Granada Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Thu, 19 Jul 2018 21:32:11 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es Vivir en la alegría de una vida edificada en Cristo http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45408-vivir-en-la-alegría-de-una-vida-edificada-en-cristo.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45408-vivir-en-la-alegría-de-una-vida-edificada-en-cristo.html Vivir en la alegría de una vida edificada en Cristo

Homilía de Mons. Javier Martínez, arzobispo de Granada, en el XIV Domingo del T.O

Querida Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

muy querido D. Juan, deán de esta catedral;

queridos hermanos y amigos todos:

 

Las lecturas de hoy lo que nos pone ante los ojos es un hecho que ha acompañado a la Iglesia desde sus orígenes. Es una cierta persecución. Si uno lo piensa, apenas ha comenzado la predicación evangélica en el mismo Jerusalén, la muerte de Esteban. Y a raíz de la muerte de Esteban, habla de una persecución que se desató por toda Judea. Y eso tiene lugar seis o siete años después de la muerte de Jesús. Una persecución por toda Judea que hizo que los cristianos se dispersaran, con lo cual el nombre de Jesús y el nombre de cristiano llegó mucho más lejos, hasta Antioquía, casi en la frontera con la que es la actual Turquía, y a Damasco, porque las pequeñas comunidades se dispersaron por la persecución. Y cuando uno mira la historia de la Iglesia, descubre que la persecución la ha acompañado casi siempre. Y en los tiempos de persecución es cuando la Iglesia ha sido normalmente más feliz, más fecunda, más verdadera. (…)

 

Decía un Padre de la Iglesia que las persecuciones a la Iglesia son siempre un bien porque le quitan al árbol las hojas secas y, entonces, el árbol puede ser visto con la belleza que tiene. Pero es que las lecturas de hoy nos hablan que la relación de Dios con los hombres ha sido siempre así. Y siempre hay alguna razón que justifica el escándalo. El escándalo no es el mal ejemplo. Así lo venimos entendiendo porque nuestra vida de relación con Dios ha quedado reducida a la vida moral en los últimos siglos. El escándalo es una piedra de tropiezo en el camino, algo que te hace tropezar en la fe. Eso es lo que significa escándalo, propiamente dicho. Entonces, ¿por qué se escandalizan de Jesús si es el hijo del carpintero, el hijo de María?, ¿cómo es que este hombre habla de que la promesa de los profetas y que el Reino de Dios viene con él? Y Él les decía: atended a los signos, atended aquello que muestra que el Espíritu Santo está en mi. De Jesús dijeron muchas más cosas. De Jesús dijeron que era un comilón y un borracho. Porque es verdad que entraba en las casas de los pecadores y comía con ellos. Algunos eran pecadores muy pobres, otros eran pecadores muy ricos. Zaqueo era un hombre de negocios, podría ser un banquero de los importantes en la Judea del tiempo de Jesús. Pero aquel hombre tuvo curiosidad de ver a Jesús y Jesús no tuvo el menor empacho en decir en público “Zaqueo, hoy quiero hospedarme en tu casa”. Eso para un judío era una piedra de tropiezo, porque la Ley prohibía entrar en las casas de los pecadores públicos, y un publicano (el hombre que recaudaba los impuestos del paso de las mercancías para entrar o salir de la ciudad) era por definición un pecador público, en cuya casa no se entraba porque uno quedaba impuro. Jesús entraba en sus casas, comía con ellos, les ofrecía el perdón del Señor como lo ofreció en aquella sinagoga en la que predicó, de tal manera que una mujer pecadora (podría ser la mujer de un publicano o la mujer de un pastor) se sintió tan conmovida que entró en la casa del fariseo y se puso a besar los pies de Jesús y a enjugarlos con su llanto de la alegría de haber sido perdonada. Probablemente, esa relación con los publicanos y pecadores le llevó a Jesús a la muerte, por hacer algo que estaba como prohibido, profundamente prohibido en la mentalidad farisea en tiempo de Jesús; y por hacerlo sobre todo en nombre de Dios, con lo cual se atribuía una autoridad que le ponía a Él mismo por encima de la Ley de Dios. (…) Siempre habrá motivos. En Jesús no había ninguno, pero los encontraron.

 

En la Iglesia muchas veces los hay. Y de esos tenemos que pedirle perdón al Señor y de esos son de los que nos purifican cuando vienen los tiempos de persecución. Pero es casi el estado normal de la vida de la Iglesia. No hay que buscar la persecución, pero cuando el Señor dispone que venga de una manera o de otra… si es una gracia de Dios, porque Dios no da nunca nada que no sea lo mejor. Y es verdad que las persecuciones purifican la vida de la Iglesia. (…)

 

En el lenguaje cristiano uno percibe ahora mismo como una especie de temblor y de facilidad para el lamento para quejarse de la situación histórica que viene. Quien viene en las circunstancias en que viene es siempre Jesucristo a descubrirnos nuestro verdadero ser, nuestra vocación y a darnos la vida eterna. Por lo tanto, nada que temer de la historia, nada que temer del curso de la historia. Tampoco hay que darle demasiada importancia al curso de la historia, porque quienes manejan esas cosas del curso de la historia se creen que tienen mucho poder y que pueden hacer mucho daño. Y son normalmente sinvergüenzas. Es el Señor el único que dirige el curso de la historia. Y el curso de la historia lo lleva siempre el Señor y lo conduce siempre para nuestro bien. Por lo tanto, ¿sustos por la historia? Los justitos.

 

El Señor nos prometió varias veces: “Dichosos vosotros cuando os persigan, cuando os insulten, cuando hablen mal de vosotros por mi causa. Dichosos vosotros. Alegraos y regocijaos. Porque lo mismo hicieron con los profetas. Y porque vuestros nombres están inscritos en el libro de la vida. Alegraos, regocijaos”. Segundo: “Si a mí me llamaron demonio (belcebú), a vosotros qué os van a llamar”. Si al dueño de la casa le insultan, qué van a hacer con los que trabajan en su casa. Pues, lo mismo. “Si el mundo me ha odiado a mi, también os odiará a vosotros”. ¿Tenemos que vivir asustados? No. Tenemos que vivir en la alegría de que nuestras vidas están edificadas sobre roca. ¿Cuál es esa roca? El amor infinito y fiel de Jesucristo. No hay otra roca. (…)

 

¿Dónde podemos encontrar palabras de vida eterna fuera de Ti? En ningún sitio. Por tanto, miedo a la historia, no; mirar al Señor y edificarnos sobre el Señor, claro que sí y cada vez más, y que tu Gracia Señor supla nuestra debilidad con la fortaleza de tu Amor y tu Misericordia.

 

Vamos a profesar la fe.

 

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

 

8 de julio de 2018

S.I Catedral

 

Escuchar homilía

 

Palabras finales antes de la bendición.

 

He dicho en la homilía acerca de la persecución. Necesita mil matices que vuestra inteligencia sabrá poner en ella. Por ejemplo, no significa en absoluto que haya que buscar o desear la persecución, ni para uno mismo ni para los demás. Pero cuando viene, uno le da gracias a Dios por la persecución como por todo en la vida. Habría que matizar muchas más cosas. Los “sinvergüenzas” que he dicho se refiere a aquellos que creen que controlan el curso de la historia. En primer lugar, son necios, por creerse semejante cosa. Y en segundo lugar, con mucha frecuencia, son unos sinvergüenzas.

 

Os doy la bendición 

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Granada Mon, 09 Jul 2018 14:22:27 +0000
Siervos de la alegría verdadera http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45296-siervos-de-la-alegría-verdadera.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45296-siervos-de-la-alegría-verdadera.html Siervos de la alegría verdadera

Homilía de Mons. Javier Martínez, en la Eucaristía de Ordenaciones diaconales de dos seminaristas del Seminario Mayor “San Cecilio”, en el XIII Domingo del T. O, en la S.I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, porción del Pueblo santo de Dios, que, por la misericordia y de la gracia incomprensible del Señor, ha sido confiada a mis manos de pobre pastor, pero que os quiere con toda el alma, y que no teme, si tiene que actuar –si es por bien de la Iglesia-, a nada, no por mis fuerzas, que soy un pobre hombre, sino por la fuerzas de nuestro Señor Jesucristo, que os ama como celebramos cada Viernes Santo y yo trato de amaros de la misma manera;

muy queridos sacerdotes que estáis concelebrando;
queridos Alejandro y David;
queridos fieles cristianos que los acompañáis, en primer lugar vuestros padres y familiares, pero también muchos fieles cristianos de las parroquias, de las que venís: Maracena y Otura, que son parroquias donde ha nacido vuestra vocación, vuestro conocimiento del Señor. Sé que hay gente que ha venido de Ventorros y de Órgiva, y de muchos otros sitios. Lo mismo que los sacerdotes, tenemos aquí casi un tercio del presbiterio para acompañaros en este momento, para dar gracias a Dios en este momento; para unirnos a vuestra gratitud y a vuestra alegría:

La monición de entrada decía al principio que es una fiesta para toda la Iglesia diocesana, para la Iglesia universal. Cada sí –y eso vale para vosotros, y para todos nosotros, y es bueno que lo aprendamos-, el sí más pequeño que le decimos a Dios, con verdad, desde nuestro corazón, en el lugar más escondido de una Iglesia perdida en un pueblecillo, o de nuestra alcoba, tiene una repercusión en el mundo entero, hace crecer la Iglesia, aunque nadie lo vea mas que Dios; hace crecer la Iglesia porque la Iglesia crece cuando la caridad divina, cuando el amor infinito de Dios crece en el mundo y, cuando nosotros acogemos el amor de Dios en nosotros, ese amor de Dios crece en nosotros. Cuando nosotros Le decimos un sí al Señor, el mundo cambia. Cambia, en primer lugar, en nosotros, pero cambia de una manera que tiene resonancias en Orión, en las pléyades y en las galaxias más lejanas, cambia el cosmos. El Sí de la Virgen ha cambiado la historia. Y no era un sí público. Y a dar ese sí, también nosotros, todos, somos llamados.

Pero es verdad que una ordenación, la entrada a participar como participáis vosotros por la ordenación de diáconos en el sacramento, es una gracia especial de Dios para toda la Iglesia, además de serlo para vosotros. Y nos alegramos infinitamente. No estamos tan nerviosos como vosotros, pero todos nos alegramos mucho. ¿Por qué? No porque esto significa lo buenos que sois vosotros, sino porque significa que Dios es fiel y cumple sus promesas. El Señor que prometió a su Pueblo, es decir, a vosotros, es decir, a la Iglesia -“Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”-, dado que esa Presencia de Cristo –en el Bautismo, en la Eucaristía, en el Perdón de los pecados- está vinculada al ministerio sacerdotal, les encomendó a los Doce una misión y esa misión llega hoy a través de mis pobres manos de un modo que os vincula al destino de Cristo: hacer nacer la Iglesia, dar la vida con vuestra sangre y con vuestra vida, generar ese pueblo libre de hijos de Dios en nuestro mundo, en el siglo XXI, en esta sociedad de hoy, con toda libertad y con toda alegría. Porque ese pueblo es la única esperanza humana que hay para el mundo.

Hemos leído en el Evangelio una resurrección de Jesús, de una niña muerta a la que Jesús devuelve a la vida. Uno puede ver en ese episodio una parábola de nuestro mundo. Nuestro mundo, Occidente, se muere a chorros. La “España católica” no es capaz de reproducirse, a veces por la difusión extraordinaria de medios anticonceptivos de todas clases; a veces por una desesperanza y un desamor a la vida que cómo va a transmitir uno la vida a un niño y hacer todo el sacrificio y llevar todas las cargas y las fatigas si uno no tiene amor a la vida. Después, qué duda cabe que nuestra cultura por unos medios potentísimos de comunicación hace todo lo posible para que no amemos la vida. Sólo hace que amemos una vida imaginada, la de las telenovelas, la de las series, la de las mentiras organizadas para nuestro consumo, para creernos que vivimos en las vidas de otros, y eso ya desde los tiempos de “Dallas” y “Falcon Crest”, hasta Netflix y Amazon, y todas las otras productoras de evasiones, que son como una droga para nuestra inteligencia y para nuestra mente y para nuestro corazón. Y con las cuales alimentamos y pensamos que educamos y mantenemos entretenidos a los niños, cuando lo que hacemos es corromper su esperanza, su imaginación.

