Granada Oficina de Información de los Obispos del Sur de España http://odisur.es Fri, 20 Apr 2018 19:56:49 +0000 Joomla! 1.5 - Open Source Content Management es-es La alegría pascual http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43861-la-alegría-pascual.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43861-la-alegría-pascual.html La alegría pascual

Homilía de Mons. Javier Martínez, en la Eucaristía en la Catedral en el III Domingo de Pascua.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, vivo para siempre y triunfador de la muerte, Pueblo santo de Dios;

queridos hermanos y amigos:

“Quién nos hará ver la dicha si la luz de tu Rostro ha huido de nosotros”, decíamos en el Salmo. Y puede llamarnos la atención, siendo tan inmediata la fiesta de Pascua, el Salmo, en lugar de ser exclusivamente el canto del aleluya y la invitación a la alabanza a Dios, nos haga una pregunta como ésa; o nos puede llamar también la atención cómo en los anuncios de la Resurrección, está siempre vinculado la memoria de la Pasión y de la muerte de Jesús.

Hay aleluyas que son como fuegos artificiales; hay alegrías que son como la evasión, que son como evadirse de la realidad de nuestra vida. No es ésa la alegría de la Pascua. Para aquellos a quienes os gusta la música clásica, el “Aleluya” de las Vísperas de Rajmáninov es un aleluya que nace como de un fondo inmenso de sufrimiento y que termina triunfando sobre el sufrimiento. Dice en música lo que yo quisiera transmitir: que el aleluya cristiano, que la alegría cristiana no es una alegría que tenga que olvidarse de toda la mezquindad, de toda la miseria, de toda la pequeñez que hay en nuestras vidas.

Cristo triunfa sobre la muerte, sin duda. Pero triunfa justamente entregando su vida en manos de los hombres, en manos de la condición mortal de los hombres, y por lo tanto, en manos de la muerte. Y su triunfo no es un triunfo evasivo, no es el triunfo de la mentira, no es el triunfo del engaño, no es el triunfo de los fuegos artificiales, que nos hacen por un momento olvidarnos del dolor, del sufrimiento de la vida. No es una alegría ficticia. Es una alegría que brota de lo más profundo de la realidad, porque no ha temido afrontar esa realidad. ¿Quién es quien no ha temido afrontar esa realidad? El amor infinito de Dios. El Hijo del hombre ha venido para ser entregado en manos de los hombres (y los hombres sabemos lo que damos de sí: poco. Somos capaces de heroicidades muy grandes como respuesta a un amor grande, pero también somos capaces de mezquindades, pequeñeces y miserias muy grandes).

Que el Señor haya abrazado, sin avergonzarse de nosotros, esa miseria nuestra, ésa es la fuente de la alegría verdadera. Por eso, los apóstoles dan testimonio de la Resurrección de Cristo. Pero dan testimonio de esa Resurrección haciendo siempre referencia a la Pasión. Cristo ha entregado su vida por nosotros y ha triunfado de la muerte arrancándole a la muerte de su “poder”, no huyendo de la muerte, no huyendo del mal, sino entregándose en manos del mal, de forma que el amor pudiera mostrarse a sí mismo en la cruz como más fuerte que la muerte, más fuerte que todo el pecado del mundo, más fuerte que todas las miserias de los hombres, más grande que todas nuestras pequeñeces.

Por eso, la alegría que nace de Dios es una alegría sencilla, humilde siempre; es una alegría que no tiene necesidad de olvidarse del mal, del mal que hay en nosotros, del mal que hay en los demás, del mal que hay en el mundo, del mal que hay en la Iglesia. No tiene ninguna necesidad de olvidarse de nada de eso, para dar gracias a Dios, justo por ese Amor, por esa Misericordia más grande que el pecado, más grande que la muerte, que ha vencido en su Hijo Jesucristo y que ha vencido en nosotros. Hay una frase en los Hechos de los Apóstoles: en una ocasión, Pedro y los apóstoles en una predicación (“Jesús a quien vosotros crucificasteis y colgándolo de un madero, Dios lo ha resucitado y lo ha sentado a su derecha”), añade: “Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que Dios da a los que le obedecen”. Es muy curioso ese doble testimonio. Ellos dan testimonio de lo que han visto, pero es verdad que ese testimonio es algo tan increíble… Quién no sabe que nadie ha vuelto jamás del reino de los muertos. Y desde luego, en un pueblo de pastores y de agricultores, lo sabía todo el mundo. Cuando ellos daban testimonio de algo tan único, tan incomparable, tan loco, sabían que ese testimonio por sí mismo no podía ser aceptado. No sólo porque hoy seamos muy listos y tengamos muchos conocimientos de la física cuántica, sino porque cualquier ser humano realista en cualquier cultura sabe que no se vuelve del reino de los muertos; que nadie ha vuelto jamás del reino de los muertos y menos vivir para siempre como triunfador de la muerte.

¿A qué testigo invocan junto a su propio testimonio? El Espíritu Santo que Dios nos ha dado. Y qué significa eso. Significa que el modo de vida de los cristianos -cuando uno cae en la cuenta de cómo podríamos vivir acogiendo el testimonio de la Iglesia- es un modo propiamente divino. No es un modo humano, no se explica por las meras reacciones, o cualidades humanas. Y ese modo da testimonio de la verdadera Resurrección de Jesucristo: el perdón de los pecados, el perdón sin límites, la alegría que no necesita ser fabricada, la alegría que no nos convierte en alucinados. Los santos que hemos conocido (pienso en personas que todos hemos podido ver tantas veces como san Juan Pablo II, la Madre Teresa, figuras muy cercanas a nosotros) y dices: no eran personas alucinadas, son personas con su razón y corazón en su sitio, personas con una estructura humana de una solidez envidiable, admirable. El Señor nos hace a cada uno como ha querido hacernos.

El modo de vida de la comunidad cristiana sólo puede anunciar que Cristo ha resucitado de una manera razonable cuando puede decir “testigo de esto somos nosotros y el Espíritu Santo que nos ha sido dado”. Porque el Espíritu Santo nos hace vivir de una manera que no se explica meramente desde los intereses, desde los instintos, desde las necesidades primarias que suelen decir que caracterizan la vida humana. Es un modo divino; que da testimonio de la verdad del anuncio de la Iglesia. ¿Cómo habría sido el mundo si en nuestro mundo no se hubieran conocido tantas cosas que provienen casi sin que nos demos cuenta de la experiencia cristiana? Que el fondo de la vida humana; que el secreto de la vida humana pueda ser el amor, puede ser la misericordia, pueda ser el perdón, eso jamás… Dar por supuesto que el amor es la reacción espontánea, que es la forma de vivir más normal y sana, eso no es evidente; ni siquiera es evidente que un matrimonio pueda vivir en fidelidad en la profundidad que exige el amor cristiano. Es posible que el corazón humano lo desee. Seguramente, en el corazón de cada hombre y de cada mujer hay un deseo de un amor que dure para siempre. Pero, os aseguro que sin la Revelación, que significa la Encarnación, la Pasión y la muerte de Jesucristo, eso es una verdad que algunos pocos alcanzarían y con mucha dificultad, y que sólo la experiencia cotidiana del don del amor de Cristo que empapa, llena, satura y desborda nuestras vidas hace posible vivir.

Que el Señor abra nuestros corazones al anuncio de Cristo Resucitado; que los abramos a la alegría y al don del amor infinito de Cristo, que nos ha entregado su Espíritu y su vida divina en la cruz, y que nos ayude a vivir como esa comunidad cristiana, de ese amor que hará florecer en nosotros la alegría y el amor, que es la medicina que el mundo necesita. Que así sea para cada uno de vosotros, para vuestras familias, para vuestros matrimonios, para los pastores, para todos, cada uno en su vocación y en su estado.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

15 de abril de 2018

S.I Catedral III Domingo de Pascua

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 16 Apr 2018 11:46:37 +0000
“Constructores de esa humanidad nueva que brota de Cristo Resucitado” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43795-“constructores-de-esa-humanidad-nueva-que-brota-de-cristo-resucitado”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43795-“constructores-de-esa-humanidad-nueva-que-brota-de-cristo-resucitado”.html “Constructores de esa humanidad nueva que brota de Cristo Resucitado”

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía del Domingo de la Divina Misericordia, el 8 de abril de 2018, en la Catedral, entre cuyos fieles estaba la Asociación de Antiguos Alumnos de la Guardia Civil.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

queridos Puericantores;

queridos antiguos alumnos del Colegio de la Guardia Civil;

hermanos y amigos todos:

El cristianismo no es una lista de cosas que nosotros tenemos que hacer para ser buenos, y tal vez, pensando que si hacemos esas cosas y nos portamos bien, Dios nos querrá, y nos dará un premio, y nos admitirá en su cielo. Eso sería lo propio de una religión pagana, desde las más antiguas hasta las más recientes. Tampoco es una doctrina que un maestro enseñó y que nosotros, porque veneramos a ese maestro y lo valoramos porque su doctrina es bella, buena, nos damos cuenta de que produce ciertos frutos en la vida cuando la seguimos, incluso muchos frutos, acogemos esa doctrina y tratamos de conformar nuestra vida a esa doctrina.

Todo eso no nos haría cristianos, el cristianismo consiste en la acogida de un testimonio acerca de un acontecimiento único en la historia. Tan único en la historia que su único análogo es la creación del mundo. Por eso, la vigilia pascual comienza siempre con el relato de la Creación, porque si Cristo ha resucitado, ha comenzado una nueva historia; ha comenzado una nueva creación, desde la cual se puede leer toda la historia antigua, se puede interpretar el presente, se puede iluminar todas las realidades de la vida humana, porque lo que se ilumina es nuestro destino. Es verdad que ese acontecimiento es único en la historia (…). Lo que la Iglesia proclama acerca de Jesús es que Jesús ha vencido a la muerte.

Yo suelo decir mucha veces al comienzo de la Semana Santa que la Semana Santa no comienza el Domingo de Ramos. Comienza la mañana de Pascua. Comienza el día de Resurrección. Comienza esta semana en la que toda ella celebramos como si fuera un solo día el triunfo de Jesús sobre el pecado y sobre la más fuerte de sus consecuencias, que es el modo como los hombres vivimos nuestra muerte, cómo nos acercamos a ella, y cómo la muerte está presente en casi todo lo que hacemos desde que empezamos a tener uso de razón.

Cristo ha vencido al pecado y a la muerte. Ésa es la gran noticia. Y como eso no ha sucedido nunca, ni volverá a suceder nunca para ninguno de nosotros, ni para ningún otro hombre, es algo que afecta a nuestra condición humana. Por lo tanto, no es algo propio de un pueblo, ni de una nación. (…) San Pablo lo dijo con mucha claridad muy pocos años después de la muerte de Jesús: “Si Cristo ha resucitado, eso es una buena noticia para todos los hombres”. Eso desvela que Dios es Amor y que ese Amor no tiene límites. Y cuando uno lee, desde esa afirmación básica, la Semana Santa por ejemplo, uno entiende que aquellos sufrimientos, aunque sean iguales que los sufrimientos de millones de víctimas de la injusticia humana que ha habido a lo largo de la historia –que hay hoy-, esa historia es distinta, porque el final es distinto, porque la muerte de Cristo, el don de su vida, iluminada por la mañana de Pascua, se convierte en un comienzo nuevo que se hará público el día de Pentecostés.

¿En qué consiste esa novedad? La primera de todas en conocer que Dios es Amor, y un amor que se extiende a todos los hombres, que no está “reservado” para una raza, o para un pueblo, para nación, para un grupo humano, para una clase especial de personas. No. Es un amor que se extiende a todos. Quienes creemos en Jesucristo no somos mejores que nadie. Somos mortales y pasaremos por la muerte, pero sabemos que la muerte no tiene la última palabra sobre nosotros y eso cambia la vida entera. Sabemos que estamos destinados para participar de la vida de Dios, de la intimidad de Dios, y no sólo después de la muerte sino ya en esta vida al comulgar, al recibir el Bautismo, al recibir la Confirmación. Es la vida divina que se nos regala, que se nos da, que nos permite vivir como hijos de Dios, partícipes de su vida, introducidos en su intimidad, con una libertad nueva. ¿Qué significa esa libertad? Que las circunstancias de la vida con todas sus miserias, y sus desgracias, y sus ambigüedades, y sus mentiras, no tienen poder sobre nosotros, no tienen el poder de arrancarnos de nuestra alegría, de la alegría de saber que el Amor sobre el que nuestras vidas se edifican es una roca –como dijo el mismo Señor: ya pueden venir tormentas, ya pueden venir riadas, terremotos, que nadie tiene el poder de arrancarnos de la alegría que nace de la certeza de que Cristo ha resucitado.

¿Cómo lo sabemos? ¿Por qué nos vamos a fiar de ese testimonio? (…) La razón más importante es que sobre una mentira no hay frutos buenos; sobre una mentira siempre nuestra vida se empequeñece, el corazón se encoje. De una mentira no sale un río de santos. Y me diréis: pero, en la Iglesia hay mucho pecado. Claro, muchísimo. Y a lo largo de la historia y de la historia de la Iglesia pecados de todas clases. Es verdad que los pecados se repiten mucho y son muy aburridos, porque no hay originalidad ni creatividad en el pecado. (…) En la Iglesia hay más o menos los mismos pecados que hay fuera de la Iglesia. Sí, porque somos hombres. Lo que no hay fuera de la Iglesia es el río de santidad que hay en la Iglesia. (…).

La Resurrección de Cristo puede ser algo inimaginable, como no nos podemos imaginar la Creación, porque nosotros estamos dentro del mundo sólo vemos las cosas creadas, pero no vemos nunca el acto de la creación. Algo parecido pasa con la Resurrección. Nunca podríamos imaginárnosla, pero conocemos sus frutos. Esos son los santos canonizados. Pero, ¿santos sin canonizar? (…) he conocido tantos santos anónimos, tantos santos que nunca saldrán en los periódicos, que nunca la Iglesia hará publicidad de ellos y personas cuya vida diaria habla de tal manera del amor de Dios que uno debería pisar por donde pisan esos jóvenes, o esas madres, o esas mujeres o esos hombres, que uno ha conocido de carne de hueso. Y ésa es la garantía mayor de la Resurrección, porque quienes creemos (…) somos gente con los pies en la tierra, conocemos este mundo, amamos este mundo, no necesitamos engañarnos para nada de las miseria y tragedias que hay a veces en este mundo, pero sabemos que el amor de Dios es más grande.

(…) Ese Amor es el que brota de la Resurrección, la conciencia de que Dios es Amor, la conciencia del valor de nuestra vida humana, porque ya no estamos sometidos a la muerte en el sentido de que la muerte sería como la última palabra en nuestra vida. No. Pasaremos por la muerte, pero nuestro destino es el Cielo, nuestro destino es Dios. Nuestro destino es el amor que nos ama y que hemos conocido en Jesucristo y en la vida de la Iglesia. Es un amor inmortal. Y mientras ese amor no se deshaga mi vida no desaparece, estoy destinado a la vida eterna. Y se vive de otra manera cuando uno tiene la conciencia de que está destinado al Cielo (…).

Y la segunda es cosa es que justo porque la Resurrección afecta nuestra condición humana como seres mortales, se rompen las barreras entre los hombres, y allí donde se acoge a Jesucristo caen las barreras entre los hombres. San Juan nos recordaba el amor con el que hemos de amarnos quienes hemos conocido a Jesucristo, quienes reconocemos que Él es el Hijo de Dios porque Dios es Amor.

Pero fijaros, ese Amor grande de Dios perdona nuestros pecados, y nos hace del amor, de la misericordia, y del perdón, la regla máxima de la sabiduría humana. Claro que la fe en la Resurrección cambia nuestra vida: empezamos a sentirnos hermanos los unos de los otros. Y en el primer día en que el grupo de los discípulos de Jesús se manifiesta en público, (…) todos con una sola lengua cantaban las alabanzas a Dios, es decir, había algo que les unía más grande que su pertenencia a una patria, a una nación, a un grupo humano, a una lengua. Es verdad que los hombres desde Babel, desde el comienzo de la historia, creamos toda clase de divisiones. (…) Quienes hemos conocido a Jesucristo estamos llamados a ser instrumentos de unión, instrumentos de comunión entre unos y otros, relativizando todo aquello que nos divide, poniéndolo en su lugar, que puede ser un lugar grande, pero nunca es el último.

Hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación, han sido reunidos por el hecho de la Resurrección de Jesucristo. Y eso es la comunión que es el secreto último de la vida de la Iglesia; eso, el perdón, la misericordia, un Amor que está por encima de todo el mal del que podamos ser objeto, por encima incluso del odio, y por encima incluso de un odio hasta la muerte.

Mis queridos hermanos, le damos gracias al Señor por ese horizonte nuevo que Cristo no ha abierto en la historia, y Le pedimos humildemente, con todas nuestras limitaciones, poder abrir nuestros corazones a ese horizonte que hace posible y bella la aventura de vivir, la aventura de vivir en familia, la aventura de vivir en sociedad, la aventura de construir un mundo a la medida de nuestra vocación, que es Dios, el Dios que es Amor, que es el Cielo. Sólo cuando construimos un mundo así lo construimos a la medida de la dignidad del hombre. En cuanto nos olvidamos de Dios…, y esa sería otra razón para asumir y para tomarse en serio el anuncio cristiano, porque vemos lo que sucede cuando lo perdemos, cuando hemos dado a Dios de lado (…).

