Granada Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Sat, 23 Feb 2019 13:12:35 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es “El Señor confirma una Alianza” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48830-“el-señor-confirma-una-alianza”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48830-“el-señor-confirma-una-alianza”.html “El Señor confirma una Alianza”

Sacramento de la Confirmación, celebrado en la parroquia Regina Mundi de Granada, de un grupo de jóvenes de Juventudes Marianas Vicencianas y de las parroquias de Huétor Santillán y de Santa Fe.

Yo voy a dirigirme sobre todo a vosotros y os voy a llamar hijos más veces seguramente. Desde luego, os lo voy a llamar en el momento de la Confirmación, porque es el tipo de relación que expresa verdaderamente, de la mejor manera, lo que sucede en la Confirmación y mi papel en ella, que es ser un pobre instrumento. ¡Los padres siempre son instrumentos! Pero pobres instrumentos que dan la vida. Y, en este caso, un pobre instrumento que sirve para comunicaros y daros la vida del Señor. Una vida que ya tenéis, desde el Bautismo, pero que el Señor quiere confirmar, porque es el Señor quien hace la Confirmación, no vosotros, aunque usamos mucho el lenguaje ordinario: “Me voy a confirmar”.

Se parece un poco lo que sucede esta tarde (…) que venís aquí para decir “listos para servir”. No eso, sino que estáis decididos a ser buenos cristianos y a seguir al Señor. No es eso lo importante. Todos tenéis edad suficiente para saber que si eso fuera el contenido de lo de esta tarde, lo diríais con la “boca chica”, y vuestra alegría tendría un poquito de artificial, y las fotos serían un recuerdo “de una tarde bonita en la que éramos jóvenes y entonces pasaban cosas de estas”. No es así. Es el Señor quien hace los Sacramentos. Siempre. Y es el Señor quien en los Sacramentos se nos regala, de una manera o de otra.

Yo quiero expresar antes que nada la alegría enorme de estar aquí y de estar aquí celebrando la Confirmación, y la alegría de estar con sor Inma y de estar con sor Puri, y de estar con las personas que se han preparado un poquito para este momento. Y también de confirmar a los que habéis venido de otras parroquias, porque las circunstancias os permitían hacerlo hoy y no podíais hacerlo cuando vuestras parroquias iba a tocar.

La familia de los hijos de Dios somos una inmensa familia. Lo hemos visto hace muy poco, en Panamá, donde jóvenes de casi todos los países del mundo, de muchos países del mundo, pero sí de casi todos. Pero lo hemos visto todavía hace menos días en los Emiratos, en Dubái. ¿Cuántos os imaginabais que podía haber tantas personas en una misa con el Santo Padre? (…) Hace quince años, el mismo año que vine yo a Granada, tuve la ocasión de encontrarme con el obispo de Dubái y me dijo que le habían dejado celebrar. Son tantos los cristianos que trabajan allí y que viven allí (una buena parte de ellos filipinos, o malasios, o coreanos) que no tienen iglesias en las que quepan, entonces le habían dejado celebrar la Semana Santa en la plaza, en Dubái. ¿Os imagináis cuántas personas celebraban el Oficio del Jueves Santo, del Viernes Santo y la Vigilia Pascual, en esa plaza, hace quince años? Diez mil personas. Nosotros estamos acostumbrados a pensar “España es un país católico, etc, etc”. ¿Os imagináis diez mil personas en la Plaza del Triunfo? En el Campo del Príncipe, a veces puede haber cinco, seis mil… y repartidos por las parroquias somos más; pero no nos imaginamos que en los Emiratos Árabes pudieran estarse celebrando el día de Viernes Santo con diez mil personas en la calle tranquilamente. Pues, sucede, gracias a Dios.

Dicho lo cual. ¿Qué celebramos esta tarde? No nada que vosotros hagáis por Dios, porque en realidad los hombres nunca hacemos nada por Dios. Es Dios quien hace todo por nosotros, desde darnos la vida hasta darnos un corazón capaz de sentir y de amar y de ser amado, y de reírse y de llorar; cosa que no hace ninguna especie animal, dicho sea de paso: ni reír ni llorar. Aunque esa serie francesa que se llama “Minuscule”, medio de dibujos animados y medio de fotografía, pinte como una mariquita, se ríe de las moscas y cosas de ese tipo, eso es el autor de la serie el que lo ha hecho, como podéis comprender. Los animales no se ríen. Para reírse hay que tener una cierta Presencia del Infinito en la mente y en el corazón, y en la mente también. Es más, reír y llorar son como dos formas de rezar, aunque no estemos pensando en Dios. Quien llora está suplicando, y llora para alguien. Y hay una oscura conciencia en el fondo de nosotros mismos que indica que tenemos la conciencia de que alguien ve nuestras lágrimas, como de que alguien oye nuestro grito cuando alguien se pierde en un bosque y grita con la esperanza de ser oído. Y cuando nos reímos también: hay alguien que ríe con nosotros y que ve nuestra risa. Porque el reírse supone también una cierta comparación. Reírse es dar gracias. Es la gratitud de la Creación. Llorar es la súplica de la Creación.

Los hombres hemos orado de unas formas más explícitas de muchas maneras a lo largo de los siglos, y cuando hemos conocido a Jesucristo damos gracias en la Eucaristía y Le suplicamos. En realidad, al Señor, los cristianos de verdad sólo Le suplicamos una cosa: “Que no nos falte tu Gracia” o “Ven, Espíritu Santo”, porque lo único que necesitamos es no olvidarnos de que el Señor está siempre con nosotros.

¿Qué celebramos esta tarde? ¿Qué sucede en vosotros esta tarde? Que el Señor confirma una Alianza que en cada Eucaristía recordamos que es nueva; que los hombres no la habían imaginado nunca, y eterna, porque es para siempre. Una Alianza de amor con cada uno de nosotros. En el calvario, el día de Viernes Santo, en la cruz. El amor infinito de Dios estaba con los brazos abiertos para abrazar el mundo, y ahí estábamos cada uno de nosotros. Nosotros hemos empezado a participar de esa Alianza en el momento de vuestro Bautismo, pero todos los que os confirmáis esta tarde habéis sido bautizados de niños, de bebés, en un momento en el que vosotros no podíais daros cuenta. Fueron vuestros padres quienes os dieron ese regalo que es la vida divina de la que los bautizados participamos, para que la tuvierais desde el primer momento; para que fuerais miembros de esta familia y de este pueblo desde el primer momento de vuestra vida; para que el Señor os estuviera acompañando siempre, aunque vosotros no tuvierais conciencia de ello. Y la Iglesia Latina ha separado la Confirmación (podría hacerse en ese momento). De hecho, las iglesias orientales hacen Bautismo, Confirmación y Eucaristía con los bebés recién nacidos. Y cuando viene la mamá a comulgar, viene con su bebé en brazos y, como comulgan con el pan consagrado y con el vino consagrado, el sacerdote da de comulgar a la mamá y después la mamá acerca el bebé que lo lleva en brazos, y el sacerdote mete el dedo en el cáliz y acerca el dedo mojado en el cáliz a la boca del bebé. Pero el bebé comulga casi desde el primer momento. Luego hacen una Comunión solemne a los nueve o a los diez años, igual que nosotros, pero ya han comulgado y ya están confirmados. La Iglesia Latina, en cambio, separó la Confirmación para que nosotros podamos disfrutar de esta Alianza en un momento en el que nos damos cuenta de lo que significa ser queridos con un amor infinito. El bebé no se da cuenta y un niño pequeño tampoco.

¿Y eso qué significa? Me viene a la mente una anécdota. Una chica de segundo de Bachillerato. Nos habíamos conocido diciendo que ella era atea, y además que era la atea la familia, y le dije: “Nos vamos a hacer muy buenos amigos, porque yo me llevo muy bien con los ateos y me encantan, además, sólo que me tienes que convencer que te lo pasas mejor que yo y que eres más feliz que yo”. Bueno, seguimos allí la conversación, fue bonita, larga. Y le dije, “¿estás tratando de buscar algo?”, y me dijo, “no, algo no, a alguien”. Y hay un momento en que me dice ella: “Don Javier, verá, saco muy buenas notas, mi familia me quiere mucho. Me va muy bien en la vida, tengo unos amigos estupendos, participo en la banda del pueblo donde estoy, juego a voleibol y, además, soy una jugadora excelente, ¿qué me falta?, ¿por qué estoy tan vacía?”. Le respondo sin pensarlo mucho y le digo: “Tienes 17 años, a lo mejor lo que necesitas es un buen novio. Pídeselo a Dios. Bueno, que eres atea, que no se lo puedes pedir a Dios. Bueno, trata de buscar un buen novio”. Y me dice, “no”. Y me dice: “No, yo quisiera encontrar a alguien que pudiera ser al mismo tiempo mi novio, mi amigo, mi esposo, mi hermano, mi hijo, mi padre… todo eso a la vez”. Y me quedé yo así un poco pensativo y le digo: “Mira, eso se llama Dios”. Y ella me dijo: “Me lo temía”.

Hay en nosotros una sed de felicidad que no sacian las cosas del mundo. Puede uno tenerlo todo y la experiencia de esta niña, estoy seguro de que conectáis con ella. Y cuántas veces habéis tenido cosas que habéis deseado muchísimo y las habéis conseguido y después el corazón sigue como aspirando a más, como vacío. ¡Cuánta conciencia tenemos, tenéis vosotros cuyas vidas están llenas, llenas de heridas! Ya, antes de haber empezado a vivir. ¿Significa eso que vosotros no las tenéis? ¡No! Vivimos en el mismo mundo, estamos hechos del mismo tejido. Todos. Podemos tener heridas muy grandes, igual de grandes que cualquiera que no esté en la Iglesia, pero nosotros sabemos quién cura, porque nosotros sabemos que somos cada uno… Si me supiera los nombres de todos (…); si os pudiera decir a cada uno vuestro nombre, os lo diría y decía: “¿Tú entiendes lo que significa ser amado con un amor infinito?, ¿tener alguien cuyo amor es absolutamente incondicional, que no te va a dejar tirado nunca?, ¿tú sabes lo que significa ser amada con un amor infinito y para siempre; alguien que no te va a fallar? Que a lo mejor no hace siempre lo que tú quieres que haga pero, si no lo hace, puedes estar segura de que es por amor”.

¿No es eso el suelo firme que necesitamos para vivir? ¿No es ése el suelo firme que necesitamos para poder construir una vida y una casa? No, no me refiero a una casa material. El Señor habló una vez: “Quien escucha mis palabras, quien acoge mis palabras se parece a un hombre que edificó su casa sobre piedra. Vinieron las lluvias, hubo torrenteras, hubo vientos, hubo de todo y la casa no se vino abajo. Quien no acoge mis palabras edifica sobre arena”. Vivimos en un mundo de arena. Realmente vivimos, vivís, todos nosotros vivimos en un mundo de arena. Y haber conocido a Jesucristo -aunque sea un poquito, aunque os parezca que sois unos cristianos de desastre, aunque os parezca que vuestra vida es muy pobre para como vosotros mismos quisierais que fuese-, pero haber conocido el amor infinito del Señor os aseguro que cambia la experiencia de vivir, la experiencia de estudiar, la experiencia de levantarse por las mañanas (…); de celebrar un cumpleaños, de enamorarse, de vivir. Hay algo que cambia.

En un cierto sentido, dejármelo decir, somos alternativos al mundo de hoy, los cristianos. Somos alternativos, en el sentido más hondo de la palabra. Queremos otro mundo, queremos otra manera de vivir. Y sabemos que los hombres llevan diciendo eso un montón de siglos. Ahora unos cuantos llevan diciendo que para eso no hace falta, “pues vamos a hacer un mundo precioso sin Dios”; pues no hemos hecho un mundo precioso sin Dios, hemos hecho un mundo que se muere a chorros, delante de nosotros. No lo hemos hecho precioso. Una reflexión que leía yo de una autora americana hace mucho tiempo dice: “Si la revolución sexual hubiese triunfado y hubiese tenido éxito, el fruto sería que hombres y mujeres viviríamos con mucha más confianza unos con otros”. No es así. Y decía: “Se encuentran un chico y una chica a las 4 de la tarde en una calle de Manhattan, y los dos van con miedo. El chico, de que la denuncie, y la chica de que el chico le haga algo”. Y dices, “algo hemos hecho mal”. Quiero decir, algo no funciona en nuestro modo de haber construido este mundo. Hemos creado un mundo muy desconfiado, de unos con otros. Muy lleno de desconfianza, muy lleno de desamor y de desinterés. No es el mundo que corresponde a las exigencias de vuestro corazón. No os conozco apenas, pero sé que vuestro corazón no es diferente del nuestro, tengamos los años que tengamos. Queremos amar, queremos ser amados y queremos vivir en un mundo donde el amor sea la medida de las relaciones humanas. Un amor bueno, un amor que nos ayuda a todos a crecer, que nos permite mirarnos a los ojos con confianza, que nos permite ayudarnos, vivir con la mano tendida para el que tenemos al lado. Eso es lo que el Señor hace posible y eso es lo que el Señor, que se nos ha dado a todos, en su Misterio Pascual, renueva para vosotros esta tarde, y Él confirma.

A un bebé recién nacido puedes decir es que todavía no conocemos, no sabemos los defectos que va a tener, no sabemos si va a ser más bueno, menos bueno o regular. Ahora, vosotros ya lo sabéis, los vuestros ya lo sabéis y el Señor lo sabe desde toda la eternidad. Y el Señor vuelve a decir “te quiero con el mismo amor con el que te di la vida en el primer momento de tu existencia” y “te quiero como te he querido desde toda la eternidad y como te voy a querer para toda la eternidad”. Y no sólo lo dice, sino que a través de los gestos de la Iglesia se da a vosotros para acompañaros en el camino de la vida siempre. A lo mejor vosotros os olvidáis de esta tarde. Os olvidáis de la Confirmación, os olvidáis de Jesús y os olvidáis de Dios. Lo que yo puedo juraros es que Dios, Jesucristo, el Hijo de Dios, jamás se va a olvidar de vosotros, y jamás os va a despreciar, os va a abandonar o va a alejarse de cada uno de vosotros. Nunca. Suceda lo que suceda en la vida. Y eso es lo que más me importa que sepáis.