Es un mundo de muerte. Juan Pablo II hablaba con frecuencia de una cultura de la muerte. Esa no es nuestra cultura. Eso no es nuestro modo de vida. Un mundo así se muere. Cuántas décadas le quedan a la sociedad española a menos que hubiese un cambio brutal, que no se ve por ninguna parte, de aquéllos que tenemos motivos para amar la vida y para vivir con esperanza. Nos quejaremos con razón de una ley de la eutanasia, pero ¡si nosotros mismos cooperamos! Si, incluso, en familias cristianas, cuando una chica, relativamente joven, va a tener su tercer hijo son los padres los que le dicen “pero, tú dónde vas”; cuando un empresario cristiano le dice a una chica que está trabajando y que se queda embarazada “pero, tú qué quieres, ¿arruinar tu carrera?”. Esto lo he oído yo con mis propios oídos. Por tanto, somos cómplices. Son leyes inicuas, absolutamente. Inhumanas, que tratan todavía de deshumanizar más nuestra sociedad. Y no estoy defendiendo lo que llaman los médicos “el encarnizamiento terapéutico”. Hay momentos en que preservar la vida, claro que sí, lo sabe la Iglesia, es más un acto de crueldad que un acto de amor. Pero los medios tienen que ser adecuados, proporcionados. Liberalizar, como se liberalizó el aborto, la eutanasia es liberalizar el suicidio asistido en una población que nos estamos muriendo a chorros.

Es en este trasfondo donde a vosotros, y a mi y a los que estamos aquí, nos toca ser testigos de otra cosa: de un amor que hace posible amar la vida; que hace posible en las circunstancias más adversas, más difíciles tener un gesto de verdadero amor. Una persona, hace unos días, con una enfermedad incurable, me decía: “pienso en ocasiones, ¿no dejaría de sufrir si me quitase la vida?”. Digo: “Tú, a lo mejor, dejabas de sufrir, pero tus padres, las personas que te queremos, nos la abrías destrozado, y nos la abrías destrozado para siempre, así que si se te pasa ese pensamiento más veces que sepas que viene del Enemigo y que sepas que hay gente que te queremos lo suficiente como para acompañarte y sostenerte como el Señor quiera”.

Mis queridos hermanos, en un mundo así, en un mundo donde la vida no vale nada, donde la verdad no vale nada, porque se venden mentiras a granel, envueltas en paquetes de celofán preciosos que cuestan millones de euros en películas y en series, en un mundo así, y sin más arma que la belleza de vuestra consagración, que la belleza de vuestra vida, la belleza de nuestro amor unos por otros, de unas relaciones buenas, bonitas, bellas; sin más arma que eso, que el poder de Jesucristo, nos dirigimos a este mundo a darle la medicina que más necesita, la única que es capaz de generar esperanza, sólida, buena, fuerte, la que no hay que fabricar, la que no hay que evadirse para vivirla, sino la alegría de saber que nuestras vidas son algo precioso, la de cada uno de vosotros.

Esa es la diferencia entre un mundo cristiano y un mundo que no lo es. No es que nosotros hacemos unas ceremonias bonitas. Es que nosotros tenemos una razón para vivir. Nosotros tenemos una razón para querernos, para perdonarnos, para saber tratarnos un poco mejor si no nos hemos sabido tratar bien; para aprender, la vida entera no tiene otra razón de ser que para aprender a querernos: en la familia, entre los vecinos, en los lugares de trabajo. Y de eso somos nosotros llamados a ser testigos, y alimentarnos del perdón de los pecados, de la Eucaristía, de la Palabra de Dios, una y otra vez, para poder alimentar de eso mismo que nos alimenta, que nos hace felices a nosotros, nos hace vivir en plenitud a nosotros, poder alimentar al pueblo que el Señor nos confía, del cual somos servidores. Un sacerdote no es el amo de nadie. Claro que tiene que tomar decisiones sobre la liturgia y tiene que moderar ciertas cosas de la vida de la Iglesia, pero no manda en nada ni en nadie. Somos servidores. Siervos vuestros, decía San Pablo. “Siervos de vuestra alegría”, me parece una de las definiciones mejores de un apóstol, de un pastor. Siervo de la alegría, de la alegría verdadero. Siervos de vuestra vida en Cristo.

Que viváis con pasión vuestro ministerio; que améis a Jesucristo apasionadamente. Y la medida de ese amor será que améis a las personas que os han sido confiadas con la misma pasión que amáis a Cristo. Apasionadamente. Amad a los hombres y el bien de los hombres, y la verdad de sus vidas. Y no tengáis miedo si tenéis que luchar con el mundo para defender la verdad de esas vidas, y el gozo, y la alegría de vuestra comunidad cristiana. Al contrario. Sentíos orgullosos si un día tenéis que padecer por el nombre de Cristo, para proteger al pueblo que os ha sido confiado, que honre. Qué honor más grande.

Vamos a darLe gracias a Dios juntos, vamos a pedir al Señor que os fortalezca y que os sostenga, y que este camino que hoy en un sentido se consuma –lleváis muchos años esperando este momento- y que en otro sentido empieza porque empieza vuestro ministerio ordenado, vuestro ministerio sacerdotal en el ministerio diaconal, se cumpla a la medida de la caridad y del amor infinito de Jesucristo por cada uno de vosotros.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

1 de julio de 2018. S. I Catedral
Ordenación diaconal, XIII Domingo del T.O

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Granada Mon, 02 Jul 2018 12:03:40 +0000
¿Propietarios o inquilinos? http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45285-¿propietarios-o-inquilinos?.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45285-¿propietarios-o-inquilinos?.html ¿Propietarios o inquilinos?

Escrito del arzobispo de Granada, Mons. Javier Martínez

Nuestra vida, nuestro piso, nuestra tierra… Artículo de nuestro Arzobispo D. Javier Martínez sobre el tema de la eutanasia y su implantación en España.

Es probablemente muy ingenuo, en el mundo en el que estamos, esperar que en un debate político se pueda introducir una razonable medida de razón. Y sobre todo si es uno de esos “debates” que enardecen a las personas, cargados de ideología, y que se agitan un poco artificialmente para que no haya en realidad verdadero debate sobre nada, para ocultar que en realidad el debate político ya no existe (y hace mucho que no existe), que sólo hay juegos de poder y de marketing. Pero eso, precisamente eso, introducir la razón y el amor a la realidad en todas las cuestiones, servir a la razón y defenderla en todas ellas, contra todos sus enemigos (y en primer lugar, con los enemigos que tiene en nosotros mismos), es una tarea irrenunciable de la Iglesia, a pesar de dos siglos o más de retórica y de demagogia en contra. Ese amor a la razón, ese recurso a la razón, es tarea de la Iglesia como una de las exigencias primeras y más profundas de su fe en Jesucristo. Hoy más que nunca. Como lo fue en los primeros siglos del cristianismo, cuando tuvo que abrirse paso entre la proliferación selvática de “sentimientos religiosos” y de gnosticismos de todas clases. Esa es la tarea que vamos a tratar de hacer aquí con toda la inteligencia de que seamos capaces.

La introducción de un proyecto de ley sobre la eutanasia pertenece a ese tipo de cuestiones “virales”, donde, como en las guerras, la primera víctima es la verdad. La verdad, y la razón como vía de acceso a ella. Lanzado justo antes del verano, agazapando en su retórica falsamente compasiva motivos tan poderosos como el ahorro en gastos médicos y de seguridad social, es una de esas cuestiones, como el nacionalismo, como la ideología de género, como el optimismo felizmente reinante, que tienden a desalentar el recurso a la inteligencia. Porque para justificar la eutanasia, y también desde hace mucho tiempo, están en marcha, como un solo hombre, todos los recursos del poder: desde el cine y la televisión y todos los demás aparatos de la propaganda, hasta la conciencia de que las masas humanas están cada vez más drogadas, de que sólo piden pan y circo, y de que son cada vez menos capaces de una vida sana y bella (razonable, libre y dotada de un sentido que justifique adecuadamente los sacrificios del amor), y cada vez menos capaces de un pensamiento articulado y complejo.

De entrada, doy la batalla política (y cultural) por perdida, a corto y a medio plazo. Es verdad que en Portugal, hace no muchos días, musulmanes, judíos y cristianos de diversas confesiones, se unieron para oponerse a ese mismo crimen social, y que no estaría nada de más que cundiera el ejemplo. Pero España no es Portugal. Por otra parte, no me escandalizo en absoluto por la propuesta de la eutanasia, en un mundo en el que la vida humana no cotiza en bolsa, por lo menos ya desde la Primera Guerra Mundial, y que tolera sin rechistar la destrucción de Libia, o de Siria e Irak, o de grandes partes de África… Quienes son capaces de tan heroicas hazañas, tienen suficiente poder como para ganar todavía muchas batallas. Pero no ganarán la guerra, porque esta guerra la gana quien más ama, y ellos no saben amar. La guerra está ya ganada, desde hace dos mil años, en el abrazo infinito de Dios a esta humanidad nuestra que no lo merece (que no lo ha merecido nunca), y que, sin embargo, está ya para siempre unida al destino y al triunfo de Jesucristo. Los portadores de esta verdad, modesta pero imprescindible para quien desee todavía un futuro humano, no tienen más arma que la belleza desarmada, según la expresión feliz del título de un libro escrito por un amigo mío. La belleza desarmada de una vida, de unas relaciones humanas transparentemente bellas y verdaderas. Parece un equipo muy pobre, para lo que está en juego. Pero esa belleza desarmada, como la pequeña y frágil luz del cirio pascual, cruza las fronteras y los siglos.

Quienes quieren que España se muera, que Europa se muera, que la Cristiandad desaparezca definitivamente de nuestras tierras, tienen, en efecto, mucho camino andado, y no están muy lejos de conseguir sus objetivos. Pero es imprescindible decir que ese camino lo han andado con la complicidad, también durante mucho tiempo, de (casi) todos los que nos rasgamos las vestiduras ante la barbarie de la eutanasia. Y que nos las hemos rasgado, igual de estérilmente, y acaso también con una dosis no pequeña de hipocresía, ante el drama del aborto, o ante otras cabriolas legislativas y mentales que tenemos que sufrir, y que reflejan ante todo una herida muy honda, herida que genera una especie de odio resentido a la realidad y a la dignidad de la persona humana. Llama la atención con qué ardor se combaten ciertas políticas, ciertamente inhumanas, y cómo —sin conciencia alguna de la contradicción y de su efecto deletéreo sobre la fe del mundo— sostenemos, y hasta enseñamos en nuestras instituciones “católicas”, y a veces hasta nos sentimos en la obligación de defender, la mayoría de los rasgos de la visión del hombre en que esas políticas se apoyan: desde considerar que el centro de la vida es la actividad económica hasta una concepción de la libertad, de la razón y del afecto que carecen de metas y de caminos, o una devoción al estado y a la política que es ya una apostasía de la fe cristiana y una dimisión de nuestra condición humana.

Esa visión del hombre es burguesa por los cuatro costados. Ha hecho del “bienestar” y del confort el dios definitivo. Sacrifica todo a ese dios. Es quizás duro oír que la política de promoción de la eutanasia es un modo de reducir los costos de la seguridad social. Pero es verdad. La política que fomenta la eutanasia es una política capitalista, utilitaria, que no tiene ni puede tener vínculo alguno con el sentido moral que caracterizó en sus orígenes al socialismo histórico, a la izquierda histórica. ¡Ojalá tuviéramos hoy una izquierda política con un nivel cultural y moral que se pareciese en algo al socialismo de Péguy o al de Chesterton! Pero no. No tenemos, no parece haber en Europa, no parece haber en el mundo alternativa política alguna al capitalismo más chato y miope. En la izquierda como en la derecha, la antropología de base, en todo aquello que define el significado de la vida y el sentido del obrar humano,—esto es, en todas las cuestiones importantes—, es exactamente la misma. Piensan lo mismo y, o van de la mano, o van al menos en la misma dirección. Tienen todos la misma religión, la única verdadera, la del capitalismo global. Y esa religión, como todas las religiones, no deja lugar para otra, no puede ser compartida. La del capitalismo global, con su antropología, con su ética y su política, con su estética, no es sencillamente compatible con la del Dios crucificado por amor a los hombres, “por nosotros y por nuestra salvación”.