Señor, ábrenos de nuevo nuestros corazones a Ti, para que seamos, en medio de un mundo donde toda clase de odios y de divisiones, y eso surgen una y otra vez, seamos constructores de esa humanidad nueva que brota de Cristo Resucitado. En nuestras familias en primer lugar; en nuestras vidas en primer lugar, y luego en todo lo que sea nuestra misión, nuestro trabajo, el mundo en el que estamos y en el que vivimos. Que así sea para mi, que así sea para todos nosotros, los que somos pastores, los que tenemos la misión de cuidar y sostener al pueblo cristiano en su fe en la Resurrección y en lo que implica la Resurrección, y que pueda ser así verdad en la vida de todos nosotros.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

8 de abril de 2018

S.I Catedral

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 10 Apr 2018 12:10:31 +0000
La razón de la razón en Péguy http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43790-la-razón-de-la-razón-en-péguy.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43790-la-razón-de-la-razón-en-péguy.html La razón de la razón en Péguy

Prólogo de nuestro arzobispo D. Javier Martínez al libro "Sobre la razón", de Charles Péguy, publicado este año por la Editorial Nuevo Inicio del Arzobispado de Granada.

"Sobre la razón" es una obra, como pone de manifiesto una alusión bastante explícita del texto mismo, muy cercana al primer libro de Péguy, Marcel, premier dialogue de la cité harmonieuse. La razón, al igual que la libertad, la justicia y la caridad, es un factor constituyente de la ciudad armoniosa. Esencialmente constituyente. De ahí la pasión con que Péguy defiende la peculiaridad de la razón, y la libertad de la razón y de sus métodos propios. No hay que olvidar que Péguy deseaba publicar otros diálogos sobre la ciudad armoniosa, de los que nunca llegó a escribir más que el título y la portada. Había un Dialogue de l’individu, un Dialogue de la cité, un Dialogue de la cité juste, un Dialogue de la cité charitable y, por fin, un Deuxième dialogue de la cité harmonieuse. La mera enumeración de estos proyectos ilumina muy bien las preocupaciones del poeta y del pensador, preocupaciones que van a acompañarle toda la vida.

Sólo que, cuando escribe Sobre la razón, Péguy no había experimentado todavía las amargas decepciones que, una tras otra, le harían profundizar en sus ideales hasta el punto de introducirle en el corazón mismo del misterio cristiano, de la redención cristiana. Ése es el largo camino, podríamos decir, de sus tres grandes “misterios”, con los que se ensancha la razón inicial: primero el “misterio de la caridad de Juana de Arco”; luego, el misterio de la “niña esperanza”, de la esperanza teologal y humana, espiritual y carnal, temporal y eterna, un misterio tan grande que Péguy no hace sino asomarse a su “Pórtico”; y, por último, el misterio de “los santos inocentes”, el misterio del sufrimiento humano iluminado por la Encarnación y la Cruz y la Eucaristía. Pero en ese largo camino misterioso, que el poeta recorrió como llevado de la mano por la niña esperanza, Péguy no abandonó nunca, no tuvo nunca que abandonar, ninguno de los anhelos profundos que movían su corazón. Sólo se purificaban. No tuvo que adentrarse en el mundo cristiano a costa de abandonar la creación, o a costa de sacrificar algún factor esencial de lo humano, de la vida humana, de la ciudad humana. Exactamente por la misma razón que no tuvo que abandonar a su mujer, no creyente, y tenazmente no creyente, cuando él encontró la fe. Su mujer era un don de Dios, y su fe era un don de Dios. Si los dos parecían incompatibles a los ojos de los clérigos (y de algunos laicos seriamente clericalizados, como lo estaba por aquella época Jacques Maritain), la Virgen sabría cómo resolver el problema. Él sólo podía orar, y orar, y orar... y hacer lo posible por mantener la esperanza cuando todo parecía indicar que Dios no escuchaba sus oraciones. Igualmente, cuando Péguy encuentra la fe, no tiene que abandonar el viejo concepto de razón que él defendía cuando era ateo. Por el sencillo motivo de que aquel concepto de razón, sin él saberlo, sin él sospecharlo aún, era el concepto cristiano.

Cuando escribe Sobre la razón, Péguy ya tenía una desconfianza inicial de los usos políticos y de los usos demagógicos de la razón, y de los usos “intelectuales” y pedagógicos de la razón al servicio de los usos demagógicos. Ya tenía una desconfianza inicial de los sistemas y de las reducciones vinculadas a los sistemas, reducciones que los exponen con tanta facilidad a la manipulación y al mercantilismo. Ya sabía que esas traiciones a la razón sucedían. Y ya sabía que sucedían también en la Iglesia.

Pero a Péguy le faltaba experiencia. Le faltaba, en primer lugar, la experiencia de la decepción: decepción de tantos de sus falsos amigos, que se servían de él y de los Cahiers para promocionarse ellos (dolor que encuentra su expresión en À nos amis, à nos abonnès, de 1909); le faltaba la decepción de la política socialista y la experiencia de la traición de Jaurès, la conciencia de la degeneración brutal, pero casi inevitable, de la mística socialista en política, y de la manipulación del affaire Dreyfus (que encuentra su expresión en Notre Jeunesse, publicado en 1912); la decepción de la ciencia histórica, puesta también al servicio de un sistema y de una política “intelectual”, política que Péguy siempre había considerado, junto con la política clerical, la forma de política más abyecta (Clio, Veronique, ambas publicadas póstumamente, Un nouveau théologien, M. Fernand Laudet, de 1911); y, vinculada a esta última decepción, la conciencia de que esa política de los intelectuales servía, como todas las políticas, al nuevo y único dios de la cultura moderna, al dinero (L’argent, L’argent suite, de 1913).

Le faltaba la experiencia de la decepción, y —ya lo hemos indicado al aludir a su camino hacia el misterio, y a sus tres “misterios”— le faltaba la experiencia de la fe. Cuando Péguy escribe Sobre la razón, la que tiene del cristianismo se limita casi a la náusea que le produce el mercantilismo de las cosas religiosas y el utilitarismo habitual de los clérigos, que él denuncia con desprecio ahora que no tiene fe, y que seguirá denunciando siempre, también después de haber encontrado la fe. En cuanto a la fe misma, la fides quae creditur, por esta época la ve (y también aquí, no sin una considerable complicidad de los creyentes), como el mero asentimiento a una serie de proposiciones meramente abstractas, que serían parte de un sistema, abstracto también. Esas proposiciones, en su solo enunciado, le parecen sin más contradictorias y absurdas: “un Dios personal, en tres personas...”. Y, sin embargo, su anhelo de amistad y de gratuidad, de armonía y de fidelidad a toda prueba en las relaciones humanas, que no dejaría de ahondarse a lo largo de toda su vida, le harían descubrir poco a poco, como un horizonte vertiginoso y magnífico, que la verdad cristiana es ante todo un acontecimiento. Un acontecimiento único, absolutamente imprevisible, un acontecimiento de gracia, pero que fue un día, en la Encarnación del Verbo, y que sigue siendo y será siempre, en su prolongación en la Iglesia, el punto preciso de intersección entre lo divino eterno y la historia humana. Entre el Misterio grande de Dios y el misterio pequeño —pero igualmente inabarcable— del hombre. Entre la gracia divina y la razón humana (la razón, y la libertad, y el deseo humano de afecto y de plenitud). La Encarnación del Verbo (y la Iglesia) son un abrazo a lo humano en todas sus dimensiones que, precisamente, paradójicamente, rescata lo humano —razón, libertad, amor— de los poderes autodestructivos del pecado, y que lo devuelve a sí mismo y lo recupera, en plenitud y para la eternidad: después de la Ascensión, “el cielo huele a sudor”. Lo recupera sin que jamás pierda su condición creada, su contingencia histórica. Introduce la historia, el drama de nuestra historia, en la eternidad de Dios. Una realidad creada en la que “habita corporalmente la plenitud de la divinidad” (Col 2, 9). Primero es Jesús, luego es la eucaristía y la Iglesia, finalmente será la Jerusalén del cielo, la ciudad armoniosa, la Esposa del Cordero (Apo 21, 9-22, 5). La categoría de sacramento, o de “misterio”, es la única adecuada para describir esa historia. A ese misterio, o al pórtico de ese misterio, es adonde se asoman, llenos de asombro y de gratitud, los tres “misterios” de Péguy.