Un último detalle. No despreciéis la pequeñez de los gestos. Los seres humanos nos comunicamos por gestos: una mirada, una sonrisa… son siempre gestos pequeños. Una mano tendida en un momento, un beso, una caricia, ¡qué gestos más pequeños! Y cuánto bien o cuánta mentira puede pasar por esos gestos. Qué grande puede ser una mirada afectuosa en un momento determinado cuando uno busca y no encuentra nada alrededor, o una sonrisa o un apretón de manos. Y qué duro puede ser -yo lo he vivido- tener a tu padre muriéndose y dos hermanas, una dentro de la habitación del hospital y la otra fuera, y no querer entrar porque hace quince años que no me hablo con mi hermana. Eso lo han visto estos ojos en un hospital. ¡Daros la mano, sólo un apretón de manos, un beso, y ya está, que lo vea vuestro padre que se está muriendo aquí en la cama! Después de tres cuartos de hora de batalla (…) se lo dieron. Pero, ¡Dios mío, cuánta tristeza y toda la historia había empezado porque no había invitado a la boda de mi hija, se le había pasado mandar a su hermana la invitación! Y tonterías en las que uno se enreda, se enreda, se enreda y, al final, se hace un mundo y dos hijas no se hablan delante de su padre agonizando. Poder saber que el Señor no nos abandonará jamás, suceda lo que suceda. Que nuestras vidas tienen un valor infinito a sus ojos y lo van a tener siempre, os aseguro, cambia, cambia la vida. Pero ahí se ponía de manifiesto lo que podía significar un apretón de manos. Se lo dieron y aquel apretón de manos curó quince años de separación, de dolor y de sufrimiento.

Mis gestos van a ser muy pequeños: una cruz en vuestra frente con el crisma consagrado el día del Jueves Santo y una imposición de las manos sobre vuestra cabeza. Por esos pequeños gestos pasa el amor infinito de Dios. Y el Señor no miente. Cuando alguien dice que te quiere y te da un beso puede ser verdad o puede ser mentira, o puede tener mucho interés en tus apuntes de clase, qué se yo. Pero cuando Dios dice “te quiero”, Dios no miente. Y es Dios quien dice “te quiero” y lo dice para siempre. Os lo dice a cada uno de vosotros esta tarde. Nos lo dice a todos, Dios mío. Cuando comulgamos nos lo dice todos los días, pero hoy os lo dice a vosotros de una manera muy especial.

Que disfrutéis. No esta tarde, sino toda vuestra vida de la certeza de un amor así.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

8 de febrero de 2019

Parroquia Regina Mundi

Granada

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Fri, 22 Feb 2019 13:50:04 +0000
Dios enjuga nuestras lágrimas http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48745-dios-enjuga-nuestras-lágrimas.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48745-dios-enjuga-nuestras-lágrimas.html Dios enjuga nuestras lágrimas

Homilía de Mons. Javier Martínez en el VI Domingo del Tiempo Ordinario, en la S.I Catedral, con la participación del Coro “Aguas Blancas”.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo Santo de Dios;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

hermanos y amigos:


Si yo os preguntara quién de vosotros no ha llorado en vuestra vida u os dijese “el que no haya llorado en vuestra vida que levante la mano”, tendríais que levantarla todos, aunque os diera vergüenza. Aunque de mayores a veces tengamos mucha vergüenza de llorar y no nos guste que nos vean llorando (y se pide disculpas a veces por llorar, porque parece como que está mal visto), pero seguro, seguro, seguro que todos hemos nacido llorando.

De las Bienaventuranzas, que son un pozo sin fondo de sabiduría y de luz en nuestra vida, no voy a comentar nada más que ésta, porque me parece que es la que más pone de manifiesto que lo que Jesús proclama es que hay una posibilidad de la alegría, de dicha, de gozo, de gratitud, de vivir contentos para todos los hombres, cuando dice: ‘Bienaventurados los que lloran”, dichosos los que lloran, porque serán consolados, porque van a recibir el consuelo.

Repito que en nuestra cultura, que es una cultura mucho de fachada y mucho de farsa, de vivir para el exterior con un rostro y con otro por dentro, de imitar las sonrisas de los anuncios de dentífricos y de los anuncios de coches, y aunque uno esté sangrando con el corazón deshecho por dentro… Luego decimos que somos una cultura de libertad. Mentira. Somos una cultura de máscaras y de fachada. Llorar es una cosa buena. Si lo pensáis hay dos cosas que sólo los seres humanos pueden hacer, que no hace ninguna especia animal: ni llorar ni reírse. No hay especies animales que cuenten chistes y que otro se ría. Imposible. Eso está más allá de las fuerzas de cualquier especie animal. Y no hay especie animal que llore. Algunos animales se les caen lágrimas en ciertas ocasiones, pero eso no es llorar. No es llorar como lloramos nosotros; que si reciben una pajita en el ojo, o se les queda el ojo seco, se produce algo parecido a las lágrimas, sin duda, pero no lloran cuando deciden llorar o cuando les viene el llanto y se ponen a llorar, porque tanto llorar como reírse requiere una mirada al Infinito que los animales no tienen. Y no porque el Infinito se nos ponga delante de los ojos como se nos pone este altar o las flores o un rostro humano. Pero el Infinito está siempre como un horizonte en todo lo que somos y en todo lo que hacemos, y porque está siempre ese horizonte, llorar...

Algunos ya me habéis oído citar ese pasaje de la obra de teatro “Calígula”, de Albert Camus, que era un ateo estupendo, porque era un ateo muy honesto, que andaba siempre buscando la verdad, buscándola con toda su alma. El Señor le habrá abrazado al llegar al Cielo, porque cuando estaba a punto de encontrar la puerta tuvo un accidente de coche y murió en el accidente de coche. En el “Calígula”, de Camus, le pregunta una vez Cesonia, que es la protagonista femenina; está Calígula llorando y le dice: “Calígula, ¿acaso lloras? ¿Es por amor, es que hay otra mujer por medio?”. Y le dice: “No, los hombres no lloramos por amor; lloramos porque las cosas no son como queremos que sean”. Cuando dice “los hombres” no se refiere a los varones. Yo creo que está hablando del ser humano. El ser humano llora porque las cosas no son como nosotros… porque nosotros somos capaces de imaginarnos una vida feliz, somos capaces de imaginarnos el Cielo -siempre nos lo imaginamos empequeñecido, un poco de manera como los ídolos, un poco idolátricamente… O nos imaginamos, con un poco más de seriedad, como un lugar de amistad transparente, franca, leal, honesta, verdadera, donde cada uno desea sincera y lealmente el bien de cada otra persona, el bien de los demás-; pero siempre nos imaginamos el Cielo y siempre lloramos porque esta vida no es el Cielo.

¿Es legítimo, por lo tanto, llorar? ¡Claro! Es algo vinculado a nuestra condición humana. Me voy a atrever a decir más: llorar es una forma creada, o sea vinculada a nuestra condición, no especialmente sobrenatural, aunque quizás todo lo creado es sobrenatural, pero simplemente creada… es una forma de oración. Quien llora, llora porque alguien (aunque no esté llorando con la cabeza metida debajo de la almohada y solo en su habitación); quien llora, espera, tiene la esperanza misteriosa, secreta, que ni siquiera se formula uno a sí mismo, de que alguien está viendo esas lágrimas. Llorar es una manera creada de suplicar. Cuando la gente dice “yo no he rezado nunca”, dices, mentira; si has llorado, has rezado, y el Señor ve tu corazón y ve tus lágrimas. Y esas lágrimas son para Él, aunque yo no piense en Él; aunque esté pensando en aquella persona que me ha hecho daño y que me ha destrozado y esté deseando estrangularlo, matarlo, lo que sea… Esas lágrimas no son para la persona que me ha hecho daño; esas lágrimas son para el Señor. Y el Señor las recoge. Las ha recogido todas el día de Viernes Santo, las tuyas, las mías, las del mundo entero. Aunque serían más extensas y más profundas que todos los océanos de la tierra; el Corazón del Señor, infinitamente más grande que el Universo, claro que es capaz de recoger todas las lágrimas.

Y la risa también es una forma de rezar, sólo que la risa tiene que ver con la gratitud. Comparamos algo que sucede… ¡También lo estamos comparando con el Infinito! Vemos a una persona que pisa (por hacer un chiste muy malo, muy viejo, muy viejo, clásico) una cáscara de plátano y resbala, y nos reímos. Muchas veces si es una persona mayor… pero si es un niño, nos da risa. Hay algo que nos hace gracia. La risa es una forma también creada de dar gracias, de expresar nuestra alegría, nuestro contento. Pero también, siempre en comparación con el Infinito, ningún animal cuenta chistes y ningún animal se ríe (y cuando se habla de la risa de las hienas, es que hacen un ruido que recuerda a un cierto de risa, muy raro, muy cínico, muy absurdo).

“Dichosos vosotros los que lloráis”. Dichosos vosotros, seres humanos”. Dichosos vosotros, criatura humana que estás hecho a imagen y semejanza de Dios, porque ha venido el Reino de los Cielos, porque vais a ser consolados, porque algún día ese llanto se convertirá en alegría y alguien enjugará. Casi son las últimas palabras del Nuevo Testamento: “Dios mismo enjugará las lágrimas de vuestros ojos, y saltaréis de gozo en la Jerusalén del Cielo”. El Señor mismo será vuestra luz, vuestra compañía y le veréis cara a cara, le veremos cara a cara. Pero eso ya se ha hecho presente en Jesucristo. No lo esperamos simplemente para después de la muerte. En medio de este mundo de pecado y en medio de este mundo de dolor y de traición, y de mentira y de máscaras y de todo eso, en medio de este mundo encontrar a Jesucristo es encontrar una fuente de aguas blancas, un torrente limpio, una fuente de agua limpia y fresca, de alegría. La alegría de un amor que nadie tiene el poder de destruir, ni siquiera el Enemigo, que está ya vencido en la Cruz de Cristo, y que puede a nosotros hacernos revolcar por el suelo y machacarnos, pero no tiene el poder de impedir que Dios nos quiera, y si Dios nos quiere, nuestras lágrimas desaparecerán, y se convertirán en alegría, en gozo.

Mis queridos hermanos, vamos a recibir al Señor. Lo hacemos por costumbre. Estamos tan acostumbrados cuando vamos a misa a recibirLe, que ni siquiera nos damos cuenta. Pero os dais cuenta que el Señor viene a nosotros; que viene a nosotros para compartir nuestro llanto y para que podamos saber que no hay ni un ápice, ni una gota, ni una miga, ni un puntito de sufrimiento humano que el Señor no se haya apropiado y haya hecho suyo. Y Dios sabe también la grandeza o las dimensiones que puede tener ese sufrimiento humano muchas veces. Pues cualquiera, desde el más pequeño hasta el más grande, el Señor los ha abrazado ya. Y eso nos permite darLe gracias y esperar con más firmeza, con más fuerza, con más seguridad, con más alegría, el triunfo final del amor de Dios sobre todo mal. El día en que hasta ese Enemigo, que es el que de alguna manera está siempre detrás de nuestro llanto también, que es la muerte, también será vencido. El desamor, el pecado, la muerte, todos serán “diluidos” ante el calor del sol que es el Amor de Dios. Que está ahí para vosotros, que está ahí para nosotros, eso es lo sorprendente. Ese es el escándalo del cristianismo.

Señor, no es simplemente que contamos con tu ayuda, con que no nos vas a dejar solos… no, no. Sabemos que nos amas con un amor infinito. Sabemos que estás junto a nosotros. Sabemos que desde la Encarnación nuestros dolores son tus dolores, nuestras alegrías tus alegrías, y tu deseo que un día podamos participar plenamente sin velos, sin sombras, sin ese velo supremo de la muerte, de la belleza infinita de tu Gloria, en la Jerusalén celestial, esa ciudad resplandeciente de gloria y de gozo y de belleza. Sencillamente, la Esposa del Cordero. La ciudad que bajaba del Cielo, engalanada como una Esposa para su Esposo, con una belleza inimaginable. Esa es nuestra casa, ese es nuestro hogar. Y allí, Tú enjugarás, uno por uno, y una por una, esas lágrimas, que para nosotros son una fuente de dolor y para Ti son perlas queridas de tus hermanos, de tus hijos, de aquellos por quienes Tú has derramado tu Sangre para que nosotros podamos vivir contentos.

Dios mío, que el Señor nos conceda vivir todos los minutos de la vida, con la certeza de que nuestras vidas suceden a este nivel; suceden en esta historia de Amor, con todo su drama, pero en esta historia de Amor, que es un amor victorioso y que es un amor que nadie podrá destruir jamás.

Vamos a proclamar nuestra fe.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

17 de febrero de 2019

S.I Catedral

Escuchar homilía

 

Palabras finales en la Eucaristía, antes de la bendición.

Antes de terminar con la bendición, me he acordado después que hay en el Evangelio dos lágrimas importantes. Unas, las de la viuda de Naím, que iban a enterrar a su hijo único, y Jesús le dijo “No llores, mujer”. Puede andar en ese misterio y en ese “no llores, mujer”, porque el Señor iba a salvar a su hijo, como va a salvar a todos los hijos de todas las madres. No de la misma manera que aquella, pero “no llores, mujer”.

Pero hay otra lágrimas. Aquella pecadora que entró cuando estaba Jesús en casa de un fariseo, que había entrado a comer, y se coló aquella mujer, que no podía entrar en casa de un fariseo. Y regó los pies de Jesús con sus lágrimas. Y dice un Padre de la Iglesia, un Doctor de la Iglesia: “La gente pensaba que Jesús había ido a comer porque tenía hambre de la comida del fariseo”. No. Tenía hambre de las lágrimas de aquella mujer pecadora.

Os doy la bendición.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

17 de febrero de 2019

S.I Catedral

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 19 Feb 2019 14:10:10 +0000
“Señor, haz crecer en nosotros un amor sin límites” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48607-“señor-haz-crecer-en-nosotros-un-amor-sin-límites”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48607-“señor-haz-crecer-en-nosotros-un-amor-sin-límites”.html “Señor, haz crecer en nosotros un amor sin límites”

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía en el V Domingo del Tiempo Ordinario.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo Santo de Dios;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

queridos amigos, hermanos todos:


Una vez más, saludo muy especialmente a mi coro favorito, que siempre sois un tesoro y una alegría cuando estáis aquí en la Eucaristía. Y dejadme saludar también, con mucho gozo (veo que cada vez es más frecuente que se unan a la Eucaristía personas que vienen del extremo Oriente, from China, from Korea or from Japan. It makes me very happy to see you around here in this world, only one family. Thank God). Es muy bonito y nos damos cuenta lo bello que es pertenecer a una sola familia.