Al lector que haya llegado hasta aquí le será ya obvio que su autor —un servidor de ustedes— no simpatiza con la eutanasia. Debo dejar igualmente claro que eso no me hace defender el encarnizamiento terapéutico. Hay formas de esa encarnizamiento que reflejan perfectamente un nihilismo práctico que, en realidad, justifica la eutanasia en virtud de un inevitable efecto “boomerang”. Por eso los defensores de la eutanasia acusan inmediatamente a quien no les sigue de crueldad, de una crueldad mayor por ser partidarios de ese encarnizamiento. No hay que caer en esa trampa, que pone de manifiesto más que nada el carácter sofocante e ideológico de la cuestión: es lo mismo que pasa con los (supuestos) debates sobre el nacionalismo, o sobre cualquiera de los tres ejemplos que señalaba Alasdair MacIntyre en el primer capítulo de Tras la virtud: la propiedad privada, el aborto y la pena de muerte. ¿Interminabilidad de los debates morales en nuestro mundo emotivista? Sin duda. Pero no podemos renunciar a esos debates, porque renunciar a ellos es dejar la realidad en manos de los más pícaros o los más charlatanes. Como no podemos renunciar tampoco a la posibilidad de que, detrás de todas las pasiones humanas, detrás de todos los ídolos de nuestro tiempo (básicamente el dinero, la lujuria y el poder, como supo ver T. S. Elliot), pueda alumbrarse una experiencia humana verdadera, y un pensamiento capaz de articularla.


+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

Publicado en blog " ciudad de Dios y de los hombres" (www.ciudadediosydeloshombres.org)

29 de junio de 2018

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Fri, 29 Jun 2018 12:15:54 +0000
Abrir las puertas a Cristo en nuestro corazón http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45224-abrir-las-puertas-a-cristo-en-nuestro-corazón.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45224-abrir-las-puertas-a-cristo-en-nuestro-corazón.html Abrir las puertas a Cristo en nuestro corazón

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía celebrada en la Catedral en al Natividad de San Juan Bautista, en la que habló sobre la santidad cristiana, que no consiste en cualidades o esfuerzos, sino en la gracia de Dios que desea que le amemos.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa bien amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

queridos hermanos y amigos todos:

Dejadme dar gracias en primer lugar al coro del Centro Artístico de Granada, que no es la primera vez que nos acompaña y tiene el gusto de venir de vez en cuando, y nos ayuda a vivir mejor este momento de gracia tan grande que es la Eucaristía de cada domingo.

Quiero felicitar también a todos los “juanes” que celebren San Juan el día de hoy y no el día 26 de diciembre. Es un nombre precioso el nombre de Juan, o Iván también, que es el mismo sólo que en eslavo. Lo que significa es “Dios ha dado”, “don de Dios”. La verdad es que toda persona humana es un don de Dios, pero poder llevarlo en el nombre también es una gracia si uno puede recordar cuál es el origen de ese nombre, como eran todos los nombres hebreos: tenían un significado y, en general, los nombres de las culturas semíticas y también de otras culturas orientales.

La figura de San Juan Bautista es una figura rica, riquísima, y sorprendente en muchos aspectos. No voy a subrayar hoy mas que uno y es cómo rompe de alguna manera nuestras percepciones de la santidad. Porque nosotros venimos de al menos dos siglos, o quizás más, de una tradición cristiana muy moralista, que entiende el ser cristiano como el esfuerzo por adquirir unas virtudes y conseguir unas cualidades. Lo cual es muy frustrante y a la larga termina alejando a muchas personas de Dios, porque efectivamente si nosotros contamos con que somos nosotros los que tenemos que hacer nuestra santidad, eso es el resultado final de ese camino equivocado, desde el punto de partida, es siempre la frustración, la decepción. Una consecuencia inmediata de ese pensar que nosotros podemos realizar nuestro ser en plenitud, con nuestras propias fuerzas, marginamos a Dios de nuestra vida. Al final, Dios es un adorno, no lo necesitamos. Nos basta con nuestra fuerza de voluntad, para ser perfectos, para ser hombres perfectos. Sólo lo necesitamos para eso que llamamos las cosas sobrenaturales. Pero las cosas sobrenaturales si podemos ser perfectos por nosotros mismos, son cosas innecesarias, en realidad. No tendríamos ninguna necesidad de Dios y menos de la Redención de Jesucristo, de la Encarnación del Hijo de Dios, de su Pasión, de su muerte.

Por eso digo que ese cristianismo moralista donde concebimos la santidad ante todo como un esfuerzo que hacemos nosotros por adquirir unas determinadas cualidades y que creemos que el hombre puede adquirirlas por sí mismo (hasta el mismo matrimonio, pensar que es una cosa puramente humana, meramente humana, de amor humano, de atracción humana, de atracción sexual por ejemplo; y pensar que la felicidad de un matrimonio la hacen los cónyuges sin la Presencia de Dios, sin la Gracia de Cristo, sin el Misterio de donación que es Dios a cuya imagen hemos sido creados), estamos perdidos. Y yo no dudaría mucho en decir que una de las fuentes de la crisis profundísima que viven los matrimonios y las familias tiene que ver con eso. Porque uno espera que dos jóvenes buenos, con cualidades, de buena voluntad, con una buena posición humana, lo normal es que se quieran y se lleven bien. Mentira. Es un engaño tremendo. El matrimonio es una cosa misteriosísima. El amor esponsal es una cosa misteriosísima, que tiene que ver con Dios antes que con nada. Y con el Dios que es Amor; el Dios que nos ha revelado Jesucristo; el Dios que se nos ha entregado en la cruz; el Dios que se nos da misteriosamente cada vez que celebramos la Eucaristía, como una vida que nosotros no alcanzamos por nosotros mismos, y sin embargo, necesitamos absolutamente para ser plenamente humanos. Porque nuestro ser humano no es como el ser de las hormigas o como el ser de los animales. Somos imagen y semejanza de Dios y estamos hechos para el Infinito, y estamos hechos para un amor infinito. Y sólo cuando descubrimos esa fuente de amor infinito que es el Dios verdadero, entonces nuestras vidas descubren cuál es el camino y cuál es el acceso a nuestra plenitud humana.

Lo que estoy diciendo es que no podemos ser humanos en plenitud, y desde luego no construir una sociedad humana plenamente humana, con torpezas, con miserias, con defectos, con todo lo que queráis, pero plenamente humana, es decir, capaz por ejemplo de perdonar, capaz de regenerarse plenamente, si no está traspasada, transfigurada por la luz, y por la gracia, y por la vida que nacen del costado abierto de Cristo.

Pero hemos concebido la vida cristiana así, como un esfuerzo moral, y como un esfuerzo moral que hacemos normalmente solos, y que si no hacemos solos, tenemos que regañarnos como lo haría una maestro de las escuelas antiguas para enderezarnos, y hacer más esfuerzo y poner más intención en conseguir lo que no hemos conseguido hasta ahora. Ese camino nos aleja de Dios. Los puntos de partida que hay en él son tan ambiguos, están tan llenos de falsedad, son arenas tan movedizas y tan falsas que terminan alejándonos de Dios.

Yo creo que una de las cosas que nos pone de relieve la figura de San Juan el Bautista (y también veréis otras figuras cercanas a Jesús, también la de la Virgen, la de San José en otro sentido, la de los Santos Inocentes, la del Buen ladrón), nos ponen de manifiesto que la santidad es probablemente otra cosa a esa representación nuestra habitual que proviene de nuestra tradición cultural reciente, pero que no es cristiana, que es más estoica y pagana, pelagiana, que realmente la Tradición cristiana verdadera. Porque, de San Juan Bautista, excepto que Dios lo eligió para ser precursor y excepto que dio la vida, no la dio especialmente por Cristo, la dio por protestarle al Rey de una conducta que estaba teniendo mala pero no especialmente por Cristo. Como los Inocentes, yo pienso muchas veces: los Inocentes es una fiesta inmensa, que celebramos inmediatamente después de la Navidad, después del primer mártir y después de San Juan Evangelista, y vienen los Inocentes. Que ni ellos ni sus madres sabían quién era Cristo. Y yo creo que ellos se representan a todas las víctimas de la historia, víctimas de todo tipo, que una vez que el Hijo de Dios se ha encarnado, una vez que el Hijo de Dios se ha hecho víctima para rescatarnos a nosotros de nuestra esclavitud, del pecado y de la muerte, participan, Cristo está unido a todas las víctimas del mundo. A las víctimas de las guerras. Que jamás han oído hablar del Señor. Son mártires, la Iglesia los venera como santos.

Por tanto, la santidad no tiene que ver con cualidades, sino con reconocer a Cristo. Más aún, con estar cerca de Cristo. De San Juan Bautista no sabemos qué temperamento tenía. Era un hombre alto, fuerte, probablemente si vivía en los desiertos, en el desierto de Judá, y no hay mucho alimento por allí pues suelen ser personas enjutas y delgadas, tendría la tez morena… Pero, ¿qué cualidades tenía? ¿Era un hombre simpático? ¿Era un hombre afable? Tuvo discípulos, por tanto algún atractivo tenía para los discípulos. Sabemos que era muy austero, eso sí, pero en la austeridad no se parecía a Jesús, porque es verdad que se alimentaba de langostas del desierto (…), era un hombre austero, un hombre asceta, pero mira qué casualidad que en eso no se parecía a Jesús. Porque precisamente a Jesús no lo llamaron asceta; al contrario, lo que le decían era “mira, un comilón y un bebedor”, amigo de publicanos y pecadores, que celebraba banquetes con los publicanos y con los pecadores para mostrar cómo los publicanos y pecadores eran amados por Dios, aquellos en cuya casa no entraba ningún judío piadoso porque eran proscritos, porque no se podía uno acercar a ellos sin quedar impuro y tener que apartarse luego un día entero de la vida normal (había que purificarse y bañarse si uno había entrado en casa de un pecador). Y Jesús entraba y comía con ellos. Y fue una de las razones que hizo que a Jesús se le recibiera mal. ¿A dónde voy?

La santidad no consiste en determinadas cualidades, ni en determinadas virtudes. La santidad consiste en participar de la vida del Señor, en estar cerca del Señor. Y seamos como seamos, todos nosotros podemos decir igual que Juan el Bautista que hemos sido elegidos. Nadie estaríamos aquí, nadie habríamos sido bautizados, nadie habríamos sido llamados a la vida si no es por un amor preferencial y exquisito. Tú, seas quien seas, sea cual sea tu historia, sean cuales sean tus defectos, tus pecados, tus heridas, aunque estuvieras sin bautizar: si te ha llamado el Señor a la vida, es porque te ama y te ama con tu nombre y por un amor infinito. Si estas aquí, hay una cercanía del Señor, porque el Señor viene misteriosamente, pero viene a nuestro altar, quiere venir a nuestro corazón, anhela estar con nosotros en nuestra corazón. Y ese abrirLe las puertas a Cristo es la santidad cristiana. El más grande de los pecadores, los dos ladrones, que llamamos ladrones así porque el Evangelio los llama así (…), eran un grupo específico de judíos que se dedicaban a asesinar a las personas que eran partidarias del poder romano, o aliados del poder romano, o que participaban o se aprovechaban de la ocupación romana y su tarea era asesinar. Y a esos se les llamaba ladrones, esos eran los que morían en la cruz normalmente. Jesús muere entre dos ladrones, por lo tanto aquel hombre que era un asesino, que era un terrorista (…), ciertamente un asesino, no dice mas que una palabra: “Señor, acuérdate de mi cuando estés en tu Reino”, que es parecido al “Señor, ten piedad”; que no hace falta que lo digan los labios, lo dice el corazón y es suficiente: “Señor, ten piedad”. Y la respuesta de Jesús es: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

De Juan el Bautista no sabemos nada mas que, que dio su vida por lo que la dio, y que mostró a Jesús. Cuando Jesús pasaba, igual que el Buen ladrón lo reconoció, él mostró a Jesús y dijo “éste es el Cordero, no soy yo”. En ese sentido es un poco figura de la Iglesia. Nuestra tarea no es ser muy buenos y poder mostrar al mundo lo buenos que somos y cómo los cristianos somos muy buenos. Siempre, si tenemos personas cerca que no son cristianas, descubren nuestros defectos, descubren nuestros límites, a veces nuestras hipocresías, nuestras mentiras. Lo que tienen que descubrir es que Jesucristo es lo más querido que hemos encontrado, porque es nuestra única esperanza. Nuestra única esperanza para la vida. Él es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Estas palabras de Juan el Bautista lo recordamos en cada Comunión, justo antes de comulgar. Él es el que ha sacrificado su vida para que yo, pobre criatura, pobre siervo destinado a morir, pueda vivir con la esperanza y la certeza de ser un hijo de Dios y pueda edificar mi pobre vida sobre lo más sólido que hay que es el Amor infinito de Dios. Celebrar San Juan Bautista es celebrar la elección del Señor, el don del Señor que es su Amor, la fuente de nuestra esperanza y la fuente de nuestra alegría.

Que vivamos en ella todos los días de nuestra vida, todos vosotros y las personas que queréis.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

24 de junio de 2018

S.I Catedral

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 26 Jun 2018 12:48:12 +0000
La Primacía de la Gracia http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45090-la-primacía-de-la-gracia.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45090-la-primacía-de-la-gracia.html La Primacía de la Gracia

Homilía de Mons. Martínez en la Eucaristía celebrada en el XI Domingo del T. O en la S.I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios; muy queridos sacerdotes concelebrantes;

hermanos y amigos todos:

Dos pensamientos hay en las Lecturas de hoy, o dos pensamientos se me sugieren a mí que pueden ser más útiles. La verdad es que las dos parábolas del Señor y hasta el texto de San Pablo, y la misma lectura del Antiguo Testamento, son bellísimos y están llenos de luz. Pero dos cosas quisiera yo subrayar, con la esperanza de que os puedan ser útiles en vuestra vida.

La primera tiene que ver con el texto de San Pablo. Cuando San Pablo dice que preferiría estar en el Cielo que estar aquí. En mis muchos años ya de sacerdote he oído cantidad de veces la expresión “bueno, sí, pero que Dios no tenga prisa”. Lo cual refleja, de mil maneras diferentes, también el modo, la ansiedad con la que a veces le pedimos al Señor la salud, como de manera muy parecida a como la piden quienes no tiene fe. Y eso refleja realmente una especie de pequeño, o gran, cáncer en nuestra fe. Es una fe superficial, es una fe como de entretenimiento. Porque si realmente simplemente cayésemos en la cuenta de quién es Dios y de que el Cielo no es un sitio donde Dios te da un caramelito o cantamos como los ángeles y uno piensa en el Cielo como una cosa estática, aburrida, sin comunión de personas, sin gozo, sin alegría. No es así como la Escritura santa habla del Cielo. El Cielo es Dios y todo lo que de bello en la Creación (y es mucho, desde la convivialidad de un banquete de familia o de una conversación con los amigos, hasta las exquisiteces más grandes del amor humano y de la amistad humana de la entrega de los padres, o hasta de los amigos de manera heroicidad tantas veces a lo largo de la vida, a lo largo de la historia), todo eso no son mas que manifestaciones pobrísimas del Ser de Dios, de cuya Belleza, de cuyo Bien y de cuyo gozo participamos aquí entre velos, de una manera velada, oscura, a tientas, perdidos. Por eso, nos extraviamos tan fácilmente y con buena voluntad, todos perdemos el norte.

Caer en la cuenta de que el Cielo es Dios, ¿cómo voy a tener yo miedo a Dios? En ese sentido me puede dar más miedo los sufrimientos que con frecuencia acompañan a la vejez o a la muerte, es decir, esa especie de desasirse de las cosas creadas que con el paso del tiempo uno percibe. Pero si uno tiene conciencia de que vivir vale la pena si uno vive para Dios y que en la muerte quien nos aguarda es Dios, ¿miedo a la muerte? Y no es porque San Pablo fuera un héroe, o fuera una persona –diríamos- excepcional. Es lo propio de ser cristianos; es la alegría de vivir y por así decir, casi la alegría de morir, porque en la vida y en la muerte somos del Señor. Y porque el Señor nos ha rescatado al precio de su Sangre divina y nadie nos puede arrebatar el Amor de Dios, que es nuestra única tierra sólida en la que apoyarnos.

Sin embargo, muchas de esas expresiones a las que hacía referencia, y que uno entiende porque también mi corazón es cómplice de ellas, el decir “bueno, que Dios lo más posible en venir”... Tenemos una imagen de Dios tan penosa que si Dios fuera como nosotros, yo creo que nos había expulsado de Su amor, mil veces y de mil maneras diferentes. Sólo que gracias a Dios, Dios no es como nosotros.

Y sin embargo, esa fe de la que estoy hablando -que sería elemental; que sería una fe cristiana elemental porque es el “ABC” de la fe: en el Credo, “la vida eterna, la comunión de los santos”- no es algo que podamos adquirir ni a base de pensar, ni de comernos el coco, o de esfuerzo y de codos y de puños. Y ahí entran las dos parábolas del Evangelio de hoy. El labrador siembra la semilla y él no sabe cómo pero aquello produce espiga y fruto. Él duerme y está tranquilo, y sabe que aquello producirá su fruto. El Señor se ha sembrado en nuestras vidas. No estaríais aquí ninguno de vosotros, no estaría yo, ciertamente, si no fuera porque hemos conocido al Señor.

Señor, que ese conocimiento tuyo genere, cambie, las fibras de nuestro corazón, nuestra sensibilidad, nuestro modo de mirar, nuestro modo de vivir, nuestro modo de relacionarnos unos con otros. Que nos haga vivir en la sencillez y en la verdad, y nos permita vivir contentos, morir contentos; que la vida pase sobre nosotros no como un accidente, o como un pastel al que tenemos que agarrarnos para coger un trocito de ese pastel.

Que todo es don Dios; que todo es gracia; que yo soy gracia en primer lugar, un regalo que Dios me ha hecho sin haberlo buscado, ni haberlo merecido. Ese Dios que es Amor y que se ha revelado en Cristo, hasta una profundidad abisal verdaderamente.

Señor, Tú que has sembrado la fe en nosotros, que nazca, que crezca, que florezca, que dé frutos en nuestras vidas. Si no hay que convencer al mundo... Si tuvierais fe como una granito de mostaza –dice el Señor a sus discípulos-, pediríais a esa montaña “quítate de ahí y tírate al mar”, y se tiraría. Por tanto, Él contaba con que la fe no es algo que esté a nuestro alcance, porque ninguno de nosotros podemos decirle a Sierra Nevada que se tire al mar y se tiraría. Pero, Señor, Tú que eres el Señor de todo y que nos has llamado a la fe, nosotros somos muy torpes, dormimos, cantamos, pasamos el tiempo…, haz que la semilla que Tú has plantado en nosotros florezca y dé fruto.

Todas las parábolas afirman solo una cosa, casi solo una cosa, es la más importante que anuncia: la Primacía de la Gracia de Dios sobre el esfuerzo humano y sobre el trabajo humano. La Primacía de la Gracia, la misma de la mostaza. La mostaza es un granito minúsculo, un comino, es más pequeño que un grano de trigo, una bolita que se pierde casi en la mano, y sin embargo se convierte en un gran arbusto.

Señor, confiamos en Tu Amor. Confiamos en el poder de Tu Amor. No en un poder arbitrario y mandón y absurdo que nos alejaría de Ti. Confiamos en el poder inmenso de Tu Amor, de transformar nuestras vidas, de modo que podamos vivir siempre en la alegría y en la libertad de los hijos de Dios.

Que así sea, para vosotros; que así sea para todos nosotros; que así sea para toda la Iglesia.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

15 de junio de 2018

S.I Catedral

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 19 Jun 2018 11:55:02 +0000
Dios, infinito http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/44931-dios-infinito.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/44931-dios-infinito.html Dios, infinito

Homilía en la Eucaristía del llamado “Corpus chico” en la parroquia de Santa María de la Encarnación (Alhambra). Posteriormente, tuvo lugar la procesión con el Santísimo Sacramento por el recinto alhambreño, con la Hermandad y fieles.

Es un regalo y un privilegio poder acompañaros en este domingo, en el que hacemos conmemoración, después de la Eucaristía del domingo, lo que el Corpus representa en nuestra querida Granada, también en este precioso y único lugar que es Santa María de la Alhambra.

Sois vosotros privilegiados de cuidar y mantener la vida cristiana en un lugar como éste, abierto a todos los vientos del mundo, signo del Dios que es Amor y que renace en nuestra historia con el retorno del cristianismo a Granada, en la escuela de esa sobrecogedora y bellísima imagen de Santa María de las Angustias de la Alhambra, donde todos aprendemos, porque el amor no es una cosa que se pueda dar por sabia como tercero de matemáticas: el amor es algo que uno tiene que estar aprendiéndolo todos los días, y uno tiene que ir a la escuela todos los días, y uno tiene que dejarse enseñar (…). Hay un himno latino precioso que se llama Iesus dulcis memoria, que en un momento dice: “Sólo el que tiene experiencia puede comunicar –hablando de cómo el amor de Cristo es inefable- qué es querer a Jesús”. Por lo tanto, a la hora de pensar en esa escuela de amor no se trata de leer libros sobre el amor: se trata de mirar a quienes saben amar.

Yo creo que la razón por la que la Iglesia propone a los santos es justamente porque son maestros en el arte de amar, en el arte de perdonar, en el arte de dejarse querer, que a veces es también muy difícil (y a lo mejor, de dejarse querer por quien no te quiere bien y te busca por intereses, tantas veces en la vida). Pero el cristianismo introduce y siembra en nuestra historia con la Encarnación del Hijo de Dios un amor más fuerte que la muerte. Y ser cristianos es haber conocido ese Amor, participar en él y dejarse arrastrar por esa invencible corriente de amor que es la única esperanza de la historia humana, de la historia personal de cada uno, que sólo adquiere protagonismo verdadero y valor en el sentido más pleno y hondo de la palabra cuando es una historia de amor. Pero también en nuestras historias colectivas: en las familias, en los barrios, en los lugares de trabajo, en las ciudades, en los estados… San Juan Pablo II solía decir que nuestras sociedades no sólo necesitan justicia social; necesitan esa Presencia del amor social, que es lo único que hace una sociedad plenamente humana.

En ese sentido, celebrar el Corpus es celebrar la presencia indeleble, fiel, constante, del amor de Cristo, del amor de Dios hacia nosotros. Los textos de la liturgia de hoy son todos ellos muy ricos (…). Sólo explicar que la blasfemia contra el Espíritu Santo no significa otra cosa que la libertad que se niega a ser amada, que se niega a reconocer en los signos por los que Dios nos seduce, nos invita, nos llama al abismo de su Amor, cerrarse a ellos y no querer verlos. Y Dios no puede nada. No es que Dios no perdone porque hay un tipo de pecado que Dios no es capaz de perdonar. Es que Dios ha creado al hombre de tal manera que si el hombre dice que no, Dios se ha hecho de tal manera siervo del bien del hombre que Dios se arrodilla a su lado, le suplicará, estará ahí fielmente, seguirá tratando de protegerlo, pero no tiene poder para destruir la libertad humana. Ha querido librarse a Sí mismo de ese poder y no actúa contra la libertad humana.

Cada uno de los varios episodios que tiene el Evangelio y lo mismo la Carta de San Pablo -“Creí, por eso hablé”, o “Los sufrimientos de esta vida no valen nada comparado con la gloria que nos espera”- son frases en las que uno podría quedarse “como los garbanzos en remojo” y dejarse enseñar por ellas horas, días y a lo largo de la vida.

(…) Vamos a sacar al Señor de aquí a un rato. Y quisiera hacer un observación, y precisamente en este lugar. Todos, seguramente, habéis sentido vértigo alguna vez. Y cuando digo vértigo no me refiero a lo que los médicos llaman vértigos (…), sino al vértigo verdadero de verse uno al borde de un abismo cuyo fondo no ve (…). Yo recuerdo siempre un pasaje del Antiguo Testamento que dice: “El universo entero es como una mota de polvo en la mano del Señor”. Yo quisiera que sintiéramos algo vértigo alguna vez pensando en Dios, pero no para aterrarnos, sino vértigo pensando en el Amor de Dios. Si el amor humano cuando es verdadero (y muchas veces cuando es falso) puede hacernos perder la cabeza, qué puede ser un amor en el que el universo entero y esas distancias que nos hace extraviarnos en la mente (no somos capaces de calcular lo que son cien millones de años luz, es decir, no tiene nuestra mente capacidad imaginativa para representárselo visiblemente, en imágenes)… qué será un amor del que todos los amores de la historia son nada más una pequeña participación, que será un amor infinito verdaderamente, un amor en el que el universo entero es una mota de polvo al lado de la infinitud de ese amor. Qué vértigo. Qué asombro. Qué asombro que el Dios creador (…), que todo lo que existe (…), todo lo que es participa del Ser de Dios. Ahí hay un vértigo inmenso. Nosotros existimos, vivimos, nos movemos en Dios. No somos fuera de Dios y Dios no es fuera de nosotros. (…) Dios no es un ser muy poderoso que está fuera del mundo. El mundo entero existe en Ti, Señor.