Péguy no describe en ningún momento de manera positiva qué cosa es la razón, o cuál es su función, su telos, o cuáles son su relación con la verdad y con la realidad. Más bien se limita a señalar algunos obstáculos que dificultan el uso de la razón, la libertad de la razón en su funcionamiento, podríamos decir. En ese sentido, en cuanto que constituye una cierta búsqueda de “la razón pura” (aunque con una orientación y unas preocupaciones muy distintas a las de Kant), el texto de Péguy puede considerarse un texto “moderno”. En otro sentido, sin embargo, en cuanto pone de manifiesto que el funcionamiento de la razón no es automático, que “la fe en la razón” es una corrupción de la razón misma, y que en el ejercicio propio de la razón influyen, no sólo los dogmas de la Iglesia o los prejuicios del clero, sino también otros dogmas y otros prejuicios, no menos peligrosos a la razón y a la vida de la ciudad armoniosa, podríamos considerar el texto de Péguy como un texto post-moderno, crítico de algunos presupuestos que han dominado en la práctica la cultura de la modernidad (y que dominan aún no pocos aspectos de nuestra praxis).

A pesar de su confesión de ateísmo, Sobre la razón es un texto magnífico. O, tal vez, es precisamente la tonalidad y la calidad —la honestidad— de su afecto a la verdad de la razón, que él creía por entonces que coincidía con su profesión de ateísmo, la que no podía no encaminarle hacia el encuentro con la fe cristiana. Cuando Péguy dice “nosotros somos irreligiosos de todas las religiones, nosotros somos ateos de todos los dioses”, lo dice de verdad, lo dice con toda sinceridad, pero su honestidad le estaba preparando sencillamente a desembarazarse de los ídolos. Y de todos los clericalismos, los religiosos y los ateos, y también los políticos, los intelectuales. Su honestidad le llevará a la fe, su “mística” socialista le preparará a descubrir la sacramentalidad cristiana y la comunión de los santos como el verdadero sustrato que impide —como la única savia capaz de impedir— la degeneración, el deterioro, la colonización, la deformación universal de la mística socialista en una “política” esencialmente burguesa. Igualmente, cuando Péguy dice: “Nosotros no hemos dejado la fe a cambio de la fe en la razón, sino a cambio de la razón de la razón”, está señalando, con su honestidad característica, y precisamente en fidelidad plena a la naturaleza de la razón, un límite que la modernidad en general nunca ha querido reconocer, ya que ha tendido siempre, más o menos conscientemente, más o menos dolosamente, a divinizar la razón. Y eso le repugnaba a Péguy. Puede decirse que, en un sentido muy verdadero, ese “ateísmo” de Péguy le llevaría a reconocer que, en términos generales, en términos de cultura, sólo la fe cristiana podía mantener ante la razón semejante posición, que sólo el cristianismo hacía posible, en último término, defender “la razón de la razón”, sin divinizarla, por una parte, falseándola, o sin convertirla, por otra, falseada también, en un mero instrumento de política y de poder.

Al final de este texto, Péguy hace esta confesión: “Nosotros no podemos, sin la razón, estimar en su justo valor todo lo que no es de la razón”. Dicho en positivo, sólo gracias a la razón podemos apreciar lo que es y lo que no es razonable. En este punto de su vida, Péguy no se daba cuenta. Su experiencia de la vida y del cristianismo no le dejaba todavía percibir que, sin la fe cristiana, sin la fe en el Dios verdadero (por supuesto, despojada esa fe de toda reducción a sistema y del clericalismo que la vende a bajo precio), tampoco se sostiene en la historia la razón que él quería sostener. Sin la fe cristiana tampoco es nada fácil distinguir adecuadamente lo que es la fe en la razón de lo que es la razón de la razón. Ni distinguir el uso demagógico de la razón del uso razonable de la razón. Cuando escribe Sobre la razón, Péguy no podía darse cuenta de que, sin la fe, no se pueden evitar fácilmente esos “malentendidos en el uso de la razón” que él quería evitar a toda costa, que él reclamaba que se evitasen “sin ninguna reserva, sin ninguna limitación”. Y, sin embargo, en el fondo de este precioso canto a la razón de Péguy, éste es el mensaje que hoy resuena. Y ese mensaje, que no es lo que él dice explícitamente, sino casi, al parecer, lo contrario de lo que dice, y que es casi lo único que le queda por decir acerca de la razón, es lo más verdadero. Y lo más evidente. Y lo más actual. Y lo que es más necesario que se diga. Porque si no se dice, la razón quedará sólo a merced de los políticos. Y de los demagogos. Y de cualquier clase de clérigos. Y Péguy ya sabía lo que era eso. Y nosotros lo sabemos —o deberíamos saberlo— mucho mejor que él.

En el texto hay multitud de observaciones útiles. Por citar sólo un ejemplo, lo que él dice acerca de cómo los revolucionarios de su tiempo trataban de repetir miméticamente a los revolucionarios del origen (de la Revolución francesa) sin asimilar para nada su espíritu y sin dejar que ese espíritu fecunde sus problemas del presente, puede transportarse sin más al modo como muchos católicos entienden la tradición, repitiendo miméticamente formas a veces decadentes de la tradición, sin dejar que su espíritu fecunde nuestras actitudes ante los nuevos problemas, ante las situaciones nuevas.

Aferrarse miméticamente a la tradición (ya sea la revolucionaria o la cristiana) es siempre una manera de liberarse de ella.

Por último, quizás sea útil subrayar que Péguy no pensaba nunca que la razón o que la libertad, y ni siquiera que la revolución socialista, iban a traer el Paraíso. Sabía que la recuperación de la razón, que la recuperación de la libertad, que la revolución que liberase a los hombres de los obstáculos económicos y políticos que había para la una y para la otra, eran algo indispensable, pero eran sólo una condición previa. Escribía: “Es el efecto de una singular falta de inteligencia el imaginarse que la revolución social sería una conclusión, un cierre de la humanidad en la felicidad insípida de las quietudes muertas. Es el efecto de una ambición naif y mala, idiota y solapada, querer cerrar a la humanidad mediante la revolución social. Hacer de la humanidad un claustro cerrado sería el efecto de la más temible supervivencia religiosa. Lejos de que el socialismo sea definitivo, es preliminar, previo, necesario, indispensable, pero no suficiente. Se sitúa antes del dintel. No es el fin de la humanidad, no es ni siquiera el comienzo. Está, según nosotros, antes del comienzo. Antes del comienzo estará el Verbo”. Los socialistas de después, los socialistas de Marx, llamaron a esto “socialismo utópico”. En parte, tenía razón. Porque la ciudad armoniosa sólo puede ser construida en y desde la communio sanctorum. Pero lo que ellos no pensaron, lo que Péguy había visto con toda claridad, es que la ciudad paradisíaca impuesta, la ciudad que nace de la mera voluntad de hacerla, o del sueño de suprimir todos los problemas humanos, la haga quien la haga, es la ciudad de los muertos. Será el cementerio de la razón. Y será también el cementerio de la libertad.

En el siglo XXI, en plena pandemia de demagogia y de adicción a la realidad virtual, la defensa de la razón, y de la pureza de la razón, salvaguardada por la fe, es una de las tareas irrenunciables de la Iglesia. Así lo ha entendido el magisterio de los Papas desde Juan Pablo II, cuya última encíclica (Fides et ratio) estuvo destinada a la defensa de la razón.

+ Francisco Javier Martínez
Arzobispo de Granada
Septiembre, 2017


Leer Prólogo al libro "Sobre la razón", de Charles Péguy

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Tue, 10 Apr 2018 12:00:44 +0000
Porque Cristo ha resucitado, vivo contento http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43676-porque-cristo-ha-resucitado-vivo-contento.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43676-porque-cristo-ha-resucitado-vivo-contento.html Porque Cristo ha resucitado, vivo contento

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía del Domingo de Resurrección en la S.I Catedral el 1 de abril de 2018, con la participación de la rama infantil de la cofradía Dulce Nombre de Jesús, más conocida como los “facundillos”.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios, que hoy nos reunimos y llenamos esta Catedral, para celebrar el día más grande del año, el día que da sentido no sólo a la Semana Santa. Si Cristo no hubiera resucitado, no habría Borriquilla, no habría Rescate, no habría Tres Caídas, no habría Santo Entierro, no habría la Virgen de la Soledad, no habría Santa María de la Alhambra, no habría Semana Santa. Una muerte más en el olvido de esta larguísima historia humana que tiende a hacernos pensar que somos un producto más de la naturaleza, un poco más complicado, raro y difícil de explicar por qué somos más complicados que las hormigas o los pájaros, porque nos somos igual. Y no somos igual porque estamos hechos para Dios, estamos hechos para el cielo.

