Misa Crismal

Homilía de Mons. Demetrio Fernández, obispo de Córdoba,en la Misa Crismal concelebrada con su presbiterio.


Santa Iglesia Catedral de Córdoba, 27 de marzo de 2018

Saludos: Mons. Mario Iceta obispo de Bilbao, antes presbítero de esta
diócesis, Vicario general y Consejo Episcopal de Córdoba, Cabildo Catedral,
arciprestes, párrocos y vicarios parroquiales, sacerdotes religiosos.
Consagrados/as en la vida religiosa, fieles laicos. Queridos seminaristas.

Ungidos por el Espíritu Santo

“Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4,21), y se
cumple también en nuestras vidas, queridos sacerdotes. En la Misa Crismal,
el protagonista es el Espíritu Santo que unge a Jesús y unge a su Iglesia,
Pueblo sacerdotal. No somos sacerdotes por iniciativa personal de cada uno,
o por iniciativa de alguien que nos obligara a serlo. La Misa Crismal que
estamos celebrando nos habla de la unción de Cristo, que va bajando por
cada uno de sus miembros, que baja por la barba de Aarón hasta la orla de
su ornamento (cf S 133,2), la unción con la que Cristo unge y perfuma a su
Esposa la Iglesia. Esa unción de Cristo ha llegado hasta nosotros en el
bautismo y en la confirmación, haciéndonos hijos de Dios para siempre,
partícipes de la filiación divina. Y posteriormente hemos sido ungidos en el
sacramento del orden por la imposición de manos del obispo y de los
hermanos presbíteros, y el santo crisma ha empapado nuestras manos
consagrándolas para bendecir y perdonar. “Reaviva el don de Dios que hay
en ti por la imposición de mis manos” (2Tm 1,6), le recuerda san Pablo a su
discípulo Timoteo.

De Cristo a su Iglesia, y en su Iglesia cada uno de nosotros hemos sido
ungidos por el Espíritu Santo. El sacramento del Orden nos hace partícipes
del sacerdocio ministerial, al configurarnos con Cristo Cabeza y Esposo de
su Iglesia. Se trata de una nueva unción, de un nuevo sacramento, que
imprime en nosotros presbíteros y obispos el carácter sacramental. Nuestro
ministerio no es por tanto una capacitación profesional, sino una realidad
ontológica, metafísica, que ha mutado nuestro ser más profundo,
haciéndonos ministros de Cristo para el servicio del Pueblo de Dios, por eso
se llama ministerial, para el servicio. Cuando el Espíritu Santo ha ungido la
carne de Cristo, la ha capacitado para la gloria; cuando el Espíritu Santo unge
nuestra existencia, nos hace capaces de representar a Cristo y actuar in
persona Christi Capitis. “Doy gracias a Cristo Jesús, que me hizo capaz, se
fió de mí y me confió este ministerio” (1Tm 1,12), nos recuerda el Apóstol.
Una vez sellados y marcados con esta unción, ya no podremos dejar
nunca de ser otros Cristo (alter Christus). Nuestra vida va configurándose
espiritualmente, sicológicamente, existencialmente como la de Cristo. De ahí
la importancia de nuestra relación con él, por medio de la oración
permanente, para parecernos más a él. Nuestra vida, queridos sacerdotes, no
se entiende ni se sostiene, si no es en esta relación permanente de amor con
quien nos ha amado primero y nos ha llamado a seguirle. Si dejamos enfriar
el amor, podría llegar un día en que nos preguntáramos: Y ¿qué pinto yo en
esta tarea, en este oficio? Hoy es un día para renovar en esta Misa Crismal
nuestros compromisos sacerdotales, aquellos que un día asumimos
gozosamente el día de nuestra ordenación. Y si el fervor hubiera decaído, es
momento de atizar el amor con la petición humilde ante el Señor.

Para ser santos sacerdotes

No cumplimos con menos. Nuestra aspiración no puede ser la de ir
tirando como podamos. El planteamiento de nuestra vida ha de ser un
planteamiento de santidad. Luego nos quedaremos donde lleguemos y donde
Dios nos conceda llegar, pero el planteamiento por nuestra parte ha de ser
claramente de santidad. No es para menos, después de haber recibido tanta
gracia. Sólo entonces nuestro ministerio es fecundo. Si pactamos con la
mediocridad, si consentimos el pecado venial fácilmente, nuestra vida pierde
fuelle. Sólo un planteamiento de santidad alimenta cotidianamente el
entusiasmo que puede hacer frente a las dificultades de la vida y animar a
otros a tirar para arriba siempre.