Y Tú has querido hacerte pequeño, uno de nosotros (…), has querido experimentar nuestra vida y nuestra miseria. (…) Imaginarnos el amor del Dios verdadero, el amor por mi, que ni siquiera soy capaz de sostenerme en el amor a mí mismo, que me desprecio muchas veces, basta que abra un poco los ojos… El Corpus pone un marco al Sacramento de la Eucaristía, pero eso tiene el peligro de que al enmarcarlo pensamos que no hay sitio para el vértigo. Por eso, quiero subrayaros la inmensidad y abriros el horizonte de un Dios que sólo porque es así merece ser creído. El Dios que nos imaginamos no merece fe. (…) Si tuviéramos los ojos de la fe, si pudiéramos ver las cosas con otra mirada que no sea la nuestra, tan pequeña, veríamos que junto a ese miserable está arrodillado Dios y está arrodillada la Virgen, queriendo, suplicando, que su corazón se abra al Misterio del Amor que para Dios es su Ser. Ése es el Dios que merece la pena creer en Él. Pero, para nosotros, es inimaginable (…). Es la paradoja total y la Majestad total. (…)

Señor, que cuando te saquemos, seamos conscientes de que vivimos al borde de ese abismo. Un literato francés que el Papa cita con alguna frecuencia, Leon Bloy, de finales del siglo XIX y comienzos del XX, decía en algún momento que esas distancias siderales y de millones de años de luz que a nosotros nos da vértigo pensar –dice- “a la vista de los ángeles son como un bloque de granito”. Es decir, nosotros somos tan pequeños que nos parece que es una cosa inmensa y unas distancias inmensas. A la mirada de alguien que tuviera otro tipo de mirada y que un hombre pueda imaginársela como se lo imaginó León Bloy, dice: “Las estrellas están tan unidas como las partículas de un bloque de granito”. Caer en la cuenta de que hablar del Amor de Dios tendría que hacerme temblar, tendría que darme vértigo, tendría que suscitarme un asombro verdaderamente sobrecogedor. Y que Dios haya querido humillarse, y se siga queriendo humillar en cada uno de nosotros con un amor sin límites, ése es el vértigo de la mente, y del corazón, y de la vida. Que nunca nos falte. Que nunca nos falte porque sólo ese vértigo nos dice que de alguna manera estamos ante el Dios verdadero. Cuando falta el vértigo, cuando no hay lugar para el asombro, cuando nos creemos que lo tenemos todo enmarcado, delimitado y controlado, no es Dios. Y no es extraño que los hombres se alejen de ese Dios. Un axioma de san Anselmo de Canterbury al principio de la Edad Media decía: “Si comprendes, no es Dios”; si has comprendido, no es Dios.

(…)

Si lo pensáis un poquito, ese abismo al que nos asomamos (al que digo que nos asomamos cuando nos asomamos a Dios) también está cuando nos asomamos a nuestro ser. También nuestro ser es un abismo que da vértigo. Porque somos imagen y semejanza de Dios.

Señor, que nunca nos falte en la vida espacio para ese asombro o para ese vértigo. Y que al sacar al Señor en esta mañana nos demos cuenta de que estamos, como un neurocirujano, tocando algo que a uno le daría pánico tocar.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

10 de junio de 2018

Parroquia de Santa María de la Encarnación (Santa María de la Alhambra)

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 12 Jun 2018 10:29:17 +0000
“Te pedimos Madre Nuestra que nos acompañes en la vida” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/44822-“te-pedimos-madre-nuestra-que-nos-acompañes-en-la-vida”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/44822-“te-pedimos-madre-nuestra-que-nos-acompañes-en-la-vida”.html “Te pedimos Madre Nuestra que nos acompañes en la vida”

Homilía de Mons. Martínez en la Eucaristía con motivo de la fiesta de María Auxiliadora, celebrada con la comunidad y familia salesiana.

Muy querida Iglesia del Señor, reunida esta tarde aquí para celebrar la fiesta de María Auxiliadora, Pueblo santo de Dios;

Lo primero que yo tengo que hacer esta tarde es dar las gracias al padre Marco Antonio, y se las doy muy efusivamente y muy de corazón, porque ha tenido una generosidad muy grande al permitir este “asalto” en el último minuto casi.

En mi ministerio pastoral, durante años, en Córdoba y en los primeros años aquí en Granada, siempre era una fecha fija el celebrar María Auxiliadora, y llevaba muchos años sin celebrarla. Y cuando esta mañana he visto que era María Auxiliadora he dicho: voy a ir. Y teniendo todo preparado y casi sin aviso, el padre Marco Antonio ha tenido la generosidad de dejarme presidir esta Eucaristía. Y para mí es un gozo reunirme con toda la familia salesiana. Un gozo y una expresión también de gratitud a lo que todos debemos a San Juan Bosco, en familia “Don Bosco”, al que todos debemos tanto en la pastoral y en la transmisión de la fe, y más aún que la fe, la vida cristiana, la vida que Cristo nos da, a los jóvenes.

Dejadme saludar especialmente a los que habéis hecho la Primera Comunión hace nada y estáis aquí, también para celebrar el hecho todavía tan cercano de vuestra Primera Comunión. Enhorabuena a todos. Es un momento grande en la vida, extraordinariamente grande.

Comentar brevemente las lecturas que acabamos de oír, que expresan el acontecimiento cristiano con una fuerza y con una sencillez especial. Esa representación –siempre muy potente, como son todas las del Apocalipsis- de la lucha entre el dragón y la mujer puede decirse que representa la historia humana entera, en cierto modo. Desde los orígenes -tal como lo relata el Génesis-, hay un combate entre la antigua serpiente, imagen del Enemigo de nuestra felicidad, imagen del Diablo o Satanás -como dice también el Apocalipsis-, y la mujer. Y uno no necesita ver al dragón corriendo por las calles para darnos cuentas de que en esa imagen simbólica está representada nuestra historia. La mujer representa a la humanidad, pero representa sobre todo a la humanidad nueva que ha nacido del costado de Cristo, de la entrega del Hijo de Dios a la humanidad de la que Él se había previamente enamorado; que Él había creado para poder comunicarse y darle la vida a ella, que era la humanidad pecadora. Y esa humanidad se realiza por primera vez de una manera plena en la Virgen y luego se realiza en la Iglesia por medio de ese combate. El final de la lectura dice que el dragón abandonó a la mujer y se fue a hacer combate a sus hijos: sus hijos somos nosotros y la experiencia de ese combate la tenemos todos, de una manera o de otra. Todos estamos hechos para una felicidad plena, sin límites, gozosa. Y todos tenemos la experiencia de que una y otra vez no somos capaces de realizar esa humanidad y no somos capaces de obtener la felicidad que anhelamos, y que nuestro corazón entiende que estamos hechos para ella pero que no nos la podemos dar a nosotros mismos. Ahí entra el Salmo: “Aunque pase por cañadas oscuras nada temo, porque Tú vas conmigo. Tu vara y Tu callado me sosiegan”.

Y es verdad. Tenemos también la experiencia de ser cuidados por Dios. Y la cosa se consuma en ese Evangelio precioso de las bodas de Caná. Si no somos muy capaces de representarnos lo mal que lo tuvo que pasar aquella familia… (porque en las familias palestinas del siglo I y hasta comienzos del siglo XX en realidad, no había drama mayor que el que en una boda se acabara el vino, porque era una humillación para los padres de los novios, en primer lugar, y en consecuencia para los novios, y comentario de toda la aldea o de todo el pueblo). (…) Que se acabase el vino era una tragedia, era un drama por lo menos muy grande. Lo cierto es que en nuestras “bodas”… no me refiero a las bodas cuando celebramos una boda, sino en nuestra vida, donde estamos hechos para esa felicidad que intuimos que tiene que ver con la presencia de Dios en nuestra vida y que intuimos que tiene que ver con una relación con Dios del que la relación entre unos esposos que se quieren mucho, y muy bien, es una pálida imagen. Intuyendo que nuestra felicidad es eso, nosotros se nos acaba el vino. A veces se nos acaba muy jóvenes, a veces se nos acaba más mayores. Pero qué difícil es que en la vida y en el corazón de uno no entre el dragón de alguna manera a roer por nuestro interior nuestra esperanza, nuestra alegría, y a recomendarnos que vivamos en un escepticismo dulce: saca de la vida lo que puedas, pero en el fondo eso es un entretenimiento, la posibilidad de ser feliz no es verdad y resígnate a ello, esto es lo que hay.

Y sin embargo, la lectura del Evangelio nos abre otro horizonte, que lo intuía el Salmo: “Aunque pase por cañadas oscuras nada temo, porque Tú vas conmigo”. Está Jesús en esta boda y está María, que, además, supo actuar como madre y como mujer (…). Madre, Auxilio de los cristianos, hoy te pedimos: a nosotros se nos acaba el vino, se nos acaba el vino tantas veces en nuestra vida, se nos acaba la posibilidad de generar de nuestro propio corazón o de nuestras propias entrañas una alegría verdadera, y una esperanza que no defrauda, y o Tú mueves a tu Hijo para que nos dé el vino bueno de Su Vida, de Su Presencia viva en nosotros –es lo que le hemos pedido en la oración preciosa de María Auxiliadora- que, por el auxilio de la Madre, podamos participar en la victoria de tu Hijo. En aquella boda sobraron doce tinajas…, si es que donde está el Señor sobra, sobra de todo. No necesariamente lo que Le pedimos, porque a veces Le pedimos que nos dé la salud, y alguna vez la tenemos que perder, sabemos que somos mortales. O Le pedimos que nos arregle un asunto de este mundo y es como si nuestro Dios fuera ese asunto de este mundo y Jesús como una poción mágica para conseguir que ese asunto se nos arregle, pero a lo que le damos importancia es a ese asunto de este mundo.

No, Señor. El don que necesitamos eres Tú. La vida que necesitamos es la que Tú das. La compañía que necesitamos es la Tuya, la que no nos va a faltar nunca ni a nosotros ni a las personas que queremos. La esperanza verdadera es la esperanza en que Tú eres fiel y que tu Misericordia no se cansa ni se agota jamás.

Y de nuevo, Te pedimos a Ti, Madre Nuestra, que Jesús nos la entregó en la cruz, que nos auxilies, que nos acompañes en la vida y que nos permitas que, una y otra vez, te podamos decir “que se nos acaba el vino”. Y entonces, Tú hagas presente a tu Hijo y podamos comprender que realmente si te tenemos a Ti, Señor, no nos falta nada, todo es gracia, la vida entera hasta las circunstancias más difíciles, realmente más adversas, podemos verlas como una gracia de Dios, porque es una ocasión para reconocer que Tú eres el único tesoro de nuestra vida y de nuestro corazón. Y ésa es la única salvación. Todas las demás sí que nos fallan. Todas las demás esperanzas sí que se nos acaban, hasta la esperanza en la salud, la esperanza en el amor de las personas, incluso de las que más queremos, incluso de nosotros mismos. La confianza en nosotros mismos se nos cae mucho antes a veces que la confianza en los demás, porque nos conocemos; de los demás hay siempre algún ratito al día que podemos descansar, y de nosotros mismos no descansamos nunca. Señor, si el peor enemigo que tengo soy yo mismo…, entonces, no te puedo pedir que me libres de mi mismo, pero sí te puedo pedir que Tu Hijo, que está en esta “boda”, nos dé la alegría que necesitamos.