Pero la realidad de la muerte nos golpea. Y celebramos este hecho único -único en la historia- no porque seamos más crédulos que los demás. Si en el siglo I los campesinos y los pescadores de Tierra Santa sabían muy bien que nadie ha vuelto jamás de la muerte. Ya cuando ellos la anunciaron sabían que era una locura anunciar aquello. Pero aquello que anunciaban da sentido a vuestra música, hace que no sea una estupidez, el estar contentos, el hacer cosas bellas, el amar, el perdonar, el afrontar la vida con gratitud. Todo eso lo hace posible lo que celebramos hoy. ¿Qué celebramos hoy? La Resurrección de Jesucristo.

El día más grande del año es la Resurrección de Jesucristo. Que alguien haya resucitado, haya vencido a la muerte y esté vivo para siempre no le es posible a ningún hombre. Todos sabemos que eso no ha pasado nunca. Sólo una vez en la historia y eso porque ese hombre era el Hijo de Dios, era Dios, y se hizo uno de nosotros para compartir nuestra muerte, matar a la muerte, y librarnos a nosotros del poder de la muerte. Y eso no es algo que le paso a Él. Él como era Dios no tenía mucho mérito que Él venciera a la muerte. Lo que tiene mucho mérito es que nos quiera y que esa victoria suya sobre la muerte sea para nosotros una victoria sobre la muerte, sobre la muerta ya ahora, en nuestra vida.

El que Jesucristo haya resucitado nos hace posible no dejar de llorar porque perdemos a un ser querido, pero saber que la muerte no es lo único. Morimos, pero del otro lado de la muerte nos aguardan los brazos abiertos de Jesús, para recibirnos a todos. Esos brazos de Jesús representan los brazos de Dios y el amor que nos tiene. Un amor que es más fuerte que la muerte. Y de esa manera, los cristianos morimos. Y cuando muere alguien a quien queremos mucho nos duele. Es como si nos arrancaran un trocito de corazón o como si nos arrancaran casi todo el corazón, pero nosotros sabemos que el amor de Jesús es más fuerte que la misma muerte, y más fuerte que el mal, que todo el mal del mundo, y más fuerte que nuestros pecados, y nunca, nunca, nunca dejará de querernos. Por eso es un día tan grande hoy.

Dios que es más bueno que el más bueno de los padres, infinitamente más bueno que el más bueno de los padres (…), y nunca dejará jamás de querernos. Nos ha dicho “Yo te quiero” a cada uno. Dios dice a cada uno “Yo te quiero”. Y cuando Dios dice “Yo te quiero” es para siempre. Por eso, los cristianos, aunque lloremos a veces, aunque a veces nos podamos poner tristes, aunque a veces las cosas se pongan muy difíciles, aunque a veces se haga de noche, siempre hay una lucecita que brilla, como ese cirio grande que está ahí encendido; siempre hay en nuestra vida una lucecita que brilla y siempre está el amor de Dios con nosotros. Aunque nosotros le demos la espalda a Dios, Dios no nos da la espalda a nosotros; aunque nosotros nos olvidemos de Dios, Dios no se olvida de nosotros. Jesús lo dijo una vez de una manera muy bonita: “Hasta los pelos de tu cabeza están contados”. Dios con una sola mirada cuenta los pelos de nuestra cabeza. Los ha creado Él. Nos ha creado Él a nosotros. Y cuando Dios dice “te quiero” nunca da marcha atrás, nunca. Y esa es nuestra alegría.

Señor, Tú nos quieres. Y, sobre todo, Tú nunca vas a dejar de querernos a nadie, y a nadie es a nadie. Nunca vas a dejar de querernos. Eso es lo que aprendemos de la Resurrección de Jesús. Por eso, la celebramos todos los años. Claro que sí. Y todos los días en realidad.

Cristo ha resucitado. Y porque Cristo ha resucitado yo vivo contento y con la certeza de que mi destino no es la muerte. Pasaré por la muerte, pero mi destino son los brazos de Dios en la vida eterna. Ya no tememos a la muerte, no la tememos. Contentos por lo que celebramos, muy contentos.

Vamos a profesar juntos nuestra fe.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

1 de abril de 2018

S.I Catedral, Domingo de Resurrección

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Thu, 05 Apr 2018 11:38:55 +0000
El abrazo de Dios a la humanidad. ¡Feliz Pascua de Resurrección! http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43618-el-abrazo-de-dios-a-la-humanidad-¡feliz-pascua-de-resurrección.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43618-el-abrazo-de-dios-a-la-humanidad-¡feliz-pascua-de-resurrección.html El abrazo de Dios a la humanidad. ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Mensaje de felicitación en la Pascua de Resurrección de D. Javier Martínez, Arzobispo de Granada.

Normalmente pensamos que la Semana Santa empieza en el Domingo de Ramos y termina en el Domingo de Resurrección. La Semana Santa –por muy paradójico que parezca- empieza la mañana de Resurrección. Sólo el hecho de que Jesús ha triunfado sobre la muerte, y al triunfar sobre la muerte ha triunfado también sobre el pecado y sobre el significado de nuestra muerte, da sentido a todo lo que sucede en su vida anterior. Da sentido al Domingo de Ramos, a su entrada en Jerusalén, da sentido al Viernes Santo. Sin la mañana de Pascua todos esos días no serían más que un episodio más de los miles, millones de episodios, de la injusticia humana, de la tragedia humana en definitiva cuando no hay un horizonte de vida eterna.

Es la mañana de Pascua la que nos abre a ese horizonte de vida eterna y del significado entero a la vida y a la persona de Jesús. Y curiosamente, y eso es quizás lo más sorprendente de todo, lo que celebramos en la Semana Santa es la dignidad de nuestras vidas. Acoger a Jesús y acoger Su persona, Su vida, Su don, el don de la vida de hijos de Dios que Él nos hace, nos hace posible amar nuestra propia vida. En realidad, toda la Semana Santa es un gran abrazo de Dios a la humanidad miserable, dolida, doliente del hombre, y en ese gran abrazo se descubre el valor de nuestra vida. Lo que hace bella la vida, la experiencia en la tierra es justamente cuando nos sentimos amados y amados de verdad, amados bien, y amados con ese ingrediente de respeto, de afecto, de reconocimiento del misterio grande que somos. Un amor que es para el que estamos hechos. Ese amor es el que Dios nos da. Todos nos sentimos indignos de un amor así, todos sabemos que no lo hemos merecido. Pero todos sabemos que cuando ese Amor lo hemos encontrado, la vida merece la pena ser vivida.

Lo que celebramos en Semana Santa es que a pesar de todas las miserias que vemos cada día en cada telediario, en cada periódico, en cada noticia, a pesar de todo el sufrimiento humano, hay un amor que es más grande y que hace que la vida merezca la pena ser vivida, la mía, la tuya, la de todos.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

2 de abril de 2018
Granada

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 02 Apr 2018 11:20:41 +0000
“Un dolor y una muerte que ilumina nuestras vidas y nos abre el camino del Cielo, de la libertad y del amor” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43606-“un-dolor-y-una-muerte-que-ilumina-nuestras-vidas-y-nos-abre-el-camino-del-cielo-de-la-libertad-y-del-amor”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43606-“un-dolor-y-una-muerte-que-ilumina-nuestras-vidas-y-nos-abre-el-camino-del-cielo-de-la-libertad-y-del-amor”.html “Un dolor y una muerte que ilumina nuestras vidas y nos abre el camino del Cielo, de la libertad y del amor”

Oración en la Plaza de las Pasiegas de nuestro arzobispo D. Javier Martínez ante la Sagrada Imagen de Nuestra Señora de las Angustias Coronada de Santa María de la Alhambra en su estación de penitencia en la Catedral en el Sábado Santo.

El drama humano, el drama que somos cada uno de nosotros y que es nuestra vida, se ilumina, se comprende, se vislumbra, desde el fin que tiene. Qué distinto es vivir la vida con la conciencia de que todo acaba con la muerte, o vivirla con la conciencia de que vivimos para el Cielo, de que vivimos para Ti, Señor. Qué distintas son las relaciones humanas. Qué distinta es nuestra mirada al pasado y al futuro. Qué distinto es nuestro corazón y nuestra esperanza.

Al recibir a la Virgen de las Angustias de la Alhambra, la última Imagen de Pasión de nuestra Semana Santa, comprendemos que es la celebración de la Pascua, la que hace que esta Semana sea santa; la que hace que tu pasión y tu muerte no sea una más entre los millones y millones y millones de víctimas de la historia humana, sino un dolor y una muerte que ilumina nuestras vidas, nos abre el camino del Cielo y nos abre en esta vida ya el camino de la libertad y del amor, poniendo a tus pies, Señor, y a tus pies, Madre nuestra que tu Hijo nos entregó en la cruz, todas muestras intenciones, todas nuestras necesidades, nuestras carencias, nuestros dolores, nuestras heridas, rezamos juntos la Salve.

