió nuestra carne y abrió los brazos para abrazar a la humanidad entera. Y en ese abrazo nos comunica su Espíritu y nos da una vida nueva, la vida de los hijos de Dios. Esa vida que ya es preciosa aquí. Qué cosa tan grande que somos hijos de Dios. Y no sólo que lo digamos, no es una palabra bonita –viene a decir San Juan-: lo somos. Somos hijos de Dios. Y eso que aún no se ha manifestado en plenitud lo que seremos cuando veamos la Esposa de Cristo, la Jerusalén del Cielo, esa ciudad, esa patria, esa nación a la que pertenecemos por derecho de conquista, porque nos ha
-literalmente- conquistado el Señor. Y por eso Le llamamos Señor, porque somos suyos y, siendo suyos, somos hijos de una vida nueva, miembros de una familia nueva, partícipes de una comunidad nueva, hecha de todos los hombres. A los cristianos de los primeros siglos les gustaba decir que la Iglesia era una nación hecha de todas las naciones, un pueblo hecho de todos los pueblos, una comunidad en la que la pertenencia a las distintas naciones, o polis, o familias pasan a ser algo secundario, desde el día de Pentecostés, desde el día primero de la Iglesia.

Me parece algo relevante a recordar en este momento. Nuestra pertenencia fundamental para quienes hemos conocido a Cristo es Cristo. Y es la comunidad de los santos, es la comunidad cristiana, es el pueblo cristiano, que es la criatura más bella que hay sobre la tierra, por mucho que en ese pueblo haya heridas, pecados… que los hay. Pero está siempre la Presencia fiel de Cristo, cuando reconocemos a Cristo como Señor y Salvador, realmente; cuando reconocemos que su Presencia y su don en nosotros es lo más precioso que hay, para cualquier hombre, incluso para aquellos que no lo conocen, incluso para aquellos que creen que eso es una cosa a despreciar o a eliminar, y que se consideran enemigos de la Iglesia (no son enemigos, la Iglesia no considera a ningún ser humano como enemigo). Cristo en su abrazo en la cruz no excluye a nadie. Es más, acoge en ese momento a una persona que, cuando se decía ladrón en aquella época reflejaba probablemente lo que hoy llamaríamos un terrorista, y le hace la promesa más bella, simplemente por haber reconocido que allí estaba Dios de una manera especial, y le pide al Señor: “Señor, acuérdate de mi”. Basta eso. Y Jesús le hace la promesa: “Estarás conmigo en el Paraíso”.

Los brazos abiertos de Cristo se dirigen a todos los hombres. Y el pueblo que nace en Pentecostés es un pueblo hecho de todas las razas, de todas las naciones. Esta mañana veía yo un vídeo que me mandaron de unos cristianos de los que tuvieron que abandonar Iraq y que ahora están, gota a gota, empezando a volver a aquellos pueblos que estuvieron en propiedad de ISIS. Decían “volvemos a Iraq, volvemos a nuestra patria. Somos cristianos. No renunciamos a nuestra fe. Todo lo contrario. Volveremos a construir un pueblo cristiano de donde hemos sido expulsados”.

Es verdad que la Iglesia está hoy en todo el mundo. Es muy importante recordar esto. Y recordar también que la fe es menos una serie de creencias que una pertenencia. Los apóstoles, cuando el Señor se despidió de ellos, no sabían muchas cosas de las que sabemos hoy por veinte siglos de Tradición cristiana, y por veinte siglos en que la Iglesia ha ido precisando, articulando y enriqueciendo la experiencia de la fe. Pero, ¿qué es lo que tenían los apóstoles? El Espíritu Santo y la certeza que también provenía del Espíritu Santo que el Señor les había dado ya antes de su Pasión: “Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”.

La pertenencia a Cristo y la permanencia en aquel grupo es esencial a la experiencia cristiana. No tenemos mucha conciencia de eso. Pensamos que a veces es afirmar ciertas cosas y negar otras, aceptar ciertos principios morales y apartarse de otros. No. Pertenecer a un pueblo. Ojalá los cristianos recuperásemos esa conciencia de que perteneciendo a esta familia, simplemente acompañando a esta familia en su caminar, dejándome guiar por los guías que el Señor ha puesto para esta familia, especialmente por el Santo Padre, caminamos y caminamos. ¿Hacia dónde? Es el otro aspecto precioso que nos recuerda la fiesta de hoy: el Cielo. El Cielo no es el azul que vemos, ni es –como se describe muchas veces- un lugar. De buscar alguna imagen, el Cielo es una ciudad. Una ciudad preciosa. La ciudad que describe las últimas páginas del Nuevo Testamento: la Esposa del Cordero. Más en profundidad todavía, el Cielo es Dios. Nuestro Destino es Dios. Nuestro horizonte es Dios, que ya se nos ha dado en esta vida como compañero, como viático, como compañero de camino, y de viaje, y hace posible nuestra alegría, sean cuales sean las circunstancias en las que nosotros vivimos, en las que la Iglesia vive, o en las que el mundo y las cosas del mundo vive. El Señor está con nosotros, fielmente. No nos deja jamás.

Tenemos que volver a aprender a pensar en el Cielo. El ser humano no tiene sus raíces en la evolución. No pasa nada por admitir la evolución, claro que no. Pero no somos simplemente un mono más desarrollado que tiene un cerebro un poco más complicado. En absoluto.