Hoy es un día y un domingo especial. Y quiero yo ayudaros a reflexionar sobre lo que vive la Iglesia entera este fin de semana, con una anécdota. No es muy infrecuente que cuando yo salgo de la misa, algunas personas me hacen algún comentario. El que con más frecuencia me hacen más personas es que soy muy largo, pero yo trato de no serlo, pero también digo que es el único momento que yo tengo para comunicarme con mi Pueblo que es mi familia, y para enseñar, y eso requiere tiempo, o por lo menos yo no lo sé hacer más corto.

Hubo un día, uno de esos comentarios que me dejó muy preocupado. Y es que yo había dicho de pasada que la economía que tenemos es una economía que había creado un abismo más grande entre los pueblos ricos y los pueblos pobres, y a la salida un matrimonio joven me dieron las gracias por la homilía pero me dijeron: “Mire usted, tendría usted que informarse bien porque nosotros venimos de hacer un curso de economía (ndr: por desgracia, era en una institución católica), pero nos han dicho ahora mismo que la economía que tenemos es la mejor que se puede tener y la mejor que ha habido en ningún tiempo de la historia, porque la renta per cápita que hay en este momento es la más alta que ha habido jamás en la historia”. Y yo me quedé prácticamente congelado (era verano). Porque claro, medir el valor de una economía por la renta per cápita, aparte de ser una abstracción, porque son números, es tan falso. Por ejemplo, oculta hechos. Y yo le dije: ¿Y el hecho de que en Europa nos morimos? Es decir, ¿de qué nos sirve la renta per cápita que tenemos si no somos ni siquiera capaces de reproducirnos? Si Alemania ha importado un millón de sirios en los primeros momentos de la guerra de Siria, para que salieran justamente las clases superiores, las más altas, las que tenían más preparación técnica, y poder mantener la economía alemana; si en España nos estamos muriendo a chorros, ¿de qué nos sirve nuestra riqueza? Pero no es sólo eso. También les pregunté. Yo he perdido en las zonas rurales de la diócesis de Granada la mitad de la población en diez años. Eso no aparece en ningún presupuesto, eso no aparece en ningún balance. Pero cuánto cuesta la muerte de un pueblo que tiene cinco o seis siglos y que se muere con edificios familiares construidos, mantenidos con un amor grande, como el fruto del trabajo que produce el amor, aunque no sean empresas, son familias. Medimos sólo la economía por los números de las empresas.

¿Qué significa la destrucción de la familia?, ¿pero qué significa la destrucción de todas las culturas que no han sabido o que se han resistido o que no quieren adaptarse a la cultura del capitalismo global? Desde las tribus maoríes en Nueva Zelanda o en Indonesia hasta los pueblos en lo profundo y en el interior de China, o en otras partes del mundo, en África. Hemos destruido cultura tras cultura, y las personas… Y cuando uno ve y sabe la situación de esas personas, que tenían un agricultura tradicional con la que sabían defenderse y sabían vivir... ¡La hambruna de Etiopía!, que se produjo hace ya muchas décadas, era yo todavía joven. Y recuerdo a una persona del Departamento de Estado, era un ingeniero agrícola muy grande, y había sido enviado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos justamente para estimar las riquezas naturales de Etiopía, y a la vuelta me dijo: “Javier –yo era un joven estudiante en aquel momento de Teología-, Etiopía tiene riquezas naturales para alimentar a toda África y exportar alimentos a Europa”. ¿Qué es lo que ha sucedido? ¿Sólo que tienen gobiernos corruptos? Pues, sin duda, sin duda los hay. Pero, ¿quién empezó la destrucción de Etiopía? o ¿nos olvidamos los bombardeos de Italia en la Segunda Guerra Mundial por Mussolini con gas mostaza a tribus indefensas, que no tenían ni siquiera armas de fuego y que fueron bombardeadas para exaltar la grandeza del nuevo imperio romano? O mucho más cerca de nosotros, ¿qué ha pasado con Libia? ¿quién ha levantado la voz? Hemos destruido -estábamos nosotros, estaban las armas de España participando en la operación- en tres semanas, hemos matado a 150.000 personas y hemos destruido un país, Libia. Eso no hace ni diez años. Dios mío, ¿somos la economía mejor?

¿Hemos venido a misa para dar gracias porque Jesucristo está en medio de nosotros o hemos venido por otros motivos? Hemos venido para dar gracias. Para dar gracias por el Señor, pero tenemos que ser conscientes de que la Presencia del Señor lo que ayuda es abrirnos los ojos con respecto a las realidades del mundo y a todas las realidades del mundo, no sólo a las que nos muestra la propaganda y contentarnos con lo que esa propaganda nos enseña o nos muestra, que es siempre lo que quiere.

Las lecturas de hoy todas hablan de una cosa… Pedro y aquellos eran pescadores avezados en el mar de Galilea y habían trabajado todo el día y no habían conseguido nada. Y sólo cuando vino el Señor pasó como en las bodas de Canáa, pasó como en la multiplicación de los panes, pasó como en la muerte de Cristo que ha hecho florecer un Pueblo de hijos, con la misma madera de la que estamos hechos todos los seres humanos, con las mismas pasiones, sin embargo, en el que la Presencia de Cristo y la Presencia del Espíritu no deja jamás, no se detiene jamás en que ese Pueblo florezca de mil formas distintas la santidad y la bella y buena que nace del costado abierto de Cristo. Pero San Pablo es lo mismo. Estos eran pescadores que no conocían al Señor y se encontraron con él, pero San Pablo había oído hablar del Señor y perseguía a la Iglesia e iba con cartas del Sumo Sanedrín para acabar con los cristianos en Damasco, y se encontró con el Señor. “Por la gracia de Dios, soy lo que soy”.

¿Qué tiene que ver esto con lo anterior? Somos hijos de una cultura y participamos de ella, participamos activamente de ella, hasta, a veces, pensamos que nuestro deber de cristianos es sostenerla para que se mantenga. Somos hijos de una cultura que cree que se puede construir un mundo sin Dios y que un mundo sin Dios sería un mundo más feliz. ¿Por qué me quedé congelado aquel día? Porque que eso lo enseñen universidades o centros de estudios superiores católicos me cubre de vergüenza. Es decir, que el mundo que hemos construido, las islas del Pacífico llenas de basura, de deshechos, de plásticos, de la maravilla que son los cruceros por el mundo, y muchas cosas; que la Guerra Mundial, desde final de los años 50… bueno no, en los cincuenta estaba en Corea, en realidad no haya terminado todavía ni tenga perspectivas de terminar, porque en cuanto se cierra alguna…, si es que las fábricas de armamento tienen que seguir produciendo... Cuando empezó la guerra de Siria (la segunda vez porque la primera vez la detuvo una jornada de oración convocada por el Papa Francisco), cuando comenzó la segunda vez, que ya no supimos o no pudimos detenerla, yo le pregunté a un hombre, a un sacerdote, el único sacerdote que enseña Derecho musulmán en una universidad musulmana, un egipcio, que ha sido asesor de Benedicto XVI, un hombre que conoce el Islam por dentro y es árabe, y lo quiere; le pregunté, ¿quiénes se benefician de esta guerra? Me dijo: “sólo, los fabricantes de armas, que están repartidos por todos los países desarrollados del mundo”. Sólo que esas cifras no forman parte de lo de la renta per cápita.

Mis queridos hermanos, mientras sigamos creyendo que podemos los hombres con nuestras fuerzas, con nuestra inteligencia, con nuestras supuestas economías... “Economía” significa “la ley del hogar”, y hay un pensador americano que dice que “para que haya ley en el hogar tiene que haber hogares y los estamos destruyendo todos”, estamos destruyendo la familia, la hemos destruido en gran medida. Y dice: “Lo que en las universidades se sigue llamando economía –repito- en las universidades católicas –dice- no tiene nada que ver con la ley del hogar: es el arte de robar legalmente”. ¡Cómo no va a haber hambre! Claro que hay un abismo cada vez más grande. Esas tribus del interior de África, habituadas a la música estereofónica, a internet, a las que les hemos quitado y arrancado de sus cultivos tradicionales y de sus ganaderías tradicionales, no tienen más futuro, como pasa con el pueblo gitano en España, la droga, el alcohol y la destrucción; o irse a estudiar a América o a vivir a Europa a aclimatarse absolutamente a nuestra cultura. El tipo de imperialismo que tiene nuestra cultura capitalista hoy es mucho más duro, pero infinitamente más impositivo, más duro y menos humano, que fue el antiguo colonialismo, al que todos criticamos, pero como fue hace varios siglos no nos afecta para nada. Pero hoy estamos imponiendo el capitalismo global en todos los rincones del mundo con una virulencia, con una falta de humanidad, con una inconsciencia con respecto a los males que ese tipo de cultura generan, que los estamos viviendo nosotros. Pero si vemos a nuestro lado destruirse las familias, venirse abajo, una detrás de otra. Cada tres minutos o cada cinco minutos decían hace unos años que se rompía una familia en España. ¿Esa puede ser la mejor economía del mundo? ¡Dios mío!

Señor, como dice una oración en el Libro de Daniel, “hoy no tenemos ni profetas, ni jefes, ni un lugar donde ofrecerte sacrificios, pero mira nuestra necesidad y ven a nosotros”.

Señor, cámbianos a nosotros el corazón, danos el corazón humano, sensible, sensible a la humanidad bella y a la humanidad de vida de la que formamos parte y haz crecer en nosotros la única medicina que este mundo necesita que es un amor sin límites.

A la luz de eso, la colecta de hoy es un pequeño granito de arena que podemos hacer, pero que serviría de muy poco si no cambia nuestro corazón, si no cambia un poco también nuestra mente, si no luchamos por establecer otro tipo de relaciones humanas que rompan el escudo, la coraza diábólica –diríamos-, de este tipo de sociedad nihilista en la que no hay pan para lo verdaderamente humano, para la belleza de la vida humana cuando se edifica sobre el amor. Esa es nuestra tarea, esa es nuestra tarea como cristianos: dignificar esa sociedad. Bregaremos todo el día y no conseguiremos nada, sólo cuando abramos nuestro corazón al Señor, y junto con el Señor, claro que cogeremos. Se romperán las redes. Y los hombres están llenos del deseo de Cristo. Lo que sucede es que nos miran a nosotros y no lo encuentran.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

10 de febrero de 2019

S.I Catedral

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Wed, 13 Feb 2019 14:39:38 +0000
“La sabiduría tiene que ver con un saber vivir” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48587-“la-sabiduría-tiene-que-ver-con-un-saber-vivir”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48587-“la-sabiduría-tiene-que-ver-con-un-saber-vivir”.html “La sabiduría tiene que ver con un saber vivir”

Homilía del arzobispo de Granada, Mons. Javier Martínez, en la Eucaristía en la celebración del día de santo Tomás de Aquino, patrón de la universidad, con los Institutos de Filosofía “Edith Stein” y de Teología “Lumen Gentium” de la Archidiócesis, en el monasterio de la Cartuja.

La Primera Lectura de la Eucaristía de hoy es tan clara, tan nítida, tan transparente en sus comparaciones. Es decir, “vale más que el oro”, la plata, las perlas preciosas… Pero es bueno detenerse en ella y, sobre todo, en tiempo de exámenes, como estáis vosotros ahora. Porque no se trata de aprenderse unas páginas y de tener claras unas respuestas o unos trucos para pasar el examen.

Adquirir la sabiduría es algo que es importante para la vida. Y eso no brota, de hecho, de los libros, meramente. Brota de una confrontación de la propia experiencia con la luz del Señor. La Lectura que hemos oído dice de hecho que la sabiduría es más que la luz, incluso. La luz nos permite ver las cosas, gustar de sus colores, de sus formas, de sus luces y de sus sombras. La sabiduría nos permite también comprender sobre todo el misterio de la realidad y, sobre todo, ese misterio que es el ser humano, ese abismo, imagen de Dios. Abismo insondable de amor, que se nos ha revelado en Jesucristo. No separéis la Sabiduría de Jesucristo, porque, de hecho, las palabras que en hebreo y en griego conducirán, expresarán, en los elogios de la Sabiduría, se hayan recogidas en el prólogo de San Juan: “El Verbo era Dios”. La Palabra es la Sabiduría de Dios. Es la Sabiduría de Dios la que ha creado las cosas. Como dice la Carta a los Colosenses, en ese texto que, una y otra vez, es un texto para nadar en él, para sumergirse en él: “Todo ha sido creado por Él y para Él”. Él es la Sabiduría que juega con la bola del universo, y que tiene su alegría en estar con los hijos de los hombres. Él es la Palabra de Dios. Él es Dios que Se dice y Se entrega para nuestra vida.

Estudiar Teología (yo diría que estudiar cualquier cosa) es adentrarse en el misterio de Dios, porque la Creación no es la obra de un ingeniero; es ya un comunicarse, un darse del Ser de Dios. Un jardín plantado por Dios para nosotros, para los hombres. Pero el estudio de la Teología, que es el ahondar y el saborear la experiencia de la Iglesia, y comprender la belleza de esa experiencia, no es mas que sumergirse en el abismo insondable del amor de Dios. Que se llegue a Él por un lado o por otro, a través del estudio de los Evangelios o de la luz de la Escritura, especialmente del Nuevo Testamento; que se llegue a través de la contemplación de la vida humana a la luz de Cristo o de cualquier otra realidad del misterio de la Iglesia, como misterio de Cristo en el momento presente, todo nos lleva al corazón del Misterio, al Dios que en Cristo y por el poder del Espíritu Santo Se nos da y Se nos entrega para que nosotros vivamos como hijos de Dios.

Es un privilegio. Y es un privilegio no porque sea una condición ahora mismo para pasar un curso o acercarse a la ordenación sacerdotal. Es un privilegio siempre. Tengáis las tareas que tengáis, buscad rincones, momentos, en los que uno puede sumergirse en la Verdad de Dios. “Lámpara es Tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero”. La sabiduría no tiene mucho que ver con la erudición; tiene que ver con un saber vivir, sobre todo. Un saber vivir de forma que nuestras vidas mismas sean un testimonio de que Dios vive, de que Cristo está en medio de nosotros, de que Cristo acoge, ama y llena de gusto y de felicidad y de alegría nuestras vidas, y que esa alegría es la que deseamos comunicar a todos.