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra;
Dios te salve.
A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva;
a Ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos;
y después de este destierro
muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre.
¡Oh clementísima,
oh piadosa,
oh dulce siempre Virgen María!
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo
Amén

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

31 de marzo de 2018

Plaza de las Pasiegas, Sábado Santo

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Mon, 02 Apr 2018 10:55:09 +0000
“Señor, Tú das la vida por nosotros” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43596-“señor-tú-das-la-vida-por-nosotros”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43596-“señor-tú-das-la-vida-por-nosotros”.html “Señor, Tú das la vida por nosotros”

Homilía de Mons. Javier Martínez, Arzobispo de Granada, en la liturgia de la Palabra, celebrada en la Pasión del Señor,

Viernes Santo, en la S.I Catedral.

Ante la Lectura de la Pasión –sea la que se hace el Domingo de Ramos según el evangelista que corresponda a ese año o la que se hace el Viernes Santo- lo primero que hay que hacer es pedirLe al Señor que nos dé un corazón abierto, en el que las palabras de la Pasión, por más conocidas que sean, puedan calar como el agua cala en la tierra reseca.

De lo que más necesitamos cada uno de nosotros en nuestra vida, de lo que más necesita nuestra sociedad, lo que más necesita nuestras familias, lo que más necesita nuestro mundo es un amor verdadero. Ésa es la única medicina. Y de algún modo todos intuimos que es verdad, que ahí estaría la salud y la salvación, en muchos sentidos. No sólo la salvación en cuanto a la vida eterna después de la muerte, sino también una vida en este mundo más humana, más verdadera. Todos somos conscientes –algunas personas me lo decían justo al final de la Oración en el Campo del Príncipe-: estamos necesitados de humanidad. Y nada como la Buena Noticia, como el Evangelio de Jesucristo, es capaz de volvernos a nuestra humanidad verdadera. Tan heridos estamos. Tan contaminado es el aire que respiramos. Tan fácilmente cedemos a una vida que se deja mover por intereses, que se deja mover por las pasiones que tienden a regir el mundo cuando no es Dios quien lo ilumina y quien lo llena, que nosotros mismos sentimos, como –justamente- la tierra seca, la necesidad de algo que no somos capaces de darnos a nosotros mismos.

Por eso el Evangelio puede resonar en nuestro mundo hoy con una frescura nueva, precisamente más nueva que cuando todo el mundo se podía considerar cristiano y podíamos dar tantas cosas por supuestas. Hoy, primero el anuncio de que nuestras vidas son dignas del amor de Dios, no porque lo hayamos merecido nadie, sino porque Dios es Amor y nos ha creado justamente para poder colmar nuestras vidas y nuestro corazón. Que Dios pueda amarnos es algo que nos llena de estupor, de sorpresa; que nos resulta increíble. Y el don de la fe lo necesitamos no para hacer nuestras, por ejemplo, las afirmaciones del Credo. El punto más difícil, aquello que nos resulta “menos natural”, también por el mundo en que vivimos en buena parte, es el poder aceptar que el Dios verdadero, que el Dios único, que el Dios omnipotente pueda ocuparse de mí, ocuparse de nosotros, querernos, que podamos ser objeto de su Amor.

Oyendo las palabras de la Pasión, oía yo esa palabra que dice el Señor en la cruz (y que como tantas de las palabras en los evangelios tienen dos, tres, cuatro sentidos a veces, porque era lo habitual además en el mundo del Oriente), cuando dice Jesús “tengo sed”. Uno puede entender sin duda en el suplicio de la cruz, cuando se sabe un poco lo que era ese suplicio, una sed ardiente puede ser uno de los tormentos más agudos de un hombre crucificado.

Pero en labios de Jesús esa palabra no puede tener sólo ese sentido. “Tengo sed” sólo puede significar tengo sed de vosotros. No es sólo que el Señor se ocupe de nosotros. Es que el Señor nos desea, con aquel deseo que en el “Cantar de los cantares” se dice que el Esposo tiene de la Esposa, de su Esposa amada: que Dios pueda desearnos. Y no porque Él necesite. A diferencia del deseo humano, siempre tiene que ver con alguna carencia nuestra, el deseo de Dios es también un gesto de puro amor. Dios nos desea porque nosotros tenemos necesidad de Él. Dios desea nuestro corazón, no para apoderarse de él, no para poseerNOS, sino para que nosotros le poseamos a Él, y así podamos alcanzar esa humanidad verdadera que anhelamos y que no podemos darnos a nosotros mismos. Dios no tiene necesidad de nada que podamos darle los hombres. A Dios no le falta nada.

En la Comunión de Amor que es la Trinidad no hay ninguna carencia. Pero hay una fuerza expansiva. Es un amor que no se puede cerrar en sí mismo, porque también de eso nosotros tenemos la experiencia: el amor que se cierra en sí mismo se seca, se muere, se seca por dentro, se convierte en algo vacío y muerto. El amor de Dios es difusivo de Sí mismo, se expande, porque ese amor se comunica y se da, y ese don se cumple en la Encarnación y llega hasta el límite –lo recordaba el Evangelio del Jueves Santo- “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo (a ti, a mi, a cada uno de nosotros) los amó hasta el extremo”. “Nadie tiene amor más grande
–había dicho el Señor en otra ocasión- que el que da la vida por aquellos a los que ama”.

Señor, Tú das la vida por nosotros. Tú te entregas a Ti, para que nosotros podamos ser libres, para que podamos ser amigos tuyos, hijos del Padre, participar en tu Banquete, participar en tu Vida, vivir de esa Vida, aquí y por toda la eternidad.

Señor, abre nuestros corazones a ese amor tuyo. Elimina las dificultades que pueda haber en nuestra mirada, en nuestra experiencia, los cansancios, las heridas, las decepciones. Danos la frescura de un corazón de niño, de un corazón recién creado, recién nacido, para que podamos acoger tu amor y vivir de él, y vivir en él, hoy y todos los días de nuestra vida, y para siempre.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

30 de marzo de 2018
S. I Catedral, Oficios Viernes Santo

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no-autor@odisur.es (Delegado Odisur) Granada Sat, 31 Mar 2018 15:48:47 +0000
“Los brazos de Cristo en la cruz están abiertos para todos” http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43593-“los-brazos-de-cristo-en-la-cruz-están-abiertos-para-todos”.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43593-“los-brazos-de-cristo-en-la-cruz-están-abiertos-para-todos”.html  “Los brazos de Cristo en la cruz están abiertos para todos”

Oración de las cinco llagas en el Campo del Príncipe, dirigida por Mons. Javier Martínez. A la Hora en que Cristo entregó su Espíritu, las tres de la tarde, Granada guardó un minuto de silencio, que fue de oración y súplica.

El gesto que hacemos es un gesto de adoración de gratitud; de gratitud al don del hijo de Dios que entrega su vida por nosotros. Y nosotros reconocemos ese don guardando silencio en el momento que recuerda, que conmemora el hecho de su muerte, donde Él nos entrega todo lo que es. Y Él es el Hijo de Dios. Lo que nos entrega es la vida divina.

Ese Acontecimiento ha dividido la historia en dos partes. Ese Acontecimiento ha abierto para todos los hombres, para todos nosotros, la posibilidad de una vida en libertad: la libertad gloriosa de los hijos de Dios. La libertad que genera un amor más grande que nuestros pecados, más grandes que nuestras pobrezas y nuestras miserias, más grande que nuestras mezquindades, seáis quienes seáis, seamos quienes seamos, sea cual sea la historia de cada uno de nosotros, nuestras cualidades o nuestros defectos, sean cuales sean nuestras circunstancias, las heridas que llevamos a nuestras espaldas. Los brazos de Cristo en la cruz están abiertos para todos. No hay nadie a quien el Señor rehúse Su Misericordia. No hay nadie a quien el Señor rehúse Su Amor. Están clavados en la cruz justamente para que no puedan cerrarse ante nadie.

Mis queridos hermanos, es un día para celebrar el comienzo de una historia nueva. Podemos vivir del amor de Cristo. Y el amor de Cristo es capaz de hacer florecer en el corazón más seco los frutos de amor y de misericordia de unos para con otros.

