Granada Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Sun, 23 Sep 2018 22:10:54 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es “Ser cristiano es tener una relación con Cristo” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46012-“ser-cristiano-es-tener-una-relación-con-cristo”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/46012-“ser-cristiano-es-tener-una-relación-con-cristo”.html “Ser cristiano es tener una relación con Cristo”

Homilía de D. Javier Martínez, Arzobispo de Granada, en la Santa Misa en la Catedral el domingo XXIV del T. O, el 16 de septiembre de 2018.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

queridos hermanos y amigos todos:

Las lecturas de hoy son un reproche para mi. Y así las escucho yo y las recibo, porque nadie amamos la cruz. Y yo sé que es humano. Pero también sé que sólo viviendo junto al Señor la cruz es fecunda nuestra fe. Cuando no la vivimos unidos a Él; o mejor dicho, acogiendo la unión que Él ha hecho de una vez para siempre en su cruz con nosotros, con nuestra vida, con todas las cosas de nuestra vida (las bellas y las menos bellas, las gozosas y las más dolorosas y más oscuras o más horribles), sin eso la vida humana no es vivible. Y nos llamamos cristianos y decimos que tenemos fe, y luego nuestra fe es algo bastante pobre y estéril, incapaz de sostenernos en la alegría y en la esperanza.

En nuestro tiempo, somos particularmente dados, la fe que tolera nuestra sociedad es una fe reducida a creencias como a ideas, a ideas abstractas o a algunos principios morales que sirven para tener algunos comportamientos siempre que no dañen a los demás, basados en valores comunes. Pensamos con frecuencia que la fe son esas creencias que nos ayudan a vivir eso y nada más, sin responder a la pregunta en la que se juega verdaderamente nuestra vida, nuestra salvación, nuestra alegría. Y cuando digo nuestra salvación es nuestra salvación eterna. Es decir, la vocación para la que hemos sido creados, que es la vida eterna con Dios y junto a Dios en un gozo infinito. Y esa pregunta es: ¿quién soy yo? Porque ser cristiano no es tener una creencias. Ser cristiano es tener una relación con Cristo.

Esa relación no la creamos nosotros con nuestras buenas obras, con nuestros esfuerzos, tratando toda la vida de adquirir unas virtudes que nunca nos llevarían hasta el Señor. Esa relación la ha establecido el Señor por nosotros; la ha establecido mediante la Encarnación y la ha establecido en cada uno de sus gestos. Hasta el gesto más pequeño del Hijo de Dios encarnado bastaría para redimir a la humanidad entera, porque es su Amor el que nos redime.

Pero Él ha querido llevar ese Amor hasta la expresión más tremenda de la cruz (la exaltación que acabamos de celebrar, junto con la Virgen de los Dolores). Él ha querido llevar ese Amor para que nadie de nosotros pudiera sentirse solo o pensar, o caer en la tentación de pensar que el Señor no es capaz de abrazar nuestro dolor, o de comprendernos en nuestra soledad, o de estar a nuestro lado en nuestros momentos de angustia.

Una fe reducida a creencias, a ideas, a un ideario (como si el Credo fuera un ideario) es una fe totalmente estéril. Y es una fe que a mi no me sorprende que los hombres abandonen. Y abandonan porque no ven que cambie gran cosa en la vida de quienes nos decimos cristianos. No ven que representemos realmente una novedad en este mundo. Si lo representáramos, os aseguro que plantearíamos tantas preguntas y responderíamos a tantos deseos profundos de los hombres y mujeres que buscan la felicidad sin saber donde está, que buscan a Dios sin saberlo, que sería un goteo permanente la vida de la Iglesia.

Yo le pido al Señor que mi fe no se reduzca a creencias; que en mis gestos, en mis palabras, que pueda estar presente siempre -en mi mirada, que pueda estar siempre presente la mirada del Señor- el deseo del Señor por el bien de cada uno y de todos los hombres, el afecto del Señor. ¿Y por el más pobre? Más. ¿Y por el más pecador? Más. ¿Y por el más necesitado? Más. Y si queréis, por el mas canalla, más. Lo otro es un Dios hecho a nuestra medida, no es el Dios de Jesucristo, que vino a curar a los enfermos, porque son los enfermos los que tienen necesidad de médico, no los sanos; que vino a llamar a los pecadores, no a los justos.

Eso es un aspecto. PedidLe al Señor. Pedídselo hoy. Pedídselo con frecuencia. La fe es lo más grande que el Señor nos ha dado. Y lo más grande porque permite vivir la vida y afrontar la muerte, y la enfermedad, y el mal del mundo sin venirse abajo. Con la certeza del triunfo del Amor infinito de Dios. Y os aseguro que eso cambia la vida. Desde la vida de un matrimonio, hasta la muerte de un hijo, hasta las relaciones en el mundo del trabajo, o en el mundo de la vecindad, del barrio, de la vida social. Todo. Que nuestra fe se refleje en esa novedad de vida de la que no estamos llamados a no tener defectos; estamos llamados a ser testigos del poder de Dios. El poder de Dios en nuestro pobre corazón que es igual de pobre que el de los que no tienen fe.

Y la otra cosa que quisiera deciros y que me parece que es importante al hablar de la cruz y cuando Jesús dice “el que quiera venir en pos de mi que tome su cruz y que me siga” es que el cristianismo no es una invitación a la cruz. No nos engañemos. Ha habido muchas maneras –sobre todo, en los último siglos- de insistir tanto en eso, que luego, además, se percibía en la vida que nosotros no vivíamos de ese modo (algunos santos lo han vivido pero…)… El Señor nos invita a cargar con su cruz. Mejor dicho, el Señor nos invita a cargar con nuestra cruz, porque es Él quien carga con ella. En otro lugar dijo: “Venid a mi los que están cansados y agobiados y yo os aliviaré, porque mi yugo es llevadero y mi carga es ligera”. No somos los cristianos los que buscamos la cruz. Y no somos los cristianos, ni mucho menos para decirle a alguien –y yo esas cosas las he oído y hay que corregirlas cuando se oyen- “¿te ha venido esta enfermedad? Pues, algo habrás hecho que Dios te ha castigado”. Pero qué idea de Dios, Dios mío. Ese Dios no es el Dios amor. Ese Dios no es el Dios de Jesucristo. Ese Dios puede ser el Dios de los paganos, de quienes no han conocido para nada a Dios.

La cruz, el odio de los hombres, las envidias, las pasiones, la lujuria, la avaricia (que es uno de los demonios que más roen el corazón humano, y la vida humana, contra el que el Señor más en guardia nos puso a todos y más veces en el Evangelio….) están en el mundo; están en el mundo como fruto y consecuencia de nuestra condición pecadora y de nuestra pobreza, y de nuestra falta de fe. Porque me diréis: “Sí, pero los terremotos o los tsunamis no son fruto del pecado de los hombres”. Claro que no. Pero el dolor que nos generan a nosotros, a los países desarrollados y ricos, que es a los que nos escandalizamos de ello, sí que tiene que ver con nuestra falta de fe. Quienes los viven no se alejan de Dios ni dudan de Dios porque haya un tsunami. Al revés, lo buscan (ndr. a Dios) con mucha más ansia, con mucha más verdad, con mucha más profundidad.

Quiero decir, no es Dios quien manda las cruces. Las cruces están en nuestra condición creada, en el mundo y en nuestra condición pecadora. Cuando el Señor nos invita, nos invita a vivir con Él esas cruces, y os aseguro que cambian. Ayer mismo, una mujer de veinticinco años, que hace unos meses acababa de perder a un hijo seis horas después de nacer, y que sabía que lo iba a perder después del tercer mes de embarazo, expresaba con toda paz la alegría de haber sido madre; de haber vivido esos seis meses acompañando a su hija en el seno con la duda incluso de si nacería viva, y con un amor tan grande que tengo la certeza que es lo que le ha permitido justamente afrontar y no es una mujer destruida. Eso es lo que Cristo hace con nuestra cruces. Cuando nosotros las vivimos solos, las cruces nos destruyen, el mal nos destruye y nos arrastra hacia el mal. Quien nos hace daño genera en nuestro corazón un deseo de hacer daño también, o justifica la venganza, justifica el daño que hacemos, justifica “es que me ha tratado muy mal siempre, ¿cómo voy a tratarlo bien?”. Yo creo que no hay cruz más grande, o dolor más grande que el de una madre que pierde a un hijo. Y poder ver la paz, la ausencia total de queja al Señor, la gratitud al Señor por esa hija que tiene nombre, me parecía una cosa verdaderamente tan espectacular. Esos son los verdaderos frutos de la fe. Esos son los frutos de vivir la cruz junto al Señor. No hay nada en el mundo que pueda quitarnos el amor con el que somos amados. Y no hay nada en el mundo, entonces, que pueda destruir la fuente de nuestra alegría.

Que el Señor nos conceda eso. Y si entendemos eso, hemos entendido la Buena Noticia que es el Evangelio, que es ser cristianos. Y si vivimos eso, tenemos muy poquito apostolado que hacer, porque la gente sabe que eso sólo pasa donde está Dios, donde está Dios por medio. Y cuando ven eso en nuestras vidas ven que Dios está en nuestras vidas y es en Dios en quien tienen que creer, no en nosotros.

Que el Señor nos conceda ese don.

Vamos a proclamar nuestra fe.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

16 de septiembre de 2018

S.I Catedral

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 18 Sep 2018 11:35:35 +0000
Decreto del Sr. Arzobispo sobre la iglesia de San Miguel http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45884-decreto-del-sr-arzobispo-sobre-la-iglesia-de-san-miguel.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45884-decreto-del-sr-arzobispo-sobre-la-iglesia-de-san-miguel.html Decreto del Sr. Arzobispo sobre la iglesia de San Miguel

Por el que se añade la advocación "Santa María de la Aurora" a la iglesia de "San Miguel".

FRANCISCO JAVIER MARTÍNEZ FERNÁNDEZ,

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SEDE APOSTÓLICA,
ARZOBISPO DE GRANADA
DECRETO

POR EL QUE SE AÑADE LA ADVOCACION “SANTA MARÍA DE LA AURORA” A LA IGLESIA DE “SAN MIGUEL”.

La Iglesia de San Miguel, en el Albaicín de Granada, propiedad del Arzobispado de Granada, se halla en la Placeta de San Miguel Bajo, s/n, y está adscrita a la Parroquia de San José, de acuerdo a los archivos que se conservan en la mencionada Parroquia. Según esos mismos archivos, consta que la actual Iglesia de “San Miguel” (antes “Del Glorioso Arcángel San Miguel”), en fecha 31 de octubre de 1842, quedó suprimida como Iglesia Parroquial por Decreto de 17 de septiembre del mismo año.

