La ciudad se llenó de alegría

“Con esta efusión de gozo pascual el mundo entero se desborda de alegría” (prefacio de Pascua). La resurrección de Jesucristo ha llenado el mundo entero de alegría, una alegría estimulante que llena el corazón de esperanza. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos describe la tarea de la Iglesia en la primera evangelización. Acuciados por la persecución, tuvieron que dispersarse de Jerusalén. Y aquella circunstancia adversa les fue abriendo nuevas puertas para el Evangelio. San Pablo en sus cartas nos describe sus correrías apostólicas, llenas de dificultades de todo tipo, pero llenas también de gozo estimulante al constatar que el Evangelio iba prendiendo y tomando cuerpo en el corazón de cada persona y en cada una de las comunidades que iba implantando.

Hoy se nos describe en la primera lectura la actuación del diácono Felipe que “predicaba a Cristo”. Y ante su predicación y los signos que realizaba, “la ciudad se llenó de alegría”. Enterados los apóstoles, fueron hasta Samaría Pedro y Juan y mediante la oración y la imposición de manos transmitían el Espíritu Santo a los que se habían adherido a Jesucristo.

La alegría ha sido y es la nota dominante de la evangelización, incluso en medio de las persecuciones y las dificultades. El encuentro con Jesucristo resucitado va cambiando la vida de la personas, porque llena el corazón de gozo y abre el horizonte de la existencia a una perspectiva de vida eterna, que ya ha comenzado con el bautismo.

También hoy la Iglesia está llamada a evangelizar, a anunciar a Jesucristo resucitado en un mundo muchas veces desconcertado y que incluso pasa de Dios. No se trata de transmitir simplemente unas verdades, se trata de testimoniar una alegría porque nos hemos encontrado con el Resucitado en nuestra vida. “Un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral”, nos advierte el Papa Francisco (EG 10), porque el Evangelio no puede ser recibido “a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo”, decía Pablo VI (EN 80).

¿Cuál es el fundamento de esta alegría cristiana? Es una alegría que brota de la fe, de tener a Dios, que se nos entrega generosamente en su Hijo Jesucristo. Por eso, la ausencia de Dios genera tristeza y desaliento. El Dios de Jesucristo nos ha abierto de par en par su corazón para entregarnos lo que más vale: su Hijo hecho hombre y el Espíritu Santo que brota de las llagas del Resucitado, como de un manantial a borbotones. El cristiano no es, por tanto, la persona buena que vive de sus méritos, sino la persona que en su debilidad e incluso en su pecado se ha encontrado con Jesús y se ha sentido amado sin medida, y por tanto perdonado con un amor más grande. La alegría, por tanto, no brota de nuestras buenas obras, sino del encuentro con Aquel que nos ama hasta el extremo.

Y es una alegría expansiva. Busca contar a otros, comunicarles el hallazgo de este profundo sentido que le da a la vida el encuentro con Jesucristo. Busca sobre todo a los que sufren por cualquier carencia, porque ahí descubrimos de manera especial la presencia del Señor, disfrazado en sus pobres. Pero no impone nada a nadie, no fuerza la situación, no violenta la libertad, respeta los plazos que Dios tiene para cada uno. Vive con entusiasmo, pero no es arrollador. Da testimonio, pero no hace proselitismo.

Tenemos necesidad hoy de evangelizadores que rebosen la alegría de este encuentro con el Señor. Una alegría que se traduce en el cumplimiento de los respectivos deberes, que sale al encuentro de los demás, particularmente de los necesitados, que sabe dar razón de su esperanza a quienes le rodean. El Evangelio se ha transmitido así desde las primeras comunidades evangelizadoras, y el tiempo pascual nos recuerda que esa ha de ser la tónica de la vida cristiana.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández

obispo de Córdoba