Hay algo en la palabra sabiduría que tiene que ver con el sabor, no sólo con el saber, sino con el gustar. Gustar de la verdad de las cosas, gustar de la Verdad de Dios, que se da en las cosas, pero que se da, sobre todo, en la historia de la Salvación, y en su Hijo, y en ese Sacramento de su Hijo que es la comunión de la Iglesia.

Quisiera hacer referencia un momento en esa búsqueda de la sabiduría que es el quehacer teológico, en ese apropiarse cada vez más, en ese ensimismarse cada vez más en las riquezas insondables de Cristo -como diría San Juan de la Cruz, está todo lleno de cavernas y de rincones que nunca acabaremos de recorrer-, en ese ensimismarse en la experiencia de la Iglesia es entrar en la corriente misma del amor de Dios que se da y, por lo tanto, crecer en el deseo de darnos al mundo.

Quiero hacer referencia a un pasaje que algunos algún año me lo habéis oído decir. En una parte de la “Suma Teológica”, santo Tomás se pregunta si no será mejor la vida de los monjes, la vida contemplativa o la vida apostólica. Y santo Tomás responde de una manera muy sencilla, que no es nada difícil de comprender. Él pone un ejemplo y dice “es mucho mejor iluminar que brillar”; y por lo tanto, es mucho mejor transmitir a otros, comunicar a otros, lo que se ha contemplado, que sólo contemplar. Por lo tanto, yo creo que es parte de su enseñanza, y más cuando somos estudiantes de Teología, el tener presente eso: que no estudiamos para brillar. Ya el brillar es una cosa buena, pero es mucho mejor iluminar que brillar. No estudiamos para engrandecernos a nosotros mismos, o para enriquecernos a nosotros mismos, o para ser nosotros más grandes. Aprendemos, estudiamos, nos sumergimos en la experiencia de la Iglesia para poder iluminar a otros con esa experiencia que pasa por nosotros, que pasa por nuestra carne, que pasa por nuestra forma de ser, por nuestros límites, pero también por nuestra riqueza personal y única de cada uno.

Y al mismo tiempo, es muy bello en ese pasaje de santo Tomás el “contemplata tradere”. Es decir, hay que contemplar, para poder transmitir, para poder no ser un guía de esos de turismo que todos conocéis, en la Plaza de las Pasiegas o en la Catedral, que se repiten un rollo que se han aprendido de memoria y la gente lo capta inmediatamente. Es necesario haber contemplado. Es necesario haberse sumergido de alguna manera, el haberlo hecho propio. Comunicar, aunque sea muy torpemente. Vale más comunicar torpemente aquello de lo que uno tiene experiencia que saber mucho sin tener experiencia; que saber muchas cosas sin tener experiencia de Cristo en nuestra vida y del poder salvador de la Palabra y del Espíritu de Dios en nuestra vida.

Por eso, Le pedimos al Señor que Él nos comunique su Espíritu; que nos haga más y más partícipes de Su Vida, de forma que esa Vida sea cada vez más nuestro propio yo: “Vivo yo pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Es Cristo quien me comunica lo que soy, lo que digo, quien me hace ser y quien me hace hablar. “Creí, por eso hablé”, dice San Pablo en la Carta a los Gálatas.

Que el Señor nos conceda, por lo tanto, ese don del Espíritu; que nos lleve a la sabiduría con la cual podamos iluminar la vida de nuestros hermanos, creyentes y no creyentes, con un amor igual para todos. No olvidéis, casi todos los elogios que el Señor hace en los Evangelios se los hace a los paganos. Pensad en eso. Y casi toda la “caña” que da, por así decir, se la da a los escribas y a los fariseos. “Señor, no hagas de nosotros escribas, no hagas de nosotros fariseos. Haznos partícipes de Tu amor”. Pero elogios, elogios, elogios… Eso me recuerda una frase de Baudelaire, que no es un modelo de vida en absoluto, pero es, con frecuencia, uno de los pensadores más intuitivos y más finos: “Si un día la religión desapareciera del mundo, probablemente habría que ir a buscarla al corazón de un ateo”. ¿Por qué? ¿Porque es mejor ser ateo que ser creyente? No, pero es muy probable que un ateo tenga más hambre de Dios que la que tenemos nosotros. Y no digo nosotros por acusar a nadie, hablo de mí…


Que el Señor nos enriquezca con esa sabiduría que es capaz de ofrecerse al mundo con la misma sencillez y con la misma verdad con la que el Señor se ha ofrecido por nosotros.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

28 de enero de 2019

Monasterio de la Cartuja

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 12 Feb 2019 11:44:29 +0000
“AmarTe con todo nuestro corazón” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48500-“amarte-con-todo-nuestro-corazón”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48500-“amarte-con-todo-nuestro-corazón”.html “AmarTe con todo nuestro corazón”

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía del voto a San Cecilio de la ciudad, el domingo 3 de febrero, celebrada en la Abadía del Sacromonte con la asistencia de autoridades civiles y militares, y el pueblo cristiano en general.

Queridísima Iglesia del Señor, que se reúne en Granada en esta mañana bella y fría (nos ha concedido el Señor reunirnos un año más en la Abadía del Sacromonte, para dar gracias por el don de nuestra fe y por los frutos de ese don en nuestro pueblo y en nuestras vidas);

querido Sr. Alcalde, excelentísimas autoridades;

hermanos y amigos (todos los que os asomáis o participáis en esta Eucaristía):

Cuando pensaba yo en esta celebración se me ocurría que uno de los puntos en los que el pensamiento del siglo XX, o lo mejor del pensamiento del siglo XX, podría verdaderamente expresarse y resumirse de una manera sencilla, tanto en la tradición postmarxista como en la tradición postliberal, puesto que las dos tradiciones han agotado sus posibilidades y sus límites, es el hecho de que las tradiciones son esenciales para la vida moral de las sociedades. Sólo en la Tradición, sólo en la referencia a una tradición, se hace posible el crecimiento moral. Pero, no sólo el crecimiento moral, sino la misma vida intelectual y el florecimiento del arte. Sin Tradición, sin referencia a una tradición, y por lo tanto a una cierta normatividad de esa tradición, ni siquiera hay contra qué revolverse. El hombre pierde sus referencias, pierde su sentido y la vida humana se convierte en eso que algunos anuncian. Pienso en películas como “La Odisea en el espacio” o “Matrix” (ya hace muchos años), un mundo posthumano, un mundo donde nada humano es capaz verdaderamente de florecer en realidad. Y la Tradición no son ideas, no son creencias, no son valores. Todo eso es demasiado etéreo como para que pueda sostener la vida de las personas que somos alma y cuerpo, simultáneamente, y además de una manera que no es posible separar una dimensión de la otra.

La Tradición es, ante todo, prácticas. Prácticas en las cuales aprendemos, desde niños, quiénes somos. Si os fijáis, no hay más que una manera de responder a la pregunta “¿quién soy yo?” y es contar una historia. Si no tenemos una historia que contar, no somos, literalmente, nadie; somos un número, somos un punto perdido en las coordenadas del tiempo y del espacio, pero no somos protagonistas de nada. Sólo quien tiene una historia que contar puede sentirse, en cierto modo, aún sabiéndonos pequeños, aún sabiéndonos mortales, aún sabiéndonos limitados, podemos ser verdaderamente alguien.

La historia que podemos contar los cristianos es la historia del amor de Dios por nosotros. Y cuando nosotros nos reunimos por el día de San Cecilio por lo que damos gracias es por la Tradición en la que nosotros somos parte del drama de la humanidad de una manera preciosa, porque sabemos, tenemos la certeza. Esperanza no significa utopía. La esperanza cristiana, que no es el optimismo, sino la esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, es la certeza del triunfo final del amor de Dios en nuestras vidas, en la historia humana.

Recordar, celebrar San Cecilio es celebrar la Tradición de la que somos hijos y dar gracias por esa Tradición. Yo sé que en esa Tradición hay mil engaños, mil hipocresías, pero sabemos que son engaños y que son hipocresías, y que son traiciones, que son pecados. Y las hubo desde el primer momento: de los Doce discípulos del Señor uno de ellos le vendió por treinta monedas. Por lo tanto, no nos escandaliza el pecado en la historia de la Iglesia. Pero la historia de la Iglesia sigue siendo lo más bello que hay en la historia humana porque nunca ha dejado de estar en ella presente el Santo, el Señor, el Amor infinito de Dios por nosotros los hombres. Por nosotros, pobres hombres llamados, como hemos descubierto a la luz de la Cruz de Cristo, a participar de la vida divina, inmortal, eterna, del amor invencible de Dios.

Yo sé que una parte de la modernidad ha sido una lucha contra toda Tradición y es posible que esa parte de la modernidad que se concibe a sí misma sólo en referencia, en contraste, en oposición a la Tradición, es probablemente la que ha causado más destrozos. La tragedia de las dos Guerras Mundiales, por ejemplo, por decir sólo algunas de las catástrofes más grandes que ha conocido la humanidad. Pero la modernidad no es sólo eso. La modernidad es un amor a lo humano, un redescubrimiento de dimensiones de lo humano extraordinariamente valiosas: la libertad, el sentido de la comunidad, la llamada que hay al corazón del ser humano hacia la solidaridad y hacia el bien. Todo eso, cuando se arraiga en la historia del amor invencible de Dios, recupera de nuevo su sentido y es posible que florezca y que fructifique. Y nosotros estamos aquí porque deseamos que florezca y que fructifique nuestra humanidad. Y porque deseamos que florezca y que fructifique nuestra humanidad, nos apoyamos en el amor del Señor.

Una frase que le decía Isabel a la Virgen María, en este lugar tan profundamente mariano, y a mí me viene muchas veces a la cabeza: “Dichosa Tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. Hay una dicha en la fe. Mi madre, que era una mujer muy sencilla, solía decir que para ella, que la habían enseñado siempre los curas en la catequesis que la fe era un misterio. Decía: “La fe no es misteriosa, lo que es un misterioso es cómo se puede vivir sin fe”. ¿Cómo se puede vivir?, ¿cómo se puede enfermar?, ¿cómo se puede envejecer?, ¿cómo se puede morir sin fe? Dice: “Eso es lo que me resulta misterioso”. Y no le faltaba razón. La fe es misteriosa en el sentido de que nunca, nunca nos apoderaremos de su mecanismo, de su realidad, como nos podemos apropiar del mecanismo de un ordenador o de una máquina, de algo que sea inferior a nosotros mismos, que nosotros hemos fabricado; como no podemos apoderarnos del amor: cuando tratamos de apoderarnos de él, lo destruimos, se desvanece, se va en nuestras manos. Pues de la misma manera la fe.

Pero hay una dicha en la fe. Y eso puede llamarnos la atención, pero yo creo que cada vez resulta menos escandaloso y más evidente. A lo mejor, en el siglo XIX, era posible pensar para un cristiano que quien no tenía fe, se lo pasaba mejor que los cristianos. Hoy ese pensamiento se hace cada vez más difícil, porque es verdad que la tristeza, la desesperación, la desesperanza, el desamor crecen en el mundo, se extienden como una mancha de aceite. Y la fe empieza a ser como un punto de luz y de esperanza de nuevo.

Fe no es credulidad. No necesitamos creer nada que no podamos de alguna manera verificar. (…) Puede uno leerse veinte libros sobre el amor, que no sabe lo que es el amor: o lo experimenta uno, o lo vive uno, o no puede hablar de ello. Y hablar de ello nunca es adecuado; lo que uno dice acerca del amor nunca refleja adecuadamente la experiencia humana del amor. Pues, la experiencia de la fe es lo mismo: uno tiene que sentirla, no basta con explicarla. Pero el Señor nos dio ahí un criterio muy bonito, porque decía: “Por sus frutos los conoceréis”. ¿Cómo sabemos?, ¿cómo podemos saber que la fe es verdadera más allá de todos los oropeles que los cristianos y, especialmente los curas, que especialmente nos gustan mucho los oropeles, hemos puesto en torno a la fe y hemos rodeado a la fe a lo largo de los siglos? Pues, por los frutos; por los frutos que produce en nosotros; por la humanidad buena que produce en nosotros, cuando, sin trampas, sin hipocresías, nos ponemos realmente en las manos del Señor, confiamos en Él, no para que el Señor haga nuestra voluntad y consigamos nosotros nuestros propósitos, o nuestros proyectos, sino realmente “Señor, Tu amor es lo único que yo necesito para vivir en plenitud y tengo la certeza de que ese amor no me va a faltar jamás”, sean cuales sean las circunstancias por las que tengamos que pasar.

Mis queridos hermanos, damos gracias al Señor por nuestra fe y Le pedimos que podamos sentir esa fe (…), sentir el valor de la fe como tal fe, por los frutos que esa fe produce en nuestra vida: frutos de alegría. ¿No tenemos la fórmula de la alegría? De una alegría verdadera. Si la tuviéramos, la empresa que la tuviera sería más poderosa (…) que todas las grandes empresas o los grandes poderes juntos. No tenemos la fórmula de la alegría, porque cuando la alegría se genera en nosotros sabemos que nace de algo verdadero, de unas raíces que no están en nosotros, que son más profundas que nosotros.

En la Iglesia universal, menos en el Sacromonte, hoy, la oración de la misa de este domingo es preciosa. Es muy sencilla y con esa oración quiero yo terminar. Dice: “Señor, concédenos amarte con todo nuestro corazón y amar en consecuencia a todos los hombres”. Ese es el “secreto cristiano”, así de sencillo. Así de sencilla es la vida cristiana. Así de sencillo es el don que Tú nos has hecho como posibilidad en un camino que es como una peregrinación de toda la vida, no sólo desde Maracena hasta el Sacromonte, como algunos han hecho esta mañana, sino de la vida entera. Pero si experimentamos Tu amor, el corazón se ensancha y nuestro corazón se abrirá a todos los hombres, y eso es lo que cambia el mundo.

Que el Señor nos conceda ser parte, protagonistas, de ese cambio, para bien de nuestros hermanos y para bien nuestro.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

3 de febrero de 2019

Abadía del Sacromonte

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Wed, 06 Feb 2019 13:41:11 +0000
“Presencia vida del amor infinito de Cristo" http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48493-“presencia-vida-del-amor-infinito-de-cristo.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48493-“presencia-vida-del-amor-infinito-de-cristo.html “Presencia vida del amor infinito de Cristo

Homilía en la Jornada por la vida consagrada y por el descanso eterno de Mons. Fernando Sebastián, arzobispo coadjutor de Granada entre 1988 y 1993.

Queridísima Iglesia del Señor;

queridos hermanos sacerdotes, hermanos religiosos y religiosas, consagrados y consagradas;

queridos amigos:


Decía al comienzo, en la monición de entrada, que esta fiesta la celebramos como a la sombra de la Navidad y un poco, por varias pequeñas señales que todos recordáis en el Evangelio que acabamos de escuchar, como el horizonte del significado profundo del Misterio Pascual: de la muerte y Resurrección de Cristo.

Cristo es la luz en este mundo, “Luz para alumbrar a las naciones”, acabamos de escuchar, y hemos encendido nuestras luces para mostrar cómo nuestras vidas iluminadas por esa Luz están llamadas también, a su vez, a ser luz.

Dos pensamientos en esta celebración ya muy deseada todos los años y muy familiar, que a mi me ayudan en el día de hoy y que pienso que os pueden ayudar a vosotros también.

La liturgia de la Navidad llama al Misterio de la Encarnación “un admirable intercambio”. Dios, en su Hijo Jesucristo, se da a nosotros, se siembra en nuestra carne, se siembra en nuestra historia y, entregándose hasta la muerte, renueva esa carne y esa historia, abriéndonos el horizonte de la vida eterna, el horizonte de la vida inmortal de Dios, el horizonte del Cielo. Llamar a eso “admirable intercambio”, con una palabra además que se usaba en el texto latino que sirve de fuente a nuestras traducciones, que se usaba para la unión esponsal, para la unión de un matrimonio, significa la profundidad insondable, abisal, del amor de Dios, del amor de Dios por nosotros.

Y el primer pensamiento que a yo quisiera subrayar es que provenimos de una tradición de siglos en parte, donde en nuestras vidas cristianas, y también muy probablemente en nuestras vidas consagradas, está mucho énfasis puesto en las cosas que nosotros hacemos por Dios, en lo que nosotros tenemos que hacer por Dios, en el compromiso de nuestras vidas para servir al Señor. Y el sujeto de esas acciones somos nosotros. Hasta en los signos de la Liturgia de las Horas y en otros cantos que usamos en la Iglesia se nota eso. Mientras que en los cantos de la Iglesia antigua siempre se cantaba a Dios y al sujeto de la gloria y de aquello que merecía la alabanza de los hombres era Dios, nuestros cantos tienen, con mucha frecuencia, nos tienen a nosotros mismos como sujeto: somos un pueblo que camina, etc. ¿Es eso malo? No, si no perdemos la otra perspectiva. ¿Cuál es la otra perspectiva? Que en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero. No hacemos nosotros nada por Dios, nunca, que Dios necesite. Eso es un lenguaje muy antropomórfico, y poco verdadero pensar que nosotros le damos algo a Dios, o pensar que Dios necesita nuestro compromiso, nuestra vida. Si por mucho que nos estiremos estaríamos a una distancia infinita del Señor; por muchas que sean nuestras cualidades, nuestras virtudes, la distancia con el Dios verdadero, el Único, es infinita para nuestra pequeñez. No para su grandeza, porque Dios está en todas las cosas, y está ya en nosotros antes de que nosotros hagamos nada por Él. Somos un don Suyo. Somos una gracia Suya. Oscurecida, ciertamente, con la conciencia de ello por el pecado, el Hijo de Dios ha venido para iluminar. Pero yo creo que es muy importante que tengamos siempre la conciencia que nosotros no hacemos nada por Dios que no sea como respuesta, como gratitud. No en vano, la actitud del cristiano, el modo de vida del cristiano es eucarístico, es decir, es acción de gracias. La oración del cristiano se llama acción de gracias siempre. Siempre podemos dar gracias. Siempre podemos estar contentos. “Yo he venido –decía el Señor- para que mi alegría esté en vosotros y para que vuestra alegría llegue así a su plenitud”, para que nosotros podamos vivir contentos. El fin de la Redención del Señor, el fin de la Encarnación, de la Cruz, es el amor más fuerte que la muerte. Y un amor que busca, que tiene un fin distinto de sí mismo es un amor pobre. Cuando alguien nos quiere por algo que necesita de nosotros o que quiere que le demos es un amor que vale poco, incluso en nuestras relaciones humanas. Si me quieren sólo por la utilidad que puedo tener para algún interés o para alguna necesidad es un amor utilitarista, es un amor interesado. Nosotros mismos tendemos a despreciarlo, porque pensamos que el amor de Dios va a ser más pequeño que el nuestro, cuando es infinitamente más grande. Cuando el amor más grande que puede haber en este mundo es un pálido y pobre reflejo de la infinitud de su Amor.

Dios nos ama porque sabe que necesitamos Su Amor, no porque Él necesite nada de nosotros. Y lo necesitamos, en primer lugar, para ser nosotros mismos, para poder vivir contentos, que es el fruto de ser nosotros mismos, de sabernos amados, sabernos queridos y queridos por lo que somos, por nosotros mismos, no por nada que nosotros tengamos que darLe a Dios para que nos siga queriendo. Esa conciencia de la Primacía permanente, total, de la Gracia en aquella Carta preciosa que fue como el testamento de san Juan Pablo II, del “Tercio Millennio Ineunte”, decía que una de las cosas que eran imprescindibles para la nueva evangelización era recuperar la conciencia de la Primacía absoluta de la Gracia: “En esto consiste el amor. No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero”. Y en ese Amor Suyo -lo decía también el Concilio- “Cristo, el Hijo de Dios, al revelar al Padre y a su designio de Amor, revela también el hombre al hombre mismo y le descubre la sublimidad de su vocación”. Es decir, es el Amor de Dios el que, en primer lugar, nos llena de gozo; en segundo lugar, nos hace posible amar, porque nos introduce en esa corriente de don, que es el Ser de Dios. Dios, el Dios que es Amor, se da. Y nosotros somos frutos de ese don. Y nosotros somos preferidos, privilegiados, porque no sólo hemos conocido que hemos sido creados por amor, sino que hemos visto que ese amor en Cristo ha llegado hasta más allá del poder de la muerte, hasta más allá de ningún poder humano.

El lema de este año, del día de la vida religiosa es “Padre Nuestro. La vida religiosa Presencia del amor de Dios”. ¿Qué es lo que Dios nos pide si contradiciéndome a mí mismo puedo usar ese lenguaje humano que siempre es excesivamente pequeño? Lo primero que nos pide es que nos dejemos querer, que, probablemente, es lo que más le cuesta a nuestra soberbia y a nuestro orgullo. Dejarnos querer gratuitamente. Siempre pensamos que si alguien nos da algo, tendremos que darle algo a cambio, que tenemos que pagar de algún modo. ¿Pero quién puede ser tan pretencioso, tan soberbio, de pensar que puede pagar a Dios? Sólo si dejamos acoger; si dejamos, con la ayuda del Espíritu de Dios, acoger el don que Dios es para nosotros, la vida que el Señor nos da, su propio Espíritu, que viene a nosotros, y que es el alma de la Iglesia; si acogemos eso, entonces, el amor de Dios empezará a brillar en nuestras vidas. Y estemos donde estemos, podremos ser un eco pequeño, frágil, pobre, como son pobres nuestras vidas, que son muy cortas, y duran poco, pero un reflejo verdadero del amor de Dios. De maneras muy sencillas, muy pequeñas a veces, pero verdaderas, que es lo importante. No es la grandeza de nuestros proyectos o de nuestras iniciativas lo que cuenta, ni a los ojos de Dios, desde luego. Cuenta la verdad, la gratuidad de nuestra donación.

El gran sacramento de Dios es Jesucristo. El gran sacramento de Jesucristo es la Iglesia. Y vosotros, con vuestra consagración, sois un signo de la plenitud de vida que hay en la Iglesia, que hace posible que vuestras vidas se hayan consagrado al Señor; que se hayan ofrecido al Señor; que se hayan “donado” al Señor, en una respuesta siempre imperfecta, siempre pequeña, pero que expresa la gratitud por el don que previamente nos ha hecho el Señor y que hemos tenido la gracia inmensa de conocer.

Señor, al renovar vuestra consagración hoy, cada uno en un carisma diferente, en un modo de vida distinto, con historias llenas de belleza y de santidad en la vida de la Iglesia, que podamos reflejar cada uno desde nuestro puesto en el Cuerpo de Cristo ese amor que hemos recibido, ese amor gratuito que nos ha sido dado, ese amor fiel que permanece para siempre. Y así nuestra luz no será la luz de un momento en el 2 de febrero al comienzo de la liturgia, sino que irá donde vayáis cada uno de vosotros. En cualquier momento del día, en cualquier situación, será -lo digo con las palabras de Teresa de Lisieux, “una lluvia de rosas sobre el mundo, una lluvia de amor”. Eso es, esa es la medicina que un mundo como el nuestro necesita. “Una lluvia de amor”, en un mundo marcado por el interés, marcado por los juegos políticos, por la avaricia, por el desamor y por la falta de alegría, en consecuencia. Volver al origen es volver al Dios que es amor, fuente de todo amor que pueda haber en nuestro corazón.

Celebramos hoy, al mismo tiempo, esta Eucaristía en memoria de un gran sacerdote, un gran religioso y un gran pastor, que es D. Fernando Sebastián. Yo estoy convencido de que la Iglesia en Granada no sería la misma si él no hubiera pasado por aquí, los años que pasó. Su corazón, además de misionero claretiano, en la forma en que el Señor le pidió que lo hiciera sirviendo a la Diócesis de León, después a Granada, y a Málaga y a Pamplona; y después, de nuevo, en Málaga, cuando ya se había jubilado y seguía, sin embargo, enseñando a los seminaristas. Era un corazón, es un corazón, que no sabía no comunicar a Jesucristo. Hasta el último momento, estaba todavía preparando un nuevo libro. Él quería comunicar. Yo creo que él se daba cuenta, y he podido estar con él muchos ratos en los últimos años, y ratos prolongados; él se daba perfectamente cuenta en cómo se había empobrecido nuestra fe en Jesucristo, de cómo tendíamos a considerar a Jesucristo como un mero maestro de moral, es decir, de cosas que nosotros tenemos que hacer, y no como la fuente del amor capaz de llenar nuestro corazón y nuestra vida. Decía: “Tenemos que volver a redescubrir lo que significa el Misterio de la Encarnación y el Misterio Pascual”, como plenitud del Misterio de la Encarnación y como fuente de vida para la Iglesia. Y tenemos que volver a redescubrir lo que significa ser cristianos. Él decía, sobre todo, que habíamos perdido el horizonte de la vida eterna, el horizonte del Cielo, el horizonte de Dios, del Dios vivo, como el horizonte de nuestra vida.

Le damos gracias al Señor por esa vida entregada. Confiamos en el Señor plenamente de que le habrá recibido con los brazos abiertos en la Casa del Padre y que le dará la recompensa de vida a los buenos pastores, y Le pedimos al Señor que nosotros podamos, puesto que Dios es inmortal y eterno, y “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre”, que seamos nosotros a la medida de nuestras fuerzas y a la medida de los dones que hemos recibido del Señor, también portadores de la luz presencia del amor para este mundo.

Repito, no hay otra medicina. También D. Fernando, yo creo que él le daba mucha importancia al paso de lo que había sido la Iglesia durante el periodo del franquismo, como una Iglesia protegida por un sistema legislativo y gubernamental, a ser una Iglesia más desnuda, más desarmada, sin más fuerza que su propia fe, para abrirse camino en el mundo. Pero no temáis. Y yo creo que desde el año 75 y desde los años de la primera Transición al momento actual, la situación nada imprevisto. No era imprevisto para D. Fernando. No era imprevisto para el Cardenal Ratzinger, que escribió en el año 79 el “Informe sobre la fe”, que en tantas cosas se correspondía con el pensamiento de D. Fernando. Efectivamente, el futuro de la Iglesia en el s. XXI, en Europa al menos, es una Iglesia grandemente desestabilizada, pero desestabilizada de la seguridades del mundo. Y eso no nos hace ningún daño. Al contrario, eso nos centra la mirada, nos centra el corazón de nuevo en la única victoria que vence al mundo: la victoria de la fe. Lo dijo el Señor, “esta es la victoria que vence al mundo, la fe”. No un partido político que pueda parecer, y subrayo lo de “parecer”, más cercano a las sensibilidades, o a algunas de las sensibilidades de la Iglesia, o cosas de ese tipo. Luego, somos ciudadanos de este mundo, y participamos de la vida de la ciudad con toda sencillez y con toda responsabilidad. Pero, nuestra esperanza, si no está en Jesucristo, estamos abocados a muchas decepciones, a muchas frustraciones y a muchas tristezas. Nadie será capaz de devolvernos la alegría, más que nuestra conversión al Señor. Y como dice el Papa Francisco, una conversión misionera. Volver al Señor es redescubrir las raíces de nuestro don para el mundo. Presencia vida, hecha carne en cada uno de nosotros y en cada uno de nuestros carismas. Presencia viva del amor infinito de Cristo.

Que así sea para cada una de vuestras comunidades. Que así sea para todos nosotros, para los sacerdotes, para los fieles, para esta Iglesia, para la Iglesia entera.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

2 de febrero de 2019

S.I Catedral

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Wed, 06 Feb 2019 13:33:41 +0000
Hijos de un Pueblo de santos http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48492-hijos-de-un-pueblo-de-santos.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48492-hijos-de-un-pueblo-de-santos.html Hijos de un Pueblo de santos

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía por el rito hispano-mozárabe, celebrada en la fiesta de San Cecilio, patrón de la Archidiócesis y la ciudad de Granada, el 1 de febrero de 2019, en la Abadía del Sacromonte, donde se custodian y veneran sus reliquias.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios, reunido aquí esta tarde para celebrar, un año más, la conmemoración de san Cecilio, y con él el origen de ese tesoro que es nuestra fe católica;

muy queridos sacerdotes;

miembros del Cabildo de la Abadía;

formadores de los seminarios, seminaristas de los dos Seminarios diocesanos; queridos hermanos y amigos:

Saludo muy especialmente a peregrinos de tres instituciones de las que tengo conocimiento (a lo mejor hay alguna más): a los miembros de la Hermandad de la Virgen de las Angustias, a las Damas del Pilar, que nos conocimos no hace mucho pero que se han querido vincular de una manera muy especial a la Abadía del Sacromonte, y a la parroquia de Órgiva y de sus alrededores, que habéis querido también uniros a esta preciosa fiesta.

Saludo al nuevo Coro, que nos ayuda a vivir esta liturgia, tratando de aproximarnos lo más posible al canto, o a lo que nos imaginamos que pudiera ser el canto de la época de la liturgia en que estaba viva y era espontánea la celebración de la liturgia mozárabe; y le damos gracias al Señor también por poder seguirla celebrándo en nuestros días. Cada vez en más iglesias de España, en más diócesis, se recupera esta antigua liturgia hispana tan sencilla, tan solemne y tan bella.

Las Lecturas de esta tarde nos ponen en la mirada un futuro y un futuro precioso, en la lectura del Apocalipsis, una mirada a un pasado no menos precioso, y al mismo tiempo una especie de invectiva del Señor, de banderillas que el Señor nos pone para vivir nuestro presente. Mirar al futuro es siempre bueno, porque es el futuro el que guía nuestras acciones. Si uno tiene la idea de que todo lo que hay en este mundo, o todo lo que hay para nosotros, para nuestro corazón y para nuestra esperanza son los bienes de los que podemos gozar en este mundo, la vida se termina convirtiendo en una carga pesadísima.

Nosotros sabemos que el horizonte de nuestras vidas es la vida eterna, lo que hemos llamado tradicionalmente el cielo, pero que no se refiere al cielo azul con sus nubes, ni a los millones de años luz que nos separan de otras galaxias, todo eso forma parte del mundo creado. El Cielo del que hablamos en la fe cristiana y en la teología cristiana es Dios mismo. Nuestro horizonte es Dios. Hemos sido creados a su imagen y semejanza. Hemos sido creados en un acto de amor infinito. Hemos sido prodigiosamente redimidos, a pesar del mal uso de nuestra libertad en la historia, por un acto de amor más asombroso. Y el horizonte es el día que los enemigos de Cristo hayan sido todos sometidos y Él sea todo en todas las cosas. Dios sea todo en todas las cosas y podamos vivir en una gratitud sin límites por Su Amor, por Su Misericordia.

El cristianismo es en la historia una explosión de alegría, un preanuncio de esa multitud hecha de todas las razas, de todos los pueblos, de toda lengua, pueblo y nación -dice el Libro del Apocalipsis-, que dará gloria a Dios. Ese es el horizonte de nuestra esperanza. Y una esperanza que no defrauda, porque el amor de Cristo, que nos ha salvado, es más poderoso que todas las fuerzas del mal. Por lo tanto, los cristiano nos vivimos con el temor al mal; ni siquiera vivir con el temor del poder que el mal puede tener sobre nosotros o sobre el mundo. “Yo he visto a Satanás –decía el Evangelio de hoy- caer del cielo como un rayo”.

Somos hijos de un pueblo de santos y, como recordaba recientemente el Papa Francisco, en su precioso escrito sobre la santidad, que tendría que pasar a ser parte de nuestra sangre y de nuestros tejidos, de nuestro cuerpo; esa santidad que es la santidad de la puerta del lado, o sea somos hijos de un pueblo de santos no sólo porque entre esos santos hay grandes héroes, grandes sabios, hombres y mujeres de todas las clases sociales y de todas las culturas (…).

Somos hijos de un Pueblo de santos, pero aparte de esos santos grandes, que la Iglesia reconoce para que los veneremos, para que les pidamos, para que busquemos en ello nuestra protección y nuestra ayuda, que sean luz y una palabra viva de Dios en el camino de nuestra vida, hay un pueblo de santos silencioso, casi anónimo, que nunca saldrá en los martirologios ni en la lista de los santos de las iglesias: personas que han consagrado su vida, años, tiempos, que han dado todo su amor al Señor y a su iglesia, que han atendido… La Carta a los Hebreos es una carta dirigida casi con seguridad a un grupo de sacerdotes hebreos que añoraban la solemnidad y la pompa de los cultos en el templo de Jerusalén. Y tenían a veces como el temor de que la Eucaristía, que ellos tenían que celebrar en las casas o que tenían que celebrar de una manera muy humilde en aquellos primeros años de la Iglesia, les parecía como poca cosa al lado de las trompetas y de los cultos que había en la explanada del templo, o en los atrios del templo con los grandes sacrificios. Y sin embargo, estos sacerdotes que tenían aquella añoranza los alaba el autor de la Carta en el pasaje que hemos leído: “Habéis besado, habéis lavado los pies de los santos, habéis cuidado a los enfermos, habéis…”.

De la Pasión de Cristo nace un pueblo que puede ser muy humilde. En situaciones de la historia, a veces está llamado a ser un pequeño resto del Pueblo de Dios, que siempre es como una semilla que está siempre a punto de renacer, a punto de explotar, y de germinar, y de dar vida, florecer, y dar fruto. Sucede (…) que el país del mundo en el que ahora mismo más crece la Iglesia Católica es Vietnam. Cuando uno piensa lo que ha vivido todo el sudeste asiático, a lo largo del siglo XX; la guerra de Vietnam (…) y pensar que en aquel país donde está prohibido el cristianismo hay en torno a 130.000 mil conversiones de adultos cada año; que en la capital, Saigón, donde está prohibido el cristianismo, hay tres seminarios con lista de espera (que no son seminarios, son piscifactorías, porque no se pueden tener seminarios, y los chicos trabajan criando truchas y, por la noche, estudian la Biblia). Si hay ese nivel de conversiones, de nuevo, la semilla sigue floreciendo. Yo sé que eso no sale en la televisión, me da igual. Y uno de los primeros países de conversiones en el mundo en estos momento es China, donde también está perseguida la fe. Los cristianos no tenemos temor a nuestros perseguidores. De hecho, nos dan mucho más miedo los falsos amigos que los perseguidores. Los cristianos, simplemente, nuestra fuerza, nuestro poder, nuestras raíces; nuestras raíces están en el Cielo, en la vida eterna, donde Cristo ya ha vencido al mundo y nosotros vivimos con la alegría de la fe, una fe y una alegría que no debemos a nadie y que, por lo tanto, nada más que al Señor, y que, por lo tanto, nos permite vivir para el Señor con la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Nos permite vivir en una esplendorosa libertad, que nos da la libertad de amar a los hombres, de amarlos como nosotros mismos hemos sido amados y somos amados por el Señor; que nos da la libertad de servir a los más pobres, de entregarnos…

En el continente africano, pienso en el África occidental, en Sierra Leona, en el centro de África, donde ahora mismo la vida vale nada. ¿Quiénes están allí cuidando? Está la Iglesia de Dios, pero están fieles de Granada, que sostienen realidades y presencias y cosas allí. Generosidad, pequeños dispensarios, pequeñas ayudas, en los más abandonados de Granada, ¿dónde están? Los grupos cristianos, las comunidades cristianas, pero, en cualquier parte del mundo, en Haití, donde queráis. La mañana de Pascua nació un pueblo que no cesará de vivir hasta el fin del mundo, y que no cesará de derramar amor hasta el fin del mundo, damos gracias por ser hijos de ese pueblo con mucha sencillez.

Ni siquiera nos importa demasiado. Por supuesto, todos los rasgos legendarios que los Libros Plúmbeos ponen sobre los orígenes cristianos en Granada (sabemos que en Granada comenzó la fe muy pronto, muy probablemente en el primer siglo), y somos conscientes de que ese tesoro lo llevamos en vasijas de barro, pero, como decía un Salmo que cantaba el pueblo de Israel, “Dad la vuelta en torno a Sión, recorred sus baluartes para poder decirle a la próxima generación: ¡Éste es el Señor, nuestro Dios, Él nos librará por siempre jamás!”. Nosotros, en un momento como el que vivimos en estos años y en estos días, claro que estamos dispuesto a decirle a la próxima generación: ¡Este es el Señor nuestro Dios, Él nos guiará por siempre jamás!

Que el Señor nos dé fuerza para no ser demasiado indignos de aquellos hombres y mujeres, a veces de pueblo, a veces analfabetos, a veces grandes sabios, que ha tenido nuestra familia y nuestro pueblo, que no seamos demasiado indignos de ellos, sobre todo en el testimonio de que Cristo es la única esperanza para este mundo. La única esperanza de vida humana verdadera que hay para los hombres, aquí y en todo el mundo.

Pedimos al mismo tiempo por algunos países, especialmente cercanos a nosotros: Venezuela, Nicaragua (no hace muchos días me decían que estaba habiendo agitaciones y revueltas en una región concreta de Brasil: vivimos en un mundo muy inestable).

Que el Señor no ayude a nosotros a ser testigos de Cristo y constructores de paz. Testigos también de la libertad que Cristo nos da y que contribuyamos con toda nuestra fuerza a un mundo más humano, más fraterno, más verdadero según el designio de Dios. Es decir, más centrado en el amor de unos por otros, y especialmente de los más necesitados y de los más pobres.

Que así sea para todos.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

1 de febrero de 2019

Abadía del Sacromonte

Escuchar homilía


Palabras finales en la Eucaristía, antes de la bendición final.

Celebrar una Eucaristía de rito mozárabe no es para nosotros un experimento arqueológico. Tenemos que prepararla cada vez mejor y lo trataremos con la ayuda del Señor de hacerlo cada vez con más dignidad y más nobleza. Pero no es un rito arqueológico y os aseguro que la arqueología es la menos ingenua de las Ciencias (…).

Damos gracias a Dios por lo que os decía antes. Somos hijos de un pueblo bello. Bello porque resplandece de santidad y es esa santidad por la que damos gracias y pedimos humildemente al Señor que podamos vivir en nuestro tiempo. Por supuesto que no nos avergonzamos de ser hijos de ese Pueblo ni del Acontecimiento histórico que ha dado lugar a ese Pueblo, que es un Acontecimiento inexplicable desde el punto de vista humano, pero poderosísimo por su eficacia. Y repito, jamás renunciaremos a dar gracias por ser hijos de la Iglesia (…). El día del Juicio Final, cuando el Señor venga a recuperar y a restaurar todas las cosas, también estaremos con la ayuda del Señor.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

1 de febrero de 2019

Abadía del Sacromonte

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Wed, 06 Feb 2019 13:06:59 +0000
“El gozo del Señor es nuestra fuerza” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48406-“el-gozo-del-señor-es-nuestra-fuerza”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48406-“el-gozo-del-señor-es-nuestra-fuerza”.html “El gozo del Señor es nuestra fuerza”

Homilía de Mons. Javier Martínez en la S.I Catedral, en el III Domingo del Tiempo Ordinario, con la asistencia de un grupo de fieles de origen venezolano residentes en Granada, por cuyo país se oró en la Eucaristía.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo Santo de Dios;

queridas hermanas riquelminas, que estáis aquí en la Eucaristía, y han venido para anunciarme que, en el camino hacia la beatificación de la granadina Madre Riquelme, estamos más cerca del anuncio de su próxima, si Dios quiere, beatificación;

Asociación de venezolanos residentes aquí en Granada, que os unís a esta Eucaristía y nos unimos nosotros a vuestro sufrimiento y a vuestras intenciones, llenos de un amor grande por un pueblo precioso que también ha dado ya muchas muestras de saber resistir a toda clase de violencias;

y queridos Puericantores;

queridos hermanos y amigos todos:

La lectura primera, la lectura en la que Esdras habla el Libro de la Ley, y el Pueblo “renueva” la Alianza del Sinaí, la Antigua Alianza, es un hecho que tiene lugar después de una gran dispersión de Israel. El Pueblo de Israel había sido condenado por los asirios al destierro en lo que hoy es el Kurdistán iraquí y la antigua Nínive, y luego por Nabucodonosor, las tribus de Judá, el reino de Judá, había sido también deportado un siglo después al sur de Mesopotamia, al lugar donde estaba la antigua Babilonia. Aquella dispersión había fortalecido la fe de unos pocos que se mantuvieron fieles. Todos recordáis el Salmo “junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión, en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras”, y tantos pasajes. El Cantar de los Cantares está escrito, sin duda, por algunos judíos que vivían en aquel destierro, pero también es verdad que ni los campesinos que habían quedado en Palestina, ni muchos de los que habían ido al desierto habían olvidado la Alianza que el Señor había hecho con su Pueblo, el vínculo que unía a Yahvé con su Pueblo, y se habían apartado de Dios asumiendo costumbres paganas, asumiendo muchas cosas del mundo que le rodeaba y olvidándose del Señor su Dios.

La lectura que hace Esdras, por tanto, es una renovación de la Alianza, cuando se va a reconstruir también el Templo de Jerusalén, que había sido destruido por Nabucodonosor. Y es como un nuevo comienzo en la historia de Israel, y el Evangelio que hemos escuchado es un nuevo comienzo absoluto en el ministerio de Jesús. Jesús coge, en la sinagoga de Nazaret, un pasaje del profeta Isaías y se atreve a decir, lo más tremendo que se podía decir, es un pasaje fuertísimo: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Jesús no había dicho (no podía decir) “yo soy el Hijo de Dios” o “yo soy la segunda persona de la Santísima Trinidad”, pero diciendo “hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” estaba proclamando su condición de ser la medida de los profetas, y por lo tanto, de alguna manera, su naturaleza divina.

Lo tremendo, lo que a mí se me hace tremendo siempre ese pasaje, cuando hay que predicarlo, es que yo puedo decir hoy, delante de vosotros, con la misma verdad con que lo dijo Jesús en Nazaret: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.

Jesucristo cumple los anhelos y las promesas, sobre todo las promesas, que Dios había hecho a Abraham, a Isaac, a Jacob, a David… las promesas que Dios había hecho a los padres fundadores del Pueblo de Israel. Y Jesucristo cumple también los deseos de las naciones, los anhelos de todos aquellos que, sin pertenecer al Pueblo Judío, sencillamente, anhelan la plenitud de una vida que todos percibimos que nuestro corazón está hecho para la felicidad, y hecho para un bien sin límites y para un amor sin límites. Y nos damos cuenta de que ese amor no existe en la tierra, por lo tanto tenemos la tentación de pensar que es una utopía o que es una falsedad o que es un falso consuelo. Si yo soy creyente en Jesucristo (y quiero serlo), no puedo deciros nada menos que “hoy se cumple para cada uno de nosotros Esta escritura que acabáis de oír”. Se cumple en Jesucristo, se cumple en Jesucristo, que sigue vivo.