En esta Iglesia, desde el siglo XVI, se veneran las imágenes de Nuestro Padre Jesús del Perdón y María Santísima de la Aurora, de gran devoción en la ciudad de Granada y en el barrio del Albaicín, donde tiene su sede canónica, desde su fundación en el año 1943, la “Real, Venerable e Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús del Perdón y María Santísima de la Aurora”. La Cofradía no sólo ha acometido las obras de rehabilitación de la Iglesia, sino que tiene confiado el mantenimiento y cuidado del templo, siempre en comunión y bajo la autoridad de este Arzobispado.

El Hermano Mayor de la mencionada Cofradía en escrito de fecha 15 de septiembre de 2015 (Prot. 289/15), pidió se concediera el añadir al titular de la Iglesia de “San Miguel” el de “Santa María de la Aurora”.
Considerando lo anterior, y teniendo en cuenta la devoción y popularidad de la Sagrada Imagen de María Santísima de la Aurora en un barrio con un marcado incremento progresivo de inmigrantes, entre los que destacan los magrebíes musulmanes, y dado que la tradición islámica venera a María la Madre de Jesús, considero oportuno acoger dicha iniciativa, por el presente,


DECRETO

1. Que a partir de ahora, la Iglesia de San Miguel se denominará “SANTA MARÍA DE LA AURORA Y SAN MIGUEL”.
2. Espero que la mención de la advocación de “Santa Maria de la Aurora”, tan venerada en la ciudad y Archidiócesis de Granada, impulse y acreciente un nuevo impulso evangelizador y de vida cristiana en el barrio del Albaicín y en toda la ciudad de Granada.
3. Publíquese este Decreto en el Boletín del Arzobispado; y dése a conocer el contenido del mismo a la comunidad parroquial de la Parroquia de San José y a los miembros de la Cofradía, en la forma que el Sr. Párroco y Consiliario consideren oportuno.
4. Consérvese un ejemplar del presente Decreto en el Archivo de la Curia Metropolitana, y otro en el Archivo de la parroquia de San José.

Dado en Granada a quince de agosto de dos mil dieciocho, Solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo.

Por mandato de S.E.R

Teresa Rodriguez Arenas Vicecanciller
15 de agosto 2018

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Thu, 06 Sep 2018 13:05:42 +0000
María, espejo de la vocación de la Iglesia http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45824-maría-espejo-de-la-vocación-de-la-iglesia.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45824-maría-espejo-de-la-vocación-de-la-iglesia.html María, espejo de la vocación de la Iglesia

Homilía de Mons. Javier Martínez en la ermita de Dílar, tras participar junto a todos los fieles en el rezo del rosario de la aurora desde la parroquia de Dílar hasta dicha ermita, en el día de la Asunción de la Virgen.

Verdaderamente, qué hermoso es poder celebrar juntos, todavía antes del amanecer del día, esta preciosa fiesta de la Asunción de la Virgen, que es como la prenda de nuestra propia vida eterna, la prenda de nuestra propia resurrección.

Los cristianos no sólo creemos que hay un Dios. Eso lo han creído todas las culturas a lo largo de todos los tiempos, y probablemente lo creen también quienes dicen que no lo creen. Pero nosotros creemos que ha sucedido algo en la historia, inaudito, inimaginable para el hombre, y es que ese Dios se ha revelado como amor abrazándonos en su Hijo Jesucristo, asumiendo nuestra condición humana, naciendo de una mujer y entregándonos a Su madre como Madre nuestra, y poniéndonos en ella la prenda de su triunfo sobre el mal y sobre la muerte.

María representa siempre el espejo de lo que es la vocación de la Iglesia, de la vocación de todos nosotros. Luego, nuestras vocaciones son distintas: unos trabajan en unas cosas, otros en otras; y todos, si lo hacemos según el designio de Dios, para el bien de toda la comunidad humana. Unos tienen vocación de casados, otros, por una razón o por otra, no llegan a casarse, otros son llamados especialmente para la virginidad por el Reino de los Cielos, y sin embargo, todos podemos reconocernos en la vocación de la Virgen como aquello que Dios hace con el hombre. ¿Qué hace Dios con el hombre? Lo que hizo con la Virgen. Ella es el espejo de la vocación de todos. ¿Qué hizo con la Virgen? Quererla mucho, darse a Ella, venir a Ella, vivir en Ella, y colmarla de Su presencia de Su gracia y, al final, hacerla partícipe de Su propia Resurrección, de Su propia victoria sobre la muerte. Y ése es nuestro camino. Somos hijos de la Virgen.

Quienes vayamos a comulgar vamos a participar del Cuerpo de Cristo y vamos a recibir al Señor en nosotros, de una manera misteriosa, pero como lo recibió la Virgen, con la misma verdad, y Cristo vivirá en nosotros. Y cuando caminamos, y cuando cantamos, y cuando estamos comiendo con nuestra familia, cuando estamos celebrando un cumpleaños, y cuando vamos a trabajar, en todas las circunstancias, y cuando vamos al hospital, el Señor está con nosotros, y llevamos al Señor con nosotros incluso más –decían los antiguos cristianos- que lo llevó la Virgen, porque la Virgen lo llevó en su seno nueve meses y nosotros, desde que se ha unido a nosotros en el Bautismo y recibiéndolo en la Comunión, lo podemos llevar todos los días de nuestra vida.

Entonces, la fiesta de hoy, la fiesta de la Asunción de la Virgen en toda la Iglesia, lo que proclama es que el horizonte de nuestra vida no es la muerte; que ya tenemos una de nuestra raza, el orgullo de nuestra raza, la Hija de Dios que constituye la cumbre de la Creación. Una mujer, ya nos ha precedido en el Cielo y en el Destino al que todos estamos llamados. Ya participa plenamente de la Resurrección de Jesucristo en cuerpo y alma. Y eso es lo que esperamos para nosotros.

Una de las consecuencias de eso tendría que ser, y si tuviéramos un poquito de fe (Jesús decía “fe como un granito de mostaza”, es decir, muy chiquitita, muy chiquitita por muy chiquitita que fuera, pero un poquito de fe que tuviéramos), Señor, lo primero que tendría que desaparecer de nosotros es el miedo a la muerte, porque la muerte no es más que el terminar de nuestro peregrinar y llegar a Casa donde nos esperan siempre, siempre, los brazos abiertos del Señor.

Y sé que me diréis muchos: “Pero, los que hemos sido ‘regularillos’ en esta vida, ¿cómo nos va a tratar el Señor?”. Pues, con mucho amor. Si Dios no sabe hacer otra cosa mas que querer. Si fuéramos paganos, que no hubiéramos conocido a Dios, podríamos pensar que Dios estaba lleno de ira y lleno de cólera con nosotros, o irritado con nosotros o así. Pero Dios nos conoce; nos conoce mejor que nuestros padres; nos conoce mejor que nosotros mismos, y ya cuando se hizo hombre, y cuando dio su vida por nosotros en la cruz, sabía lo que dábamos de sí, de la madera que estamos hechos, y no ha dejado nunca de querernos, nunca se ha arrepentido de querernos, nunca se ha arrepentido ni se ha cansado de estar a nuestro lado.

Entonces, ¿cuál es nuestra esperanza? Señor, Virgen de las Nieves, Madre del Señor, acompáñanos en el camino de la vida; que no nos desesperemos; que no pensemos como que la muerte es un final y que lo único que hacemos en esta vida son esas cosas que hacemos, que son siempre muy poquitas, pero cuando parece que ya vamos consiguiendo que la casa sea una casa, y la tenemos toda amueblada, entonces empiezan a doler unas partes del cuerpo u otras, o empieza uno a ir con más frecuencia a la Seguridad Social o por el ambulatorio, o viene el alzhéimer y dices, si la vida fuera lo que podemos hacer en esta vida qué poquito es y cuántas fatigas, Dios mío. Pero esta vida no es más, como un peregrinar (…) caminar, pero sabemos a dónde caminamos. Ésa es la diferencia. Mientras que el hombre o la persona que no tiene fe da vueltas alrededor de la vida, pero sin poder tener la conciencia de que nadie me espera al final. Nosotros sabemos que nos esperan siempre los brazos abiertos del Señor, llenos de amor por nosotros, llenos de misericordia y llenos de ternura, y nos espera el amor, la protección, la intercesión de nuestra Madre la Virgen, que nos la ha dado Jesucristo como madre nuestra en la cruz.

Por lo tanto, tenemos que vivir con la esperanza del Cielo, no tratando de retrasar nada, es decir, de seguir imaginándonos que somos jóvenes y seguir pidiéndole al Señor que tengamos veinte años cuando ya tenemos setenta. Esas peticiones no las escucha Dios. Vamos a nuestra Casa. Vamos al Cielo.

Y fijaros, decimos “la muerte nos separa”. Nos separa y nos une, porque en esta vida no podemos estar juntos más que como (…) un garbanzo está al lado del otro, una manzana está al lado de otra manzana, pero cuando nuestros seres queridos van yendo al Cielo, resulta que ya no hay el cuerpo que nos separa y en la Comunión nos unimos todos y siguen con nosotros, y siguen intercediendo por nosotros, y nosotros por ellos, para que si algún pecado tuvieran que el Señor haya querido purificar, que no sufran, que la victoria final siempre es de Dios. Y eso celebramos el día del 15 de agosto, aparte de celebrar que el beneficiado Martín se vio aquí metido en una tormenta gorda, y en mitad de esa tormenta invocó al Señor y le atendió, y le protegió la Virgen. Y con ese motivo ha nacido esta ermita que nos permite a todos el celebrar hoy (…).

Qué bendición aquella tormenta y aquel episodio que nos ha permitido tener la imagen de Nuestra Señora y el recuerdo de Nuestra Señora tan cerquita del pueblo y por encima de las casas del pueblo, para que su amor y su bendición se derrame sobre nuestros hogares. Sé que venís de muchas partes (…) que la bendición, el cariño y el amor de nuestra Madre nos acompañe en la vida, para que podamos vivir más contentos, menos tensos, menos crispados, más gozosos. Si para nosotros vivir es como una partida de póquer, donde tenemos las cartas marcadas, y que vamos a ganar, porque ha ganado el Señor por nosotros. Que la victoria final es nuestra. No porque nosotros lo merezcamos. Nadie merece el Cielo. Porque el Señor lo ha merecido por nosotros. El Señor ha derramado Su sangre por nosotros. ¿O es que Su sangre va a ser inútil?, ¿o es que Su Madre, que nos ha dado como nuestra madre, no va a servir para nada? No, claro que sirve. Apoyaos en Ella. Agarraos al cuello y pedirLe. Claro que hay que pedirLe… Cuando nos escucha siempre, siempre, es cuando Le pedimos “Señor, que sepamos vivir como hijos tuyos”. Que no nos apartemos de Ti, que nos lleves al Cielo (…).

A veces, incluso cuando pedimos la salud, nunca estamos seguros de que la salud sea un bien. Cuántas veces una enfermedad nos ha servido para descubrir al Señor, nos ha servido para querernos un poco más, quienes pensábamos que no nos queríamos tanto, y se une la familia entorno a esa enfermedad (…).