Estamos hechos para Dios. Y las inquietudes de nuestro corazón, y las obras de nuestras manos que nacen de nuestro corazón (el arte, la poesía, la música, la belleza), nuestra exigencia profunda, nuestro deseo profundo de amar y de ser amados, de una manera buena, grande, bella, inagotable, inagotablemente bella, inagotablemente buena, eso es un horizonte que proviene del Cielo. Esa es la imagen y semejanza de Dios en nosotros. Y esa imagen y semejanza no ha querido el Señor que se quede frustrada y vacía, sino que en su Hijo hace que se ilumine nuestra vida, y la vida del mundo entero, y la vida de la Creación se ilumina entera porque sabemos que el final de nuestro camino es la Jerusalén del Cielo, el final de nuestro camino es Dios. Ése es otro aspecto dejado de lado de nuestra fe, igual que la comunión de los santos que señalaba hace un momento, la pertenencia. Nos preocupa más a veces la salud. Pensamos que todo lo que tenemos que pedir al Señor es la salud y que nos prolongue esta vida. Nuestras raíces… nacemos del Cielo y nacemos para el Cielo. Y a menos que miremos de vez en cuando al Cielo no sabremos nunca quiénes somos.

Una nota sobre Halloween. La posibilidad misma del modo como se celebra Halloween en nuestra sociedad nace de la negación del Cielo, nace del nihilismo, nace del no saber quiénes somos, nace de la negación de un horizonte a nuestra vida, de un sentido a nuestra vida. Como fruto de la negación de ese sentido a nuestra vida se afirma la muerte que en el fondo es virtual, es como si la muerte fuese una broma, como si la muerte fuera un juego, que es una manera de negar la muerte. De la misma manera que el resto del año y todos los días vivimos como negando la muerte. Y el hombre moderno –lo ha dicho más de un pensador de nuestro tiempo- es un hombre enamorado de la muerte, abrazado a la muerte. Es un hombre que tiene una fe en la nada (presumen que no tienen fe, pero tienen una fe en la nada). Y de esa fe en la nada como no permanece más que un temor al hecho de la muerte hay que negarla de todas maneras. Los zombis son una negación, es como si la muerte fuera un juego. Y estamos acostumbrados a ver miles de muertes en la playstation o en las series que vemos, y son muertes virtuales. Y son esas maneras también de olvidarse que la muerte es un hecho real. Pero un hecho real que a nosotros no nos da ningún miedo, porque nuestro horizonte no es la muerte. Pasaremos por ella, pero nuestro horizonte es el Cielo, nuestro horizonte es Dios. Y a quien ha conocido a Dios no teme a la muerte. No le asusta. Sencillamente, no le asusta la muerte.

Vamos a dar gracias por la familia a la que pertenecemos, por el amor de Dios que ha creado esa familia y por la vida que el Señor nos permite dar. Sois seminaristas y algún día, si Dios quiere, muchos de vosotros o algunos de vosotros, seréis sacerdotes. Sed conscientes que vais a vivir en un mundo donde la fe en la nada será la cultura dominante, y vosotros seréis testigos de algo diferente: de que el ser humano no está solo y hay una familia preciosa a la que somos invitados a vivir, y vuestras vidas mismas tienen que mostrar: la preciosidad y la belleza de esa familia, antes que nada -antes que discursos, antes que ninguna otra cosa-, la belleza, la experiencia vuestra personal de que vivir en esa familia es lo mejor que a uno le puede pasar en este mundo. Y como fruto de ese mismo amor de Dios la conciencia de que nada nos puede hacer daño. Sólo sería un daño verdadero perder a Jesús, perder a Cristo, perder la vida que Él nos da. Todas las demás cosas, incluso morirse, no importan demasiado.

Que el Señor nos ayude a vivir este día y esta experiencia preciosa de ser cristianos, y que nos sostenga en la alegría de esa experiencia todos los días de nuestra vida, hasta el Cielo.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

1 de noviembre de 2017
Solemnidad de Todos los Santos
S.I Catedral


Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Thu, 02 Nov 2017 11:23:31 +0000
“La vida es para aprender a querer al Señor y unos a otros” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41072-“la-vida-es-para-aprender-a-querer-al-señor-y-unos-a-otros”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41072-“la-vida-es-para-aprender-a-querer-al-señor-y-unos-a-otros”.html

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía del XXX Domingo del Tiempo Ordinario celebrada en la S.I Catedral

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo; Pueblo santo de Dios;
hermanos y amigos:

La verdad es que el Evangelio de hoy es tan nítido, tan trasparente en su mensaje que podría dar la impresión de que no necesita ningún tipo de comentario, de glosa. Ciertamente, cualquier comentario que podríamos hacer rebajaría la intensidad, la agudeza, la fuerza que tiene esa respuesta del Señor. ¿Cuál es el primer mandamiento? “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todas tus fuerzas, con toda tu alma, con todo tu ser”. Y el segundo es semejante, está relacionado con el anterior: “Amarás al prójimo como a ti mismo”.