Si hemos venido a esta celebración, muchos de nosotros, o la mayoría, o algunos por lo menos vais a comulgar, vamos a comulgar. En nuestro cuerpo, en nuestra carne va a tomar posesión, va a habitar con la misma verdad, igual de misteriosamente, pero con la misma verdad, va a habitar el Hijo de Dios. Pasamos a ser carne de Dio. Somos hijos de Dios. Todo eso no son palabras cristianas bonitas pero metafóricas que no significan en realidad nada mas que un estímulo para que seamos un poquito más buenos, o cosas así. No, es real. Es real. La Presencia de Cristo en la Eucaristía es real, y Cristo viene al altar y viene a la Eucaristía para poder habitar en nuestros corazones, que Él anhela, que Él desea. Y no porque Él nos necesite para algo, que no nos necesita para nada, sino porque nosotros tenemos necesidad del amor infinito que Él es, y sólo eso cumple (si fuéramos israelitas, cumple las promesas de los profetas: “Alégrate, hija de Sión”). Y para nosotros, cumple nuestras esperanzas humanas, y como hijos de Israel que hemos recibido también toda la Tradición del Antiguo Testamento, para nosotros también cumple lo que el Señor había prometido a su Pueblo por los profetas: “Yo prepararé en este monte un banquete de manjares deliciosos y de vinos generosos”, “será la alegría de las naciones y la alegría de los pueblos”, y la Alianza hará de la Esposa de Yahvé una Esposa fiel, resplandeciente de belleza, que el último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis, anunciará que “baja del cielo ataviada como una novia para su esposo”. De hecho, cada Eucaristía es una celebración de esa boda que anticipa la boda del fin de los tiempos. Yo os digo que puedo decir con toda verdad que “hoy se cumple esta Escritura”; hoy se cumplen las promesas que Dios hizo al Pueblo de Israel; y se cumple en esta Eucaristía, y se cumplirían en la Eucaristía más pequeña que en un pueblecito de la Alpujarra, por ejemplo el Golco, donde viven seis o siete personas nada más, se está celebrando; o en alguna de las montañas de Venezuela, donde un grupo de cristianos junto a su sacerdote están celebrando y pidiendo por la paz, y allí se juntan el cielo y la tierra, y Dios se hace presente en medio de nosotros, el Emmanuel, que hemos celebrado en la Navidad. Dios con nosotros, claro que sí.

Pero, con la misma verdad que lo puedo decir yo, lo podéis decir cada uno de vosotros. Cuando hemos encontrado a Jesucristo, cuando hemos encontrado al Señor, cuando hemos acogido al Señor en nuestra vida, por la fe y el Bautismo, de una manera que se renueva, cada vez que celebramos la Eucaristía, el Señor habita en vuestra vida, en vuestro cuerpo, en vuestro corazón, en vuestras personas. Sois portadores de esa plenitud. En nosotros que formamos todos juntos en la Iglesia, somos cada uno y todos juntos portadores y anunciadores de esa plenitud sin límites, que es el Amor del Señor por nosotros, hasta por el más pequeño, y quizás más por el más pequeño, por el más pobre.

Diréis, “es imposible, usted no sabe el mal genio que tengo yo” o “usted no sabe lo desastre que soy” o “no sabe cuántos pecados hay en mi vida y en mi historia, Dios no puede estar en mí”. Pues, Dios está, en nosotros. No se ha avergonzado de nuestras manchas, de nuestros límites, de nuestras pequeñeces, y no se avergonzará jamás, no dejará de amarnos, sólo pide que Le acojamos en nuestra vida, y en esa misma pequeñez el Señor se hará presente para el mundo.

Decía el Salmo que hemos recitado una cosa muy bonita: “El gozo del Señor es nuestra fortaleza”. El gozo del saber que el Señor está en nosotros, que el Señor viene a nosotros, que no se cansa de venir a nosotros, que no se cansa jamás de estar en nosotros y con nosotros y de querernos y acompañarnos en el camino de la vida. Esa alegría es nuestra fuerza, es nuestra única fuerza. Pero hay que tener la experiencia. Hay que pedirLe al Señor que haga que eso no sea una cosa que hemos oído y que nos han contado, sino que sea una experiencia en la comunión del Cuerpo de Cristo. Y ahí, qué lectura tan bella la que hemos leído de San Pablo: “Todos nosotros formamos un cuerpo”, el Cuerpo de Jesús; Él habita en todos nosotros y nosotros somos miembros: la mano no hace todo lo que hace el cuerpo, la uña no hace todo lo que hace el cuerpo. Señor, y yo soy en tu cuerpo menos que la uña, pero la uña araña, se defiende, protege un poco los dedos para que, cuando tienen que manipular cosas que son más duras, no se deshaga la piel, es decir, protege ese trocito del cuerpo tan indispensable que son las manos. Pero no hace todo lo que hace el cuerpo. La uña no hace circular la sangre o no tiene la sensibilidad que tienen los nervios que conducen el contacto de las cosas al cerebro. Pero todos funcionan a una, todos viven a una, todos los miembros del cuerpo. Si me cae una mota en el ojo o el viento me mete un grano de arena en el ojo, el dedo y la uña acuden inmediatamente a ver cómo me lo puedo sacar, si me lo puedo sacar. ¿Por qué? Porque se siente parte del cuerpo. Es una lógica distinta a la del mundo. Las lógicas del mundo son lógicas de poder. La lógica del Cuerpo de Cristo es la lógica de la cooperación y del amor mutuo.

Señor, en nombre de ese Amor estamos celebrando, diríamos, hijos de dos naciones diferentes, de dos patrias diferentes, y sin embargo, somos miembros del mismo Cuerpo. Nadie podemos decir en ese Cuerpo “yo me basto a mí mismo, yo no necesito de estos otros, estos son de otro sitio”. No hay otros sitio. Si somos hijos de Dios, nuestro sitio es Dios, y Dios está con nosotros, con cada uno de nosotros; y Dios cumple en cada uno de nosotros sus promesas. La promesa de su Misericordia, de su Abrazo de Amor, del perdón de los pecados y la promesa de la vida eterna. Cuánta alegría. El gozo del Señor es nuestra fuerza. No tenemos otra. Nosotros no tenemos ejércitos, no tenemos muchas cosas muy poderosas de las que influyen en el mundo, pero tenemos la fuerza de una experiencia que es verdadera y que nadie puede arrancar de nosotros. Y esa experiencia es el fundamento de nuestra libertad; esa experiencia es el fundamento de nuestra alegría, de nuestra gratitud, de nuestra vida como hijos libres de Dios; y de nuestra esperanza, de nuestra esperanza cierta en la promesa del Señor de la vida eterna. Hoy se cumple, para cada uno de nosotros, porque Cristo viene a nosotros, ¿qué podemos temer?: “¿Si Él está con nosotros, quién contra nosotros?”. ¿Quién contra nosotros, hijos míos? Ningún gobernante, por muy cruel (…) que pueda ser, puede arrancar esas raíces que el Señor pone en nosotros y que nos atan al Cielo, y que no nos van a arrancar nadie. Nadie nos la va a arrancar, claro que no, ni a vosotros, ni a nosotros, ni a cualquiera que haya echado sus raíces en las promesas del Señor, porque el Señor cumple siempre sus promesas.

Vamos a proclamar nuestra fe, llenos de gozo.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

27 de enero de 2019

S.I Catedral de Granada

Escuchar homilía


Palabras finales de Mons. Martínez, antes de la bendición final.

Antes de daros la bendición, un pensamiento que se me ha quedado en la homilía como colgando.

Que el Señor cuando dijo “hoy se cumplen las Escrituras que acabáis de oír” no era una palabra vacía. Porque otra vez que le preguntaron “¿eres Tú el que has de venir?”. Y Él dijo: “Mirad, los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen y los pobres son evangelizados”. Por lo tanto, Él podía remitir a unos hechos.

Cuando yo os estaba diciendo que nosotros como Iglesia y cada uno de nosotros, como miembros del Cuerpo de Cristo, somos portadores de Cristo al mundo, no podemos remitir a lo que remitía el Señor, porque nosotros somos hijos de Dios, en esta nuestra carne mortal, en este mundo de pecado, y no podemos remitir a nuestra perfección; pero sí que podemos remitir a la experiencia de Cristo y también podremos decir… (tienen que ver los hombres algo diferente en nosotros, algo diferente a lo que se ve en el mundo, a lo que está en la calle, a lo que es la vida de quien no tiene esperanza. Y lo más grande que pueden ver es nuestra comunión, que rompe las fronteras y salta las fronteras; nuestra capacidad de amar a todos los hombres, estén donde estén; y nuestra esperanza inalienable, indelegable, invencible, bella como el oro y fuerte como el hierro).

Os doy la bendición. Nos unimos a la JMJ de Panamá. El Santo Padres les decía ayer a los muchachos “sed influencers”. Yo os lo digo también a vosotros, especialmente a los jóvenes. Tendríamos que ser “virales”, que nos vieran y nos pasaran a YouTube inmediatamente, porque, o estamos locos, o hay algo especial en nuestra vida que es para llamar la atención. “Trending”. “Trending” en vuestros cantos y “trending” en vuestra vida.

Os doy la bendición y os suplico a todos que no os olvidéis de Venezuela y de toda América central. Que no os olvidéis de todo el sufrimiento. El otro día me hablaban incluso que en Brasil estaban habiendo movidas y revoluciones y manifestaciones, un poco en la línea de lo que está pasando en Venezuela, queriendo imponer en otros países lo que nace de Venezuela. ¡Dios mío! Hay que pedir por América Latina y por todos los países de América Latina pero, en estos momentos tan delicados, especialmente por nuestra querida Venezuela.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

27 de enero de 2019

S.I Catedral de Granada

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Fri, 01 Feb 2019 13:30:01 +0000
“Un hombre de Iglesia con un amor profundo al Cuerpo de Cristo” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48261-“un-hombre-de-iglesia-con-un-amor-profundo-al-cuerpo-de-cristo”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48261-“un-hombre-de-iglesia-con-un-amor-profundo-al-cuerpo-de-cristo”.html “Un hombre de Iglesia con un amor profundo al Cuerpo de Cristo”

Palabras del Arzobispo de Granada, Mons. Javier Martínez, tras el fallecimiento del cardenal Fernando Sebastián.

D. Fernando sirvió como arzobispo coadjutor durante unos años en la Archidiócesis de Granada y su recuerdo es el de un pastor decidido capaz de afrontar los problemas y las dificultades con mucha franqueza y mucha limpieza y mucha sencillez de corazón.

Cuando la edad le obligó a jubilarse, ha estado residiendo en Málaga, donde será su entierro, y he podido en estos años compartir con él muchos momentos de reflexión, de comunión y de ayuda mutua. También en los años que fue Secretario de la Conferencia Episcopal, y en el trabajo y en la preparación de algunos documentos en los que colaboramos muy estrechamente.

Puedo decir de D. Fernando que es profundamente un hombre de Iglesia. Sentía, y siente, ahora ya en el Abrazo de la Misericordia de Dios y esperamos que en la vida eterna, la Iglesia como el Cuerpo de Cristo y, por lo tanto, cómo el servicio a Cristo es inseparable del servicio a la Iglesia, en las circunstancias históricas concretas en las que el Señor permite que su Pueblo tenga que afrontar los desafíos y los retos.

Siempre le he percibido como un hombre de Iglesia con un amor profundo al Cuerpo de Cristo; con una certeza grande de que la vida de la Iglesia no sobrevive, no se seculariza, se mundaniza, se destruye por dentro a sí mismo cuando pierde el horizonte de la vida eterna y de la esperanza escatológica en Jesucristo. Es decir, que Jesucristo no es sólo nuestro origen, porque hemos sido creados por Él, sino también nuestra meta, porque hemos sido creados para Él.

Él lo ha encontrado ya. Le pedimos al Señor que tenga misericordia de las limitaciones o faltas que haya podido encontrar en su persona y en su ministerio como criatura humana. Él ha sido un buen pastor y recibirá el premio de los buenos pastores.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

25 de enero de 2019, Granada

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 28 Jan 2019 12:44:37 +0000
Orden Sacerdotal: ser instrumentos de Dios http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48054-orden-sacerdotal-ser-instrumentos-de-dios.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/48054-orden-sacerdotal-ser-instrumentos-de-dios.html Orden Sacerdotal: ser instrumentos de Dios

Homilía en la Eucaristía del Bautismo del Señor y Ordenación de dos nuevos sacerdotes: Alejandro Anguís y David Salcedo, el 13 de enero de 2019.

Queridísima Iglesia del Señor (venida hoy de tantos lugares, para celebrar esta fiesta de toda la Iglesia, que es siempre una Ordenación Sacerdotal, y esta bella fiesta que es el Bautismo del Señor, que celebramos a la sombra de la Navidad):

Para nosotros, el día de la Epifanía, que llamamos el día los Reyes Magos, es como el final de la Navidad. Pero en la antigüedad cristiana más antigua, y en las tierras por donde el cristianismo creció al principio (por lo que hoy es Israel, Palestina, Siria, el Líbano, Iraq, el Sinaí, la costa norte de Egipto…), para ellos la Navidad era el 6 de enero, y hasta casi el siglo V no conocieron la fiesta de la Navidad, que venía de Roma, del 25 de diciembre.

Y la fiesta de la Navidad constaba también de más días que uno. La manifestación es la salida del sol. En el lenguaje de Jesús, todavía más: es el amanecer, la fiesta de la salida del sol. La fiesta donde “nos visitará el sol que nace de lo alto”, como dice san Lucas en el Benedictus, se celebraba el 6 de enero. Hasta le daban un carácter simbólico con respecto al solsticio de invierno, porque entre el solsticio de invierno y el 6 de enero hay trece días que representan al Señor y a sus doce apóstoles; es decir, que tenía también su significado.