Dios mío, suceda lo que suceda, no nos sucede nunca nada malo. Lo único malo sería perderse el Cielo, y el Cielo no nos los vamos a perder, no porque nos lo merezcamos, sino porque el Amor de Dios es infinito. Él lo ha merecido para nosotros. Entonces, ¿podemos vivir contentos? Claro que podemos celebrar ser cristianos (…).

El Señor todas nuestras cosas las conoce y aún así podemos abrazar a quien nos ha hecho mal. Podemos querer a quien no nos quiere. Podemos ir sembrando amor en un mundo que está tan necesitado de amor como de pan o de aire para respirar, y de agua. Podemos ir sembrando amor. ¿Por qué? Porque hemos recibido el Amor infinito de Dios y ese Amor infinito de Dios es nuestra esperanza. Y esa esperanza no nos la puede quitar nadie. Y la alegría, que nace de saber que nuestro destino es la vida eterna, es el Cielo; es como una romería, pero sin dolores y sin resacas, eso es el Cielo (…).

El Señor lo dijo así: “Yo pondré en este monte un banquete de vinos generosos y de alimento suculento para todos los pueblos”. Eso es el Cielo: una fiesta llena de amor y que no hay nada más bonito. Y ése es nuestro destino. Y eso empieza ya aquí, estos signos son comienzos del Cielo. ¿Por qué nos sentimos tan a gusto cuando estamos todos al lado de la imagen del Señor o de la Virgen? Pues, porque intuimos que para eso es para lo que estamos hechos, para ser hijos de una misma familia, como hermanos los unos con otros, queriéndonos lo mejor que sepamos y lo otro lo suple el Señor. ¿Y nuestra esperanza? El cielo. Ya veréis como nos acordamos allí (…).

Que nadie nos quite ni la alegría ni la esperanza que Jesucristo ha venido a sembrar en nuestro corazones, porque no hay nada que haga la vida más digna de ser vivida, más bonita de vivirla. Que así sea para todos vosotros, los que estáis aquí y para vuestras familias.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

15 de agosto de 2018

Ermita de Dílar

Vídeo de la Eucaristía en Dílar en el día de la Asunción de la Virgen

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 04 Sep 2018 11:28:34 +0000
“La vida cristiana es un bien precioso que el mundo necesita” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45822-“la-vida-cristiana-es-un-bien-precioso-que-el-mundo-necesita”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45822-“la-vida-cristiana-es-un-bien-precioso-que-el-mundo-necesita”.html “La vida cristiana es un bien precioso que el mundo necesita”

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Santa Misa del XXII Domingo del Tiempo Ordinario, en la Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

queridos hermanos y amigos (a los que regresáis hoy, después de un tiempo de descanso, un buen comienzo de la vida normal; un descanso, sin duda, con el deseo de que ese descanso haya sido fructífero para vuestras vidas, para vuestras familias y para cada uno de vosotros. Los que estáis de viaje camino de vuestros hogares que el Señor os permita llegar con paz y empezar el lunes sin demasiado síndrome de vuelta de las vacaciones, a esa vida muchas veces tan frenética que el mundo actual nos obliga a vivir un poco a todos, y a veces tan inhumana):

Las lecturas de hoy nos ponen ante nuestro ojos una visión de conjunto de la vida moral cristiana y nos dan muchas claves para entendernos a nosotros mismos y para entender nuestra vida. La pregunta que se hace en la Primera Lectura: “¿Qué pueblo hay que tenga un dios tan cercano como el nuestro?”. Ninguno. Nuestro Dios es tan cercano que se ha hecho uno de nosotros. Y se ha hecho –como le gustaba decir a San Juan Pablo II- compañero de camino en nuestra vida de hombres y mujeres en medio de este mundo. Le tenemos siempre a nuestro lado. Le tenemos siempre a nuestro lado y, cuando muchos de vosotros recibáis la Comunión, Le recibimos en nuestra carne, en nuestro ser y es uno con nosotros. Y eso debería liberarnos del miedo: del miedo a las circunstancias, del miedo al paso del tiempo, del miedo a las dificultades que surgen de nuestro corazón o del mal de los hombres. Tenemos al Señor con nosotros. Podríamos decir como San Pablo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?”. ¿Quién nos puede apartar del amor de Cristo? Y es en Cristo donde tenemos todo. “Todo es vuestro, vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios”. En Cristo lo tenemos todo. Tenemos la vida eterna ya, en este mundo de dolor, y de dificultades, y de pequeñeces, y de miserias, y de pobrezas. Está el Señor en medio de nosotros. Y ésa es la raíz verdadera de la vida moral.

Otro segundo aspecto que subraya esas mismas preguntas que hace la Primera Lectura es el comprender que la propuesta de vida que el Señor nos ha comunicado, y que se ha ido articulando en la vida de la Iglesia, es un bien para nosotros, es un bien para la vida. La moral cristiana es un bien. No son simplemente una serie de reglas que Dios nos ha propuesto para cumplir de una forma caprichosa y arbitraria, como son muchas de las reglas con las que se funciona a veces en las organizaciones humanas, incluso a nivel grande: hay que poner unas reglas para que funcionemos, bueno pues el Señor nos ha puesto también una especia de reglas de tráfico. No.

Lo que el Señor nos propone, y que a la luz de Jesucristo es muy sencillo, es vivir, sumergirnos en el amor infinito de Dios y tratar de aprender a querernos lo mejor posible los unos a los otros. Y en eso se reduce toda la ley y los profetas, como decía el Señor. Todos comprendemos, o podíamos comprender fácilmente que es un bien. La vida cristiana es un bien. La belleza de un matrimonio cristiano, de una familia cristiana. No digo sin cruces, no digo sin dificultades. Dios sabe cuántas pueden ser esas dificultades y, además, en el mundo en el que estamos, en el aire tan contaminado que respiramos todos los días acerca de las relaciones laborales, las relaciones humanas, las relaciones entre hombre y mujer, de la amistad, del deterioro de tantas cosas en la vida, de tanta humanidad.

En medio de eso, más y más, la vida cristiana puede volver a aparecer como una luz que brilla en la noche (la luz de la cerilla es una luz que ilumina nuestro caminar). La vida cristiana no son una serie de reglas caprichosamente impuestas por Dios; son un bien. El modo de relación humana que nace del conocimiento de Cristo y del amor de Dios en Jesucristo es un bien, un bien precioso. Hasta la relación esponsal se hace infinitamente más bella. Entre otras cosas, de Cristo hemos aprendido una cosa que marca toda la vida moral, pero que hace la vida humana grande y que hace, si queréis, lo mejor de la cultura humana en Europa y en otras partes donde el cristianismo ha llegado, bella y grande, yo diría algo así como un sentido de la gratuidad, del honor, no del “cumplo y miento”, no del mínimo necesario, sino, sencillamente, estamos invitados a ser como Dios, a participar de la vida de Dios, a amar como Dios no ama. “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como Yo os he amado”. Es decir, sin condiciones, sin límites. Yo sé que eso en la vida cotidiana se hace terriblemente difícil a veces; que uno no tiene uno ya más fuerzas para aguantar. Y siempre es posible un gesto de perdón, un gesto de misericordia, un apartarse para cobrar distancia, a veces, de algún problema esa distancia es necesaria para poder verlo en perspectiva y no que nos atolondre o que nos parezca que cubre toda la vida. “Esta persona me tiene manía”. Y eso, cuando es en el seno de una familia, se convierte en una especie de veneno, que envenena la vida y hace falta distanciarse un poco, verlo con otra luz, hace falta un buen consejo, hace falta una comunidad cristiana o un sacerdote o alguien que pueda acompañar en esos momentos más difíciles.

Pero la vida cristiana es un bien; un bien precioso que el mundo necesita. Nuestras sociedades se mueren y nadie se atreve a decir que se mueren porque hemos perdido a Dios. También lo dijo san Juan Pablo II multitud de veces: una sociedad se puede construir de espaldas a Dios, pero una sociedad de espaldas a Dios se vuelve necesariamente una sociedad que se vuelve contra el hombre, se vuelve contra nuestra propia vida. Y al final, ¿cuál es nuestro destino?, ¿cuál es nuestro horizonte?, ¿el del pez grande que se come al chico?, ¿el de la vida de la selva?, ¿el de la lucha de poder? Nada más que eso. Pero, ¿se puede llamar a eso vida humana? No. Realmente, no.

El horizonte del amor al que Cristo nos ha abierto es el único que hace verdaderamente la vida grande, gozosamente humana, agradecidamente humana. Y no porque falten los motivos de dolor o de sufrimiento, no porque falten; sino porque hay siempre un amor más grande que permite atravesarlos sostenidos por ese Amor y manteniendo, sin que se degrade, nuestra humanidad. Y con la conciencia del perdón. O sea, cuando hemos caído, cuando no hemos sido capaces de querer bien, cuando hemos metido la pata, cuando nos hemos equivocado. Aunque sean equivocaciones muy grandes de las que a veces los hombres cometemos en la vida, Señor, siempre puede uno volverse a Ti, colgarse de Tu cruz y volver a empezar de nuevo. Y volver a empezar de nuevo sin renunciar a nada del horizonte bello que Tú has querido para mi cuando me has creado.

Un último pensamiento, brevísimo, que estaba en el Evangelio. La moral no viene de fuera a adentro. La moral no es una cuestión de apariencias, no es una cuestión de cumplir unos ritos. La Iglesia ha distinguido siempre entre los mandamientos de la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia. La moral cristiana nace del corazón hacia fuera. Lo que hay que pedirLe al Señor es que cambie nuestro corazón; que quite nuestro corazón de piedra y lo haga de carne; que haga que nuestro corazón se parezca más al suyo. Sólo así somos felices. Una moral de fuera es una moral hipócrita, una moral de apariencias. Es una moral de guardar la fachada: mantener las fachadas limpias y por dentro llenos de podredumbre. Como decía Jesús: “sepulcros blanqueados”. No. No es ése el horizonte de nuestra vida. Podemos meter la pata mil veces, pero si nuestro corazón está queriendo luchar, ese corazón está bendecido por el Señor. Podemos tener una fachada perfecta y si nuestro corazón está podrido, esa podredumbre sigue ahí, y el Señor la ve.

Señor, haz que cuidemos de nuestro corazón y que nuestras obras reflejen lo que somos: pobres criaturas que se equivocan, pero amadas infinitamente por Ti. Y con la certeza de que nunca Te cansarás de amarnos. ¿Qué pueblo hay que haya tenido unos dioses tan cercanos? Ninguno. Nunca Te cansarás de amarnos. Ésa es la clave más profunda de toda nuestra moral.

Vamos a profesar nuestra fe.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

S.I Catedral

2 de septiembre de 2018

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 04 Sep 2018 11:18:33 +0000
Los signos de la Presencia de Dios en la persona del Rey Balduino de Bélgica http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45654-los-signos-de-la-presencia-de-dios-en-la-persona-del-rey-balduino-de-bélgica.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45654-los-signos-de-la-presencia-de-dios-en-la-persona-del-rey-balduino-de-bélgica.html Los signos de la Presencia de Dios en la persona del Rey Balduino de Bélgica

Homilía en la Eucaristía con motivo del 25 aniversario del fallecimiento del Rey Balduino de Bélgica. Mons. Martínez recordó la fe del monarca de la que dio testimonio desde su responsabilidad regia, cercano a quienes sufrían y de vida sencilla.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

Altezas, familiares y amigos del Príncipe Balduino;

queridas autoridades;

hermanos y amigos todos:

Los cristianos siempre que nos reunimos, nos reunimos para dar gracias a Dios sean cuales sean las circunstancias de nuestra vida, que unas veces –humanamente hablando- parecen preciosas y no nos cuesta nada esa gratitud; otras veces pueden parecer muy oscuras y hacerse verdaderamente duras o difíciles. Aún así, nosotros siempre damos gracias a Dios. También en los funerales. Si os fijáis, cuando vamos a despedir a los restos de un hermano nuestro, antes de depositarlos en la tierra, damos gracias a Dios y decimos, siempre comienza la Plegaria eucarística “es justo y es necesario, es nuestro deber y nuestra salvación”, dar gracias, dar gracias.

¿Por qué? Porque Jesucristo nos ha abierto el horizonte de la Vida Eterna. Nos ha abierto ese horizonte al abrirnos el horizonte del Amor infinito de Dios Padre por cada uno de nosotros. Y justo al abrirnos ese horizonte no es que nos haya -diríamos- arrancado o apartado de nuestras preocupaciones o de nuestras tareas en la vida. Lo que ha permitido es que nuestra vida tenga sentido; que tengamos una dirección, una orientación, una meta, una razón de ser. Si Jesucristo no hubiese resucitado, la vida humana carecería de sentido, realmente; o tendríamos que buscar sentidos extraños en los ciclos de la creación o cosas así, pero que no sirven para explicar ni la poesía, ni el amor humano, ni el dramatismo con que inevitablemente los seres humanos vivimos nuestras vidas.

Por lo tanto, quienes hemos nacido en un mundo cristiano no somos conscientes del bien inmenso, de la alegría inmensa, del gozo inmenso que significa haber conocido a Jesucristo, y a Dios en Jesucristo y a través de Jesucristo. Todas las culturas del mundo son dignas de respeto, sin duda ninguna. Y en todas hay cosas de las que cristianos y no cristianos podemos aprender si tenemos una curiosidad y un corazón abierto. Pero yo os aseguro que cualquier cultura grande y seria, que afronta el significado de la vida humana, se topa siempre con la tragedia. Desde la cultura griega, en lo mejor de sí misma, hasta el mejor cine japonés tiene la herida de la imposibilidad de dar una respuesta al drama que soy yo y al drama que es amar la vida y tomarse en serio la vida, y amar a las personas.

Cristo no nos quita ese drama, pero lo ilumina, lo ilumina de alguna manera mediante una tremenda paradoja que el Evangelio de hoy nos recordaba. ¿Quién puede pedir a un ser humano que ame a una persona más que a su padre y a su madre, más que a sus hermanos, más que a su esposa o a su esposo, más que a sí mismo? ¿Quién puede pedirlo? Es una pretensión tremenda la de Jesús. Y sin embargo, de nuevo, si falta Jesús, hasta esas relaciones humanas, que son las más bellas, las más sagradas, las que todas las culturas reconocen que tienen una dimensión sagrada, o se convierten en idolatría (se idolatra y luego con tanta frecuencia se frustra el amor matrimonial; se idolatra a los hijos fácilmente y se idolatran todas las realidades que nos rodean y ninguna es capaz de llenar nuestra vida de sentido). Curiosamente, sólo cuando ponemos a Cristo por encima de nuestro padres somos capaces de amar bien a nuestros padres; sólo cuando ponemos a Cristo por encima de nuestros bienes, de nuestras relaciones familiares más cercanas… -la de los hijos, sólo una madre que es capaz de poner a Cristo por delante de sus hijos es capaz de amar bien a sus hijos: de retirarse cuando hay que retirarse, de acercarse cuando hay que acercarse, de guiar cuando hay que guiar, de callarse cuando hay que callarse, de tantas cosas-. Porque el amor es todo un ejercicio y de un ejercicio que no se aprende jamás del todo. Tenemos la vida eterna. Quienes hemos conocido a Jesucristo sabemos que tenemos la vida eterna para aprender a querernos mejor. Esta vida es demasiado corta, apenas aprendemos a querernos un poquito, apenas aprendemos a querernos realmente bien. Y sin embargo, nos damos cuenta de la belleza de ese amor, pero ese amor no está condenado simplemente a la muerte. Está abierto a la plenitud de la vida eterna, de la participación en la vida inmortal de Dios, nuestra fuente y nuestra plenitud. Por eso, para nosotros, la muerte no es un acontecimiento particularmente triste. No. Eso para quien no tiene el horizonte de la vida eterna sí, porque es lo último, porque es lo único: la vida se convierte en una especie de bien al que hay que agarrase de todas, todas. Para nosotros, no. Es mucho más terrible el pecado que la muerte. Es un mal mucho más destructivo el pecado que la muerte. La muerte es simplemente el final de nuestra peregrinación y si nuestros ojos estuvieran abiertos sin la niebla y la oscuridad del pecado, el cumplirse la vida y el desembocar de nuestra vida en el Amor infinito de Dios, y en la belleza, y en el esplendor de ese Amor infinito, el cual todas las bellezas del amor humano proceden, todo lo que hay de bonito en la vida humana, que es mucho, y en el amor humano, que es muchísimo, todo eso proceden, nacen de la infinitud de Dios.

Sé que está aquí, nos acompaña también hoy, el escultor de santa Josefina Bakhita, que el sábado bendecíamos, y a mi juicio ha sido oportunísimo el poder tenerla para esta Eucaristía de hoy. Pero lo que nos reúne de una manera especial son los 25 años de la muerte del Rey Balduino. Por supuesto que pedimos por su alma. Pedimos que participe plenamente ya del Triunfo de Jesucristo. Pero, al mismo tiempo, damos gracias. Damos gracias por su vida, damos gracias por su persona, damos gracias por su experiencia cristiana, en un mundo, además, tan falto de referencias como el nuestro, tan falto de personas, de buenos gobernantes cuyas vidas podamos imitar creciendo nosotros al imitarlas. En un mundo así, en un mundo que parece como una ciudad post moderna llena de fragmentos y de trozos sueltos pero sin una línea en el horizonte, sin una meta, sin otras propuestas que las de vivir y hacer de esta vida un pastel lo más digerible posible, pero que no conseguimos llenar de esperanza a las generaciones más jóvenes con todos nuestros medios y con todas nuestras posibilidades técnicas y con toda nuestra ciencia. Necesitamos referencias. Y el Rey Balduino y su esposa Fabiola han sido para Europa una referencia de muchas maneras. En ellos se cumplía, a mi juicio de una manera muy verdadera, el vivir “en la vida y en la muerte somos del Señor”: “Ya comáis, ya bebáis, hacedlo todo para el Señor”.

Es, en realidad, lo mismo que propone el Evangelio, le llamamos Señor, pero que sea verdaderamente el Señor de nuestras vidas. Y eso no nos arranca nada. Es, al contrario. Es cuando nos falta Cristo cuando la vida se nos va como entre las manos y no sabemos qué hacer con ella, ni para qué estamos en ella, ni cuál es nuestra tarea en la vida. Cuando ponemos a Cristo por encima, como el centro de todo, como la fuente de nuestra esperanza y de nuestra plenitud, la fuente de nuestra vida -decía San Pablo a los Colosenses: “Todo ha sido creado por Él y para Él y todo tiene en Él su consistencia” (y todo es todo)-; cuando ponemos, reconocemos que Cristo es todo, es entonces cuando todas las cosas, cuando recuperamos también nuestra propia persona, pasamos a ser protagonistas de nuestra historia, no meras realidades pasivas que padecen las circunstancias de la vida, sino protagonistas de una historia y, además, es una historia de amor que termina en el Triunfo final del Amor de Dios sobre todo.

Quienes vivís en Motril, quienes lo habéis conocido, la familia que habéis tenido el privilegio de tenerle, y de tenerlos cerca, es muy fácil hoy dar gracias. A quienes nos hemos asomado un poquito a sus vidas también nos es fácil hoy dar gracias. Y yo le pido al Señor que cuando sea prudente y cuando sea oportuno podamos comenzar si Dios quiere el proceso de beatificación de Balduino, al menos el de Balduino. Y luego, Dios dirá y la Iglesia juzgará, pero que son en este momento ya para nosotros un ejemplo precioso.

A mi me parece que cuando la experiencia cristiana es verdadera va acompañada de algunas cosas que es muy fácil reconocer en él. Una la sencillez. Uno es lo que es y no pretende ser más que lo que es. Entonces, uno puede tener cualquier misión en la vida, cualquier tarea, y dar gracias y vivirla con gusto y con gozo. Y una puede llegar a ser rey y ser rey con gusto, con gozo. Me decíais alguno de vosotros que unos pocos días antes de su muerte había celebrado el día nacional con toda naturalidad cuando él estaba ya extraordinariamente cansado y tal vez consciente de que llegaba o se aproximaba el fin de sus días. Esa sencillez, ese vivir la vida con naturalidad sin pretender nada ni de los demás, ni de uno mismo, sino servir como un trabajador humilde y sencillo en la viña del Señor es un signo de Dios. Cuando hay que poner mucho oropel y mucha foto, y muchos periodistas, y eso se nota que tiene algo de falso, por ahí no anda Dios.

Y otro rasgo es el amor a los humildes, a los sencillos. Es providencia. Yo nunca pensé que estaríamos celebrando esta Eucaristía aquí, el que esta iglesia haya sido dedicada a Santa Josefina Bakhita. Confieso que lo pensé, porque Motril es uno de los puntos donde desembocan las pateras de nuestros hermanos africanos, porque me cae muy simpática y me gusta mucho su vida (…). Alfonso me hacía consciente de ello hace unos días, hablando de su cariño por los marginados, por los emigrantes; cómo se escapaba para ayudar a personas verdaderamente necesitadas. Me contaba que en el funeral suyo una prostituta no belga, sino de un país del Tercer Mundo, dio un precioso testimonio de cómo las cuidaba, de cómo las ayudaba, y de cómo se preocupaba por ellas y porque pudieran salir del mundo en el que estaban. Y cuando terminó su testimonio dijo “y ahora que él se ha marchado, ¿quién nos va a cuidar?”. Me parece precioso. Son signos, que todos podemos hacer en nuestras vidas. Porque si la misión de nuestra vida es que crezca en nosotros la Presencia de ese Dios que es Amor y que hemos conocido en Jesucristo, Dios mío, todo lo que tenemos que hacer es pedir que se nos ayude, que la Gracia nos ayude a querer más, a querer mejor, que podamos vivir con esa misma sencillez y que podamos aprender a querer queriendo a los de cerca y a todo el que se acerque a nosotros o se tropiece con nosotros en el camino de la vida.

