Pascua es la fiesta de la vida, de la vida eterna

Carta del obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández

La victoria de Jesucristo sobre la muerte abre un horizonte inmenso a la existencia de toda persona. No vivimos encerrados en este mundo, que, por muy larga que sea su duración, termina en la muerte. Nuestro destino no es la muerte, sino la vida y una vida eterna, que no acaba, una vida en plenitud. Por eso, la resurrección de Cristo es fuente de alegría en el mundo entero. Nada ni nadie podrá arrebatarnos esta alegría, porque es irreversible en Jesús y en todos los que creen en su nombre.

La fiesta de la Pascua coincide con la Jornada por la Vida, cuyo lema este año dice: “Educar para acoger el don de la vida”. La vida en todas sus fases es un don de Dios para nosotros. La vida es un don de Dios desde su concepción en el seno materno. Sea como sea, una nueva vida merece todo el respeto del mundo, porque es sagrada. No podemos ni debemos acostumbrarnos al aborto, que se realiza a escalas kilométricas en nuestro entorno. El derecho a decidir choca frontalmente con el derecho a la vida, y debe prevalecer éste sobre el otro. Nunca se puede suprimir la vida de un ser inocente en el seno materno, que siempre debe ser el lugar más cálido y seguro de acogida de la vida naciente.

La Escuela de Magisterio de la Iglesia en Córdoba ha promovido el premio “Madre y Maestra de vida”, que ha suscitado su correspondiente polvareda. Se trata de premiar a aquellas mujeres jóvenes, que en el uso de su libertad deciden acoger la vida que ha brotado en un embarazo imprevisto. Toda la sociedad se les echa encima, casi todos la incitan a abortar para quitarse el problema de en medio: profesionales de la salud, familiares, amigos, etc. Dada la cultura de la muerte que se ha extendido como pólvora entre nosotros, es muy difícil asumir la viabilidad de ese embarazo, que traerá al mundo una nueva criatura. Pues bien, alguna mujeres jóvenes universitarias, contra viento y marea, han adoptado la postura contracultural de aceptar al hijo de sus entrañas, no han cedido a la presión homicida y ahora gozan de su criatura, que no cambiarían por nadie ni por nada en el mundo. Al premiar esto, que no deja de ser un gesto heroico en nuestros días, no faltan quienes se rasgan las vestiduras por contradecir el pensamiento único y lo políticamente correcto.

Pequeñas acciones como ésta van educando para acoger el don de la vida. Ahí tenemos la Congregación Religiosa de las Adoratrices, que por carisma fundacional se dedican –también en nuestra diócesis de Córdoba- a acoger la vida y a las madres gestantes, víctimas de la trata, provenientes de la prostitución y de las redes que esclavizan a la mujer. Merecen un monumento estas religiosas y los voluntarios que las ayudan por poner en riesgo sus vidas en favor de la dignidad de la mujer y de la vida naciente. La Congregación lleva haciéndolo más de siglo y medio, pero es un carisma verdaderamente actual en nuestro siglo XXI. De la adoración a Cristo sacramentado en la Eucaristías a la liberación de las mujeres más vulnerables, en un bucle lleno de bienes para la sociedad.

“Educar para acoger el don de la vida” es también toda la tarea en favor de los discapacitados, que tantas instituciones llevan a cabo. Nos espanta recibir la noticia de la violencia doméstica, donde la mujer es casi siempre la víctima. Y hemos de reconocer la inmensa labor que desde distintas instancias se realiza en favor de los mayores, cuando los pilotos van apagándose y los remos ya no funcionan. Pensemos en tantos afectados de alzhéimer, en tantos enfermos terminales, en tantas enfermedades raras que polarizan la atención de toda una familia. Acoger el don de la vida es una de las principales tareas de nuestro tiempo para la que hemos de educarnos todos. Celebramos en esta semana la XXIII Semana de la Familia en nuestra diócesis con temas acerca de la encíclica “Humanae vitae” (1968) en su 50 aniversario, la encíclica defensora de la vida desde su concepción. Oremos por la Vida, dejemos a Cristo resucitado que inunde nuestro mundo con su nueva vida, no permita que nos hagamos aliados de la muerte y participemos plenamente de su resurrección. ¡Aleluya!

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández

Obispo de Córdoba