Paz y comunión

Carta del obispo de Cartagena, Mons. José Manuel Lorca

La Palabra de Dios comienza con la lectura de los Hechos de los Apóstoles donde San Lucas insiste en un aspecto que es fundamental en la Iglesia naciente, el de la comunión, de la unidad. Este es uno de los signos más bellos de la Iglesia, la comunión, la unidad, de tal forma, que se considera como un pecado grave andar rompiendo la unidad o atentando contra el Santo Pueblo de Dios. Naturalmente que a cualquiera de nosotros, sacerdotes o laicos, se nos puede presentar la tentación de practicar una religiosidad que no sea auténtica, de buscar respuestas en las esperanzas más íntimas del corazón sin contar con Dios, es más, podríamos llegar a querer utilizar a Dios como si estuviera al servicio de nuestros deseos y proyectos… Cosas que nos podrían pasar. Pero el Señor nos pide con urgencia que activemos la vigilancia, cuidarnos para fortalecer nuestra fe, ya que somos frágiles, nuestra confianza es débil, nuestra religiosidad puede estar contaminada por elementos meramente terrenos… Por esto, el evangelista San Lucas, en los primeros años de camino de la Iglesia, ya invitaba a los cristianos de la segunda generación a vigilar con ahínco, porque la debilidad de la fe trae malas consecuencias.

Cada uno de nosotros debemos redescubrir la importancia y el sentido de la vida cristiana, el verdadero deseo de Dios que vive en nosotros, favoreciendo la meditación del Evangelio en el que se lee la invitación de Cristo a dejarse comprometer por su exigente propuesta, en la que está siempre el amor misericordioso de Dios. Escuchemos en estos días con mucha atención el magisterio del Papa Francisco en el documento Evangelii Gaudium, 24, nos pide que seamos misericordiosos: «La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. ‘Primerear’ es tomar la iniciativa en el amor (cf. 1 Jn 4,10); saber adelantarse sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear!». ¿Estáis dispuestos a tomaros en serio la fe? ¿Queréis ser testigos del amor misericordioso de Dios y seguir adelante con fidelidad, aunque parezca que os han dejado solos? Aprendamos de la lección que nos ha dado Cristo, ya sabéis por dónde empezar. El Papa Francisco también nos lo explica: «El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarles los pies. Pero luego dice a los discípulos: “Seréis felices si hacéis esto”» (Jn 13,17). La misericordia comienza por aprender a valorar al otro, saber quién es, dónde vive, qué necesidades tiene. La misericordia es conocer, un corazón que ve.

Jesús hace de la misma misericordia uno de los temas principales de su predicación. Jesús resucitado se aparece en el Cenáculo a los discípulos y les ofrece el “don pascual de la paz y de la misericordia”. Meditando en la página evangélica de este domingo, se comprende muy bien que la verdadera paz brota del corazón reconciliado que ha experimentado la alegría del perdón y, por tanto, está dispuesto a perdonar.

Que tengáis un feliz domingo.

+ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena