Mirad a Jesucristo, sólo en él hay salvación

Carta del obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández

Los ojos puestos en Jesucristo, la cuaresma avanza hasta la celebración de la Pascua, que se acerca. Y Jesucristo va centrando cada vez más nuestra atención. El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús levantado en alto, atrayendo a todo el que lo mira, como aquel estandarte que levantó Moisés en el desierto. Quien lo miraba quedaba curado de las picaduras mortales de las víboras. Todos nosotros estamos continuamente acechados por el pecado que nos ha “picado” y nos ha herido de muerte. Nadie puede traernos la salvación; sólo Jesucristo, que ha sido enviado por Dios Padre para traer la salvación al mundo entero.

“Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,17). Jesucristo no ha venido a echar a nadie fuera, ha venido para atraer a todos hacia él. Jesús no juzga ni excluye a nadie, sino que busca a todos y cada uno para ofrecerles su salvación. Él ha venido en medio de las tinieblas de este mundo para ser luz que disipa esas tinieblas. El que se acerca a él se siente iluminado, desapareciendo las tinieblas de su vida. Pero el que obra mal, no quiere la luz, no quiere “aclararse”, no se deja iluminar, para no verse acusado por sus obras.

Vivimos unos tiempos en que a lo malo se le pone nombre de bueno y a lo bueno se le pone nombre de malo. La confusión está servida, y cuánto daño hace esa confusión a todos, especialmente a los más jóvenes. Cuánto sufrimiento en medio de esta desorientación, en la que además el desorientado no quiere que lo orienten. Jesús va llegando a la vida de todos, suave o repentinamente, de todo el que lo permite voluntariamente. Y cambia la vida de muchos. De todos los que se dejan iluminar por él. La cuaresma es una oportunidad para ello.

Por eso, es preciso mirar a Jesucristo. Muchas veces sobran los razonamientos, están de más los sentimientos refractarios, la propia voluntad se siente contradicha. Una mirada de fe puede abrir el corazón de par en par a ese amor que ronda a la puerta de nuestro corazón. ¿Qué tengo que hacer? –Dejarte querer por un amor que te sana y te dignifica.

De una u otra manera hemos seguido nuestros desordenados intereses. “También nosotros vivíamos en el pasado siguiendo las tendencias de la carne, obedeciendo los impulsos del instinto y de la imaginación, y estábamos destinados a la ira, como los demás. Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que os amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo. Estáis salvados por pura gracia… Y esto no viene de vosotros, es don de Dios” (Ef 2,3-9).

La salvación es gracia de Dios, para nosotros y para los demás. El tiempo de cuaresma es tiempo más propicio de esta gracia, de este amor misericordioso de Dios. Por eso, hemos de interceder unos por otros con la gran confianza de que Dios puede llegar, quiere llegar al corazón de tantas personas en este tiempo favorable, quiere llegar a nuestro propio corazón para cambiarlo.

Mirar a Jesucristo. En él Dios Padre nos manifiesta su amor hasta el extremo. En Cristo crucificado encontramos un amor que nos desborda. Dejarnos querer por él nos va transformando hasta identificarnos con Jesús, de manera que podamos decir con el apóstol: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20). Sólo en él hay salvación, lo demás son sucedáneos. Sólo él es el Hijo; sólo él es Dios; sólo él se ha hecho hombre, sin dejar de ser Dios para divinizarnos a nosotros. Sólo él ha ido a la muerte por amor para pagar por nuestros pecados. Sólo él ha resucitado, rompiendo las cadenas de la muerte para darnos nueva vida con horizonte de cielo. Sólo en él hay salvación.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández

Obispo de Córdoba