Nos unimos todos en esa petición y dejadme que dé un testimonio sencillo. Yo creo que San Juan Bosco es un precedente de la pastoral de nuestro tiempo, a mi me parece que es un santo para la postmodernidad. Todos conocéis la anécdota. Pero os voy a decir la que a mi me parece la razón. Es decir, mientras el mundo ha sido razonablemente cristiano, o ha tenido mucha presencia de la cultura cristiana en sus estructuras, en sus organizaciones, esas estructuras y esas organizaciones podían hacer pensar que sostenían el mundo de ese modo y que bastaban para sostener la fe, para sostener la esperanza y el amor de unos por otros. Cuando esas estructuras pasan o nos damos cuenta de que pertenecen al pasado y no son un verdadero apoyo para la fe de nadie, o para el amor o la esperanza de nadie, entonces nos damos cuenta de que nuestra única propuesta para el mundo es la belleza de una vida. La belleza de una vida que no es que no tenga defectos, porque entonces nadie podríamos dar testimonio de Jesucristo. Es la belleza de una vida en cuya boda faltó el vino, pero, porque estaba el Señor, uno no pierde la alegría; y porque estaba el Señor, uno no pierde la esperanza; y porque estaba el Señor, uno no pierde la certeza de que el corazón se puede regenerar y el perdón es posible, y recomenzar de nuevo es posible, y por muy bajo que podamos haber caído podemos siempre empezar de nuevo con la ilusión del primer día de la creación porque el amor de Dios es infinito. Ése es el testimonio que estamos llamados a dar. Y no tenemos armas en las que apoyarnos. Un amigo mío ha escrito no hace mucho un libro que se titula “La belleza desarmada”. La belleza desarmada, la belleza de esta tarde celebrando esta Eucaristía aquí, al aire libre, juntos, con una conciencia de ser familia, convocados por la figura extraordinariamente atractiva de educador de Don Bosco para este mundo nuestro.

Un rasgo –digo cuál es el rasgo de Don Bosco que a mi me parece propio de este momento de la historia- que no ponía condiciones, no había ninguna condición previa para el contacto humano, para el afecto humano, para la relación. Todos conocéis la anécdota del muchacho que le empieza a preguntar cosas y al final le dice: “¿Pero, ¿sabes silbar?”. Pues, ¿sabes silbar? A ese nivel podemos siempre encontrarnos con un ser humano. Sea como sea, esté donde esté, sea su historia la que sea, esté destrozado, hundido, sea su vida un desastre. Siempre puede ser abrazado por una palabra que refleja afecto, cariño y ésa es la belleza a la que estamos llamados a vivir –primero nosotros, porque, si no, no la podemos testimoniar nunca- y luego a testimoniarla sencillamente donde estemos. Con los chicos, con los jóvenes, con los mayores. Todos tenemos la necesidad de esa humanidad sencilla y buena que desea el bien de todos y no tiene otra arma que ese deseo del bien de todos, que es lo que el Señor nos ha comunicado a nosotros: Su amor sin límites, Su amor sin condiciones, Su amor sin pedir cursos primero, ni notas, ni tallas que tenemos que dar. Nos amas porque somos tus hijos. Enséñanos a amar así a todo hombre y a toda mujer que se cruce en nuestro camino sin más que la conciencia de que el corazón de esa persona está hecho para lo mismo que está hecho el mío, que es para ser amado y para dar amor. Y sólo un mundo tejido con la trama del amor puede ser un mundo humano. Cuando esa trama falta y aparecen los intereses, entonces terminamos como Caín y Abel: matándonos unos a otros, peleándonos unos con otros, haciendo de la vida una serie sin fin de conflictos y de luchas de unos para con otros. Así no merece la pena vivir. Por eso, Señor, te necesitamos a Ti, y por eso acudimos a Tu madre para que interceda por nosotros y llene la “boda” de nuestra vida del vino bueno de Su amor.

Que así sea para todos vosotros. Que así sea para alumnos, antiguos alumnos, profesores del colegio. Que así se apara vosotros, que estáis empezando vuestra vida adulta en la Iglesia por haber hecho la Primera Comunión. Y que todos podamos dar gracias al Señor por ese vino nuevo.

Le suplicamos a la Virgen.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

24 de mayo de 2018

Colegio San Juan Bosco, Granada

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Wed, 06 Jun 2018 13:23:36 +0000
Corpus, la celebración de la fidelidad del Señor http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/44748-corpus-la-celebración-de-la-fidelidad-del-señor.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/44748-corpus-la-celebración-de-la-fidelidad-del-señor.html Corpus, la celebración de la fidelidad del Señor

Homilía en la Misa de Solemnidad del Corpus Christi en la Abadía del Sacromonte, con el Cabildo sacromontano y la participación del pueblo cristiano.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, por quien Él ha entregado su vida y derramado su sangre, Pueblo santo de Dios;

muy queridos sacerdotes concelebrantes, miembros del Cabildo de la Abadía;

querida Hermandad;

queridos hermanos y amigos todos (saludo especialmente a las niñas de Primera Comunión, que es vuestra fiesta de un modo especial, el Día del Corpus):

Lo que celebramos es obvio: es el amor infinito de Dios. Un amor que según la promesa del Señor, las últimas palabras de Jesús en el Evangelio: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Y es cierto. El ser cristiano no es el hacer una serie de prácticas para contentar a Dios. Tampoco consiste en vivir según unos principios morales, aunque sin duda la experiencia del encuentro con Jesucristo y con el amor de Jesucristo cambia la vida, y hace que surja un modo de vida, y un modo de mirar, y un modo de tratar, y un modo de relacionarse con las personas y con las cosas y con el futuro y con el pasado y con todo, que sea distinto. Y ésa es la moralidad cristiana. Pero no son una serie de reglas. Son las consecuencias de haber encontrado un amor, presente, que sostiene nuestras vidas y cambia nuestro corazón, y lo ilumina, y lo llena de gozo y de esperanza, siempre.

Decía que el Corpus es una forma de celebrar la promesa, la fidelidad del Señor a su promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Quisiera justamente recordar que esa promesa de Jesús se cumple de tres maneras diferentes. Y no sólo las tres son importantes, sino que las tres son inseparables, y si se separan, perdemos la experiencia de Cristo, perdemos esa gracia, ese don precioso, ese regalo inmenso que es la vida del Espíritu que hace brotar en nosotros esa mirada nueva, esa vida nueva, ese corazón nuevo, fruto de la alianza que el Señor ha establecido con nosotros.

La primera de esas formas es la Palabra de Dios. La Escritura es la épica de todas las épicas. Es una historia épica porque es la historia de Dios y de las hazañas de Dios. Ni “La Odisea”, ni “La Ilíada”, ni “La Eneida”, ni las grandes épicas que trataban de imitar a las épicas griegas en el Renacimiento, tienen punto de comparación con esa historia del amor de Dios por los hombres, que nos testimonia -en el lenguaje de los pueblos que nos transmitieron, en primer lugar las sagas de sus antepasados, y después las historias de los reyes, y después las palabras de unos profetas que, en lugar de agradar siempre a los reyes (como hacían los profetas profesionales), hablaban en nombre de Dios verdaderamente, y tenían libertad (aquella libertad que les costó a más de uno la cárcel, o la prisión, o el desprecio, o la persecución, en algún caso la vida misma)-. Y sobre todo, esa gran historia de amor, que es la Encarnación del Hijo de Dios, que también culmina humanamente, según las miradas del mundo culmina en un fracaso. Pero ese fracaso, que es la cruz, coincide con el triunfo supremo y la revelación suprema del amor de Dios.

La Escritura es esencial para nuestra fe. Si no fuera por la Escritura, tampoco entenderíamos las lecturas de hoy –por ejemplo- nos cuentan la alianza del Monte Sinaí, por obra de Moisés; la promesa de una nueva alianza, que la Carta a los hebreos ve realizada en el sacrificio de Cristo y el Señor en la Última Cena explicando que lo que va a suceder al día siguiente es justamente esa nueva alianza del Cordero verdadero (no del cordero de los símbolos, que sacrificaban los judíos): Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él es el Hijo de Dios que entrega su vida, para que nosotros, pobres criaturas, vivamos en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Él es el Amor sin límite que siembra en nuestra pobre carne de criaturas el Espíritu de Dios y se queda para acompañarnos a lo largo de nuestra vida, de la vida personal de cada uno y de la vida de la historia humana, para poder comunicar a los hombres la misericordia de Dios, el perdón de los pecados, la vida nueva de los hijos de Dios, y hacer de todos nosotros un pueblo precioso, un pueblo de santos. No de santos porque no haya defectos morales entre nosotros, sino de santos porque vivimos gracias a la vida del Santo que se nos da una y otra vez y que está en medio de nosotros.

Sería muy difícil explicar, por ejemplo, la adoración a la Custodia, que estabais haciendo vosotros cuando he llegado. Si no tuviéramos esas palabras de la Escritura que nos ayudan a entender lo que sucede en la Eucaristía, lo que sucede en los Sacramentos, que es la actualización de esa historia. Por lo tanto, sin Palabra de Dios, no hay Iglesia. Están muy bien todas las devociones. Están muy bien todas las formas de culto al Señor. Y el Espíritu no cesa de suscitar en la imaginación de los hombres formas de ese culto. Pero la Palabra de Dios es imprescindible, para poder vivir como pueblo de Dios, como hijos de Dios; para poder comprender quién es Dios para nosotros; que es verdad que Dios es Amor y quiénes somos nosotros: llamados a ser hijos de Dios, llamados a participar de la vida divina.

La segunda forma de Presencia, inseparable de la Escritura, son los Sacramentos, que no son actos de culto que nosotros hacemos por Dios. Son siempre formas de actualizar la obra redentora de Cristo. Por lo tanto, son acciones de Cristo, dones de Cristo, regalos que el Señor nos hace. Y el más grande de todos, el centro de todo, la Eucaristía. Si queréis, el Bautismo, Confirmación y Eucaristía, que forman casi una unidad. Pero el culmen, la fuente –dice el Concilio, recogiendo palabras de los Padres- es la Eucaristía. En cada Eucaristía se celebra todo el Misterio de Cristo; se celebra la Encarnación: el Hijo de Dios que viene a nuestra carne. Se invoca el Espíritu Santo, que fue el que fecundó las entrañas santísimas de la Virgen, y fecunda el pan y el vino, y le da una vida nueva, la vida del Hijo de Dios. Celebramos su muerte en el cuerpo que se rompe. ¿Por qué rompe siempre el sacerdote la Sagrada Forma? ¿Por qué arroja un trocito de esa Forma en el cáliz? En el mundo hebreo, una forma de referirse a los sacrificios era decir “mezclaron la carne con la sangre” (cuando se sacrifica un animal, la carne y la sangre se mezclan todas). Entonces, el sacerdote mezcla un trocito del pan consagrado siempre en el cáliz en memoria del sacrificio cruento de la cruz. Y el don del Espíritu Santo que se nos da en la Comunión. A quien recibimos es el Cuerpo de Cristo, pero el Cuerpo de Cristo viene a nosotros justamente para comunicarnos su Espíritu, la vida del Hijo de Dios y hacer de cada uno de nosotros miembros de Cristo, hijos de Dios, que viven por el Espíritu de Dios y según el Espíritu de Dios. Es un regalo tan magnífico, tan sobrecogedor, tan tremendo, que apenas es uno –cuando lo piensa- capaz de soportarlo. Es demasiado grande pensar que Dios pueda desearnos, hasta tal punto de hacerse una cosa con nosotros. Es un regalo inefable. Es algo inimaginable para el pensamiento, para la mirada humana.

Es algo que podría hacer levantar nuestros corazones de gozo. Y ésa sería la vida de un cristiano. ¿Qué es la vida de un cristiano? La vida de alguien tan alegre, tan feliz de que el Señor ha salido a su encuentro y ha querido venir a habitar en nosotros que no puede vivir mas que en la acción de gracias. Y eso es lo que significa eucaristía.

Y la tercera forma –las tres son inseparables: no se puede separar la Palabra de la Eucaristía, o de los Sacramentos si queréis, y los Sacramentos de la Palabra-, en definitiva, es que el Señor viene a nuestro altar, a nuestras personas. Lo que Él desea no es estar encima del altar y que nosotros Le alabemos, y Le cantemos, y Le bendigamos. Lo que Él desea es estar en nuestra vida, ser uno con nosotros, vivir en nosotros; hacerse uno con nosotros de tal manera que nosotros seamos parte suya y Él sea parte nuestra. Para eso hemos nacido y para eso hemos sido creados.

Y eso significa que la tercera forma de la Presencia del Señor es el pueblo cristiano. En el pueblo cristiano el mundo debería poder reconocer esos hijos libres de Dios que la Eucaristía viene a hacer; que el Bautismo viene a hacer; que la Palabra de Dios genera una y otra vez. Un pueblo de santos. ¿Porque no tenemos defectos? No. ¿Porque no tenemos pecados? No. Entonces, ¿qué significa santos? Significa que el Señor está con nosotros. Y que está para siempre. En Teología, se dice que el Bautismo “imprime carácter”. ¿Qué significa eso? Que el Señor no nos va a abandonar nunca. Que esa marca que el Señor pone en nuestra vida no nos va a faltar nunca. Nosotros podemos alejarnos de Dios y darle la espalda, pero Dios no nos la va a dar nunca. Porque Dios cuando dice “te quiero” es para toda la eternidad. Y lo ha dicho. Nos lo ha dicho a cada uno de nosotros en la cruz.

