Mirar a Jesús desde el Corazón de María Mes del Rosario

Carta del obispo de Córdoba, Mons. Demetrio Fernández

¿De qué estará hecho el corazón de una madre? Cada hijo tiene experiencia de ser amado de manera especial desde el corazón de su madre. Es un amor único, rebosante de ternura, que conoce al hijo mejor que nadie y le comprende, e incluso disculpa sus defectos. Una madre habla siempre bien de su hijo y pondera sus cualidades, no le importa quedar ella en situación inferior, porque a ella le llena de satisfacción que su hijo sea más grande que ella.

Nos encontramos en el mes de octubre, mes del Rosario. Feliz invento de santo Domingo de Guzmán, cauce de evangelización, oración para los sencillos y los pobres, contemplación serena de los misterios de la vida de Jesús desde el corazón de su Madre bendita. Cuando uno no sabe o no puede rezar, todavía se pueden desgranar avemarías sueltas y seguidas, contemplando algún momento de la vida de Jesús. En el rezo del Rosario se experimenta una compañía de María, que rompe todo aislamiento. Estando ella, nos sentimos felizmente queridos, aún en medio del sufrimiento.

Los misterios gozosos nos hacen partícipes de la alegría del Evangelio: el anuncio del ángel, la visitación de María, el nacimiento de Jesús, la ofrenda en el Templo, el hallazgo de Jesús después de haberlo perdido. Todo el evangelio de la infancia es comunicación de una alegre noticia, aunque no falten momentos de dolor. Acercarse a Jesús desde el corazón maternal de María es mirar con lupa ampliada esa alegría y pedirle a Dios que nos conceda por intercesión de María participar en esa alegría durante toda nuestra vida.

En los misterios luminosos asistimos con María a escenas de la vida pública de Jesús: el bautismo en el Jordán, las bodas de Caná, el anuncio del Evangelio, la transfiguración y la institución de la Eucaristía. Son momentos claves de la vida de Jesús, que ahora miramos retrospectivamente desde el Corazón inmaculado de María.

Los misterios dolorosos nos introducen en el drama redentor de Cristo, en lo más íntimo de su Corazón. Quién conoce mejor que María la angustia de la pasión, la agonía del huerto, la flagelación, la corona de espinas, el camino hacia el Calvario con la Cruz a cuestas, la crucifixión y muerte de asfixia clavado al madero. Quebranto con Cristo quebrantado, pedimos con san Ignacio en los Ejercicios Espirituales al contemplar estos misterios. Cuánto consuelo para el que sufre saberse acompañado por Jesús, que nos ha precedido en el dolor y nos acompaña siempre. Y junto a Jesús está siempre su Madre.

Con los misterios gloriosos vislumbramos la meta: Cristo resucitado y ascendido al cielo, la venida del Espíritu Santo, la glorificación de María en su asunción al cielo y su coronación como Reina junto a su Hijo Rey. Nuestro destino no es la tierra, ni nuestra aspiración es la de vivir interminablemente en este mundo (qué aburrimiento!). Nuestra meta es el cielo, nuestro destino es la gloria, estar con Jesús para siempre, transfigurados en él y superada nuestra condición terrena, que está sometida a tantas limitaciones y penas. Por eso, Jesús se lo ha comunicado ya plenamente a su Madre, para que sea también un motivo de esperanza para nosotros.

El rezo del Rosario es muy sencillo. Enseñemos a los niños y a los jóvenes, como María enseñó a los pastores de Fátima, pidiéndoles que rezaran e hicieran penitencia por la paz del mundo, por los pecadores. A lo largo de mi ministerio sacerdotal he iniciado a muchos en esta sencilla oración, y ya adultos reconocen el gran bien que les ha hecho. Fomentemos durante este mes el rezo del Rosario. Se trata de mirar desde el Corazón de María cada uno de los misterios de la vida de Jesús. No hay mejor mirador. Y pidámosle a ella con toda confianza que nos transmita los sentimientos de Cristo. También hoy hemos de pedir la paz del mundo, la convivencia de los pueblos en España, la renovación cristiana de la familia, el ardor misionero de la evangelización.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba