Granada Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Tue, 20 Nov 2018 15:59:27 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es El Señor sólo necesita nuestro sí http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/47028-el-señor-sólo-necesita-nuestro-sí.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/47028-el-señor-sólo-necesita-nuestro-sí.html El Señor sólo necesita nuestro sí

Homilía en la Eucaristía de acción de gracias por la canonización de la fundadora de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia, Madre Nazaria Ignacia, que tuvo lugar el 14 de octubre en Roma.

Muy queridos sacerdotes concelebrantes y muy queridas hermanas:

Yo debería haber estado en la canonización de la Madre, santa Nazaria, pero tenía al mismo tiempo aquí la Coronación de una Virgen que llevaba año y pico puesta y me pareció que no podía dejar esa Coronación, aunque hubiera querido ir tanto por ella como por Pablo VI, que es el primer Papa cuyo magisterio, por así decir, he tenido yo una conciencia viva de esa magisterio y alguna relación con ese magisterio. El Señor no lo permitió y para mi es un gozo muy grande el celebrar con vosotras esta Eucaristía de acción de gracias. Un gozo muy grande y muy de corazón, muy espontáneo. Lo que yo no contaba es que la lectura que teníamos hoy como Primera Lectura de la Carta a los Filipenses tuviera dentro mi lema sacerdotal: “Todo lo tengo por nada a cambio del conocimiento de Cristo Jesús”. Yo conocí a las hermanas de Cubas recién ordenado. Mi primer destino sacerdotal fue en Casarrubuelos, junto a Cubas de la Sagra, y allí, desde el primer día, empezamos a trabajar con las hermanas. Y tengo que decir que yo tengo, con aquella comunidad, con vuestra Congregación, una deuda que nunca pagaré en este mundo, porque con ellas aprendimos lo que significa ser pastores, y lo que significa querer a la Iglesia de manera muy concreta.

(…)

Allí nos reuníamos a estudiar. Allí se han hecho alguna de las tesis doctorales que tuvimos que hacer. Allí buscábamos un día de retiro. También íbamos a encomendar nuestras intenciones a la Reina de los Apóstoles, como habéis hecho muchas de vosotras en mucho tiempo. Pero vivíamos, sobre todo, lo que es un amor a la Iglesia concreto, muy concreto, lleno de sencillez y de gracia, cada una la que Dios le había dado.

Me vienen los nombres de Hermana Llanos, con la que dos pueblos que se odiaban cordialmente (como suele suceder entre pueblos vecinos cuya diversión fundamental era juntarse o acercarse al linde de los dos pueblos y tirarse piedras los chicos de uno a otro…), y gracias a la humildad de la Hermana Llanos conseguimos hacer un coro de chicos de los dos pueblos y una compañía de teatro hecha con chicos y chicas de los dos pueblos, y unos campamentos a los que iban chicos y chicas de los dos pueblos. Y luego, la gracia de la Hermana Socorro. La casa tenía tres oratorios y ella hablaba del Señor de arriba, del Señor de abajo y del Señor de en medio (…) Aquello era nuestra casa y ahí aprendimos a ser curas, junto a vosotras. Por eso, os digo que es una gratitud que nunca podremos pagar adecuadamente en este mundo, que sólo el Señor puede recompensar como Él sabe hacerlo.

Yo sé que pensareis en este momento que hace tiempo que no hay vocaciones, que sois mayores. Yo le oí a un sacerdote, a quien no había conocido en aquel entonces (estoy hablando del año 72, sino a quién conocí mucho más tarde, en torno al año 84, 83…), que comparaba la Iglesia con uno de esos grandes bosques que hay por el mundo y dicen “en los grandes bosques siempre hay una parte del bosque que parece que se está muriendo y hay otra parte del bosque que está como renaciendo”. Incluso en las partes que se muere cuando el bosque termina de apagarse vuelve a renacer por debajo del humus de esos árboles, nacen semillas, nacen árboles nuevos. Entonces, dejadme deciros que vuestras vidas, en este momento de la vida, no son menos fecundas que cuando estabais haciendo mil cosas, corriendo de un lado para otros, viviendo una vida apostólica con toda vuestra alma y con todas las energías de vuestro cuerpo (…). La Iglesia crece en partes del mundo inesperada para nosotros. Si yo os dijera que en este momento, en Vietnam, un país en el que la Iglesia está perseguida, donde no es posible tener abiertas casas de Iglesias -por lo menos oficialmente- hay unas 130.000 conversiones de adultos a la Iglesia católica cada año; que Saigón tiene tres seminarios, no oficialmente porque está prohibido tener seminarios. Los seminaristas viven en una piscifactoría, se dedican a criar truchas, y bajo la imagen de la piscifactoría sí pueden reunirse (son un cooperativa de criadores y cuidadores de truchas, las venden a los restaurantes de Saigón tan contentos y hay lista de espera en los tres).

Y en esa misma ciudad, donde el cristianismo está prohibido, entre congregaciones religiosas que han nacido allí y las que han llegado, son 83 en aquella ciudad cuando nosotros estamos cerrando monasterios y cerrando casas religiosas. El bosque no deja de crecer. De China os podría decir cosas parecidas. China es un mundo ella sola. Pero, en China, decía un sociólogo no católico (porque si hubiera sido católico podríamos haber podido pensar que estaba barriendo para dentro (…))… este sociólogo decía que si no había ninguna catástrofe en el mundo o así que cambiase el curso de las cosas, para el año cincuenta, que está ahí mismo, aunque nosotros no lleguemos al cincuenta, pero está ahí a la vuelta de la esquina, China podía ser el segundo país cristiano del mundo, en número absolutos, por la cantidad de conversiones que hay constantemente (…).

Dios mío, a lo mejor vosotras o el mundo no ve vuestra entrega, pero Dios la ve. Y a lo mejor, la entrega que hacéis ahora cuando no podéis hacer mucho mas que orar y que renovar vuestra consagración al Señor está fecundando en otra parte del mundo para gloria de Dios y para bien de ese mundo. Porque si el cristianismo crece en China y crece en el Este Asiático, está creciendo en el mundo, está creciendo en el mundo del futuro, igual que en América Latina hace unos años.

Y el Señor sigue necesitando de vuestra entrega. Sigue queriendo. Porque Él lo quiere. Él no tendría necesidad de ninguno de nosotros, pero Él ha querido querer nuestra libertad, que es lo único que tenemos para darle, no nuestras obras; que, a veces, podemos muchas, pero cuando uno está enfermo, no puede hacer muchas obras. Y sin embargo, puede estar haciendo crecer la Iglesia.

La patrona de las misiones es Teresa de Lisieux. Así que siempre adelante en vuestra misión, en vuestra conciencia de que sois misioneras, aunque estéis en esta casa, aunque no salgáis casi de esta casa. Sois misioneras. Misioneras y cruzadas. Mujeres guerreras, hechas para la guerra. Nosotros no tenemos enemigos en el mundo, aún aquellos que nos hacen daño. Nosotros no tenemos mas que un enemigo que es el Enemigo del Señor y que también está dentro de nuestro corazón y nos puede arrebatar. ¿Sabéis cómo nos trabaja a nosotros el Enemigo? Pues, diciendo “¿y todo lo que has hecho?”, “¿y dónde queda?”, y tener nostalgia del pasado, “qué bonito era cuando hacíamos aquello…”. Ése es un engaño. Qué bonito es el presente; qué grande es el día de hoy; cuántas gracias tenemos que dar por lo que hemos visto (…) nosotros hemos visto cosas bellísimas y es la belleza del Cuerpo de Cristo, la belleza de la Iglesia y de una misión hecha con toda sencillez. Porque lo que a mi me llamaba la atención era la generosidad sin límites y la sencillez sin límites. Con una humanidad muy transparente, muy sin necesidad de adornos de ninguna clase.

Dios mío, damos gracias por la Madre Nazaria. Claro que las damos. Y se las damos por todas sus hijas. Los Padres de la Iglesia solían decir que la mansión que juntos tengan en el Cielo será conforme a los hijos que han tenido, es decir, a los discípulos que han hecho. Yo no he conocido a la Madre Nazaria. He conocido a sus hijas y me basta el haberlas conocido para vivir en una gratitud inmensa por ella y porque el carisma con que el Señor la dotó tienen hoy más actualidad que cuando ella empezó. Pero no está en nuestras manos el hacer crecer nuestras obras; o crecen donde Dios quiere, no donde nosotros queremos. Por lo tanto, eso, la entrega de ella, como la entrega vuestra como de tantas hijas de la Madre Nazaria que ya están junto a ella, y junto al Señor en el Reino, no dejará de producir fruto, cuando Dios quiera, como Dios quiera, pero no dejará… sigue siendo necesario vivir esa conciencia de pertenencia a la Iglesia que os ha caracterizado siempre, de amor concreto a la Iglesia, de búsqueda de la oveja perdida con una sencillez de corazón muy grande, simplemente por amor a la oveja, no por llevarla, o para adoctrinarla, o hacer prosélitos, sino por amor a la vida de la oveja. Y en eso reflejamos el Amor de nuestro Señor, que no consideró una cosa digna de ser retenida el ser igual a Dios, sino que tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos, y se entregó a la muerte, y una muerte de cruz.

Esa entrega nos es posible hoy, a todos nosotros (…) Le puedo decir sí al Señor con la misma verdad que se la dije el día que me ordené, y se lo puedo decir como se lo habéis dicho todas vosotras el día que os consagrasteis como Misioneras Cruzadas de la Iglesia. Y se lo podemos decir, a la medida de nuestra pequeñez, con la misma verdad que la Virgen. Y es ese sí el que hace presente la caridad divina de Dios para con los hombres. Y ese sí nos es posible darlo hoy igual que lo hemos dado cuando teníamos veinte, o treinta, o cuarenta.

Que el Señor os bendiga. Que no os falte nunca la fortaleza de la Madre Nazaria y de una buena Misionera Cruzada de la Iglesia (…) Vuestras vidas no sólo son inútiles; son extraordinariamente necesarias cada una de ellas, y cada una de ellas quiere decir cada una de ellas. Y el Señor no necesita nuestra energía o nuestras fuerzas. Necesita nuestro sí, sólo nuestro sí. Y ese sí cambia el mundo, cuando Él quiera, como Él quiera.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

8 de noviembre de 2018

Casa Madre Misioneras Cruzadas de la Iglesia

(Granada)

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Thu, 15 Nov 2018 12:07:14 +0000
Somos una gran familia CONTIGO http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46929-somos-una-gran-familia-contigo.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46929-somos-una-gran-familia-contigo.html Somos una gran familia CONTIGO

Carta Pastoral del arzobispo de Granada, Mons. Javier Martínez en el Día de la Iglesia Diocesana

Al considerar en este día nuestra pertenencia a una Iglesia diocesana como el modo humano necesario de nuestra participación en Cristo, me ha parecido útil proponeros, en vez de un pensamiento mío, un texto de Léon Bloy, escrito en 1916, sobre la comunión de los santos, que es como el secreto más profundo de nuestro ser Iglesia1.
Con mi afecto y mi bendición.

«¡La comunión de los santos! ¿Qué significan estas palabras para la mayoría de los cristianos? Los menos ignorantes están obligados a saber que esa es la designación de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, del que todos los fieles son los miembros visibles.

Pero, ¿cuántos son los que, superando este postulado, son capaces de pensar –con los apóstoles– que solo los demonios están fuera de la Iglesia, que ningún ser humano está excluido de la Redención, y que incluso los más tenebrosos paganos son virtualmente católicos, herederos de Dios y coherederos con Cristo?

Si todos los hombres sin excepción no fuesen santos en potencia, el noveno artículo del Símbolo de la fe no tendría sentido. No habría comunión de los santos. Es el concierto de todas las almas desde la creación del mundo, y este concierto es tan maravillosamente exacto que es imposible escaparse de él. La exclusión inconcebible de una sola sería un peligro para la Armonía eterna. Ha sido necesario inventar la palabra “reversibilidad” para dar una idea, cueste lo que cueste, de este Misterio enorme2.

Hay quien se ha divertido diciendo que los globos celestes, que están situados a unas distancias espantosas los unos de los otros, son, en realidad, para la visión de los serafines, una masa compacta de cuerpos inmensos, tan apretada como los granos de un bloque de granito. Esta paradoja aparente es una verdad si se aplica al mundo infinito de las almas. Solo que cada una de ellas ignora a su vecina como las luminarias de la Vía Láctea ignoran a sus luminarias más próximas en medio de las cuales se confunden en la inabarcable armonía de todos esos colosos de esplendor.

Pero Dios conoce su obra y eso basta. Basta para nosotros con saber que un equilibrio sublime es querido por él y que la importancia de cada una de sus criaturas escapa completamente a las conjeturas amorosas de los santos más grandes. Todo lo que podemos entrever temblando y en adoración, es el milagro constante de un equilibrio infalible entre los méritos y los deméritos humanos, de tal manera que los más indigentes espiritualmente son asistidos por los más opulentos y los tímidos se suplen con los más temerarios.

Un acontecimiento de la gracia que me salva de un peligro grave ha podido ser determinado por un acto de amor llevado a cabo esta mañana o hace quinientos años por un hombre muy oscuro cuya alma correspondía misteriosamente a la mía, y que recibe así su salario.

A la inversa, cada cual tiene la capacidad de provocar catástrofes antiguas o presentes, en la medida en que otras almas pueden resonar con la suya. El libre albedrío es como esas flores insignificantes cuyos granos emplumados el viento transporta a unas distancias enormes y en todas direcciones, para sembrarlos en no se sabe qué montañas o qué valles. La revelación de estos prodigios será el espectáculo de un minuto que durará la eternidad».


+ Francisco Javier Martínez
Arzobispo de Granada

1 Véase Léon Bloy, Oeuvres, IX, Mercure de France, París, 239-241.

2 Bloy se refiere a lo que la teología llama “la reversibilidad de los méritos”. Las acciones meritorias de los santos más grandes –y en primer lugar, la santidad del Hijo de Dios hecho hombre, Jesús–, pueden servir para restablecer la armonía de la caridad divina, y para equilibrar la balanza de los pecados más odiosos. El más odioso ha sido la pasión y la muerte de Cristo, pero el Hijo de Dios intercedió por quienes le estaban crucificando, es decir, por todos los hombres.

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Thu, 08 Nov 2018 14:36:16 +0000
“Honrar a los mártires es poner nuestra mirada en ellos” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46923-“honrar-a-los-mártires-es-poner-nuestra-mirada-en-ellos”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46923-“honrar-a-los-mártires-es-poner-nuestra-mirada-en-ellos”.html   “Honrar a los mártires es poner nuestra mirada en ellos”

Homilía en la Eucaristía de traslado de las reliquias de cinco sacerdotes vinculados a la Diócesis y beatificados en Aguadulce (Almería) en la causa de 115 mártires de la persecución religiosa en los años 30 en España.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa Amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

muy queridos sacerdotes concelebrantes:

Es un día precioso no por el color del cielo, sino por lo que sucede en nuestra Iglesia.

D. Santiago señalaba al principio de su intervención que los primeros beatos mártires de la persecución religiosa en España, la mayoría de ellos, en los días previos al inicio de la Guerra Civil, habían sido religiosos, pertenecientes a congregaciones religiosas o a instituciones religiosas, que habían promovido su beatificación; y en cambio, los sacerdotes diocesanos no habían tenido “ese honor”, a veces porque los sacerdotes están en su faena y no se preocupan (o no nos preocupamos) tanto de proponer y de seguir con tenacidad. Esa tenacidad que ha tenido D. Santiago y gracias a los muchos años de trabajo, sin apartar su mirada de los mártires nuestros, vemos ya a un grupo de ellos beatificados y estamos seguros de que en la próxima beatificación de mártires de muchas de las diócesis de España habrá también algunos de los mártires granadinos que faltan.

Sin embargo, yo voy a hacer un argumento parecido al que ha hecho. No fueron los sacerdotes y las religiosas los únicos en ser martirizados durante la persecución religiosa. La Iglesia es un Pueblo. Es un pueblo el que fue martirizado. Con sus sacerdotes, con sus religiosas. Que apenas hay beatos fieles cristianos laicos. Apenas. Y eso también es un pecado nuestro, porque hubo muchos hombres y muchas mujeres sencillos, de los que seguramente nadie nos acordamos y no se acuerda nadie que a lo mejor alguien de su familia, y que ciertamente arriesgaron su vida. Muchísimos. Apenas hay pueblos en los que yo haya pasado y me han dicho “mire, la familia ‘de tal’ salvó la imagen de la Virgen, porque la metieron escondida en el tejado, metida en unas pajas”, o algún agujero en el suelo que habían hecho donde guardaban el ganado, donde menos se lo podían esperar. Algunos, cuando yo he escuchado la historia, he dicho: “Pues, ése, hay que incluirlo en la causa de beatificación”.

Me acuerdo en Hinojosa del Duque, en Córdoba, donde también se iban a beatificar cerca de 90 sacerdotes y no había ningún laico, porque la beatificación la habían promovido desde el Cabildo. Y me enteré yo que cuando supo el sacristán del pueblo que iban a quemar la iglesia, él se fue a coger las especies eucarísticas y preservarlas de la profanación; y efectivamente, quemaron la iglesia con el sacristán dentro, y allí murió. Ése es un mártir de pies a cabeza. Yo diría que si no hubiera un grupo cristiano, ninguno de nosotros estaríamos hoy aquí; si no hubiera habido madres cristianas, ninguno de nosotros, probablemente, estaríamos hoy aquí.

Tenemos que recuperar una percepción de la Iglesia que nos vea como pueblo, como familia. Habéis notado que esta mañana yo he saludado primero a la Iglesia (como hago siempre en la Catedral, simplemente por seguir el orden de la Lumen Gentium). Primero es el Pueblo Santo de Dios y luego viene el ministerio sacerdotal, como un servicio que el Señor ha previsto para la vida de ese Pueblo, que es porque el Señor ha derramado su Sangre. Y esas cosas parecen muy pequeñas, parece que no tienen importancia. Sin embargo, son las que nos expresan luego, las que nos educan a unas maneras de pensar. La que nos educa a nosotros mismos como sacerdotes. Es muy diferente pensar que nosotros tenemos que acatar la virtud porque somos sacerdotes, sin pensar más que en nosotros, por nuestra forma de santidad sacerdotal; o pensar en nuestra santidad como un servicio y un regalo y un don para el mejor de los pueblos, que es el Pueblo Santo de Dios, que es la Esposa de Jesucristo, que es la familia de Jesucristo y que es un honor servir y gastar por la vida vuestra, por la vida de esa familia. Se vive el sacerdocio también de una manera muy diferente.

Dejadme decir también que tenemos que sentirnos orgullosos todos, porque también los sacerdotes somos parte de ese pueblo cristiano, y no sólo por lo que he dicho de que todos hemos nacido de una madre cristiana. Por que nos sintamos orgullosos. Orgullosos de ser miembros de la Iglesia. Y me diréis, “pues en la Iglesia hay muchas miserias y hay muchos pecados” (y fuera de la Iglesia, muchos más). Lo que da de sí el hombre, lo sabemos. Pero, ¿qué pasa en la Iglesia? Que el Señor no la abandona; que el Señor está siempre en medio de nosotros; que el Señor no nos deja nunca. La Iglesia es santa porque siempre está el Santo en ella. Y veréis, algunos de los mártires, ni en la Iglesia antigua, no es que fueran especialmente héroes o superhombres de ninguna clase; eran cristianos, cristiano de fe, hijos de su Pueblo, que sabían que el Señor era más, lo más querido en su vida, más querido que la vida misma. De ahí nace la palabra testigo. Eso es el ser testigos. Es verdad que el martirio no se debe nunca buscar, nunca. Es siempre una pretensión el buscarlo o el pretenderlo o el querer aspirar a ello. Es siempre una Gracia de Dios. Igual que el ser cristiano: somos cristianos por la Gracia de Dios. No porque hayamos llegado a ser algo, ni aunque fuésemos conversos. Así empezaban los antiguos catecismos: “¿Eres cristiano?”. “Sí, soy cristiano por la Gracia de Dios”. Punto. Por lo tanto, todo lo que soy lo soy por la Gracia de Dios. Y si soy sacerdote, también es por la Gracia de Dios. Y una gracia prevista en función del bien y de la vida del pueblo cristiano.

Y si uno es santo, no es santo porque se haya matado a hacer esfuerzos, sino por la Gracia de Dios. Y en los mártires… el dar la vida por Cristo pone de manifiesto que “tu Gracia, Señor, vale más que la vida”, como diría un Salmo; que la Iglesia sigue rezando muchos domingos y muchos de nosotros en los Laudes de la primera semana repetimos: “Tu Gracia vale más que la vida. Te alabarán mis labios”.

Honrar a los mártires es poner nuestra mirada en ellos, no es aplaudirlos. Yo recordaba hace poco en un Congreso sobre la Reina Isabel la Católica las palabras de un escritor cristiano: que a los santos no hay que aplaudirlos, a los santos hay que imitarlos, o a pedirle al Señor que nos ayude a mirar donde ellos miraban. A parecernos un poco a ellos. Que nos conceda esa gracia. Y ese escritor decía: “San Francisco de Asís, cuando estaba empezando el mundo moderno, dio muchos gritos a favor de un modo de vida distinto, y los cristianos nos dedicamos a aplaudir a San Francisco de Asís y no a imitarle. Si en lugar de aplaudirle –decía- le hubiéramos seguido, seguramente la Iglesia se hubiera ahorrado un cisma, entre el S. XIII y el XIV, la Reforma Protestante, y las guerras de religión de los S. XVI y XVII, y dos Guerras mundiales”.

Glorificar a nuestros santos es pedirLe al Señor la gracia de poder quererLe al Señor como Él nos pide que le queramos. Querernos nosotros como el Señor nos pide también que le queramos. Nada más que eso. Todos los demás aplausos pueden ser un engaño. Podríamos también utilizarlos políticamente, y no debemos. Digo esto con conciencia de lo que digo. Los adversarios de la Iglesia siempre terminan sirviendo al Señor. No hay que temer. Los adversarios de la Iglesia lo que hacen son mártires, y los mártires es lo mejor que tiene la Iglesia. Por tanto, no hay que tener tanto miedo. Stalin mató a millones de personas, pero Stalin desterró a Siberia y Asia Central a casi cuatro millones de cristianos católicos. Stalin se murió y esos millones de polacos, algunos murieron de frío, otros no, y hoy hay dos millones de católicos en Siberia, en donde el cristianismo no había entrado en veinte siglos. Dos millones de católicos en Siberia y un millón y medio de católicos en Kazajistán, en Asia Central. Los enemigos de la Iglesia siempre acaban sirviendo a Dios, aunque ellos no lo sepan.