Y la Confirmación no es que yo confirmo que voy a ser muy bueno de ahora en adelante, ahora que voy empezando a ser mayor. No. La Confirmación es que Dios confirma, en una edad en la que yo ya puedo darme cuenta de lo que significa ser querido con un amor eterno. El Señor confirma la alianza nueva y eterna que hizo con cada uno de nosotros en el calvario. Es su Amor el que se confirma. Es su regalo de su vida de Hijo de Dios, de su Espíritu de Hijo de Dios, el que se confirma, para cada uno de nosotros. Y en la Comunión se consuma esa alianza, hasta el punto de hacerse el Señor con nosotros. Eso es para que nosotros podamos ser un pueblo.

En el mundo en el que estamos, tan confuso, tan convulso, tan mentiroso, tan falso también… en ese mundo, el pueblo cristiano está llamado a ser –como decían los primeros cristianos- una bandera, una señal de que es posible vivir de otra forma; un signo, una luz en medio de la noche, no porque nosotros seamos perfectos, sino porque somos testigos de un amor que no pasa. Somos objeto y beneficiarios, y tenemos la experiencia de un amor que es siempre capaz de regenerar nuestro corazón por muy hondo que hayamos caído, por muy pobre que seamos. Dios no nos abandona. Dios está con nosotros. Dios está aquí. Pero “aquí” no es sólo sobre el altar, es en cada uno de nosotros, y haciendo de nosotros un cuerpo, un pueblo unido, cuya única ley es el amor, el deseo de vivir los unos para los otros, de ayudarnos los unos a los otros, de tendernos la mano los unos a los otros. Eso es un pueblo cristiano.

Mis queridos hermanos, cuando hagamos la pequeña procesión del Corpus, que seamos conscientes de toda esa riqueza de la que somos portadores cuando exponemos o sacamos fuera de la iglesia al Señor. Pienso muchas veces: el Corpus es todos los días; cuando cada uno de nosotros ha salido de la Eucaristía, tú eres un sagrario y llevas al Señor contigo, va Cristo contigo. Tú eres el rostro, y el cuerpo, y la humanidad de Cristo en ese momento. Hacer apostolado no es convencer a nadie para que se haga cristiano. Hacer apostolado es vivir con la libertad de los hijos de Dios en medio de este mundo. No hay manera más bonita, más bella y más plenamente humana de vivir que la que se vive cuando recibimos al Señor en nosotros mismos.

Que el Señor os conceda ese don más y más cada día; que nos conceda a cada uno de nosotros ser miembros más vivos, más gozosos, más alegres, más agradecidos de ese Cuerpo de Cristo, que veneramos hoy sobre el altar.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

3 de junio de 2018

Abadía del Sacromonte

Solemnidad del Corpus Christi

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 04 Jun 2018 13:23:29 +0000
“Sólo la lógica del amor da lugar a un mundo humano” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/44717-“sólo-la-lógica-del-amor-da-lugar-a-un-mundo-humano”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/44717-“sólo-la-lógica-del-amor-da-lugar-a-un-mundo-humano”.html  “Sólo la lógica del amor da lugar a un mundo humano”

Homilía en la Eucaristía del jueves del Corpus Christi en la Catedral, concelebrada con el clero diocesano. Tras la Santa Misa, procesión por las calles de Granada con el Santísimo Sacramento en su Custodia catedralicia.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios (reunido hoy en Granada para celebrar el día más grande en nuestra vida como Iglesia, y de nuestra vida como ciudad);

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

muy queridos niños y niñas de Primera Comunión, que también os unís de una manera especial a esta fiesta, que es vuestra fiesta más que de nadie;

queridos hermanos y amigos todos;

excelentísimas autoridades que nos acompañáis en este día también, tan hermoso, y que, después de las lluvias que nos han precedido, hoy nos ha regalado el Señor un día espléndido como corresponde al día del Señor en Granada;

Como reflexión para vivir mejor este momento, también en el momento de la historia del mundo y de nuestra patria que estamos viviendo, hay como dos lógicas, como dos formas de relacionarse con la vida, con las cosas; dos formas de relacionarse unos con otros, que se contraponen o se entremezclan muchas veces. Una es la lógica del poder. La lógica del interés propio. Y la otra es –si me permitís, voy a decirlo con la palabra cristiana que es la que lo expresa verdaderamente bien-, la lógica del sacramento, es la lógica de la gratuidad, es la lógica del servicio, es la lógica de la entrega mutua, es la lógica del Evangelio cuando dice el Señor “el que quiera ser el primero entre vosotros que se haga el servidor y el último de todos”; es la lógica de la Eucaristía, que celebramos hoy, no por rutina, no porque estar juntos es bonito (que lo es –y muchísimo-, y lo necesitamos –y muchísimo-), sino, sencillamente, porque es para lo que Dios nos ha creado, para constituir familias, pueblos, realidades humanas de comunión unos con otros.

La lógica del poder es una lógica destructiva. Destruye a los demás porque uno se vea obligado a lo que el Papa llama “auto referencialidad”, es decir, afirmarse a sí mismo negando a los otros; afirmarse a sí mismo por encima de los otros, en contra de los otros muchas veces. Eso genera resentimientos, odios. Eso da lugar también a toda clase de mentiras, porque nunca puede ser verdad que yo tenga siempre la razón, que yo sea el mejor, que yo busque más que nadie el bien común. Pero, al final, no sólo destruye a los otros. Fijaros, es la lógica que ha regido todas las guerras, quizás desde la guerra de Secesión americana y después, ciertamente, las dos grandes guerras que asolaron el mundo en la primera mitad del siglo XX, y las otras guerras que no dejado de haber por diversas partes del mundo, en diversos lugares, en la segunda mitad del siglo XX, y los nubarrones que se ciernen sobre el mundo constantemente también en estos comienzos del siglo XXI. Es una lógica en la que uno se afirma a sí mismo haciendo daño a los demás, conquistando, venciendo, a los demás, derrotando a los demás, eliminando a los demás.

Pero lo más dramático de esa lógica es que nos derrota, nos daña, nos destruye a nosotros mismos. Destruye a los otros, pero destruye también a quienes la ejercitan. Tiene un efecto “boomerang” terrible. Sólo la segunda lógica, sólo la lógica de la Eucaristía, del Sacramento; sólo la lógica que nace del Señor, que amó tanto al mundo que entregó a su Hijo al mundo para que el mundo se salve por Él; sólo la lógica del amor da lugar a un mundo humano. La del poder es siempre destructiva. La del amor construye siempre. Y es verdad que el amor no tiene signos fuertes de poder y parece que está condenado siempre a ser derrotado. Pero, al final es el amor el que vence. Es el amor el que construye nuestros corazones, nuestras vidas, nuestras personas, nuestra ciudad, nuestra sociedad. Es la permanencia del amor, muchas veces anónimo, oculto, silencioso, que no ocupa casi nunca, o nunca, las primeras noticias de los medios de comunicación, el que hace que nuestra sociedad sea vivible. Una sociedad que estuviera explícitamente regida por el poder, y nada más que por el poder, y cuyas relaciones fueran sólo de poder, sería una sociedad insoportable para los mismos que la componen. Algo de eso ya hay. Cuando nuestras sociedades tienen el problema de comunicación de la vida y de don de la vida, tienen el problema de que no nacen niños, en la raíz más honda no está sólo el egoísmo, o las dificultades obvias de llevar una vida familiar en el mundo que hemos construido, hay también un desamor a la vida, una forma de suicidio semiconsciente, colectivo, porque uno dice “para vivir con esta esclavitud realmente qué don le deja uno a los que vienen detrás de nosotros”. Si toda la tarea de su vida es producir y consumir, si todo lo que tienen que hacer en su vida es tratar de ganar dinero acosta de lo que sea, acosta de sobrevivir, o para lo que se llama vivir bien, que nunca sabe uno lo que es.

Sólo la lógica sobrenatural del sacramento es plenamente humana. Sólo la lógica de Dios, del Dios que es Amor, no del Dios que es poder, del Dios que es Amor, del Dios que entrega a su Hijo por nosotros, del Dios que se da, es capaz de explicar lo más hondo que hay en nuestro corazón y es capaz de dar sentido a la tarea de vivir, a la tarea de fundar una familia, a la tarea de anhelar, con todas las dificultades que pueda haber, un amor entre hombre y mujer que permanezca hasta la muerte, un amor de padres a hijos, un amor de hermanos, una sociedad de hermanos y de amigos.

Estas dos lógicas existen en el mundo sin duda ninguna, y las vemos con nuestros ojos, a todas horas. Las podemos distinguir. Vemos sus efectos destructivos. A veces miramos para otro lado. Tratamos de no pensar en ello. Pero sabemos en el fondo de nuestro corazón que sólo cuando abrimos nuestro corazón al amor somos verdaderamente nosotros mismos. Y que sólo podremos ser nosotros mismo plenamente cuando abrimos nuestro corazón a la gracia, al amor que Dios nos da, a la misericordia infinita que Dios nos da.

Pero estas dos sociedades, estas dos lógicas, estas dos formas de vivir se “infiltran”, existen también dentro de la Iglesia y nos hacen daño, mucho daño. O bien porque vinculamos nuestra vida cristiana a una determinada posición política, lo cual es suicida para quien tiene que ser, como el pueblo cristiano, testigo ante todo, de la Primacía de Cristo y del Amor de Cristo. Y se mete en nuestras realidades eclesiales, basta que nos movamos por intereses, basta que cultivemos nuestros intereses, que nos afirmemos a nosotros mismos frente a los demás. Me da lo mismo que sean cofradías, comunidades, grupos cristianos, estructuras de cualquier tipo en la Iglesia. Nos daña. Daña.

Decían los Padres de nuestra fe, los cristianos de los primeros siglos, la Eucaristía está hecha de granos de trigo de muchas partes, diferentes todos ellos, unidos en el Cuerpo de Cristo. Y la Iglesia está hecha de personas, de realidades distintas, cuya característica si somos cristianos, si podemos decirnos cristianos sin mentir, ha de ser buscar -lo dice San Pablo- “el bien los unos de los otros, considerad a los demás mejores que vosotros mismos”. Es lo mismo que decía el Señor: “El que quiera ser el primero que se haga el último”. Y todo lo demás son concesiones al espíritu del mundo que hieren y envenenan nuestro corazón y nuestra vida cristiana. Cuánto daño hace que un grupo hable mal de otros grupos; que una parroquia considere su parroquia por encima de otras; que una realidad eclesial se sienta superior a las demás y las desprecie, o trate de manipularlas para sus intereses y para su servicio.

Mis queridos hermanos, somos hijos de un Dios que es Amor. Somos hermanos del Hijo de Dios que ha entregado Su Vida por la vida de nosotros que ninguno la merecemos; ha derramado Su Sangre para que nosotros vivamos. Somos miembros de un cuerpo, distintos -gracias a Dios-. El Amor de Dios es creativo. La gracia es siempre extraordinariamente imaginativa y rica, como distintos son los miembros del cuerpo. Pero todos, todos, si estamos en el cuerpo, es para el bien del cuerpo entero. Todos, todos los cristianos que formamos una sociedad tenemos que vivir para el bien de esa sociedad, para el bien común. Qué concepto más perdido, abandonado en nuestro lenguaje social y en nuestro lenguaje político, porque es un lenguaje que sólo se aprende aquí, aunque parezca un lenguaje al alcance de todo el mundo. Como la palabra “amor”. También parece al alcance de todo el mundo. Como la “solidaridad” parece al alcance de todo el mundo. El amor de los esposos parece una cosa natural al alcance de todo el mundo. La vida humana sólo es plenamente humana gracias a Cristo, no perdamos ese tesoro. Sacar a las calles de nuestra ciudad el Sacramento de la Eucaristía es un confesión de fe, pero es la confesión de fe de que la meta en nuestra vida a la luz de Ti, Señor. Es el amor a todos. Y el perdón. Y el deseo del bien para todos.