Está todo dicho. ¿Qué es lo que Dios espera de nosotros? ¿De qué modo se cumplen nuestros anhelos profundos? De qué modo encuentra nuestra vida la posibilidad de una plenitud, que todos deseamos en el fondo de nuestro corazón, que desearíamos poder verla cumplida en nuestras vidas, que, al mismo tiempo, Dios nos lo pone como la tarea única de la vida. Si uno se toma en serio estas palabras de Jesús, la vida es para aprender a querer al Señor y para aprender a querernos unos a otros. Nada más. Luego, es evidente: todo eso sucede a través de la trama, de los acontecimientos, siempre pequeños y a la vez siempre inmensamente grandes de cada día, desde el levantarse hasta preparar la mesa para el desayuno, o saludar a los compañeros de trabajo, las pequeñas cosas de cada día en las que, sin embargo, se juega nuestro destino y se juega la eternidad. Cuál es el contenido de esos días, cuál es el contenido de esos segundos, de esos minutos, de esas cosas: Señor, aprender a quererte a Ti, aprender a querernos unos a otros. Tendemos a dar por supuesto que sabemos lo que son esas dos cosas, y ahí es donde enseguida hacemos agua y nos perdemos fácilmente. Yo creo que no lo sabemos, honestamente.

Para el hombre moderno, para el hombre contemporáneo, como fruto de una cultura que ha ido articulándose y formulándose, y creciendo y emergiendo hasta ser, constituir, el aire que respiramos, el amor es poco más que un sentimiento que nace en nosotros, que nace en el sujeto, que nace en el ser humano, que tiene como objeto y como final otro ser humano, y que se acaba ahí, y no tiene más valor que esa realidad. Eso hace del amor una realidad terriblemente frágil y muy virtual. Esos sentimientos pueden producírnoslos, con relativa facilidad, hasta una escena de cine, y pueden no nacer en absoluto junto a una persona que tenemos todos los días en el trabajo.

En la Tradición cristiana el amor, como por otra parte la fe y la esperanza, son realidades divinas, son realidades infinitamente dotadas de un espesor mucho más grande. No olvidéis, en el texto que quizás resume de manera más sintética toda la experiencia de los hombres con Jesús, con los discípulos, la experiencia primera de la Iglesia, lo que es el acontecimiento cristiano que es la Primera Carta de San Juan, llega a decir algo que, cuando uno lo piensa en el panorama de la historia de la cultura y de la historia de su tiempo, y de nuestro tiempo, parece una monstruosidad (es una monstruosidad): Dios es amor. No que Dios tiene sentimientos de misericordia, sino que Dios es el Amor. Eso implica que Dios no sabe hacer otra cosa más que amar; que todo lo que hace es amar; que todo su Ser consiste en amar; que todo su Ser consiste en darse, se da enteramente en la generación del Hijo, que recoge toda la vida que recibe del Padre y se la devuelve en un gesto de amor que también es personal y que recibe el nombre de Espíritu Santo, ese flujo de amor entre los dos. Pero eso ya pone de manifiesto que el Ser personal de Dios es un Ser en el que hay una comunidad inefable de amor.

Y sin embargo, fijaros que, primero porque somos personas -y no meramente individuos de una especie animal, más o menos evolucionada, sino que somos seres únicos con una exigencia única de verdad, de belleza y de bien, con un destino único, con la conciencia de un destino único-, Dios tiene que ser un Ser personal. Si no, no habría modo de fundamentar este rasgo de algunas criaturas, los seres humanos, que es nuestra condición de personas. Y luego como nosotros, en nosotros, hay algo que no deja reducir el amor a ese sentimiento que yo he descrito hace un momento, es decir, al sentimiento de atracción por ejemplo que tiene cualquier animal cuando le ponen por delante un dulce o una galleta, o un hueso, si se trata de un animal carnívoro, sino que hay un exceso en la vida humana, ese exceso que explica la belleza del arte, del canto, de la poesía, la necesidad que hay en el ser humano y en la vida humana de que la vida sea bella, o sólo la capacidad de crear obras bellas que no tiene ninguna justificación, que no tienen ningún motivo utilitarista. No se puede comprender adecuadamente la vida humana si no se deja ese espacio para un exceso casi infinito, casi inagotable, que es la única razón de ser del arte en todas sus formas y de la exigencia de belleza que tenemos en la vida, y de la exigencia también de un amor sin límites. Porque nuestras pasiones o nuestros deseos, digamos más fisiológico o más afectivo, fácilmente podría saciarse. Nuestra necesidad de ser amados no se sacia jamás. Y nuestra capacidad de amar, de recibir y de dar amor, tiene algo que no explica suficientemente ni desde la física ni desde la química, y que sólo se explica adecuadamente si somos imagen de un Dios que es Amor. Ésa es la experiencia cristiana. La experiencia cristiana formulada de manera muy rudimentaria al principio, aunque extraordinariamente potente para quienes lo vivieron por primera vez. Es la experiencia de que ese amor no es una utopía, de que ese amor no es una idea, no es ciertamente algo reducible a un sentimiento, un valor, sino que es algo que ha tomado carne en una Persona y que se nos da como la comunicación, el don de esa Persona, el don de su Espíritu Santo. Y ese don genera una humanidad nueva, genera un pueblo nuevo, genera un modo nuevo de vivir, de vivir las relaciones entre hombre y mujer, de vivir la amistad, de vivir las relaciones de trabajo, de vivir las relaciones cívicas en el barrio, en la vecindad, en el pueblo, en la ciudad.

La fe cristiana en la Trinidad no es, sin embargo, una deducción de este modo, es decir, como una exigencia, descubriendo nosotros quiénes somos, nosotros hemos descubierto que Dios tendría que ser así. Porque hemos conocido a Jesucristo, y Dios en Jesucristo se nos ha mostrado así, entendemos que hay una luz que puede iluminar toda nuestra vida, que puede iluminar toda nuestra condición humana.

Pero también eso significa que no siempre somos, que no tendríamos que escandalizarnos cuando nos descubrimos que no somos capaces de un amor así; que se nos acaban las fuerzas; que un amor así está muy por encima de nuestras capacidades. Tendemos a reducir las categorías cristianas. Nosotros, quizás desde el origen, todos los seres humanos, el amor lo reducimos a ese sentimiento, la esperanza la reducimos al optimismo, la fe la reducimos a unas creencias como si fueran cosas que nacen en nosotros, que terminan en nosotros y que podemos explicar desde nosotros mismos. La fe cristiana es la adhesión a un Acontecimiento cuya experiencia tiene el poder de transformar mi corazón y en el que yo no necesito “comerme el coco” para afirmar la Verdad del Dios Trino, del Dios Padre, Nuestro Señor Jesucristo y de su Espíritu Santo. Porque veo su obra en mi, y la he visto en la Historia de la Iglesia, la veo en las personas a las que Dios toca con su Gracia. Veo la transformación que opera y sé que esa transformación no es fruto de los cálculos o de las energías, o de las capacidades humanas. La fe cristiana no es nuestras creencias. Una fe que sólo son creencias no tiene la capacidad de sostener la vida, no tiene la capacidad de afrontar la vejez, o la enfermedad, o la muerte, no tiene sobre todo la capacidad de perdonar.

Pero la esperanza cristiana no es tampoco el optimismo. La esperanza cristiana tiene por objeto a Dios, tiene por fuente a Dios, es don de Dios y tiene como horizonte la vida eterna. Y esa esperanza no defrauda, porque uno tiene la esperanza, tiene la certeza del don que ha recibido, de la Gracia que ha recibido. El poeta Péguy decía en una ocasión, en una de sus obras dirigiéndose una mujer mayor a Juana de Arco jovencita, le dice: “Hija mía, para tener esperanza hace falta haber sido objeto de una gran gracia, hace falta haber sido muy feliz”. El optimismo es otra categoría, no tiene nada que ver con eso.

La esperanza tiene como fundamento la experiencia, de nuevo, del don que Dios me hace de su Vida y de la transformación que ese don opera en nosotros. La felicidad grande, la certeza de que Quien ha hecho posible esa felicidad, ciertamente, yo puedo confiarle mi vida, porque mi horizonte, el horizonte de esa vida es la vida eterna, es Dios mismo. Mi horizonte es Dios. Mi destino es Dios. Mi patria es Dios. La nación a la que pertenezco es ese pueblo, que ha nacido del costado abierto de Cristo, y que constituye mi propio cuerpo, mi propio ser, mi propia vida, nuestra propia vida. Y el amor se inserta en esta misma lógica.

Cuando uno comprende eso, lo que uno pide humildemente al Señor es Señor, multiplica sobre nosotros los signos de tu Gracia, haz que vivamos esa experiencia del encuentro contigo, de tal manera que, efectivamente, nuestra experiencia humana cambie en su raíz, y entonces la fe y la esperanza y la caridad serán lo que Tú permites que sean; el comienzo de una vida nueva, en nosotros, que sabemos que nace de Ti y que culmina en Ti, y en la que nos apoyamos para afrontar esa trama de los acontecimientos de cada día, traspasada por el perdón. El amor sentimiento es muy difícil que sea capaz de perdonar porque no hay posibilidad de regenerar el corazón. Se acaba el sentimiento, se acaba el amor, se rompe el matrimonio, o se rompe la relación entre los hermanos, entre los compañeros de trabajo. Si el Amor eres Tú, y Tú eres Amor, siempre es posible comenzar de nuevo, siempre es posible la regeneración del corazón.

Por eso, Señor, multiplica los signos de tu Presencia en nosotros. Haz que acojamos con verdad y con sencillez tu don, tu Vida, tu Amor; que podamos ser hijos tuyos y vivir en esa vida que nos permite mantener la alegría y mantener la paz en medio de las mil circunstancias difíciles que la vida tiene, sean las que sean, interiores o exteriores; que nos permite comenzar de nuevo cuando nos hemos equivocado, hemos errado, hemos metido la pata, lo hemos hecho mal; cuando se nos ha acabado nuestra capacidad de amar, Tú nos das la posibilidad siempre de empezar de nuevo y haces que lo más razonable en nuestro corazón sea la esperanza cierta de la vida eterna, de una vida contigo y con nuestros hermanos, ya sin enemigos, ya sin llanto, sin luto, sin dolor, porque Tú eres todo en todas las cosas y Te desvelas como la consistencia y la plenitud de todos.

Que el Señor nos conceda a todos ese don. Que podamos vivir como hijos de la luz, como hijos de ese Amor, en medio de nuestro mundo, en medio de la trama de las cosas de cada día. Que así sea para todos nosotros.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada


29 de octubre de 2017
S.I Catedral de Granada


Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Wed, 01 Nov 2017 13:18:54 +0000
Edificados sobre Cristo y el Amor http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41012-edificados-sobre-cristo-y-el-amor.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/41012-edificados-sobre-cristo-y-el-amor.html

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía celebrada en el XVIII Encuentro de Cáritas Diocesana.


De lo que es la misión en este mundo nuevo en el que estamos podría saliros un sabor de boca agridulce, para decir “es una visión del mundo muy pesimista”. Las palabras pesimismo y optimismo os confieso que en mi corazón y en mi vocabulario no tienen ningún espacio realmente.