Son los hipócritas, los fariseos los que hace daño a la Iglesia. Somos los malos cristianos los que hacemos daño a la Iglesia. Entonces, qué vamos a pedir al Señor, ¿qué no tengamos persecución? No. Vamos a pedirle: “Señor, haz de nosotros buenos cristianos”. Hijos libres de Dios. Orgullosos de serlo. Contentos de serlo, llenos de alegría por serlo. ¡Eso es lo que podemos transmitirle a nuestros jóvenes!

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

5 de noviembre de 2018

Iglesia San José (Válor, Granada)

(Homilía de Mons. Martínez en la Eucaristía de traslado de las reliquias de cinco sacerdotes vinculados a la Diócesis y beatificados en Aguadulce (Almería) en la causa de 115 mártires de la persecución religiosa en los años 30 en España. Las reliquias de Facundo Fernández Rodríguez, Jun Moreno Juárez, Manuel López Álvarez, Juan Muñoz Quero y Gregorio Martos Muñoz descansan en la iglesia de San José, en Válor, para su veneración)

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Thu, 08 Nov 2018 14:28:04 +0000
Mensaje de D. Javier Martínez tras el nombramiento episcopal del Obispo de Guadix http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46775-mensaje-de-d-javier-martínez-tras-el-nombramiento-episcopal-del-obispo-de-guadix.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46775-mensaje-de-d-javier-martínez-tras-el-nombramiento-episcopal-del-obispo-de-guadix.html Mensaje de D. Javier Martínez tras el nombramiento episcopal del Obispo de Guadix

Nombramiento del sacerdote cordobés, D. Francisco Orozco, como nuevo Obispo de Guadix.

Al tener conocimiento del nombramiento por el Santo Padre del nuevo Obispo de Guadix, no puedo mas que dar muchas gracias a Dios. Se las doy a Él y al Santo Padre, por haber cubierto esta Diócesis, que ya llevaba unos cuantos meses sin Obispo y que tenga un Pastor. Que Dios bendiga también a su pastoreo; que pueda continuar la obra tan cariñosamente y tan bien hecha por su antecesor, D. Ginés.

Doy gracias a Dios también por la figura del Administrador diocesano que ha sido todo este tiempo un servidor generoso de la Iglesia de Guadix, D. José Francisco, y al mismo tiempo me alegro muchísimo del nuevo Obispo de Guadix.

Yo he conocido a D. Francisco Orozco en sus primeros años de sacerdocio, cuando era un cura recién ordenado en Córdoba. Fue allí Delegado de Juventud y, por lo tanto, tiene una perfecta sintonía con el Sínodo que se acaba de concluir y con el Papa Francisco, en la conciencia de que hay que trabajar con los jóvenes y descubrirles las riquezas y las bellezas que tiene la vida que Cristo nos da. La novedad del Evangelio, que también en nuestro siglo XXI sigue siendo novedad y permite horizontes de esperanza y alegría donde nada en el mundo parece que nos invita ni a la una ni a la otra.

Le damos la bienvenida con los brazos abiertos, recibiéndole como un enviado del Señor. Será un gozo colaborar y trabajar con él, en plena comunión, y sencillamente, que el Señor bendiga y haga extraordinariamente fructífero su ministerio al servicio de esa diócesis tan querida que es Guadix.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada
30 de octubre de 2018, Granada

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 30 Oct 2018 13:24:08 +0000
“Señor, ábreme los ojos; dame la luz de la fe” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46740-“señor-ábreme-los-ojos-dame-la-luz-de-la-fe”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46740-“señor-ábreme-los-ojos-dame-la-luz-de-la-fe”.html “Señor, ábreme los ojos; dame la luz de la fe”

Homilía de Mons. Javier Martínez, en el XXX Domingo del Tiempo Ordinario, en la S.I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo Santo de Dios:

Nos reunimos, como todos los domingos, para celebrar el primer día de la semana; el día en que hacemos memoria de la Resurrección de Cristo; el día que equivale al primer día de la Creación, porque Cristo, que hace todas las cosas nuevas, nos ha recreado completamente en su victoria sobre la muerte. Y esa recreación permanece viva, no como un recuerdo (no nos reunimos para recordar nada del pasado). Nos reunimos porque el acontecimiento de la Pascua, la Pascua entera, el paso del Señor por nuestra pobre, dolorida humanidad, desde la Encarnación en las entrañas de la Virgen María, hasta su Pasión, su Muerte, su Resurrección y el don del Espíritu Santo, todo eso, misteriosamente, se hace don para nosotros en cada Eucaristía. Y se hace don para nosotros de una manera especial, única, justo cuando los cristianos nos reunimos para celebrar el domingo. Y según las enseñanzas del Concilio, también de una manera especial cuando los sacerdotes presididos por el Sucesor de los Apóstoles, por un Sucesor de los Apóstoles, se reúnen en la Iglesia que es madre de las Iglesias, de la diócesis, para dar gracias al Señor por su Presencia viva, que renueva en nosotros las maravillas, las hazañas de Salvación que el Señor ha hecho a lo largo de la historia. Y que se hacen presentes. Me diréis: “Bueno, pero el Señor curaba a un ciego y nosotros no estamos ciegos”. Nos cuenta un episodio, un acontecimiento de la vida de Jesús con el que espontáneamente no nos sentimos identificados; a lo sumo, si nos vamos haciendo mayores y tenemos cataratas, a lo mejor le pedimos al Señor que también nos cure de las cataratas o le pedimos que los médicos tengan sabiduría suficiente para aliviar y atinar en la operación de cataratas y que no se equivoquen, y que nos devuelva la vista o la salud.

No nos damos cuenta de lo ciegos que somos. Y os voy a poner nada más que dos ejemplos, uno tomado del Catecismo y otro del Credo, para que veáis hasta qué punto nuestra fe es frágil, está deteriorada en nosotros mismos. Y ese deterioro de la fe en nosotros, esa pérdida de fe, es la que tienen no pocas implicaciones en la situación del mundo. Una, empiezo por la que está tomada del Credo: cada vez que rezamos el Credo decimos “creo en la Comunión de los Santos”. Dios mío, nos damos cuenta siquiera de lo que decimos. Y si pensamos en ello bien, influye eso que es el fruto (celebramos la Comunión de los Santos inmediatamente después de decir “creo en el Espíritu Santo”), el primer fruto del don que Cristo hace de su Espíritu de hijos a nosotros, lo primero que hace es unirnos en un pueblo, en una familia, en un cuerpo. ¿Nos sentimos parte de ese cuerpo?, ¿no nos sentimos mucho antes españoles, o catalanes, o vascos, o irlandeses, o americanos que hijos de Dios, llamados a formar -en palabras de Jesús- un solo rebaño y un solo pastor?

Está en el Credo. Pero, en todas las plegarias eucarísticas, cada vez que celebramos la Eucaristía, inmediatamente después de la Consagración, lo primero que se pide: “Señor, que por tu Espíritu Santo, que nos ha dado el Cuerpo y la Sangre de Tu Hijo, formemos en Cristo un solo y un solo Espíritu”. ¿Vivimos los cristianos siquiera con la conciencia de que somos un pueblo? Yo creo que no. Honestamente no. Y puedo poner ejemplos de personas que han dicho yo soy primero español, o vasco, o catalán, o lo que queráis, o uruguayo, y después católico. Mi catolicismo es un adjetivo en mi vida. En cambio mi pertenencia carnal a una comunidad política pasa por delante, o a un partido político. Y a veces, no somos capaces ni siquiera entre nosotros de hablar de esa diferencia que es secundaria, absolutamente secundaria, con respecto al horizonte que Cristo nos ha abierto de la vida eterna.

Os he dicho que sólo iba a comentar una palabra del Credo. No voy a comentar que también en el Credo decimos “Creo en la vida eterna”. Pero, en la vida de cualquier sacerdote, todos hemos escuchado miles, pero miles y miles de veces, “que el Señor me dé salud que es lo más importante”. La salud no es lo más importante. Lo más importante es la Gracia de Dios. La salud la vamos a perder todos en algún momento. Claro que se le puede pedir al Señor, pero no es lo más importante. Se puede tener una salud de hierro, fantástica, y si uno vive sin Dios, la vida es miserable. El verdadero mal no es perder la salud. El verdadero mal es perder a Dios. Y si Cristo ha venido es para abrirnos el horizonte de la vida eterna. Pero cuántas veces pensamos que el mal de los males es la muerte, y detrás de la muerte perder la salud. Dios mío somos mortales. Vamos a morir. Pero hay una diferencia radical entre tener experiencia del Amor infinito de Dios, que me hace razonable esperar en la vida eterna, o no tener esa experiencia. Dios mío, no hablo de vosotros, hablo de mí, y hablo de tantas personas que nos decimos practicantes; y no es tanto un regaño cuanto un dolor de que nos perdamos lo más bello de nuestra fe: la Comunión de los Santos, que nos hace a los unos miembros de los otros; que nos hace vivir unidos, que uno no pueda decir “yo” sin que eso incluya a la Virgen María, a una legión inmensa, innumerable de hijos e hijas de Dios que son parte de mi familia que son parte de mi pueblo, de los que me puedo sentir orgulloso aunque yo sea un pobre pecador. Y cuando os digo la vida eterna, el horizonte de la vida eterna, cambia la vida. ¿Por qué nuestra vida no aparece ante el mundo como una vida cambiada?

Acabamos de terminar el Sínodo de los jóvenes. Hace apenas treinta años sería inimaginable que cuatro mil o cinco mil obispos del mundo entero, junto con el Santo Padre, se hubieran reunido para tratar de vuestra vida. Lo que más vosotros necesitáis, lo que más echáis de menos de nuestras vidas, de las vidas de los adultos que tenéis cerca, incluso de los colegios donde estudiáis, es que os podamos dar testimonio que es posible vivir siempre con alegría, porque hay un amor que no acaba y que es más fuerte que la muerte, y nosotros hemos encontrado ese amor. Y por lo tanto, podemos vivir de la luz, de la alegría, podemos cantar, no como quienes buscan distraerse de las dificultades, o de los sufrimientos, de los dolores de la vida, o de los desamores de la vida, sino como la experiencia de alegría que brota de lo más íntimo de uno mismo cuando uno ha encontrado una razón para vivir y para morir, una razón para dar siempre gracias en la vida y en la muerte, porque somos hijos del Dios inmortal y la muerte no tiene, ni la muerte siquiera tiene poder sobre nosotros, mucho menos el mal de los hombres o el mal del propio corazón.

Pero decía que os iba a decir otra cosa que no es del Credo pero sí del Catecismo. Y apelo al Catecismo más antiguo, al de cuando yo era niño. “¿Dónde está Dios?”, decía el Catecismo. Y la respuesta era muy sencilla: “Está en todas partes. En el cielo, en la tierra, y en todas partes”. Quién de nosotros, cristianos practicantes, que comulgamos, tiene la conciencia de que donde yo mire lo que veo es a Dios. Mire donde mire. Desde las hojas de un árbol que caen, hasta las montañas, las nubes, todo participa en el Ser de Dios, menos el mal, que no tiene consistencia ni tiene ser. Me diréis: entonces, el mal cómo nos atrae tanto a veces. Pues, nos atrae porque estamos hechos para el bien y hasta el mal más terrible contiene algo de bien, y es ese bien que hay en él el que nos engaña y el que nos seduce, no el mal. A nadie le atrae el mal por el mal. Tiene uno que estar verdaderamente corrompido y destruido para que le atraiga el mal; atrae el poder; atrae el poseer cosas, porque las cosas son buenas, atraen bienes que nos hacen olvidarnos que el Bien, fuente y plenitud de todos los bien, es Dios. ¿Pero quién de nosotros ve a Dios en todo?, quién de nosotros cuando se levanta piensa: ”Qué suerte. Señor, qué regalo. Qué regalo vivir, porque vivo en Ti”; en Ti nos movemos, en Ti existimos. No es que Tú seas solo la suma de las cosas del mundo, eres infinitamente más grande que el mundo entero, pero estás en todas las cosas. Y estás, sobre todo, en tu criatura, el hombre; en ese rostro humano que tengo delante, a lo mejor retorcido de dolor, de amargura, o de resentimiento, o de odio. Pero qué sé yo cuál es la raíz de ese odio; qué mal puede haber sufrido esta persona para poder odiar. Cómo podríamos disfrutar de la vida pidiéndole al Señor: “Señor, dame unos ojos para poder mirar las cosas, las personas, a ese compañero de trabajo al que no aguanto, a esa persona de mi familia o de la familia política que siempre me pone de los nervios, darme la gracia de poder mirarla como Tú me miras a mi, de poder mirar el mundo como Tú lo miras, con el amor que Tú le tienes”.

Tal vez seríamos menos destructivos, hasta con el mundo físico. Lo cuidaríamos mejor. Cuidaríamos mejor todas las cosas. Cuidaríamos mejor todas las relaciones si nos diéramos cuenta de que Dios está en todas partes. ¿Estamos ciegos o no estamos ciegos? Yo lo estoy. Se me olvida constantemente. Y Le pido al Señor… Porque el Señor no pide mucha sabiduría. Pide que tengamos fe en Él. A la hemorroisa, a la mujer cananea, a la samaritana que iba por agua, al ciego del Evangelio de hoy, no les pedía mas que tener fe en Él.

Señor, ábreme los ojos. Si la obra de redención que Tú has hecho es para que yo pueda vivir contento, para que podamos vivir felices, para que sepamos querernos bien, para que podamos realmente disfrutar de la vida sin resacas. Tú, que quieres mi felicidad más que yo, ábreme los ojos. Dame la luz de la fe, para que no viva en la oscuridad.

Que sea así por la intercesión de Tu Madre, para todos nosotros y, especialmente, para vosotros, hijos. Si no sabemos los mayores daros testimonio de la Belleza que Cristo nos ha traído y aportado a nuestra vida, que el Señor, que tiene mil caminos que nosotros no sabemos, os ayude a descubrirla. No hay nada tan bello como haber conocido el amor de Jesucristo. No hay nada que haga la vida tan preciosa y tan digna de ser vivida como el haber encontrado a Jesucristo. Que Él os dé la gracia de encontrarLe; que nos la dé a todos.

Hacemos profesión de nuestra fe.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

28 de octubre de 2018

S.I Catedral

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 30 Oct 2018 09:59:49 +0000
"La fe cristiana, la fuerza humanizadora más grande de la historia" http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46622-la-fe-cristiana-la-fuerza-humanizadora-más-grande-de-la-historia.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46622-la-fe-cristiana-la-fuerza-humanizadora-más-grande-de-la-historia.html

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía con la Guardia Civil con motivo de la celebración de su Patrona, Nuestra Señora del Pilar

Aunque celebramos esta Eucaristía como comienzo de la celebración de la Fiesta de la Virgen del Pilar y como especia de prefacio, de prólogo, al acto institucional que seguirá, la Eucaristía es siempre una celebración de familia, donde nos reunimos los hijos de Dios para dar gracias porque Dios es nuestro Padre. Y porque Dios no nos abandona y en Su Hijo Jesucristo nos ha hecho el regalo más grande: el regalo de la certeza de su Amor, y al mismo tiempo la certeza de que nuestra vocación no son los logros o los éxitos que podamos conseguir en este mundo, sino que nuestra vocación es la vida divina, la vida eterna, que no es un lugar. La vida eterna es Dios mismo. Participar de esa vida, que es algo que ya hacemos aquí, y sucede aquí, en medio de este mundo de muerte, de dolor, de tantas fatigas y sinsabores, y de tantas cosas bellas, mezcladas todas al mismo tiempo. Sin embargo, poder saber que el mal y la muerte no tienen la última palabra sobre la historia humana, sino que la tiene siempre el Amor infinito de Dios, siempre es una ocasión de dar gracias.

Por eso, los cristianos, siempre que nos reunimos, en familia, damos gracias a Dios. Hoy no resulta nada difícil dar gracias a Dios en esta celebración vuestra. Por supuesto, por lo que las damos siempre, porque en Jesucristo nos ha revelado cuál es la meta de la historia, cuál es el secreto de que la historia sea un lugar de humanidad bello, a pesar de todas nuestras fragilidades. Y en realidad, por qué merece la pena luchar en esta historia. Eso es siempre un motivo. También damos gracias en un funeral. Yo sé que es a veces muy duro celebrar el funeral de un niño o de un adolescente teniendo a sus padres delante y decir que tenemos que dar gracias a Dios. No las damos por la muerte de ese niño, evidentemente; las damos porque Jesucristo nos ha descubierto que la muerte, ni siquiera en ese caso, tiene la última palabra sobre nuestras vidas, y sobre nuestras personas, y sobre nuestra historia. Yo sé que eso no es un consuelo vano, ni artificial, ni fabricado para esa madre que nunca olvidará el día de la muerte de su hijo. Pero sé, al mismo tiempo, que eso nos abre un horizonte de esperanza, de amor, que es lo único que hace la vida verdaderamente vivible.

Pero un día como hoy, celebrando vuestra fiesta patronal, para mi es un motivo de gozo el dar gracias por todo el bien que vosotros representáis en nuestra sociedad, y hacéis en nuestra sociedad. Yo creo que todo el mundo, que no tenga la mirada torcida o corrompida por la ideología, puede reconocer ese bien y creo representar muy sinceramente el corazón del pueblo cristiano y de la inmensa mayoría del pueblo español al dar gracias por lo que representáis.

Un pastor reflexiona muchas veces sobre cómo es la vida de las personas, qué sucede en la vida de las personas. Uno se da cuenta en las familias, pero también en los pueblos, también en la sociedad en general, también en la educación de los niños y de los jóvenes: la falta de una referencia de autoridad no genera sociedades más libres, genera sociedades más esclavas de los instintos más bajos. Y por lo tanto, más expuestas a la esclavitud del último que llega, o del más pirata o del más pícaro. Entonces, la referencia que vosotros sois, en tantas cosas en nuestra sociedad es un bien. Y es un bien para nuestra libertad. Es un bien para saber que no estamos en un mundo donde el objetivo final, bajo el nombre de libertad, es hacer cada uno lo que le da la gana. Un mundo así sería un mundo abocado a las tiranías más espantosas y con los medios tan poderosos de los que hoy dispone el hombre para manipular la opinión, el pensamiento, hasta los deseos y los corazones nuestros, sería un mundo realmente, en muy poco tiempo, invivible.

Yo sé que todos los hombres somos frágiles y no hay institución que no necesite corregir cosas, mejorar otras, a veces pedir perdón por un error o por una equivocación, pero a mi no me resulta nada difícil -y creo que a la mayoría de los españoles- dar gracias por lo que representáis y por lo que sois en nuestra sociedad.

Al mismo tiempo, si nos reunimos en presencia de Dios es para pedirLe a Dios. ¿Qué le pedimos? En primer lugar, que la intercesión de la Virgen del Pilar y la intercesión de Nuestro Señor Jesucristo os sostenga, os dé fortaleza en la fe. Necesitamos la fe, por mucho que nos parezca la fe una cosa, en ocasiones, del pasado y no entendamos muy directamente las lecturas o el sentido de las lecturas que se leen en la Eucaristía. La fe cristiana es la fuerza humanizadora más grande que ha existido en la historia y no podemos olvidarnos de ello. (…)

Estamos ahora mismo en un mundo muy inestable en todos los sentidos, y no es un problema español. Es un problema de época, de civilización. Situaciones tan nuevas en nuestro mundo en general, no es necesario detenerse en ello. Pero que quienes tenemos el don de la fe tenemos la preciosa tarea y la preciosa responsabilidad de humanizar ese mundo desde dentro. ¿Y cómo se humaniza? Poniendo fe, poniendo esperanza y poniendo amor. Las tres cosas sin nuestra relación con el Señor nos cansamos. La fe se debilita y parece que hay mil motivos para no tenerla. Y sin embargo, un mundo sin Dios es un mundo -como decía San Juan Pablo II, tanta veces- que se vuelve necesariamente contra el hombre.

La esperanza. Pues también hay mil motivos que le hacen a uno desesperar de la raza humana, de nuestra especie, de la capacidad de bondad del ser humano. Y sin embargo, el corazón de todos está hecho para el bien, para la belleza, para la verdad. Y aunque sea mucho más fácil destruir que construir, nosotros que conocemos a Jesucristo somos de los que construyen y siembran esperanza, y sembramos amor. Y aunque el odio pueda alimentar muchas cosas muy negativas y muy destructivas, seguimos poniendo amor donde no lo hay. Seguiremos siempre poniendo amor donde no lo hay, porque eso es lo que nosotros hemos aprendido del Dios verdadero, que es el Dios que es Amor. Y eso es lo que hemos aprendido en nuestra fe cristiana. Poner amor donde no lo hay es la única esperanza, la única medicina insustituible en este mundo. Para eso, necesitamos la fe y la esperanza en la vida eterna.

Mis queridos hermanos, yo lo pido para mi. No os creáis que pido para mi cosas diferentes a las que pido para vosotros. Lo pido para todos vosotros, especialmente quienes tenéis una responsabilidad de un tipo o de otro, también las autoridades tienen como misión servir al bien de este pueblo. Lo pido especialmente para vosotros hoy, que celebráis vuestra Patrona; miembros, mandos, querido Coronel de esta Comandancia de la Guardia Civil, que tenéis que servirnos en este lugar del que yo soy pastor. ¡Todos a una! Vamos a seguir sembrando bien y amor donde sea necesario y donde sea posible. Donde haya el más mínimo resquicio como lo hacéis.

Tenemos que pedir por otra cosa al pedir por vosotros. Vuestra profesión es una profesión de riesgo. Muchas veces ese riesgo significa daños para vosotros, ciertamente preocupación para vuestras familias, inquietudes, ansiedades en la casa, según los destinos…, aunque los destinos sean fáciles, puede encontrarse un destino fácil, y de repente encontrarse con lo más inesperado.

Pedimos también que el Señor cuide de vosotros en vuestra misión, la de cada uno de vosotros, y sostenga también a vuestras familias en la fe, en la esperanza y en amor, que son las cosas que hacen que el mundo pueda seguir siendo un mundo humano, a través de las vicisitudes políticas y de los cambios de cultura. Sin eso, no hay vida humana. Y eso es lo que nosotros esperamos y pedimos a Dios para todos.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

12 de octubre de 2018

Acuartelamiento de la Guardia Civil

Almanjáyar, Granada

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 22 Oct 2018 13:20:39 +0000
“Somos un don gratuito del Amor de Dios” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46588-“somos-un-don-gratuito-del-amor-de-dios”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46588-“somos-un-don-gratuito-del-amor-de-dios”.html “Somos un don gratuito del Amor de Dios”

Homilía de Mons. Javier Martínez, en el XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, en la S.I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa muy amada de Jesucristo, Pueblo Santo de Dios:

Dejadme saludar en particular a las Hermanitas del Cordero, que están hoy aquí con nosotros. Sed bienvenidas como siempre. Veo también a la Comunidad Shalom, que también se une hoy a nuestra Eucaristía, bienvenidos a vuestra casa.

Cuando yo oigo este Evangelio me pasa un poco lo que le pasó a San Pedro, que se espantó. Yo me espanto y digo: “Señor, ¿soy siquiera cristiano?”. Porque es verdad que es un Evangelio que le hace a uno preguntarse: si es así, ¿quién puede salvarse?

(…) Nuestra cultura ha hecho de la avaricia la principal virtud del hombre. Por lo tanto, no es nada sencillo. Y uno puede constatar muy fácilmente cómo hemos hecho, incluidos los pastores, esfuerzos muy grandes por edulcorar ese mensaje de Jesús. Yo digo que el peligro contra el que el Señor pone más veces en guardia en el Evangelio es el amor a las riquezas. “¡Ay de vosotros, ricos!”, dice en alguna ocasión en el Evangelio de San Lucas, al comienzo, en las bienaventuranzas en el Sermón de la montaña. Y luego: no se puede servir a Dios y al dinero. Y la explicación es muy sencilla, porque el corazón humano no puede tener dos centros. O el centro es Dios o el centro es otra cosa. Y el centro más fácil, para nuestra vida, el más espontáneo, el más inmediato, es justamente los bienes de este mundo, el agarrarnos y el pensar que la felicidad nos la pueden dar los bienes de este mundo, en forma de dinero o en forma de otras cosas. Hay una avaricia del prestigio, por ejemplo. Hay una avaricia de poder y de los puestos que significan poder entre los hombres. Hay una avaricia del mando, del poder imponerse sobre los demás. De hecho, en la Primera Carta a Timoteo, el autor dirá –muy probablemente San Pablo- que la avaricia es la raíz de todos los males.

Yo no voy a pretender que nuestras vidas den un giro copernicano en 24 horas. San Antonio lo hizo. San Antonio Abad, que era un egipcio de finales del siglo III, tenía bastantes posesiones, oyó una vez este Evangelio y dijo “eso va por mí”. Vendió lo que tenía, dejó una parte para el cuidado de una hermana pequeña que estaba a su cuidado (ya no vivían sus padres) y se marchó al desierto, no para huir de la ciudad ni de los hombres, sino ser libre para vivir el Evangelio con libertad.

Eso puede pasar y yo no le voy a impedir al Señor que lo haga, pero sí que me gustaría que comprendiéramos un poquito que eso no es un capricho del Señor y que no es una arbitrariedad, sino que tiene que ver con lo más profundo de nuestra experiencia cristiana, y que la avaricia está en contradicción con el Dios que es fundamento de todo lo que existe, Creador de todo lo creado (también de nuestro corazón), y destino y meta de nuestras vidas. El Dios verdadero es Amor. Dios es Amor. Esa es la experiencia de Dios que hemos conocido quienes hemos conocido a Jesucristo. Y Amor significa que es capaz de vaciarse de Sí mismo para darse a nosotros, pobres criaturas, y que nosotros podamos ser ricos con su riqueza, con la vida de Dios.

Algo que no era una exigencia, no era una necesidad. Ninguno de nosotros somos necesarios, ni para la vida del mundo ni para nada. Existimos por Gracia. Somos por Gracia. Vivimos por Gracia. Respiramos y hablamos por Gracia. Como el resto de la Creación, somos un don gratuito del Amor de Dios. Pero Dios ha creado al hombre con un amor único, único. Y a cada uno de nosotros con un amor único. Y ese amor que el Señor nos tiene a cada uno de nosotros desborda infinitamente todos nuestros anhelos de ser amados, y no disminuye el amor que Dios puede tener a los demás, porque el Amor de Dios es infinito, realmente infinito. El océano, y las galaxias y las distancias siderales entre los astros son apenas pequeñas analogías de la infinitud de Dios, que está en otro orden de cosas. Por tanto, yo puedo coger de tu depósito de Amor todo el que necesito, y no le estoy quitando nada a nadie porque tu Amor sigue siendo infinito.

Pero decir que Dios es Amor tal como lo hemos conocido en Jesucristo es decir que Dios es capaz de darse a Sí mismo. De hecho, es en la Encarnación del Verbo, en la Pasión y en la Resurrección de Cristo y en el don del Espíritu Santo, donde Dios se revela como Amor, y se revela al mismo tiempo como el Dios verdadero. Porque un Dios que no fuera Amor, que sólo fuera poder, por ejemplo, nunca sería el Dios verdadero, porque sería incapaz de explicar por qué hay esa necesidad y ese anhelo de Amor (y no de cualquier amor), en nuestro corazón.

Pero ese Amor de Dios que en Jesucristo hemos conocido así es justo lo contrario de la avaricia. Justo lo contrario, porque la avaricia es como un querer asegurarnos nosotros con cosas que valen menos que nosotros. Es un deseo de acumular; de poseer y de acumular; de adueñarse. Por lo tanto, es el movimiento contrario al movimiento de darse, y uno entiende cómo de alguna manera todos los pecados están relacionados con la avaricia. La envidia es una forma de avaricia. Evidentemente. Uno envidia cualidades o cosas o realidades que el otro posee, porque quisiera poseerlos uno. Uno no los tiene quizás. Se puede ser avaricioso y ser rico, y se puede ser avaricioso y ser pobre, porque lo que cambia el corazón es que el movimiento del corazón sea el movimiento de darse o no el movimiento de poseer. Me dejáis decir también que la lujuria es una forma de avaricia. Hasta el mismo Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, escribió en alguna ocasión que el apetito sexual y el amor crecen inversamente proporcional. Justo porque el deseo sexual es un deseo de posesión, de adueñarse, aunque se diera en el matrimonio, mientras que el amor es un deseo de darse, de entregarse. El amor puede ser un deseo de unión, sin duda, pero en esa unión uno piensa en el bien del otro. Y si uno piensa en su propio bien y el otro como un instrumento para mi bien, es una forma de avaricia.

El poeta inglés Eliot, en unos poemas suyos preciosos que se llaman “Los coros de la roca” (una obra de teatro que él compuso para su parroquia, para recaudar fondos para restaurar su parroquia y arreglar alguna parroquia más en Londres), estaba escribiendo a principios del siglo XX, en un momento dice: “El hombre de hoy ha cambiado a Dios no por otros dioses, sino por ningún Dios. Bueno, sí, por otros dioses. Los dioses del hombre de hoy son: la lujuria, el dinero y el poder”.

Lo terrible del pecado no es que ofenda a Dios, porque Dios es Amor y el único deseo que Dios quiere es nuestra vida. “La Gloria de Dios es el hombre viviente”, decía un Padre de la Iglesia. Dios quiere nuestra vida, no quiere otra cosa. Por tanto, no es que yo ofenda a Dios. No es que mis pecados ofendan a Dios; es que mis pecados me hacen daño a mí mismo, me secan, me matan, me mueren.

Comprender que el amor está a una distancia casi infinita del apetito sexual, no porque no lo tenga, sino porque lo transforma, porque lo transfigura, como el alma del cuerpo; y que el amor es algo más grande; y que tener deseo sexual no significa quererse; que quererse es un aprendizaje (…) que requiere mucho tiempo, mucha generosidad, pero que nos hace posible salir de nosotros mismos. Es lo único que nos hace posible ser plenamente nosotros mismos como imagen de Dios que es Amor. Para amar uno tiene que salir de sí mismo, desear el bien del otro, desear que el otro cumpla su destino, poner la vida en lugar del otro. Ése es el amor verdadero, en todas las formas de amor, desde el amor esponsal, hasta el amor de los amigos, hasta el amor de los compañeros de trabajo. Y ése es el secreto de una vida humana. No habrá sociedad humana mientras no volvamos a descubrir el amor. Un amor que es capaz de darse, de entregarse por el bien de los demás. Es el secreto de una vida social sana. Es el secreto de una sociedad en la que es posible buscar el bien y es posible buscar el auge, el florecimiento de esa sociedad. Una sociedad construida sobre la avaricia es una sociedad que lleva a la violencia, lo sabemos todos. ¿Cuántos hermanos se han roto porque en la herencia del padre o de la madre a uno le han tocado diez olivos más que a otro? ¡Diez olivos, Dios mío! Y por diez olivos dejan de hablarse, y se odian, y no responden al teléfono…

La avaricia nos divide y ése es el triunfo del diablo: dividirnos, sembrar la desconfianza de unos para con otros, llenarnos de envidia. El primer asesinato del mundo fue obra de la envida. Y esa envidia y esa desconfianza envenenan la vida social. Tiene que haber algunos hombres y algunas mujeres que, con la ayuda del Señor, nos podamos poner en otro camino. Justo en ese camino del amor que nace de Dios; que hace perceptible a Dios; que hace visible a Dios en la Iglesia, porque continúa la Encarnación del Hijo de Dios mediante su Espíritu en su Pueblo. Tiene que haber un Pueblo que viva esa vida; que muestre esa vida como el camino verdadero, para una humanidad bonita. No se trata de una humanidad de santos ratos. ¡No! ¡Si es que es la humanidad normal! Necesita el milagro y una conversión nuestra a Dios, al Dios que es Amor, y que no quiere mas que amarnos y que nosotros vivamos como Dios.

Curiosamente, vivir del Amor nos hace ricos verdaderamente siendo pobres. A diferencia de quien vive para la avaricia, siempre será pobre aunque sea muy rico. San Pablo decía en una ocasión: “Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios”. Quien es de Cristo, y su verdadera riqueza es Cristo, y vive de ese Amor, es cien veces más… Yo os podría dar testimonio de eso en mi vida, ¡Dios mío! No soy pobre. No soy un ejemplo como el joven rico. Nunca me ha faltado lo necesario para vivir. Sí que me he preocupado con frecuencia de tener mi tiempo disponible. Dar tiempo es una manera de dar amor, especialmente valioso, en nuestro contexto y en nuestro mundo. Pero sí que puedo testimoniar que dentro de mi pobreza el Señor me ha dado siempre el ciento por uno en esta vida. Y a veces he hecho el trato con Él: “Señor, te acepto esta dificultad, pero no te voy a perdonar que dejes de cumplir tu promesa. Tú prometiste el ciento por uno con persecuciones. Si Tú me ayudas, bendita persecución. El ciento por uno para mí y para la Iglesia que me has confiado”.

Yo os prometo que el Señor cumple. Nunca ha dejado de cumplir. Nunca. Fiaros, fiaros. No os voy a poner a contar ejemplos porque no acabaríamos, pero hay muchísimos, muchísimos. ¡Cien veces más!, en esta vida… de alegría, ciertamente. Y además, todos tenemos la experiencia: quien da amor, no se queda sin amor, crece más; quien da alegría, no se queda sin alegría, crece más. Si es que… dándonos nos hacemos ricos. Reservándonos y acumulando, nos morimos asfixiados. Y cuando ahora vemos eso, la sociedad en la que estamos muriéndonos asfixiados, ¡hay que abrir las ventanas!