Permitidme una vez más que insista en la necesidad de alimentar la
vida espiritual con la oración diaria, con la mortificación de tantos apegos y
afectos desordenados, con la lectura espiritual y el recogimiento de los
sentidos. Cuánto tiempo perdido en televisión, en internet, en redes sociales
cuando se emplean mal. Os invito una vez más a la práctica anual de los
Ejercicios espirituales, al retiro mensual, buscando horas para el silencio y
la oración personal. Vivimos en un mundo en el que la actividad nos devora
y en el que la incitación a apartarnos de Dios es permanente. Si no hay vida
espiritual bien alimentada, no me extraña que uno deje el ministerio
sacerdotal o incluso pierda la fe. “Quien no hace oración no necesita
demonio que lo tiente”, decía Sta. Teresa de Jesús. No basta con hacer
campaña vocacional cada año, de manera que no falten nuevos sacerdotes en
nuestra diócesis y en la Iglesia universal; es necesario atender también este
flanco de la perseverancia sacerdotal. De lo contrario, hasta las más altas
torres pueden caer, con el consiguiente escándalo para el Pueblo de Dios y
con el riesgo de perdición de quien no ha sido fiel a su vocación. Mantenerse
en la mediocridad es ponerse en riesgo de perderse. Por eso, es necesario que
en nuestra vida sacerdotal planteemos un tono de santidad. Una vida
sacerdotal bien planteada es una vida sacerdotal en clave de santidad.

Viviendo la radicalidad evangélica

Así nos lo enseña el concilio Vaticano II y la exhortación Pastores
dabo vobis (nn. 27-30). Así nos lo recuerda constantemente el Papa
Francisco, avisándonos del peligro de mundanidad, de clericalismo, de
hipocresía vital.

La vida sacerdotal es una vida de fe, vivida en la humildad y la
obediencia a Dios. La obediencia sacerdotal, la que prometimos el día de
nuestra ordenación, es innegociable. Somos enviados allí donde Dios, a
través de la mediación humana de nuestros superiores, nos ha situado. Mala
cosa el compararnos con los demás. De esa comparación sólo brota la
envidia, el recelo, el disgusto, la queja continua, el carrierismo. Estar
contento con lo que me ha tocado, trabajar con ilusión y plena dedicación en
la parroquia que me han confiado o en el servicio que me piden. Lo
importante no es a cuántas personas llego o cuántos éxitos obtengo, lo
importante es que yo me vaya pareciendo cada vez más a Jesucristo, que
aprendió sufriendo a obedecer. Ahí reside la fecundidad de una vida
entregada. Obediencia y humildad.

Con un corazón virginal. Hemos de aprender a administrar nuestra
soledad, para que no sea una losa que aplasta, sino un retorno continuo al
amor de mi vida. Hemos sido tocados en lo más profundo del corazón por un
amor que necesita alimentarse continuamente de una respuesta generosa de
amor. Hemos renunciado a una familia propia para dedicarnos a la familia
de Dios, que es la Iglesia, la humanidad entera. Cuando el corazón está vacío,
se agarra a lo que pilla, y no siempre bueno. Miremos a tantos sacerdotes que
han alimentado su corazón con un celo de entrega diaria, superando la
condición de solterones y han entregado la vida, dejando huella en las
parroquias a las que han servido. He conocido en esa diócesis de Córdoba a
bastantes sacerdotes ejemplares, que han gastado su vida en la entrega
generosa. Sigamos sus huellas.

En pobreza y desprendimiento continuo. No nos hemos hecho curas
para ganar dinero, ni para ver crecer la cuenta corriente. No somos
funcionarios que cumplen con su trabajo durante unas horas y las demás las
dedican a lo suyo. Nos hemos hecho curas para vivir austeramente, cercanos
a los pobres “nuestros señores” (S. Vicente de Paul), para administrar con
toda transparencia los bienes de la Iglesia, que no son nuestros. Pero, además
de los dineros, están los honores, lo títulos, los cargos… “Por él lo perdí
todo”, nos dice san Pablo (Flp 3,8). Sólo entonces lo tendremos a él del todo.
Queridos seminaristas, vale la pena ser cura hoy. Es una vocación
preciosa, y os lo digo después de largos años y pudieran decir lo mismo los
sacerdotes que ahora renuevan sus promesas. Ahora bien, plantead vuestra
vida en tono de santidad, así inyectareis nueva savia en este presbiterio, que
tiene una historia de santidad en tantos sacerdotes que nos han precedido,
afinad cada vez más en vuestra formación para el sacerdocio ministerial, en
vuestra entrega generosa y sin reservas. Os tocarán tiempos difíciles y, por
eso mismo, tiempos apasionantes. Jesucristo y su Evangelio siguen siendo
una necesidad vital para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y
necesitan personas que lo encarnen en sus propias vidas. ¿Estáis dispuestos?
“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha
enviado a evangelizar a los pobres…, a proclamar el año de gracia del Señor”
(Lc 4,18-19).

Felicidades, queridos sacerdotes, en este día de renovación de vuestra
entrega sacerdotal. Gracias por vuestro trabajo y dedicación. Lo constato día
a día en la Visita pastoral. Me edifica profundamente y me estimula ver ese
trabajo vuestro de cerca, día a día, en cada una de vuestras parroquias. Dios
os bendiga siempre y os mantenga fieles hasta el final. Amén.