Un pensador católico, que ha sido maestro del Papa Francisco, también de Benedicto XVI, y también del Papa Juan Pablo II, un novelista, decía que “el optimismo es la esperanza de los idiotas”, es decir, de la gente que no sabe lo que es la esperanza. Nosotros no somos ni optimistas ni pesimistas. Nosotros sabemos lo que es la esperanza que no defrauda. Y es la esperanza que nace del acontecimiento único en la historia de Cristo Resucitado. Que llena de sentido nuestras vidas personales, las vidas de nuestras familias, la vida de nuestros pueblos. Y llena de esperanza. La esperanza tiene por objeto Dios. El optimismo puede tener por objeto el que las cosas me van bien, que tengo mejor salud… Todas son cosas que, aunque hoy me den un poco de alegría, las voy a perder todas. Seguro. A Dios no lo voy a perder nunca, y no por mis méritos, o por lo que yo soy capaz de hacer, sino porque Dios es fiel, infinitamente fiel. Y fiel a su compromiso de amor con nosotros.

No hay más que un fundamento serio para que nosotros pongamos en juego… –eso es comprometerse, poner en juego mi vida, mi persona, lo que soy, lo que tengo, mucho o poco. Eso es lo que soy y lo que le puedo dar al Señor y lo que le puedo dar a mis hermanos. Y eso que soy es una imagen viva de Dios. Un rostro humano es una imagen viva de Dios, siempre. ¿Qué es lo que puede hacer que me ponga en juego con mis hermanos? Sólo la certeza de que Dios se ha puesto en juego por mi y por todos nosotros. Y se ha puesto en juego para siempre y Dios no tiene marcha atrás. Decía Péguy, otro de los grandes autores cristianos del siglo XX… era Dios que se lo decía a Juana de Arco, que se preguntaba por qué en el mundo las cosas iban mal y le estaba diciendo: lo que sostiene el mundo es la yema de un árbol, el brote del árbol, que es lo más frágil del árbol. Lo que sostiene el mundo –decía Dios en esa ficción (ndr. en una de las obras de Péguy)- es “mi niña esperanza, pero, para tener esperanza, hija mía, hace falta haber sido objeto de una gracia muy grande, haber sido antes muy feliz”.

¿Cómo podemos nosotros comunicar amor o comunicar esperanza al mundo de una manera que no sea puro voluntarismo, es decir, “lo hago porque hay que hacerlo”? Sólo si tenemos la experiencia de una gracia muy grande; de una gracia muy grande que nos ha permitido ser felices. ¿Y esa experiencia dónde nace? Nace, en primer lugar, en Belén. Nace en el Gólgota. Nace en el altar donde esa Gracia se nos da entero cada vez que yo lo recibo. Y se me da de una manera que no necesito otra riqueza en mi vida. Y esa Gracia me hace posible mirar al mundo con la certeza de que la victoria final es siempre del amor, de la misericordia, de la piedad, de la ternura de Dios. Se pueden perder muchas batallas en las guerras de la vida: se pierde la de la juventud, porque alguna vez dejamos de ser jóvenes, se pierde la de la salud. Son batallas perdidas. La primera, porque somos mortales. La segunda, porque vivimos engañados. Si uno ama a una persona, siempre es la más bella del mundo. Y si el Señor nos concede una mirada a cada ser humano como la que nosotros sabemos tenemos de Dios, le pedimos al Señor que tenga en nosotros, no hay ser humano feo, cuyo rostro no sea una ventana al Rostro de Dios.

La única batalla que no perdemos es la de sembrar amor. Sembrar el amor, en la medida de nuestra pequeñez, que nosotros recibimos constantemente porque sabemos que Dios es fiel. Pensamos que la relación que Dios tiene con nosotros es proporcional –como la de los hombres y mujeres de este mundo- “si doy algo, es porque tú me has dado algo; me debes algo; o para que me des algo”. Dios no tiene ningún interés. Y la distancia entre Dios y nosotros es infinita. Si el Señor nos ama, nos ama gratuitamente. Nos ama no porque seamos dignos de Su Amor; no porque lo hayamos merecido; no porque lo vayamos a merecer jamás en nuestra vida. Nos ama porque es Dios y Dios es Amor. Y esto último –Dios nos ama porque es Dios y Dios es Amor- es una roca y una fuente al mismo tiempo, para regenerar constantemente nuestro corazón, en la que podemos regenerarlo un día, y otro día, y un año, y con 15 años, y con 50, y con 87 años. Da igual. Esa fuente sigue ahí con la misma frescura del primer día de la Creación o de la mañana de Pascua, para que yo beba de ella, para que yo pueda alimentarme con ella y, alimentado de ella, vivir de ese modo nuevo, es decir, ser lo suficientemente feliz como para, en cualquier circunstancia de la vida, de la historia (de la historia personal o de la historia familiar o de la historia cívica o de la historia del pueblo o de la polis a la que pertenezco), en cualquier circunstancia, yo pueda afirmar mi esperanza, y una esperanza que no defrauda. Porque el Espíritu Santo –dice San Pablo- “ha sido derramado en nuestros corazones y cuando éramos todavía pecadores el Señor nos amó”, no por nuestros méritos, sino siendo pecadores. Cuánto más ahora que ha tocado nuestro corazón, que está en nuestro corazón, aunque sea muy pobremente.