Todos sabéis que hoy en Roma se celebran siete canonizaciones. Yo no he podido estar allí. Debería estar allí, pero no he podido estar allí, porque ayer fue la Coronación de la Virgen de la Esperanza, y mi sitio estaba aquí, con vosotros. Pero, he vivido muy cerca del espíritu de la Madre Nazaria, Misioneras Cruzadas de la Iglesia. Me han enseñado en los primeros años de sacerdote a querer a la Iglesia más que a la propia vida. Y ese amor sigue hoy con la misma frescura hoy que hace 45 años. Gracias a ellas, por lo tanto. Pero, Pablo VI, ¡cuánto le debemos!

Nos unimos a la acción de gracias de esa celebración. Le pedimos también por el Sínodo de los jóvenes al Señor. Que genere esa nueva generación de cristianos, capaces de testimoniar el Amor de Dios sin ninguna clase de miedo ni de temor, en el mundo en el que vivimos. Amén.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

14 de octubre de 2018
S.I Catedral de Granada

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Fri, 19 Oct 2018 13:07:19 +0000
“La actitud del cristiano es siempre una acción de gracias” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46543-“la-actitud-del-cristiano-es-siempre-una-acción-de-gracias”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46543-“la-actitud-del-cristiano-es-siempre-una-acción-de-gracias”.html “La actitud del cristiano es siempre una acción de gracias”

Homilía de Mons. Martínez en la Eucaristía de inicio de curso 2018-19 de la Facultad de Teología de Granada, celebrada en el monasterio La Cartuja.

Muy querido Administrador diocesano de la Diócesis de Guadix-Baza;

muy querido padre Gonzalo, Rector de la Facultad de Teología;

queridos profesores, hermanos sacerdotes;

queridos alumnos, amigos de la Facultad:

Nos reunimos hoy en esta celebración de familia. La Eucaristía es siempre una celebración de familia. Y a veces, las solemnidades nos hacen olvidar que lo es, pero siempre tenemos necesidad de recordar que estamos reunidos como hermanos para recibir el don más grande. Porque la verdad es que en cada Eucaristía se renueva el Acontecimiento entero de Cristo, en el lenguaje sacramental, propio, tan específico, que lleva detrás de sí toda nuestra historia cristiana. Pero Cristo viene a nosotros como vino, en tiempos del Emperador Tiberio (…). Se entrega. Entrega Su Cuerpo y Su Sangre por nosotros como la entregó en el Gólgota y, a través del don de Su Cuerpo, nos comunica su Espíritu Santo como hizo en Pentecostés. Todo el Acontecimiento de Cristo, que es del que pende el significado de la historia humana y de la vida humana, se renueva en cada Eucaristía. Y poder renovarlo como hijos de Dios y orar con conciencia la oración que el Hijo de Dios nos ha hecho posible usar, orando de pie en presencia de nuestro Padre, sin tener que tirarnos por tierra o postrarnos humillados como criaturas ante Él, sino verdaderamente como hijos y como hermanos, es siempre un don de Dios; es siempre un signo.

Por eso, la actitud del cristiano es siempre eucarística, es siempre una acción de gracias. Hoy damos gracias. Damos gracias también por la circunstancia especial de que comienza un curso y comienza un curso en la Facultad de Teología. La mera existencia de la Facultad de Teología es un motivo de acción de gracias, y el hecho de comenzar un nuevo curso claro que es una acción de gracias.

Las lecturas son muy explícitas. Nos habla de justo la tienda de los tabernáculos, que era una tienda que tenía lugar más o menos después de la cosecha y el otoño de la sed del hombre y del que sacia la sed del hombre. Tener la posibilidad de adentrarse en la teología no es pasar unas materias, no es adquirir unos títulos. Es la posibilidad de sumergirse en esa fuente de la que brota el agua que mana hasta la vida eterna, por retomar la imagen misma del agua, pero de otro pasaje del Evangelio de San Juan, el encuentro con la samaritana. Ese agua que es inagotable, en la que todos podemos beber y que jamás se agotará.

Estimo un motivo de gratitud el comenzar un curso con esa conciencia de que nos da el Señor la posibilidad de recibir ese Espíritu con más plenitud, de beber de ese agua con más plenitud, y que ese Espíritu, que es siempre fuente de vida, vivifique nuestras vidas, vivifique nuestras personas, nuestro trabajo, nuestra misión, nuestra conciencia de quién somos, y para qué estamos en la vida y para qué está la Iglesia en el mundo, y nosotros como miembros de Cristo y miembros de Su Cuerpo que es la Iglesia.

Repito, eso es un motivo siempre de gratitud al Señor y al mismo tiempo de súplica. Por eso, invocamos al Espíritu Santo (…). Le pedimos que venga; que venga y que nos dé la vida, la vida nueva en Cristo.


La primera lectura hablaba de los dolores de parto de la Creación. Vivimos en un mundo extraordinariamente inestable. No son pocas las personas que empiezan a comparar nuestra situación en occidente, no en España ni mucho menos, sino en occidente, con la situación que precedió a la Primera Guerra Mundial; el riesgo de emergencia de nuevos fascismos (de muchas clases y de muchos colores); y la necesidad de un juicio que nazca del Acontecimiento de Cristo, sereno, lleno de esperanza, capaz de comunicar al mundo la alegría del Evangelio, en esta situación de pérdida de sentido y de vacío, que es justamente donde nacen las grandes tiranías y las dictaduras (donde nacieron también a lo largo del siglo XX).

Que no seamos simplemente arrastrados por la corriente, sino que podamos tener una referencia. ¿Y cuál es la referencia? Justamente, la fuente de agua viva, Jesucristo, el centro del Acontecimiento cristiano. El Hijo de Dios que no se avergüenza de abrazar al ser humano en su condición. Y en el mundo que estamos, ese ser humano tendrá las heridas que tenga. La imagen del Santo Padre es una imagen extraordinariamente feliz para describir nuestro mundo: la Iglesia es un “hospital de campaña”. Estamos en un mundo en guerra y, aunque no la vivamos aquí, explícitamente, pero la tenemos y las hemos tenido muy cerca (…).

Al menos que nuestras vidas estén ancladas no en una ideología, no en una posición del abanico político (la que sea) de ningún tipo, sino en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Libertad con respecto a los grandes del mundo; libertad con respecto a las categorías en las que los hombres de nuestro tiempo viven y que nos consumen, nos devoran. Lo malo del consumismo es que acaba con nosotros mismo, es que nos consume a nosotros mismos; no es que consumimos mil cosas, es que terminamos nosotros, en primer lugar, viviendo sólo para producir y consumir, y todo lo que salga de ahí es poesía, es ideología, son creencias, son ideas, son valores, son cosas heteras y sin cuerpo. No. Anclados en Jesucristo con la conciencia de que tenemos algo que aportar a este mundo; lo único que el mundo no puede aportarse a sí mismo, que es la novedad del Espíritu Santo, la Fe, la Esperanza y la Caridad, la novedad de Cristo.

Tal vez nosotros tenemos que reaprender a vivir, porque veinte siglos de cristianismo nos llenan muchas veces de mucho oropel… tenemos que aprender a vivir en la sencillez del núcleo de la fe. Recuperar el núcleo de la fe como punto de partida.

Muchos de vosotros, Dios mío, sois consagrados, sois miembros de instituciones o de congregaciones religiosas. Habéis consagrado vuestra vida. Que el Señor nos conceda echar raíces en Cristo, ser capaces de una mirada de comunión a la Iglesia de nuestro tiempo, con un amor grande, porque es nuestro cuerpo. Ni sus males son ajenos a nosotros, ni sus bienes podríamos evitar que sean una alegría grande para nosotros, aunque no sean nuestros bienes. Los miembros del cuerpo se alegran de lo que es bueno en unos y otros, y sufren al mismo tiempo con los males de unos o de otros.

Que el Señor nos conceda esas raíces que nos permitan vivir la comunión de la Iglesia y colaborar en la misión hacia un mundo donde el cristiano… en el mundo del capitalismo global el cristianismo está llamado a ser de nuevo una pequeña levadura en un mundo que tiene muchas otras categorías, toda la entrada del inmenso continente asiático, en el panorama de nuestra vida cotidiana. Al comienzo de esta Eucaristía hemos tenido, contemplándonos, asombrados, varias personas claramente del sudeste asiático, o de la zona del Pacífico, donde la gente no sabe lo que es la Inmaculada, no sabe lo que es un Sagrario, no sabe lo que es la Virgen. A mi me han llegado a preguntar alguna vez qué significa la palabra Dios (…).

Tendremos que aprender a explicar la fe para quien no ha estado nunca expuesto a la fe. Y tienen por otra parte en su cultura muchísimas cosas de las que podemos aprender, muchísimas cosas. Cuántas cosas hay en la cultura china, japonesa, coreana, filipina, vietnamita, de las que tendríamos nosotros que aprender. Incluso a la hora de mirar los dramas de su propia historia. Nosotros no hemos sido capaces de mirar los nuestros todavía con serenidad suficiente.

No entendáis ese retorno al centro del que hablaba Balthasar (…) como un apartarse del mundo. San Juan Pablo II dijo en una de sus encíclicas sobre la Trinidad, creo que la del Espíritu Santo precisamente: Cuanto más nuestra perspectiva sea teocéntrica, (si es verdadera esa mirada al centro, al fuego de donde nace todo el Acontecimiento, toda la historia de la Salvación, todo el Acontecimiento cristiano), más nuestras vidas, transformadas por ese fuego, se convierten en parte de ese fuego que el Señor vino a prender a la tierra, y por lo tanto más capaces somos de dialogar con cualquier posición humana, con cualquier posición cultura, política, filosófica, la que sea; más abiertos nos hace a la realidad de los hombres tal como son, sin prejuicios ideológicos, sin juicios, sino sencillamente en la situación concreta, ofreciendo lo que la Iglesia puede ofrecer. Eso: Jesucristo, la novedad de Cristo y el Espíritu de Dios, en cualquier cultura, en cualquier situación.

Que el Señor nos haga más capaces de ello por su gracia. Y al año que viene podremos dar muchas más gracias que las que damos ahora, porque el Señor va haciendo una historia bella con todos nosotros.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

10 de octubre de 2018

Monasterio de La Cartuja

Eucaristía de inicio de curso 2018-19 de la Facultad de Teología de Granada

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Thu, 18 Oct 2018 13:14:06 +0000
La cruz de Cristo, la única esperanza sólida que tenemos http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46511-la-cruz-de-cristo-la-única-esperanza-sólida-que-tenemos.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46511-la-cruz-de-cristo-la-única-esperanza-sólida-que-tenemos.html La cruz de Cristo, la única esperanza sólida que tenemos

Homilía en la misa funeral en la Catedral por el guardia civil muerto en acto de servicio José Manuel Arcos. A la Santa Misa asistieron familiares, compañeros de la Guardia Civil, distintas autoridades militares y civiles, y fieles en general.