Que podamos acogernos a ese Amor. Colgarnos del cuello de Jesús. Apoyarnos en él. Descansar en él. Dejar que Él cargue con nuestros pecados. Él es Dios, infinitamente más grande. Y su poder más grande es justo el poder de perdonar, de amar sin límites; es justo el poder de acogernos a Él sin condiciones.

Señor, que sepamos acogernos a ese amor tuyo y que Tu Misericordia y Tu Amor hagan florecer entre nosotros, en nuestra ciudad, en nuestros barrios, en nuestras casas, en nuestras familias, el perdón y el amor que sólo ellos hacen la vida humana digna de ser vivida con gozo, con gratitud, con sentido, con la certeza de un significado que no termina ni siquiera con la muerte.

Que así sea para todos vosotros, para todas las personas que queréis, que amáis, para todas vuestras familias.

(ndr. Suena el cornetín que anuncia las tres de la tarde, suenan las campanas de la iglesia de San Cecilio y se hace silencio durante un minuto)

Cristo de los Favores, adoramos las llagas de tus pies y manos y la sangre que derramaste por ellas. Te pedimos que nos perdones los pecados que hemos cometido, los malos pasos que damos a diario en nuestras vidas, la tibieza con la que recorremos nuestro camino, las barreras que de continuo ponemos a tu amor y unos para con otros, nuestras cobardías y abandonas, nuestra falta de fe, de sinceridad, de amor y de entrega a los demás.

Concédenos, Cristo, Señor, Dios nuestro, la gracia de caminar siempre por el sendero de tus mandatos, para hacernos así dignos de tu Vida y de tu Reino. Amén.

POR LA LLAGA DE TU PIE IZQUIERDO

Cristo de los Favores, adoro devotamente la llaga dolorosa de tu pie izquierdo por el dolor que en ella sentiste y por la sangre que derramaste.

Te pedimos, Señor, en primer lugar, por la paz del mundo, para que no haya miseria ni hambre en la tierra. Por cuantos gobiernan las naciones. Por tus misioneros, que extienden la buena noticia por todos los rincones de la tierra.

Padre Nuestro que estás en el Cielo,
santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu Reino.
Hágase tu Voluntad,
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día.
Perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación
y líbranos del mal.
Amén


POR LA LLAGA DE TU PIE DERECHO

Cristo de los Favores, adoro devotamente la llaga de tu pie derecho, por el dolor que en ella sentiste y por la sangre que derramaste.

Bendice, Cristo, Señor Nuestro, a todos los pueblos del universo, sobre todo a los más pobres.

Bendice a los perseguidos por tu causa, a los abandonados, a los que padecen hambre o padecen el odio de sus hermanos, la tragedia de la guerra.

Bendice, Señor, a quienes están luchando entre la vida y la muerte, a los moribundos.

Acógelos a todos en tu Reino.

Padre Nuestro que estás en el Cielo,
santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu Reino.
Hágase tu Voluntad,
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día.
Perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación
y líbranos del mal.
Amén


POR LA LLAGA DE TU MANO IZQUIERDA

Cristo de los Favores, adoro devotamente la llaga dolorosa de tu mano izquierda por el dolor que en ella sentiste y por la sangre que derramaste.

Te pedimos, Cristo, Señor Nuestro, por los que prometen una falsa felicidad a bajo precio; por los que se empeñan en servir a dos señores; por los que blasfeman tu santo nombre; para que haya justicia y equidad en nuestro mundo.

Padre Nuestro que estás en el Cielo,
santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu Reino.
Hágase tu Voluntad,
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día.
Perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación
y líbranos del mal.
Amén


POR LA LLAGA DE TU MANO DERECHA

Cristo de los Favores, adoro devotamente la llaga dolorosa de tu mano derecha por el dolor que en ella sentiste y por la sangre que derramaste.

Bendice, Cristo de los Favores, a todos los movimientos apostólicos de tu Iglesia, a nuestras hermandades y cofradías, a sus Juntas de Gobierno, a sus familias.

Bendice esta Cofradía de los Favores y a todos sus miembros, y concédenos a todos la gracia de amarnos de todo corazón y dirigir nuestras obras a tu gloria y al bien de nuestros hermanos.

Padre Nuestro que estás en el Cielo,
santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu Reino.
Hágase tu Voluntad,
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día.
Perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación
y líbranos del mal.
Amén


POR LA LLAGA SAGRADA DE TU COSTADO

Cristo de los Favores, adoro devotamente la llaga sagrada de tu costado por la sangre que derramó; sangre y agua, nos dice el Evangelio. Agua, símbolo del bautismo. Sangre, símbolo de tu Presencia a lo largo de los siglos en la Eucaristía.

Te pedimos, Jesucristo, Señor Nuestro, por los que encienden enemistades y odios, por los que calumnian.

Te pedimos que sepamos fomentar la unión fraterna de todas las personas. Que sepamos aliviar, consolar y acompañar a los enfermos.

Te pedimos por los más necesitados; por los que están solos; por los que sufren el dolor en su cuerpo o en su alma; y Te pedimos también por todas esas intenciones que hay en nuestro corazón y que sólo Tú conoces.

Padre Nuestro que estás en el Cielo,
santificado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu Reino.
Hágase tu Voluntad,
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día.
Perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
No nos dejes caer en la tentación
y líbranos del mal.
Amén


El Señor esté con vosotros.

La bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre todos vosotros y vuestras familias y os acompañe siempre.

Podéis ir en paz.


+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

Oración de las cinco llagas

Campo del Príncipe (Granada)

30 de marzo de 2018, Viernes Santo

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Fri, 30 Mar 2018 17:29:40 +0000
Sacerdocio, el horizonte de una vocación preciosa http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43588-sacerdocio-el-horizonte-de-una-vocación-preciosa.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43588-sacerdocio-el-horizonte-de-una-vocación-preciosa.html Sacerdocio, el horizonte de una vocación preciosa

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Misa Crismal en la Catedral, celebrada el Jueves Santo, en la que los presbíteros diocesanos renovaron sus promesas sacerdotales y se bendijeron los Santos Óleos y se consagró el Santo Crismal.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

queridos hermanos y amigos todos:

Si cada Eucaristía es la fiesta de la Iglesia, de alguna manera las celebraciones del Jueves Santo lo son de una manera especial. Es la fiesta de la Iglesia y es la fiesta, en esta Eucaristía de la Misa Crismal, de una manera particular, donde toda la Iglesia da gracias a Dios por el don del sacerdocio; del sacerdocio de Cristo, cumplido en la cruz y que permanece en la historia a través nuestro.

(…)

Poder decir ese “Tomad comed, este es mi Cuerpo; tomad, bebed…” con verdad, con la verdad que somos capaces nosotros pobres criaturas humanas, con la sencillez y la sinceridad de la que somos capaces nosotros pobres criaturas humanas, ese es el horizonte de una vocación preciosa que nunca seremos capaces de agradecer a Dios lo suficiente, de comprender lo suficiente y de vivir en plenitud para bien vuestro, para bien de la Iglesia, y del mundo, que ha sido creado para constituir un día un solo rebaño bajo un solo pastor. Bajo un solo Pastor, que entrega su Vida por la vida de sus ovejas; que entrega su vida sin límites, para que nosotros podamos vivir contentos. “Yo he venido para que mi alegría –dice Jesús- esté en vosotros y para que vuestra alegría llegue a plenitud”. (…)

Continúa la homilía pinchando en este enlace.

 

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

29 de marzo de 2018

S.I Catedral, Misa Crismal, Jueves Santo

Escuchar homilía

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no-autor@odisur.es (Gabinete Odisur) Granada Fri, 30 Mar 2018 17:20:47 +0000
El misterio de amor, lo único capaz de fundar nuestra vida http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43587-el-misterio-de-amor-lo-único-capaz-de-fundar-nuestra-vida.html http://odisur.es/diocesis/granada/documentos/item/43587-el-misterio-de-amor-lo-único-capaz-de-fundar-nuestra-vida.html El misterio de amor, lo único capaz de fundar nuestra vida

Homilía de Mons. Javier Martínez, en la celebración de la Cena del Señor, en el Jueves Santo, en la S.I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;

muy queridos sacerdotes concelebrantes;

queridos hermanos y amigos todos:

En la celebración de esta tarde en la que recordamos la Cena última del Señor –como su “testamento”- no cuentan sólo las Lecturas que hemos oído, de las cuales el Evangelio nos relata justamente la cena y los gestos que acompañaron a esa Cena Pascual. Lo que Jesús hizo aquella tarde ayuda a interpretar su vida, su pasión, su muerte, lo que iba a pasar un poco después. Nos ayuda a nosotros a vivir con más verdad lo que estamos a punto de celebrar mañana y los 50 días de fiesta que vienen después de mañana, en la Pascua. ¿En qué sentido?