Yo os invito a esa esperanza. Pero, para que esa esperanza pueda ser viva, fresca, gozosa, en cada uno de vuestros días en la parroquia, en cada uno de vuestros momentos en el trabajo de Cáritas, sea el que sea ese trabajo, en vuestra vida de familia, para que esa esperanza sea grande y sólida, que bebáis constantemente; que tengáis la conciencia de que uno puede volver siempre a esa fuente que es el Amor infinito de Dios, que es la única roca sobre la que uno puede construir la vida sin que cuando llegan los torrentes la casa se venga abajo. Los torrentes vienen. Pero quien está edificado sobre Cristo y sobre el Amor, sin límites y sin condiciones, de Cristo, sobrevive a todo. Su casa no se cae porque está edificada sobre roca.

Que busquemos esa roca para que nuestro amor no sea frágil; para que nuestra esperanza no sea frágil; para que nos sostenga la fe en los días de sol preciosos y en los días de tormenta y en los días de oscuridad.

Que así sea, para vosotros, para cada uno de nosotros, y cada uno de los que formamos el Cuerpo de Cristo.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

21 de octubre de 2017
XVIII Encuentro Diocesano de Cáritas Granada
Capilla CES “La Inmaculada”

Palabras finales de Mons. Javier Martínez ante de la bendición final.

Sois una parte especialmente querida, cercana al corazón mismo del Señor, que late en su Cuerpo, que es su Iglesia. La misión que hacéis es una misión preciosa. Lo único que yo deseo y le pido al Señor es que la dificultad de los tiempos o circunstancias, de crisis, que no desgaste vuestro corazón. Que lo tengáis arraigado en donde realmente uno puede regenerarse uno mismo por dentro de nuevo y donde uno puede encontrar energías, amor y alegría como para repartir siempre. Cuanto más difícil sean las circunstancias del mundo, más necesaria será esa única medicina que el mundo necesita, que es justamente la del amor, la de la ternura, la del afecto invencible, como nos ha revelado a nosotros el Señor. El afecto, y la ternura, y la misericordia invencible de Dios; invencible por todo el mundo del mundo. Que ahí estemos nosotros edificados.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

21 de octubre de 2017
XVIII Encuentro Diocesano de Cáritas Granada
Capilla CES “La Inmaculada”

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 30 Oct 2017 12:29:46 +0000
50 años de COPE Granada http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/40959-50-años-de-cope-granada.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/40959-50-años-de-cope-granada.html

Publicado en: En el libro conmemorativo editado por COPE Granada con motivo de su 50 aniversario

Es un verdadero gozo compartir con los directivos, trabajadores y oyentes de COPE la celebración de los cincuenta años de historia de la emisora en Granada. Resulta conmovedor evocar aquellos inicios de Radio Popular en nuestra ciudad y en nuestra diócesis con el P. Linares y su sencilla y limpia pasión evangelizadora. Eran tiempos muy distintos a los actuales, pero ya empezaba a forjarse la identidad de una radio viva, deseosa de acompañar a los hombres y mujeres de esta tierra en sus esperanzas y en sus luchas. Ya era una radio que nacía de la experiencia viva de la fe de unos hombres y mujeres emprendedores, que iniciaban una auténtica aventura. Como aventura empezó, y como aventura sigue viva hoy. Como aventura y como reto: porque sigue siendo un desafío —y acaso hoy más que nunca— hablar en la sociedad actual desde la fe en Jesucristo, con la conciencia de que Jesucristo, “origen y plenitud de nuestra fe” (Heb 12, 1), tiene que ver con todas las cosas, y de que todas se iluminan y se ven y se viven de otra manera desde la experiencia de la redención de Cristo y del Dios que es Amor.

El caso es que así fue cuajando la fisonomía de una radio que quería ser plenamente católica, y también por tanto plenamente abierta al encuentro con todos, comprometida con la verdad, con la justicia y con la libertad. Una radio dispuesta a asumir el riesgo de vivir al aire libre, de buscar su propio sustento en la limpia competencia con los únicos títulos de su buen hacer y de su mensaje. Los obispos españoles comprendieron entonces la necesidad de apostar por un modelo que habría de servir más eficazmente en el futuro a la presencia evangelizadora de la Iglesia, en un mundo plural y cambiante, en el que mucha gente se ha alejado de la fuente viva de la tradición cristiana.

Como Arzobispo de Granada comprendo muy bien la lucidez de aquella intuición que se ha ido plasmando y desarrollando a lo largo de estos cincuenta años. COPE ha sido un baluarte para la libertad de todos, un espacio de encuentro y diálogo, y al mismo tiempo, un faro para alumbrar con la inteligencia de la fe un tiempo de creciente confusión sobre el valor y el significado de la vida humana. La Iglesia que camina en Granada ha encontrado en COPE el cauce para hacer llegar a todos la vida de sus comunidades, la fe, la esperanza y la caridad cotidianas vividas en la Iglesia. Pero el servicio de nuestra emisora se ha producido en todos los ámbitos del servicio al bien común: el debate político, la actividad económica, las inquietudes de las familias, las necesidades de los barrios, el deporte… Su horizonte ha sido y debe seguir siendo la totalidad de lo humano, con el riesgo que eso conlleva de que se diluyan o se debiliten las referencias de la fe, y de que intereses partidistas o ideológicos puedan ocupar su lugar. En nuestras sociedades avanzadas, todo lo que retrocede la fe, lo retrocede igualmente, idénticamente, la libertad de los hombres. En nuestras sociedades profundamente heridas sería un crimen distribuir agua contaminada. Ahí ha estado y estará siempre el desafío para COPE: no renunciar nunca a hablar de todo y con todos, y no renunciar a hablar de todo desde la experiencia de la Iglesia, desde la novedad de Cristo, desde la alegría del Evangelio, desde la esperanza que hemos encontrado en Cristo, y que se ofrece a todos.