Celebrar el 25 aniversario de la muerte de Balduino es un poco recordar todos estos motivos de acción de gracias y pedir para nosotros también que nos embarquemos en ese camino de poner a Cristo por encima de todo, no contra todo, sino para poder gozar de todo. San Pablo dijo en otro lugar: “Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios”. Cuando somos de Cristo somos los seres más ricos del mundo realmente. Porque en Él lo tenemos todo y en Él nos tenemos sobre todo a nosotros mismos y tenemos la capacidad de darnos, porque dándonos sabemos que no nos perdemos, nos recuperamos, nos ganamos. Cristo, como dijo Benedicto XVI en su Misa de inauguración de su pontificado: Cristo no nos quita a los seres humanos nunca nada, nunca; Cristo nos da todo, nos da nuestra plenitud.

Señor, conduce al Rey Balduino, conduce a su familia a la Gloria eterna, condúcenos a todos nosotros a gozar un día de ese banquete que simbolizamos de una manera misteriosa en la Eucaristía pero que es el banquete del Reino de los Cielos del que todos esperamos juntos participar y gozar.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

31 de julio de 2018.

Iglesia Santa Josefina Bakhita (Playa Granada, Motril)

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Fri, 03 Aug 2018 11:53:07 +0000
Decreto de Coronación Canónica de Nuestra Señora de la Esperanza de Granada http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45616-decreto-de-coronación-canónica-de-nuestra-señora-de-la-esperanza-de-granada.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45616-decreto-de-coronación-canónica-de-nuestra-señora-de-la-esperanza-de-granada.html Decreto de Coronación Canónica de Nuestra Señora de la Esperanza de Granada

Establece el 13 de octubre de 2018 la fecha de Coronación.

Fecha: 20/06/2018. Publicado en: Semanario Diocesano Fiesta de Granada y Guadix

CORONACIÓN CANÓNICA DE LA IMAGEN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA VENERADA BAJO EL TÍTULO “NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA”, EN LA PARROQUIA DE SAN GIL Y SANTA ANA DE LA CIUDAD DE GRANADA.

FRANCISCO JAVIER MARTÍNEZ FERNÁNDEZ

POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SEDE APOSTÓLICA

ARZOBISPO DE GRANADA

Su Santidad el Papa Francisco concedió el 26 de enero de 2017, memoria de los santos Timoteo y Tito, por mediación de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Prot. N. 588/16, el singular privilegio de la coronación canónica pontificia de la imagen de la Santísima Virgen María, venerada bajo la advocación de “Nuestra Señora de la Esperanza”, en la Parroquia de San Gil y Santa Ana, Archidiócesis de Granada.

El culto a esta venerada Imagen se remonta a 1718, cuando, según consta acreditado documentalmente, el insigne escultor granadino D. José Risueño y Alconchel la tallara para la Hemandad del Entierro de Cristo de las Tres Necesidades; radicada en la desaparecida Iglesia de San Gil, sita en la collación del mismo nombre, en el entorno de la Plaza Nueva.

Como titular de la citada Hermandad, y bajo su advocación originaria de Nuestra Señora de las Tres Necesidades, la Sagrada Imagen recibió de los granadinos desde entonces culto. En 1869, la Iglesia de San Gil fue demolida, y la Sagrada Imagen ocupó un lugar destacado en la vecina Iglesia de Santa Ana, la cual pasó a denominarse San Gil y Santa Ana.

En la actualidad, la imagen es titular de la Real Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder y Nuestra Señora de la Esperanza, radicada en la mencionada parroquia de San Gil y Santa Ana de la ciudad de Granada, llamada también por el pueblo "Hermandad de la Esperanza". Desde su fundación en el año 1927, la Hermandad ha dado culto a la Sagrada Imagen Dolorosa bajo la advocación de "Nuestra Señora de la Esperanza", y en las últimas décadas la veneración a la Sagrada Imagen ha ido aumentado entre cofrades y feligreses granadinos, y aún fuera de la Ciudad, hasta convertirse en un auténtico referente devocional, siendo no pocos los favores que le son atribuidos.

En este sentido son abundantes los actos de culto que la Hermandad tributa a la Sagrada Imagen, los cuales gozan de gran participación y solemnidad, entre otros muchos puede hacerse especial referencia a la celebración durante el Adviento del Triduo en honor de Nuestra Señora de la Esperanza, que culmina el día 18 de diciembre, Festividad de la Expectación de Nuestra Señora, con la celebración de la función solemne en su honor. La Sagrada Imagen es expuesta en besamanos, recibiendo el cariño y respeto de cientos de fieles que se hacen presentes para venerar a María Santísima en su advocación de "Nuestra Señora de la Esperanza".

Por ello, en virtud de las facultades que me son concedidas en el Decreto de la Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, por el presente DISPONGO que la IMAGEN de “Nuestra Señora de la Esperanza”, venerada en esta Archidiócesis de Granada, SEA CORONADA CANÓNICAMENTE, según lo dispuesto en el Ritual de la Coronación de una imagen de la Santísima Virgen María, el sábado 13 de octubre de 2018.

Confiando que la coronación canónica de la imagen de la “Nuestra Señora de la Esperanza”, contribuirá a que los miembros de la citada Hermandad y los cristianos de esta Archidiócesis imiten a la Madre de Dios en sus virtudes, amando a los hermanos, dando testimonio de su fe y ayudando a los más necesitados, mando extender el presente DECRETO, para perpetua memoria y a mayor gloria de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en Granada, a, trece de junio del año dos mil dieciocho.

+ Francisco Javier Martínez Fernández

Arzobispo de Granada

20 de junio de 2018

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 30 Jul 2018 11:30:24 +0000
Cristo, el Rey de nuestra vida http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45576-cristo-el-rey-de-nuestra-vida.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45576-cristo-el-rey-de-nuestra-vida.html Cristo, el Rey de nuestra vida

Homilía de Mons. Martínez en la Eucaristía celebrada en la clausura de los actos conmemorativos del centenario del fallecimiento del padre José Gras y Granollers, fundador de la congregación de Hijas de Cristo Rey, cuya Casa Madre está en Granada.

Decía un Padre de la Iglesia que las moradas de los hijos de Dios, en el cielo, de los santos en el cielo, serán lo suficientemente grandes, o serán de un tamaño concorde a los discípulos que cada cual haya reunido. Dios mío, celebrar la clausura de este centenario con la Catedral de Granada llena (…) quiere decir que la morada de José Gras y Granollers en el Cielo tiene que ser una morada muy grande para que quepáis todos. Es una imagen bellísima del fundamental motivo de gratitud por su persona y por su obra.

Os saludo a todos, los de cerca y los de lejos. Saludo especialmente al Deán y al Vicario General de Seu de Urgell, que nos acompañan.

Saludo muy cariñosamente a D. Juan Sánchez Ocaña, que está también con nosotros y que tanto de su vida ha dedicado por una parte a la Abadía del Sacromonte, y por otra a dar a conocer la vida de José Gras y Granollers.

Saludo a las Hijas de Cristo Rey, que habéis continuado su obra y que participáis de la fecundidad de su vida, porque cooperareis sencillamente en la difusión de la obra que él empezó; una obra hecha con amor, con pasión, y a la que le dedicó lo mejor de sus esfuerzos y de su vida.

En una homilía no es momento de profundizar en muchas cosas, pero quería subrayar dos detalles. Es verdad que la imagen de Cristo Rey puede parecer entre nosotros como vinculada a un tiempo en el que, al menos algunos, podrían usarla como añoranza del antiguo régimen, del régimen monárquico que las sucesivas revoluciones liberales y de otro tipo habían ido destruyendo en Europa. Pero tienen un sentido mucho más profundo que es importante recordar y que nos recuerda el primer Credo cristiano. Era justamente la afirmación “Jesús es el Señor”, Jesús es el “kyrios”. Pero, para nosotros, decir “Jesús es el Señor”, o dirigirnos al Señor, es una palabra tan gastada que casi no tiene ninguna connotación humana. Y sin embargo, “kyrios” era el término que se usaba para el emperador de Roma, por la tanto era una palabra peligrosísima. Decir “Jesús es el Señor” era algo que le comprometía a uno. En los momentos de persecución más violenta, le comprometía a uno la vida.

Y esa era el primer símbolo de la fe de los cristianos ya en tiempos de San Pablo (…) y hubo mártires que sencillamente fueron condenados a muerte por no bajar la cabeza cuando el emperador pasaba por delante, por la sencilla razón de que ellos eran súbditos de otro Rey, súbditos de otro Emperador, súbditos de otro Señor.

En el tiempo de D. José Gras era casi igual de peligroso afirmar la realeza de Cristo. Y sin embargo, era una manera como de ir al corazón del cristianismo (…). La religión cristiana consiste en el amor y la sumisión de la vida a Cristo, nuestro Rey. La experiencia cristiana es la pertenencia a Cristo. Como san Juan Pablo II subrayó que no habría evangelización en el siglo XXI si no se recuperaba la Primacía de la Gracia y el Papa Francisco no hace mas que afirmar esa Primacía constantemente cuando habla que Dios nos “primerea”: antes de que nosotros hagamos nada por Dios, Dios lo ha hecho todo por nosotros.

Cualquier gesto humano dirigido a Dios es ya una gracia concedida, porque jamás podríamos los hombres -no digo amar a Dios, ni servirnos- casi ni conocerlo. Recordar que Cristo es la humanidad de Dios y que Dios ha querido hacerse cercano a nosotros, partícipe de nuestra condición humana, para poder hacernos a nosotros partícipes de nuestra vida divina. Él es nuestro Señor por derecho de conquista, Aquel a quien pertenece nuestra vida (…). Vivir para Cristo. Esa es la vida de la Esposa, esa es la vida de la Iglesia. Que Cristo sea el Señor de nuestros deseos, de nuestros pensamientos, de nuestras acciones, que empiecen en Ti y en Ti termine, que se dirijan a Ti, de nuestras vidas. Eso es ser cristiano.

En el mundo moderno eso era fácil separarlo en cierto modo del amor a los hombres. Pero, a estas alturas de la historia, por las experiencias vividas a lo largo del siglo XX, en España y en Europa, y en el mundo, yo creo que está suficientemente claro que un verdadero amor al bien de los hombres no es posible mas que si el corazón de piedra que los hombres tenemos y que reaccionamos a tantas cosas está tocado y transformado por el corazón de Cristo. Ensanchado a la medida del corazón de Cristo. Sólo si amamos a Dios, podemos amar a los hombres; igual que si amamos a los hombres, podemos decir que amamos a Dios. Son dos realidades que están en relación total la una con la otra; que crecen en proporción directa. Cuando el amor a Dios no es mentira, el amor a Dios no es amor al Dios verdadero si no es amor a los hombres y al bien de los hombres, y a la verdad que hace posible una humanidad bella y buena.