En primer lugar, Jesús hace coincidir su pasión con una celebración judía de la Pascua. Hemos leído en el relato del Antiguo Testamento qué significaba la Pascua, por qué los judíos celebraban la Pascua, en recuerdo de aquella noche en Egipto, la víspera justo de ponerse en camino hacia la Tierra Prometida, cuando tenían que sacrificar un cordero y marcar el dintel de las puertas de sus casas con la sangre de ese cordero. Según el relato bíblico, el ángel exterminador pasaría aquella noche por las casas de Egipto y allí donde estuvieran las puertas marcadas con la sangre de ese cordero pasaría de largo; serían liberados y al día siguiente ellos podían ponerse en camino, les pedirían incluso que se pusieran en camino.

El hecho de que Jesús una su pasión con esta celebración pascual nos indica que Él interpreta su pasión como el sacrificio del cordero inocente, del cordero pascual; que Él se presenta a sí mismo, se da a sí mismo como el cordero pascual, para librarnos a nosotros del ángel exterminador, es decir, para librarnos a nosotros del dominio del pecado. No en el sentido de que automáticamente y como de una manera mágica nosotros de repente hemos quedado convertidos en santos en el sentido moral. No. Pero sí en el sentido de que el valor de nuestras vidas, el significado de nuetras vidas no está determinado ya por nosotros mismos, por nuestras medidas, por nuestros cálculos, ni siquiera por nuestros cálculos del bien y del mal. Está determinado exclusivamente por el don del amor infinito que Dios nos ha dado en su Hijo Jesucristo. Ya Juan Bautista llamó a Jesús el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Nosotros lo repetimos en cada Eucaristía: Éste es el Cordero de Dios. Y esa comprensión de la Pascua judía baña toda la celebración eucarística. El momento de la consagración no es simplemente el momento de un milagro donde el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Es que el Señor nos ofrece ese cuerpo y esa sangre como prenda de nuestra salvación eterna, como regalo que nos hace de su Vida divina, como don que se une a nosotros, que se hace alimento –como alimento fue, era y sigue siendo en el pueblo judío el cordero pascual; pero aquel era un cordero que no era mas que un símbolo. El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo que nos protege y nos libra del dominio del pecado sobre nuestras vidas es Jesucristo.

Y ése será también el significado del Lavatorio de los pies. Jesús se levanta, se quita el manto, y hace un oficio que estaban llamados a hacer los esclavos. En una casa buena, noble, del pueblo de Israel, en una casa de judíos ortodoxos que se preciaran de serlo, si uno venía de camino y entraba en casa, lo primero que hacía un esclavo era acercarse y lavar los pies a quienes venían de camino. El calzado más común que había en ese momento eran las sandalias (lo sigue siendo en gran parte del Medio Oriente) y los pies se manchan y ensucian con las sandalias; y había un esclavo que tenía ese oficio de lavar los pies. También con ese gesto de lavar los pies el Señor expresa lo mismo que expresará el rasgo de que aquella cena fuese una cena pascual. Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo. Está refiriéndose a su muerte. Su muerte será para nosotros una purificación de Aquél que es Señor de todo, pero que asume el oficio de esclavo nuestro. Oiremos cantar en el pregón de la noche de Pascua: “para libertar al esclavo entregaste al Hijo”. Jesús toma la condición de esclavo, se despoja de su condición divina y toma la condición de esclavo, para que nosotros podamos pasar a ser hijos. Es eso lo que significa que el poder del pecado no tiene ya la última palabra, ni tiene dominio absoluto sobre nuestras vidas. Somos hijos. Crecemos, vivimos en este mundo en la libertad de los hijos. Vivimos ante la mirada de un Dios que es amor, que es misericordia, que no se cansa jamás ni de nosotros, ni de querernos, ni de perdonarnos, ni de llamarnos a participar de su Vida y de su Amor. “Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo”. Si Cristo no se entrega en manos de los hombres, para sembrar en el corazón mismo de la muerte la vida divina, no hubiera vaciado a la muerte y al pecado de su poder, limpiándonos así de nuestros pecados.

Y por último, la Eucaristía. El gesto mismo de romper el pan y ofrecerlo: “Es mi cuerpo”. Lo que el Señor ofrece es su cuerpo, su vida. Lo hizo aquella noche y lo hace de una manera simbólica, misteriosa, sacramental, cada vez que se celebra la Eucaristía. El Señor se ofrece por nosotros, pone su vida a cambio de la nuestra. ¿Nosotros qué te podemos dar a Ti, Señor? Nuestra muerte. Nuestro pecado. Es lo único que es propio nuestro y que Tú no tienes. Y Tú nos das a cambio en ese precioso intercambio, en ese intercambio que no tiene en el vocabulario humano palabras para expresar, Tú nos das tu vida divina a cambio de nuestro pecado y de nuestra condición mortal que nosotros ponemos en Ti, en tu muerte.

En la Pasión y en la muerte de Cristo se cambia sencillamente los órdenes de las cosas, la lógica de las cosas. Según nuestros cálculos y pensamientos humanos, Dios es el poderoso que se impone a Sí mismo con su poder. Es el Todopoderoso. Pero es el Todopoderoso precisamente porque es capaz de despojarse de Sí mismo y de darse a nosotros por amor, sin que nosotros lo merezcamos, sin que nosotros podamos merecerlo jamás. Y ésa es la omnipotencia de Dios. Y esa omnipotencia es la que revela al Padre de Nuestro Señor Jesucristo, y a su Hijo, y al Espíritu que Él nos da como el Dios verdadero. El único Dios verdadero, porque es el único que da sentido en su profundidad última a la vocación al amor que todos podemos reconocer en el fondo de nosotros mismos. Es el único que nos permite reconocer que esa vocación al amor nuestra no es algo absurdo, necio, sino una participación ya en el Ser de Dios.

Mis queridos hermanos, los tres gestos de Jesús –el gesto pascual, del cordero que se sacrifica por el bien del pueblo, el gesto del lavatorio de los pies y el gesto de entregar nuestra vida por nuestros hermanos- no son gestos limitados, por ejemplo de la Eucaristía a los sacerdotes.

Esta mañana celebrábamos en la Misa Crismal, y renovaban los sacerdotes de la Diócesis sus promesas sacerdotales, y celebrábamos esa especie de incorporación única, de ensimismamiento único propio del presbítero con el misterio de Cristo que se da en la Eucaristía. Pero es verdad que “haced esto en memoria mía” no va sólo dirigido a los sacerdotes. Todos estamos llamados a dar la vida los unos por los otros. En esa misma Última Cena –en un pasaje que no hemos leído- se dice “este es el mandamiento nuevo”. En el Antiguo Testamento el mandamiento era “amarás al prójimo –a quien está a tu lado- como a ti mismo”. Jesús nos dice: el mandamiento nuevo es “amaos los unos a los otros como yo os he amado”. A la medida de Tu amor. Y esa medida de Tu amor es una medida sin medida; es una medida sin límite; es una medida cuyo horizonte no se acaba jamás. Me diréis: nadie somos capaces de amar así. Evidentemente. (…) ¿Por qué no somos capaces de conformarnos con un amor que de entrada sea limitado? Porque estamos hechos para un amor infinito. Y ese horizonte del amor infinito es el que Jesucristo nos abre su Vida, en su Pasión y en su muerte: “Haced esto en memoria mía”. “Este ejemplo que yo os he dado hacedlo vosotros unos con otros”. “Llevad –dirá San Pablo- los unos las cargas de los otros”. Ayudaos a llevar la carga de la vida, la carga de nuestros límites, la carga de nuestras pobrezas, la carga de nuestras miserias, de nuestro pecado. Sed Cristo los unos para los otros.

Vamos a adentrarnos ya en esta tarde, mañana y pasado, en el silencio del Sábado Santo, en ese misterio de amor, que es lo único capaz de fundar nuestra vida. El cristianismo representó en la historia una gran explosión de alegría. Porque en el amor de Jesucristo, en el amor de Dios por el hombre, sabiendo nosotros lo que somos, somos capaces de reconocer que la vida tiene sentido; que la aventura de vivir es una aventura, en ese horizonte de amor, bellísima, apasionante, capaz de sostener la vida y sostener el corazón, tenso, con un horizonte que es el de la vida eterna, que no se acaba jamás.

Mis queridos hermanos, que el Señor nos conceda asomarnos a la belleza de este misterio, participar de ella a la medida de nuestra pequeñez, construir nuestra familia, nuestro mundo, nuestras relaciones humanas según este modelo precioso que da dignidad, da belleza, da gozo y gratitud a nuestra vida.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

29 de marzo de 2018

S.I Catedral, Cena del Señor, Jueves Santo

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