Este aniversario nos ofrece muchos motivos de gratitud, y gratitud por la existencia y por la misión de COPE. Gratitud, en primer lugar, al Señor, que ha sostenido esta aventura en días de luz y de tormenta. Y también a tantos que han gastado sus vidas en esta hermosa tarea. Os animo de corazón a proseguirla en este cambio de época marcado por tantas incertidumbres y rupturas, en el que la luz que procede del costado abierto de Jesús es más necesaria que nunca para los hombres, nuestros hermanos.

Mons. Francisco Javier Martínez
Arzobispo de Granada

Granada, 30 de septiembre de 2017

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Thu, 26 Oct 2017 13:13:58 +0000
“Un mundo mejor es un mundo más humano” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/40947-“un-mundo-mejor-es-un-mundo-más-humano”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/40947-“un-mundo-mejor-es-un-mundo-más-humano”.html “Un mundo mejor es un mundo más humano”

Homilía de Mons. Martínez en la Eucaristía de la Procesión Magna Cristífera “Ecce Agnus Dei”, celebrada el pasado 21 de octubre en Motril, para celebrar el 50 aniversario de la Agrupación de Hermandades y Cofradías de Semana Santa de Motril.


Muy querido Sr. Vicario, sacerdotes concelebrantes;

Sr. Ministro;
Excmas. Autoridades;
queridos hermanos cofrades;
hermanos y amigos, todos:

Es un gozo y un motivo de gratitud al Señor el estar juntos. Y el estar juntos en una ocasión como ésta y en una tarde como ésta. Siempre es bueno todo aquello que une a los hombres. Cuando el Concilio Vaticano II, hace ya casi 70 años, quiso definir qué era la Iglesia, dijo que la Iglesia es como un signo de Cristo que nos descubre nuestra vocación a Dios y a la unión íntima con Dios, y que es un signo de nuestra vocación a vivir unidos como un solo género humano.

El mismo Jesús definió en algún momento su misión: “Yo he venido para unir a los hijos de Dios dispersos”. Dicho de manera muy elemental, muy sencilla, casi telegráfica, pero lo cierto es que el mundo, por la herencia del pecado y porque todos ratificamos esa herencia de alguna manera con nuestros comportamientos, está siempre lleno y nuestras vidas están siempre llenas de tendencias que nos dividen, que nos separan, que destruyen nuestra vocación al amor y al amor mutuo; que lo hacen difícil; que dan mil razones y justifican que se rompa un matrimonio, justifican que se rompa la unidad o el afecto entre los hermanos; que se deshaga una familia; que se deshaga la convivencia en el seno de un pueblo o en el seno de una polis, de una civilización. Constantemente, las fuerzas que nos disgregan y actúan en nuestro corazón… Es más, hay una cierta cultura que nos ha enseñado que el modo que el mundo progrese es que cada uno busquemos nuestro interés, pero ya decía alguno de los Padres, hace ya varios siglos, de esta manera de pensar, que un mundo donde cada uno sigue su interés ciertamente es un mundo en el que la economía progresa, pero es un mundo en el que el estado natural de los hombres sería un estado de guerra de “todos contra todos”, y ése es un estado que no es bonito. Y nosotros comprendemos que la vida…, es verdad hay muchas fuerzas dentro del propio corazón de cada uno que nos mueven a seguir nuestros intereses, pero cuando cada uno sigue su interés, se hace muy difícil quererse. Siempre encuentra uno motivos para quejarse del otro y ese otro es mi hermano, ese otro es mi familia, ese otro es mi mujer o mi marido, ese otro es mi familia política, ese otro son mis compañeros de trabajo. ¿Sabéis cuál es la plaga más grande de nuestra sociedad? La inmensa soledad de los seres humanos, en muchísimos casos, donde vivimos encapsulados, cada uno en nuestros intereses y hace difícil la cooperación, el bien común, el unirnos para buscar cosas buenas, el desear el bien de los demás, el darse cuenta que el bien de los demás es también mi bien, porque somos los unos parte de los otros.

Lo que Cristo ha introducido en el mundo –cuando yo hablaba hace un momento de la Redención de Cristo- es justamente la posibilidad de vivir de otra manera. Es justamente la posibilidad de no mirar a ningún ser humano como alguien extraño. La Iglesia empezó una mañana de Pentecostés, y en esa mañana de Pentecostés los Hechos de los Apóstoles describen lo que era un mapamundi del mundo visto desde Jerusalén. Había en Jerusalén habitantes de todas las partes del mundo: partos, medos, elamitas, habitantes de Siria, de Cirene, de Egipto, de Libia, de Roma, de Grecia. Se había roto una de las visiones más comunes del hombre antiguo, donde la propia polis, la propia civilización, la propia ciudad a la que uno pertenecía era el límite de mis derechos y de mi vida como persona. Todo ser humano es hijo de Dios. Si Cristo ha resucitado, eso es algo que afecta a la historia humana entera, y hace posible que nos empecemos a mirar unos a otros con la conciencia de que estamos llamados a ser hermanos. Eso no hace de la vida social a ningún nivel, ni de la vida familiar, la “casa de la pradera”. En absoluto. Todo el drama que llevamos con nosotros lo llevamos con nosotros. Todas las heridas del pecado que llevamos con nosotros siguen ahí. Nuestra libertad puede seguir el camino de los intereses o el camino de un amor más grande, de un amor incluso más grande que la muerte, que es el que celebran nuestras Imágenes esta tarde.