Pero, a la fiesta de la Navidad seguía inmediatamente la fiesta del Bautismo del Señor y la fiesta de las Bodas de Caná. Y a mí me parece que en las tres, aquellos cristianos de los primeros siglos trataban de explicar todo el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, que es el centro del cristianismo. Tan el centro del cristianismo es que nosotros seguimos contando los años por la Encarnación, aunque la fecha no pueda ser… (porque ahora tenemos instrumentos de medición, que no los había en los primeros siglos cristianos y no es exacta la fecha del nacimiento con el año que celebramos); pero, aproximadamente, son 2018 años y nosotros, nuestra era, la Historia ha comenzado de nuevo cuando el Hijo de Dios se ha hecho hombre. Y eso es lo que celebramos verdaderamente en la Navidad. Todo lo demás son adornos de los que se podría prescindir. A veces, las personas que están viviendo una enfermedad grave, o la agonía de un ser querido, o una catástrofe… pues, se dan más cuenta de lo que significa la Navidad, que quien lo tiene todo.

Pero yo quiero subrayar qué significaba para aquellos cristianos la fiesta de Epifanía, qué significaba el Bautismo del Señor y qué significaba el Evangelio del domingo siguiente de las Bodas de Caná. Uniendo las tres como una sola fiesta. La fiesta de la Epifanía, su nombre lo decía: “Ha aparecido la luz (nota: al nacer Jesucristo), en este admirable intercambio (nota: ¡en este admirable comercio!, en latín decía comercio; es decir, por el cual Dios se da a nosotros y recibe en nosotros, nuestra pobre humanidad, nuestra carne de pecado, semejante en todo a nosotros justo en todo menos en la herida del pecado). Pero en esa unión, en ese intercambio donde el Señor hace con cada uno de nosotros, en esa boda que es el Nacimiento de Jesucristo, Dios se une con nuestra pobre humanidad en las entrañas de la Virgen y, al nacer Jesús, en el cuerpo, en la humanidad de Jesús, se ilumina la vida de los hombres. Se ha iluminado el horizonte de nuestra vida. Se ha iluminado lo que significa Dios para nosotros. Gracias a la Encarnación sabemos que Dios es Amor. Eso, no os creáis, parece que es obvio, pero no ha sido nunca, nunca, obvio. Los hombres han tenido mucho miedo de que los dioses estuviesen enfadados y de que vivieran enfadados, porque como nunca nadie podemos presumir de ser lo suficientemente buenos, se pasaban la vida haciendo oraciones para aplacar la ira de los dioses, para que su castigo no durase muchas generaciones.

Es el Nacimiento de Cristo, es la Encarnación del Hijo de Dios quien nos revela que Dios es Amor; que Dios es Luz: la Luz que ilumina nuestra vida. Todos somos conscientes de que el amor es probablemente lo que más vinculamos a la felicidad. En Cristo aparece que el secreto de la Creación, el secreto último, el misterio último de todas las cosas, también de nuestra vida, de nuestras relaciones; el misterio último, que es la fuente y la plenitud de todo, se llama Amor. Dios se llama Amor. El nombre de Dios es Amor. Y como dice San Juan, “todo el que ama ha nacido de Dios”. No todo lo que los seres humanos llamamos amor es amor, pero allí donde hay un poquito de amor verdadero, aunque sea nada más que una brizna, esa brizna es participación en la vida de Dios. La vida misma es participación en la vida de Dios.

Y eso es lo que celebramos el día de la Epifanía. Y el día del Bautismo del Señor, ¿qué celebramos? La humillación de Dios. “Vemos” ese intercambio que ha iluminado la Historia y el mundo, lo vemos desde el lado de Dios. ¡Se han abierto los cielos!, que era algo cerrado para los hombres, y el Hijo de Dios ha bajado, no sólo a la tierra, sino baja al Jordán a bautizarse, baja a las aguas, que eran para los judíos el lugar del abismo, el fondo sobre el que está apoyada y sostenida la tierra, Cristo, el Hijo de Dios, ha querido bajar. Está anunciando ya su muerte, de alguna manera. “Bajó a los infiernos”. El “bajó a los infiernos” está prefigurado. Y baja con el Espíritu Santo, que le va a acompañar toda la vida y que cuando Él entrega su vida al final de ella, cuando su Vida se hace en un regalo para todos nosotros, nos deja, como arras de nuestra vocación a la vida eterna, el Espíritu Santo en nosotros.

Por eso es una fiesta preciosa. “Se abrieron los cielos”. Los cielos estaban cerrados. Dios era siempre el Ignoto, el Desconocido, el Inalcanzable, el Inefable. Dios ahora tiene un nombre: “Jesús”. Como dice una persona que yo conozco, “desde la Encarnación, Dios tiene ‘chicha’”. Y es verdad que, como dice también San Juan: “Lo que hemos oído, lo hemos visto, lo hemos tocado con nuestras manos, acerca del Verbo de la vida, que estaba en Dios y se nos ha manifestado”. Cambia la vida humana, porque Dios ha querido compartir nuestra pobreza, la pobreza de nuestra humanidad hasta el abismo de la muerte, sin avergonzarse de nuestra oscuridad, de nuestra pobreza, de nuestros pecados, de nuestra muerte, de nuestra miseria. Como decía también algún cristiano de los primeros siglos, “como un médico limpio que no se avergüenza de las heridas de su enfermo; que se acerca a ellas para limpiarlas, para curarlas”. Así se acerca el Señor al abismo de nuestra humanidad.

¿Y qué se celebra en las Bodas de Caná? ¿Que qué pasa en ese acercamiento? De nuevo, fijaros que no hay novia en esa boda, no se habla de ella Claro, se supone que la había, pero, ¿cuál es el simbolismo? Esa boda vuelve a hablar de la Encarnación, vuelve a hablar de una humanidad a la que se le acaba la alegría y el vino. No nos imaginamos nosotros la tragedia que era para una familia palestinense del siglo I que se le acabase el vino en el día de la boda. Pues, cuando a nosotros se nos acaba la alegría, donde está el Señor, que ha querido quedarse con nosotros para siempre, nunca faltará la alegría; nunca faltará la gratitud; nunca faltará la gratuidad; nunca faltará el intercambio de dones; nunca faltará esa Presencia que es capaz de renovar, después de la caída más grande, del fallo más tremendo, el corazón como el día de la Creación, de modo que podamos siempre empezar de nuevo; de modo que no falte la alegría y que el vino nuevo, que el Señor nos da, sea mejor que el vino que habíamos fabricado nosotros antes, como en las Bodas de Caná.

Comprendéis ahora el sentido de esas tres (nota: fiestas), que la Iglesia Latina las ha conservado: después de la Epifanía, el domingo siguiente, siempre el Bautismo del Señor, y el primer domingo después del Bautismo del Señor es siempre el Evangelio de las Bodas de Caná.

Señor, Tú bajas hasta nosotros, para quedarte con nosotros, de forma que en nuestras vidas no falta nunca la alegría. Y me diréis: “¿Y esto qué tiene que ver con la Ordenación que estamos celebrando?”. ¡Tiene que ver todo! Porque el Hijo se hizo hombre para compartir nuestra humanidad y para dejar sembrada en esa humanidad su Espíritu Santo, de forma que la Presencia del Espíritu Santo pudiera hacer verdad la Promesa del Señor: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
Se queda en los Sacramentos, se queda en el Pan y el Vino de la Eucaristía, cuando se hace presente, se queda en el matrimonio, pero se queda de una manera personal en el Orden Sacerdotal. Es un Sacramento como los demás, pero los demás no existirían sin el Orden Sacerdotal. No existirían sin la sucesión apostólica que, desde los apóstoles hasta este pobre pastor vuestro, ha llegado, generación tras generación, aquello que el Señor dijo después de la Resurrección: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados”. Pero, ¿quién puede perdonar los pecados mas que Dios? Efectivamente. Ni yo, ni vosotros, ni ninguno de nosotros. Ni por nuestras virtudes. Sólo Dios, que nos ha comunicado el Espíritu Santo, para poder ser instrumento de perdón, instrumento de la Presencia viva de Cristo, en medio de su pueblo y en medio del mundo.

Cristo ha bajado a las aguas y a la oscuridad del abismo; ha bajado para que nosotros podamos vivir en la alegría y en la libertad gloriosa de los Hijos de Dios. Y ha querido escogeros a vosotros para que seáis instrumento de esa alegría y de esa libertad. Y eso es precioso. Y vosotros sois jóvenes y diréis: “Bueno, es precioso cuando uno es joven y cuando uno es mayor…” (y a veces, veis sacerdotes mayores que no tienen la frescura y la alegría que tenían)… Yo os puedo dar testimonio: mi cuerpo se desmorona poco a poco, con los años, como es natural, pero tengo hoy más alegría, más esperanza en el Señor, más certeza de que el Señor no falla, que la que tenía el día que me ordené, que tenía muchos nervios y mucho miedo, igual que vosotros, como es normal, porque somos seres humanos.

Es un privilegio para vosotros, porque los dones de Dios son para disfrutarlos, y es un privilegio para el Pueblo cristiano, para todos nosotros, por la sencilla razón de que es un regalo del que nadie seríamos capaces de decir “lo merecemos”. No, no merecemos ser cristianos, no merecemos el Bautismo, no merecemos el regalo de la Eucaristía cada vez que se celebra y no merecemos el regalo que estáis llamados a ser en la Iglesia de Dios. Pero, disfrutadlo y estad seguros que el Señor cumple, cumple su Promesa. La Promesa que ha hecho a todos nosotros (“Yo estoy con vosotros todos los días”) se hace viva en vuestras personas, en vuestras vidas. No entendáis nunca (yo sé que no lo hacéis, pero como puede haber personas que lo entiendan de esa otra manera), no os dejéis nunca engañar por el Maligno de pensar que el sacerdocio es una especie de profesión liberal, donde uno termina la carrera, igual que se hace la graduación al final de una carrera, al final de un doctorado, y luego ya uno ejerce esa profesión como mejor se le ocurre. No. Entráis a participar del único sacerdocio de Cristo, que llega a nosotros a través de esa cadena física, que es la sucesión apostólica, y formáis parte de un cuerpo, que es un presbiterio al servicio de un Pueblo: el Pueblo santo de Dios. No perdáis nunca la conciencia: nuestras vidas es para que el Señor se pueda hacer presente en el Pueblo santo de Dios, y renueve así la esperanza y la alegría de los hombres. Y eso, en todas las dimensiones de la vida, no sólo en los actos religiosos. La Eucaristía, en realidad, empieza cuando termina la misa. Quiero decir, nuestra vida. Hemos recibido al Señor y después de recibir al Señor es cuando vamos al mundo, y va el Señor con nosotros, donde estemos, sea en la huerta donde estamos recogiendo patatas, o chirimoyas, o mangos, o aguacates, o lo que sea, o sea en el Mercadona, o sea visitando a una familia en el pueblo, o yendo a celebrar un cumpleaños, o yendo a ver una película… El Señor va con nosotros todos los instantes de nuestra vida. O al hospital, o al tanatorio. Él nos acompaña siempre. Es el único que nos acompaña siempre, minuto a minuto, segundo a segundo, hasta la vida eterna.

Ser instrumentos de eso es lo más precioso que se puede ser en esta vida. Disfrutadlo. Pero como eso no está en vuestras manos, el dar la talla, entonces todos nosotros vamos a pedir por vosotros, así que os vais a tirar al suelo y, experimentando vuestra pequeñez, como si estuvierais en el Bautismo del Señor, sumergidos en las aguas, y todos nosotros le pediremos a la Virgen, al Señor, a la Virgen y a los santos, que os fortalezca con el Espíritu de Dios, para que podamos darLe gracias siempre por vosotros en nuestra vida, que es lo que el Señor quiere.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

13 de enero de 2019

S. I Catedral de Granada

Fiesta Bautismo del Señor

Escuchar homilía

 

Palabras finales de Mons. Javier Martínez, en la Eucaristía de Ordenación Sacerdotal de dos diáconos granadinos, el 13 de enero de 2019.

Antes de terminar, quiero deciros dos cosas. En primer lugar, yo quiero dar las gracias a los padres, tanto de Alejandro Pablo como de David, y a la familia entera. Sin vosotros, ellos hoy no estarían aquí. Pero no penséis, que esto es como un regalo que le hacéis al Señor y que ahora tenéis que pasaros toda la vida pasándole un recibo al Señor por el regalo que le habéis hecho. Que el regalo es también para vosotros: es el Señor.

Recuerdo una chica que había terminado su carrera y le quiso decir a su padre que quería ser religiosa, que quería consagrarse al Señor. Y su padre le quería regalar algo y el padre le dijo: “Vente y nos damos un paseo”. Y en el paseo le dice el padre: “¿Qué quieres que te regale por haber terminado la carrera?”. Y la chica entonces le contó su vocación. Y dice: “Pero no me has contestado, porque yo te he dicho que qué querías que te regalara yo a ti, no qué me ibas a regalar tú a mí”. Me parece precioso por parte del padre.

Quiero que sepáis que no perdéis a vuestros hijos, para nada. Al contrario. A lo mejor no los tenéis cerca, volarán de una manera o de otra (hubieran volado de todas maneras), pero siempre estarán mucho más cerca de vosotros que nadie. Y el Señor paga el ciento por uno. Es el mejor pagador.

Esto, para chicos y chicas de los que estáis aquí, también quiero deciros que si sentís en el corazón en algún momento, o lo habéis sentido esta mañana, o en otra ocasión, que el Señor os llama, que no le cerréis las puertas. Os prometo que el Señor hace la vida infinitamente más grande que nada que podamos imaginar. Los que somos varones, siguiéndoLe, entusiasmándonos con Él e imitándoLe, como uno puede seguir al mejor jefe, al héroe que uno pudiera imaginarse. ¿Las chicas? Pues, amándoLe, justamente, también, como al mejor esposo, como al mejor novio.

No le tengáis miedo al Señor, ni unos ni otros. Si llama. Si no llama, por favor, no lo intentéis, porque al final eso es un desastre para la vida de la Iglesia. Cuando uno se mete en este charco sin que le haya llamado el Señor, eso siempre sale por algún lado. Es como cuando uno se casa sin tener que casarse. Pero, ¿qué os llama el Señor? Pues, abridle las puertas. No le tengáis miedo que el Señor no engaña. Engañamos los hombres, mentimos los hombres, traicionamos los hombres, pero el Señor ni engaña, ni miente, ni traiciona.

Le damos todos gracias a Dios por el regalo que nos ha hecho y yo a vosotros por el regalo que nos habéis hecho, que habéis hecho al pueblo cristiano.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

13 de enero de 2019

S. I Catedral de Granada

Fiesta Bautismo del Señor

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 15 Jan 2019 13:36:47 +0000