Muy queridos Raquel, José Antonio, Lucía, familiares más o menos cercanos, de José Manuel;

excelentísimo Ministro del Interior, Delegado del Gobierno de España en Andalucía, Subdelegada del Gobierno, Alcalde, Teniente General Director Operativo Adjunto de la Guardia Civil, General Jefe de la Guardia Civil, General de División de la Guardia Civil, Director General de la Policía Nacional;

excelentísimas autoridades civiles y militares;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

hermanos y amigos todos:

No hace todavía una semana que estábamos en la Comandancia de la Guardia Civil celebrando la fiesta de vuestra Patrona, y haciendo un homenaje y una oración por aquellos guardias civiles caídos en acto de servicio. En aquel momento de paz, de gozo, de celebración de familia, nadie nos podíamos imaginar que unos pocos días después eso iba a ser realidad de una manera tan cruda, tan violenta, tan inesperada y tan dolorosa, para un miembro más de la Guardia Civil que sacrifica su vida por nosotros. Un servidor del pueblo, de nuestra comunidad, de los que día y noche hacen posible que descansemos tranquilos, que vivamos más seguros.

La manifestación del pueblo cristiano acompañándoos en este momento es un signo de la gratitud por el don de esa vida. Y un signo de la gratitud a todos aquellos que, de una manera o de otra, ponéis en riesgo vuestra vida en función de esa convivencia, de esa paz y de esa seguridad. No podemos más que agradecerlo de todo corazón y con toda el alma.

Dios mío, esa gratitud yo sé que no es un consuelo. Es un alivio en este momento, pero no os devuelve a José Manuel. Tampoco muchas otras cosas en las que podríamos reflexionar o pensar, y que no es momento de grandes palabras. La conciencia de que quienes hemos conocido a Jesucristo y nos alimentamos de la Palabra de Dios sabemos que la historia humana, desde los orígenes, desde el primer pecado, comienza con un asesinato. Por lo tanto el asesinato y la muerte forman parte de nuestra condición humana aliviada, es verdad, por aquellos que dedican y arriesgan su vida para proteger las nuestras. Tampoco eso es un consuelo, saber que la historia humana es una historia de muerte.

El hecho mismo de saber que todos, como todos sabemos, desde que tenemos el más mínimo uso de razón, que nuestra condición es mortal, que nuestra vida no es nuestra, no es una posesión nuestra de la que podamos presumir como un derecho que podamos mantener indefinidamente. No. Sabemos que estamos aquí de paso. Y yendo hasta el fondo, ni siquiera la memoria de sus cualidades, de sus virtudes, de su amor de esposo, o de padre, de amigo, de compañero, sus condecoraciones, los honores que le tributamos (absolutamente merecidos) -porque nada paga el don de una vida; ninguna realidad de este mundo puede pagar el don de una vida-,… pero nada de eso puede ser un consuelo hasta el fondo del alma, hasta el fondo del corazón.

Hemos proclamado un Acontecimiento, conocido de todos. En muchos de nuestros lugares hay un crucifijo. Todos hemos visto, tantas veces, y en materiales preciosos a veces, de oro, de plata, una cruz. Pero lo que eso significa es la única esperanza sólida que los hombres tenemos. Porque lo que eso significa es que el Dios que nos ha dado la vida no ha sentido repugnancia por esa historia nuestra llena de sangre, de guerras, de muerte, de asesinatos. Y se ha abrazado, se ha querido abrazar a nuestra humanidad, participando Él mismo de la manera más cruel de lo que es la injusticia del mundo, y la mentira, y el odio del mundo. Y se ha abrazo en Él a los sufrimientos de cada uno de nosotros, a vuestros sufrimientos de hoy. De tal manera, que ningún sufrimiento humano le es ajeno. Desde la muerte de Cristo, desde la Resurrección de Cristo, no hay nadie que sufra en nuestra humanidad que no sea ya parte de la Pasión de Dios, del Amor infinito de Dios. En el que Él se abraza a nuestra humanidad tal como somos. Pero el recuerdo de Cristo no es un ansiolítico, en absoluto. Es la razón más profunda por la que muchos de los que estáis aquí, miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado, miembros de los distintos Ejércitos, arriesgáis vuestra vida. Ese arriesgar la vida no tendría ningún sentido si la vida fuera sólo la vida. Al final no tendría razón de ser. Sería como algo absurdo en el fondo.

Yo me acuerdo que la semana pasada cuando estábamos celebrando la Virgen del Pilar en la Comandancia, en el cartel que había en el fondo la palabra más grande que había era “honor”. Y la palabra “honor” significa siempre un exceso, una gratuidad, un riesgo gratuito por razón de los demás. Ese honor recibe toda su razón de ser del Acontecimiento de la Encarnación del Hijo de Dios, de Su muerte y de Su Resurrección.

Pasará el tiempo y pasarán los honores de esta mañana. Y la cruz de Cristo seguirá siendo un lugar al que podréis acudir, junto al que podréis llorar, con la certeza de que la muerte no tiene la última palabra ni sobre José Manuel, ni sobre ninguno de nosotros, ni sobre nadie. La última palabra la tiene el Amor infinito de Dios. Por lo cual, esta despedida es una despedida temporal. Esta despedida es una despedida mientras dure para nosotros también nuestro peregrinar en esta tierra. Pero algún día nos abrazaremos todos de nuevo en nuestra verdadera Casa, que es Dios; que es lo que, en lenguaje sencillo, llamamos Cielo. Pero es Dios. Dios es nuestra Casa. Dios es nuestro Hogar. Su Amor es a donde verdaderamente pertenecemos. Y ese exceso del Amor infinito de Dios justifica el exceso, da sentido al exceso que significa vuestra ofrenda, vuestro sacrificio, vuestra generosidad.

Quiera el Señor darnos a todos parte en esa esperanza y saber, mientras vamos de camino, sostenernos y ayudarnos como hermanos, como amigos, aguardando justamente el día en que el Señor recompense… dijo que un vaso de agua no quedaría sin recompensa: cuánto más la vida joven de tu esposo, de vuestro padre, de vuestro compañero, de nuestro hermano. Cuánto más.

Una vida dada, sostenida, ofrecida por el bien de todos. Rota, indebidamente, injustamente. Señor, Te pedimos justicia y misericordia. Te pedimos que todos podamos sobre todo participar de esa esperanza que da sentido a nuestra vida y a nuestra muerte; que da sentido a la vida y la muerte de José Manuel.

Que así sea para todos nosotros y podamos juntos construir justamente un mundo más humano, un mundo más de hermanos, según el designio de Dios.

Que así sea.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

16 de octubre de 2018

S.I Catedral

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Thu, 18 Oct 2018 11:55:46 +0000
“Que la experiencia del Amor de tu Hijo haga renacer en nosotros esa Esperanza” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46474-“que-la-experiencia-del-amor-de-tu-hijo-haga-renacer-en-nosotros-esa-esperanza”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46474-“que-la-experiencia-del-amor-de-tu-hijo-haga-renacer-en-nosotros-esa-esperanza”.html “Que la experiencia del Amor de tu Hijo haga renacer en nosotros esa Esperanza”

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía de Coronación Canónica de Nuestra Señora de la Esperanza, celebrada el 13 de octubre de 2018, en la S.I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, que peregrina en Granada fundamentalmente, aunque se han unido a nosotros gente de otros lugares o visitantes que desean también participar de esta preciosa celebración de la Coronación;
Pueblo santo de Dios (el nombre más bello, junto con el de Cuerpo de Cristo, que tiene la Iglesia: Cuerpo y Esposa de Cristo amada del Señor);
muy queridos sacerdotes concelebrantes;
Hermano Mayor de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y de Nuestra Señora de la Esperanza;
Presidente de la Real Federación;
queridas autoridades civiles y militares, que nos acompañáis;
queridos hermanos y amigos todos:

Lo primero que me sale en un momento como éste, o tantos momentos a lo largo del año que se le asemejan…. , no hay nada tan bello en el mundo como el Pueblo santo de Dios; como la Iglesia reunida. Es un espectáculo precioso. (…)

La Iglesia es el Pueblo santo de Dios. Pues, el Pueblo santo de Dios realiza ideales que hoy, por las circunstancias del mundo, tienden a deshilacharse y a desvanecerse. Primero, es uno de los pocos espacios de libertad que quedan en el mundo. Nadie viene aquí obligado. Nadie va a celebrar la Eucaristía obligado. Junto al Señor y junto a la Virgen, brota la libertad. Lo experimentábamos hace muy pocos días en la procesión de Nuestra Señora de las Angustias: la Iglesia, el Pueblo santo de Dios, es un espacio de libertad. No es un espacio de normas y de reglas. Lo decía Benedicto XVI: el cristianismo no son unas reglas, ni siquiera unos principios. Es un Acontecimiento. El Acontecimiento de la Presencia de Dios en medio de su Pueblo, que hace resplandecer la libertad. Pero, al mismo tiempo, es un espacio de comunión. Son cosas que, a lo mejor, en esas divisiones de la experiencia cristiana que han caracterizado al mundo moderno, son vistas como incompatibles: el ideal de la libertad y el ideal de un pueblo unido que vive en comunión (colectivo, dicen los que tratan de secularizar la idea de comunión).

La Iglesia es un espacio de comunión. El Pueblo cristiano es un espacio de comunión. No cuentan las clases sociales. No cuentan los puestos que uno ocupa en la Iglesia o en la sociedad. No cuenta nada, mas que todos somos hijos del mismo Padre. De aquí a un momento, recitaremos juntos el Padrenuestro que nos hace a todos hermanos; con los mismos derechos y con los mismos deberes; pero con los mismos derechos: el derecho de dirigirnos a Dios como Padre, el derecho de vivir como hijos libres de Dios, en la libertad gloriosa de los hijos de Dios, que, como no nos da ninguna institución del mundo, a nadie le debemos esa libertad mas que a Dios y nadie puede arrebatárnosla mas que Dios.

Dios mío, sólo eso podría poner de manifiesto la belleza de nuestro Pueblo unido, la belleza de la realidad que sois; que yo no soy mas que un pobre servidor de esa realidad y de la vida que Jesucristo nos da y que hoy tengo el honor y el privilegio de poder coronar la Imagen de Nuestra Madre, a Nuestra Señora de la Esperanza.

También podría decir con un deseo ardiente –lo dijo el Señor en la Última Cena y yo lo puedo repetir esta mañana-: con un deseo ardiente he deseado celebrar esta Pascua con vosotros. Alguien me recordaba al subir al presbiterio que hace 21 años que presentó en el Arzobispado de Granada la primera petición para que se coronase la Virgen de la Esperanza. 21 años de espera, Dios mío. También me recordaba esa persona que el hecho de haber esperado lo que había hecho era alimentar el deseo. Y un Doctor de la Iglesia, del siglo IV, que cerca de Persia (cerca de lo que hoy es Irán), decía: “A veces, parece que el Señor huye de nosotros; pero huye de nosotros para que corramos más”. Si esa espera nos sirve para que la alegría de hoy sea más plena, más pura, más verdadera, también tengo que reconocer que habéis sabido esperar con un espíritu profundamente cristiano, y lo agradezco en el nombre de la Iglesia de Granada y en el nombre del Señor.

Celebrar a Nuestra Señora de la Esperanza. Es verdad que cualquier advocación de la Virgen está llena de implicaciones para nuestra vida. La Virgen es Aquélla que ha abierto la nueva humanidad que brota del costado abierto de Cristo. Es la primera Redimida. Es el Espejo de la Iglesia. Los primeros cristianos, en los primeros siglos, veían sobre todo en Ella justo la imagen de la humanidad redimida, representada en Ella de una manera simbólica, para que nosotros pudiéramos saber cómo son nuestros caminos ante el Señor, llamados como Ella a que Cristo viva en nosotros; a que cada uno de nosotros podamos decir como Ella “soy yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”; a que podamos acoger la Redención de Cristo y la vida nueva de Cristo, llamados a participar como Ella, en el Cielo, de la herencia del Hijo de Dios, de la herencia de los que por gracia hemos sido hechos hijos de Dios, de Dios mismo, del Reino de los Cielos, de la vida divina.