Me parece un don precioso del fundador de las Hijas de Cristo Rey esa centralidad de la persona de Cristo. Cristo es Rey pero es ese Rey singular que conquista, que accede a la posesión de nuestras vidas poniéndose en lugar nuestro, descentrándose, entregándose a la muerte y una muerte de cruz para que nosotros vivamos (…). Por eso, eres Señor y se puede doblar ante Ti toda rodilla en el Cielo, en la tierra, en el abismo.

Nosotros no somos propagadores de valores cristianos. Nosotros no somos siervos de una serie de palabras abstractas (solidaridad, justicia, ni siquiera la palabra amor). Somos siervos de Cristo, amigos de Cristo. Somos miembros del cuerpo de Crispo por su Amor. Y eso nos hace testigos de Él y del Amor hasta la muerte, hacia los hombres por Él. Porque no se puede ser de Cristo y no tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús.

Y el segundo aspecto que yo quisiera subrayar en esta acción de gracias es el papel de la educación. En el mundo convulso, muy convulso del siglo XIX en España y en Europa, es una intuición el caer en la cuenta que las multitudes se alejaban, iniciaban su alejamiento de la Iglesia, debido a la ignorancia de la fe, debido a la ignorancia de Cristo, debido también a unas circunstanciadas sociales que hacían que cuando uno miraba a la Iglesia no fuese algo evidente su pertenencia a Cristo, se hacían mas visibles sus instrumentos de poder, u otras cosas, su abundancia de medios económicos y cosas de ese tipo. Comprender lo que Benedicto XVI ha llamado después, pero que es algo evidente para todos, que en aquel mundo de finales del siglo XIX y de comienzos del XX se iniciaba una gran “emergencia educativa”, era una intuición, era un don de Dios. Y consagrar la vida a la creación de un instituto que estuviese dedicado a la educación de niñas, de mujeres, también era una intuición feliz, profunda, en un mundo que reducía la vida de la mujer a labores verdaderamente secundarias en la vida humana, en la vida de la sociedad. Que no es el pensamiento cristiano, que no fue en la Antigüedad así, que no fue en los primeros siglos cristianos (…)

Es curioso, esa libertad de la mujer es uno de los primeros gestos que puede uno decir de la vida de la Iglesia. Luego, influencias ajenas desde antes del Renacimiento, pero, sobre todo, del Renacimiento para acá, han rebajado el papel social de la mujer en muchos sentidos. Pero intuir que en la tarea de la educación había una prioridad, una tarea fundamental, que en educar a la mujer también me parece una intuición grande. Más necesaria hoy aún que en su tiempo.

En muchas direcciones es verdad que hay muchas diferencias entre su tiempo y el nuestro, algunas de lenguaje, otras de fondo. De fondo quizás la única que a mi se me ocurre nombrar en esta especie de conversación es que en aquel tiempo, a pesar de ser tan cercano, se podría suponer que unas ciertas categorías del mundo eran todavía cristianos, unos ciertos valores eran todavía cristianos y eran evidentes para todo el mundo, la búsqueda de la justicia, la atención a los pobres.

En nuestro mundo, todo eso ha dejado de ser evidente. En nuestro mundo, esas evidencias y muchas otras han caído. Vivimos en un mundo post cristiano. Y lo que entonces era educar en la fe cristiana en un mundo cuyas categorías y cuyos modos de pensamiento seguramente uno podía hacer referencia a ellos, en este mundo ya no valen. Eso es una gracia de Dios para nosotros sin duda, porque si el Señor nos ha puesto en este mundo, es para nuestro bien y para el bien del mundo. Y es una gracia de Dios tener que volver a recuperar el centro del cristianismo en la persona de Cristo y tener que recuperar el centro de la misión de la Iglesia en el testimonio de una vida, como dice el título de un libro escrito por un buen amigo, “La belleza desarmada”. La Iglesia hoy no tiene más armas que la belleza de su vida, la belleza de nuestras relaciones, la belleza de nuestra amistad, de nuestra comunión. Es el único modo que tenemos de dar al mundo a Cristo, y el único modo que tenemos para hacerlo atractivo a los hombres.

Sé que estáis en doce naciones y que estáis en África y en América. Dios mío, ésa es la fecundidad de José. En algunos países, porque la tradición no es una tradición cristiana; en algunos que nos decimos católicos, que hemos vivido siglos de catolicismo, porque casi ya no sabemos lo que significa ser cristianos y cuando hablamos de cristianos casi no sabemos de lo que hablamos…. Y no lo digo en broma.

Vamos a dar gracias a Dios por esa fecundidad de nuevo. Vamos a pedirLe que su vida y su amor apasionado a Cristo Rey y su amor apasionado a los hombres sigan siendo fecundos en nuestra vida, y en nuestra misión, en nuestras tareas. Y que en estas circunstancias nuevas del mundo nosotros también sepamos transmitir y comunicar con gozo esa pertenencia total a nuestro Rey, Jesucristo. Y que podamos encontrar los modos de llegar al corazón de los hombres, que tienen siempre una complicidad profunda con el anuncio de Jesucristo, con el Evangelio, porque todo ser humano, de la cultura que sea, en la situación que esté, lejos y cerca de la Iglesia, está hecho para un amor infinito.

Y aunque nuestro amor nunca pueda ser infinito, puede llevar el sello, la marca del Amor infinito de Dios. Y cuando la lleva, el corazón de los hombres se abre.

Una última observación. Pedid el milagro. Pedid el milagro que falta (…). Sabemos que vivimos en un mundo lleno de milagros (…), cada uno de nosotros somos un milagro. No somos conscientes de ello pero somos un milagro, un don de Dios tan innecesario como las flores de la montaña, infinitamente más bello porque cada uno de nosotros somos imagen y semejanza de Dios. Pero esos milagros forman parte de la Creación, no sirven para un proceso de beatificación. Hay que pedir uno gordo, de los que llaman la atención. De los que nos hacen saltar de asombro.

Pedirlo sin ningún temor. Esta Catedral llena es un signo de que no tenéis que tener ningún temor para pedirlo.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

7 de julio de 2018

S.I Catedral

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 24 Jul 2018 11:35:43 +0000
Vivir en la alegría de una vida edificada en Cristo http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45408-vivir-en-la-alegría-de-una-vida-edificada-en-cristo.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45408-vivir-en-la-alegría-de-una-vida-edificada-en-cristo.html Vivir en la alegría de una vida edificada en Cristo

Homilía de Mons. Javier Martínez, arzobispo de Granada, en el XIV Domingo del T.O

Querida Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

muy querido D. Juan, deán de esta catedral;

queridos hermanos y amigos todos:

 

Las lecturas de hoy lo que nos pone ante los ojos es un hecho que ha acompañado a la Iglesia desde sus orígenes. Es una cierta persecución. Si uno lo piensa, apenas ha comenzado la predicación evangélica en el mismo Jerusalén, la muerte de Esteban. Y a raíz de la muerte de Esteban, habla de una persecución que se desató por toda Judea. Y eso tiene lugar seis o siete años después de la muerte de Jesús. Una persecución por toda Judea que hizo que los cristianos se dispersaran, con lo cual el nombre de Jesús y el nombre de cristiano llegó mucho más lejos, hasta Antioquía, casi en la frontera con la que es la actual Turquía, y a Damasco, porque las pequeñas comunidades se dispersaron por la persecución. Y cuando uno mira la historia de la Iglesia, descubre que la persecución la ha acompañado casi siempre. Y en los tiempos de persecución es cuando la Iglesia ha sido normalmente más feliz, más fecunda, más verdadera. (…)

 

Decía un Padre de la Iglesia que las persecuciones a la Iglesia son siempre un bien porque le quitan al árbol las hojas secas y, entonces, el árbol puede ser visto con la belleza que tiene. Pero es que las lecturas de hoy nos hablan que la relación de Dios con los hombres ha sido siempre así. Y siempre hay alguna razón que justifica el escándalo. El escándalo no es el mal ejemplo. Así lo venimos entendiendo porque nuestra vida de relación con Dios ha quedado reducida a la vida moral en los últimos siglos. El escándalo es una piedra de tropiezo en el camino, algo que te hace tropezar en la fe. Eso es lo que significa escándalo, propiamente dicho. Entonces, ¿por qué se escandalizan de Jesús si es el hijo del carpintero, el hijo de María?, ¿cómo es que este hombre habla de que la promesa de los profetas y que el Reino de Dios viene con él? Y Él les decía: atended a los signos, atended aquello que muestra que el Espíritu Santo está en mi. De Jesús dijeron muchas más cosas. De Jesús dijeron que era un comilón y un borracho. Porque es verdad que entraba en las casas de los pecadores y comía con ellos. Algunos eran pecadores muy pobres, otros eran pecadores muy ricos. Zaqueo era un hombre de negocios, podría ser un banquero de los importantes en la Judea del tiempo de Jesús. Pero aquel hombre tuvo curiosidad de ver a Jesús y Jesús no tuvo el menor empacho en decir en público “Zaqueo, hoy quiero hospedarme en tu casa”. Eso para un judío era una piedra de tropiezo, porque la Ley prohibía entrar en las casas de los pecadores públicos, y un publicano (el hombre que recaudaba los impuestos del paso de las mercancías para entrar o salir de la ciudad) era por definición un pecador público, en cuya casa no se entraba porque uno quedaba impuro. Jesús entraba en sus casas, comía con ellos, les ofrecía el perdón del Señor como lo ofreció en aquella sinagoga en la que predicó, de tal manera que una mujer pecadora (podría ser la mujer de un publicano o la mujer de un pastor) se sintió tan conmovida que entró en la casa del fariseo y se puso a besar los pies de Jesús y a enjugarlos con su llanto de la alegría de haber sido perdonada. Probablemente, esa relación con los publicanos y pecadores le llevó a Jesús a la muerte, por hacer algo que estaba como prohibido, profundamente prohibido en la mentalidad farisea en tiempo de Jesús; y por hacerlo sobre todo en nombre de Dios, con lo cual se atribuía una autoridad que le ponía a Él mismo por encima de la Ley de Dios. (…) Siempre habrá motivos. En Jesús no había ninguno, pero los encontraron.