Mis queridos hermanos, qué día tan precioso, para dar gracias como la damos en cada Eucaristía, por Cristo nuestro Señor, que nos ha abierto ese horizonte; que nos hace posible, por una vez y por única vez en la historia, salir de la tragedia. Sólo en Cristo la humanidad tiene la posibilidad de vivir una humanidad plena. Torpe, llena de pecados, con miserias, con todas nuestras pequeñeces, con caídas por las pasiones una y otra vez, pero bañada en la infinita misericordia que regenera el corazón y que permite anhelar para todos la vida eterna. Sólo Cristo nos hace posible salir de la tragedia de vivir, o del olvido, distraído sencillamente, que, como no resiste la tragedia de pensar, uno vive como si la vida fuera un circo permanente. Pero uno sabe que eso es vivir en la mentira. Eso lo sabemos todos por dentro. Sólo Cristo nos permite vivir una vida de hermanos. Sólo Cristo nos permite vivir la vida humana, la vida que consideramos muchas veces –equivocadamente- natural, razonable, buena.

Mis queridos hermanos, que seamos conscientes de lo que hacemos esta mañana, llenos de gratitud al Señor porque nos ha abierto el horizonte de la vida verdadera, en todas las dimensiones de la vida, desde la vida esponsal hasta la vida política. En todas las dimensiones de la vida, Cristo nos abre el horizonte de la humanidad plena. Y Le pidamos al Señor que no seamos demasiado indignos (lo somos, seguramente lo seguiremos siendo) de una gracia tan grande como la que hemos recibido. Es el secreto de la esperanza del mundo. No lo tiremos por la calle, no lo malgastemos, no los despreciemos, porque es lo más grande que hemos recibido y es la única esperanza que podemos transmitir a un mundo que necesita esas dos cosas como el aire para respirar. Mucho más grave que el problema de la contaminación de nuestros campos, de nuestras ciudades, de nuestros ambientes, es la desesperanza y el desamor que se han implantado en nuestro mundo. A eso hay que ofrecer una resistencia férrea. Y no la haremos nosotros solos por nuestra “cara bonita”, ni por nuestra fuerza de voluntad. Sólo la haremos si acogemos el don del amor sin límites de Cristo.

Cantemos al Amor de los amores con toda la conciencia de que ese canto no es un canto folclórico, sino cargado de consecuencias para nuestras vidas.

Que así sea para vosotros, para nuestra Iglesia; que así sea, para nuestra sociedad, para nuestra querida Granada, para nuestro mundo.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

31 de mayo de 2018

S.I Catedral de Granada

Eucaristía en el jueves del Corpus Christi

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Fri, 01 Jun 2018 15:08:48 +0000
Agradecidos por ser hijos de Dios http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/44682-agradecidos-por-ser-hijos-de-dios.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/44682-agradecidos-por-ser-hijos-de-dios.html   Agradecidos por ser hijos de Dios

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía celebrada en la Catedral en la Solemnidad de la Santísima Trinidad.

Queridísima Iglesia del Señor, porción del Pueblo santo de Dios que se reúne hoy aquí para celebrar la Eucaristía y la venida del Señor, Esposa amada de Jesucristo;

Sacerdotes, muy queridos concelebrantes;

saludo también a una asociación eucarística de Tenerife que estáis aquí celebrando con nosotros la Eucaristía;

saludo muy, muy especialmente, a la asociación de venezolanos que también ha querido hoy hacerse presente, no sólo por unirse a la celebración eucarística de la Catedral, sino también para suplicarnos a todos que pidamos por Venezuela, por su querido país. Porque muchos lo hacemos y tuve la ocasión de decirle yo a alguien el otro día que todos los días, cada noticia que nos llega nos produce el dolor inmenso de un pueblo sufriente, maltratado, con su dignidad herida profundamente por unos gobiernos que no respetan la dignidad de las personas, ni buscan el bien de los pueblos, si no sólo el poder. Y todo sufrimos con vosotros vuestro sufrimiento.

Lo cierto es que celebrar –hoy es la fiesta de la Santísima Trinidad, la Solemnidad de la Santísima Trinidad- con la que si se tiene en cuenta ese apéndice que la sigue que es el día del Corpus, especialmente en Granada, se concluyen las celebraciones de la obra redentora de Dios. Y el primer sentimiento que me viene a mi espontáneamente al celebrar este día es el sentimiento de una gratitud enorme por ser hijos de esta historia, de la historia de Dios. Por ser hijos de Dios, realmente. Ser hijos de la historia, al mismo tiempo, de la historia de amor más bella. En realidad, la única historia de amor de toda la historia humana, la que justifica, da sentido y hace que no sean absurdas o estúpidas todas las demás historias de amor o historias de sufrimiento.

Desde la Creación, desde los orígenes del mundo, el hombre ha tenido conciencia del misterio, de que la realidad era más grande de lo que nosotros medimos, o vemos, o calculamos, o nos hacemos idea. Y los hombres han imaginado a Dios de muchas formas distintas, a veces en el poder tremendo de algunos animales, a veces en cosas como la tormenta o los fenómenos celestes (a veces, en el sol como fuente de vida). De mil maneras nuestra imaginación trataba de dar forma a ese misterio que percibimos sólo con abrir los ojos.

En un momento de la historia, el Señor empezó a trabajar el corazón de una familia y de un pueblo, y lo fue educando. En esas imágenes de Dios con mucha frecuencia entraban sacrificios humanos, entraban cosas muy crueles, muy poco dignas de una verdadera representación de Dios. Y desde Abraham, Dios fue educando a un pueblo con signos, con prodigios, a pesar de muchas vicisitudes (la esclavitud de Egipto, y después de la esclavitud de Egipto, el exilio en Babilonia). Y con una paciencia exquisita Dios se fue revelando a ellos como un esposo enamorado, como un Dios lleno de amor y de misericordia por el destino de los hombres. En primer lugar, de aquel pueblo que Él eligió y en segundo lugar, de todos los hombres, preparando así el corazón de aquel pueblo para poder recibir al Hijo de Dios, que vino y mostró que aquel Dios era el Amor insuperable, el Amor infinito. En el don de su vida en la cruz, en el perdón concedido a aquellos que le estaban asesinando, Jesús revelaba el secreto de Dios y, al mismo tiempo, el secreto de toda la historia humana.

Pero Jesús, triunfador de la muerte, que se mostró a sus discípulos y a muchos otros en aquellos primeros días, después de su victoria sobre la muerte, tenía que regresar a su Padre, si no la Encarnación no hubiera sido de verdad; hubiera sido una obra de ficción, una “obra de teatro”, un revestirse de nuestro cuerpo pero de mentira. Y Él prometió el Espíritu Santo a los discípulos. Y prometió acompañarnos y quedarse con nosotros. Y Él, efectivamente, en su Pasión, sembró su Vida divina en nuestra humanidad. Y aquellos que le acogieron vieron cómo esa vida florecía y crecía en nosotros. La experiencia del Espíritu Santo fue reconocida primero en el Hijo de Dios, pero luego fue reconocida en los discípulos. Ellos reconocieron el Espíritu Santo, se les impuso como el cumplimiento de la promesa de Jesús; se les impuso a su experiencia, porque cosas que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo las hace cuando el Espíritu de Dios vive en nosotros.

Y señalo las dos cosas que a mi me parecen que son el signo vivo de esa Presencia del Espíritu de Dios en medio de su pueblo y en medio de muchos hombres también fuera de ese pueblo cristiano, pero, como la vocación humana, como en Cristo se ha desvelado y se ha descubierto al desvelarse el Misterio de Dios se ha desvelado también la vocación humana y el secreto de la vida humana.

En primer lugar, el amor; un amor sin límites, un amor que tiende a vencer barreras. Acabamos de celebrar Pentecostés. Y Pentecostés nos pode de manifiesto cómo el Espíritu de Dios rompía las fronteras. Los pueblos conocidos en aquel momento (partos, medos, elamitas, habitantes de Siria, de Cirene, de Libia, de Egipto, de Roma), todos los pueblos conocidos eran capaces de bendecir a Dios con una sola lengua, más importante que una sola lengua, con un solo corazón.

El Señor, la Presencia de Dios rompe fronteras, sin que ninguno dejemos de ser lo que somos, sin que ninguno dejemos de amar la patria, o la tierra o el lugar donde hemos nacido, pero sabiendo que esa patria o ese lugar no es la salvación, sino un regalo providencial de Dios. Nuestro amor tiende a ir más allá de nuestras fronteras siempre. A pesar de todas las miserias de la Iglesia, en ese amor, en esa unidad de aquellos que forman el cuerpo de Cristo, de aquellos que forman el pueblo de Dios, pueden los hombres reconocer que Dios está entre nosotros. En la Comunión, en definitiva, que es el modo de vida de la Iglesia. Una unión que no es de intereses. Una unión que no es utilitaria, sino una unión que nace de la certeza de que todos somos hijos de Dios y estamos llamados a vivir como hijos de Dios, y a respetarnos, y a querernos como hijos del mismo Padre.

Puesto que estamos en un mundo de pecado, el otro rasgo es el perdón. No son diferentes. Son los mismos, pero la Presencia de Dios en nosotros nos invita constantemente a perdonar como somos perdonados. En la oración del Padrenuestro, que no es mas que una gran súplica, “¡sálvame, sálvame, sálvanos Señor!, Padre nuestro (sálvanos), venga Tu Reino (sálvanos), danos el pan de cada día y el pan de la vida eterna (sálvanos). La única súplica “condicional” es: “Perdónanos de manera que nosotros también podamos perdonar”. El perdón que recibimos de Dios es la fuente de un corazón que ama tanto a los hermanos que es capaz de perdonar.

Mis queridos hermanos, pedimos que ese Dios, que es comunión de amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, viva en nosotros, more en nosotros, y que su Espíritu, el Espíritu del Hijo de Dios, nos permita vivir como hijos de Dios, seguros de que no hay circunstancia ninguna en la vida capaz de destrozar nuestra esperanza ni nuestra alegría. Y al mismo tiempo que nos abra el corazón para ser un corazón que sea de verdad imagen de Dios. Somos por creación imagen y semejanza de Dios, pero sólo cuando vivimos con el Espíritu de Dios y nos dejamos penetrar e invadir del Espíritu de Dios, entonces somos plenamente imagen y semejanza de Dios: quien nos ve y quien se acerca a nosotros puede reconocer al Dios verdadero, al Dios que es Amor, al único Dios que es capaz de explicar también las exigencias de amor y la necesidad de amor que tiene el corazón humano.

Mis queridos amigos venezolanos, hermanos míos, el hecho de que estéis aquí es un signo precioso de una hermandad y de un afecto grande. Yo doy gracias a Dios porque hayáis querido venir. Y doy gracias a Dios por poder pedir con vosotros y hacer público en la Iglesia de Granada esa llamada a la oración por vuestro pueblo y que sepa afrontar una situación verdaderamente casi de persecución. Es tremendo. En el Antiguo Testamento se habla de los gobernantes como pastores de los pueblos, están llamados a cuidar de sus pueblos. Cuando unos gobernantes, en vez de cuidar a sus pueblos, los explotan, los maltratan, los empobrecen es sorprendente la gran paradoja. Venezuela es uno de los países más ricos del mundo, y sin embargo el pueblo de Venezuela tiene que vivir en estos momentos prácticamente en la miseria, sin algunos de los bienes mas necesarios, medicinas, alimentos elementales, sólo por el capricho y el abuso de poder de unos gobernantes indignos; indignos de ese pueblo tan precioso, que es hermano nuestro y que participa, además, de la misma fe.

Sois al mismo tiempo una advertencia para todos; para todos los pueblos de América Latina y para otros pueblos de Europa, porque en un mundo donde se pierde el horizonte de Dios es tan fácil que crezcan formas tiránicas y verdaderamente absolutistas y totalitarias de poder, que abusan sencillamente de la dignidad de los hombres y de la vida de los pueblos, que, a lo mejor, en el designio de Dios, ese sufrimiento vuestro sirve para abrir los ojos a lo que es un mundo donde el poder se convierte en lo único importante, y cómo eso no sólo empobrece, destruye a los pueblos.

Que el Señor nos abra los ojos también a los demás; nos abra los ojos a todos con vosotros; y que sepamos mantenernos firmes en la oración.

Que no decaiga vuestra fe. Que no decaiga vuestra esperanza. Que no decaiga vuestra lucha por la dignidad y la libertad de vuestro pueblo. Por eso, podéis contar con nuestra oración y con la ayuda que podamos prestaros de afecto, de amistad, de comunión, que es lo que los cristianos podemos ofrecer siempre a todos los hombres.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

27 de mayo de 2018

S. I Catedral

Solemnidad Santísima Trinidad

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Wed, 30 May 2018 15:30:39 +0000