Todas las advocaciones de la Virgen, por lo tanto, en la medida que nos ponen en conexión con el misterio del Amor infinito de Dios revelado en Cristo, todas tienen que ver con nuestra vida. No son flores de adorno, que ponemos a la figura de la Virgen, sin motivo real. Es que Tú, Señora, reflejas nuestro camino y nuestra vocación. Y la advocación de la Esperanza refleja uno de los bienes más escasos, de los que más necesita el hombre de nuestro tiempo, más urgentes para nuestras sociedades, también para la vida de la Iglesia. Porque la Iglesia no está fuera de la sociedad, estamos dentro. Y por lo tanto, muchas veces padecemos, sufrimos, vivimos, gozamos las mismas cosas; vivimos las mismas cosas que viven nuestros hermanos que no están en la Iglesia o que no han conocido al Señor. Y en la sociedad en la que vivimos, en las sociedades europeas y occidentales, que se pudo decir en algún momento que fueron sociedades cristianas, si algo falta es la esperanza. Y falta radicalmente. La profunda crisis demográfica de la que rara vez se habla en los medios de comunicación y en los ámbitos de la opinión pública o publicada; esa crisis demográfica feroz, que asola Europa y que asola nuestro país (alguien ha hablado de “la España vacía”); del crecimiento de una España envejecida que no es capaz, ni siquiera demográficamente, de renovarse; Dios mío, somos una España saciada, somos una Europa saciada de bienes de este mundo. Nunca han tenido los hombres tantos bienes como los que nuestra generación tiene, a pesar de las crisis económicas. (…)

Nos falta esperanza; y con la esperanza, amor a la vida. Pensar que la vida es un bien, lo suficientemente deseable como para transmitirlo a una generación que venga detrás de nosotros. Nos falta generosidad. Nos falta fe. Porque la esperanza, que refleja uno de los aspectos esenciales de la vida que Jesucristo nos da a los hombres; que ha sembrado en la historia con su Encarnación, su muerte y su Resurrección, son la Fe, la Esperanza y la Caridad. La vida nueva cristiana puede resumirse en esas tres palabras. La fe no penséis que son creencias o ideas. La Fe es la adhesión a Jesucristo, el poner la vida en las manos de Cristo, una vez que uno ha recibido el don del Espíritu Santo. Poner la vida en las manos de Ti, Señor. Eso es la Fe.

Dejadme que distinga dos conceptos que los usamos como intercambiables y no se parecen en nada: esperanza y optimismo. No tienen nada que ver el uno con el otro. (…) El optimismo tiene normalmente por objeto las circunstancias. Confiamos en las circunstancias y eso nos hace ser optimistas. Y cuando no podemos confiar en ellas, ¿qué es lo que hacemos? Inventarnos otras circunstancias nuevas que no son verdad y confiamos en nuestras tácticas o en nuestras estrategias. El centro del optimismo somos en realidad nosotros y nuestras cualidades. El optimismo es nihilista. El optimismo termina en una especie de resignación que aplana a las sociedades. En definitiva, acaba en frustraciones. Inevitables, porque nuestro corazón está hecho para Dios. Y los bienes de este mundo no son capaces de darnos la alegría que nace de saberse hijos de Dios. No son capaces. Ninguno. Ni los más grandes. Entonces, el optimismo genera sociedades resignadas, abatidas; sociedades, en definitiva, derrotistas, que, además, cuando no ven que hay motivos para el optimismo tienen que “fabricar” alegría a base de alcohol o de droga, o de otras cosas, o a base de autoengaño de algún modo. Ese derrotismo es el humus donde florecen las dictaduras, donde florecen las tiranías, donde florecen esos líderes que se hacen dueños de una sociedad. Porque es una sociedad que por esa falsa esperanza, viviendo de esas falsas esperanzas, sencillamente está dispuesta a seguir a cualquiera que le prometa una felicidad a bajo precio. La sociedad optimista termina no siendo una sociedad libre; es una sociedad esclava ya. Esclava de las falsas esperanzas, del consumismo, de pensar que la felicidad la da el desarrollo económico.

La esperanza, en cambio, produce sociedades libres. La Esperanza teologal tiene como objeto a Dios, y sólo a Dios, que es fiel, eternamente fiel, infinitamente fiel, cuyo Amor no defrauda. Y esa Esperanza hace una sociedad, en primer lugar, de hombres libres, que cooperan unos con otros para el bien común, con gusto, con alegría, con la misma libertad con la que habéis venido esta mañana, os habéis puesto vuestras mejores galas, dispuestos a disfrutar y a vivir juntos un momento de gracia precioso. Con esa misma libertad. Una sociedad que vive diariamente en esa libertad gloriosa de los hijos de Dios, que es capaz de amar por encima de las barreras que los hombres nos creamos constantemente unos con otros. Es una sociedad que produce héroes. La Esperanza produce héroes. El optimismo produce pobres seres resignados que se ponen en las manos de cualquiera.

Mis queridos hermanos, nosotros damos gracias por ser el Pueblo de Dios. Damos gracias por haber encontrado a Jesucristo. Damos gracias porque Jesucristo ha unido a los hijos de Dios dispersos y nos ha hecho este Pueblo precioso, del que no tenéis que avergonzaros jamás. ¿Qué hay debilidades en él? Pues, claro. ¿Qué hay pecados en él? Pues, claro. Pero no os falta jamás la Presencia viva de Cristo, que hace renacer una y mil veces, y un millón de veces (“70 veces 7”, por decirlo con palabras del Señor), nuestro corazón, nuestra alegría y nuestra esperanza.

Madre de la Esperanza -en este bien, el más escaso de nuestra sociedad, como esperanza verdadera-, Te suplicamos que nos acerques al Misterio de tu Hijo, y que la experiencia del Amor de tu Hijo haga renacer en nosotros esa Esperanza, que ha hecho lo más grande de nuestra historia. En nuestra historia hay muchas miserias. Pero tengo la sensación que vivimos muchas veces demasiado flagelándonos por esas miserias, como si no hubiera más que eso, y terminamos transmitiendo la impresión de que nuestra historia es una historia de miserias. En absoluto. (…) ¿Nos avergonzamos de esa historia? En absoluto. Porque es una historia de Fe, de Esperanza y de Amor. Y esa historia produce la humanidad más bella… Yo reto a cualquier historiador, a cualquier persona de cualquier cultura, a que presente en la historia un hecho, un acontecimiento, una historia más bella que la del Pueblo cristiano. Y a debatir con él en cualquier foro, en cualquier aula. No la hay. Es una historia de santidad, de fe, de entrega; de entrega silenciosa de millones. Es una cultura de amor, hecha por millones de madres cristianas, por millones de padres cristianos, por un pueblo que no ha sido producido en la historia por nada, mas que por el Acontecimiento de Cristo. Nunca, nada tan bello. Nunca, nada tan humano. Porque lo grande de encontrar a Cristo es que nos permite ser humanos. Perdemos a Cristo y pensábamos que no íbamos a perder nada de la humanidad. Hemos perdido nuestra humanidad. (…)

Mis queridos hermanos, hace 30 años que los Papas nos llaman a una nueva evangelización. ¿Qué es eso? Volver a empezar de nuevo el cristianismo. Volver a empezar de nuevo la experiencia cristiana desde los orígenes, desde el principio. Volver a comprender que en ese Amor nos encontramos a nosotros mismos; que en ese Amor podemos ser verdaderamente humanos en plenitud; que en ese Amor de Cristo y en ese Acontecimiento de Cristo nuestra humanidad se regenera, nuestro corazón se regenera, y siempre es posible amar más y amar mejor. Y siempre es posible ser una comunidad, una sociedad fraterna, una sociedad libre. Eso nace de Cristo. Y cuando le quitamos la fuente, se seca. (…)

Mis queridos hermanos, a empezar de nuevo, llenos de esperanza, por el Poder Redentor de Cristo y por la intercesión de su Madre, y de la mano unos con otros para hacer un mundo que corresponda a los deseos del corazón de todos los hombres. Cristo ha muerto por todos. De todos los hombres. A todos les queremos ofrecer nuestro amor, nuestra esperanza y nuestra alegría.
Que así sea.


+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada.

13 de octubre de 2018
S. I Catedral de Granada
Coronación Canónica Pontifica de Nuestra Señora de la Esperanza

Escuchar homilía

Palabras finales de Mons. Javier Martínez, antes de la oración y bendición final en la Eucaristía de Coronación Canónica de Nuestra Señora de la Esperanza.

Antes de la oración final y de la bendición, dejadme dar gracias a todos aquellos que han hecho posible esta Coronación, y la belleza también de esta celebración. Yo sé también que detrás de esto tan bonito que vivimos hay muchas manos, mucha generosidad, mucha entrega y muchísimo silencio.

Gracias al Hermano Mayor. Gracias a todos los hermanos de la cofradía que han puesto lo mejor de sí mismos para hacer esto posible, de mil maneras.

Gracias a la Federación de Cofradías.

Gracias al ayuntamiento, sin el cual también no hubiera sido posible esto, porque nos abren las calles, cuidan de nuestra seguridad. Las Fuerzas de Seguridad de las distintas policías también, muy sigilosamente y con mucha prudencia, nos acompañan siempre y nos dejan ejercer nuestra libertad, lo cual está muy bien. Gracias a todos vosotros.

Gracias al Coro de la parroquia y el colegio de Santa María La Blanca, de Madrid, y a los miembros de la orquesta. Gracias al fundador de ese Coro, a Luis Lezama, que está aquí como concelebrante. (…)

Gracias a este Pueblo tan precioso. (…)

Me atrevo a lanzaros un desafío. En 1492, empezó en Granada una historia preciosa, profundamente humana. Con miserias, pero preciosa, como no ha habido nada en la historia de las relaciones de unos pueblos con otros. Gracias a aquel comienzo, hoy la mitad de la Iglesia Católica habla español. (…) Y se recuerda con gratitud la vida de innumerables mártires, misioneros. ¿Cuál es el reto que pongo delante de vosotros? ¿Le podríamos pedir a la Virgen que en este mundo, tan distinto de aquel que empezaba entonces, y siendo nosotros igual de frágiles que eran aquellos, haga en nosotros el milagro de que una nueva generación de granadinos, justo porque tenemos el pueblo cristiano tan bello que tenemos, pueda empezar algo nuevo, pueda empezar a sembrar esperanza y amor en un mundo tan necesitado de él? ¿Nos podríamos lanzar a esa tarea? ¿Nos podemos poner juntos ese reto delante de nosotros? Yo creo que sí. Y que si se lo pedimos a la Virgen –como eso es el designio de Dios que vivamos del Amor, de la Fe y de la Esperanza-, no nos va a negar. Si le pedimos que seamos los cristianos que hacen falta en este siglo XXI, de la aldea global, donde todas las culturas estamos mezcladas, ¿a que nos lo va a conceder? Pedídselo. Vamos a pedírselo. Y que una nueva generación de granadinos empiece a sembrar amor en nuestro mundo, en el mundo del siglo XXI. Es una tarea digna de vosotros; digna de un pueblo tan bello como el que sois.

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 16 Oct 2018 11:04:42 +0000