 

En la Iglesia muchas veces los hay. Y de esos tenemos que pedirle perdón al Señor y de esos son de los que nos purifican cuando vienen los tiempos de persecución. Pero es casi el estado normal de la vida de la Iglesia. No hay que buscar la persecución, pero cuando el Señor dispone que venga de una manera o de otra… si es una gracia de Dios, porque Dios no da nunca nada que no sea lo mejor. Y es verdad que las persecuciones purifican la vida de la Iglesia. (…)

 

En el lenguaje cristiano uno percibe ahora mismo como una especie de temblor y de facilidad para el lamento para quejarse de la situación histórica que viene. Quien viene en las circunstancias en que viene es siempre Jesucristo a descubrirnos nuestro verdadero ser, nuestra vocación y a darnos la vida eterna. Por lo tanto, nada que temer de la historia, nada que temer del curso de la historia. Tampoco hay que darle demasiada importancia al curso de la historia, porque quienes manejan esas cosas del curso de la historia se creen que tienen mucho poder y que pueden hacer mucho daño. Y son normalmente sinvergüenzas. Es el Señor el único que dirige el curso de la historia. Y el curso de la historia lo lleva siempre el Señor y lo conduce siempre para nuestro bien. Por lo tanto, ¿sustos por la historia? Los justitos.

 

El Señor nos prometió varias veces: “Dichosos vosotros cuando os persigan, cuando os insulten, cuando hablen mal de vosotros por mi causa. Dichosos vosotros. Alegraos y regocijaos. Porque lo mismo hicieron con los profetas. Y porque vuestros nombres están inscritos en el libro de la vida. Alegraos, regocijaos”. Segundo: “Si a mí me llamaron demonio (belcebú), a vosotros qué os van a llamar”. Si al dueño de la casa le insultan, qué van a hacer con los que trabajan en su casa. Pues, lo mismo. “Si el mundo me ha odiado a mi, también os odiará a vosotros”. ¿Tenemos que vivir asustados? No. Tenemos que vivir en la alegría de que nuestras vidas están edificadas sobre roca. ¿Cuál es esa roca? El amor infinito y fiel de Jesucristo. No hay otra roca. (…)

 

¿Dónde podemos encontrar palabras de vida eterna fuera de Ti? En ningún sitio. Por tanto, miedo a la historia, no; mirar al Señor y edificarnos sobre el Señor, claro que sí y cada vez más, y que tu Gracia Señor supla nuestra debilidad con la fortaleza de tu Amor y tu Misericordia.

 

Vamos a profesar la fe.

 

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

 

8 de julio de 2018

S.I Catedral

 

Escuchar homilía

 

Palabras finales antes de la bendición.

 

He dicho en la homilía acerca de la persecución. Necesita mil matices que vuestra inteligencia sabrá poner en ella. Por ejemplo, no significa en absoluto que haya que buscar o desear la persecución, ni para uno mismo ni para los demás. Pero cuando viene, uno le da gracias a Dios por la persecución como por todo en la vida. Habría que matizar muchas más cosas. Los “sinvergüenzas” que he dicho se refiere a aquellos que creen que controlan el curso de la historia. En primer lugar, son necios, por creerse semejante cosa. Y en segundo lugar, con mucha frecuencia, son unos sinvergüenzas.

 

Os doy la bendición 

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Granada Mon, 09 Jul 2018 14:22:27 +0000
Siervos de la alegría verdadera http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45296-siervos-de-la-alegría-verdadera.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45296-siervos-de-la-alegría-verdadera.html Siervos de la alegría verdadera

Homilía de Mons. Javier Martínez, en la Eucaristía de Ordenaciones diaconales de dos seminaristas del Seminario Mayor “San Cecilio”, en el XIII Domingo del T. O, en la S.I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, porción del Pueblo santo de Dios, que, por la misericordia y de la gracia incomprensible del Señor, ha sido confiada a mis manos de pobre pastor, pero que os quiere con toda el alma, y que no teme, si tiene que actuar –si es por bien de la Iglesia-, a nada, no por mis fuerzas, que soy un pobre hombre, sino por la fuerzas de nuestro Señor Jesucristo, que os ama como celebramos cada Viernes Santo y yo trato de amaros de la misma manera;

muy queridos sacerdotes que estáis concelebrando;
queridos Alejandro y David;
queridos fieles cristianos que los acompañáis, en primer lugar vuestros padres y familiares, pero también muchos fieles cristianos de las parroquias, de las que venís: Maracena y Otura, que son parroquias donde ha nacido vuestra vocación, vuestro conocimiento del Señor. Sé que hay gente que ha venido de Ventorros y de Órgiva, y de muchos otros sitios. Lo mismo que los sacerdotes, tenemos aquí casi un tercio del presbiterio para acompañaros en este momento, para dar gracias a Dios en este momento; para unirnos a vuestra gratitud y a vuestra alegría:

La monición de entrada decía al principio que es una fiesta para toda la Iglesia diocesana, para la Iglesia universal. Cada sí –y eso vale para vosotros, y para todos nosotros, y es bueno que lo aprendamos-, el sí más pequeño que le decimos a Dios, con verdad, desde nuestro corazón, en el lugar más escondido de una Iglesia perdida en un pueblecillo, o de nuestra alcoba, tiene una repercusión en el mundo entero, hace crecer la Iglesia, aunque nadie lo vea mas que Dios; hace crecer la Iglesia porque la Iglesia crece cuando la caridad divina, cuando el amor infinito de Dios crece en el mundo y, cuando nosotros acogemos el amor de Dios en nosotros, ese amor de Dios crece en nosotros. Cuando nosotros Le decimos un sí al Señor, el mundo cambia. Cambia, en primer lugar, en nosotros, pero cambia de una manera que tiene resonancias en Orión, en las pléyades y en las galaxias más lejanas, cambia el cosmos. El Sí de la Virgen ha cambiado la historia. Y no era un sí público. Y a dar ese sí, también nosotros, todos, somos llamados.

Pero es verdad que una ordenación, la entrada a participar como participáis vosotros por la ordenación de diáconos en el sacramento, es una gracia especial de Dios para toda la Iglesia, además de serlo para vosotros. Y nos alegramos infinitamente. No estamos tan nerviosos como vosotros, pero todos nos alegramos mucho. ¿Por qué? No porque esto significa lo buenos que sois vosotros, sino porque significa que Dios es fiel y cumple sus promesas. El Señor que prometió a su Pueblo, es decir, a vosotros, es decir, a la Iglesia -“Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”-, dado que esa Presencia de Cristo –en el Bautismo, en la Eucaristía, en el Perdón de los pecados- está vinculada al ministerio sacerdotal, les encomendó a los Doce una misión y esa misión llega hoy a través de mis pobres manos de un modo que os vincula al destino de Cristo: hacer nacer la Iglesia, dar la vida con vuestra sangre y con vuestra vida, generar ese pueblo libre de hijos de Dios en nuestro mundo, en el siglo XXI, en esta sociedad de hoy, con toda libertad y con toda alegría. Porque ese pueblo es la única esperanza humana que hay para el mundo.

Hemos leído en el Evangelio una resurrección de Jesús, de una niña muerta a la que Jesús devuelve a la vida. Uno puede ver en ese episodio una parábola de nuestro mundo. Nuestro mundo, Occidente, se muere a chorros. La “España católica” no es capaz de reproducirse, a veces por la difusión extraordinaria de medios anticonceptivos de todas clases; a veces por una desesperanza y un desamor a la vida que cómo va a transmitir uno la vida a un niño y hacer todo el sacrificio y llevar todas las cargas y las fatigas si uno no tiene amor a la vida. Después, qué duda cabe que nuestra cultura por unos medios potentísimos de comunicación hace todo lo posible para que no amemos la vida. Sólo hace que amemos una vida imaginada, la de las telenovelas, la de las series, la de las mentiras organizadas para nuestro consumo, para creernos que vivimos en las vidas de otros, y eso ya desde los tiempos de “Dallas” y “Falcon Crest”, hasta Netflix y Amazon, y todas las otras productoras de evasiones, que son como una droga para nuestra inteligencia y para nuestra mente y para nuestro corazón. Y con las cuales alimentamos y pensamos que educamos y mantenemos entretenidos a los niños, cuando lo que hacemos es corromper su esperanza, su imaginación.

Es un mundo de muerte. Juan Pablo II hablaba con frecuencia de una cultura de la muerte. Esa no es nuestra cultura. Eso no es nuestro modo de vida. Un mundo así se muere. Cuántas décadas le quedan a la sociedad española a menos que hubiese un cambio brutal, que no se ve por ninguna parte, de aquéllos que tenemos motivos para amar la vida y para vivir con esperanza. Nos quejaremos con razón de una ley de la eutanasia, pero ¡si nosotros mismos cooperamos! Si, incluso, en familias cristianas, cuando una chica, relativamente joven, va a tener su tercer hijo son los padres los que le dicen “pero, tú dónde vas”; cuando un empresario cristiano le dice a una chica que está trabajando y que se queda embarazada “pero, tú qué quieres, ¿arruinar tu carrera?”. Esto lo he oído yo con mis propios oídos. Por tanto, somos cómplices. Son leyes inicuas, absolutamente. Inhumanas, que tratan todavía de deshumanizar más nuestra sociedad. Y no estoy defendiendo lo que llaman los médicos “el encarnizamiento terapéutico”. Hay momentos en que preservar la vida, claro que sí, lo sabe la Iglesia, es más un acto de crueldad que un acto de amor. Pero los medios tienen que ser adecuados, proporcionados. Liberalizar, como se liberalizó el aborto, la eutanasia es liberalizar el suicidio asistido en una población que nos estamos muriendo a chorros.

Es en este trasfondo donde a vosotros, y a mi y a los que estamos aquí, nos toca ser testigos de otra cosa: de un amor que hace posible amar la vida; que hace posible en las circunstancias más adversas, más difíciles tener un gesto de verdadero amor. Una persona, hace unos días, con una enfermedad incurable, me decía: “pienso en ocasiones, ¿no dejaría de sufrir si me quitase la vida?”. Digo: “Tú, a lo mejor, dejabas de sufrir, pero tus padres, las personas que te queremos, nos la abrías destrozado, y nos la abrías destrozado para siempre, así que si se te pasa ese pensamiento más veces que sepas que viene del Enemigo y que sepas que hay gente que te queremos lo suficiente como para acompañarte y sostenerte como el Señor quiera”.

Mis queridos hermanos, en un mundo así, en un mundo donde la vida no vale nada, donde la verdad no vale nada, porque se venden mentiras a granel, envueltas en paquetes de celofán preciosos que cuestan millones de euros en películas y en series, en un mundo así, y sin más arma que la belleza de vuestra consagración, que la belleza de vuestra vida, la belleza de nuestro amor unos por otros, de unas relaciones buenas, bonitas, bellas; sin más arma que eso, que el poder de Jesucristo, nos dirigimos a este mundo a darle la medicina que más necesita, la única que es capaz de generar esperanza, sólida, buena, fuerte, la que no hay que fabricar, la que no hay que evadirse para vivirla, sino la alegría de saber que nuestras vidas son algo precioso, la de cada uno de vosotros.