Por eso, vernos los rostros juntos, aquí, todos, en esta plaza en el pueblo de Motril, es una alegría. Ver que unas personas se unen en una cofradía es un gozo, porque nos unimos para hacer algo bonito, libremente, y nos unimos porque queremos –quienes estamos en la Iglesia estamos libremente porque queremos, porque sabemos el bien que significa sabernos hijos de Dios y tratar de vivir con todas nuestras miserias y todas nuestras pobrezas como hijos de Dios.

Pero si, como esta tarde, todas las cofradías de una ciudad como Motil, os habéis unido, para hacer juntos una expresión pública de vuestra fe cristiana, benditos seáis. Y ojalá se multipliquen las ocasiones, las iniciativas, a todos los niveles, y no sólo en eso que solemos llamar el “ámbito religioso”, que a veces lo reducimos a las cosas que pasan en el interior de la iglesia, en el interior de los templos, sino, por ejemplo, en la búsqueda de un trabajo, en la recuperación de la dignidad de muchos trabajos, en la ayuda y en la cooperación entre vecinos, para sostener, o para evitar la soledad de los enfermos o de los ancianos, o iniciativas para fomentar el que los niños puedan crecer en un ambiente bonito, donde el mundo pueda seguir siendo un lugar que sea una prolongación de un hogar, y no un lugar hostil en el que yo estoy forzado siempre a la desconfianza, porque todo el mundo “si se acerca será por algún interés y tengo por necesidad desconfiar de todo el que se acerque a mi”. Dios mío, eso hace la vida invivible. Eso llena de crispación nuestros días, nuestras jornadas, nuestras semanas, nuestros tiempos de descanso, todo. Y al final, la vida es un peso.

Señor, estamos aquí, para darTe gracias porque estamos juntos y para darTe gracias porque nos has enseñado que estar juntos bien, mirarnos con afecto, reconocer en cada rostro humano la imagen de Dios es desear el bien de todos. Es un bien grande, que hace la vida bella, atractiva, una aventura digna de ser vivida, algo que nos pone en movimiento para hacer un mundo mejor. Un mundo mejor es un mundo más humano. Es un mundo donde protejamos y defendamos los espacios de humanidad que existen y los dejamos crecer, para que sean más quienes pueden vivir contentos y dar gracias porque somos hijos tuyos.

Las Lecturas de hoy nos hacían referencia a que Dios es el único Señor. Y lo estaba subrayando en el imperio de un emperador al que nombra al principio, un emperador de Persia, Ciro, que se portó muy bien con el pueblo de Israel, y que el profeta lo ve como un signo de Dios y de la elección de Dios. Pero le recuerda al pueblo de Israel que Dios es el único señor.

Yo quiero recordar esta tarde que servir a Dios como único señor nos hace posible, da una densidad a ese anhelo humano de cooperación, de bien, de fraternidad, que todos deseamos, que todos estamos hechos para él –todos deseamos ser tratados con respeto, todos deseamos ser tratados con afecto, todos deseamos ser bien queridos-. La certeza de que Dios nos trata así, de que Dios es amor, que es el Dios que hemos conocido en Jesucristo, el único Dios verdadero, nos hace posible vivir de ese modo, fomentando –aunque sea con gestos muy pequeños- el amor siempre, la cooperación, la unidad, y manteniendo y defendiendo esa unidad cuando esa unidad se ve amenazada. Para romper un matrimonio no hacen falta más que intereses. Para preservar un matrimonio hace falta la Gracia de Dios, hace falta la oración, hace falta la Presencia del Señor, que hace posible el perdón, la misericordia, regenerar el corazón de nuevo y hacerlo capaz de amar de nuevo, a pesar de las heridas que puedan surgir en la vida. Pero, para conservar una convivencia en paz, en un pueblo, en una nación, también hace falta la Gracia de Dios. Para romperla no, para romperla bastan intereses. Para romper cualquier unidad humana bastan intereses. Para preservarla, necesitamos unas razones para que el amor sea más fuerte que todos los motivos de queja o de reproche o de odio que pudiéramos encontrar en la vida. Y no dejar que esas malas plantas crezcan en nuestro corazón. Y sembrar siempre los motivos para un bien común más grande, y sostener a quienes sostienen la unidad, y a quienes tienen la misión de sostenerla en el mundo civil, sostenerlos también con nuestra oración y con nuestra fortaleza, con la fortaleza de nosotros como pueblo.

Mis queridos hermanos, estamos en una tarde muy especial (en la historia de Motril sin duda). Le pedimos al Señor, que Él, que no desdeñó aproximarse a nosotros y amarnos aunque ninguno de nosotros lo hemos merecido, nos enseñe ese amor más grande que la muerte, que nunca favorece la división, que siempre construye la unidad entre todos, la unidad que nos hace hijos de Dios y parecernos al Dios que es comunión al Dios que es amor, cuya imagen llevamos todos grabada en nuestro corazón. Y no queremos renunciar a esa imagen porque eso deteriora, envenena, entristece, llena de amargura nuestra vida.

El Señor nos ha dado la posibilidad de vivir de otra manera. Señor, danos la gracia de vivir y de luchar por un mundo en el que los hombres podamos seguir mirándonos unos a otros con respeto, con afecto y con amor de hermanos.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada


21 de octubre de 2017
Plaza de la Coronación de Motril
Eucaristía en la Procesión Magna Cristífera “Ecce Agnus Dei”


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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Wed, 25 Oct 2017 10:32:11 +0000