Esa es la diferencia entre un mundo cristiano y un mundo que no lo es. No es que nosotros hacemos unas ceremonias bonitas. Es que nosotros tenemos una razón para vivir. Nosotros tenemos una razón para querernos, para perdonarnos, para saber tratarnos un poco mejor si no nos hemos sabido tratar bien; para aprender, la vida entera no tiene otra razón de ser que para aprender a querernos: en la familia, entre los vecinos, en los lugares de trabajo. Y de eso somos nosotros llamados a ser testigos, y alimentarnos del perdón de los pecados, de la Eucaristía, de la Palabra de Dios, una y otra vez, para poder alimentar de eso mismo que nos alimenta, que nos hace felices a nosotros, nos hace vivir en plenitud a nosotros, poder alimentar al pueblo que el Señor nos confía, del cual somos servidores. Un sacerdote no es el amo de nadie. Claro que tiene que tomar decisiones sobre la liturgia y tiene que moderar ciertas cosas de la vida de la Iglesia, pero no manda en nada ni en nadie. Somos servidores. Siervos vuestros, decía San Pablo. “Siervos de vuestra alegría”, me parece una de las definiciones mejores de un apóstol, de un pastor. Siervo de la alegría, de la alegría verdadero. Siervos de vuestra vida en Cristo.

Que viváis con pasión vuestro ministerio; que améis a Jesucristo apasionadamente. Y la medida de ese amor será que améis a las personas que os han sido confiadas con la misma pasión que amáis a Cristo. Apasionadamente. Amad a los hombres y el bien de los hombres, y la verdad de sus vidas. Y no tengáis miedo si tenéis que luchar con el mundo para defender la verdad de esas vidas, y el gozo, y la alegría de vuestra comunidad cristiana. Al contrario. Sentíos orgullosos si un día tenéis que padecer por el nombre de Cristo, para proteger al pueblo que os ha sido confiado, que honre. Qué honor más grande.

Vamos a darLe gracias a Dios juntos, vamos a pedir al Señor que os fortalezca y que os sostenga, y que este camino que hoy en un sentido se consuma –lleváis muchos años esperando este momento- y que en otro sentido empieza porque empieza vuestro ministerio ordenado, vuestro ministerio sacerdotal en el ministerio diaconal, se cumpla a la medida de la caridad y del amor infinito de Jesucristo por cada uno de vosotros.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

1 de julio de 2018. S. I Catedral
Ordenación diaconal, XIII Domingo del T.O

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Granada Mon, 02 Jul 2018 12:03:40 +0000
¿Propietarios o inquilinos? http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45285-¿propietarios-o-inquilinos?.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/45285-¿propietarios-o-inquilinos?.html ¿Propietarios o inquilinos?

Escrito del arzobispo de Granada, Mons. Javier Martínez

Nuestra vida, nuestro piso, nuestra tierra… Artículo de nuestro Arzobispo D. Javier Martínez sobre el tema de la eutanasia y su implantación en España.

Es probablemente muy ingenuo, en el mundo en el que estamos, esperar que en un debate político se pueda introducir una razonable medida de razón. Y sobre todo si es uno de esos “debates” que enardecen a las personas, cargados de ideología, y que se agitan un poco artificialmente para que no haya en realidad verdadero debate sobre nada, para ocultar que en realidad el debate político ya no existe (y hace mucho que no existe), que sólo hay juegos de poder y de marketing. Pero eso, precisamente eso, introducir la razón y el amor a la realidad en todas las cuestiones, servir a la razón y defenderla en todas ellas, contra todos sus enemigos (y en primer lugar, con los enemigos que tiene en nosotros mismos), es una tarea irrenunciable de la Iglesia, a pesar de dos siglos o más de retórica y de demagogia en contra. Ese amor a la razón, ese recurso a la razón, es tarea de la Iglesia como una de las exigencias primeras y más profundas de su fe en Jesucristo. Hoy más que nunca. Como lo fue en los primeros siglos del cristianismo, cuando tuvo que abrirse paso entre la proliferación selvática de “sentimientos religiosos” y de gnosticismos de todas clases. Esa es la tarea que vamos a tratar de hacer aquí con toda la inteligencia de que seamos capaces.

La introducción de un proyecto de ley sobre la eutanasia pertenece a ese tipo de cuestiones “virales”, donde, como en las guerras, la primera víctima es la verdad. La verdad, y la razón como vía de acceso a ella. Lanzado justo antes del verano, agazapando en su retórica falsamente compasiva motivos tan poderosos como el ahorro en gastos médicos y de seguridad social, es una de esas cuestiones, como el nacionalismo, como la ideología de género, como el optimismo felizmente reinante, que tienden a desalentar el recurso a la inteligencia. Porque para justificar la eutanasia, y también desde hace mucho tiempo, están en marcha, como un solo hombre, todos los recursos del poder: desde el cine y la televisión y todos los demás aparatos de la propaganda, hasta la conciencia de que las masas humanas están cada vez más drogadas, de que sólo piden pan y circo, y de que son cada vez menos capaces de una vida sana y bella (razonable, libre y dotada de un sentido que justifique adecuadamente los sacrificios del amor), y cada vez menos capaces de un pensamiento articulado y complejo.

De entrada, doy la batalla política (y cultural) por perdida, a corto y a medio plazo. Es verdad que en Portugal, hace no muchos días, musulmanes, judíos y cristianos de diversas confesiones, se unieron para oponerse a ese mismo crimen social, y que no estaría nada de más que cundiera el ejemplo. Pero España no es Portugal. Por otra parte, no me escandalizo en absoluto por la propuesta de la eutanasia, en un mundo en el que la vida humana no cotiza en bolsa, por lo menos ya desde la Primera Guerra Mundial, y que tolera sin rechistar la destrucción de Libia, o de Siria e Irak, o de grandes partes de África… Quienes son capaces de tan heroicas hazañas, tienen suficiente poder como para ganar todavía muchas batallas. Pero no ganarán la guerra, porque esta guerra la gana quien más ama, y ellos no saben amar. La guerra está ya ganada, desde hace dos mil años, en el abrazo infinito de Dios a esta humanidad nuestra que no lo merece (que no lo ha merecido nunca), y que, sin embargo, está ya para siempre unida al destino y al triunfo de Jesucristo. Los portadores de esta verdad, modesta pero imprescindible para quien desee todavía un futuro humano, no tienen más arma que la belleza desarmada, según la expresión feliz del título de un libro escrito por un amigo mío. La belleza desarmada de una vida, de unas relaciones humanas transparentemente bellas y verdaderas. Parece un equipo muy pobre, para lo que está en juego. Pero esa belleza desarmada, como la pequeña y frágil luz del cirio pascual, cruza las fronteras y los siglos.

Quienes quieren que España se muera, que Europa se muera, que la Cristiandad desaparezca definitivamente de nuestras tierras, tienen, en efecto, mucho camino andado, y no están muy lejos de conseguir sus objetivos. Pero es imprescindible decir que ese camino lo han andado con la complicidad, también durante mucho tiempo, de (casi) todos los que nos rasgamos las vestiduras ante la barbarie de la eutanasia. Y que nos las hemos rasgado, igual de estérilmente, y acaso también con una dosis no pequeña de hipocresía, ante el drama del aborto, o ante otras cabriolas legislativas y mentales que tenemos que sufrir, y que reflejan ante todo una herida muy honda, herida que genera una especie de odio resentido a la realidad y a la dignidad de la persona humana. Llama la atención con qué ardor se combaten ciertas políticas, ciertamente inhumanas, y cómo —sin conciencia alguna de la contradicción y de su efecto deletéreo sobre la fe del mundo— sostenemos, y hasta enseñamos en nuestras instituciones “católicas”, y a veces hasta nos sentimos en la obligación de defender, la mayoría de los rasgos de la visión del hombre en que esas políticas se apoyan: desde considerar que el centro de la vida es la actividad económica hasta una concepción de la libertad, de la razón y del afecto que carecen de metas y de caminos, o una devoción al estado y a la política que es ya una apostasía de la fe cristiana y una dimisión de nuestra condición humana.

Esa visión del hombre es burguesa por los cuatro costados. Ha hecho del “bienestar” y del confort el dios definitivo. Sacrifica todo a ese dios. Es quizás duro oír que la política de promoción de la eutanasia es un modo de reducir los costos de la seguridad social. Pero es verdad. La política que fomenta la eutanasia es una política capitalista, utilitaria, que no tiene ni puede tener vínculo alguno con el sentido moral que caracterizó en sus orígenes al socialismo histórico, a la izquierda histórica. ¡Ojalá tuviéramos hoy una izquierda política con un nivel cultural y moral que se pareciese en algo al socialismo de Péguy o al de Chesterton! Pero no. No tenemos, no parece haber en Europa, no parece haber en el mundo alternativa política alguna al capitalismo más chato y miope. En la izquierda como en la derecha, la antropología de base, en todo aquello que define el significado de la vida y el sentido del obrar humano,—esto es, en todas las cuestiones importantes—, es exactamente la misma. Piensan lo mismo y, o van de la mano, o van al menos en la misma dirección. Tienen todos la misma religión, la única verdadera, la del capitalismo global. Y esa religión, como todas las religiones, no deja lugar para otra, no puede ser compartida. La del capitalismo global, con su antropología, con su ética y su política, con su estética, no es sencillamente compatible con la del Dios crucificado por amor a los hombres, “por nosotros y por nuestra salvación”.

Al lector que haya llegado hasta aquí le será ya obvio que su autor —un servidor de ustedes— no simpatiza con la eutanasia. Debo dejar igualmente claro que eso no me hace defender el encarnizamiento terapéutico. Hay formas de esa encarnizamiento que reflejan perfectamente un nihilismo práctico que, en realidad, justifica la eutanasia en virtud de un inevitable efecto “boomerang”. Por eso los defensores de la eutanasia acusan inmediatamente a quien no les sigue de crueldad, de una crueldad mayor por ser partidarios de ese encarnizamiento. No hay que caer en esa trampa, que pone de manifiesto más que nada el carácter sofocante e ideológico de la cuestión: es lo mismo que pasa con los (supuestos) debates sobre el nacionalismo, o sobre cualquiera de los tres ejemplos que señalaba Alasdair MacIntyre en el primer capítulo de Tras la virtud: la propiedad privada, el aborto y la pena de muerte. ¿Interminabilidad de los debates morales en nuestro mundo emotivista? Sin duda. Pero no podemos renunciar a esos debates, porque renunciar a ellos es dejar la realidad en manos de los más pícaros o los más charlatanes. Como no podemos renunciar tampoco a la posibilidad de que, detrás de todas las pasiones humanas, detrás de todos los ídolos de nuestro tiempo (básicamente el dinero, la lujuria y el poder, como supo ver T. S. Elliot), pueda alumbrarse una experiencia humana verdadera, y un pensamiento capaz de articularla.


+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

Publicado en blog " ciudad de Dios y de los hombres" (www.ciudadediosydeloshombres.org)

29 de junio de 2018

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Fri, 29 Jun 2018 12:15:54 +0000